martes, 1 de septiembre de 2015

7.7. Su hija podría ser la reina del baile



   El comité organizador del baile de los estudiantes es quien se encarga de filtrar y seleccionar los postulantes. En torno a ciertos nombres se libran auténticas batallas hasta que se llega a un consenso. Cuando no hay acuerdo se vota a mano alzada, pero es un hecho infrecuente, lo usual es que la comisión termine pactando. Tú apoyas a mi candidato, yo respaldo al tuyo. El baile de este año se presenta especialmente complicado. Para empezar, la constitución del comité ha sido muy laboriosa. No se han presentado voluntarios y los integrantes que lo formaron el año anterior han tenido que encargarse de todo. Al final, lo constituyen los de siempre: Beatriz Villangómez, Miguel Vinuesa, Pepín Mañes y la preside Juan Manuel Almiñana, uno de los escasos universitarios del pueblo.
   No solo ha habido problemas con los integrantes de la comisión, también está siendo complicado encontrar un sitio adecuado para el festejo. En años anteriores solían alquilar un local de la calle Sichar que se utilizaba cómo cine de verano, pero el edificio se ha vendido y tienen que buscar otra sede. La Villangómez es una de las encargadas de la búsqueda y, como en tantas ocasiones, acude a Lola Sales para que le ayude, más que a encontrar un local apropiado a que use su influencia para conseguir uno al que ya le ha echado el ojo.
- La verdad es que no hay muchos locales en el pueblo que sean adecuados para acoger el baile – apunta Lola.
- Yo pensaba en el local multiusos que tiene el Ayuntamiento – sugiere Beatriz.
- Creo que está lleno de trastos: los gigantes y cabezudos de las fiestas, las herramientas de la brigada de obras y mil cacharros más.
- Eso ya lo sé, pero nos encargaríamos de llevar todos los trastos a un pajar que nos prestarán los padres de Juanma Almiñana y tras el baile lo volveríamos a dejar todo como estaba.
- No sé, no sé si el Ayuntamiento accederá.
- Anda, Lola, como tu marido diga una sola palabra al oído del alcalde nos cederán el local sin ningún problema.
- Bueno, no te prometo nada, pero lo hablaré con José Vicente.
   La gestión no prospera porque Gimeno le argumenta a su mujer que la mayoría de la población no vería con buenos ojos que el Ayuntamiento prestara gratis et amore el local a los hijos de las familias más pudientes, que eso sería visto como una manera más de apoyar a los ricos en detrimento del resto de la población. A Lola no le convencen excesivamente los argumentos que esgrime su marido, pero acepta su punto de vista y lo traslada a Beatriz. Tras muchos descartes, al final la comisión tiene que conformarse con alquilar un almacén que, además, va a costar bastante más de lo que pagaban antes. En el transcurso de la negociación entre Paco Vives, el dueño del local elegido, y los representantes de la comisión, Juan Manuel y Beatriz, a esta última se le ocurre una idea que a lo mejor sirve para rebajar el precio del alquiler.
 - Señor Vives, hablando de otro tema: ¿ha pensado que su hija Amparín podría ser la reina del baile? La comisión tiene la potestad de coronar como reina a la debutante que considere más idónea.
- No es algo que me haya planteado y no sé si le gustaría, pero se lo puedo preguntar. ¿Y exactamente, qué hacen las reinas?
- La reina es quien preside todos los actos de la noche y entre otras prerrogativas tiene la de entrar a formar parte de la comisión, puede presentar candidatos para asistir al evento y es la que abre el baile.
- ¿Y cuánto dura ese reinado?
- Solo la noche del baile. Por cierto, en caso de que su hija acepte, espero que nos haga una rebajita.
- ¿No has pensado nunca en dedicarte al comercio, muchacha? – Vives responde con esa pregunta a la que añade -. Ganarías más dinero que de maestra. Te lo digo porque se te da bien lo de negociar y te adelanto mi respuesta: si para ser reina hay que rebajar el precio, no lo será. ¿Quedamos, pues, en lo acordado?
