viernes, 3 de abril de 2020

Libro I. Episodio 21. La bisutería

   Al brigada, que Julio no tenga una idea clara de lo que quiere cobrar, no parece extrañarle en absoluto.
   -Comprendo. Vamos a hacer una cosa, te pagaré en vista de los resultados. Si estoy contento con tu trabajo te aseguro que también lo estarás con el estipendio. ¿Cuándo puedes empezar?
   El mañego piensa que decididamente le gusta el estilo resuelto del suboficial por lo que no vacila ni un segundo.
   -Cuando quiera, mi brigada.
   En setenta y dos horas, Julio se encuentra con dos trabajos: uno malo, otro bueno. Piensa que no va a poder compaginar ambos, tendrá que dejar uno de ellos. Ni por un instante lo duda, la docencia no es lo suyo y su alumna no está por la labor. Al día siguiente se lo comenta al veterano que le buscó la clase de mates: que le ha salido un trabajo mejor y que le va a decir al capitán que busque otro profesor para su hija.
   -Ni se te ocurra decirle a Mascarell que no vas a dar clase a su hija por otro trabajo que te ha ofrecido un brigada. El capitán se toma muy a pecho lo de la diferencia de rangos y, como tiene mala leche para dar y tomar, te puede enviar de vuelta al cuartel de El Carmen.
   -¿Entonces qué hago?, porque aparte de que la niña es una zopenca he descubierto que lo de enseñar no es lo mío.
   -Búscate una excusa, pero que sea buena. Algo así como que no sabes tanto como para enseñar a una estudiante tan brillante como su hija, que lo que necesita es alguien que tenga más experiencia que tú… No sé, lo que se te ocurra, pero poniendo a la niña por las nubes y a ti por los suelos. Otra cosa, antes de cortar con las clases, pídele a Mascarell que le diga a tu sargento que te firme el pase de pernocta.
   -¿Para qué?, por ahora no lo necesito.
   -Pero no sabes lo que puedes necesitar mañana y si tienes el permiso eso que llevas ganado. Fernández no le va a negar al capitán lo que le pida, en cambio si no lo tienes y dentro de un tiempo lo necesitas y le coges de malas igual te dice que nanay. 
   Julio sigue los sagaces consejos del veterano. Lo primero que hace es contarle al brigada cuál es la situación y que necesitará unos días para poder terminar bien con el capitán Mascarell. El suboficial alaba su estrategia.
   -Empiezas a caerme bien, muchacho. Tu cautela es un ejemplo de prudencia y perspicacia y eso en un contable es buena cosa. Con Mascarell es mejor  estar a buenas que a malas y el hecho de que no le hayas dicho una palabra sobre nuestro acuerdo también dice mucho y bueno de ti. No pases cuidado y emplea los días que te hagan falta para terminar a bien con el capitán.
   A partir de ese día, Julio pone en marcha un plan para que sean la muchacha o su madre quienes le digan a Mascarell que el nuevo profe no vale. Dan las clases en un pequeño cuarto de estar cuyo mobiliario se reduce a una mesa camilla y dos sillas. La puerta del cuarto permanece siempre entreabierta y de vez en cuando la madre de la niña asoma la cabeza, momentos que aprovecha Julio para hacerse cruces de lo inteligente que es Adelaidita. Cuando lleva poco más de semana y media, el día que la señora capitana le pregunta que cómo van las clases, Julio aprovecha la ocasión y le cuenta la historia que ha urdido al efecto.
   -Si le soy sincero, señora, Adelaidita es tan lista y tan perspicaz que necesita a un profesor más preparado que yo. Creía que le podría enseñar, pero la verdad es que me supera. Me duele reconocerlo, pero francamente creo que no estoy cualificado para enseñar a una alumna tan brillante como su hija. Quizá sería aconsejable buscarle alguien que sepa más mates. Lo que no me atrevo es a contárselo al capitán por lo bien que se ha portado conmigo.
