martes, 8 de marzo de 2016

Capítulo 2. La policía en acción 07. Un dúo con franchute añadido



   Tras el rapapolvo de su hija conminándole a que nunca más vuelva a hacer declaraciones a los medios, Manuel Ponte le jura y perjura que no volverá a suceder. El viejo coge a su nieto mayor de la mano y se van al parque. Al pasar por delante de la cerrajería que está en uno de los bajos de la finca donde vive, el cerrajero le llama:
- Don Manuel le he visto en la tele. Ha estado usted cojonudo. No sabía que había sido testigo del robo del museo. Me lo tiene que contar.
- Gracias, Marcos. Otro día te lo contaré. Ahora me voy con Gaby al parque.
   Desde la cafetería Rionegrito, uno de los clientes habituales que le conoce y que está tomando una caña en la puerta le grita:
- Señor Ponte, hay que tener un par de pelotas para enfrentarse a los atracadores como usted lo hizo. Bien hecho, sí señor.
   Y así, cada vecino y conocido con los que se cruzan le paran para felicitarle por la entrevista y por su valiente comportamiento en el suceso. Cuando al fin, abuelo y nieto llegan al parque les espera el último y desagradable encuentro.
- ¿Don Manuel Ponte, verdad? Somos de Antena 3 y queremos hacerle una entrevista sobre su testimonio en el robo del furgón blindado.
   El viejo da media vuelta y se marcha como si hubiese visto al diablo. Buena se pondrá su hija como se entere de que le acosa la prensa, mejor será no decirle nada.
   Mientras, la investigación sobre el caso del Museo de América, que en la jerga policial ha pasado a denominarse “Caso Inca”, sigue adelante a trancas y barrancas. Los dos inspectores encargados de coordinarlo han sido rápidamente bautizados por sus compañeros. Lo han tenido fácil. Les han puesto de mote el Dúo Sacapuntas, por un cierto parecido con una pareja de humoristas españoles que se hicieron famosos en la década de los noventa. Atienza es alto, delgado, desgarbado y con cara de ratón de biblioteca, apariencia a la que ayudan unas gafas montadas al aire y una nariz larga y afilada. Ello no impide que sea considerado como uno de los más agudos integrantes de la Brigada de Patrimonio. Bernal es bajo y rechoncho. Tiene la cara redonda en la que lo más destacado es una nariz aplastada, como la de un boxeador, y unos ojillos a los que parece que no se les escapa detalle. Sus colegas de la judicial le consideran un policía competente y tesonero. Hoy están reunidos en la Comisaría General, el jefe les va a presentar a un inspector que ha mandado la Dirección general de la Policía Nacional de Francia puesto que el furgón robado procedía de París, ciudad en la que el Tesoro Quimbaya había sido expuesto durante unos meses en el Museo du Quai Branly y francesa era  la empresa que transportaba el cargamento.
   El inspector galo se presenta como Michel Blanchard, del Servicio de Cooperación Técnica Internacional de Policía (SCTIP). Es de mediana edad y, dado como viste parece que acaba de salir de un tailleur du Faubourg Saint-Honoré. Por lo demás, parece una persona correcta aunque un pelín autosuficiente. No tiene problemas para entenderse con sus colegas pues habla un excelente español. No es raro, su apellido materno es Prieto, de los Prietos de la extremeña villa de Herrera del Duque, aunque es un dato que oculta celosamente a lo que le ayuda que en Francia se pierde el apellido materno. Eso sí, cuando habla en español tiene la propensión de usar de vez en cuando expresiones de su lengua paterna.
   Una vez hechas las presentaciones, los españoles le hacen un resumen de cuanto han averiguado hasta el momento sobre el robo del furgón y la posible identidad de los atracadores. La explicación es breve: tienen varias líneas de investigación abiertas, pero ningún resultado de momento. Desconocen la identidad de los delincuentes y no han encontrado el furgón. Precisamente, hallar el vehículo es una de sus prioridades pues están casi seguros de que el coche no ha salido de España y, posiblemente, ni siquiera de Madrid, lo que hace que su radio de búsqueda sea relativamente más factible.
