viernes, 20 de julio de 2018

62. Aquí hay gato enserrao


   Como consecuencia de la caída de Curro debida al empujón de Pacheco el golpe que se ha dado contra el sillón le ha provocado lo que en la fraseología médica se conoce como un neumotórax traumático. Lo que a su vez ha generado que el dolor y la insuficiencia de aire le provoquen un estado de ansiedad que se incrementa aceleradamente puesto que al intentar tomar mayor cantidad de aire la respiración se torna más vivaz. Después de la intempestiva marcha del matrimonio Pacheco-Hernández, el exsindicalista hace otra intentona de salir de la habitación, pero las fuerzas le fallan y se deja caer derrotado en el sillón del que no ha podido moverse. Se siente muy mal por momentos y cada vez respira más fatigosamente. Ha agotado el paquete de pañuelos de papel que lleva en un bolsillo porque echa sangre con cada uno de los esputos que expele. Su esperanza es que en cualquier momento pueda llegar Anca o su hijo y el primero que llegue podrá llamar a un médico. No tiene fuerzas ni para pensar, solo espera que alguien le ayude.
   En esas, alguien llama a la puerta. Curro hace un desesperado intento de alzar la voz diciendo que adelante, pero solo le sale un farfullo ininteligible. Mentalmente dice: “entra, entra, entra, seas quien seas”, pero es incapaz de ponerle voz a su intención. Tras unos segundos de silencio que al zahareño se le hacen interminables, la persona que ha llamado abre la puerta. Por el resquicio asoma la cara el visitante. Curro quiere lanzar un grito de alegría porque el recién llegado es alguien conocido, pero en vez de surgir una exclamación de alegría, lo es de dolor. Jaime Sierra, de quien se trata, queda atónito al ver el estado en que se encuentra su excompañero de partido.
-¡Pero, Curro, ¿qué te pasa?! ¿Te ha dao un ataque? ¿Llamo a un médico?
   Curro es incapaz de contestar a las preguntas del sevillano, solo puede señalarse la boca y el pecho en un desesperado intento de hacerle comprender sus dificultades respiratorias. Haciendo un supremo esfuerzo logra balbucear:
-Me… dado… golpes.
   El primer pensamiento de Sierra es ayudar inmediatamente a Curro, aunque no tiene una idea muy clara de cómo. Lo que hace es formularle la típica pregunta idiota en esas circunstancias:
-¿Quieres agua? –Al no recibir respuesta vuelve a preguntar-, ¿te llevo a la cama? –Pregunta que tampoco recibe respuesta. Sierra vuelve a fijarse bien en su correligionario: transmite una imagen de alguien que acaba de sufrir algún tipo de colapso, quizá un infarto de miocardio o un amago de derrame cerebral. La percepción le lleva a la conclusión de que lo que tenga Salazar debe ser tratado por un médico y quizá tenga que ser internado en un hospital por lo que dice algo con más lógica:
-Voy a bajar a recepción para que llamen urgentemente a un médico y a una ambulancia y vuelvo a subir.
   Da un paso hacia la puerta, pero de pronto un recuerdo lo detiene: la evocación de las únicas palabras que ha podido balbucir Curro. No ha entendido muy bien lo que ha dicho: que si se ha dado un golpe o que si le han dado golpes, lo que hace que su mente se dispare y las dudas sobre qué hacer le invadan. “Este hombre está muy mal… y si está así porque le han golpeado quizá puedan pensar que he sido yo y solo será mi palabra de que no le he hecho nada contra…”. De pronto se encuentra dudando entre llamar pidiendo ayuda o largarse de allí antes de que aparezca alguien y pueda convertirse en sospechoso de agresión. Sabe perfectamente que entre la caterva de enemigos que tiene el de Zahara es muy posible que haya más de uno que no dudarían en llevárselo por delante. Interrumpe su confuso soliloquio al oír que el pomo de la puerta está girando lentamente, alguien la entreabre con sigilo y un rostro se asoma a medias por la rendija. El mirón al ver a Sierra da un respingo y se retira tan rápidamente que el sevillano apenas si puede entrever su cara, pero ha visto lo suficiente para pensar que es un rostro que le recuerda a alguien, pero no sabe a quién, hasta que un pasaje de sus años juveniles le sacude como un calambrazo: “¡Joder!, ese tipo es el Chato de Trebujena. ¿Qué hace aquí ese mostrenco y por qué se ha largado en cuanto me ha visto?, ¿querrá volver a cascarle a Curro..., ¿qué hago?...”.
   Algunos minutos después el Chato, medio escondido tras la carpa del chiringuito que hay delante del hostal, ve pasar presuroso a Sierra. Camina sin mirar a derecha ni izquierda y con paso decidido se pierde entre el río de gente que pasea por la acera del paseo marítimo. El exboxeador, que también se ha llevado una desagradable sorpresa al ver al político sevillano, se dice que esta  quizá sea la única oportunidad que tenga de cumplir con la última parte de su encargo, por lo que extremando las precauciones vuelve al hostal y se dirige nuevamente, sin apresurar el paso para no levantar sospechas, a la habitación de Curro. Como hizo antes, no llama, torna a abrir la puerta suavemente y se encuentra con Curro sentado en el sillón respirando fatigosamente y con un rostro que se está poniendo cárdeno, pero sin nadie que le acompañe. Al ver al Chato el exsindicalista intenta moverse, pero sigue sin fuerzas, solo tiene arrestos para medio levantar las manos resguardándose el pecho y balbucir un grito de ayuda:
