martes, 24 de febrero de 2015

3.8. Ya tenemos al donjuán



   Esperanza, la joven que ha sido seducida por Rafael Blanquer, le ha contado a su señora lo que le ha   ocurrido y como el seductor se niega a reconocer lo hecho y a darle su apellido al niño que lleva en sus entrañas.
- No te preocupes, Espe, yo me encargaré de todo - la consuela doña Visitación -. La criatura nacerá, la bautizaremos como Dios manda y llevará el apellido de su padre, faltaría más. Ahora lo que tienes que hacer es tranquilizarte y descansar. No quiero que muevas un cacharro ni verte coger la bayeta hasta mañana. Lo que si tienes que decirme es donde vive ese caballerete y como se llama.
- Se llama Rafael Berdú y no sé dónde vive, pero mi amiga Petro, que trabaja en una casa de la Plaza de Tetuán, le ha visto entrar y salir de Capitanía General vestido de soldado.
   En el almuerzo, Visitación le comenta a su marido lo que le pasa a Esperanza y le pide ayuda: que pregunte a sus amistades a ver como encuentran a un chico que está de soldado en Capitanía.
- No te preocupes, querida. No será ningún problema. Se lo preguntaré a José María Suances. Si ese sinvergüenza sirve en Capitanía, ten por seguro que lo encontrará.

   El comandante Suances contesta la pregunta que le acaba de formular su amigo de manera típicamente militar, de forma tajante:
- ¿Dices que se llama Berdú? Si presta servicios aquí, Campins, ahora mismo le localizamos – el militar toca un timbre y al momento aparece un sargento.
- A sus órdenes, mi comandante.
- A ver, Pintado, búsqueme en el listado de tropa a un tal Rafael Berdú.
- Con be o con uve, mi comandante.
- Búsquelo de las dos formas.
   En menos de diez minutos está de vuelta el sargento: no existe nadie en  Capitanía con ese apellido. Los dos hombres se miran consternados, el asunto se complica.
- Además de sinvergüenza, falsario. Ni siquiera le dio a la pobre chica su verdadero nombre – se  lamenta Campins.
- Esos tenorios de vía estrecha saben guardarse las espaldas, pero en este caso no sabe con quién se juega los cuartos. Iremos por partes – el comandante vuelve a dirigirse al suboficial -. Pintado, primero va a buscar todos los Rafaeles que tengamos en los listados y después aquellos apellidos que se aproximen o se parezcan a Berdú. Vamos, ¿a qué espera?
- José María ¿y si ni siquiera ha estado nunca aquí? – inquiere un atribulado Campins.
- Ya lo he pensado, pero primero vamos a agotar las balas que tenemos.
- Y si no lo encuentran, ¿qué podríamos hacer? – insiste Campins.
- No nos adelantemos. Como dice el Evangelio, hay un tiempo para cada cosa.
   Apenas unos minutos después, vuelve a entrar el sargento, lleva un papel en la mano.
- ¿Da su permiso, mi comandante?
- Pase. ¿Encontró algo?
- Respecto a soldados que estén prestando servicio en Capitanía y que tengan apellidos similares a Berdú no hay ninguno, pero sí hay dos que se llaman Rafael, los de esta lista.
- ¿Solo hay estos?
- Solo y, con su permiso mi comandante, le diré que conozco a los dos: Rafael Montornés es un chaval de Onteniente del último reemplazo y el otro, Rafael Blanquer, es un chico de Senillar al que se le terminaron las prórrogas de estudios y que se licenciará en tres meses.
- Amigo Campins, me parece que ya tenemos al donjuán.
                                                                           *
   La madre de Lolita anda pachucha, un eccema más molesto que otra cosa. El médico le ha recetado una pomada para que se la preparen en la farmacia. Cuando Sanchís lee la prescripción le dice a Lolita, de manera innecesariamente brusca, que no tiene tiempo para elaborar las fórmulas magistrales a las que últimamente parece haberse aficionado Lapuerta. La chica recoge la receta con gesto de rabia y sale de la botica echa un basilisco. Va a ser la última vez que el viejo chivo de Sanchís la vea en su establecimiento. Enrique Guerrero, el sobrino del farmacéutico, que desde la rebotica ha sido testigo de la escena sale corriendo detrás de Lolita y le corta el paso.
- Perdone, señorita. Le ruego que disculpe a mi tío, pero hoy no tiene uno de sus mejores días. Si es tan amable de darme la receta del doctor Lapuerta yo, personalmente, haré el preparado.
   La joven se queda mirando al joven boticario sin saber qué hacer, ni siquiera se le ocurre qué contestarle, tal es su irritación. El hombre se da cuenta e insiste:
- No lo considere un atrevimiento por mi parte, pero me permito insistirle en que lo mejor es que me dé la receta y elaboraré el preparado. Olvídese de mi tío. Ya está mayor y los viejos pueden volverse muy impertinentes – y añade para dar pie a que la chica diga algo - ¿La pomada es para usted?
- No. Es para mi madre.
- Si me da la prescripción, esta tarde a primera hora lo tendré a su disposición.
- Muchas gracias, es usted muy amable – le agradece Lolita dándole la receta.