   Tienen otra pista aún más prometedora: las cintas de las cámaras de seguridad están en blanco. El día del asalto, las dos cámaras apostadas en el ángulo izquierdo del museo, según contemplas la fachada, no funcionaban. Fueron las dos únicas cámaras que estaban estropeadas esa jornada. Hecho que les induce a pensar que posiblemente los atracadores tengan algún cómplice entre los empleados del museo. Han interrogado a todo el personal del centro, así como a los técnicos de la empresa encargada del mantenimiento de los sistemas de seguridad sin haber obtenido resultados concretos, pero siguen insistiendo en esa pista.
   Mientras, el único testigo del caso hace ya días que no abre el Kiosko. Con tantos lances y emociones lo de repasar la prensa ha quedado postergado. El miércoles, 28 se decide a hacerlo. Pulsa la web de El Mundo. La portada, con todo su colorido se despliega ante sus ojos. La foto que hoy le llama la atención es la instantánea que recoge el momento en que Pau Gasol le pone un tapón a Le Bron, una de las estrellas de la NBA. Este chico es realmente bueno, piensa el viejo. En la columna de la izquierda un rosario de noticias sobre el secesionismo catalán: Cataluña Sí que es Pot apuesta por el referéndum para frenar a Junts pel Sí y la CUP, La desconexión de Cataluña va en serio, Cuatro causas judiciales contra la familia Pujol y siguen más informaciones y artículos de opinión sobre el mismo asunto a los que ya casi no presta atención. Estos van a terminar siendo independientes a base de aburrirnos a todos, se dice. Otro titular concita su atención: Austria construirá una valla en la frontera con Eslovenia para detener a los refugiados. No será con vallas como vais a parar a esa marea humana que huye de la guerra y del hambre, piensa. Y hasta ahí llega.
   En tanto el viejo está cumpliendo con uno de sus diarios ritos, los dos inspectores encargados del Caso Inca siguen contando al policía francés que se les ha unido como van las investigaciones sobre el suceso. Cuando concluyen la exposición, Blanchard sintetiza lo más significativo en una sola frase:
- O sea, que solo hay un testigo ocular, el viejo que estaba en el exterior del museo.
- Bueno, también tenemos las cintas de las cámaras de seguridad del Faro de Moncloa, que esas sí que funcionaban. Lo que ocurre es que dada la altura del faro y el ángulo cenital en que están colocadas lo que se ve en las cintas es una visión muy escorzada, lo que las hace poco valiosas. Asimismo, contamos con las cintas de las cámaras de videovigilancia de la Agencia de Cooperación, el edificio contiguo al museo, en las que solo se ve el paso de los vehículos, pero que nos has permitido determinar la hora de la llegada de los atracadores – explica Bernal.
- Por tanto, la mejor y hasta ahora única fuente que contamos sigue siendo la del viejo. Contadme más de él – insiste Blanchard.
   Atienza abre una carpeta y hace un resumen de los muchos datos que tienen sobre la biografía del testigo del que, prácticamente, lo saben todo.
- Manuel Ponte Fernández, natural de Sevilla la Nueva…
- ¡Un andaluz! – exclama el franchute, como si el hecho de ser de la tierra de María Santísima fuera un dato importante para la investigación
- Sevilla la Nueva es un pueblo de la Comunidad de Madrid que está a unos cuarenta kilómetros de la capital – explica Bernal con una media sonrisa pelín irónica.
   El gabacho no parece molesto por su ignorancia de la geografía española, se limita a asentir. Atienza prosigue:
- Hizo estudios primarios, bachillerato y un grado de formación profesional en centros públicos. Muy joven entró en la empresa Hidroeléctrica Española como lector de contadores. Fue ascendiendo en la compañía hasta llegar a dirigir el Servicio de Reclamaciones, actualmente reconvertido en Departamento de Atención al Cliente. Se casó tarde, frisando los cuarenta…
- ¿Frisando? – inquiere el gabacho, cortando la exposición de Atienza.

