viernes, 26 de julio de 2019

114. Wait and see


   La mañana del domingo 28 de agosto, a tres días de que se acabe el mes y con ello las vacaciones de millones de españoles, en la Costa de Azahar el día amanece soleado y con un cielo raso como corresponde al pleno estío. Entre los que van a concluir su periplo veraniego se cuenta la cuadrilla de jubilados, que están veraneando en Torrenostra, y que no tienen ninguna prisa en levantarse después de que la noche anterior se acostaran a una hora desusadamente tardía para sus morigeradas costumbres. Al contrario, en Marina d´Or otro de los integrantes de la cuadrilla se ha levantado a primera hora pues tiene mucho tajo por delante. Grandal, mientras se está afeitando, piensa que va a ser un día que puede resultar determinante para cortar el nudo gordiano que mantiene sellado el misterio sobre el autor o autores  que propiciaron el fallecimiento de Curro Salazar. Eso, si sale bien la arriesgada apuesta que va a emprender, pues si resulta fallida el caso Pradera puede pasar al archivo de los casos irresueltos.
   Tras tomarse el desayuno, y dejar preparado el suyo a Chelo que sigue remoloneando en la cama, se guarda en un bolsillo de la veraniega camisa las fotos de Pacheco y Sierra y se dirige a Torrenostra donde ha de recoger a Manolo Ponte que, como el día anterior, le acompañará a Castellón. Ha estado cavilando en dónde abordar a los andaluces. Posiblemente, se dice, lo mejor sea ir al hotel donde se alojan y esperarles en el comedor donde se sirve el desayuno. Piensa que lo más eficaz sería hablar individualmente con cada uno de ellos, pero es algo que no está en su mano. También piensa que, puesto que se trata de individuos cultos, no debe utilizar el ardid de mostrar la falsa placa de comisario de policía, tendrá que ser una entrevista dando la cara y cogiendo al toro por los cuernos como diría un taurino. Por muchas vueltas que le da no acaba de encontrar un plan que le satisfaga. Como está llegando a Torrenostra, deja de cavilar en lo que le aguarda y, aunque no es que se maneje demasiado bien en inglés, exclama:
- Wait and see –y añade en un giro más propio de la fraseología española-, que sea lo que Dios quiera.
   Tras recoger a Ponte, al que ha tenido que sacar de la cama y no le ha dado tiempo ni a desayunar, toman la AP-7 en dirección sur. Durante el trayecto el excomisario le cuenta a su octogenario amigo sus dudas sobre cómo plantear la conversación con Pacheco y Sierra, teniendo en cuenta que se puede dar el caso de que uno o ambos se nieguen en redondo a dialogar con él.
-Se me ocurre que quizá lo mejor sea decirles algo de entrada que les pueda interesar –sugiere Ponte-. Yo les lanzaría una especie de señuelo, algo que les induzca a concederte el beneficio de la duda y a prestarte atención al menos en los primeros cinco minutos. Y dado que en unas horas van a volver a prestar declaración ante la jueza del caso, ese cebo debería estar relacionado con ello. Aunque si te soy sincero, yo no me preocuparía tanto, tú eres hombre de muchos recursos y largas horas de vuelo y a buen seguro que llegado el momento se te ocurrirá alguna idea que les induzca a escucharte.
-Me sobrevaloras, Manolo, horas de vuelo sí tengo, pero recursos ya no tantos. Los años que llevo de jubilado no han pasado en balde y me he oxidado mucho por decirlo de forma piadosa.
-Bueno, Jacinto, como siempre repetía uno de mis compañeros de Iberdrola ante casos así, lo que hay que hacer es esperar y ver qué pasa.
-¡Qué curioso!, eso mismo me he dicho cuando venía a recogerte, wait and see –comenta Grandal y traduce-, esperar y ver.
-Ya sabes que el inglés no es mi fuerte, en mis años mozos la lengua que estudiábamos era el francés y en ella sería attendre et voir –recuerda Ponte.
-Estamos hechos unos políglotas, pero lo digamos como lo digamos la pelota sigue en el tejado de los andaluces; como se nieguen en redondo a hablar o salgan por peteneras habremos hecho el viaje en vano.
-Te veo hoy muy pesimista y es raro porque tú eres de los que suelen ver el vaso medio lleno –matiza Ponte.
-Ya sabes lo que se dice: un pesimista es un optimista bien informado y como solo me faltan un par de piezas para completar el rompecabezas de la muerte de Salazar me entra la desazón de que si no consigo encontrarlas el puzle se va a quedar incompleto. Y eso me hace ser pesimista.
-¿Has pensado en cómo presentarte?
