martes, 11 de abril de 2017

121. Una conversación off the record



   En mayo la investigación sobre el robo del Tesoro Quimbaya se ha acelerado. La orden que se dio de dejar las pesquisas en stand by ha sido revocada y los policías encargados del caso registran una actividad frenética. No tienen tiempo ni para responder a las llamadas de Grandal, el cual sabe que hay en marcha varias líneas de investigación porque se lo cuentan sus amigos del Cuerpo Nacional de Policía. Hasta que el nueve de mayo recibe un telefonazo totalmente inesperado.
- ¿Comisario Grandal? Buenos días, permítame que me presente. Soy Enrique Pérez Recarte, amigo y compañero de Juan Carlos Atienza que es quien me ha facilitado su teléfono. Quisiera charlar con usted de un asunto que sé que le interesa: el robo del Tesoro Quimbaya.
- ¿Dice que es amigo y compañero de Atienza? – pregunta Grandal con un tono que denota su reserva.
- Sí y también soy antiguo alumno suyo de la Escuela de Ávila. De la misma promoción que Juan Carlos. Usted no se acordará de mí, pero no me perdía ni uno de sus seminarios.
- ¿Y dónde estás destinado ahora? – visto que quien le llama es del Cuerpo, Grandal ha pasado al tuteo.
- Hace algunos años que trabajo en la Casa. Ya le contaré – el agente del CNI no se atreve a tutear a quien fue su profesor -. ¿Qué día le viene bien que nos veamos? Si fuera esta misma semana mejor.
   Grandal no se lo piensa demasiado.
- Por mí podemos reunirnos cuando quieras. Bueno, hoy no – dice cuando oye el cacharreo que está montando Chelo en la cocina -, pero a partir de mañana en cualquier momento.
- ¿Le parece bien mañana por la tarde, como a las diecisiete? ¿Le importaría si quedamos en la cafetería del Hotel Barceló Emperatriz de la calle López de Hoyos, cuatro?, ¿no? Pues entonces hasta mañana y gracias por aceptar la invitación.
   Al excomisario le sorprende un tanto el lugar de la cita, pero piensa que igual para un agente del CNI reunirse en un lujoso hotel de cinco estrellas sea lo más normal del mundo. Al día siguiente, a la hora convenida, nada más entrar en la cafetería ve a un hombre todavía joven que levanta la mano. Al verle le reconoce inmediatamente, es Pérez Recarte, pero no está solo, hay alguien con él.
- Comisario, buenas tardes y gracias por atender mi petición. Le presento a Kevin Connolly, amigo mío que trabaja en la Embajada de Estados Unidos. Kevin tenía muchas ganas de conocerle, por eso me he atrevido a traerle conmigo.
- Señor Connolly – dice ceremoniosamente Grandal al tiempo que tiende su mano al norteamericano.
- Comisario Grandal, como ha dicho Enrique tenía un gran interés en conoserle. Y antes que nada permítame felisitarle, por sus inteligentes análisis y su olfato de investigador como ha demostrado en el Caso Inca.
- ¿La embajada estadounidense estaba interesada por el robo del tesoro? – pregunta Grandal verdaderamente sorprendido.
- No hasta que intervinieron los cubanos. Ya sabe que todo lo que atañe al régimen castrista es seguido con vivo interés por mi gobierno.
- Comisario, - es Pérez Recarte quien habla - para que quede claro desde el principio, esta es una reunión informal en la que todo cuanto se diga será off the record. Kevin está de acuerdo y deseo que usted también lo esté. ¿Vale?
   El excomisario no contesta, se limita a asentir con la cabeza. ¿Qué querrán este par de espías de pacotilla?, se dice, porque el yanqui tiene un tufo de CIA que echa pa atrás.
- Verá, comisario – prosigue Pérez Recarte -, míster Connolly nos ha prestado, y sigue prestando, impagables servicios en el desmontaje de los últimos flecos de la trama del robo. Podemos afirmar, y le ruego la mayor reserva, que la ayuda de su gente en Francia nos ha puesto en condiciones de localizar a casi todos cuantos participaron en el robo y también en el secuestro de su buena amiga María Victoria Martín-Rebollo.
- ¿Y…? – Grandal sigue sin ver claro el objetivo de la reunión y ha decidido andarse con pies de plomo.