-So…corro, soco… –el tono es tan bajo que seguramente no llegue ni a oírse en el pasillo.
   El Chato queda estupefacto al ver el estado del hombre a quien dio una paliza hace unos días. No sabe si está así como consecuencia de sus golpes o es que le ha dado algún tipo de patatús. Vacila sobre qué hacer porque no sabe si le va a entender, pero ha llegado hasta aquí con un objetivo y lo va a cumplir.
-No pidas socorro que no te va a oír naide. Solo quiero desirte que si llegas ante la juesa no digas una sola palabra más de lo que contaste en tus declarasiones anteriores, porque de lo contrario acabarás en er río con una maroma como corbata. ¿Lo has entendío?
   Curro sigue mirando aterrorizado al Chato y da impresión de no haber entendido lo que este le ha dicho. El de Trebujena al ver que no hay respuesta piensa que un par de buenos golpes quizá convenzan al zahareño de que no está hablando en broma. Y tal como lo piensa lo hace: le lanza un crochet lateral con trayectoria paralela al suelo dirigido directamente al rostro de Curro. La cabeza del exsindicalista oscila de derecha a izquierda como si fuera la de un tentetieso y eso que el crochet no ha sido demasiado fuerte pues para ejecutarlo el Chato ha tenido que inclinarse y ha utilizado su puño derecho cuando su fuerte es el izquierdo dado que es zurdo.
-¿T´as enterao? Cuando te trinquen, ante la juesa chitón. Y si no lo hases, de estos te caerán una jartá –y tras apoyar bien los pies y con mayor impulso de la cadera, del hombro y con un giro del cuerpo le lanza un directo de izquierda que deja a Curro medio grogui aunque no llega a perder del todo la consciencia.
   El exboxeador duda entre irse, continuar atizándole o volverle a insistir que no se vaya de la lengua cuando oye el ruido del pomo de la puerta… Es Rocío la que pretende entrar. La trebujenera al ver a su paisano plantado delante de Curro no penetra en la habitación sino que vuelve a cerrar rápidamente la puerta. “¿Qué hase ahí dentro er Chato?, ¿le debe estar atisando otra ves?... ¿tendría que avisar a la patrona?, ¿qué llamen a la Guardia Sivil?...”. No hace nada de eso, se va a buscar a Anca y contarle lo que está pasando.  La situación es paradójica: el Chato solo ha entrado en la habitación cuando se marchó Sierra y Rocío posiblemente no entre hasta que se vaya el exboxeador. La situación es la antítesis del camarote de los hermanos Marx pues quieren entrar muchos, pero no todos juntos sino uno a uno. Después de algunos minutos de búsqueda al final Rocío encuentra a la rumana.
-Anca, he ido a ver a mi novio y había un fulano dentro con una pinta que no m´a gustao na –Rocío prefiere ocultar la verdadera personalidad del Chato, al tratarse de un paisano alguien podría pensar que están conchabados.
-¿Y por qué no has entrado? Debe ser algún conocido del señor Martínez que ha ido a verle.
-No sé si es conosío o no, pero no m´a gustao na, tiene una jeta que no me gusta un pelo.
-Que exagerados sois los andaluces, de una menudencia hacéis una montaña.
-Anda, acompáñame a la habitasión.
-Pues no pides tú nada, estoy hasta el cuello de trabajo.
-Ven conmigo, solo será un momento –insiste Rocío que de ninguna manera quiere enfrentarse sola al Chato.
-Que no ea, que me falta tiempo para todo el curro que tengo por delante.
   Como Rocío sigue insistiendo, Anca para quitársela de en medio propone:
-Lo que puedes hacer es volver. Asoma la cara y si el tipo que te da mala espina sigue allí no entres, me esperas en la cafetería y en cuanto tenga un momento libre iré a buscarte y vamos las dos. ¿De acuerdo?
    Rocío no vuelve a la habitación, lo que si hace es ir a la cafetería y buscar una mesa lo más escondida posible, pero con una buena visión del acceso a la escalera de la primera planta donde está la habitación de Curro. Desde allí otea a los que suben y bajan. En esas está cuando da un respingo, acaba de ver al Chato salir del hostal con paso presuroso y perderse entre el tropel que deambula por el paseo marítimo. “Ahí va ese mala bestia, ¿le habrá hecho argo a Curro? Este es el momento de ir”. No llega a subir porque de pronto ve una cara que solo ha visto una vez, pero que recuerda perfectamente: la del petimetre malagueño que dice llamarse Carlos Espinosa y que el día que llevaron a Curro a una clínica de Castellón les contó que tenía un negocio con su exnovio. ¿”Qué hase este pisaverde aquí?”. Espinosa, que lleva una bolsa de Mercadona, da un rápido vistazo a su alrededor y con paso firme se encamina a la primera planta. “Aquí hay gato enserrao”, se dice Rocío.