   Mascarell ya pidió al sargento Fernández que firmara el pase de pernocta de Julio, autorización necesaria para poder dormir fuera de las dependencias de Capitanía, aunque no le exime del resto de las obligaciones cotidianas. Asimismo, también le firmó la autorización para poder vestir de paisano a partir del final del horario de oficina. La conversación con la señora de Mascarell termina dando sus frutos. Cuando acaba la segunda semana, la madre le dice a Julio que ya no le van a necesitar más, que se pase por el despacho de su marido que le pagará lo que se le debe. Al mañego ni se le ocurre pasarse por la oficina del capitán, quien por su parte no vuelve a ponerse en contacto con él. Bueno, se dice Julio, afortunadamente pude deshacerme del trabajo malo, ahora habrá que volcarse en el bueno. Y tengo la corazonada de que Carbonero no me saldrá rana, como le preste un buen servicio me da que también me corresponderá con una buena soldada como ha prometido.
   En cuanto Julio se desprende del lastre de las clases, consagra su tiempo y energía a la contabilidad del negocio de bisutería. En poco más de una semana se hace con las riendas del comercio e incluso le sobra tiempo. El suboficial, a quien el mañego le cayó bien desde el primer día, al ver que es un chico despierto y de los que arrima el hombro para lo que haga falta, concibe más planes para él. Puesto que es pleno agosto hay muchos veraneantes en la isla, tanto nacionales como extranjeros y en la tienda, ubicada en el centro de la ciudad, siempre hay más de un cliente al que atender. Carbonero comienza explicándole los fundamentos del negocio.
   -La bisutería es la industria que produce objetos o elementos de adorno que no están hechos de materiales preciosos. Comprende ornamentos que incluyen todo tipo de accesorios relacionados con la moda, por ejemplo: pulseras, collares, anillos, pendientes, carteras, bolsos, broches y un sinfín de artículos. Todos ellos se fabrican con muy diversos materiales: porcelana, alambre, telas, pasta de papel y de vidrio, perlas cultivadas, madera, etcétera. Muchos de los objetos se recubren de algún metal precioso como el oro o la plata y están tan bien hechos que pueden llegar a ser casi indistinguibles de una joya.
   -Si son objetos relacionados con la moda, imagino que la mayoría de compradores serán mujeres –deduce Julio.
   -¡No me equivoqué contigo, muchacho, eres listo! –le felicita Carbonero-. En efecto, casi el noventa por ciento de nuestros clientes son mujeres –El plan oculto del brigada es convertir también al joven en vendedor pues se ha dado cuenta de que le sobra tiempo para la contabilidad. Carbonero considera que al tener el chico buena planta -lo que para vender a mujeres siempre es un valor añadido-, cierta facilidad de palabra y parecer lo suficientemente aplomado puede convertirlo en un buen vendedor.
   -¿Te has dedicado alguna vez a la venta?
   -No, mi brigada.
   -Bueno…, vender bisutería es como si vendieras cualquier otro producto cuyo comprador principal fueran mujeres… Te voy a dar unos cuantos consejos que te vendrán de perlas, pero antes dos distinciones importantes: una es que no es lo mismo bisutería de fantasía que bisutería fina, esta es la que está elaborada con piedras naturales y piezas con baños de metales finos; la otra distinción es que no es lo mismo un objeto dorado que uno chapado en oro.
   Carbonero sigue aconsejando a Carreño sobre la venta. Le cuenta que no debe malgastar el tiempo del cliente, que debe demostrar aplomo en lo que diga, que debe tratar igual al cliente que gasta poco como al que gasta mucho, que nunca debe engañar al comprador, que en la bisutería los compradores buscan generalmente lo novedoso, que no debe cometer el error de considerar a las mujeres manejando estereotipos, tales como que son menos inteligentes que los hombres, que compran sin pensar, que solo se guían por las emociones y que a menudo son impredecibles.
   -Si pones interés y sigues mis consejos puedes terminar siendo un buen vendedor y cuando se domina la técnica de la venta da lo mismo lo que vendas: sea bisutería, zapatos o longanizas.