-Le he dado muchas vueltas. Creo que lo menos malo será hacerlo como un investigador contratado por un grupo de empresarios andaluces que están interesados en que el caso Pradera no se desmadre porque indirectamente podría salpicarles.
-¿Por qué un investigador?, ¿no sería mejor decirles que eres un detective? –sugiere Ponte.
-No, los detectives tienen un carné que los acredita como tal y podrían pedírmelo. En cambio lo de investigador es más laxo al no estar regulado ni hacer falta ningún tipo de carné.
-Tengo otra pregunta, ¿y por qué mezclar a empresarios?
-Porque es un mundo al que tanto Pacheco como Sierra son bastante ajenos. El primero se mueve preferentemente en el ámbito funcionarial, en cuanto al segundo, aunque trató con empresarios en los años que dirigió la Agencia de Innovación y Desarrollo de Andalucía, su entorno habitual es el político. Por consiguiente, el mundo empresarial no es algo que conozcan a fondo. Y así mi coartada puede que funcione mejor.
-Y volviendo a la carnaza para que piquen, ¿has pensado en lo que te he dicho? –insiste Ponte.
-Sí. Creo que voy a cebar el anzuelo contándoles que conozco a unos testigos que me han contado hechos que la Guardia Civil del pueblo, que es la que actúa de policía judicial en el caso, desconoce. Puedo retener esa información si ambos colaboran conmigo, si no lo hacen…, pues que se atengan a las consecuencias. Por ejemplo, sé que hay testigos que vieron a los Pacheco, la tarde de autos, bajando de la primera planta del hostal y ahí entra la esposa del ingeniero que no aparece en ningún papel, ni siquiera ha sido llamada a prestar testimonio ante el juzgado. Nadie asegura que estuvieran con Salazar, ¿pero de dónde podían venir sino de la habitación 16? En cuanto a Sierra el cebo será parecido: tengo testigos que vieron su descapotable en las cercanías del hostal. Si su coche estaba allí, él no podía andar muy lejos.
   En cuanto llegan a la capital de La Plana se dirigen al hotel donde se hospedaron ambos andaluces en su comparecencia anterior ante el Juzgado de Instrucción, y donde se hospedan ahora como verificó días antes Grandal. Echan una ojeada al comedor donde está el buffet para el desayuno y no ven a ninguno. Puesto que es allí donde han decidido abordarles, aprovechan la ocasión y se sientan a desayunar. Grandal solo se sirve un café con una nube de leche. A Ponte le da tiempo a servirse un copioso desayuno continental. Está terminando el mismo, cuando Grandal da un leve respingo, acaban de entrar en el salón los tipos que aguarda. Les da tiempo para que se sirvan del aparador lo que les apetezca y que es bastante parco: unas tostadas y café. La pareja desayuna en silencio hasta que uno de ellos dice algo que el otro replica en tono agrio, a lo que sigue un tenso y crispado diálogo pero sin perder las formas. El excomisario aguarda hasta que se produce una pausa en la charla de ambos hombres, momento en el que con paso decidido se acerca a la mesa de los andaluces. Mientras, Ponte dice por lo bajini: que Dios reparta suerte, la frase más castiza y dicha con más fervor en el patio de cuadrillas antes de que los toreros pisen la arena del albero.
-Señores Pacheco y Sierra, buenos días. Me llamo Jacinto Grandal y he de hablar con ustedes antes de que declaren ante el Juzgado de Instrucción número 4. Tranquilos –agrega al ver el respingo que ha dado Pacheco-, no soy periodista, ni policía, ni abogado, solo un investigador privado contratado por un grupo empresarial de su tierra que no quiere que el caso ERE se desmadre más de lo que está. Y para ello es imprescindible que hable con ustedes antes de que depongan ante la Jueza de Instrucción. Se trata de que salgan ustedes del caso Pradera lo más indemnes posibles y yo cuento con información que, en el supuesto de que llegara a manos de la jueza del Valle, les podría en el disparadero de ser acusados de intento de homicidio. Si eso llegara a ocurrir podrían tener la tentación de negociar con la fiscalía una rebaja de la acusación a cambio de información sobre el caso ERE y eso es algo que a mis patrocinadores no les gustaría un pelo.
   La parrafada de Grandal ha dejado a los andaluces tan perplejos como preocupados. En principio no dicen nada, parece que necesitan tiempo para procesar lo que les acaba de soltar el supuesto investigador. Su desconcierto dura poco, el primero que reacciona es Sierra que, con tono duro y voz un tanto crispada, pregunta:
-¿A qué clase de información se refiere?