PD.- Hasta el próximo viernes

domingo, 15 de julio de 2018

*** La arena y el carácter infantil


   En mis ya lejanos tiempos de estudiante de pedagogía en la Complutense, recuerdo que una de las figuras de la historia de la educación que más me impactó fue la italiana María Montessori. No tanto porque sus ideas fueran revolucionarias ni porque le diera un vuelco a los paradigmas educativos, me impresionó por la sencillez y, al mismo tiempo, funcionalidad y eficiencia de su metodología. Y especialmente porque con recursos muy de andar por casa conseguía unos resultados espléndidos, sobremanera en el campo de la educación infantil y la educación especial. ¡Quién hubiera dicho que unos modestos tapetes, manteles y bandejas pudieran dar tanto juego! En mis primeros años de docencia, trabajé con niños pequeños y tuve oportunidad de emplear, entre otros recursos montessorianos la caja de arena, otro de sus artilugios tan simple como didáctico.
   Viene esto a cuenta porque en este tórrido verano tengo el papel de acompañante suplente en el cotidiano cometido de llevar los nietos a la playa. Rol de suplente porque es tarea habitual de la generación intermedia entre los críos y yo. Solo cuando aquella falla me toca a mí. Y he podido observar como juegan los pequeños en la playa. Reparten su tiempo, half and half, entre el baño y el juego en la arena. Y es precisamente en esta última donde mejor demuestran sus capacidades y limitaciones. Y hasta me atrevería a decir que su carácter más innato.
   Dado que no me baño, solo me remojo, y que no soy lector de playa, ocupo mi tiempo libre en observar a los críos. Están los que hacen sus construcciones con el mimo de un arquitecto en ciernes. Los que se limitan a cavar un hoyo y como mucho lo llenan de agua. Los que se divierten destrozando las edificaciones de los demás. Los que dirigen la construcción y los que se conforman con el secundario papel de acarrear más arena. Y hasta los que solo corretean por la playa detrás de una pelota. Para un observador atento se pueden sacar muchas conclusiones, quizá equivocadas quizá certeras, viendo jugar a los críos en la playa.
   Si tienes hijos, nietos o sobrinos obsérvales cómo se comportan en la arena y sacarás unas conclusiones que pueden sorprenderte. Haz la prueba.

viernes, 13 de julio de 2018

Capítulo 15. La playa demasiado tranquila no lo era tanto.- 61. Jesús del Gran Poder que salga de esta