- Se lo diré sin rodeos – dice el americano -, comisario. El objetivo de esta reunión, al menos por mi parte, es una curiosidad profesional. A través de Juan Carlos Atiensa he podido enterarme de como usted, con la única colaborasión de un grupo de jubilados que no tienen ninguna formasión polisial, se ha bastado para encontrar pistas, inisiar investigasiones y elaborar análisis que han sido determinantes en el desarrollo del caso. Y como profesional de la investigasión tengo una enorme curiosidad en saber cómo lo hiso.
   Grandal, halagado por las palabras del norteamericano, les cuenta como él y sus tres jubilados amigos, se metieron a investigar el robo del tesoro, porque uno de ellos fue el único testigo ocular del atraco al furgón blindado, también como una manera de poner algo de interés en sus monótonas vidas de pensionistas. Como la primera línea de investigación que se propusieron fue averiguar quién o quiénes podían haberse lucrado con el robo, lo que les llevó a investigar a los empleados del Museo de América; como hicieron su seguimiento y de esa forma encontraron a presuntos cómplices de los atracadores: Obdulio Romero, al que posteriormente asesinaron, y Adolfo Martínez que terminó confesando ser compinche de los ladrones. Explica también su ocasional participación en el secuestro de la profesora zaragozana, así como cuanto hicieron para localizar al sicario colombiano aficionado al béisbol.
   Los dos agentes de inteligencia escuchan al excomisario con un respeto casi reverencial. Aprovechando que Grandal ha hecho una pausa para tomar un sorbo de gin-tonic, Pérez  Recarte comenta:
- No sé si lo sabe, comisario, pero la identificación que hicieron de Efraím Gomes Restrepo fue capital para el inminente desenlace del caso. El que lo descubrieran y el que fotografiasen las placas de los vehículos estacionados delante del polideportivo de La Elipa fue el hilo del que han tirado los investigadores del caso hasta casi llegar a la madeja. Y si no se han hecho todavía del todo con ella es porque la mayoría de sus componentes están fuera de España. Precisamente, ahí es donde la colaboración de míster Connolly está siendo decisiva.
- A mí lo que me tiene asombrado, comisario – apunta el norteamericano – es la capasidad de análisis que tanto usted como sus amigos han demostrado. Y lo han hecho sin ninguna clase de ayuda tecnológica, lo que le añade más mérito todavía. Y le voy a pedir algo poco usual: si no tienen inconveniente me gustaría que un día, cuando ustedes quieran, pudiera reunirme con los cuatro para conoser personalmente como actuaron. En mis ya largos años de investigador y analista nunca me había encontrado con un caso tan singular.
- Se lo trasladaré a mis amigos. No creo que por su parte haya ningún inconveniente – responde Grandal que añade -. Bien, les he hecho un relato, abreviado, de cómo investigamos algunas de las líneas del caso, ahora es momento de que ustedes me correspondan y me cuenten, hasta donde les sea posible, los pormenores de lo que parecen ser las últimas secuencias de esta historia.
   Los dos agentes se miran y el norteamericano hace un gesto de aprobación a Pérez Recarte que es quien responde a la pregunta de Grandal.
- Como comprenderá, comisario, dado que las operaciones finales todavía están en curso no podemos desvelarle mucho, pero si podemos levantar una punta de la alfombra referida sobre todo a la marcha de las conversaciones Gobierno Colombiano-FARC que están en el origen del robo. El diecinueve del pasado enero la mesa de negociaciones de La Habana aprobó la creación de un mecanismo para monitoreo y verificación del acuerdo de cese el fuego. El veintitrés de febrero el gobierno colombiano acordó un pacto con los diferentes partidos políticos para el respaldo de la etapa final de los diálogos. Y la última noticia es que a finales de marzo, el Secretario de Estado norteamericano ha comenzado unas negociaciones con los equipos de la Mesa del Proceso de Paz. Si la mediación de John Kerry resulta positiva la firma de los acuerdos Gobierno-FARC puede ser cuestión de semanas.
- ¿Y todo eso en qué se traduce? – quiere saber Grandal.
- Que la devolución del Tesoro Quimbaya a España también puede ser cuestión de semanas.
   Y no hubo forma de que la pareja de agentes de inteligencia desbordara los límites que marca una conversación off the record.

