Zaca acude a la llamada de Julia. Encuentra a la abuela y a los dos masoveros, de los que le ha hablado Sisca, que la acompañan sentados en la mesa camilla de la sala de estar que también hace las veces de despacho de la abuela. Los forasteros –vistiendo los consabidos trajes de pana y uno de ellos tocado con boina- lo reciben con mirada expectante. El muchacho saluda a los masoveros, con su habitual formalidad, y se queda en medio de la estancia en espera de lo que pueda decirle o pedirle Julia.
-Usted dirá, abuela.
-Bien, Bachiller. -y dirigiéndose s los visitantes les dice-: Amigos, aquí tenéis de cuerpo presente a nuestro sabihondo Sacaríes, quien le da escuela a mi nieta y a los chicos de Anselmo –y dirigiéndose de nuevo a Zaca-: Bachiller, estos buenos amigos son Germán, del Mas de Planchadell, y Demetrio, del Mas de Roures. Quieren plantearte algo de lo que, por lo que me compete, no tengo nada en contra. Os voy a dejar solos para que podáis hablar con total libertad –dicho lo cual abandona la sala.
La intervención de Julia ha provocado en Zaca una mezcla de perplejidad, desconcierto y curiosidad. “¿Qué querrán estos palurdos?”, se pregunta el chico. El llamado Germán –bajo, fornido y de semblante resuelto- es quien primero habla.
-Siéntate, chico. Estarás más cómodo.
-Gracias. Ustedes dirán.
-Verás… -Germán, que parece ser quien va a llevar el timón de la charla, carraspea y, sin ninguna clase de exordio, algo raro en un masovero a los que les gustan dar algún que otro rodeo antes de entrar en harina, expone el motivo de por qué están allí-. Somos un grupo de padres con críos pequeños y no tan pequeños, digamos que entre los seis y los catorce años. Y vivimos en masos que están relativamente cercanos al Canònge. A lo largo del curso escolar nuestros hijos no pueden ir a la escuela todos los días por la lejanía de nuestras masías y en verano, con tanto tiempo sin estudiar, pierden lo poco que han aprendido en el invierno. Hemos sabido que… -Vacila, parece no estar muy seguro de qué tratamiento dar a Zaca- estás dando escuela a los niños del Canònge, aunque no eres maestro, pero que sabes mucho ya que, al decir de la señora Julia, eres medio bachiller. Pues bien, hemos pensado que si también querrías dar repaso a nuestros críos lo que resta de verano. Algo sencillo: que lean y escriban de corrido y practiquen las cuatro reglas. La escuela sería por las mañanas, pues Julia nos ha dicho que las tienes libres. Ah, y que por ella no hay ninguna pega en que puedas hacer lo que pedimos –El masovero se calla como si esperara alguna réplica por parte de Zaca, pero como éste no dice nada, prosigue-: Somos gente seria y te corresponderíamos. Estamos dispuestos a darte cinco duros al mes por cada chaval. Serán entre diez y catorce críos, pues aún no hemos hablado con todos los padres que podrían estar interesados. Y esa es la parte mollar de lo que queremos pedirte…
Zaca ha estado escuchando lo que cuenta el masovero sin demasiado interés, hasta que éste ha mencionado la contraprestación que los padres de los hipotéticos alumnos están dispuestos a ofrecer. Su mente se dispara y, rápidamente, hace la cuenta: Suponiendo que sean doce alumnos, a cinco duros son sesenta duros, ¡trescientas pesetas! ¡Todo un dineral! Con eso padre podrá pagar tres meses a mis maestros del pueblo. Al darse cuenta de lo que le ofrecen le entra un temblor producto del impacto que el cálculo le ha provocado. Trata de serenarse, pero tal es su nerviosismo que no sabe qué responder. Intenta ganar tiempo.
-Pues muchas gracias por su interés, pero no sé qué decirles.
-Rediez, mozo, pues que sí o pues que no –precisa el llamado Demetrio, alto, seco y con cara de pocos amigos-.
-Largo, no fuerces al chico, dale un respiro, es natural que tenga que pensárselo –amonesta Germán al llamado Demetrio y, dirigiéndose a Zaca, añade-: Una vez dicho lo que queríamos decirte, y antes de que nos contestes, haremos una cosa, nosotros vamos a la cocina donde la señora Concha nos ha preparado un tentempié y mientras te lo vas pensando. Pero que te quede claro que nos harías un gran favor si dijeras que sí. Los críos lo necesitan y, como he dicho, nosotros sabríamos corresponder. ¿Te parece que nos veamos aquí como en media horita? ¿Sí? Pues hasta luego.
