viernes, 24 de marzo de 2017

116. Buscando guardaespaldas




   Grandal, tras oír la propuesta formulada por sus jubilados amigos, se queda pensativo. Puesto que la policía por el momento tiene la orden de dejar en stand by la investigación del robo del tesoro es cierto que a ellos se les brinda una oportunidad inmejorable para seguir con sus pesquisas por libre, puesto que dicha orden no les atañe en absoluto. Pensando como policía tiene claro el guion de lo que podría suponer la búsqueda de Efraím Gomes: ir preguntando por el sujeto allí donde suelen reunirse sus paisanos, enseñar su fotografía para que alguien pudiera identificarle, poner en marcha a los chivatos habituales por si habían oído algo; en fin, seguir el protocolo reglamentario. Pero lo que proponen sus amigos es diferente. Sería una investigación mucho más discreta, nada de preguntas, nada de mostrar fotos, nada de acudir a la red de soplones. Se trataría simplemente de buscar al objetivo, pero de manera pasiva. Aunque se da cuenta de que hay un peligro en la sugerente proposición de sus amigos.
- Reconozco que vuestro plan es interesante y, sobre todo, parece practicable, pero hay una falla en el mismo. Si lo he entendido bien, se trata únicamente de observar para ver si localizamos al antiguo dependiente de la frutería del río. Vale, pero… ¿qué pasa si nos topamos con el sujeto y también él nos recuerda?
- Eso ya lo tenemos previsto – contesta Ponte -. Primero, es bastante improbable que Efraím se acuerde de nosotros porque no hablamos directamente con él, solo lo hicimos con el frutero. Y segundo, en el supuesto de que el tipo recordara nuestras caras, nos haríamos los longuis. Solo podría ver a una panda de vejetes que están echando una cana al aire – explica Ponte.
- En este último supuesto, yo voy un paso más allá – dice Ballarín -. Si nos reconociera, algo más que dudoso como ha dicho Manolo, y se acercara a nosotros tendríamos que mostrarnos sorprendidos puesto que le diríamos que no nos acordábamos de él. Y ojalá ocurriera eso porque sería una ocasión inmejorable para pegar la hebra y poder sacarle más información.
   Grandal se queda pensativo. Lo que proponen sus amigos no es tan descabellado como parecía a primera vista. Incluso podría deparar resultados.
- ¿Y dónde habéis pensado que vayamos para ver si nos topamos con el Efraím de marras?
- En principio – responde Ponte -, a sitios donde se reúnen periódicamente los sudamericanos que viven en Madrid, especialmente los que están al aire libre. Discutimos si ir también a las discotecas en que ponen música latinoamericana, pero eso nos pareció excesivo porque ¿qué pintábamos un grupo de carrozas como nosotros en un sitio donde se baila salsa, cumbia y demás ritmos caribeños?
- Además de los lugares al aire libre – añade Ballarín -, se me acaba de ocurrir que también podíamos visitar algunos de los lugares que menciona el artículo del ABC que os acabo de leer. Porque si es cierto que en una sala de baile íbamos a llamar más la atención que un pingüino en una playa del Caribe, también lo es que en un restorán o en una cafetería pasaríamos más desapercibidos.
- A ver, recupera ese artículo y dinos que lugares son esos en los que un colombiano se sentiría como en casa – pide Grandal.
   Ballarín vuelve a trastear en su Smartphone hasta que encuentra el artículo.
- Los lugares que cita son estos – y lee -: Restaurante Patacón Pisao, Cafetería La Rochela, Sala Emoxion, Tienda de ropa Menina Maluka, Restaurante Papita Criolla, Centro Hispano-Colombiano de Villaverde, El restaurante Mirador de La Fogata, Embajada de Colombia, Restaurante Crêpes and Waffles y la estación de Metro Colombia.
- Bien. De entrada, podríamos desechar la sala de fiestas, la tienda de ropa, ese centro hispano-colombiano y, por supuesto, la Embajada de Colombia y centrarnos en los restantes.
- ¿Eso quiere decir que apruebas el plan? – pregunta Ponte, evidentemente satisfecho.
- Aun lo tengo que pensar más detenidamente, pero en principio parece un plan realizable y en el que los posibles riesgos son mínimos o inexistentes si se procede con la necesaria cautela.