   La joven se vuelve al oír el ruido del picaporte. Ante su sorpresa, tiene en la puerta de la tienda al novel farmacéutico que lleva un paquetito en la mano.
- ¿Se puede pasar?
- Adelante, por favor.
- Me he tomado el atrevimiento de venir personalmente a traerle la pomada. He pensado que su señora madre podía necesitarla.
- Por Dios, no tendría que haberse molestado. Pensaba pasar por la farmacia a recogerla.
- También es un modo de disculpar la conducta de mi tío, como le dije antes está muy mayor y por las mañanas suele ponerse insoportable.
- Aquí conocemos a don José de toda vida y todo el mundo sabe que tiene sus manías, pero que en el fondo es más bueno que el pan. Lo que ocurre es que se ve que me ha cogido en un mal día y me enfadé más de la cuenta. No suelo tener esas rabietas de niña pequeña, pero ya ve…
 
   Aquella noche, cuando su amiga Fina va a preguntar por su madre, Lolita, cosa rara últimamente, tiene algo nuevo que contar.
- ¿Y dices que se presentó aquí con la medicina?
- Y no solamente eso. No ha consentido de ninguna manera que se la pagara. Ha insistido en que me lo debía por la escena que me ha montado su tío.
- Y tú que decías que le encontrabas sosaina y pasmarote.
- De sabios es rectificar. Admito que no es ni una cosa ni la otra, pero sigue siendo un pomposo y un anticuado. Me sigue llamando señorita, tratándome de usted y solo falta que me haga reverencias al saludarme.
- La tienes tomada con el pobre chico.
- ¿Chico, dices? Debe de estar más cerca de los cuarenta que otra cosa. ¿Le has visto la cabeza?, la tiene como una bola de billar.
- Decididamente no te cae simpático. Y no tiene cuarenta, según cuenta Jacinta la Carletina, que hace la limpieza en la farmacia, tiene poco más de treinta.
- Pues no tendrá cuarenta, pero en algunas cosas parece más viejo que su tío, que ya es decir.
- De cualquier modo, algo tendrás que hacer para devolverle el detalle.
- ¿Qué detalle?
- Hija, últimamente cuando te pones borde parece que se te crucen los cables. Quien estuvo grosero fue don José, no el pobre chico. Y no ha tenido un detalle, sino tres: prepararte el remedio, llevártelo a casa y no cobrártelo. A este paso te vas a quedar para vestir santos.
- Más vale vestir santos que desnudar peleles – responde sarcásticamente Lolita.
   Fina piensa que a su amiga se le está agriando el carácter. Antes no se le habría pasado por alto el gesto del joven boticario y habría recogido inmediatamente el guante. Una gentileza solo se paga con otra. Ahora, en cambio, está cada vez más desabrida, antipática y agresiva. Fina está convencida de que Lolita sigue teniendo en carne viva la herida de su ruptura con Rafael. Mientras no cicatrice, piensa, seguirá sangrando y terminará volviéndose una solterona huraña e inaguantable. Pobre Lolita, con lo simpática que era, la vitalidad que tenía y el buen humor del que siempre hacía gala. Quien la ha visto y quien la ve, concluye Fina.

viernes, 20 de febrero de 2015

3.7. ¿Estudias o trabajas?