viernes, 4 de marzo de 2016

0.6. Cuatro jubilados comentando la primicia



   El móvil de Clara Ponte echa humo. Tras los avances informativos previos al telediario de mediodía de Canal 5, familiares, amigos y conocidos la han llamado para contarle que han visto a su padre en la tele. Que hay que ver lo estupendo que se conserva para sus años. Y con qué seguridad habla, como si fuera un locutor. Y como le sienta de bien lo moreno que está en contraste con su pelo tan blanco. Y con que agilidad maneja el carrito del niño a pesar de sus años. Cuando oye la alusión a su hijo le falta un ápice para lanzar el móvil por la ventana. Antes de apagarlo llama por enésima vez a su padre, no contesta. Hoy es lunes, piensa, y no tiene partida de dominó. ¿Dónde estará? Vacila en si llamar al único de los amigos de su padre de quien tiene el teléfono, pero desiste. Tiempo tendrá de ajustarle las cuentas. Le quita la batería al móvil. Coge el teléfono fijo, al que nadie ha llamado, y marca el número de Pepe Cruz, compañero de colegio de su marido y que en el ambiente del foro madrileño tiene reputación de ser un competente laboralista.
- Pepe, ¿puedes acercarte a casa?
- Lo siento, Clara, pero con esta maldita crisis que no parece tener fin estoy de trabajo hasta la coronilla. ¿Pasa algo? Lo pregunto porque si se trata de una emergencia intentaré hacer un hueco.
-  No es ninguna emergencia, aunque…; bueno, de algún modo sí. ¿Has visto los informativos de mediodía del Canal 5?
- Pues estoy yo como para ver la tele. Tengo tajo para aburrir. ¿Qué ha dicho la caja tonta?
   Clara le hace a Pepe un resumen de las declaraciones de su padre a la televisión y lo remata con una petición:
- Quería pedirte, y eso pienso ahora que lo puedes hacer por teléfono, que le aconsejaras al bocazas de mi señor padre que no volviera a hacer más declaraciones a los medios. Podrías utilizar cualquier excusa legal, que igual cuela; por ejemplo, decirle que al ser secreto el sumario la ley prohíbe a los testigos hablar del caso.
- Lo siento, Clara, pero eso no puedo hacerlo. Tu padre será octogenario, pero no es tonto. Posiblemente, no sepa que el Derecho Procesal no limita los derechos fundamentales de la persona que actúa como testigo, pero sé que ha leído más de una vez la constitución y posiblemente recuerda que el derecho a la libertad de expresión es un derecho fundamental y no va a limitarlo el juez.
- Bueno, vale, pero es que se está pasando doscientos pueblos. Le ha dado una información a los de la televisión que no se la dio a la policía.
- ¿No la dio porque se le olvidó o lo hizo aposta?
- No lo sé, todavía no he podido hablar con él. Y lo que es peor, los de la tele han utilizado al pequeño, a Julio.
- ¿El niño ha salido en pantalla? No me lo puedo creer.
- No se le ve nada, pero sí sacan el cochecito en el que va.
- Bueno, ese es otro cantar. Mira, Clara, las declaraciones que valen a efectos judiciales son las efectuadas ante el juez durante el juicio y sometidas a las preguntas del fiscal y de los defensores. Como mucho lo que hará la policía será volver a llamarle para que les cuente esa nueva información y a lo mejor le sueltan un chorreo, pero de ahí no pasará la cosa. Y permíteme un consejo. Quien tiene más ases en la mano para lograr que tu padre no vuelva a contar nada más a los medios eres tú. Si te pones seria, y tú sabes hacerlo, tienes la suficiente ascendencia sobre tu progenitor para que diga amén a lo que le indiques. Eres la persona a la que más necesita en el mundo y no va a poner eso en peligro por ninguna aparición en la tele. Por otra parte, ya ha tenido sus cinco minutos de gloria.
- Bien, te haré caso. La policía no sé si le dará un chorreo, pero yo desde luego sí. Gracias por todo. Eres un amigo de los buenos. Siempre se puede contar contigo.
