martes, 13 de enero de 2015

2.9. Madre, ¿sabe quién es El Ausente?



   Hora del recreo escolar. Todos los alumnos salen al patio. Las niñas por su lado, los niños por el suyo. En el descampado contiguo a la escuela, dos chavales se miran fijamente, parece que estén esperando una señal para lanzarse uno contra otro. Se asemejan a dos púgiles aguardando a que el árbitro dé la señal para que la pelea comience. Aunque no se trata de un combate de boxeo, no llevan guantes ni están en un cuadrilátero.
- Cara. Empieza Miguel - anuncia el chico que acaba de echar la moneda al aire. 
   El aludido, con gesto enérgico, pone el pie derecho delante del izquierdo. Su oponente hace lo mismo. Lentamente van colocando un pie delante del otro y aproximándose hasta que, a punto de tocarse, uno de los contrincantes planta la puntera de su alpargata encima del pie adelantado del adversario.
- Justino elige primero - manifiesta el que lanzó la moneda.
   Los chiquillos forman un corro rodeando a los dos compañeros que se han jugado a pies la posibilidad de elegir primero. Cada uno de ellos es el líder de los equipos que van a jugar su cotidiano partido de fútbol. Alternativamente, cada capitán va escogiendo jugadores. Primero eligen a los más hábiles, después a los más fuertes y al final a los torpones.
- … y Nico – vocea Miguel. No queda otro. Otra vez me toca cargar, piensa, con ese canijo que encima es un tuercebotas.
   Ambos conjuntos se posicionan y comienza el encuentro. No hay árbitro ni jueces de línea, ni están trazadas las rayas divisorias del campo de juego, las porterías están marcadas con dos montoncitos de piedras y la cancha es un descampado. A la casi treintena de chavales les da igual: lo importante es jugar y tienen poco más de veinte minutos para ganar y así poder burlarse de sus rivales, al menos hasta el partido del siguiente día.
   Suena un silbato y el juego se interrumpe. Los muchachos se agrupan en filas y uno tras otro van entrando en el edificio junto al que han estado compitiendo. Las puertas de las escuelas se cierran. Comienza la segunda sesión de la mañana, hoy toca enfrentamiento entre romanos y cartagineses.

   Días después Ricardo Poveda, director del grupo escolar del pueblo, pasea inquieto por la plaza, está nervioso. Hoy viene el inspector de primera enseñanza a girar visita al centro docente. No le conoce, pero le han contado que es muy estricto y exigente, un hueso, vamos. Por eso Poveda ha tomado una resolución con la que espera ganarse el favor del inspector: ha implantado como libro de texto la enciclopedia escolar de la que es autor Martínez Fraile. El cambio de manual le ha costado una buena trifulca con alguno de sus colegas, especialmente con su compañero Fulgencio, que no se ha cortado un pelo en calificar el libro recién seleccionado como un bodrio didáctico que, en su opinión, no es más que un refrito mal cocinado de la enciclopedia cíclico-pedagógica de Dalmáu Carles, que es la que se ha usado siempre en las escuelas locales y con la que todos estaban contentos. Además, la enciclopedia de Dalmáu está encuadernada en cartoné con lomo de tela, que es la encuadernación que mejor resiste los malos tratos que dan los chavales a los libros y, lo que es más importante, cuenta con unos cuatrocientos grabados que la convierten en un material muy apto para el aprendizaje en primaria. En cambio, la de Martínez Fraile tiene una encuadernación más feble y los grabados que presenta no solo son pobres sino que están horrorosamente dibujados. Ricardo rebate a su compañero con un argumento fulminante:
- Todo lo que dices es cierto, Fulgencio, pero a Dalmáu Carles no le vamos a ver nunca por aquí y en cambio Martínez Fraile  es nuestro inspector.