   Tras la marcha de los comisionados, Vives recapacita sobre el acuerdo alcanzado con los estudiantes. Después de darle muchas vueltas llega a la conclusión de que no ha hilado fino en el trato, ha sido excesivamente duro. Se ha comportado como un comerciante y no como un político. Desde que le cesaron de alcalde suele actuar así. Y piensa que es un error. Gimeno es forastero, y los forasteros pronto o tarde suelen terminar yéndose, aunque se hayan casado con alguien del pueblo. El día que se marche José Vicente, piensa, alguien tendrá que tomar las riendas del poder y ese alguien puede volver a ser él. Ha de prepararse para ese momento y por eso necesita ser más político y menos comerciante. La organización del baile puede ser un buen filón para dispensar favores. Sabe que hay familias que pierden el oremus para que inviten a sus retoños. Si alguien consiguiera, directa o indirectamente, influir en la comisión para decidir determinadas admisiones se ganaría algunos amigos. Y esa clase de favores son de los que hay que devolver. La idea aparece clara en su mente: el próximo año les rebajará el alquiler y, si fuera preciso, se lo dejará gratis.                        
   A la jornada del baile se la conoce popularmente como el Día del Agua de Azahar. Los nervios de las debutantes y de sus madres están más tensos que la piel de una zambomba por lo que son capaces de tomarse cualquier mejunje que sirva para calmar su nerviosismo. Aunque los que se llevan la palma de la preocupación son aquellos que, por unas u otras causas, cierran la operación del acompañamiento horas antes del festejo. Algo así les ha pasado precisamente a los Vives. Tras crispados enfrentamientos entre el matrimonio, Paco, muy a regañadientes, ha transigido; permitirá que Amparín vaya al baile con el chico que ha elegido y su esposa se compromete a intentar que la muchacha vaya olvidándose del mozalbete en cuanto pase un tiempo. En el cambio de actitud de Vives ha pesado lo suyo la información que le dio el director del grupo escolar de que el matrimonio Villangómez ha pedido en el concurso de traslados del magisterio por el turno de consortes y es posible que les den plaza, por lo que más pronto que tarde se irán del pueblo.
   Asimismo, hay decisiones que atañen a la participación en el baile tomadas anteriormente, pero que solo se explican a última hora. Como la justificación del cambio de pareja de la niña de los Altava. La madre no se la dio en su momento a su hija, pero si se la da ahora a su marido. Le cuenta que el chico mayor de los Vinuesa invitó a la hija para que fuera al baile con él y que a la niña le agradaba la idea. Afortunadamente, la hija se lo contó antes de que la cosa se formalizara.
- Mi respuesta fue tajante: le dije que le diera las gracias al muchacho pero que ya tenía pareja. La niña se extrañó y preguntó quién era. Le contesté que todavía no lo sabía, pero que no le diera alas. Que me parecía un buen chico, pero que podía aspirar a más.
- Pues Miguelito tiene fama de ser un gran chaval y parece que es muy buen estudiante. Va para maestro y los Vinuesa no están descalzos. Podría ser un buen partido para la niña.
- Los hombres es que no os paráis a pensar. Ya sé que es un magnífico chico, que es de buena familia y que algún día será maestro. Ahí es donde está el problema.
- ¿Qué es un problema ser maestro? ¿Por qué, porque ganan poco dinero? A ese chico cuando herede no le va a faltar de nada, y a nuestra hija ni te cuento.
- Sigues sin entenderlo, Francisco. No se trata del dinero, sino de la profesión. Trabajando de maestro tendrá que buscarse un colegio privado, algo que aquí no hay, o  sacar las oposiciones al Magisterio Nacional; en uno u otro caso lo van a destinar Dios sabe adónde. Imagínate que se casara con la niña. Tendría que irse dónde fuera su marido y nos quedaríamos sin hija. Solo la veríamos de tarde en tarde. ¿Y para eso nos hemos desriñonado trabajando?, ¿para dejarle un fortunón y verla una vez cada no sé cuánto tiempo? Y si la hija vive fuera, ¿quién nos cuidará cuando seamos mayores? Quita, quita.
- En eso no había caído – masculla el marido.
- Lo que he dicho, es que no pensáis. Mientras tú no mandes otra cosa, la niña se quedará en el pueblo y se casará con alguien que no vaya a irse por esos mundos de Dios. Y si es un chico que tenga un trabajo de señor, mejor que mejor, aunque no disfrute de muchos posibles. Que los cuartos ya se los vamos a dar nosotros.