   Es escuchar la pregunta y Grandal se dice: funcionó el cebo, ahora solo será cuestión de tensar el sedal y cobrarlo poco a poco.
-Llevo investigando el fallecimiento de Curro Salazar desde que se convirtió en el caso Pradera. En mis indagaciones he averiguado algunos hechos que, al menos hasta el día de hoy, no han sido descubiertos por la Guardia Civil de Torreblanca, que es la que actúa como policía judicial del caso. Ya pueden imaginarse que unos guardias de pueblo no están muy preparados en técnicas criminalísticas. Si el caso lo hubiese investigado el grupo de homicidios de cualquier comisaría o la UCO de la Benemérita otro gallo hubiera cantado. Pues bien, de eso es de lo que quiero hablar con ustedes, de que debemos aprovechar la oportunidad que nos brinda la falta de pericia y experiencia de los guardias de la comandancia local para que ustedes no se dejen muchos pelos en la gatera.
-¿Y todo eso en qué se traduce? –inquiere Pacheco que hasta el momento no ha dicho esa boca es mía.
   Esto va a resultar más fácil de lo que suponía, se dice Grandal. Es hora de comenzar la función. A ver si hay suerte.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 115. El que no se arriesga, no cruza el río

domingo, 21 de julio de 2019

*** 1. Post de los porqués de una nueva novela.


   Llevo bastante tiempo recopilando material para una nueva novela. Es un proyecto que hace muchos años que tenía in mente, pero que por varias razones lo iba dejando. Por un lado, porque me tocaba muy de cerca, pues básicamente es la historia de dos generaciones de la familia paterna de mi mujer. Por otro, porque son muchos los descendientes directos de esa rama familiar y pensé que quizá no les gustara que se airearan viejos recuerdos, aunque son mucho más los buenos, mejor calificarlos como inverosímiles, que los malos. Finalmente, porque dada la complejidad de la trama y la lejanía en el tiempo del comienzo de la historia, recabar datos era una carrera llena de trampas y obstáculos.
   Pero como los años pasan, y cada vez me queda menos recorrido o, por decirlo sin eufemismos, menos vida, me he dicho: Zacarías, dentro de dos meses cumplirás 84 tacos y todavía estás lúcido, ¿pero cómo estarás dentro de unos meses? Imposible predecirlo. Por consiguiente, o la escribes ahora o posiblemente no tengas tiempo para hacerlo. Y sería una auténtica pena, porque la historia es tan sugestiva, tan increíble, tan llena de sucesos inesperados e inverosímiles que alguien debería contarla. Y, probablemente, o lo hago yo o no lo hará nadie. Y es una historia tan inconcebible, tan única, tan irrepetible que sería un error imperdonable que se perdiera, que no se conociera, que no se valorara, que no se deleitaran los lectores con ella.
   Al fin me he liado la manta a la cabeza y me he dicho ¿por qué no? Voy a escribir la historia de dos generaciones de una familia que, como acabo de calificarla, es irrepetible. Me he decidido porque varios de los descendientes directos de la segunda generación me han animado a ello e incluso han ido más allá, me han proporcionado una valiosa información, imprescindible para poder historiar determinados pasajes de la saga.
   Y en eso estoy. Revisando la documentación relativa a una familia de carne y hueso. Porque lo he dejado entrever antes, pero ahora lo digo de manera más clara: esta es una historia basada en hechos reales, en hechos que comenzaré a novelar en una fecha relativamente lejana como es 1889 hasta mediados del siglo XX. Les iré contando como organizo el material y como ensamblo la novela, no será fácil, pero por mí no va a quedar.

viernes, 19 de julio de 2019

Capítulo 27. Los últimos testimonios.- 113. Antes se coge al mentiroso que al cojo


   Casi está anocheciendo cuando Grandal llega a Marina d´Or donde el sargento Bellido le está esperando en el hotel de siempre. Nada más pisar la cafetería, el excomisario descubre en una apartada mesa al suboficial que al verle entrar le hace una discreta seña. Tras los saludos de rigor, Bellido comienza excusándose.
-Comisario, antes que nada le pido disculpas por reunirnos a estas horas, pero he creído que puede ser interesante que esté al corriente de todo lo que se cuece en el juzgado que lleva nuestro caso. Y antes de que se me olvide, le diré que siguiendo su consejo he mandado por doble conducto a la jueza del Valle la información que me dio sobre el Chato de Trebujena.
   Grandal, que ya no es ningún jovencito, a estas horas acusa el cansancio y no está de humor para muchos prolegómenos por lo que insta al guardia civil a que vaya al grano.
