sábado, 24 de noviembre de 2018

79. El sospechoso más ambiguo

 
   El sargento Bellido prosigue la exposición de las investigaciones que él y los agentes bajo su mando han realizado hasta ahora relativas al caso Pradera. El excomisario Grandal le escucha con suma atención para ir asumiendo los entresijos del caso. Como el suboficial se ha referido a los posibles obstáculos que los sinuosos poderes locales pueden poner al buen desarrollo de la investigación, dado que uno de los presuntos sospechosos pertenece a una familia con muchas y poderosas ramificaciones, el excomisario le anima diciéndole que podrán con ellos y termina soltando un tópico:
-Conozco el percal. En general, esos politiquillos locales son tigres de papel.
-No dudo que lo sean, pero no sabe la murga que dan –se lamenta el sargento que sigue hablando de usted al excomisario aunque este le tutea-. En cuanto a otros sospechosos, además del trío del maletín, están las personas que la tarde del día quince pasaron por la habitación del fallecido y de las que solo sabemos fragmentos de su posible participación en el suceso. Un tal Carlos Espinosa, que reside en Málaga, y que al parecer tenía negocios con Salazar. Estamos tratando de localizarle. Hay otro individuo que estuvo esa tarde en la habitación 16 y del que solo sabemos que era un extranjero de gran corpulencia y que se expresaba malamente en español. Es otro sospechoso a tener en cuenta porque el motivo que adujo para estar en la mentada habitación era que pasaba por el pasillo y oyó unos quejidos lo que le impulsó a entrar para ver si podía ayudar. Es una historia que no se la cree ni el que asó la manteca. Porque ¿qué hacía en ese pasillo un guiri que no era cliente del hostal? Estamos intentando obtener más datos del mismo porque con los que tenemos ahora va a ser difícil localizarlo.
-Bien. ¿Alguien más que sea sospechoso?
-El más ambiguo de todos, el hijo.
-Nunca había oído calificar a un sospecho de ambiguo, ¿a qué se debe eso? –inquiere Grandal a quien ha sorprendido la calificación del sargento.
-Porque el hijo es quien presenta las luces y sombras más acusadas. Me explico. Las luces: de todos cuantos estuvieron en la habitación 16 fue el único que hizo lo posible para que auxiliaran a su padre. Él mismo fue a ver si los sanitarios de la ambulancia de la playa podían socorrer a Salazar. Y fue su insistencia la que provocó que la patrona subiera a la habitación, lo que a su vez desencadenó la llegada de los servicios sanitarios de urgencia. Las sombras: pese a haberse percatado del grave estado de su padre, como consta en su propia declaración, estuvo en la habitación unos setenta y cinco minutos sin hacer nada o, mejor dicho, haciendo cosas tan poco lógicas como salirse a la terraza a fumarse un pitillo o abrir bien la ventana para que se aireara el cuarto. ¿Es eso lo que hace un hijo cuándo cree que su padre se está muriendo? La respuesta solo puede ser negativa. Por otra parte tenemos que el chaval es quien más razones tiene para desear la muerte de su progenitor. Les abandonó cuando más lo necesitaban. Humilló a su madre dejándola por otra mujer mucho más joven. Y les negaba el dinero para su sustento cuando lo ganaba a chorros. De todos cuantos han testificado es el más claro sospechoso de haber participado de alguna manera en la muerte de Salazar… -el sargento hace una breve pausa y agrega-. Lo sería si no fuera por lo que he dicho antes: fue el único que movió el culo para ayudar a su padre. Por otra parte, su declaración, en mi opinión, ha sido incompleta, ha mentido o no nos lo ha contado todo. Por citar solo un dato: no ha quedado claro el motivo por el que estaba en Torreblanca cuando nos consta que anda muy mal de dinero. ¿A qué vino desde Sevilla? Ha declarado que a pedirle a su padre un dinero que les había prometido. ¿Hacer un viaje de setecientos cincuenta y tantos kilómetros para eso? ¿No podía hacer la petición por teléfono o por algún medio electrónico? Y luego está el hecho, que como bien sabe es fundamental en muchos escenarios criminales: fue el último que vio con vida al extinto.
