viernes, 13 de marzo de 2015

3.13. Con pólvora del rey saldrá más caro



   La comisión de tenderos que ha ido a protestar al alcalde por la demora, según su opinión, de las obras de pavimentación de las calles se las está teniendo muy tiesas con Paco Vives.
- ¿Qué de qué nos quejamos? De que la obra está resultando muy cara y que a todos nos va a costar muchos duros por la cantidad de ventas que estamos perdiendo – interviene irascible uno de los comisionados, Pablo Bou, que tiene fama de hablar primero y pensar después.
- Eso es lo que os duele, el bolsillo. Os recuerdo que hemos hecho varias gestiones para que las obras las pagaran las autoridades provinciales, pero no lo hemos conseguido. Ese reproche lo admito. Pero ¿sabéis qué me dijo el vicepresidente de la Diputación? Si quieres tener un traje nuevo, no esperes que te lo pague el vecino, o lo apoquinas tú o seguirás con el viejo. Yo me apliqué la moraleja del cuento, si queremos tener calles nuevas no va a venir nadie de fuera a financiarlas, las tendremos que pagar nosotros. Y tal como se ha hecho el prorrateo del gasto, a pagar en tres anualidades, lo cierto es que cada vecino va a tener una derrama anual de unos cientos de pesetas. Poca cosa realmente.
- Unos cientos de pesetas serán poca cosa para los que tenéis el bolsillo repleto, pero para la mayoría de nosotros es una cifra más que respetable.
   Vives mira inquisitiva y retadoramente a sus convecinos, los conoce a todos y sabe perfectamente que ninguno de ellos está entre los pobres de solemnidad del pueblo.
- Voy a hacer una cosa – el alcalde se está cabreando y cuando eso ocurre suele ponerse chulo -. Si alguno de vosotros no puede pagar la derrama que se pasará dentro de unos días al cobro que lo diga y gustosamente se la abonaré de mi bolsillo.
   Los comisionados callan. La mayoría no levanta la vista del suelo. A más de uno se le ve avergonzado. Bou, inasequible al desaliento, vuelve a la carga con nuevos argumentos:
- Me gustaría saber para qué cojones te has metido en este follón. ¿Acaso no estaban bien las calles?, ¿qué más da que sean de tierra o de asfalto? Si nos ponemos a cambiar cosas en el pueblo puede ser la locura. Y más si los cambios tienen que salir de nuestros bolsillos. Porque, claro, cambiar se puede cambiar todo. Primero fue el agua corriente. Nuestras madres y mujeres, hasta hace cuatro días, fueron a las fuentes públicas a por agua. Se podía haber seguido así siempre. Y esa obra la pagó el gobierno. Ahora las calles. ¿Y mañana que será? ¿Construir un dispensario, ampliar la carretera de la mar, poner un nuevo alumbrado? Se pueden hacer muchos cambios, pero ¿con qué dinero? Con el mío, desde luego, no.
- Tranquilo, Pablo. Si ahora no lo pagamos a escote, podemos pedir un crédito al banco que, eso sí, acabará repercutiendo en nuestros bolsillos. Solo que si lo hacemos con pólvora del rey la obra nos saldrá más cara. Y por ese motivo no estoy dispuesto a transigir.

    Gimeno siente curiosidad en saber por qué Lolita no ha querido participar en la comisión de tenderos que han ido a protestarle al alcalde por el presunto retraso de las obras de pavimentación. Su respuesta es contundente:
- ¿Qué por qué no he querido formar parte de los de la comisión? Elemental, jefe, porque me parece una obra necesaria y oportuna. Ya está bien que cuando llueva las calles se vuelvan intransitables pues no todas tienen aceras. La pavimentación tendría que haberse hecho hace un montón de años, pero los alcaldes que hemos tenido hasta la fecha no es que hayan mostrado demasiada iniciativa. Vives si la ha tenido y hay que felicitarle por ello.
- Estoy de acuerdo contigo en parte. En lo que no lo estoy es que esas obras la tengan que pagar los vecinos, la inversión tendría que correr a cuenta del Ayuntamiento.
- Sabes mejor que yo que el municipio no tiene un duro. Y por lo que me cuentan, las autoridades provinciales no han podido o no han querido, eso no lo sé, afrontar los costes de las obras. Por consiguiente, si queremos calles como Dios manda nos tendremos que rascar el bolsillo. Y tú, ¿por qué discrepas de esas obras?, ¿por qué te parecen mal o, simplemente, porque ha sido una iniciativa de Vives? – inquiere Lolita con mala idea.
   Gimeno trata de defenderse:
- Te equivocas. Las obras no me parecen mal. En lo que si discrepo es, como he dicho, que esos trabajos corran a cuenta de los vecinos. Y eso tiene un claro culpable: el acalde. Si Vives hubiese sido más hábil y manejado mejor la mano izquierda a buen seguro que habría sido capaz de conseguir que toda la reforma la hubiera sufragado bien la Diputación Provincial, bien la delegación provincial del Ministerio de Obras Públicas. Al menos, si no toda la obra, una parte de ella.
- ¿Acaso tú lo hubieses conseguido? – pregunta Lolita en tono de chanza.
- No lo dudes – es la concisa y tajante respuesta de José Vicente.