- A esos lugares a los que podemos ir se podrían añadir algunos lugares al aire libre en los que me consta que periódicamente se suelen reunir los inmigrantes latinoamericanos. Recuerdo que tuvimos una asistenta que solía reunirse con sus amigas en una zona del Parque del Oeste en la que hay mesas con bancos corridos y en verano también solían verse en la Casa de Campo. Y si lo investigamos es bastante probable que encontremos más puntos de reunión de ese tipo – explica Álvarez.
   Ballarín, que sigue tecleando en su Smartphone, vuelve a informar de otro hallazgo:
- He tecleado guía de restaurantes colombianos en Madrid y me salen cerca de treinta. Por tanto el campo de exploración se ensancha notablemente.
- Bien, lo dicho, voy a pensármelo – reitera Grandal -. Mientras tanto, Amadeo y Luis enviadme toda la información que encontréis en internet sobre los lugares madrileños en los que suelen reunirse los latinoamericanos, especialmente los referidos a los colombianos. En cuanto haya tomado una decisión os la haré saber. Hasta ese momento, os pido por favor que no hagáis nada no sea que la caguemos.
   Cuando se van sus amigos, Grandal se queda meditando sobre el plan que han propuesto los vejetes. Se reafirma en que podría ser practicable, con casi cero probabilidades de correr riesgos, pero le asalta una duda. En toda línea de investigación siempre existe el peligro de hacer algo mal, de cometer una imprudencia o, simplemente, de que los dados de la suerte jueguen en tu contra. Para mayor seguridad convendría que en sus correrías tuvieran alguna clase de respaldo, alguien que hiciera el papel de guardaespaldas. Piensa que no sería necesario si él fuera armado, pero rápidamente desecha la idea. Nunca fue el más rápido del Oeste en lo tocante a desenfundar la pistola y ahora, con los sesenta cumplidos, lo debe de ser mucho menos. Quizá, se dice, podría recurrir a algún policía de los que estuvo a sus órdenes y que todavía siga en activo de pedirle el favor para que les hiciera de escolta, pero esos no son favores de los que se piden así como así. Entonces, ¿contratar a un gorila profesional? Sus pensiones no dan para tanto. 
 - Esto solo se lo podría pedir a alguien que estuviera, de algún modo, involucrado en el caso – dice en voz alta -, ¿pero a quién? A los Sacapuntas ni soñarlo, a… - de pronto se da cuenta de que sí hay alguien que está involucrado y al que le da en la nariz que no se negaría. No lo duda un segundo, llama a Blanchard.
- Michel, soy el comisario Grandal, necesito hablar con usted pero, al igual como me pidió en la última vez que conversamos, tanto Juan Carlos como Eusebio tienen que quedar al margen de nuestra charla.
   El inspector francés no le pone ningún inconveniente y quedan al día siguiente en el bar Kulto al Plato especializado en pinchos vascos. Grandal sabe, se lo contó Bernal, que el policía galo además de un enamorado de la lengua española se pirra por los platos regionales. Allí, entre pincho y chupito de chacolí, el excomisario le explica a Blanchard el plan ideado por sus amigos para buscar a Efraím Gomes en los lugares donde suelen reunirse los colombianos residentes en Madrid. No es probable, pero sí posible que algo pudiese salir mal y que quizá necesitasen que alguien les guardara las espaldas. Ese escolta solo podía ser alguien que estuviese metido en el caso. No se lo podía pedir ni a Eusebio ni a Juan Carlos porque podían arriesgarse a un expediente por falta grave, pero su caso era distinto. Solo era un colaborador externo que, realmente, solo respondía ante sus jefes naturales los cuales difícilmente se iban a enterar. En cualquier caso, si decía que no entendería su negativa y seguiría teniendo toda su consideración. Como intuyó Grandal desde el primer momento en que pensó en él, Blanchard no se lo piensa demasiado.
- Comisario, no me importaría nada apoyarles en su búsqueda, pero el plan que me ha descrito está cogido con alfileres. Antes de ofrecerle mi ayuda me gustaría poder saber más detalles tales como a dónde piensan ir, como organizar la investigación, con qué recursos se pueden contar, etcétera. Y, por supuesto, me tendrían que prometer la mayor discreción sobre mi participación y la de que únicamente recurrirían a mí ayuda si en algún momento el asunto se pusiera feo de verdad.
   Grandal pone un WhatsApp a sus amigos: Hay novedades. Os espero mañana.