-Sí, estoy de acuerdo contigo en que habrá que investigarle a fondo, pero… -Grandal no termina la frase, como si no supiera de qué forma continuar. En realidad está pensando en cómo decir lo que opina del joven Salazar sin molestar al sargento-, pero siendo apabullantemente reales tus dudas sobre el chico diría que hay en él algo que en mi opinión –y remarca la palabra- no encaja con el perfil de un asesino o al menos de alguien que pueda incurrir en el delito de la omisión del deber de socorro. Es una especie de intuición o llámale olfato policial, algo que no está de moda precisamente. Al chico apenas le conozco, solo tuve una charla con él; mejor dicho, la tuvimos todos los amigos, justo cuando se esperaba la llegada de la ambulancia del SAMUR la tarde-noche de autos. Me pareció un chaval corto de saberes y de experiencia de la vida y que, en efecto, no idolatraba a su padre, pero incapaz de matar a una mosca. En cualquier caso, y opiniones apartes, estoy de acuerdo en que habrá que tenerle en el punto de mira.
-Bueno, pues le dejo esta copia del expediente y no es necesario decirle que lo conserve en el mayor secreto. Me juego la carrera si se descubriera.
-Sargento, te doy mi palabra de honor y de viejo policía que lo mantendré tan a resguardo como el sepulcro del Cid, bajo siete llaves. Ah, una sugerencia, plantéate la investigación desde  la perspectiva de la clásica expresión latina: ¿cui prodest? –ante el gesto de incomprensión del suboficial, Grandal se lo explica-. Es una locución de Derecho Romano que significa quien se aprovecha, está considerada un principio básico referente a lo esclarecedor que puede resultar buscar al autor de un hecho desconocido, preguntándose quién o quienes se podrían beneficiar de un determinado acontecimiento, en este caso de la muerte de Salazar. Es un principio muy usado en criminalística.
-Gracias, comisario, lo tendré muy en cuenta. Ah, se me olvidaba, aunque lo verá en el expediente. Según el hijo las personas que más visitaron a su padre mientras estuvo convaleciente fueron Alfonso Pacheco que es paisano de Salazar, Jaime Sierra un conocido de Sevilla, el citado Carlos Espinosa de Málaga y la que dice ser novia suya Rocío Molina.
   Mientras en la tarde del dieciocho de agosto, tres días después de que encontraran muerto a Francisco Salazar, el sargento que investiga su fallecimiento le describe al excomisario Grandal los pormenores del suceso, la juez que instruye el caso prosigue con las diligencias de la instrucción criminal que estima procedentes, así como la adopción de las resoluciones oportunas acerca de la situación personal de la única detenida hasta la fecha. En ese proceso a oídos de la juez del Valle han llegado las andanzas de los dos investigadores de la UCO en Torreblanca, no está claro si ha sido por conducto del comandante del puesto o por las quejas de algún letrado de los testigos llamados a declarar. Sea por lo que fuere, el resultado es que les ha llamado a Castellón. Su señoría les ha puesto firmes y les ha recordado que los han enviado para que colaboren con sus compañeros de la comandancia local, que actúan oficialmente como policía judicial del caso, y no para que hagan la guerra por su cuenta. Asimismo, les ha puntualizado que quien dirige la investigación del caso Pradera es el sargento Bellido. Si vuelven a salirse de ese guion dictará una providencia para que retornen a Madrid, digan lo que quieran en Guzmán el Bueno. Sales y Monterde salen del Juzgado de Instrucción echando pestes y acordándose de toda la parentela de la juez del Valle. Se dicen que de ahora en adelante tendrán que ir con pies de plomo y, sobre todo, no realizar ninguna actuación que incomode a Bellido, pues están persuadidos de que ha sido el sargento local el que ha malmetido a la jueza.