viernes, 7 de abril de 2017

120. Jugando al béisbol en el barrio de La Elipa



   Una propina de veinte euros en el Madrid del dos mil dieciséis no es como para tirar cohetes, pero según en qué lugares como en el modesto barrio de La Elipa puede obrar milagros. Así lo ha podido comprobar Grandal pues en la mañana del sábado, treinta de abril, recibe una llamada que de momento le descoloca, hasta que comprende que quien le está hablando es el encargado del bar del Polideportivo Municipal de La Elipa a quien le dio veinte euros de propina. Su mensaje es tan lacónico como sugerente:
- Están jugando al béisbol los sudacas a los que quería ver – y sin más cuelga el teléfono.
   Cuando el excomisario asume lo que le acaban de decir se le dispara la diligencia de viejo policía. Llama de inmediato a sus amigos y les transmite la información recibida.
- Hay que salir echando leches para el Polideportivo de La Elipa. No hay tiempo para reunirnos, que cada uno vaya por su cuenta. Nos veremos allí – es el final de su mensaje.
   Álvarez y Ballarín responden que ya mismo se ponen en marcha. Ponte lamenta no poder acompañarles, hoy tiene que salir con los nietos. Grandal, a pesar de que tuvo que aprender a navegar por la red a regañadientes, se maneja lo suficiente como para abrir Google Maps y ver cómo llega antes al polideportivo. Si coge el bus 1 en Princesa puede llegar al Barrio de Prosperidad en algo más de media hora y luego tendrá que andar. No le sirve. El metro tampoco le vale, la estación más próxima al polideportivo es Vinateros en la línea 9 y tiene que hacer un transbordo en la Avenida de América. Va a tener que coger un taxi. Delante del Corte Inglés de Princesa hay una parada, lo cogeré allí, se dice.
   Cuando el excomisario llega al polideportivo, Álvarez ya está allí y al momento también aparece Ballarín. Se encaminan al campo de béisbol y, en efecto, hay un grupo de gente, casi todos jóvenes y algunos adolescentes, que están bateando pelotas. Por sus rasgos y, sobre todo, por el español que hablan son evidentemente latinoamericanos. Ninguno de los que está bateando ni de los espectadores que están en la grada se parece a Efraím Gomes.
- ¿Quién va ganando? – pregunta Ballarín.
- No están jugando un partido, solo entrenan – aclara Álvarez que es el único que sabe cómo se juega al béisbol.
   Grandal, más para hacer tiempo que otra cosa, pregunta a Álvarez:
- Luis, danos una teórica sencilla de cómo se juega a esto – dice señalando el campo de juego.
- ¿Vosotros jugasteis de niños al juego de pillar? Bueno, pues algo así es el béisbol, se trata de pegarle a la pelota con un bate y correr para llegar a casa pudiendo pararse en sitios seguros que aquí son las bases. El objetivo es conseguir más carreras que el rival. Una carrera se logra cuando un corredor pisa en orden y sin ser eliminado, en una o más jugadas, la primera, la segunda y la tercera base y la base de home, o sea la casa. El juego se desarrolla por entradas y cada una se compone por un turno de bateo y otro de defensa para cada equipo. En cada entrada, el equipo que defiende coloca sus nueve jugadores en el campo, uno donde el pitcher o lanzador, otro en home donde está el cátcher o receptor, otro defendiendo la 1ª base, otro entre 1ª y 2ª base, otro entre 2ª y 3ª base, otro defendiendo la 3ª base, y tres jugando en el exterior. El equipo atacante, siguiendo el orden establecido, va pasando por el cajón de bateo para intentar batear la pelota lanzada por el pitcher y llegar a base sin ser eliminado. Si el equipo defensor logra eliminar a tres rivales pasa a ser atacante y viceversa y se dice que se ha acabado media entrada. Cuando ambos equipos han atacado y defendido una vez se ha acabado una entrada.
- No sigas, Luis, no me estoy enterando de nada – dice Ballarín -. Jacinto, ¿tú si lo has pillado?
- La verdad es que es complicado. Solo me ha quedado claro que los sitios donde han de llegar los jugadores se llaman bases, que el pitcher es el que lanza la bola y que el cátcher es el receptor que se coloca detrás del bateador y poco más. Ah, ¿qué es un strike?
- Cualquier lanzamiento hecho por el pitcher que es intentado golpear por el bateador y falla y también cualquier bateo que va fuera del campo bueno. Hay alguna regla más, pero esas son las dos principales.
- También he oído que hablan del diamante, ¿qué es eso?
- La zona en la que los corredores corren para alcanzar las bases se denomina diamante por su forma.
- Yo tengo otra pregunta – dice Ballarín -, ¿qué es un jonrón?