martes, 21 de marzo de 2017

115. El camino más corto entre dos puntos no es siempre la línea recta



   Los inspectores del Caso Inca esperan a Grandal para que les cuente los resultados de su investigación sobre el sujeto cuyas huellas se han encontrado en Fuenlabrada y en el chalet donde estuvo secuestrada María Victoria. El excomisario les cuenta como uno de sus amigos reconoció al tipo de la foto que le habían facilitado y como el patrón de una frutería  confirmó que aquel sujeto había estado trabajando unas semanas en su establecimiento, ubicado cerca de donde vivía Obdulio Romero, presunto cómplice de los ladrones del Tesoro Quimbaya.
- Ese último dato es elocuente, comisario – afirma Bernal -. Porque un tío que curra de dependiente en una frutería sin tener idea de ello, que se despide a la francesa sin siquiera molestarse en cobrar su última semana, que le visitan unos amigos que conducen un BMW de alta gama y, lo que resulta más llamativo, que el fulano trabajaba en un sitio que está a menos de cien metros de donde vivía Obdulio Romero, presunto cómplice de los asaltantes del furgón blindado, y al que pasaportaron de mala manera. ¿A qué os suena todo esto?
   Atienza es quien responde:
- A que, posiblemente, estaba allí para poder vigilar lo que se decía en el barrio sobre las andanzas de Romero, especialmente en si gastaba más pasta de la que, lógicamente, debía de tener.
- Y que luego – añade Blanchard – aparece mezclado en el tiroteo del polígono de Fuenlabrada y en el secuestro de María Victoria. Todo eso no es casualidad. Ese sujeto, probablemente, pertenece a una banda que ha tomado parte en los dos incidentes anteriores y, también es muy posible, en el asesinato de Obdulio Romero. ¿Qué opina, comisario? – pregunta el galo dirigiéndose a Grandal.
- Que estoy al cien por cien de acuerdo con vuestras deducciones. Ese es el hilo que nos hacía falta para desenredar el ovillo del caso.
- Lo primero que hay que hacer es saber más del tal Efraím Gomes Restrepo – reclama Atienza - Vamos pedir a los compañeros de nuestra embajada en Bogotá que soliciten a la policía colombiana la ficha del tipo, que un fulano como ese es bastante posible que tenga un historial más largo que El Quijote. También podemos hacer idéntica petición a Interpol.
- Para el acelerador, majete, que ahí pinchamos en hueso – Bernal refrena el ardor de su compañero -. ¿Te has olvidado que oficialmente estamos en stand by? Lo que quiere decir que no podemos pedir la ficha de ese tipo por los conductos reglamentarios.
- El camino más corto entre dos puntos no es siempre la línea recta – sentencia Grandal.
- Comisario, a veces pareces la Sibila – ironiza Atienza -, pero como te voy conociendo deduzco que estás sugiriendo que utilicemos otros conductos que no sean los oficiales, ¿pero cuáles?
   Blanchard toma la palabra:
- Creo que tengo la solución. Un compañero de promoción y buen amigo mío está en la embajada de mi país en Bogotá. Puedo pedirle que contacte privadamente con algún amigo o conocido que tenga en la policía colombiana y que le pida los antecedentes del tal Efraím. ¿Estáis de acuerdo?
- ¿Qué si estamos de acuerdo? Si no fuera porque está presente el comisario, que es hombre chapado a la antigua y se escandalizaría, ahora mismo te daba un beso en la boca amigo Michel – afirma un sonriente Bernal.
   Y en eso quedan. Mientras tanto no queda otra que esperar.
   Al día siguiente, Grandal cuenta a sus jubilados amigos de lo que se habló en la reunión con los inspectores del Caso Inca y la principal resolución que se tomó: la de buscar, bajo mano, el historial del falso dependiente de la frutería de la Avenida del Manzanares.
- ¿Y no lo van a buscar aquí? – pregunta Álvarez -, lo digo porque tan seguro como que me llamo Luis que ese fulano está en Madrid.
- Oficialmente no pueden hacerlo. Tienen órdenes de sus jefes de no iniciar ninguna clase de investigación relativa al robo – recuerda Grandal.
- Es una lástima porque buscar a un colombiano en Madrid no debe ser tan difícil – precisa Ponte -. No creo que haya tantos como para que no se pueda localizar a un sujeto concreto.
- Dadme un minuto que pregunto a Cortana cuantos residentes colombianos hay en Madrid – dice Ballarín mientras saca su Smartphone.
   Solo necesita unos segundos para que el teléfono inteligente le ofrezca una respuesta:
- Según datos del INE en 2015 había censados algo más de ciento cuarenta y cinco mil colombianos residentes legales en España. Si a ellos les añadís, como poco, un veinte por ciento más que están de extranjis, nos situamos por encima de los ciento setenta y cinco mil – les informa Ballarín.