- De todos modos, mantenme informado por si puedo ayudaros en algo.
   Mientras Clara Ponte se queda rumiando en como tapar la boca al autor de sus días, Manuel está presumiendo ante sus amigos de su aparición en la tele. Se ha reunido con sus habituales compañeros de la partida de dominó que juegan dos veces a la semana en el Centro de Mayores de Moncloa. Cómo él, están todos jubilados. Son Amadeo Ballarín, propietario de una feterrería que ya no regenta; Luis Álvarez, exempleado del Canal de Isabel II y Jacinto Grandal, antiguo comisario de policía. Están en casa de Ballarín porque es el que tiene una televisión de pantalla curva de sesenta y cinco pulgadas de grande que casi parece una pantalla de cine. El anfitrión ha grabado la entrevista a Ponte que acaban de volverla a ver y están comentándola.
- Manolo, hay que ver lo bien que das en la tele. No me extrañaría que te ofrecieran un papel de galán maduro, en plan de Vittorio de Sica – comenta Jacinto Grandal que es un poco coñon, quizá porque es el más joven de los cuatro.
- Yo lo de salir en la tele…, no sé qué decirte. Ahora te conoce todo el mundo y no podrás ir por la calle sin que alguien se acerque y te diga aquello de que usted es el que vio el robo del Museo de América y tal y tal. No sé si has hecho un buen negocio – afirma Luis Álvarez, un setentón que los lleva francamente bien.
- Pues a mí no me parece mal. Yo creo que Manolo tiene todo el derecho del mundo a contar a la gente lo que vio, que sea en la tele o en un periódico, eso que más da – opinina el anfitrión que nadie diría que acaba de cumplir los setenta si no fuera por su blanco cabello.
- Ahora, hablando en serio, Manolo – retoma la palabra Grandal -, si esa suposición tuya sobre la existencia de una mujer entre los atracadores no se la contaste a la policía tienes que hacerlo cuanto antes, aunque mientras no se demuestre lo contrario no es más que eso, una suposición. Y te aseguro que a mis compañeros no les va a gustar nada que les hayas ocultado ese dato.
- Es que no lo oculté, Jacinto, cuando me interrogaron en la comisaría no dije nada sobre una posible mujer porque eso lo he pensado luego, cuando se me ha pasado el susto y he ido reconstruyendo lo que pasó.
- Bueno, dejaros de monsergas que esa historia no da más de sí – apremia Álvarez -. Como no espabilemos no encontraremos mesa en Sazadón y tendremos que esperar en la barra.
- No te preocupes, Luis – le tranquiliza Ballarín -, he reservado mesa para después del telediario.
   Al llegar a casa, Manuel llama a la puerta de al lado, donde vive su hija. Todas las tardes que hace bueno, y el otoño madrileño suele deparar muchas, recoge a su nieto mayor, de casi tres años, y le lleva al parque de San José de Calasanz para que juegue un rato.
- Hola papá, te estaba esperando. Ven, pasa un momento a la habitación.
   El rapapolvo que Clara le echa a su padre es de los que marcan época.
- ¿Se puede saber en qué estabas pensando para ir dando entrevistas como si fueras un participante de Gran Hermano? Y por si faltaba poco has consentido que utilicen a mi hijo para adornar el reportaje. Nunca hubiera esperado una cosa así de mi padre. Siempre te tuve por un hombre sensato y prudente, pero lo de hoy me ha hecho ver cuán equivocada estaba. Y encima alardeando como si te hubieses enfrentado a los ladrones. ¿Por qué no has contado que te measte encima?
   Esta última frase hace que Manuel hunda la cabeza entre los hombros y se pase la lengua por los labios. Conoce esa sensación, se le está secando la boca. No replica. Sabe que cuando su hija se enfada lo mejor que puede hacer es dejar que se desahogue.
- … y que esta sea la última vez, me oyes, la última que te pones delante de una cámara, de un micro o de un periodista, sea de donde fuere. Te lo ruego como hija y te lo exijo como madre. Si esto se vuelve a repetir te juro que me vas a oír. ¡Y no quiero oír ni una palabra más sobre el dichoso robo! ¿Te ha quedado claro?