- El golpe que habilita a un jugador a dar una vuelta entera al cuadro. Algo así como lo que sería un golazo en el fútbol.
   De pronto, Grandal saca unos pequeños prismáticos y se pone a mirar a una pandilla de jóvenes que acaba de llegar y que están hablando con un grupito de espectadores.
- ¡Qué me fría un rayo si uno de los tipos que acaba de llegar no es el Efraím!
- ¡No jodas!, ¿dónde? – pregunta Álvarez.
- No señales, coño, no se vayan a fijar en nosotros. Mirar, pero con disimulo – en ese momento, el excomisario se da cuenta de que con las prisas se ha dejado en casa un instrumento imprescindible -. ¡Me cagüen la leche! No he cogido la cámara.
- Si necesitas una cámara yo he traído la mía – dice Ballarín echando mano de la máquina.
- Menos mal, Amadeo, pero espera, no la saques. Vamos a pensar primero como le hacemos una foto sin que se note que le enfocamos.
- Eso tiene una solución muy fácil. Os ponéis tú y Luis de espaldas al grupo donde está el Efraím como si fuera a fotografiaros y os haré unas fotos, pero a quien realmente voy a enfocar es al colombiano – explica Ballarín.
- ¿Podrás hacerlo con ese cacharro tan pequeño? – inquiere Álvarez al ver el tamaño de la cámara.
- Es pequeña, pero tiene una lente de un gran poder resolutivo y obtiene fotos de una increíble calidad de imagen.
   Siguiendo las instrucciones de Ballarín, quien muy puesto en su papel de fotógrafo no esconde la cámara, Grandal y Álvarez se separan unos pasos mientras que el exferretero les enfoca y les hace un par de fotos que luego se las enseña para que vean como han salido.
- ¡Cojonudo, nos has sacado hechos un par de mozalbetes! – asegura riéndose Álvarez.
   Grandal le aprieta el brazo a Ballarín mientras le susurra:
- Es toda una obra de arte. Mejor, imposible.
   A todo eso, el colombiano y los que están con él se van en dirección a los vestuarios, bajo la atenta mirada del trío de viejos, de los que salen al cabo de poco tiempo equipados para jugar al béisbol. Forman dos equipos, para completar los dieciocho han tenido que sumar a algunos chavales que les acompañan. Es entonces cuando pueden observar a Efraím a su gusto pues hay momentos del juego en los que casi lo tienen al lado. El colombiano en ningún momento ha dado la impresión de haberlos reconocido, ni siquiera en el instante en que al ocupar una base que está muy cerca de donde está el trío su mirada se ha cruzado con la de Grandal. Los tres coinciden: no hay duda de que es el mismo hombre de la fotografía de la ficha y el mismo que trabajó de dependiente en la frutería de la Avenida del Manzanares. Ballarín tiene múltiples ocasiones para fotografiarlo repetidamente.
- ¿Y ahora qué hacemos?, me refiero a cuando terminen de jugar. ¿Le seguimos? – pregunta Álvarez.
- No le seguiremos, podría ser peligroso. Realmente, nuestra misión se ha terminado – y dicho eso, Grandal coge el móvil y hace una llamada.
- Soy Grandal. El amigo que estuvo en Zaragoza y luego en Fuenlabrada está en estos momentos jugando al béisbol en el Polideportivo Municipal de La Elipa. Es todo vuestro. Ah, te mando unas fotos que le acabamos de sacar.
- ¿A quién coño has llamado? – pregunta Álvarez para quien la discreción es algo inexistente.
- A Blanchard, él sabe lo que hay que hacer. A ver si les mete un cohete en el culo a los Sacapuntas.
- ¿Y si no se lo mete? – Álvarez puede ser terco.
   Grandal se encoge de hombros y musita:
- Como acabo de decir, nuestra misión ha terminado y lo hemos hecho con sobresaliente cum laude. Ah, se me acaba de ocurrir algo, Amadeo, antes de que acaben de jugar sal a la calle y fotografía las matrículas de todos los coches de alta gama que veas.
- Si me ven haciendo eso pueden sospechar.
- Es cierto y demuestras ser cauto, como debe serlo todo buen policía. Es obvio que estoy perdiendo facultades. Haz una cosa, yo me quedo aquí y tú llévate a Luis y entre los dos simuláis que os estáis haciendo fotos mientras retratáis las placas. Cuando terminéis estaré aquí esperándoos.