   En el proceso del caso Pradera, la Juez Instructora ha ordenado a un perito que proceda a abrir el maletín de Salazar que se llevaron de la habitación 16 la Molina, la Dumitrescu y el Fabregat. El contenido de la valija no era lo que esperaba la juez, pero sí lo que buscaba el trío que se lo llevó. La juez esperaba encontrar documentos incriminatorios referidos al caso ERE, lo que hubiera sido apuntarse un buen tanto en su carrera profesional. En cambio el trío que sustrajo el maletín acertó en sus sospechas. La valija solo contenía dinero, exactamente 37.460 euros en billetes nuevecitos, dinero que se incorpora al expediente del caso. La abogada de oficio que la administración de justicia ha asignado para la representación de Rocío Molina le da la noticia. A la sevillana se la llevan los diablos al comprobar que su intuición de dónde guardaba Curro la pasta era cierta y maldice a su mala fortuna por no haber sido capaz de abrir el maletín. “Si lo hubiese abrío, habría trincado la tela y tararí que te vi. Ya estaría en mi Sevilla y no aquí enjaulá” piensa.
   El 18 de agosto concluye. Han pasado tres días desde que falleció Curro Salazar por causas remotas desconocidas y la investigación parece atascada. Quizá por eso, el sargento Bellido, cabeza del grupo de investigadores, ha pedido ayuda, de forma extraoficial, al excomisario Grandal del que espera que con su dilatada experiencia le pueda echar una mano. El excomisario no se lo ha comentado, pero a su vez cuenta con que le apoyen sus inseparables amigos de la partida madrileña de dominó, cómo hicieron en el sonado caso del robo de un tesoro precolombino (*) en las mismas puertas del madrileño Museo de América. El descubrimiento de los ladrones les valió una condecoración policial. Como ha dado su palabra no piensa enseñarles el expediente del caso, pero sí contarles aquellos extremos en los que su opinión pueda aportarle puntos de vista que a él no se le hayan ocurrido. Formaron un eficaz y eficiente quipo y volverán a formarlo.

PD.- Hasta el próximo viernes
(*) Vid. El robo del Tesoro Quimbaya, en este mismo blog.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Capítulo 19. Prosiguen las declaraciones.- 78. No hablaré si no es en presencia de mi abogado


   Mientras el sargento Bellido y el excomisario Grandal conversan en un hotel de Marina d´Or, en Torreblanca los dos agentes de la UCO están interrogando a todos los que, de una manera u otra, tuvieron alguna relación con el fallecido Salazar o estaban en el hostal el día de autos. Siguiendo el peliculero sistema del poli bueno, que encarna la cabo primero Monterde, y el poli malo, a cargo del sargento Sales, los agentes están apretando las tuercas a todos los testigos. Se han centrado en las tres personas que tienen más a mano y que más contacto tuvieron con el exsindicalista: Anca, la señora Eulalia y, de rebote y por su participación en el episodio del maletín, Vicentín.
   A la patrona han terminado por marearla a base de continúas y en ocasiones impertinentes preguntas, hasta que la señora Eulalia se ha cansado y se ha puesto brava.
-Miren, serán ustedes guardias civiles, pero tienen poquísima educación. Lo que me están haciendo no lo haría ninguno de sus compañeros del pueblo porque todos me conocen y saben quién soy y como me porto con los que llevan tricornio. Ya no pienso contarles nada más porque todo lo que sabía ya se lo he dicho. Si quieren pueden llevarme presa al cuartel, pero ya no aguanto ni una sola pregunta más.
   Los dos investigadores se miran y se entienden sin decir palabra: probablemente se han pasado con la buena señora. Le dicen que puede marcharse, pero que no salga del pueblo sin avisar previamente.
   Con su respuesta la patrona demuestra que, además de mujer con temple, es asaz socarrona.
-Pues me han chafado el verano porque pensaba irme una temporadita a la Costa Azul.
   A continuación es el turno de Anca. Los agentes no se creen su relato de que en el maletín buscaban los papeles de la Seguridad Social de Salazar y centran sus preguntas en conseguir que la joven les diga el motivo real por el que se lo llevaron. Llega un momento en que la rumana se desfonda y tira la toalla. Cuando va a decirles que lo que buscaban era el dinero del difunto, un guardia entra en la salita de interrogatorios.
