viernes, 1 de noviembre de 2019

128. Todos se van a ir de rositas


   Después de la grata comida en el Forn de Tonico, invitados por Pedro Ramo, Jacinto y Chelo regresan a Marina d´Or. El excomisario descabeza un sueñecillo y, tras prometerle a su novia que volverá para cenar juntos, se dirige a Torrenostra donde le esperan sus amigos. Van a jugar la última partida de agosto, puesto que el treinta y uno -ha cambiado la fecha- Grandal tiene previsto regresar a Madrid. Aparca en el descampado donde comienza el Parque Natural del Prat de Cabanes-Torreblanca, y recorre andando los cien metros escasos que hay hasta la terraza del hostal. Están todos menos Ramo, por lo que hoy no tendrán que echar a suertes cuál de los cinco se queda sin jugar.
-¡Vaya, aquí tenemos al Sherlock Holmes español! –le saluda Ponte.
-Un respeto que es nuestro líder –reclama Ballarín.
-Y un aprendiz en lo tocante al dominó –afirma Álvarez que añade-. ¿Qué tal os ha tratado Pedro, os ha llevado a un buen pesebre u os ha invitado a un figón de tres al cuarto?
   Grandal les cuenta donde han estado, en qué ha consistido el menú, y se deshace en elogios sobre los diversos platos que han probado, especialmente el arròs al forn.
-No sirven mal rancho en Tonico, a mi hijo le peta un montón y me ha invitado algunas veces –confirma Álvarez.
-Me acuerdo que, cuando era niño, mi madre solía hacer arroz al horno de uvas a peras, pero no lo recuerdo como un plato excepcional –evoca Ponte.
-Dejaos de historias de arroces y vamos a echar fichas antes de que llegue Pedro, porque si no uno de los cuatro se quedará sin jugar y hoy es la última partida –recuerda Ballarín.
-¿Y por qué la última?, esta noche podríamos cenar juntos y echar una nocturna, ¿qué os parece? –propone Álvarez.
-Le he prometido a Chelo que como es la última noche la sacaría a cenar –indica Grandal.
-Que la saques no es incompatible con que luego juguemos. Mira, la invitas a cenar en algún restorán de aquí, por ejemplo en la pizzería esa que tanto le gusta, y le pedimos a Pedro que luego la suba al pueblo para enseñarle la concentración de cuadrillas que hoy desfilan disfrazadas hasta que se van a la verbena. Con lo curiosona que es Chelo, estoy convencido de que toda esa movida le gustará cantidad –propone Álvarez.
-No me parece mal plan, pero no os prometo nada, se lo diré y a ver por dónde sale. Ya la conocéis, Chelo es imprevisible.
-¡Y qué mujer no lo es! –exclama Ponte.
-Dejaos de chácharas y a ver a quienes emparejan las fichas –urge Ballarín volcando la caja del dominó sobre la mesa, y en la que también guardan unas hojas de bloc para las puntuaciones y un pequeño lapicero de los que se facilitan en Ikea.
   Las fichas han emparejado a Álvarez-Ballarín y a Grandal-Ponte, con lo que el primero se tiene que cambiar de sitio para quedar frente al exferretero. Antes de comenzar el juego se intercambian las típicas pullas de los jugadores baqueteados.
-Os vamos a dar una somanta que vais a quedar para el arrastre –se jacta Álvarez.
-Menos fanfarria y más fijarte en el juego que hay días que te pasas de listo y no hueles una –le amonesta Ballarín.
-Oye, Jacinto, ¿y si en lugar de jugar ya les damos por ganadores? –pregunta de coña Ponte-, porque aún no hemos comenzado y ya están como una moto.
-Tranquilo, Manolo. Estos son de los que disparan con pólvora del rey. Al final, veras como nos los pasamos por la piedra –replica Grandal.
   La primera partida la gana la dupla Álvarez-Ballarín con lo que el primero, que es un fanfarrón empedernido, se guasea hasta de su sombra e intenta intimidar a sus rivales de que también les van a ganar la segunda. En esta el juego se equilibra y un increíble cierre que consigue Ponte de once tantos decanta el juego a favor de la pareja Grandal-Ponte. El interés del juego se centra en la tercera partida, la del desempate. A los jugadores se han unido un par de mirones, uno es Pedro Ramo que se ha echado una larga siesta después de la comida, y otro un cliente habitual del hostal también aficionado al juego de las 28 fichas. Tras diversas alternativas, la fortuna termina por inclinarse a favor del más viejo y el más joven del cuarteto, Ponte y Grandal. Tras las consabidas chanzas de los ganadores termina produciéndose una pausa que aprovecha Ballarín para insistir en un su monotema.