   Como la contabilidad del negocio le lleva cada vez menos tiempo, el mañego pasa más ratos en la tienda viendo despachar a las dependientas. Y descubre que las empleadas procuran colocar las piezas más caras, y que antes de comprar la mayoría de mujeres suelen probarse varios modelos, momento en que hay que aconsejarlas cuál de todos los probados les sienta mejor. Armado con los consejos de Carbonero y sus deducciones personales comienza a hacer pinitos como vendedor y constata, con enorme satisfacción, que no se le da nada mal. La alegría por sus progresos comerciales se ve acrecentada cuando Carbonero le paga la primera quincena, en el sobre hay noventa pesetas. Para Julio es la alegría de su vida. ¡Soy rico, voy a ganar ciento ochenta pesetas al mes! Para cotejar cuanto dará de sí el salario hace cuentas y coge como referencia los precios de algunos productos básicos que podría comprar con el sueldo. Recuerda que un kilo de pan cuesta 46 céntimos, uno de arroz 0,63 y un litro de aceite 1,63. Otra referencia que tiene en cuenta son los salarios de los obreros: un bracero gana de 3 a 4 pesetas diarias y un trabajador cualificado poco más de un duro. Que Carbonero le pague noventa pesetas quincenales supone que le está pagando casi como si fuera un oficial.
   Cuando Julio se ve con tanto dinero toma dos determinaciones. Una, buscar sitios donde comer y escapar de la bazofia del cuartel de caballería. Otra, encontrar un lugar para dormir y huir del sórdido dormitorio de la compañía de destinos. Lo de dónde jalar es tarea fácil, varios compañeros suelen comer en pequeñas tabernas ubicadas en las calles cercanas a la Almudaina, ofrecen la típica comida familiar y de mercado que al lado del rancho cuartelero le parece algo fuera de serie. En cuanto a lo de dormir, le cuesta bastante más encontrar un lugar barato y que no esté demasiado lejos de Capitanía. Descubre que los precios de los alquileres en Palma son muy caros, pero inopinadamente encuentra lo que busca en el quiosco donde suele almorzar a media mañana. Julio ha hecho correr la voz de que anda buscando habitación y un buen día un tipo de artillería le interpela:
   -¿Tú eres el tío de Capitanía que anda buscando un catre?

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
22. Sa meua al-lota

martes, 31 de marzo de 2020

Libro I. Episodio 20. No había pensado en ninguna cifra en concreto


   -¿Unas vikingas? -Julio sabe quiénes fueron los vikingos, lo que le ha descolocado es que Beltrán se refiera a ellos en femenino y en tiempo presente.
  -Sí hombre, las vikingas, las titis del norte: las suecas, las noruegas, las danesas… Además hay alemanas, inglesas, francesas, hasta italianas. Bueno, para que contarte, mujeres de media Europa. La mayoría está de toma pan y moja y a muchas les va la marcha, sobre todo a las vikingas. Y no puedes imaginarte los trajes de baño que se gastan, solo falta que se pongan en pelotas.
   -¿Y cómo las ligáis, sabéis hablar sus idiomas o ellas hablan español?
   -¿Quién crees que puede saber sueco? Y ellas de hablar español ni jota.
   -Entonces, ¿cómo os las arregláis para ligar?
   -Hombre, Carreño, me ha dicho un tipo que vino en el tren contigo que te apodaban el profesor, pero de la vida no sabes ni papa –asegura Beltrán que dirigiéndose a Medrano le pide guiñándole un ojo-. Tendrás que presentarle a Pepe el Pelos a ver si lo espabila porque en lo de ligar parece que el novato está más verde que las naranjas en junio.
   A todo eso se ha hecho mediodía, el sargento se ha marchado y los tres chupatintas se van a comer al cuartel de caballería que está en la parte posterior de La Almudaina. Como habían comentado, el rancho es tan malo como en el regimiento. Julio todavía se resiente más porque en el campamento, como ganaba sus buenos reales haciendo de escribano, se acostumbró a comer en la cantina donde la comida era bastante mejor. Lo que le hace pensar que tendrá que buscarse la vida para no tener que tragar diariamente la bazofia a la que llaman rancho. Precisamente, en la misma mesa en la que está el trío de Justicia hay otro soldado de Capitanía que anda comentando que su capitán busca un profesor particular para su hija que anda mal en matemáticas. Julio nunca ha dado clases, pero la necesidad de ingresos le hace agarrarse a un clavo ardiendo.
   -¿Y de qué son las mates? –pregunta.
   -De bachillerato.