-Mi sargento, ahí fuera hay un señor que dice que es el abogado de esta joven.
   Los dos guardias se miran, no esperaban que en un pueblecito como aquél la gente tuviera abogado. Sales toma la iniciativa.
-Dile que espere.
   Para Anca la noticia ha sido una sorpresa, desconocía que tuviera abogado que la representara, pero como es intuitiva piensa que eso debe ser cosa de Vicentín. Se rearma y opta por no responder a más preguntas. Y dice lo que siempre se escucha en los seriales americanos de la tele cuando las fuerzas de la ley arrestan a un sospechoso ducho en detenciones:
-No hablaré si no es en presencia de mi abogado….
-Señorita usted está aquí como testigo y de momento no se le acusa de nada, por consiguiente no necesita ningún abogado.
   Pero Anca recuerda escenas televisivas en las que el detenido grita lo de: ¡no diré nada hasta que vea a mi abogado! No importa cuán insistentes puedan ser los policías, ni lo insidiosas de sus preguntas. Sea o no culpable, tenga mucho o poco que declarar el detenido no se derrumba ni dice una palabra. Calla y espera a su abogado. Y es lo que hace Anca:
 -Repito lo dicho: no hablaré si no es en presencia de mi abogado.
   Sales aprieta los dientes para no soltar un taco. Piensa lo que todo policía: que los abogados son peores que tener un grano en el culo. De mala gana le dice al guardia que puede pasar el letrado. La persona que entra, por su forma de vestir y comportarse, tanto podría ser un abogado como un tendero del pueblo, aunque lo que dice suena a jerga profesional.
-Soy el abogado de la señorita Dumitrescu, ella ya prestó declaración ante el comandante de este puesto. ¿Quiénes son ustedes y por qué la interrogan?
   Sales prefiere no identificarse, pero si responde al motivo del interrogatorio:
-La señorita Dumitrescu era la encargada de atender la habitación del hostal en la que el pasado día quince tuvo lugar un fallecimiento por causas todavía no explicadas. Es suficiente motivo para que la interroguemos las veces que sean necesarias.
-Ustedes no pertenecen a la dotación de este cuartel y por tanto no forman parte de la policía judicial del caso. No tienen ninguna jurisdicción para interrogar a mi cliente sin que esté presente alguno de los guardias de este puesto.
   “¡Coño con el rábula, nos ha salido peleón!” se dice Sales. Aunque piensa que lo malo es que, técnicamente, lo que afirma se acerca bastante a la verdad. Ellos están allí para coadyuvar. Y todavía se pone más nervioso cuando oye decir al letrado:
-Voy a presentar una queja formal ante la juez que instruye el caso por irregularidades en el proceso de instrucción, al menos por parte de ustedes, que no sé qué pintan aquí.
   Sales no quiere meterse en peleas jurisdiccionales en las que tiene más que perder que ganar y opta por dejar marchar a la muchacha. A la puerta del cuartel está esperándola Vicentín que alardea de que gracias al abogado de su padre ha conseguido que la dejaran libre. Anca le da las gracias y, recordando el consejo de sus padres, hasta le pone buena cara.
   En el entretanto en Marina d´Or, Bellido le cuenta a Grandal todo cuanto ha podido averiguar sobre las últimas horas en vida de Francisco Salazar. Primero le hace una sinopsis de quién es quién en el caso Pradera.
-Empecemos por el fallecido. Aquí nadie conocía su verdadero nombre ni que estaba en busca y captura. Lo más probable es que estuviera escondiéndose de la justicia. Ahora bien, recibía visitas de personas que presumiblemente sí sabían que era un prófugo. ¿Por qué le visitaban? La documentación que nos ha remitido la Juez Instructora, que por cierto es la titular del Juzgado de Instrucción número 4 de la Audiencia de Castellón y que se llama Isabel del Valle, tiene la respuesta pues de la misma se desprende que el finado era uno de los principales encausados en el famoso caso ERE de Andalucía y su declaración podría sentar las bases para la solución del proceso. Esa y no otra debe ser la causa del por qué recibía tantos visitantes, sobre todo andaluces.