   La tarde del quince de agosto discurre como un calco de la mañana en lo referente al trajín de clientes y huéspedes en hoteles, hostales y apartoteles de la Costa de Azahar. Hay mucho ajetreo y la gente entra y sale continuamente de los establecimientos hosteleros. Es lo que ocurre en el Tufi Dive Resort, el hotel de cuatro estrellas en Orpesa del Mar en el que está alojado el matrimonio Pacheco-Hernández. La pareja ha estado toda la mañana en la playa de la Concha disfrutando de sus doradas arenas y ha apurado hasta la última hora del que va a ser su último baño en el Mediterráneo. Luego se ha regalado un opíparo almuerzo con un plato típicamente valenciano: arroz con cigalas, rape y setas. A Macarena le ha gustado tanto que pese a que no es precisamente una fan de la cocina le ha pedido a la camarera que si le podían facilitar la receta. La empleada dice que sintiéndolo mucho no cree que pueda salir el chef porque con el comedor lleno están a tope de trabajo. La sevillana frunce el gesto. Alfonso que conoce bien conque facilidad se avinagra su mujer le da discretamente un billete de veinte euros a la moza y le pide que aunque no sea el chef alguien de la cocina se lo podía explicar. La pequeña mordida surte efecto pues pasados unos minutos aparece un empleado ataviado como el personal de cocina y les dice que con mucho gusto les explicará la receta del arroz de su comanda.
-Señora, será mejor que tome nota porque es larga. Para cuatro personas necesitará unos cuatrocientos gramos de arroz, cuatro cigalas, cuatrocientos gramos de rape, otros tantos de setas, un par de cebollas, seis ajos, dos ñoras, dos tomates maduros, unas seis cucharadas soperas de aceite, mejor si es virgen, sal y azafrán. En cuanto al proceso, en una cacerola con aceite de oliva se sofríen ligeramente las cigalas y el rape, retirándolos y poniéndolos en una bandeja. En el mismo aceite se sofríe la cebolla bien picada. Cuando empiece a tomar color, se añaden las setas y las ñoras, rehogándolas unos cinco minutos. Se añaden los tomates rallados, sofriéndolos durante otros cinco minutos. Luego se vierte el caldo de pescado y antes de que empiece a hervir, se incorpora el arroz. Se fríen en una sartén con aceite unos dientes de ajo hasta que estén bien dorados y se los reserva. Cuando falten unos diez minutos para terminar la cocción del arroz, se retiran las ñoras y se las maja junto con los dientes de ajo dorados. Se incorporan las cigalas y el rape, junto con los jugos que hayan soltado en la bandeja, dentro de la cacerola. Se rectifica la sal y se le agrega el majado y el azafrán, siendo el tiempo total de cocción de unos veinte minutos. Finalmente, hay que servirlo de inmediato. Ah, de parte del chef que muchas gracias por su felicitación –y haciendo un medido saludo de cabeza el empleado, que por lo dicho debe de ser algún ayudante, vuelve a la cocina sin dar pie a que Macarena le pregunte las muchas dudas que plantea la explicación.
   Finalizado el suculento almuerzo, la pareja se encamina a la habitación dispuestos a echarse una buena siesta, algo que no consiguen porque el continúo runrún que se filtra a través de la ventana medio entornada se lo impide. Visto lo cual se plantean otras opciones y es Macarena la que, sin decir palabra, propone una: se despoja lentamente del vaporoso negligé de gasa y se vuelve hacia su marido con una sonrisa picaresca en muda invitación. La visión de su mujer desnuda es un regalo que Alfonso se apresura a paladear. La pareja hace el amor saboreando cada caricia, cada achuchón, cada beso. Cuando terminan su apasionado abrazo, Alfonso cierra los ojos, se siente tan relajado que sabe que a pesar del ruido ahora se dormirá. Macarena, en cambio, no tiene ninguna gana de sestear.
-¿Sabes qué? –sugiere la mujer-. Podríamos aprovechar este tiempo e ir a ver al mala follá del Curro. Así te quitabas de en medio ese problema y tendríamos el resto de la tarde libre.
-Pero, cariño, que son las cuatro, ¿tú sabes la calorina que hará?
   Macarena le hace un mohín cariñoso mientras comienza a vestirse. Alfonso ni rechista, lo que hace es llamar a Sierra para decirle que van a ver a Curro. Sierra contesta que ya está en Torrenostra y que les espera allí, de hecho va en dirección al hostal. En el camino el antiguo director de la Agencia IDEA se tropieza con el hijo de Salazar.
-Francisco José, ¿qué tal?, ¿cómo sigue tu padre?
-Se pasa er día metío en er sobre y viendo la tele. ¿Te puedes creer que s´a pasao media mañana viendo una mascará llamada Moros y Cristianos? Pa mí que la fractura le ha reblandesio los sesos.
-¡Pero, que cosas dices, quillo! Como supongo que habrás almorzado te invito a una copa, un café o lo que te pete.
   Se sientan en una de las terrazas del paseo marítimo y el joven Salazar aprovecha la ocasión para intentar que Sierra le ayude a ablandar el ánimo de su padre en lo tocante a los dineros que necesitan en su casa.