-Muy bien, Bellido, muy bien, ¿qué querías contarme?
-Como le dije, la declaración de Carlos Espinosa.
-Bien, te escucho. ¿Qué contó el malagueño?
   El sargento, ayudado por unas notas, intenta reproducir con la mayor fidelidad posible la declaración como testigo de Espinosa.
-Pues lo primero a contar de Espinosa, aunque es algo irrelevante, es que no es malagueño sino de Zamora, pero hace muchos años que reside en la Costa del Sol donde ha sido director de importantes hoteles. Bien, la señora jueza comenzó de manera muy suave su interrogatorio, pero pasito a pasito fue endureciéndolo. Me da la impresión de que está aprendiendo a interrogar a marchas forzadas. En lo primero que le apretó las tuercas a Espinosa fue en lo del presunto negocio que vino a proponerle a Salazar. Le pidió que explicase la clase de negocio que era a lo que el mala…, quiero decir el zamorano, contestó que una gran promoción urbanística en unos terrenos de Manilva, un municipio de Málaga sito en la Costa del Sol Occidental, ya en el límite con la provincia de Cádiz. Cuando su señoría le pidió más detalles sobre qué clase de urbanización sería, en qué zona del municipio estaría ubicada, etcétera, Espinosa solo aportó el dato de que el negocio inmobiliario lo promovía un grupo inversor radicado en Gibraltar, pero del que no facilitó más detalles y acabó dándole una larga cambiada.
-Esas preguntas no sé si eran muy pertinentes para lo que la jueza y, por supuesto, nosotros necesitamos saber de Espinosa
-Al parecer, comisario, sí lo eran según me explicó luego mi compañero de la UCO. Era una forma indirecta de saber cuáles eran los motivos de sus visitas a Salazar. Bien, pero la cosa no quedó ahí. Su señoría siguió preguntándole que era muy extraño que quisiera hacer negocios con una persona que, como le ocurría a Salazar, llevaba prácticamente más de dos años prejubilado, fuera del mundo de los negocios y prófugo de la justicia. Ahí Espinosa demostró ser hábil pues contestó que efectivamente era así, pero que Salazar seguía teniendo muchos y buenos contactos con personas del entorno de la Junta de Andalucía, así como con el mundo empresarial andaluz y por eso se le necesitaba, para que pusiera ese haz de relaciones al servicio de la futura inversión inmobiliaria.
-No cabe duda que Espinosa es hábil y rápido para enmendar los tropiezos –reconoce Grandal.
-Sí lo es, pero como le dije la del Valle ha aprendido mucho, y le volvió a poner en un apuro cuando le preguntó que cómo podía saber dónde se encontraba un hombre que llevaba más de dos años desaparecido. Ahí, el zamorano comenzó a hacer aguas pues contestó vaguedades sobre que unos contactos del grupo que representaba le habían facilitado el paradero de Salazar, pero sin dar ninguna concreción. La estocada final de esa parte del interrogatorio fue cuando la jueza le preguntó que como era posible que, un hombre con sus tablas, antes de emprender un negocio no hubiera hecho una mínima investigación sobre la persona con la que iba a tratar, algo que es una práctica elemental y obligada en el mundo empresarial cuando no se conoce al individuo con el que vas a negociar. Espinosa salió por los cerros de Úbeda, pero se le notó que quedaba tocado.
-De todas formas, Bellido, de lo que me has contado hasta ahora no hay una sola pregunta que apunte directamente a la diana de los hechos por los que se pueda encausar a Espinosa: el asunto del matarratas presuntamente disuelto en el coñac–aduce Grandal.
-Según Sales, el compañero de la UCO, la jueza estaba siguiendo un procedimiento de interrogatorio denominado la espiral concéntrica. Se trata de un método  en el que se hacen preguntas aparentemente tangenciales al objetivo que se busca, pero que van concentrándose en espiral para ir desarmando al interrogado y dejarle inerme cuando se plantean las preguntas que van al corazón de lo que se pretende averiguar. Bien, prosigo. En un giro de la jueza, que no sé si lo esperaba el zamorano, su señoría le preguntó que si visitaba a Salazar por motivos de negocios, ¿por qué le insistía tanto en que lo que tenía que hacer era marcharse de España a un país que no tuviera tratado de extradición con el nuestro? Ahí Espinosa volvió a quedarse con el culo al aire. Aseguró que él nunca le propuso tal cosa al finado. Y cuando la del Valle le preguntó si mantenía tal afirmación y el testigo contestó que sí, su señoría ordenó un receso de quince minutos.