-Lo que nos lleva a pensar que una de las patas del caso pasa por Sevilla –comenta Grandal.
-En efecto, comisario, el tal Salazar, al que apodaban el Conseguidor, se ve que era un punto filipino de mucho fuste. Y ahora vamos con los vivos. El primero, Rocío Molina que ha declarado ser novia del extinto, aunque según las declaraciones del hijo y de la Dumitrescu esa relación está periclitando –“Este hombre es un redicho, lo de periclitar ya no lo utilizan ni los académicos de la RAE” se dice Grandal-. Respecto a la Molina no está claro el motivo del por qué estaba alojada en un hotel de Alcossebre cuando su domicilio habitual está en Sevilla. Como tampoco lo está porqué motivo se encontraba en la habitación 16, ni porqué se llevó de la habitación del finado un maletín. Nos ha contado que buscaba la tarjeta sanitaria de Salazar por si había que ingresarlo en un hospital, pero esa historia no parece verosímil. Maletín que la Molina con la ayuda de la Dumitrescu y Fabregat intentaron abrir sin conseguirlo. Habría dado la paga de un mes por conocer el contenido del maletín, pero como dispone el ordenamiento jurídico lo tuve que enviar al juzgado para que un perito lo abra y tase los bienes u objetos que pudiera contener.
-¿Qué piensa que puede contener el maletín: dinero o documentos?
-O ambas cosas. Lo sabremos cuando me informe su señoría. Ah, la Molina es la única que de momento está detenida pues creemos que tiene información que se ha negado a facilitar, no solo de cuando estuvo en la habitación del muerto sino también sobre el maletín de marras. Por ahora es la sospechosa número uno aunque tengo mis dudas sobre su participación efectiva en el fallecimiento de Salazar. No sabría decirle por qué, pero eso creo.
   “Este sargento comienza a caerme simpático. Es de los míos, de los que cree en el olfato policial. Creo que haremos buenas migas” piensa Grandal.
-En segundo lugar tenemos a Anca Dumitrescu. Es de nacionalidad rumana y era la camarera que tenía asignada la atención y cuidado de la habitación 16, en la que falleció Salazar. Dice que estaba en la habitación porque la Molina se lo pidió. Al igual que la Molina no ha sabido explicar con claridad porque no se llamó a un médico estando el citado huésped tan enfermo como parecía. También es dudosa su explicación de porqué se fue con su novio y la Molina para encontrar un herrero que les abriera el maletín. Y a todo eso abandonando su trabajo en un día en el que el hostal estaba abarrotado de clientes. La Dumitrescu ha colaborado en todo momento con nosotros, pero como digo su relato tiene puntos oscuros que habrá que aclarar.
-Yo la conozco de servirnos en la terraza, pero no puedo decir nada de ella, ni bueno ni malo, aunque con nosotros, me refiero a la pandilla del dominó, siempre se portó correctamente y nos trató con amabilidad.
-En tercer lugar –prosigue el sargento- está Vicente Fabregat, más conocido por el diminutivo de Vicentín. Estoy convencido de que su participación fue ocasional y que si estuvo en la habitación del fallecido y luego en la aventura del maletín fue arrastrado por su novia. Una relación que, como he dicho y según se rumorea en el pueblo, estaba más en trance de romperse que de proseguir. El chico tiene fama de cantamañanas y hasta donde yo sé la tiene bien ganada. Es lo que ahora se conoce como un nini, ni trabaja ni estudia. Eso sí, pertenece a una familia que forma parte de uno de los clanes más poderosos del pueblo: los Fabregat y que si pueden pondrán todos los palos posibles en las ruedas de la investigación con tal de que su polluelo salga indemne.
-No te preocupes, Bellido, podremos con ellos –“Y con quien se ponga por delante” piensa Grandal, pero le parece excesiva chulería y se calla.