-Bueno, Jacinto, o terminas de contarnos lo que crees que ocurrió en las últimas horas de vida de Salazar o tendrás que hacerlo en Madrid. Porque ya no te queda tiempo.
-Os lo prometí ayer y voy a cumplirlo. Antes voy a tomar un whisky a ver si me entono.
   La demanda de bebidas se generaliza y en cuanto Grandal prueba el primer chupito se dispone a narrar el fin de Curro Salazar o, más bien, la reconstrucción que ha hecho de sus
postreras horas, de acuerdo con la información que ha ido recopilando.
-Vereis… -y Grandal cuenta a sus amigos lo que le explicó al sargento Bellido por la mañana. Que está convencido de que podría hablarse mejor de homicidio que de asesinato. Que el fallecimiento, en última instancia, fue debido a un proceso biológico natural, pero que como causa remota hubo un proceso exógeno, es decir de origen externo. Y ello lleva al homicidio, sea voluntario o involuntario, pero homicidio al fin y al cabo. Vuelve a recordar el corrido mejicano sobre la muerte de Lupita para hacer un paralelismo con la muerte de Curro, pues fueron siete las visitas que tuvo, de modo individual o grupal, y en todas y cada una de ellas sus visitantes, por acción u omisión, coadyuvaron a que muriera.
-Entonces, ¿todos pueden ser calificados como homicidas? –Ponte, sin saberlo, acaba de repetir casi literalmente la misma pregunta que hace unas horas hizo el sargento.
   La contestación de Grandal también es casi idéntica a la que le dio a Bellido.
-En mi opinión todos ellos, en mayor o menor medida, son coautores del homicidio.
-Entonces, ¿los van a enchiquerar a todos? –quiere saber Ballarín.
-No creo. Probablemente los absolverán a todos ellos del delito de homicidio involuntario. Como mucho, serán acusados de la omisión del deber de socorro, un delito menor y, si no tienen antecedentes, no pisaran la cárcel.
-¡Cuánta razón tenía aquel alcalde de Jerez al decir que en España la justicia es un cachondeo! –rememora Álvarez.
-De todas maneras, sea o no un homicidio con varios coautores, en este caso hay muchos aspectos que siguen sin estar claros –plantea Ponte-. Por citar solo uno, ¿alguien puede creerse que en un local tan pequeño como es el hostal, y en el espacio de unas pocas horas, siete personas visitarán a Salazar y que a la mayoría de ellos nadie les viera entrar ni salir de la habitación? Una habitación que casi se convierte en la antítesis del camarote de los hermanos Marx, pues todos entraban pero nadie se quedaba.
-Hombre, no había caído en eso, pero lo que dice Manolo es cierto –secunda Ballarín-. No sé si era lo contrario del camarote de los Marx, pero al menos si un cuarto de una comedia de enredo en el que todo el mundo entra y sale y nadie se tropieza con el anterior o el siguiente.
-A ver, figura –Álvarez se pone en plan provocativo mirando a Grandal-, lo que preguntan aquí los colegas, ¿has llegado a planteártelo y, si es así, cómo lo explicas?
-Habéis puesto el dedo en la llaga. Es uno de los muchos aspectos incomprensibles del caso y que me ha tenido desvelado más horas. Como todavía no lo he resuelto, creo que debería conocer el hostal por dentro, porque la verdad es que no he pasado más allá de la terraza. Bueno, también conozco la habitación de Curro, de las dos veces que fuimos a verle cuando estuvo convaleciente –y dirigiéndose a Ramo le pregunta-. Oye, Pedro, creo que tienes buena relación con la patrona, ¿es así?
-Sí, la tengo aunque un poco indirecta. La relación viene porque la señora Eulalia es cuñada de un primo mío, pero sí, me llevo bien con ella.
-Entonces, me harás el favor de pedirle que me deje curiosear por el interior. Procuraré no molestar ni interferir el trabajo de los empleados. En cuanto a la hora, cuando ella crea más oportuno pero con la fecha no puedo dejarla a su albur, tendría que ser esta misma tarde. Sé que es muy precipitado, pero mañana me marcho. O es ahora o el enigma de que varias personas, en un corto espacio de tiempo y de lugar, se movieran sin ser detectadas quedará irresuelto. ¿Lo puedes intentar?