   En el autobús que cubre la línea Valencia-Senillar, llega el inspector. Es un hombre recio, relativamente joven aunque luce abundantes canas. Ricardo, pese a que no lo ha visto nunca, le localiza inmediatamente: es el único de los pasajeros que se han apeado del coche de línea al que no conoce y también el único que lleva sombrero. El maestro se identifica:
- Buenas tardes. Soy Ricardo Poveda, maestro-director del Grupo Escolar José Antonio. Supongo que es usted el señor inspector don Anselmo Martínez.
- Buenas tardes. Sí, soy el inspector. ¿Dónde están los demás maestros?, ¿en la escuela? – el tono del funcionario es seco y cortante.
   Las preguntas y la sequedad del inspector desconciertan a Poveda y le ponen mucho más nervioso de lo que ya estaba.
- Usted perdone, pero de la Delegación Provincial no dijeron nada de que los maestros le tenían que esperar. Si lo hubiéramos sabido habrían estado todos aquí, no lo dude. Y en la escuela tampoco están, la sesión de la tarde acaba a las cinco y son las siete y pico. Ahora que si quiere les mando aviso y en un periquete estarán todos donde usted diga.
   El inspector desiste de reunirse con el magisterio local y le pide a Poveda que le acompañe a la pensión en la que va a pernoctar. El maestro vuelve a sentirse incómodo cuando tiene que informar a su superior de que en el pueblo solo hay una pensión que no es nada lujosa, pero ha comprobado que va a disponer de una habitación estupenda, muy limpia y soleada y con toda la ropa de la cama nuevecita. En cuanto a la cena, será un honor para él y su esposa tenerle como invitado.
   Durante la cena el inspector parece ablandarse un tanto y suaviza su hosco semblante y su cortante expresión. Y llega a sentirse más cómodo cuando Poveda, aprovechando un resquicio, deja caer en la charla de sobremesa que fue alférez provisional. Don Anselmo termina contando a la pareja parte de su vida. Le cogió la guerra en un pueblo de la provincia de Huesca, donde tenía su plaza de maestro, se enroló como voluntario en el ejército nacional y a los pocos meses hizo el curso de alférez provisional. Apenas si llevaba un mes de estampillado cuando fue herido en la batalla del Ebro y pasó mucho tiempo en un hospital restableciéndose. Cuando a principios del treinta y nueve fue dado de alta ya solo pudo participar en parte de la campaña de Cataluña. Terminó la contienda como teniente provisional y cuando dudaba en si seguir la carrera militar o volver al magisterio le ofrecieron el puesto de inspector de primera enseñanza y estaba muy contento de haber aceptado porque la educación era su auténtica vocación. Poveda tampoco pierde la ocasión de deslizar en la conversación que su enciclopedia es la que se emplea en las escuelas del pueblo con lo que consigue que el inspector acabe definitivamente de mostrar su lado más amable.
   Al día siguiente, Poveda recoge al inspector y le acompaña al grupo escolar. Tanto los maestros como los niños han sido debidamente aleccionados ante la llegada del ilustre funcionario. Las visitas de los inspectores se dan muy de tarde en tarde y hay que conseguir que se lleven una buena impresión de la formación y la disciplina de los alumnos. El inspector, siempre acompañado por Poveda, entra en las clases con la invocación de:
- Ave María purísima.
- Sin pecado concebida – corean todo los alumnos puestos en pie -. Buenos días, señor inspector.
- Buenos días, niños.
   El inspector departe un poco con cada uno de los maestros. Procura mostrarse amable aunque a veces se le escapa su natural arisco, lo que aumenta el nerviosismo de los docentes que, en más de una ocasión, contestan embarulladamente a las preguntas de su superior. Tras intercambiar unas palabras con el maestro que está al frente de cada clase, el inspector efectúa algunas preguntas a los alumnos que éstos contestan lo mejor que saben.

   Al llegar a casa, al chaval le falta tiempo pare referir a su madre la visita del inspector.
- Madre, esta mañana ha estado el inspector de las escuelas. ¡Estábamos todos más nerviosos que un flan! Hasta don Fulgencio parecía estarlo. Y sobre todo cuando comenzó a preguntarnos.
- ¿Y qué preguntaba?
- No me acuerdo de todo, pero de muchas cosas. A mí me preguntó si sabía quién era El Ausente. Me dio mucha rabia decirle que no lo sabía.
- ¿Y quién es ese señor si puede saberse?
- No es un señor, El Ausente es José Antonio, el fundador de la Falange. El inspector nos contó que, como durante la guerra, no se sabía muy bien lo que le había pasado, y para evitar la desmoralización de las milicias falangistas, se le empezó a llamar así.
- Igual el señor inspector no sabe una cosa relacionada con José Antonio: su padre, don Miguel Primo de Rivera, pasó un día por el pueblo y se paró a  charlar con el alcalde y unos vecinos que se acercaron a saludarle. Tu abuelo Nicolás, que fue uno de ellos, contaba que era un hombre muy campechano. ¿Te lo había contado antes?
- No, madre, pero usted tampoco sabía quién era El Ausente. 
- Pues no, ya te he dicho que no lo sabía. Por eso tienes que ir a la escuela, para que aprendas cosas como esa y no ser un ignorante como tus padres.