   Realmente, Gimeno está que trina por el gol que le ha metido Vives llevando adelante el proyecto de la mejora viaria, pero guarda un as en la manga: se trata de la construcción de las nuevas escuelas, que ha sido una iniciativa suya desde el primer momento, y cuyas obras ya han finalizado. Estaba previsto que el dieciocho de julio se inaugurase el flamante grupo escolar, con asistencia de las primeras autoridades provinciales. Gimeno se lleva un pequeño disgusto cuando desde la Jefatura Provincial le indican que la inauguración no será posible realizarla el dieciocho porque en esa fecha, en la que se celebra el inicio de la guerra civil, la que el Régimen llama la Cruzada, el Jefe Provincial del Movimiento ha de atender otros compromisos. La han tenido que trasladar a la segunda quincena de octubre. Una lástima, porque el dieciocho es fiesta y la asistencia de público hubiese sido más nutrida, pero qué se le va a hacer.
   El grupo escolar es un moderno edificio de dos plantas que consta de diez aulas, servicios y otras salas para diversos usos. Lo rodea un patio de recreo cerrado por una valla. Las clases son espaciosas y dotadas de amplios ventanales por donde se cuela el sol gran parte de la jornada. En conjunto el centro docente es un edificio amplio, luminoso y funcional. Tiene capacidad para escolarizar a todos los niños del pueblo, suponiendo que todos los padres estén dispuestos a enviar sus hijos al mismo. Ricardo Poveda, a quien gracias a la intervención de Gimeno han nombrado director del colegio, tiene grandes proyectos para mejorar las futuras prestaciones del centro: en los próximos años piensa montar un laboratorio de ciencias naturales, una biblioteca, ajardinar los laterales del patio y en la zona más amplia construir un pequeño campo de deportes.

   Para Gimeno el centro docente se ha convertido en la niña de sus ojos, lo considera una obra suya y, como tal, una victoria frente a sus enemigos políticos. Con la inestimable colaboración de Poveda, cuida con mimo los mil y un pequeños detalle para que todo esté impecable el día de la inauguración, no quiere que haya el menor fallo. Hasta ha tenido la idea de que una partida de escopetas salga a cazar perdices porque alguien le ha soplado que al Gobernador le pirran. Para tenerlo todo a punto tiene a la mitad de los oficios del pueblo trabajando sin descanso rematando los últimos flecos de la obra.
- Jerónimo, dice Ricardo que tienes que repasar las persianas de las aulas de la planta baja, algunas no corren.
- Ya te dije, José Vicente, que esas persianas son maluchas. Pesan mucho y las cintas terminan rompiéndose, además como tienen las lamas tan gruesas se atrancan con mucha facilidad.
- Bueno, haz lo que puedas. Lo importante es que funcionen el día de la inauguración, luego ya veremos lo que hacemos con ellas.
- José Vicente – Poveda se acerca acompañado de otra maestra -, Eduvigis no está de acuerdo con la distribución que se ha hecho de las aulas.
- A ver, Edu, ¿qué pasa?
- No me parece bien que las niñas tengan que estar en la planta baja y los chicos arriba – se queja la maestra -. Las aulas de la primera planta son más soleadas y reciben más luz. Creo que todos tenemos el mismo derecho a las mejores aulas.
- Totalmente de acuerdo, Edu, pero la distribución no se ha hecho caprichosamente, se ha tenido en cuenta que niños y niñas han de estar en espacios separados y Poveda ha creído que es mejor que los chicos estén en la planta superior porque así los tendrán más controlados.