-Intentarlo, por supuesto, otra cuestión es que pueda conseguirlo –y levantándose añade-. Voy a buscar a la Eulalia y le expondré tu petición. ¿Quieres que te acompañe alguien en tu visita?
-No estaría de más que me acompañara alguien de la casa, así tendría a quien preguntar si veo algo que me resulte incomprensible…, pero si no puede prescindir de alguien del servicio, dile que haré la visita solo y procuraré no tocar ni romper nada. Ah, y añade que no necesito entrar en ninguna habitación por lo que no molestaré a los huéspedes.
   Ramo entra en la cafetería y habla con una camarera. La conversación es breve porque vuelve a salir enseguida.
-Me ha dicho la camarera que Eulalia está en su casa, voy a verla.
-Si tienes que subir al pueblo, buscarla, hablar con ella y luego bajar, no sé si me dará tiempo a esperarte, pues he quedado con Chelo –se lamenta Grandal.
-Nada de subir al pueblo, vive aquí al lado en uno de esos chalés pareados. En un plisplás estoy de vuelta.
   Y en efecto, a los pocos minutos vuelve Ramo.
-Dice la Eulalia que puedes mirar lo que quieras y que yo te acompañe por si tienes alguna pregunta, pero que tendrá que ser ahora. Enseguida van a comenzar los preparativos para la cena. Ah, y que es mejor que no pasemos por la cocina, podríamos molestar a los que trabajan allí.
-Pues como dicen aquí, pensat i fet. Vamos allá y tú delante, por favor.
   En cuanto el trío de jubilados se queda solo, Ballarín hace su particular resumen de lo que les ha contado Grandal.
-Resumiendo, que entre todos lo mataron y él solito se murió.
-Sí y, al parecer, nadie va a pagar por ello, todos se van a ir de rositas –remacha Álvarez.
  
PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré, dentro del capítulo 31 y último, el episodio 129. Una configuración atípica

viernes, 25 de octubre de 2019

127. De hoy en un año, volvemos


   Terminada la sinuosa charla con el sargento Bellido, Grandal vuelve a su apartamento para recoger a Chelo. Dado que es su último día de veraneo, Pedro Ramo les ha invitado a comer en un restorán de Alcossebre, el Forn de Tonico. Cuando llegan, el torreblanquí ya les está esperando sentado en la sombreada terraza del restorán, sito en la falda de una pequeña colina y desde la que se divisa el Mediterráneo como si fuera un telón de fondo. Ramo, que no conocía a Chelo, saluda ceremoniosamente a la mujer besándole la mano lo que provoca una sonrisa de la escort que tanto puede ser de complacencia como de ironía.
-Que guapo es este sitio y que fresquito. ¿Forn quiere decir horno? –pregunta Chelo.
-Efectivamente, y para mí Tonico es una de las perlas de la hostelería de Alcossebre. Ya veréis sus platos, seguro que os van a encantar. Ah, me he permitido encargar el menú, espero que no os moleste –anuncia Ramo.
-Hombre, Pedro, parodiando el refrán podríamos decir aquello de que a menú regalado no le mires el diente –bromea Grandal.
-¿Y qué has encargado? Cuéntanoslo que soy una cocinilla y todo eso me chifla –pide Chelo.
-De entradas vamos a tener esgarraet de bacalao, alcachofas de Benicarló rellenas con langostinos de Vinaroz y algo muy típico de la casa: un surtido de coques. El plato fuerte es arròs al forn, otra de sus grandes especialidades, y de postre tendremos unas porciones de coca d´atmella.
-Lo he entendido todo, menos el esgarraet y el nombre del postre, ¿qué son? –quiere saber Chelo.
-El postre es coca de almendra, una de las exquisiteces de la repostería de La Plana, y que es mucho mejor que la tarta de Santiago. El esgarraet es un típico entrante de la cocina mediterránea cuyo nombre proviene de la palabra valenciana esgarrar, que significa desgarrar en tiras.
-¿Sabes qué ingredientes lleva y cómo se prepara? –pregunta la mujer.