-La jueza sabe por el testimonio de Francisco José Salazar que Espinosa estaba empecinado en que la mejor solución para arreglar los problemas legales de su padre era huir al extranjero. ¿No le contó la declaración del chaval? –pregunta Grandal.
-Pues no, supongo que prefirió guardarla para mejor ocasión. Bien, cuando se reanudó el interrogatorio la jueza sacó el tema de la botella de coñac, aunque ella lo llamaba brandy, en mi modesta opinión creo que incorrectamente. También debía llevar preparada la respuesta a la pregunta de por qué llevaba una botella de brandy, pues igualmente volvió a repetir lo que contó en su primera declaración: que la llevaba porque se enteró de que a Salazar le gustaba ese licor y por eso le traía como regalo una botella de Courvoisier. Ahí la señora jueza le volvió a cazar en un renuncio porque le dijo que sí sabía que a Salazar le gustaba el brandy como no sabía en cambio que era un prófugo. Espinosa no supo qué responder. A continuación, ante la pregunta de ¿cómo un hombre con su formación y experiencia al encontrarse a una persona en estado casi comatoso le dio a beber alcohol? Ahí, el zamorano volvió a repetir lo que había dicho en su primera declaración. Que en aquel momento, ante una persona que parecía estar en las últimas, su reacción fue instintiva, quería reanimarlo y lo primero que se le ocurrió fue darle a beber el coñac que llevaba. Que es una de esas acciones que haces en caliente y que luego tú mismo te preguntas por qué lo hiciste y la única respuesta posible es que lo haces por puro instinto, sin pensarlo. Se ve que tenía preparada la respuesta; no sé si la jueza le creyó, pero lo dudo a raíz de lo que vino después.
-Por lo que me cuentas, veo que la del Valle ya no parece tan novata como al principio de la instrucción.
-¡Qué va!, nos ha salido más lista que los ratones colorados. Y la traca gorda la jueza la guardaba para el final. Y eso sí que no se lo esperaba Espinosa de ninguna manera. Fue cuando comenzó a interrogarlo por la compra del raticida y para qué podía necesitarlo. Ahí el zamorano se descompuso y su única salida fue negarlo todo. Que no había comprado ningún raticida, ¿para qué iba a necesitar un matarratas estando como estaba alojado en un excelente hotel? Eso mismo me pregunto, señor Salazar, dicen que le respondió la jueza, y ante la negativa de Espinosa le precisó que una testigo había declarado que la mañana del día de autos había adquirido un raticida en un supermercado de la cadena Mercadona, sito en El Grao de Castellón. Dicen que al oír eso el zamorano se quedó pálido como un muerto y su única salida fue seguir negándolo todo. Su señoría no insistió, pero por ahí le tiene cogido por el testimonio de la empleada del súper que le vendió el matarratas.
-Lo del raticida, en función del resultado que dictamine el laboratorio, va a ser como unas banderillas negras para Salazar en el juicio oral.
-Opino lo mismo. Voy acabando. La última parte del interrogatorio se centró en por qué no llamó al médico y a un ambulancia antes de irse de la habitación del fallecido, como les dijo a la Molina y la Dumitrescu; hecho confirmado pues no existe ningún rastro ni en el 112 ni en los demás teléfonos de ayuda urgente de la provincia de que hiciera tales llamadas. Ahí Espinosa volvió a explicar lo mismo que contó en su primera deposición. Que el estado en que se encontraba Salazar le provocó tal shock que perdió los papeles, se trastornó y solo pensó en marcharse. Su señoría contraatacó, le pidió al secretario que leyera el testimonio de la Molina y la Dumitrescu, en el que ambas testigos declaran que mientras Espinosa estuvo en la habitación 16 dio en todo momento la impresión de estar muy tranquilo y de controlar la situación. Prueba de ello es que fue Espinosa quien propuso que lo primero era acostar a Salazar y luego que habría que llamar a un médico y a una ambulancia. Incluso cuando la testigo Dumitrescu le propuso que le acompañaba para buscar al médico, Espinosa contestó que no la necesitaba pues se bastaba para ello. La jueza terminó diciendo: ¿cómo puede explicar esa notable antinomia, esa contradicción entre lo que acaba de declarar y lo que han contado las precitadas testigos? Espinosa se mantuvo en lo del shock, pero ya estaba visiblemente hundido.
-¿Y cómo ha acabado la cosa?
-Después de la declaración, y tras un receso bastante largo, su señoría le ha pasado de la condición de testigo a la de imputado por intento de asesinato ordenando su prisión provisional, comunicada y sin fianza.
-Desde luego, bien cierto es que, como dice el refrán, antes se coge al mentiroso que al cojo.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 114. Wait and see