PD.- Hasta el próximo viernes

lunes, 12 de noviembre de 2018

*** Acordarse de los muertos solamente en ciertas fechas no basta


   Los días 1 y 2 de noviembre son fechas en que la gente se acuerda especialmente de sus muertos, pues el uno se celebra el Día de Todos los Santos y el dos la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Así es al menos en los países en los que predomina la religión católica de rito latino, como es el caso de España.
   La Iglesia Católica el Día de Todos los Santos celebra una fiesta solemne por todos aquellos difuntos que, habiendo superado el purgatorio, se han santificado, han obtenido la visión beatífica y gozan de la vida eterna en presencia de Dios. De ahí que se le llame el “día de todos los santos”. Esta festividad no debe confundirse con la conmemoración de los Fieles Difuntos que se celebra el día dos. Dicha conmemoración, también llamada el Día de los Muertos o Día de los Difuntos en el mundo católico tiene por objetivo orar por aquellos fieles que han fallecido y, especialmente, por los que se encuentran en el Purgatorio.
   En España, como en otros muchos países, en esas fechas se continúa con la tradición de visitar los cementerios para orar por los seres queridos fallecidos, recordarles y llevarles flores que se depositan en sus tumbas. En los ambientes más rurales hay la costumbre de que en la noche del 1 al 2 de noviembre se reúnen familiares y amigos para velar y recordar a sus difuntos. Se cuentan historias y se recuerdan anécdotas de los finados mientras se comen frutos típicos de la época tales como castañas, nueces, manzanas y dulces acompañados con anís, ron con miel o en su defecto con otra bebida alcohólica. Con la acelerada reducción del mundo rural esta tradición acabara por desaparecer.
   En los ambientes urbanos se limitan a asistir a los cementerios. Es lo que hice con el más pequeño de mis hijos. Fuimos al cuidado camposanto de Majadahonda donde está enterrada mi mujer y madre de mis hijos. Rezamos unas oraciones, al menos yo lo hice de mi hijo no sabría decir, depositamos en su nicho un ramo de margaritas, flores que estaban entre sus predilectas por la coincidencia del nombre, y la recordamos. Aquí quería llegar. ¿Es que solamente hay que acordarse de los difuntos uno o dos días al año? Supongo que cada uno tendrá su propia respuesta a esa pregunta. Personalmente creo que uno se acuerda de los familiares, amigos o simples conocidos que ya no están con nosotros en la medida en que les echamos de menos no importa en qué momento del año sea.
   Lo del conocido refrán de que el muerto al hoyo y el vivo al bollo, es tan real como despiadado. Supongo que debe ser una carga insoportable recordar continuamente a un ser querido extinto, pues la vida sigue y te impone que sigas su curso, pero como en todo hay notables diferencias. Hay muertos de los que te acuerdas la mayoría de los días, bien porque les quisiste con toda el alma, bien porque formaban parte indisoluble de tu vida fuera familiar, profesional o simplemente social. Yo recuerdo a mi mujer con la frecuencia que impone el haber llevado más de treinta años de vida en común, con sus momentos buenos y malos, pero vividos a la par. Como evoco a un querido amigo de la infancia cada vez que mis recuerdos me retrotraen a mis tiempos mozos. Me ocurre lo mismo con un amigo de los tiempos maduros que acaba de fallecer y con el que convivía en mis veranos en Torrenostra. Nuestra amistad fue corta y se centró sobre todo alrededor de las partidas de dominó que jugábamos cotidianamente. No es que dejara una especial huella en mí, pero no sé por qué su recuerdo es más constante que el de otras personas desaparecidas con la que conviví mucho más tiempo. Como diría Einstein, todo es relativo.
   Dedicar solo unas fechas para acordarse de los muertos es poca cosa. Siempre he creído que uno no se muere del todo mientras haya un solo vivo que se acuerde de él. Y eso no necesita de unos días especiales, cualquier fecha del calendario sirve.
   Permítanme el consejo: acuérdense de sus seres queridos fallecidos, sean familiares, amigos o simples conocidos, al hacerlo les reviven…, al menos en sus mentes. Y eso es impagable. Habrán muerto, pero de alguna manera siguen con nosotros.