   Aunque el día de la inauguración es miércoles y por tanto laborable, Gimeno ha tenido la previsión de programar el acto oficial por la tarde, con lo cual ha dado la posibilidad de que durante la mañana la gente haya acudido a sus habituales ocupaciones. El pueblo se engalana para recibir al Gobernador Civil, los balcones se cubren de colgaduras y la gente se viste con la ropa de los domingos. En la Plaza Mayor autoridades y fuerzas vivas esperan la llegada del preboste. Cuando aparece el viejo Mercedes con el banderín desplegado, la banda municipal rompe el silencio con una marcha. José Vicente se adelanta para abrir la puerta del automóvil, pero le gana la mano el policía que va en el asiento al lado del chofer. El Gobernador lleva terno cruzado de un color grisáceo, sombrero a juego y gafas oscuras.
- ¡Arriba España! A tus órdenes, camarada – vocea Gimeno cuadrándose ante su superior jerárquico.
   La gente cuchichea: nada menos que tutea al señor Gobernador, ¡la influencia que debe de tener este hombre!

martes, 10 de marzo de 2015

3.12. No se hacen tortillas sin cascar huevos



   El último proyecto que ha puesto en marcha el emprendedor alcalde de Senillar es pavimentar las principales calles del pueblo. En el pueblo, a excepción del recorrido que hace por el interior de la villa la carretera de Cádiz a Barcelona, calles de San Antonio y San Jaime más la Plaza Mayor, el resto de viales son de tierra. Cuando llueve las calles se embarran y en épocas de sequía se convierten en una fuente inagotable de polvo. Paco Vives ha decidido que ha llegado el momento de terminar con ese estado de cosas. Hay que modernizar el pueblo. El problema es, como casi siempre, la financiación, ¿quién pagará la obra? Vives intenta conseguir que la costeen las instituciones provinciales, pero en Gobierno Civil le informan que no hay ninguna inversión prevista para obras de esa clase y le remiten a la Diputación, cuyo vicepresidente le da a Paco una respuesta parecida. Se las tendrán que arreglar con financiación local y, como el Ayuntamiento también tiene las arcas vacías, la única solución factible es que los vecinos paguen la obra a escote, porque si solicitan un crédito bancario, al precio que están los intereses, la pavimentación puede costar un pico.

   Cuando el alcalde hizo circular la noticia de que se iban a arreglar las calles a todo el mundo le pareció una gran idea, ya era hora de que el pueblo tuviera calles asfaltadas como en la capital, pero cuando anuncian a los vecinos que la obra la tendrán que costear ellos, en función de los metros de fachada que tengan sus viviendas, el clamor es general: no hay derecho, no se les puede exigir que paguen una obra que no han pedido y que Dios sabe para qué va a servir. Además, ¿para qué pagan impuestos, qué se hace con los dineros de las contribuciones? Los vecinos de las calles afectadas, que habían presumido de lo bien que iban a quedar sus viales, tienen ahora que sufrir las burlas de aquéllos cuyas calles no van a ser remodeladas. Las quejas contra la decisión del alcalde son unánimes, pero no van más allá de ser proferidas en las tertulias de los cafés y tabernas o en los corros que hacen las mujeres en el lavadero municipal. Los comentarios que se oyen en la calle, interesados o no, son de toda laya.
- Ya me dirás para qué sirve tener calles asfaltadas. Toda la vida de Dios las calles han sido de tierra y así deberían seguir. Es una obra arbitraria, inútil y carísima.
- Pues a mí no me parece mal. Yo creo que a la larga nos beneficiará a todos, pero lo que no es de recibo es que la tengamos que pagar los vecinos. Las obras municipales las ha de costear el Ayuntamiento.
- Pero si el Ayuntamiento no tiene fondos, alguien las tendrá que pagar.
- Para eso está el gobierno y los muchos impuestos que nos sangran el bolsillo.
- La culpa de todo la tiene Paco Vives que se ha empeñado en querer cambiar el pueblo, pero con el dinero de los demás. Si lo tuviera que apoquinar de su bolsillo ya veríais como esa obra no se haría.
- Te recuerdo que Paco vive en el Rabal y también tendrá que rascarse el bolsillo en la parte que le toque.
- Sí, pero él se lo puede permitir. Yo, no.
- La madre del cordero es saber quién se va a beneficiar de esta obra.
- Yo te lo diré, se van a beneficiar los de siempre, los ricos. Porque, vamos a ver, ¿a quiénes les interesa que las calles estén asfaltadas? Pues a los que tienen coche. ¿Y quiénes tienen automóvil? Tú mismo.
- La de tonterías que hay que oír, si aquí no tienen coche ni los médicos.