- ¿Y de esos cuántos en Madrid? – quiere saber Grandal.
- Ese dato no lo dice, tendría que mirar en la web del Ayuntamiento, pero funciona de pena.
- Ponle que un veinte por ciento de los que ha dicho Amadeo residan aquí, eso nos pone en unos treinta mil colombianos que viven en la capital. Tampoco son tantos – insiste Ponte.
- Yo sé que existen sitios en los que se reúnen habitualmente los sudamericanos. Todo sería buscar cuales son esos lugares y visitarlos, seguro que encontrábamos a alguien que le conocía aunque fuera de vista – sugiere Ballarín.
- Tengo entendido que hay una red de discotecas o cómo diablos se llamen ahora que están especializadas en música latinoamericana y a las que acuden montones de sudacas – informa a su vez Álvarez.
- Escuchad – dice Ballarín que sigue trasteando con su Smartphone -, acabo de encontrar un artículo en el ABC que se titula: Diez rincones madrileños para que Jame Rodríguez se sienta como en casa. Y añade que estos son los lugares más colombianos de la comunidad.
- ¿Y quién es ese James Rodríguez si se puede saber? – pregunta Ponte.
- Manolo, tu ignorancia futbolística raya en lo increíble. ¿De verdad no sabes quién es James? – inquiere Álvarez, acérrimo fan del Real Madrid, que ante la negativa de Ponte le explica –
James David Rodríguez Rubio es un futbolista colombiano que juega como mediocampista ofensivo en el Madrid y que también es internacional con la selección de Colombia, de la cual es capitán.
- Lo que iba diciendo – retoma la información Ballarín -. En la relación del ABC aparecen restaurantes, cafeterías, discotecas, tiendas de ropa…; en fin, lugares generalmente regentados por colombianos y que son visitados asiduamente por sus compatriotas. Sería fácil peguntar en esos sitios por el Efraím.
- Me tenéis alucinado, ¿vosotros sabéis lo que estáis proponiendo? – inquiere Grandal que se ha puesto serio -, ¿acaso estáis sugiriendo que los que nos pongamos a buscar al Efraím seamos nosotros ya que la policía no puede hacerlo?
- ¡Coño, y quien si no! – replica Álvarez.
- Vamos a ver si os lo explico otra vez y os enteráis. Hasta ahora, ¿a qué clase de gente hemos investigado? A los empleados del museo de los que sospechábamos que fueran cómplices de los ladrones y a unos gitanos, pero nunca nos hemos visto las caras con delincuentes habituales, ¡y qué delincuentes! Si el tal Efraím pertenece a una banda de narcos, como es más que posible, sabed que son de los malhechores más violentos y agresivos del mundo. De los que no se andan con medias tintas y se te llevan por delante por menos que canta un gallo. Dicho de otro modo, a ver si os enteráis de una puta vez, de investigar a Efraím nada de nada. Eso es jugar en la Champions League y a nosotros no nos querrían ni en un equipo de tercera regional.
- Hombre, Jacinto, tampoco es que tengamos que enfrentarnos directamente a ningún narco. Eso no es lo que habíamos pensado – se defiende Álvarez.
- ¿Qué es eso de que lo habíais pensado? ¿Es que ya habéis tratado esta cuestión a mis espaldas? – pregunta un mosqueado Grandal.
- A tus espaldas, no, pero como últimamente pasas más tiempo con los Sacapuntas que con nosotros algo sí habíamos comentado, porque de alguna cuestión hay que hablar, ¿o no? – explica Ballarín.
- ¿Y qué es lo que habéis pensado?, si se puede saber – inquiere Grandal que sigue con su mosqueo.
- Veras, Jacinto, y no te subas a la parra por favor – ruega Ponte -. De lo que hablamos fue que podíamos ir a visitar algunos de los sitios donde generalmente se reúnen los sudamericanos y más concretamente los colombianos. Y hacerlo como lo que somos, como un grupo de señores mayores que sienten curiosidad por conocer esos ambientes. Sin preguntar por nadie, sin aludir para nada al robo, sin enseñar ninguna foto, pero llevando bien grabada en la cabeza la jeta del tal Efraím, de manera que si lo veíamos ya lo tendríamos localizado. Después de eso lo dejaríamos en manos de tus amigos policías y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
- No sé si sois unos genios o unos descerebrados – es lo único que se le ocurre a Grandal.