   Mientras Álvarez y Ballarín marchan hacia la calle, el primero comenta:
- ¡Quién nos lo iba a decir, que íbamos a terminar nuestra carrera de policías en el barrio de La Elipa! Manda cojones.

martes, 4 de abril de 2017

119. Una propina de veinte euros



   El viernes por la mañana se reúne el cuarteto de jubilados en casa Grandal que les cuenta que un antiguo amigo del Cuerpo, prefiere no revelar que ha sido Blanchard, le ha enviado la ficha de la policía colombiana sobre Efraím Gomes Restrepo. Su historial revela una afición que quizá pueda servirles para poder localizarlo: es un fan del béisbol. En función de lo que hayan descubierto en internet sobre la implantación de ese deporte en España esa podría ser una pista más efectiva que buscarlo en bares, restoranes y otros sitios donde se concentren los colombianos residentes en Madrid. Álvarez es quien ha conseguido la mayor información. Antes de entrar a hablar del béisbol español, sus amigos tienen que soportar que les cuente algunas historias de cuando fue jugador de rugby universitario en el equipo del Colegio Mayor Ximénez de Cisneros.
- …  y el primer equipo del colegio fue el líder indiscutible durante un montón de años de la competición de Colegios Mayores de Madrid, así como del torneo Alfonso XIII de la Universidad Complutense. ¡Aquellos sí que fueron buenos años! – recuerda con emoción -. Precisamente fue entonces cuando conocí a otros universitarios que jugaban al béisbol. Si no recuerdo mal eran de los primeros beisbolistas que hubo en España.
- Luis, y yo que creía que lo tuyo era el fútbol y ahora nos sales con el rugby – ironiza Ponte.
- Bueno, caballeros, que nos estamos desviando del objetivo prefijado. Centrémonos en lo que habéis averiguado sobre el béisbol en nuestro país.
- De acuerdo – Álvarez ordena unas hojas en las que ha imprimido la información de la red sobre el béisbol español -. Aunque el béisbol es un deporte que no goza de gran popularidad entre los españoles, lo primero a destacar es que a nivel competitivo la selección de béisbol de España es la tercera potencia europea, lo que tampoco supone tanto puesto que en Europa la afición a ese deporte es también muy minoritaria. Existe una liga española de béisbol regida por la Real Federación Española de Béisbol y Sóftbol y que funciona desde mil novecientos cincuenta y ocho, pero no es hasta mil novecientos ochenta cuando se establecen las actuales divisiones: la División de Honor y la Primera División A.
- Háblanos del béisbol en Madrid que es lo que nos interesa – le apremia Grandal.
- El año pasado eran ocho los equipos que militaban en la División de Honor y ninguno de ellos era de Madrid, aunque si hay clubes madrileños que juegan en la Primera División.
- Por curiosidad – le interrumpe Ponte -, ¿en qué lugares juegan equipos de los de la División de Honor?
- En sitios tan distintos como Navarra, Valencia, Cataluña, Bilbao y Tenerife – responde Alvarez tras lo que retoma el hilo de su exposición -. En nuestra comunidad hay varios clubes: el Club de Béisbol y Sóftbol Rivas-Vaciamadrid, el Villalbilla Béisbol Club, el Club Béisbol Gatos de Madrid y la Escuela Municipal de Béisbol de Madrid, que radica en la capital pero que solo juega en las categorías de alevines y cadetes. Además está el Centro Deportivo Municipal La Elipa que cuenta con un campo de béisbol, pero sin ningún equipo federado. Ah, otra cuestión, en algunos clubes se juega indistintamente al béisbol y al sóftbol.
- ¿Y qué coño es eso de sóftbol? – inquiere Ponte.
- Es un deporte hermano del béisbol. Difieren en las reglas, pero comparten la esencia del juego: batear la pelota lanzada por el pitcher. Se puede decir que el sóftbol es una derivación suave del béisbol. Y no es un juego cualquiera, fue deporte olímpico en Atlanta y volverá a serlo en la Olimpiada de Tokio en el dos mil veinte.
- O sea que en Madrid solo hay un club donde se juegue regularmente al béisbol, ¿no es eso? – pregunta Grandal.
- Lo que hay es todo lo que he encontrado en la red, te lo puede confirmar Amadeo con quien he coordinado la navegación – contesta Álvarez -. He intentado recordar el nombre de algunos de aquellos pioneros del béisbol español de los sesenta por si me podían facilitar más información, pero mi memoria parece que ha borrado esos recuerdos.