   En la tertulia del café de El Porvenir también hay comentarios para todos los gustos.
-¿Qué pasa con las obras de pavimentación de las calles que casi todo el mundo echa pestes de ellas? – quiere saber Grau que al ser forastero no acaba de entender la revolera que se ha montado.
   Como nadie parece darse por aludido, es Lapuerta quien contesta:
- Es propio de la mentalidad pueblerina, con excepciones naturalmente. Quieren modernizarse, pero siempre que pague otro.
- No lo entiendo, Manolo. La obra será beneficiosa para todos los vecinos, para los actuales y hasta para los que no han nacido. Todas las ciudades y pueblos que quieren progresar tienen las calles asfaltadas desde hace tropecientos años. Si la pavimentación beneficiara únicamente a algunas personas, a los que piensan así o asá, entendería las protestas, pero es una obra para todos, ricos o pobres, azules o rojos. No entiendo por qué se quejan.
- Así es este pueblo, Alfonso. Quieren que se hagan cosas, pero con el dinero de los demás. En cuanto les rascas el bolsillo se acabó la fiesta. ¿Sabes cuál será el resultado de la obra? Que el pueblo tendrá unas preciosas calles pavimentadas y Vives perderá el favor de muchos de sus convecinos. No es la mejor receta para mantenerse de alcalde muchos años.
- Y según usted, ¿cuál es la receta adecuada? – quiere saber Ballesta.
- No hacer nada. Mantener el statu quo, es decir que se queden las cosas como estaban.
- Eso es muy triste. Si no se hace nada, si se mantienen las cosas como están los pueblos no prosperan – insiste Grau.
- Totalmente de acuerdo, de ahí lo que decía antes. En muchos pueblos, y éste no es la excepción, ocurre que si uno quiere mantener muchos años la alcaldía, la fórmula consiste en molestar al vecindario lo menos posible, y una forma muy eficaz es no hacer nada y entonces no has de pedir dinero a la gente. Ah, se me olvidaba, y organizar muchas fiestas. En cambio, el alcalde que se mete en obras, lo recordarán con nostalgia dentro de años, pero en el presente concitará contra sí la mala leche de buena parte de sus convecinos.
- Perdona, Manolo, pero no estoy de acuerdo con tu teoría. La considero muy negativa. Todo el mundo quiere progresar – afirma Grau de manera rotunda.
- Sí, pero muchos quieren progresar tirando con pólvora del rey que, en principio, es gratis, pero que a la postre sale muy cara porque al final hay que pagarla con intereses.

   Las obras de pavimentación siguen. Las murmuraciones también, casi al mismo ritmo que los trabajos. Y algo nunca visto en el pueblo: se forma una comisión de tenderos de algunas de las calles que se están asfaltando. Los comisionados han ido a hablar con el alcalde para manifestarle sus quejas y su preocupación por que las obras se están demorando mucho y las ventas se están resintiendo. Los comerciantes alegan que hay muchos clientes que han dejado de acudir a sus tiendas para no tener que sortear calles levantadas, evitar apestosas calderas para calentar el alquitrán y un sin fin de ruidos y molestias. Vives, que ya ha tenido que soportar muchas críticas, explota:
- Es totalmente falso que las obras vayan con retraso. Todo lo contrario. El contratista me ha asegurado que posiblemente terminarán unos quince días antes de lo que estaba programado. Si todas las reclamaciones que traéis están tan fundamentadas como ésta os tengo que decir que os habéis columpiado de mala manera.
- Lo importante no es si terminan antes o después, sino que las calles están hechas una porquería, casi parecen más un frente de batalla que otra cosa. Y por ese motivo los clientes vienen menos a las tiendas. ¿Quién nos compensará las ventas que no efectuemos?
- No se hace una tortilla sin cascar huevos. Al principio, cuando se habló de pavimentar las calles a muchos de los que estáis aquí la obra os pareció de perlas – al ver los gestos negativos de algunos tenderos, Paco añade con su tono más duro - , y no me tiréis de la lengua que comienzo a dar nombres. ¿De qué os quejáis ahora?