-Jaime, tengo que pedirte un favor: tú que eres buen amigo de mi papa, ¿podrías echarme un capote?
-Quillo, yo te echo un capote y lo que sea. Faltaría más.
   A Sierra le interesa congraciarse con el chico para contrarrestar la influencia que sobre él ejerce Espinosa desde que le prestó la Harley y de esa forma conseguir que el muchacho no insista ante su padre de que lo mejor que puede hacer es irse al extranjero. Mientras el joven Salazar y Sierra están de charleta los Pacheco han llegado al hostal y buscan a Sierra, pero no lo encuentran.
-¿Qué hacemos, le esperamos?
-Ya son las cuatro y media, si le esperamos  perderemos la tarde. Para escuchar lo que te ha de desir ese malnasio no nesesitas a Jaime. Vamos a ver a Curro –dice Macarena tan expeditiva como acostumbra.
   La pareja sube a la habitación sin que nadie les cierre el paso. Llaman a la puerta y entran al oír que Curro contesta. El exsindicalista está sentando en un sillón viendo la televisión que apaga en deferencia a sus visitantes al tiempo que se pone en pie.
-¡Hombre, mi paisano y su señora! Sean ustedes vosotros bienvenidos. ¿Qué os trae por aquí?, ¿y Jaime?
-Habíamos quedado en que nos encontraríamos aquí, pero no sabemos dónde se ha podido meter. No creo que tarde. Venimos a conocer tu respuesta. ¿Ya te has decidido? –pregunta Pacheco.
-La verdad es que todavía no lo tengo claro. Eso de entregarme se me hace cuesta arriba. Y una vez en el talego, ¡cualquiera sabe lo que puede pasarme!
-Ves lo que te dije –salta Macarena, mujer de armas tomar donde las haya-, perdéis el tiempo intentando convenserle. Este mierda es esclavo de su origen y su historia, y no sabe de amigos ni de paisanos ni de excompañeros.
-Un respeto que yo no te he faltado –replica Curro, molesto.
-Solo se puede respetar a los hombres que se visten por los pies y no a un maricón de playa que tiene de hombre lo que yo de obispo -Macarena Hernández cuando se pone brava habla peor que un carretero, grey que goza fama de mal hablada.
-Yo seré un maricón de playa, pero si quieres que te folle me tienes a tu disposición. Al fin y al cabo, como se comenta por Sevilla, no será la primera vez que le pones los cuernos al calzonazos de tu marido –Curro ha dado donde más puede dolerle a la pareja.
   Macarena, cuyo semblante crispado dice bien cómo le han sentado las palabras del exsindicalista, inopinadamente da un sonoro bofetón a Curro, quien a su vez responde con otro. Alfonso sale en defensa de su mujer e interviene, más con la intención de separarlos que de enzarzarse con su paisano. Ambos hombres forcejean hasta que el ingeniero que es más joven y fuerte le da un violento empellón que provoca que Curro, como le ocurrió cuando el incidente con Vicentín, se caiga dándose contra el canto superior del sillón con la mala fortuna que le impacta contra una de las costillas fracturadas lo que le provoca la perforación de la pleura y le daña el pulmón. Lo que en la jerga médica se conoce como un neumotórax traumático genera unos síntomas que se manifiestan rápidamente. Curro se deja caer en el sillón y comienza a sentir un fuerte dolor en la zona del pulmón dañado, empieza a respirar con dificultad y su semblante se pone lívido.
   Los Pacheco de momento no reaccionan, cuando lo hacen Curro ha comenzado a toser y echa sangre lo que le impide hablar. La vista del rojizo fluido desconcierta a la pareja que se pone muy nerviosa.
-Tendríamos que llamar a un médico –dice, consternado, Alfonso.
-Mejor no, podrían acusarnos de haber intentado dañar a esta rata –ni aún en el estado en que está Curro, Macarena es capaz de experimentar la más mínima piedad.
-Pero no podemos dejarlo así –insiste Alfonso-, le puede dar un colapso y entonces si nos acusarían de no haberle socorrido.
-Déjate de mandangas. Como creo que nadie nos ha visto entrar, lo que tenemos que haser es largarnos con viento fresco y cuanto antes mejor, no sea que venga alguien y tengamos que dar un montón de explicasiones que vete a saber si se las creerían.
   Curro sigue tosiendo y sin poder hablar, solo tiene fuerzas para mirar con odio a la pareja. La mujer no se lo piensa y sale de la habitación. Su marido, tras un momento de desconcierto, la sigue. El matrimonio abandona el cuarto en el que ha estado poco más de diez minutos. Allí queda Curro hundido en el sillón y tosiendo cada vez más fuerte. Tiene una intensa sudoración y su pulso se ha disparado. Hace un desesperado intento de levantarse e ir hasta la puerta para pedir ayuda, pero no lo consigue. Un miedo cerval se apodera de él, en toda su vida jamás se sintió tan mal. Para un agnóstico como el exsindicalista resulta una incongruencia que su único pensamiento sea una jaculatoria: “Jesús del Gran Poder que salga de esta”.
  
PD.- Hasta el próximo viernes