- Y a todo esto, ¿con quién va a ir?
- Con el chico mayor de Juan José Castaño. Verás, lo estuve pensando y creo que es lo mejor para Maribel. El otro día vino a verme la mujer de Castaño y estuvimos charlando un buen rato. Su chico, José Antonio, está de escribiente en el Ayuntamiento de Benialcaide. Como Juanjo sigue teniendo sus buenas influencias políticas va a intentar que le trasladen aquí y, puesto que el muchacho está preparando las oposiciones para secretario, lo mismo cuando se jubile don Nicanor puede ser su sustituto. Podría ser un buen partido para la niña – ante el gesto de sorpresa de su marido, se apresura a añadir -. Digo que podría, no que vaya a serlo. Si lo piensas reúne las condiciones de las que a veces hemos hablado: es un buen chico, parece no tener vicios, es de una familia conocida, tiene estudios y un trabajo seguro. Y lo mejor, como te he dicho, es que posiblemente terminará trabajando aquí por lo que tendríamos a la hija en casa. Ahora, si a ti no te parece bien...
   El gesto de asentimiento del marido cierra el diálogo, más bien el monólogo de la esposa. Mujeres.

viernes, 28 de agosto de 2015

7.6. Es la parte más chusca del bailoteo



   Como todas las mañanas, con su habitual puntualidad, aparece el fígaro a rasurar al veterinario. El día está algo nublado.
- ¿No le importa, don Alfonso, que deje la ventana herméticamente abierta? Así entrará más luz.
- En absoluto, Martín. Como si estuviera en su casa – responde Grau conteniendo un asomo de sonrisa.
   Apenas ha comenzado a enjabonarle, Esteller ya está dándole a la sin hueso:
- Pues como le decía ayer, don Alfonso, el baile que no se ve es en el que realmente pasan las historias más divertidas. El primer acto de la comedia comienza con los tejemenejes y maniobras de las madres que aspiran a que sus hijos sean invitados. Porque en este pueblo, no sé si se habrá dado cuenta, las que de verdad llevan los pantalones, al menos en los asuntos domésticos, son las mujeres. Como le decía, las madres que quieren que sus hijos vayan al bailoteo, y que no son estudiantes ni de los ricos de toda la vida, en cuanto termina la recogida de la almendra y la algarroba, allá a finales de septiembre, comienzan a dar la matraca a todos aquellos que tienen algún tipo de influencia. Todo vale para conseguir la invitación.
- ¿Y qué pasa si no consiguen la invitación?
- A joderse tocan. Perdone, don Alfonso – se apresura a disculparse el rapabarbas -, pero a veces se me escapan palabras que no debía. Claro que antes de rendirse la gente recurre a toda clase de martingalas. Le voy a contar un sucedido para que se haga una idea de cómo se las gastan mis paisanos. Hace algunos años, las Guillamón, tres hermanas de una familia muy muy conocida, se empeñaron en que su única sobrina fuera al baile. Milagritos se llama la criatura. Como la indina no era estudiante ni su familia de muchos posibles, pensaron que la única manera de que fuera invitada era forzar la mano a alguno de los que iban todos los años para que la llevara de pareja. Cuando ya estaban a punto de rendirse se enteraron de algo que le había ocurrido a uno de los que cortaba el bacalao en el comité de estudiantes. De lo que se enteraron era que el chico había tenido un desliz con una criadita. El sietemachos del muchacho debía creer que la chacha era esmeril y se la pasó por la piedra, pero resulta que no lo era y quedó preñada. Un primo de las Guillamón, que estaba de quinto en Valencia, ciudad donde también hacía la mili el pringao y donde ocurrió el sucedido, se enteró del enredo y les fue con el cuento a sus parientas. Ya puede imaginarse el resto: antes que dar qué decir la gente traga lo que haga falta. El fin de la historieta es que Milagritos fue aquel año al baile del bracete de Rafael Blanquer, que así se llamaba el pretendido padre de la criatura de este sucedido. Ya me dirá si la historia no tiene miga.
   Alfonso no sabe si soltar el trapo o callarse, pero ante el gesto interrogante del barbero se apresura a corroborar la singularidad del relato:
- Realmente, es una historia cuanto menos sorprendente – acepta Grau.