   Gimeno está encantado con las protestas contra las obras de pavimentación patrocinadas por la alcaldía, protestas de las que, bajo cuerda, él ha sido uno de los principales impulsores. No es que la remodelación de las calles le parezca mal, lo que realmente le interesa es que se incremente el número de vecinos descontentos con la gestión de Paco Vives. Está maniobrando a medio y largo plazo. En todo este tinglado, algo que le ha sorprendido es que Lolita no estuviera entre los dueños de establecimientos que fueron a protestar; es más, sabe que se lo pidieron y se negó a participar. Se dice que tendrá que preguntarle el por qué.

viernes, 6 de marzo de 2015

3.11. Corazón cobarde no conquista mujer bonita


   Como tantas veces ocurre, cuanto más rechaza Lolita los intentos de aproximación de Enrique Guerrero más se empeña él en su afán por doblegar la renuencia de la joven. El joven farmacéutico no tiene muy claro hasta qué punto le gusta la muchacha. De lo que no tiene tantas dudas es de que la muchacha no parece tener ningún interés por él; más borde, seca y cortante no puede estar, lo que contrasta con la opinión de la mayoría de personas con las que habló de Lolita que coinciden en resaltar su simpatía y amabilidad. De todas formas, se dice, habrá que insistir. Recuerda la máxima que solía repetir su abuelo paterno: corazón cobarde no conquista mujer bonita. 

   La puerta de la Moda de París se abre, pero no se trata de una cliente, es Enrique Guerrero.
- ¿Se puede? Buenas tardes.
- ¿Usted por aquí? - la sorpresa de Lolita es auténtica. Desde la merienda donde las Beltranas no habia vuelto a ver al farmacéutico, en verdad si siquiera había pensado en él. 
- Verá, María Dolores, anteayer estuve en Valencia y recordando nuestra charla de hace días me he permitido comprarle un ejemplar de esta edición de "La venganza de don Mendo". Espero que no lo tome como un atrevimiento por mi parte y lo acepte - se explica Guerrero al tiempo que entrega a la joven el libro.
- Bien... - se nota claramente que la joven ha quedado descolocada y no sabe qué responder.- No debería de haberlo hecho porque... - sigue vacilando - yo no podré corresponderle - sabe que lo que ha dicho es una patochada, pero no se le ocurre nada mejor.
- ¿Por Dios, María Dolores!, si no es nada. Fíjese que edición tan modesta, ni siquiera tiene cubiertas de tapa dura. Y además fue algo casual, pasaba por la calle y lo vi en el escaparate de una librería. Entonces me acordé de nuestra agradable conversación y me dije voy a comprárselo. Como dicen aquí: fue pensado y hecho.
    Enrique miente como un bellaco: el libro no lo compró en Valencia, lo encargó por correo y se lo han enviado contra reembolso desde Barcelona. Está aprendiendo a ir con exquisito cuidado en su relación con la joven. Ha de dar pasos muy pequeños, como haga cualquier movimiento brusco la pieza puede espantarse. El boticario ha variado sus iniciales planteamientos sobre la muchacha pues se ha dado cuenta de varias cosas: que no es una mujer fácil, que puede ser muy dura, que es bastante culta para lo que se lleva en el pueblo y que si quiere conseguir algo tendrá que ir por derecho. Lo que más le confunde es la mezcla de rechazo y desprecio con que la joven le trata. Se ha dado cuenta, hasta un cegato lo percibiría, de que las jóvenes casaderas del pueblo se deshacen en mieles con él, con la excepción de Lolita. Esto es lo que termina encorajinándole y hace que redoble sus intentos de aproximación a la joven, pero todos sus esfuerzos resultan vanos.