   Ramo le explica que es uno de los contados platos de su tierra que sabe cómo se prepara porque de niño vio infinitas veces como lo hacía su madre. Le cuenta que los ingredientes para cuatro personas son: de 175 a 200 gramos de bacalao en salazón, 4 pimientos rojos o uno en tiras ya asado, un diente grande de ajo y aceite de oliva virgen extra. Asimismo, cuenta que su madre también le ponía cebolla dulce. Su elaboración comienza asando los pimientos hasta que la piel se separe, se deja que se enfríen, se pelan y se cortan en tiras. Se pican los ajos y se desmiga el bacalao. Se mezclan todos los ingredientes en un cuenco y se añade el aceite. Se remueve bien, se tapa con papel film y se deja que repose durante varias horas…
-Mi madre lo solía hacer de un día para otro que es como está más rico. Es un plato frío y por tanto ideal para el verano.
   El camarero les ha preguntado por las bebidas, momento que aprovecha Ramo para indicarle que le diga a Arturo que han llegado sus invitados y que pueden servirles los entrantes cuando quieran.
-¿Arturo quién es, el dueño? –pregunta Chelo.
-No, su cuñado y el que hace de maitre.
   Junto con las bebidas y el primer entrante, una fuente de pequeñas raciones de cocas, aparece el tal Arturo, alto, enjuto, calvo y sonriente, que saluda efusivamente a Ramo como si fueran viejos conocidos. Ocasión que utiliza Chelo para preguntarle de qué son las cocas que acaban de servirles.
-Estas son de vegetales: de tomate, verdura, cebolla, espinacas y calabacín, aunque las cocas admiten toda clase de añadidos, las hay de bacalao, anchoas, huevo, cecina, jamón, beicon, etcétera. Y esta alargada y más grande es la coca de sal, pues está recubierta de una costra de sal, es una alternativa al pan. Las elaboramos aquí y las cocemos en nuestro horno.
-Gracias, Arturo, Pedro me ha dicho que luego me explicarás las recetas de los diferentes platos que vamos a comer –requiere la mujer.
   El maitre vacila y mira a su amigo como diciéndole: no deberías prometer nada que tenga que hacer otro.
-Bueno…, hoy pese a que es martes vamos a tener el local casi al completo. No sé si voy a tener tiempo… –al ver el mohín de decepción de la mujer, rectifica-. Mire, haremos una cosa, al terminar, elija uno de los platos que más le hayan gustado y procuraré hacer un hueco para contarle cómo lo preparamos.
   Como había previsto Ramo, a Chelo le chiflan los entrantes. Se deshace en elogios sobre la fina textura y el agradable sabor de las alcachofas rellenas de langostinos, y paladea el salado frescor del bacalao del esgarraet contrarrestado por la dulzura de los pimientos y la cebolla. Cuando el servicio recoge los primeros platos, aparece otra vez Arturo.
-¿Les han gustado nuestros entrantes?, ¿sí?, pues ahora les servimos el plato fuerte, el arròs al forn.    
-Huy, yo estoy llena, no sé si seré capaz… -se lamenta Chelo.
-Juraría que Arturo no habla el mismo valenciano que la gente de Torreblanca –observa Grandal cuando se va el maitre.
-Es que no es de aquí, es de Alcanar. Pasado Vinaroz, es el primer pueblo de la costa sur de Tarragona. Y suele bromear de que los canareus, que es su gentilicio, no tienen muy claro si hablan catalán o valenciano.
   Aparece un camarero portando una cazuela de barro con el arroz y otro que lleva una mesita auxiliar. Al verles Ramo les indica:
-Dejad la cazuela en la mesa, ya nos servimos nosotros. Gracias.
-Así que este es el famoso arròs al forn. Pues tiene pinta de resucitar a un muerto –comenta Grandal.
-Está elaborado al horno, con cazuela de barro. Es un plato extendido por muchas comarcas valencianas y al que se le puede calificar tanto de recio como de sano –explica Ramo que, empuñando la paleta, le pregunta a Chelo-. Dime cuánto te pongo.
-Huy, solamente una cucharadita para probarlo -Ramo, como le ha pedido la mujer, le sirve una ración minúscula de arroz, a Grandal le pone un plato colmado.
-Sí que está rico, ponme un poquito más –ruega Chelo a Pedro, lo que provoca una socarrona sonrisa de Grandal que conoce el saque que tiene su novia cuando algo le gusta, y que luego contrarresta con prolongadas jornadas de ayuno.  