   El rapabarbas se toma un breve respiro mientras suaviza el filo de la navaja barbera en el cuero del asentador, luego prosigue su cháchara:
- El segundo acto antes del baile de marras es la compra del traje. Para mí es la parte más chusca del festejo. ¿Por qué chusca? Porque no puede imaginarse la de familias que se gastan en el puñetero bailongo lo que no tienen. Hay algunas que llegan a empeñarse para pagar el traje y todo lo demás con que se adornan las mozas. Porque el gasto fuerte se hace con las muchachas. Hay que ponerlas a tono y hacer como los gitanos, que antes de acudir a la feria, cepillan y ponen bien guapo al pollino que van a vender por más de lo que cuesta. Y dicho esto, me va a permitir una licencia.
   Y ante la mirada atónita del veterinario, el fígaro adopta una pose teatral y declama:
- ¡Rumbo y elegancia de una raza vieja, que gasta diez duros en vino y almejas, vendiendo una cosa que no vale tres! Este verso me lo enseñó don Manuel Lapuerta, ¿verdad qué viene al hilo de lo que le contaba? Pues como iba diciendo lo del traje y los ablatorios pueden llegar a costar un ojo de la cara.
   Grau no puede contenerse:
- Perdone, Martín, ¿qué es eso de  los ablatorios?
- Los chirimbolos esos que se cuelgan las mujeres del cuello y los brazos cuando se ponen de tiros largos.
   Los abalorios, traduce Alfonso. Como siga con este hombre, se dice, voy a conseguir un dominio de la lengua que ni Quevedo.
- Como decía, todo vale con tal de que la niña luzca como ninguna y de epatar a las demás. Permítame que haga un aparte: esto de epatar es muy de este pueblo, por eso don Manuel suele decir que aquí somos más de aparentar que de ser. Creo que acierta en lo de que nos gustan más las apariencias que la realidad y en lo que no atina es que no solo es propio de aquí, eso pasa en todos los pueblos. La gente de los sitios pequeños, a pesar de que todos nos conocemos o acaso por eso, vivimos para el qué dirán.
   Este hombre es un filósofo con alma de cronista, piensa Grau, que desde que llegó al pueblo no se lo había pasado tan bien. Y decide seguir tirando del ovillo:
- En el baile de marras, ¿hay un tercer acto?
- Lo hay. Sí señor, claro que lo hay. La propia noche del bailoteo. Y a veces hasta hay un apólogo o como se llame.
- Debe de referirse a epílogo, a la conclusión final – aclara, solícito, Grau.
- Muchas gracias. Epílogo. Por eso me gusta tratar con gente de carrera, por lo que aprende uno. El baile en sí no es gran cosa. Tengo entendido que ni los trajes que llevan las mozas son como los que se ven en las revistas de moda que tiene mi colega Herminia la Rizos en su peluquería, ni los chicos llevan esmoquín ni nada por el estilo.
- Ah, pero ¿es qué usted no ha estado nunca en el baile? – se sorprende Grau.
- Por supuesto, ¿qué iba a hacer allí un barbero? Ese invento es cosa de tres o cuatro docenas de familias. Menos de la mitad son las que de verdad pueden permitírselo y el resto son las que pierden el culo para poder figurar. Los demás nos contentamos con ver pasar a los asistentes y despellejarles a modo.
- ¿Y quiénes asisten? – Grau comienza a sentir curiosidad por una historia que huele a pueblerina por todos sus poros.
- Solo la gente joven. Los padres no van. Lo habitual es que vayan al baile por primera vez con quince o dieciséis años, aunque también puede encontrarse con gente que ha superado la veintena.
- ¿Tan jovencitos? – se sorprende Grau.
- A los que, como usted, son de capital se les ve enseguida el plumero. Tenga en cuenta que en los pueblos los endividuos suelen madurar mucho antes que en las ciudades. Por tanto, no es raro que los debutantes sean poco más que críos. Bien – prosigue el barbero después de su espiche sociológico -, como decía la gente se lo pasa en grande. Algún chaval, poco acostumbrado a las bebidas fuertes, se coge una buena moña y poco más. Lo que tanto tiempo, intrigas y contabernas – Grau, que ya le va cogiendo la onda al peculiar vocabulario del fígaro, traduce para sí: contubernios – ha costado transcurre en unas horas. Lo importante, a veces, son las consecuencias. Más de un matrimonio se ha fragado allí – Grau deduce que ha debido querer decir fraguado -. También más de una enemistad que a veces se extiende a toda la familia.