   Al ver el interés que Enrique Guerrero muestra por Lolita Sales, Manuel Lapuerta le ha explicado que, en su opinión, la relación que la joven mantuvo con Rafael Blanquer está muerta y enterrada. Aquel emparejamiento no fue más que una chiquillada propia de adolescentes. El médico, que tan buen ojo clínico tiene, ha efectuado un diagnóstico totalmente erróneo. La realidad es que Lolita, a pesar de todas las faenas que le ha hecho su exnovio, sigue profundamente enamorada de Rafa. Sabe que es un sentimiento casi malsano el que siente por él, pero su corazón acelera el ritmo solo con recordar su nombre. Su cabeza le dice que debería olvidarlo, su amor propio le incita a rechazarlo, pero no puede, no le sale de dónde aniden los sentimientos más hondos y viscerales. Y sigue soñando con volver a reanudar la antigua relación pese a que las noticias que le llegan de la vida de Rafael no ofrezcan el menor atisbo de que vaya a volver con ella. Sabe que sus padres se cansaron de mantenerle en Barcelona donde no llegó a terminar el primer curso de Ingenieros Industriales. Y más aún: estuvieron en un tris de hacerle volver al pueblo, pero después de muchas dudas decidieron darle una nueva oportunidad y se matriculó en Madrid, ciudad en la que, según les contó, encontraría mejor ambiente de estudio porque residiría en un colegio mayor. El resultado fue el mismo: un completo fiasco. En realidad a Rafa la carrera le trae sin cuidado, lo único en lo que piensa es divertirse y encontrar muchachas fáciles.

   Al final, la paciencia de los padres de Rafael se ha colmado y han decidido que vuelva al pueblo donde verán de montarle algún negocio, pero antes tiene que hacer el servicio militar obligatorio dado que se le acabaron las prórrogas.
   En el sorteo de los quintos le toca ir destinado a Valencia. Una vez terminado el período de instrucción en el campamento de Bétera y jurada bandera, un amigo de su padre lo enchufa en las oficinas militares de Capitanía General, donde solo  trabaja por la mañana. Las tardes las emplea en realizar un curso de contabilidad; según su padre necesitará esos conocimientos para llevar más eficazmente el futuro negocio que vaya a emprender. Rafael asiste a clase la primera semana, pero pronto se cansa de lo del debe y el haber, de los balances, del control de impuestos y de cuanto concierne a la administración de una empresa. La mayor parte de su tiempo lo dedica a lo que verdaderamente le gusta: divertirse. Y en eso está. 
- ¿Estudias o trabajas? - la pregunta que le formula la muchacha que lleva Rafael entre sus brazos es casi preceptiva en el chabacano ambiente de la sala de fiestas en la que baila la pareja.
- Ambas cosas, por la mañana trabajo en una oficina y por la tarde estudio - responde Rafael mintiendo como un bellaco.
- ¿Y qué estudias?
- Ciencias específicas - responde muy serio el joven sabedor de que cualquier vocablo que termine en icas le parecerá una materia científica a la paleta que le mira encandilada.
- Huy, eso debe de ser muy difícil - se maravilla la joven.
- No te lo puedes imaginar, dificilísimo. Y tú, ¿qué haces? - ya presume cual va a ser la respuesta, pero sabe que en el primer contacto har que darles conversación.
- Trabajo en una casa de familia, pero - se apresura a explicar la muchacha - estoy haciendo un curso de mecanografía. Cuando lo termine me presentaré a unas oposiciones de administrativa.
 

   Otra chacha, se reafirma Rafael. Todas sueñan con lo mismo: ser secretarias,  dependientas o algo parecido. Están bailando en el club Las Palmeras, un antro con ínfulas elegantes en el que se dan cita menestrales, militares sin graduación, oficinistas de tres al cuarto, dependientes que se conforman con serlo, algún que otro estudiantillo medio camuflado y chachas que aspiran a mejorar de condición social. Como la que lleva entre sus brazos: es vivaracha, tiene un buen par de tetas y un culo respingón que a Rafael le pone, tanto que, aunque la muchacha no se ha dejado achuchar, quedan para otro día. El olfato, que Blanquer ha desarrollado en clubes similares al que están y con chavalas parecidas a la que le mira prometedoramente, le indica que se trata de un material aprovechable. Será cuestión de poco tiempo. La intuición de Rafael se revela certera: al tercer día que salen la muchacha ya se deja que le dé un buen sobeo y la cosa promete mucho más. Unos días después le acaricia los muslos, pero cuando intenta pasar a la fase de la rendición total, la chica le para los pies.
- No, eso no.
- Pero cariño, si solo quiero acariciarte, si es que me vuelves loco - protesta el joven.
- Que te digo que no.
- ¿Y se puede saber por qué?
- Eso es para cuando me case o... cuando tenga novio formal.
- Ah, creía que ya éramos novios.
- No lo somos, no me lo has pedido.
- Bueno, de manera directa quizá no pero, con la de veces que te he dicho que te quiero, que no he conocido a una mujer que me guste tanto como tú, creí que lo de ser novios estaba sobreentendido.
- No me lo pediste - insiste tercamente la muchacha -, ni me has hecho ningún regalo como es costumbre cuando una pareja se ennovia.  