Zaca se va tranquilizando, pero sigue dándole vueltas a la parte dineraria de la propuesta. “¿Cómo voy a rechazarla? -se pregunta-. Más de una vez me he preguntado cómo podría ganar algún dinero para ayudar a padre a pagar mis clases y ahora, sin comerlo ni beberlo, la manera de lograrlo me ha llegado donde menos podía esperarlo, en el Canònge”. Pese a la increíble contraprestación que ofrecen los masoveros, y que hace tan tentadora la propuesta, el muchacho se plantea si lo de dar clase por la mañana a unos masoveritos no perjudicaría de algún modo su actividad docente de la tarde. Evidentemente, lo primero que no admite réplica es la prioridad de la enseñanza que da a Sisca, y a los niños Ariza, pero la mañana podría dedicarla a unos nuevos alumnos. Piensa en lo que suele hacer desde que se levanta hasta la clase de la tarde: ayuda a Sisca a dar el pienso a los animales de los corrales, luego desayuna, emplea un rato en preparar la clase de la tarde y el resto del tiempo, hasta que llaman a almorzar, lee alguno de los libros que ha traído, charla con Sisca y Lía y, a veces hasta se aburre.
No le da más vueltas, ha de aceptar la propuesta, primero porque tiene tiempo para ello y segundo, y más importante, por los sesenta duros mensuales, Un chollo así no lo encontrará en Torreblanca ni aunque se lo pida al Cristo del Calvario que tiene fama de milagrero. Y luego está un matiz importante: la abuela Julia no se opone a ello, le da carta blanca. En esas reflexiones anda metido cuando Sisca asoma la carita por la entreabierta puerta.
-¿Qué les vas a contestar?
-¿Cómo sabes lo que me han propuesto? –se sorprende el muchacho.
-Me lo ha contado la abuela. Y, por si no lo sabes, ya te adelanto que le gustaría que les dijeras que sí. Los dos masoveros, que ahora se están zampando una tortilla de escabeche que les ha hecho Concha, son uno del Mas de Planchadell y otro del Mas de Roures. Ambos participan en lo de Los Masos de La Plana Alta y la abuela quiere tenerlos contentos. Y, como ya sabes, tener contenta a la abuela es tener todo el Mas a tu disposición. Y luego, vas a ganar una pasta gansa que para sí querría más de uno.
-¿Y tú qué opinas?
-¿Y tú me lo preguntas? Lo que es bueno para ti, a mí me parece de perlas.
-Pero es que hay aspectos que no me los han contado y no sé cómo podrán resolverse. ¿Dónde daré las clases? Porque en el cuarto de estar no caben tantas personas. ¿Y de dónde vamos a sacar sillas y mesas para sentar a doce o catorce críos? ¿Y cómo van a llegar al Canònge niños que viven en masos que están a varios kilómetros de aquí? Y que sé yo cuantas pegas más puede tener la propuesta.
-A veces eres un agonías, Zaquita. No te preocupes ni le des más vueltas. Al tío del Roures no lo conozco, pero al Germán sí, y es de los que no da puntada sin hilo. A buen seguro que muchas de las dudas que te planteas, ya las tiene resueltas. Yo, en tu lugar, diría que sí sin pensarlo más y dejaría que fueran los masoveros los que se ocuparan de todo. Ten en cuenta que los que vivimos en los masos tenemos que ser previsores y cautos, el hecho de vivir aislados nos obliga a ello -Zaca piensa que Sisca habla como si fuera más mayor de lo que es, y que razona como si tuviera más años. Las reflexiones de su amiga le ayudan a resolver sus dudas. Dirá que sí y pelillos a la mar, que sesenta duros no pueden despreciarse así como así. Media hora después regresan los masoveros.
-Bueno, ya estamos aquí. ¿Te lo has pensado?
Cuando Zaca les anuncia que acepta, no hacen aspavientos, ni muestran gestos de alegría, reciben el sí del muchacho como si ya lo hubiesen previsto. El chico, a fuer de sincero, cuenta a los masoveros las dudas, que antes describió a Sisca, sobre aspectos prácticos que deberían resolverse para poder dar clase a doce o catorce nuevos alumnos. Pero, como había vaticinado Sisca, tienen atados, con la ayuda de Julia, la mayoría de elementos que harán falta para la escuela solicitada. El aula será una estancia que hay en el Canònge junto a la prensa para el aceite y donde se guardan las esteras de esparto que se usan para el prensado. El mobiliario procederá de una escuela unitaria que están reformándola, y lo prestará el ayuntamiento de la Vall d´Alba para lo que resta de verano. Y los chicuelos llegarán al Canònge por medio de un minibús que alquilarán a la compañía de La Hispano de Fuente En Segures de Benasal, con la que ya lo tienen medio hablado. En cuanto al resto de aspectos que faltan por concretar, tales como el horario, los materiales para la enseñanza y demás, solo esperan que Zaca les diga cuales va a necesitar.
-Y una cosa importante, mozo –es Demetrio el Largo quien habla-, a los críos no les dejes pasar ni una. Los chicos van a venir avisados, pero por si alguno se desmanda, mano dura con ellos. Nada de pamplinas, como alguno se ponga chulito nos lo dices y un par de guantazos a tiempo lo dejará más suave que la seda. Recuerda lo que se dice: la letra con sangre entra.