- Y pese a no haber ido nunca, ¿cómo sabe usted tanto? – pregunta curioso Grau.
- Porque soy barbero y tengo que dar conversación a los clientes como usted, don Alfonso. Ya he terminado. Espero que haya quedado satisfecho. Mañana, ¿a la misma hora?

martes, 25 de agosto de 2015

7.5. O lo solucionas tú o lo hago



   Paco Vives ha empezado a preocuparse al ver que por segundo día consecutivo su hija Amparín ni se ha sentado en la mesa para comer junto a sus padres y hermano ni ha aparecido por el almacén de la familia. Pregunta a su mujer:
- ¿Qué le pasa a la niña?
- ¿Y tú lo preguntas?, pues que le diste un disgusto de muerte por prohibirle ir al baile de los estudiantes con Carlitos Villangómez y lleva casi cuarenta y ocho horas sin probar bocado. Así no puede seguir.
- No te preocupes, ya se le pasará. Esto no es más que la rabieta de una niña malcriada. La culpa es tuya por consentirla demasiado.
- Vaya, ya encontraste a quien echarle la culpa. Desde luego, eres de lo que no hay. ¿Qué importancia puede tener que vaya al dichoso baile con un chico o con otro? Deja que tu hija vaya con quién le apetezca y si quién le gusta es el hijo de esos maestros pues, ¡bendito sea Dios!, que vaya con él.
- Y por qué ha de ir con un mequetrefe que no es nadie y que nunca lo será, ¿se puede saber? Un chiquilicuatro hijo de unos maestros. Y todavía si su familia tuviera dinero o fincas..., pues me he preocupado por informarme y no tienen donde caerse muertos. ¿Eso es lo que quieres para tu hija, que termine casándose con un don nadie? A ti te parecerá bien, pero yo no estoy dispuesto a que la niña no tenga un futuro como el que tenía pensado para ella.
- Paco, estás desbarrando. ¿Quién habló de casamiento? De lo que discutimos es de ir a un baile con un chico que conoce y que le gusta. Y solo tienen dieciséis años. Hasta es posible que estén enamoriscados, pero ¿quién no lo ha estado a esa edad?
- No me vengas con cuentos, Asunción. Se empieza tonteando y no se sabe cómo se puede acabar. Y ya te he explicado que ese zascandil tiene menos futuro que un buscador de caracoles. ¿Ese es el porvenir que pretendes para nuestra hija?
- ¿Y qué futuro quieres para ella? ¿Crees que será más feliz casándose con alguien que tenga dinero, pero al que no quiera? Para ser medianamente dichoso lo verdaderamente importante es querer a la persona con la que te unes o, al menos, que te guste, que te encuentres cómodo con ella. Y por lo que me ha contado estos días, antes no me había hecho ninguna confidencia, a nuestra hija no solo le gusta ese muchacho, está muy enamorada. Y, por lo que dice, él también. Yo también me he preocupado en informarme de él y su familia, no de sus bienes sino de cómo son. Sus padres tienen la reputación de ser, además de los mejores maestros del pueblo, amables, honrados y buena gente. Su hermana mayor, Beatriz, también tiene fama de encantadora, estudiosa y simpática. Y del chaval dicen que es buen estudiante y mejor hijo. Con todo eso, ¿qué importancia puede tener que no tengan fortuna? El dinero no hace la felicidad, pero las buenas cualidades sí. Y además, vuelvo a insistir, no estamos discutiendo con quién vaya a casarse la niña, solo con quién va a ir a un baile. Si lo piensas, marido, sacarás la conclusión de que te has pasado veinte pueblos. No estamos ante un asunto de vida o muerte, algo que sea irreparable. Se trata de la ilusión de una chiquilla de dieciséis años ante su primer baile de postín.
- No solo me jode que nos haya ocultado con quién salía, todavía me encampana más que se haya puesto tan chulita y que no sea capaz de reconocer que ha metido la pata.
- ¿Acaso te ha faltado al respeto?
- Pues... no, pero no hay manera de que se apee del burro.