- Bueno, pues si eso es cuánto hay tenemos el campo de investigación muy acotado. Ahora es cuestión de hacerse con el calendario de la competición y del emplazamiento de los terrenos de juego de los cuatro clubes madrileños que juegan al béisbol – comenta Grandal.
- De todo eso se ha encargado Amadeo – informa Álvarez.
   Ballarín abre su inseparable cartera de mano y saca unas fichas que coloca ordenadamente encima de la mesa. En la primera ficha está el calendario de competición de la Liga Nacional de Primera División de Béisbol. Luego hay otras fichas, una para cada uno de los clubes madrileños que juegan. El Club de Béisbol y Sóftbol Rivas que en la actualidad tiene equipos en todas las categorías. El campo de juego está en el Polideportivo Cerro del Telégrafo en Rivas-Vaciamadrid, ciudad sita al este de Madrid y de la que dista unos quince kilómetros. Otra ficha es del Club Villalbilla Béisbol Club, que juega en el Campo Municipal de Béisbol, Urbanización El Zulema de Villalbilla. La última ficha recoge los datos del Club Béisbol Gatos de Madrid y que es la más escueta, solo pone que su equipo juega en el Polideportivo Municipal de La Elipa que se encuentra en el parque del mismo nombre dentro del barrio de La Elipa.
- Bien, pues ahora es cuestión, de acuerdo con el calendario de partidos, de organizar las visitas a Rivas-Vaciamadrid, Villalbilla y al Polideportivo de La Elipa – sintetiza Grandal.
- Yo ofrezco mi coche para los desplazamientos fuera de Madrid. Es lo suficientemente grande para que quepamos los cuatro cómodamente – ofrece Ballarín.     
   Resulta que en el calendario de la Liga Nacional de Béisbol de 1ª División hay años en que solo participa el Club de Béisbol y Sóftbol Rivas y que en los demás la previsión de las competiciones es bastante aleatoria. Al final lo que deciden es olvidarse de cualquier clase de competición y simplemente visitar los distintos terrenos de juego. Como les explica Álvarez, todo eso ocurre porque en Europa no hay prácticamente béisbol profesional y España no es una excepción.
   El primer campo que visita el cuarteto es el del Polideportivo Cerro del Telégrafo en Rivas-Vaciamadrid, donde tiene sus reales el que parece el club más potente de la comunidad. No descubren ningún rastro de Efraím, aunque si hay un dato prometedor: entre sus jugadores alevines y cadetes se adivinan por sus rasgos muchos chavales procedentes de allende el Atlántico Sur. Una vez más es Álvarez quienes les explica el motivo: en muchos países latinoamericanos el béisbol tiene una fuerte implantación. Lo único positivo que sacan del viaje es saber algo más de Rivas-Vaciamadrid, población que ha crecido vertiginosamente desde los 500 vecinos de 1980 a los 80.000 de la actualidad, dando lugar a un asentamiento de aluvión que es considerado como el de mayor expansión demográfica de Europa.
   En Villalbilla visitan el campo de béisbol de la Urbanización El Zulema. El resultado es el mismo, ni rastro del narco colombiano, pero si aprenden más cosas del pueblo, municipio de la Comunidad de Madrid próximo a Alcalá de Henares y que cuenta con una población de once mil habitantes.
   La última visita es al Polideportivo de La Elipa. Lo que ven allí es más una escuela para la formación de futuros beisbolistas que otra cosa. Los practicantes son casi todos niños y adolescentes. Sin embargo, es en La Elipa donde se enteran de un dato prometedor. El que atiende el bar, entre café y café, les comenta que de uvas a peras, cuando el campo tiene horas libres, se reúne un grupo de latinoamericanos, todos ellos acérrimos aficionados al béisbol, para batear unas bolas y cuando hay quórum a veces terminan organizando un partido entre amigos.
- ¿Y hay colombianos entre ellos? – pregunta Grandal.
- Hay de todas partes, desde argentinos y chilenos hasta cubanos y mejicanos y, por supuesto, también hay colombianos. Lo mejorcito de cada casa, vamos.
- No parece que le caigan muy simpáticos – apunta Álvarez.
- Ni simpáticos ni antipáticos, lo que pasa es que dejan unas propinas de puta pena, eso cuando las dejan.
- ¿La próxima vez que se reúnan querrá llamar a este teléfono? – pide Grandal al del bar dejándole de propina un billete de veinte euros en el que ha garabateado un número.