   Cuarenta y ocho horas después, Rafael regala a Esperanza, ella prefiere que la llamen Espe, una modesta pulserita de bisutería en la que ha tenido el detalle de que graben su nombre y una fecha a voleo que, según el chico, fue cuando se dio cuenta de que se había enamorado de ella. Días después, la chica se entrega. Otra muesca más en el palmarés de Rafa. Una vez desflorada la joven las apasionadas uniones se multiplican. Aunque el joven habitualmente utiliza condones, en más de una ocasión la urgencia de un apretón le lleva a practicar el incierto método de la retirada a tiempo. El resultado no se hace esperar: la muchacha queda embarazada. Cuando descubre su estado le falta tiempo para contárselo al hombre que la ha hecho madre:
- … ¿y ya me dirás qué vamos a hacer? – pregunta angustiada la joven.
- Sí que es mala suerte. No sé cómo ha podido ocurrir. Pero, bueno, se puede arreglar,  creo que hay mujeres que se dedican a solucionar estas cosas. Será cuestión de encontrar una. Y no te preocupes, los gastos corren de mi cuenta – Rafael trata de apaciguar a la muchacha.
- De abortar, nada. Me ha dicho mi amiga Fuencisla que a una conocida suya le practicaron un aborto y estuvo a punto de no contarlo. Además, el cura de mi pueblo dice que matar a una criatura es uno de los pecados más graves que hay.
- Entonces, ¿qué hacemos?
- ¿Qué hacemos? Yo tener el niño y tú portarte como un hombre – Esperanza es joven, pero no se arredra fácilmente.
   La discusión termina en bronca. Lo de casarse, Rafael ni siquiera se lo ha planteado. Solo tiene veintitrés años. Le queda todavía mucho tiempo para pensar en cosas tan serias como casarse. Además, no está dispuesto a cargar toda su vida con aquella palurda y llegar al pueblo llevando del brazo a esa cateta que lleva marcada en la frente el marbete de lo que es. Buena se iba a poner su madre, y no te digo el cachondeo que se gastarían sus amigos, hasta posiblemente Lolita se reiría de él.
   En lo más álgido de la discusión, llega a decirle que nadie le asegura que sea el padre del crío, vete a saber con quién ha podido estar. Si él lo ha tenido tan fácil, seguramente otros también habrán mojado. Esas palabras hieren profundamente a la muchacha que desde el primer momento quedó deslumbrada por la fácil verborrea de Rafael y al que ha entregado su doncellez. Blanquer termina rechazando cualquier clase de responsabilidad en lo sucedido y conmina a Esperanza que se olvide de él y que no vuelva a molestarlo. La muchacha le ve marchar, deshecha en llanto.

   Al día siguiente, Esperanza sufre un pequeño vahído en la casa en la que sirve. Su señora, doña Visitación, la atiende solícita y la obliga a acostarse para que se reponga. En la minúscula habitación del servicio, después de que la señora le haya llevado una tisana, a la joven le da un ataque de nervios. Cuando Visitación consigue calmarla, entre hipos y con voz entrecortada, la muchacha le cuenta su drama: va a tener un hijo y el padre de la criatura ni piensa convertirla en una mujer honrada, ni le va a dar su apellido a lo que venga y encima, que es lo más sangrante, duda de su paternidad. Su señora, católica practicante, la cree, conoce a la familia de la joven, que es del mismo pueblo que eran sus abuelos, y está convencida de que no miente. Decide que lo sucedido no puede quedar así.