   Manuel mueve la cabeza en señal de asentimiento. Se acabaron las primicias televisivas.

martes, 1 de marzo de 2016

05. Una primicia televisiva


   Mientras el comisario Bermúdez se despide de Clara Ponte, en otra dependencia de la comisaria se dilucida la clásica pugna entre diferentes departamentos policiales que quieren apropiarse del caso del robo del museo. Cada uno de ellos expone sus argumentos para demostrar que el asunto entra dentro de su ámbito competencial. Los de la Brigada de Delincuencia Especializada son los primeros en tirar la toalla; hay sospechas de que el asalto haya sido perpetrado por alguna banda de delincuencia organizada, pero de momento no son más que sospechas. El enfrentamiento entre los distintos departamentos acaba centrándose entre la Policía Judicial, hay un fiambre por medio, y la Brigada de Patrimonio que argumenta ser la competente pues se trata del expolio de una importante obra artística que, al valor intrínseco de las piezas auríferas robadas, une rasgos históricos y hasta con ramificaciones de política exterior como pocos tesoros reúnen.
   Al final, la Comisaría General, con la anuencia de la Judicatura, impone una solución salomónica y nada habitual en el procedimiento policial que, como suele ocurrir, no contenta a nadie. La Policía Judicial se encargará de investigar el crimen y los de Patrimonio investigarán el robo. Como son dos sucesos encadenados, dos inspectores, uno por cada departamento, se encargarán de coordinar la investigación y de mantener abiertos los canales de contacto para que la información fluya en ambas direcciones. Decisión que al inspector de Patrimonio al que han encargado el caso, Juan Carlos Atienza, le lleva a decir:
- Eso es como dar un chupachups a dos niños y pedirles que lo laman por turnos.
- Algo de eso hay, pero ya sabes: donde hay patrón no manda marinero – es la respuesta de Eusebio Bernal, de la Policía Judicial, el otro encargado de la coordinación.
- Sí, claro, pero quienes nos vamos a comer la mierda por esta cacicada vamos a ser nosotros – se lamenta Atienza
- ¿Sabes por qué hacen esos juegos malabares, por llamarles de alguna manera? – y sin esperar contestación, Bernal responde a su pregunta -. Porque piensan de manera distinta que nosotros. Tú y yo pensamos como lo que somos, policías. Ellos piensan como lo que son o quieren ser, políticos.
- Bueno, qué le vamos a hacer. ¿Por dónde te parece que empecemos? – pregunta Atienza.
- En principio, estimo que deberíamos centrarnos en el vigilante muerto para cerrar esa línea de investigación lo más rápido posible porque no creo que dé mucho de sí, y así poder dedicarnos al robo del contenido del furgón que considero que es la parte mollar del caso. ¿Te parece?
- Totalmente de acuerdo, pero antes tendremos que lidiar con los tocahuevos de los periodistas que son peores que una fístula en el trasero.
   El asesinato del vigilante de seguridad ya fue noticia en los telediarios del día anterior, pero el robo del furgón blindado no mereció un solo titular, se hablaba de ello en la letra pequeña de las informaciones que narraban el suceso. La valoración de lo sucedido ha cambiado rápidamente. No se sabe cómo, pero alguien ha debido filtrar la información de que lo realmente importante en el caso es lo que llevaba el furgón. Dos canales de televisión y un periódico de ámbito nacional se han hecho con la primicia. Inmediatamente aparece la noticia en los informativos de las cadenas televisivas, siempre más ágiles que los medios escritos. Se habla, sin dar muchos más detalles, de que el vehículo transportaba una colección artística de incalculable valor al ser única en el mundo. Los reporteros atosigan a los inspectores con sus preguntas y estos se escudan en que la señora jueza ha declarado secreto del sumario, pero son conscientes que esa postura no podrán mantenerla por mucho tiempo. Saben que en una sociedad libre los ciudadanos exigen estar informados y la realidad de cuanto ocurre no se les puede hurtar excesivamente.