viernes, 9 de enero de 2015

2.8. Esa chica es una joya


    Lolita, nueva delegada de la Sección Femenina, pronto se da cuenta de que el sector de población más prometedor en el que trabajar es el formado por las chiquitas entre diez y catorce o quince años. Antes de los diez son muy crías para tomarse las cosas en serio y después de los quince se hacen demasiado mujeres para estar interesadas en algo que no sea tontear con los mozos y tener novio formal.
   La joven se sumerge en el trabajo como terapia para sanar su mal de amores. Ahora ya no sube al Calvario a pasear y a leer. En cuanto cierra la tienda se dirige al modesto despacho que la jefatura ha puesto a su disposición y allí pone en marcha toda su energía creativa. Organiza equipos deportivos, monta una sección de coros y danzas, otra de aprendizaje de corte y confección y un grupo de bordar a máquina; incluso logra la colaboración de alguna de las maestras para que las niñas mayores de las escuelas practiquen gimnasia y reciban una charla semanal sobre el papel de la mujer en la España Nacionalsindicalista. No para. Ha convertido lo que al principio fue una mera excusa para matar su aburrimiento en parte esencial de su vida cotidiana.
   Desde su lejana estancia en el colegio de La Consolación ha tenido la impresión de que le gusta enseñar, aunque lo que realmente le apasiona es transformar las actitudes y escalas de valores de sus jóvenes falangistas, aunque mejor debería decir compañeras, porque lo de falangistas no lo tiene tan claro. La doctrina de la Falange no le dice gran cosa. Gimeno le dio un opúsculo con los veintisiete puntos falangistas, síntesis de la doctrina joseantoniana. Tras leerlo, su opinión sobre el credo falangista no ha mejorado, le han parecido un ramillete de frases huecas y altisonantes que poco tienen que ver con la realidad. En el mejor de los casos son como utopías inalcanzables, quizá por eso los teóricos de Falange hablan a menudo de la revolución pendiente, pero sin concretar a qué revolución se refieren y en qué consistirá. Y, de manera especial, hay un detalle del ideario falangista que Lolita valora muy negativamente: no dice una sola palabra sobre la mujer, ni siquiera la menciona. Por eso, se da la paradoja de que quien parece ser una falangista modélica es, en su fuero interno, una profunda escéptica sobre dicha doctrina.

   El espectacular despliegue del programa de actos, cursos, participaciones en concursos y campeonatos provinciales, asistencia a campamentos y un largo etcétera de las muchachas de la Sección Femenina de Senillar constituye el primer logro efectivo de la jefatura local y provoca la primera felicitación para su jefe.
- Enhorabuena, José Vicente, el otro día, en el Consejo Provincial, haciendo el balance de actividades del pasado trimestre, Senillar estaba en tercer lugar. Habéis pasado de ser uno de los últimos pueblos a estar entre los cinco mejores. El vice comentó que había que darte la enhorabuena. Un día de estos recibirás un escrito suyo expresándote su felicitación, que quiere que hagas extensiva a tus colaboradores más directos, especialmente a la delegada de la Sección Femenina que ha batido todas las marcas conocidas de participación. En esa chica tienes a una joya.
- Gracias, Germán, y dale las gracias al vice de mi parte. No te oculto que estoy poniendo el máximo interés y toda mi capacidad para conseguir que todos nos sintamos orgullosos de la falange senillense. En cuanto a la delegada, estoy de acuerdo contigo, es una auténtica joya.