   -Yo podía enseñárselas dependiendo de lo que pague tu capitán. Estoy puesto en mates mucho más de las que se necesitan para aprobar el bachillerato pues estudié contabilidad.
   -¿Quieres que le dé tu nombre?
   -No tengo inconveniente, pero antes querría saber cuánto me va a pagar –reitera Julio.
   -No esperes demasiado, el capitán Mascarell es un tacaño como buen catalán –tercia otro que ha estado atento a la charla.
  A la conversación se han unido compañeros de otras unidades de Capitanía. Al oír de qué va el asunto, otro veterano ofrece una nueva información.
   -Si de verdad sabes de números, eso le puede interesar a mi brigada. Tiene un negocio de bisutería y sé que anda buscando alguien que le lleve los libros. El contable que tenía la ha palmado. Si quieres, le digo que conozco a un recluta que sabe de cuentas.
   Sin venir mucho a cuento, Julio se pica al ser calificado de recluta.  
   -Oye, tío, desde que acabé el período de instrucción y juré bandera dejé de ser recluta, ahora soy soldado de segunda como todos vosotros, supongo.
   -Eso es lo que dicen las Ordenanzas –comenta un cabo- pero mientras no lleves un año de mili seguirás siendo un recluta por mucha bandera que hayas jurado.
   -¿Se lo digo al brigada o no? –Insiste el que le ha hablado de llevar unas cuentas-. Y recuerda que estás en la mili, recluta. Aquí hay que coger lo que buenamente te dan y encima dar gracias. Ah, mi brigada se apellida Carbonero y para ser chusquero es bastante majo.
   Tras acabar el rancho el trío de Secretaría se va al dormitorio de la compañía, pero antes Julio ha dicho que pueden dar su nombre para las dos posibles ofertas de trabajo. Ganar un puñado de reales le vendría al pelo. Cuando quiere volver a la Secretaría le dicen qué dónde va, que el trabajo de oficina es de ocho a quince y que hasta el día siguiente se acabó lo de currar. Julio se queda en el dormitorio porque quiere escribir a Consuelo, y como no hay donde coge la maleta de madera y la usa como mesa. Al verle de tal guisa, un compañero le ofrece una alternativa.
   -Oye, si quieres escribir, ¿por qué no te vienes a la biblioteca?, no suele haber nadie y estarás más cómodo.
   -¿Qué biblioteca?
   Pintado, que así se apellida el compañero, le explica que es el encargado de la biblioteca de Capitanía y que como casi nadie la usa es un lugar ideal para escribir, leer y hasta estudiar. Carreño sigue a Pintado que le cuenta que es maestro de primera enseñanza, por eso lo han nombrado bibliotecario. También le ofrece que puede sacar todos los libros que quiera. En la tranquilidad de la biblioteca, el mañego escribe a su novia y le cuenta todo lo que ha vivido en su primer día en Capitanía. Lo que no le cuenta es que, por lo que le han dicho, en la isla hay extranjeras con las que se puede ligar fácilmente. Sabe que Consuelo no es especialmente celosa, pero no quiere darle motivos para incomodarla.
   Poco a poco, Julio se va acoplando a la vida de archivero. Era lo que menos esperaba de su paso por el ejército. Casi ninguno de los consejos que le dio el cabo Montero de San Martín y los amigos y conocidos que ya hicieron la mili le están sirviendo. Nadie le preparó para un trabajo de oficinista, pero como la faena es escasa y el ambiente de la Secretaría es bastante relajado se dice que peores destinos podrían haberle tocado. De vez en cuando hace descubrimientos de la mili para los que tampoco le preparó nadie. Como que te puedes dar de baja en el rancho si puedes pagarte comer fuera, y asimismo puedes dormir fuera de Capitanía, si tienes cuartos para alquilar una habitación y te dan los correspondientes permisos, con lo cual puedes vestir de paisano. Sus mayores problemas se centran en la comida y el dormitorio, sigue llevando mal lo del rancho y lo de dormir con tanta gente. Para solucionarlos necesita un dinero que no tiene y no está dispuesto a pedírselo a su madre, sabe que no nada en la abundancia precisamente.