   El excomisario se ha puesto las botas de arrós al forn, ha repetido y hasta ha rebañado la cazuela.
-¡Uf!, esta tarde no voy a poder ni moverme, estoy como una boa después de comerse un búfalo.
-¿Las boas pueden comerse a un búfalo? –pregunta asombrada Chelo.
-No lo sé, supongo que depende del tamaño de la serpiente y de la envergadura del búfalo –explica Grandal que dirigiéndose a Ramo le indica-. Creo que voy a tener que pasar del postre, no me cabe nada más. Como mucho tomaré un café.
   Grandal no prueba la coca de almendra, pero Chelo, que es muy golosa, sí y hasta repite.   
-Tenías razón, Pedro, es de una finura súper. Me gustaría llevarme la receta, ah y también la del arroz al horno. Como veo que le ha gustado mucho a Jacin –Que apocopen su nombre es algo que detesta Grandal, solo se lo consiente a Chelo- probaré de hacerlo en Madrid, aunque no creo que me salga tan bueno como el que preparan aquí.
-Te recuerdo, bonita, que el tal Arturo ha dicho que te explicará la receta de uno de los platos, no de varios –le recuerda Grandal.
-Si tiene tiempo no creo que tenga ningún problema para explicarle las dos recetas –aclara Ramo-. De todas maneras, si no lo tuviera, como he de volver la próxima semana a comer con mis hijos y nietos, elige una y la otra se la pediré cuando vuelva y te la mando por mail o te llamo por teléfono y te la cuento, lo que prefieras.
   Terminados los postres vuelve a aparecer Arturo para invitarles a una copa. Grandal se pide un pacharán y Ramo un aguardiente de hierbas, Chelo tomará café, a lo que también se apunta el excomisario.
-El mío que esté bien cargado, si no esta tarde en lugar de hablar voy a farfullar.
-Te recuerdo, Jacinto, que luego hemos quedado con los amigos para que termines de contarnos tu teoría sobre las últimas horas de Salazar –le recuerda Ramo.
   Vuelve a aparecer el maitre que trae personalmente las bebidas a las que invita la casa, ocasión que emplea Chelo para preguntarle por la receta del arroz al horno. Arturo tuerce ligeramente el gesto, pero se repone enseguida y con su mejor sonrisa responde:
-Como estamos de trabajo hasta el cuello, solamente podré darle la versión abreviada de la receta. Tome nota.
   Arturo le explica que para cuatro personas necesitará unos 300 gramos de arroz, 600 ml de caldo de cocido, 120 gramos de garbanzos cocidos, 4 costillas de cerdo, 4 morcillas de cebolla, 4 lonchas de panceta fresca, un par patatas, uno o dos tomates, tres cucharadas soperas de tomate triturado, una cabeza de ajo, aceite de oliva virgen, azafrán y sal. Hay gente que le añade pimentón. En cuanto a la elaboración hay que pelar las patatas, cortarlas en lonchas finas y freírlas en una sartén con aceite. Se escurren y se reservan. Se cortan los tomates en lonchas, se rehogan en una sartén y se retiran en un plato. Se cortan las costillas por la mitad, se sazonan, se las dora en otra sartén con aceite y se retiran a un plato. Se corta la panceta en trocitos, se añade a la misma sartén y se retira junto a las costillas. Se agregan las morcillas, se rehogan y se retiran. Se añade azafrán a la sartén, la salsa de tomate, los garbanzos y el arroz. Se sazona y rehoga. Se pone el conjunto en una cazuela de barro y se añade la costilla, la panceta y la morcilla. Se agregan las patatas y los tomates loncheados. Se coloca la cabeza de ajos en el centro, se vierte el caldo y se introduce la cazuela en el horno a 220 grados durante unos veinte minutos.
-… y ale hop, ya tiene el arròs al forn valenciano en su punto. Mejor servirlo enseguida pues si se enfría mucho tiene tendencia a pasarse.
   Tras darle las gracias a Arturo, tomarse el último chupito y pagar la cuenta, el trío abandona el Forn de Tonico.
-¿Qué os ha parecido? –quiere saber Ramo.
-A mí me ha chiflado y a Jacin, por el meneo que le ha dado a la cazuela, supongo que igual –responde Chelo.
-Volveremos –dice Grandal y como pensándolo mejor exclama-, ¡sabéis que os digo, de hoy en un año, volvemos!

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 128. Todos se van a ir de rositas