-Otra cosa, Bachiller –interviene Germán el Rizos, mote que es toda una ironía porque luce la clásica calva de herradura-. Hablamos de cinco duros por chavea y lo mantenemos, pero hay tres parejas de críos que son hermanos y creemos que es justo que sus padres paguen algo menos. Esos seis críos podrían pagar solo cuatro duros por cabeza y, aún si fuera así, sus familias tendrán que desembolsar ocho machacantes por sus dos hijos. Y eso, para una familia masovera es un dinero. ¿No te parece?
-Señor Germán, lo justo, justo es –admite, generoso, Zaca, que piensa que a pesar de la rebaja seguirá ganando lo que, para él, es un pastizal.
-Pues solo falta que nos digas el horario y la fecha que puedes empezar a darles escuela. Cuanto antes, mejor, pues agosto lo tenemos a las puertas.
-El horario dependerá de a que hora lleguen los niños al Canònge.
-Llegarán a la hora que marques. Están hechos a madrugar. ¿Qué te parece si los críos están aquí sobre las ocho y media, más o menos.
Zaca supone que para comenzar la clase a las ocho y media muchos de los chavales tendrán que estar en pie a las seis de la madrugada, pero sabe que en los masos madrugar es el pan de cada día. Por lo que no muestra reparos a la propuesta.
-Por mí, bien. Y podría darles clase hasta la una o una y media. Y en lo que respecta a los materiales didácticos -Por si no entienden el adjetivo precisa-; es decir, al material instructivo, les haré una lista con lo que necesitaré. ¿Cuándo calculan que lo tendrán todo listo para poder empezar?
-En tres o cuatro días esperamos tener la antesala de la almazara lista y con los muebles en su sitio y al día siguiente podría comenzar la escuela. Ah, me se olvidaba una cosa. La Julia nos ha puesto una condición: dice que te necesita los domingos y los lunes. Esos días, pues, no habrá escuela, la darás de martes a sábado. Por mi…, por nuestra parte nada más.
-Germán, lo de las chicuelas –avisa Demetrio.
-Ah, sí. Entre los críos que vendrán hay dos chiquillas. ¿Algún poblema por tu parte?
-Por mí, ninguno. No hago distingos entre chicos y chicas.
-Pues en tres o cuatro días tendrás los críos aquí. Una última cosa: como dije y lo mantengo, sabremos corresponderte, por eso los días de julio que les des escuela te los pagaremos aparte de los cinco duros de agosto. El tiempo que uno trabaja ha de ser correspondido.
Zaca queda más contento que un niño con juguete nuevo. Y se dice que tiene que darle las gracias a Julia por su favorable intervención en el asunto. De paso, y relativo al asunto de Los Masos de La Plana Alta, le contará su impresión sobre la capacidad de cálculo mental de las nuevas vendedoras del mercat que están desde el sábado en el Mas recibiendo las instrucciones de Paca y Pili sobre cómo han de actuar en el nuevo puesto. Cuando le da las gracias a la abuela por su buena disposición en lo relativo a la escuela de los niños masoveros, ésta le corta.
-No me des las gracias, Bachiller. Soy yo la que ha de agradecerte que hayas aceptado la propuesta de los que van a ser nuestros socios en el mercat. Y ahora que te tengo a tiro, ¿cómo andan de cuentas las nuevas vendedoras?
-No tengo buenas noticias. Hay tres que se manejan relativamente bien con el cálculo, pero las otras cuatro son flojitas y dos de ellas, más que flojitas son incapaces de sumar y restar de memoria. Como no creo que vayan a aprender en unos días, habrá que buscar una alternativa y que sean otros los que manejen los números. No se me ocurre una solución mejor.
-Bueno, menos la muerte todo tiene alguna forma de arreglo. Probaremos con ellas y a ver qué pasa.
-Lo que usted diga, abuela –acepta el muchacho, aunque no está nada convencido de que las semianalfabetas masoveras vayan a servir. Y opta por no ahondar más en la cuestión. Su mente está ocupada en su imprevista y nueva tarea de maestro veraniego. “¡Maestro él, quien se lo iba a decir. Si ni siquiera es bachiller!” Y se dice que: “la propuesta de los masoveros realmente ha puesto su mundo patas arriba. Jamás pudo pensar que una disyuntiva de ese calibre se le podría presentar”. Y, aunque su religiosidad es muy superficial, se encomienda al Cristo del Calvario para que la nueva empresa le salga bien. Son sesenta duros como sesenta soles y estos no se encuentran debajo de las piedras. Cuando se lo cuente a sus padres no se lo van a creer. Más de pronto le asaltan dudas. Los masoveros han hablado de doce o catorce críos entre los seis y los catorce años. Eso supone una mescolanza de grados de formación muy heterogéneos lo que hará muy complejo el papel de maestro. El método cooperativo que, con tan buenos resultados, está aplicando en las sesiones vespertinas -pero con tres alumnos- no sabe si valdrá para más de diez. Y le siguen asaltando dudas –no puede remediarlo, es su forma de ser-, pero en cuanto piensa en el dineral que puede ganar en solo un mes, las dudas se disipan como las nubes en verano. ¡Bendita propuesta!
PD. El próximo martes publicaré el episodio 71 de la novela “El masover” titulado: En boca cerrada…
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