- Tiene a quién parecerse, al fin y al cabo es hija tuya, pero vayamos al grano: hay que resolver este problema, no estoy dispuesta a soportar esta situación ni un día más. Tienes que hablar con ella. A ti que tan bien se te dan los tratos, seguro que podrás alcanzar algún tipo de acuerdo en el que tú prestigio y tú autoridad queden a salvo y ella pueda ir al baile con ese muchacho. Después ya veremos qué se hace.
- Hombre, lo que me faltaba por ver, que mi mujer me esté dando órdenes sobre lo que tengo que hacer.
- Paco, no me malinterpretes, no te doy ninguna orden, lo que digo es que no podemos seguir así.
- Haz el favor de no replicarme. En mi casa se hace lo que yo diga.
- Esta también es mi casa y siempre he acatado que la tuya sea la última palabra, pero estamos hablando de nuestra hija y no estoy dispuesta a que le amargues la vida por un orgullo mal entendido.
- Asunción, ya me tienes hasta los huevos, no me repliques más o... – y levanta la mano amenazadoramente.
- ¿Qué vas a hacer, pegarme? Te juro por la salud de mis hijos que como me pongas la mano encima me voy al cuartelillo y te denuncio a la Guardia Civil. Igual no servirá para nada, pero del escándalo que se va a montar no te librarás. Siempre habrá algún soplagaitas que dirá lo de sí le ha pegado motivos le habrá dado, pero para otros muchos tu prestigio, del que tanto presumes, quedará por los suelos. El anterior alcalde calentando a su mujer. Pues no se iban a reír de ti tus enemigos con Gimeno y sus amigotes a la cabeza.
- ¡Mujer, eres imposible, no sé qué voy a hacer contigo!
- Yo te diré lo que vas a hacer: aguantarme, como yo te aguanto, y hacerte a la idea de que este problema o lo solucionas tú o lo hago yo.   
   Los problemas de la familia Vives no inquietan a Martín Esteller, el barbero, entre otros motivos porque los desconoce, pero aunque así fuera probablemente le tendrían igualmente sin cuidado porque en lo que está centrado a estas horas de la mañana es en acudir, puntual como un ejecutivo de la City, a la pensión donde vive Alfonso Grau con los útiles propios de su profesión, dispuesto a dejarle la cara tersa cual la de un bebé. Como le avisó Gimeno, el barbero descoloca frecuentemente al joven veterinario con su peculiar léxico, casi tanto como con su inagotable caudal informativo. Esta mañana le vuelve a contar sucedidos sobre el baile de los estudiantes. De tal forma pinta las entretelas de la fiesta y cuenta unas historias, tan divertidas como rocambolescas, que suscita la curiosidad del albéitar.
- ¿De verdad pasan todas esas cosas? – pregunta, un tanto asombrado, Grau.
- Y muchas más. No se lo puede imaginar – El rapabarbas es feliz con un nuevo cliente de esa categoría y saca a relucir toda su panoplia informativa -. Para empezar, el baile es importante porque es el lugar en el que se costata quién es quién en el pueblo. Si no estás es que no eres nadie. Algo así como aparecer en el Nodo. Quien no sale en el Nodo no es nadie en España. Además, hay algo que la gente no comprende y es que realmente hay dos bailes: el que se ve y el que no se ve.
- A ver, Martín, explíquese, que parece usted la Sibila.
   El fígaro está en un tris de preguntar qué quiere decir eso de la Sibila, pero piensa que debe ser alguna palabreja propia de los veterinarios. Mejor continuar con lo suyo ahora que tiene a don Alfonso entregado.
- Verá. El baile, del que la gente lo sabe casi todo, es el que se celebra en el local de la calle Sichar. Bueno, este año tendrá que ser en otro lugar porque ese local lo han vendido. De esa parte del baile es mejor que no le cuente mucho porque lo que le aconsejo es que vaya a verlo, y perdone mi atrevimiento; aunque solo sea para tomarse una copa y luego se va. Pero hay otro baile, el que no se ve, del que la mayoría de la gente no sabe ni papa.
- ¿Y qué pasa con ese baile que no se ve y del que, según usted, casi nadie sabe nada? – pregunta Grau, cada vez más divertido.
- De ese es del que le hablaré mañana cuando venga a afeitarle. ¿A la hora de siempre, don Alfonso?