   A José Vicente sigue gustándole la joya, pero ha cumplido su palabra y no ha vuelto a realizar ningún intento de flirtear con ella, aunque en ocasiones tiene que esforzarse para no romper su promesa. Se consuela pensando que Lolita es algo así como su particular Gibraltar, del que el Caudillo ha sentenciado que algún día caerá como fruta madura. Por el momento, sus relaciones podrían calificarse como estrictamente profesionales. Pese a ello, no deja de lamentarse caerle tan mal a Lolita, puesto que la joven ya llamó su atención la primera vez que la vio, cuando fue a comprar una corbata a su tienda. Aquel día pensó que era buena vendedora y el tiempo se ha encargado de demostrar que no se equivocó. Además de saber vender corbatas también sabe vender otras cosas. Sigue sin estar enamorado de la joven, pero continúa mirándola, siempre cuando ella no se da cuenta, con lasciva voracidad y es que está muy rica. Parece que no es el único que piensa así, uno de los contados amigos que ha hecho en el pueblo, Guillermo Bruñó, es de similar parecer:
- Oye, tío, ¿y a la Lolita Sales no has intentado ligártela? Porque estando con ella la mitad de los días has de tener un montón de ocasiones para echarle los tejos. A mí, desde luego, no me importaría nada llevármela al huerto – afirma Guillermo.   
- ¿Es que Lolita tiene fama de facilona? – inquiere José Vicente, un tanto molesto por la confesión de su amigo.
- ¿Facilona? ¡Qué va! De eso nada. No creo que se la haya cepillado nadie y conozco a muchos tíos que darían lo que fuese por conseguirlo. Pero alguno habrá de ser el primero, ¿no? Todo es cuestión de intentarlo y el que no se moja no pasa el río.
   Él se ha mojado, piensa, pero no ha pasado el río. Sus insinuaciones han encontrado hasta ahora la callada por respuesta. El comportamiento de Lolita no ha dejado de sorprenderle y hasta de irritarle: es la primera joven del pueblo que hace oídos sordos a sus galanteos. No es que se haya convertido en un tenorio, pero sí es cierto que en pocos meses ha pasado a ser uno de los solteros más cotizados de la localidad. Aunque es forastero y no posee fincas, es joven, buen mozo, simpático cuando se lo propone, cuenta con un sueldo fijo y la gente comenta que tiene un gran futuro como político y que puede llegar lejos. Todo ello, dado su comportamiento, parece que para Lolita no vale nada, menos que un ardite. Bueno, pues ella se lo pierde.
                                                                               *
   El maestro se esfuerza para que a sus alumnos les quede clara la efeméride del día: es nueve de febrero, Día de los Caídos de la Juventud.
- … y en un día como hoy, cayó asesinado, en la calle Mendizábal de Madrid, Matías Montero, fundador del SEU de Medicina y uno de los más prometedores afiliados de la primera Falange. Ese mártir se ha convertido para todos nosotros en el símbolo de la juventud falangista que fue sacrificada por su amor a la Patria. En aquellos años, España vivía en un permanente caos y la mejor parte de la juventud española salió al paso de aquella anarquía dispuesta a darlo todo por la Patria. Hoy tenemos la inmensa fortuna de vivir en una nación donde se considera al hombre portador de valores eternos y de tener un estado que se asienta sobre tres pilares inconmovibles: la familia, el municipio y el sindicato. Además…- Ricardo Poveda interrumpe su perorata, acaba de darse cuenta de que, llevado de su fervor de catecúmeno falangista, no está dando una lección a sus alumnos, les está endilgando un mitin. Un poco avergonzado de su exceso recapitula -. Solo quiero que recordéis que Matías Montero fue uno de los primeros caídos por Dios y por España.  ¿Alguna pregunta?
   Un par de manos se alzan raudas.
- A ver, Peris.
- ¿Quién le mató?
- Unos pistoleros rojos. Barceló, ¿qué querías preguntar?
- ¿Qué quiere decir SEU?
- Son las siglas del Sindicato Español Universitario. Es el sindicato de los estudiantes que van a la universidad, los que estudian para abogados, médicos, profesores, boticarios, etcétera.
   Acabadas las preguntas, el maestro explica que va a rematar la efeméride repitiendo la oración que pronunció José Antonio con ocasión del entierro de Matías Montero. Pone a los chavales en posición de firmes y con voz grave declama:
- Que Dios te dé su eterno descanso y a nosotros nos los niegue hasta que sepamos recoger para España la cosecha que siembra tu muerte – eleva la voz para gritar -. ¡Matías Montero!
- ¡Presente! - contestan al unísono los alumnos.
- ¡José Antonio Primo de Rivera!
- ¡Presente!
- ¡Caídos por Dios y por España! 
- ¡Presentes! – vuelven a corear los niños.