   El nuevo interés de los medios por lo que comienza a llamarse “El robo del Museo de América”,  o “El robo del siglo”, como dicen los más populistas, ha supuesto para el viejo Ponte que su nombre y hasta su foto aparezcan por primera vez en los medios, algo inusual en su monótona vida. Uno de los avispados periodistas de Canal 5 se ha enterado que el único testigo del caso vive al final de Hilarión Eslava, casi esquina con Cea Bermúdez. Como no ha podido averiguar el número del edificio ha ido mirando en los paneles de los telefonillos de los portales y en los buzones hasta que lo descubre. Llama al equipo de grabación y los cita en la cafetería Rionegrito enfrente del domicilio del viejo. Mientras llegan sus compañeros, sin pensarlo dos veces, sube al piso y llama. Quien abre la puerta no es el viejo sino su hija Clara que, como vive en la puerta de al lado, se pasa con frecuencia a casa de su padre. Cuando el reportero explica el motivo de su visita se topa con la radical negativa de la hija de que su padre sea entrevistado. El comisario le ha aconsejado que rehúyan a los medios, solo les traerán problemas.
   El periodista no desiste, lo que hace es preguntar al portero de la finca contándole que es un antiguo conocido del señor Ponte, de cuando trabajaba en Iberdrola. El portero le dice que casi todos las mañanas el viejo saca a pasear a su nietecillo y suele llevarlo o al Museo de América, sitio que después de lo ocurrido no cree que vuelva a pisar, o al parque infantil de Los Jardines de San José de Calasanz, ubicados en un reducido espacio entre las calles Joaquín María López, Gaztambide y Andrés Mellado. El reportero recoge a la gente de su equipo y se desplazan a los jardines a esperarlo. En un primer momento, el viejo se niega a contarle nada al periodista, pero éste insiste. Cuando el reportero le comenta que el reportaje saldrá en todos los telediarios, que lo van a ver en media España y que se va a convertir en un personaje famoso, al viejo le puede más la vanidad que la prudencia y accede a que le graben. Solo pone una condición: que no saquen a su nieto.
- No se preocupe, señor Ponte, no pensábamos hacerlo. Está prohibido sacar a los menores de edad. Ahora bien – al periodista se le acaba de ocurrir algo -, sería un magnífico final del reportaje el que le grabáramos yéndose usted del parque empujando el carrito del bebé. A esa secuencia la titularíamos algo así como: El hombre que se enfrentó a los atracadores del Museo de América paseando a su nieto.
- Pero entonces saldría el niño – recela el viejo.
- No, en absoluto. Haríamos una toma, un primer plano de usted llevando el carrito, con lo que la capota del carro ocultará al niño del que no se le verá ni un pelo. Le doy mi palabra.
- No sé, no sé – el viejo no parece muy convencido -. Igual a mi hija no le gusta que aparezca el crío.
- Le reitero, señor Ponte, que del chaval no se va a ver nada, solo el carricoche.
   El viejo vacila, pero al final accede. Y vuelve a repetir lo que ya ha contado varias veces a la policía hasta que, otra vez, su vanidad le juega una mala pasada.
- Y les diré algo que no se lo he contado a nadie, ni a la policía. He vuelto a reconstruir muchas veces lo que vi y, sin estar seguro al cien por cien, juraría que uno de los asaltantes podría ser una mujer que iba disfrazada de hombre. Cuanto más lo pienso, más convencido estoy.
   El reportero abre unos ojos como platos. ¡Una mujer! Ninguna de las fuentes que maneja ha dicho nada de que hubiese una mujer entre los asaltantes. Si lo que cuenta el viejo es cierto tiene en su poder un scoop formidable. La primicia hará feliz al director de informativos de la cadena que últimamente le ha estado puteando. Tiene que seguir tirando del hilo de ese ovillo que el viejo acaba de poner en sus manos.
- Cuente, don Manuel, cuente – el informador le ha ascendido el tratamiento.