   De pronto, como tantas veces sucede en la vida, todo cambia en un par de días. Lo primero que le ocurre es que va a verle el compañero que le dijo que su capitán buscaba un profesor de matemáticas para una de sus hijas. Le conduce al despacho del oficial y lo presenta.
   -Mi capitán, este es el chico que le dije que es contable –dicho lo cual abandona el despacho.
   -A sus órdenes, mi capitán –Julio se ha puesto en posición de firmes.
   -Descansa, muchacho. ¿Cómo te llamas?
   -Julio Carreño Lahoz, mi capitán.
   Parece que su facha ha agradado al oficial, un hombre que quizá ronde la cincuentena y que luce una recortada barba.
   -Así que eres contable.
   -En realidad, no, mi capitán. Estaba estudiando para ello cuando me incorporé a filas –Julio prefiere contar la verdad. Sabe que en el ejército las mentiras te pueden salir caras.
   -Ya me extrañaba… -el oficial parece decepcionado-, ¿pero cómo andas de matemáticas?
   -Si es para los estudios de bachillerato, creo que sé más que suficiente, mi capitán. Para otro tipo de estudios habría que ver –el mañego se hace de valer, pero sin abandonar la prudencia.
   -Tengo una hija que tiene trece años y anda de cabeza con las matemáticas. ¿Crees que podrías darle clases dos tardes a la semana?
   -Poder, podría, mi capitán… -Ha tenido la pregunta en la punta de la lengua, mas no se ha atrevido a formularla: ¿pero cuánto me va a pagar?
   Como si le hubiera adivinado el pensamiento el oficial habla del estipendio.
   -No te voy a poder pagar mucho, pero… le voy a pedir a tu sargento que te firme un pase pernocta y podrás vestir de paisano -Julio sale del despacho y sigue pensando en que debió preguntar: ¿pero cuánto me va a pagar?
   Resulta que el capitán Mascarell hace buena su fama de rácano y le va a pagar una miseria. Se lo compensará pidiéndole al sargento Fernández que le extienda el pase de pernocta, algo que ahora no es la prioridad de Julio. El primer día de clase, el joven guripa hace dos descubrimientos: primero que a la hija del capitán el bachillerato en general y las matemáticas en particular le importan una higa; segundo que, pese a que sus camaradas del viaje a Madrid le pusieron el remoquete de profesor, Dios no le ha llamado por la senda de la pedagogía. Si tengo que ganarme los reales que me hacen falta enseñando las voy a pasar canutas, piensa.
   A los tres días de la primera  clase va a verle el veterano que le contó que su brigada andaba buscando alguien para que le llevase las cuentas, le lleva ante el suboficial y le deja con él. El brigada debe estar en los cuarenta y muchos, va pulcramente afeitado y su uniforme parece recién salido de una sastrería militar. Su estilo es directo y sin florituras.
   -¿Eres contable?
   -No, mi brigada –y Julio se explaya en sus primeros estudios, que abandonó, y en los últimos que estaba haciendo con un profesor de la Escuela de Comercio de Madrid. La cita del centro docente parece que le ha causado buena impresión al suboficial.
   -¿Crees que podrías llevar la contabilidad de una tienda de bisutería que tengo? Y además, trabajo de mayorista y vendo a otras tiendas de la isla. El contable que tenía lamentablemente falleció.
   -Para contestarle debidamente, mi brigada, tendría que ver los libros que maneja y el volumen del negocio.
   Su prudente respuesta ha vuelto a satisfacer al suboficial que le cita para el día siguiente y le da la dirección de la tienda. La siguiente tarde, Julio va a la bisutería donde el brigada le enseña la contabilidad tal como la llevaba el contable fallecido. Julio constata que se trata de unas cuentas relativamente sencillas y que no tendrá mayor problema en llevarlas a cabo. Es más, afirma sin ninguna clase de falsa modestia, cree que incluso podrá mejorarlas. El brigada vuelve a ser expeditivo y formula la pregunta que no le hizo Mascarell.
   -¿Cuánto quieres cobrar?
La directa interpelación coge a Julio con el paso cambiado. Vacila, era algo que no había preparado, al contrario que en el otro trabajo.
   -No lo sé, mi brigada…, no había pensado en ninguna cifra en concreto.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
21. ¿Tú eres el que anda buscando un catre?