   Como Guerrero solo se explaya con Grau y Lapuerta, es a ellos a quienes cuenta lo que le está pasando con Lolita; bueno, con María Dolores como él la llama:
- … y realmente no es que esté enamorado de ella, al menos eso creo porque como no lo estuve nunca no tengo muy claro cuáles son los síntomas del enamoramiento, pero he de confesaros que la muchacha me gusta. Aparte de sus encantos físicos, que saltan a la vista, es amena, sabe mantener una conversación, tiene inquietudes y puede ser muy simpática cuando se lo propone.  
- ¿Y dónde está el problema? - pregunta Grau.
- El problema está en que me da la impresión de que no le caigo demasiado bien. En la mayoría de ocasiones que hemos charlado suele ponerse borde y antipática e intuyo que en más de una ocasión ha tenido que contenerse para no mandarme a freír espárragos.
- Vaya, es una faceta de la hija de la señora Leo que desconocía. La recuerdo como una muchacha dulce, amable, encantadora y que reía con gran facilidad - rememora Lapuerta -. Claro que de eso han pasado unos años, aquella muchacha se ha convertido en mujer y a veces ese tránsito cuesta su 
peaje.
- Alguien me contó que la ruptura con el novio que tenía parece que la dejó muy tocada . comenta Guerrero.
- Te refieres a Rafael Blanquer. Los dos eran los alumnos predilectos del pobre don Domingo, un maestro que estuvo refugiado en el pueblo cuando la guerra. Rafael es un chaval majo; bueno, ya es un hombre, también es muy simpático, pero como no haya cambiado mucho supongo que seguirá siendo un viva la virgen y un tarambana. Lolita vale mucho más y también la considero más inteligente. Todo eso me lleva a diagnosticar que la ruptura con Rafael no ha debido de marcarla demasiado - pontifica Lapuerta quien desconoce lo errado de su diagnóstico.

   Consuelo, al igual que Fina, sigue empeñada en tirar de la lengua a su amiga:
- ¿Qué pasa con el boticario? Dicen por ahí que si te está rondando.
- ¿El Peloplancha? Es lo más plasta, cursi y aburrido que he visto en mi vida. Primero me meto monja de clausura que dejar que esas babosa repugnante me ponga una mano encima - es la bronca respuesta de Lolita.
- Mujer, no es que sea un guaperas, pero tampoco una babosa y menos repugnante. Digamos que es corrientito. Y por otra parte, es un partidazo. Más de cuatro, que digo cuatro, la mayoría de las chicas del pueblo quisieran estar en tu pellejo. ¡Anda y que no es buen partido el mozo! - reitera Consuelo.
- Te lo regalo enterito y encima le pondré un lazo al paquete. ¿Tú sabes lo que debe ser levantarse teniendo al lado a ese gusano? A buen seguro que los pelos, que se pone como ensaimada, le deben de llegar al ombligo - se burla Lolita.
- Hija, que mal café tienes hoy. Babosa, repugnante, gusano..., no sé cuantas lindezas más le puedes llamar al pobre chico. Ya te digo, no es que sea Clark Gable o Cary Grant, pero tampoco es tan feo. Es verdad que se le ve un poco fofo, pero los hay mucho peores. Te admito que lo del pelo le sienta fatal. Ahora, hablando en serio, ¿has llegado a pensar cómo cambiaría tu vida si llegaras a casarte con él?
- Has puesto el dedo en la llaga, Consuelo. ¿Acaso crees que boquituerto ese me ronda para algo serio? Te diré lo que le pasa: ese tonto de picaporte se aburre como un muermo porque el trabajo de la farmacia no es que sea agotador. Como parece que tampoco es aficionado a las tertulias o a jugar una partida de lo que sea, los días se le deben hacer interminables. Entonces se fijó en mí, como podría haber puesto los ojos en otra, y se dijo: mira, ya tengo con quien entretenerme, voy a decirles cuatro cositas a esta palurda a ver si me la llevo a la cama. Eso es lo que pretende el Peloplancha, pero a otro perro con ese hueso.
- ¡Crees de verdad que solo pretende pasar el rato?
 
   Sea por el tan manido instinto femenino o por algunos detalles que ha percibido Lolita en el comportamiento de Enrique, su intuición sobre las auténticas intenciones del farmacéutico no anda muy desencaminada. Al joven le gusta mucho la chica, más cada día, pero sus metas en principio no iban mucho más allá de tener compañía femenina; llevar al lado una cara bonita siempre es agradable, escuchar una risa cantarina, sentir el roce de una piel nacarada… Enrique no sabe demasiado de mujeres. Nunca pudo alardear de conquistas femeninas y su carácter, más bien apocado, no le ha facilitado el éxito con el sexo débil. En su época de universitario frecuentó algún que otro burdel, pero esas visitas siempre le dejaron un regusto agridulce. Decididamente, el amor mercenario no es lo suyo. Sabe que en algún momento debería casarse, no quiere terminar sus días convertido en un solterón lleno de manías y fobias como su tío. Y antes de llegar al matrimonio sueña con tener alguna aventurilla con una chica decente, María Dolores le pareció una excelente candidata, pero parece que pinchó en hueso. Está hecho un lío. No sabe si quiere a la joven como para convertirla en su esposa o le gusta únicamente para pasar el rato. Se dice que lo primero será definir sus propios sentimientos.