viernes, 3 de marzo de 2017

Capítulo 22. El stand by no va con los jubilados.- 110. Los viejos no tiran la toalla



   Grandal cita a sus amigos para contarles la reunión mantenida con los investigadores del Caso Inca. Antes de que pueda decir nada, Álvarez deja caer la propuesta de que al terminar podrían echar una partidita de dominó pues hace días que no juegan.
- Coño, Luis, no hemos venido a echar una partida. Estamos aquí para que nos cuente Jacinto lo que opinaron los Sacapuntas de nuestro análisis sobre las últimas noticias del robo – le reconviene Ballarín.
   El excomisario les explica el encuentro con sus jóvenes colegas y el análisis que hicieron a partir de los dos últimos datos relativos al robo: la oferta de los cubanos y la orden de dejar en stand by las investigaciones. Cuando Grandal termina su relato, Ponte resume lo dicho.
- O sea, que los polis ahora saben a quién tienen que buscar, pero no pueden hacerlo porque se lo han prohibido sus mandos.
- Yo no lo hubiera resumido mejor – admite Grandal a quien le gusta dar jabón a sus veteranos compinches.
- Oye, Jacinto, ¿y los Sacapuntas no podrían hacer como que no hacen nada, pero bajo cuerda seguir investigando? – pregunta maliciosamente Álvarez.
- Pues no, Luis. No pueden hacerlo porque la obediencia a las órdenes es una de las normas básicas del Cuerpo. Si la incumplieran, podrían expedientarles e imponerles una dura sanción.
- Mira por donde, eso es algo que no nos puede pasar a nosotros. No tenemos mandos, aunque a veces llamemos a Jacinto jefe. Por tanto, tampoco hemos de atenernos a ninguna clase de obediencia y no existe nadie que pueda expedientarnos – señala humorísticamente Ballarín.
- Lo que es tanto como decir que nosotros sí que podemos seguir investigando – afirma Ponte.
- Mira, eso es algo en lo que no había caído – admite Álvarez que añade - ¿Y se puede saber qué podríamos investigar? – pregunta, más en plan de guasa que otra cosa.
- A ver, a ver, vamos a centrarnos – pide Grandal -. ¿Estáis diciendo que os gustaría continuar las investigaciones sobre el robo del tesoro?
   Los tres viejos se miran entre sí y casi al unísono, como si se hubieran puesto de acuerdo previamente, exclaman:
- ¡Equilicuá!
- ¿No podéis decir simplemente sí como todo el mundo? – se burla Grandal y cambia de registro al adoptar un tono a medio camino entre la sorpresa y una cierta irritación -. No sé si habéis perdido el poco seso que os debe quedar. ¿Vosotros sabéis lo que estáis diciendo?, ¿os habéis parado a pensar a quién habría que investigar ahora?
- La verdad es que yo no me he parado a pensar qué es lo que podríamos investigar, pero para eso estás tú, apuesto que ya mismo nos lo explicas – afirma despreocupadamente Álvarez.
   Puesto que tanto Ballarín como Ponte secundan la petición de Álvarez, el excomisario se pone en plan didáctico.
- Vamos a ver, mis queridos matusalenes, si os queda claro cómo está el panorama. La situación es la siguiente. Los servicios cubanos de inteligencia, probablemente a instancias de las FARC, han ofrecido oficiosamente al gobierno español devolverles lo que parece ser el tesoro robado si, pese a estar en funciones, continúa apoyando las conversaciones de La Habana entre la guerrilla y el gobierno colombiano. Los analistas del CNI y de la policía dan a la propuesta un alto grado de verosimilitud. Llegados aquí, hay un racimo de preguntas a plantear. ¿Fueron las FARC autoras del robo del tesoro? Respuesta: es posible, pero altamente improbable. Otra pregunta: ¿tienen las FARC en su poder las piezas robadas? Respuesta: es posible, pero sumamente dudoso. Entonces – prosigue el excomisario -, ¿quién robó el tesoro y quién retiene las joyas? Dados los interesados nexos entre la guerrilla y algunos cárteles de la droga, todos los indicios apuntan a que son estos últimos los que efectuaron, o mandaron realizar, el robo y los que se supone que conservan las piezas robadas. Dicho en cristiano para que se me entienda: a quien habría que investigar ahora es a los narcos que presuntamente son los protagonistas de esta historia sin fin.
- Bueno, ya estuvimos investigando a tipos que estaban en lo da la droga. Sin ir más lejos, a los Corrochanos – apunta Ballarín.
- Es que ahora no hablamos de un clan gitano de medio pelo, estamos hablando de unos delincuentes que se encuentran entre los más violentos y sanguinarios del mundo. De unos fulanos que manejan más dinero que los presupuestos de muchos ministerios. De unos tipos cuyo principal territorio de actuación son algunas regiones selváticas de Colombia y Perú, pero que extienden sus garras por medio mundo. Entonces, ¿estáis dispuestos a enfrentaros a gente cuyos sicarios matan por un puñado de dólares?, ¿queréis encararos con clanes que tienen pasta para corromper a políticos, jueces y policías?, ¿estáis preparados para viajar a Sudamérica o adónde sea a proseguir las investigaciones?
   Los contundentes interrogantes de Grandal generan un silencio sepulcral, da toda la impresión de que los viejales no se han parado a pensar en todo lo que el excomisario acaba de explicarles.
- O sea, que si te he entendido bien, Jacinto, a los policías les han mandado parar sus jefes y a nosotros la realidad, ¿no es eso? – resume Ponte.
- Lo has entendido perfectamente.
- Es decir, que tampoco podemos hacer nada – resume Ballarín.
- Algo siempre se puede hacer – objeta Grandal que añade -, pero por vía indirecta. No podemos; mejor dicho, no debemos investigar a los posibles ladrones del tesoro, dado el enorme riesgo que ello supondría. Por otra parte, tampoco tenemos medios para hacerlo. Ahora bien, sí podríamos seguir algunas pistas que de modo tangencial podrían servir para facilitar el desenlace del caso y que están a nuestro alcance y en las que el peligro que podríamos correr digamos que es asumible.
- ¡Y se puede saber a qué diablos esperas para contárnoslo, alma de cántaro! – exclama Álvarez que es muy castizo en sus expresiones.
- Vaya, hombre, me han llamado muchas cosas en mi vida, pero nunca me habían tildado de alma de cántaro, porque soy cualquier cosa menos ingenuo – responde Grandal que mira socarronamente al autor de la frase.
- No es más que una forma de hablar, Jacinto. Si te he molestado, lo retiro y pido disculpas – se excusa Álvarez.
- Dejaros de jueguecitos coloquiales, que parecéis dos chicos de primero de la ESO, y vamos al grano – les reprende sin un grano de acritud Ponte -. ¿Qué pistas son esas en las que podríamos seguir hurgando?
- Veréis – Grandal se repantiga en la silla y adopta una pose más profesoral todavía -. Desde que supe que la Dirección General de la Policía había dado la orden de dejar en stand by las investigaciones sobre el robo, no he cesado de darle vueltas a aquellos flecos, relacionados de alguna manera con el robo, que no han sido investigados a fondo y que, en el supuesto de hacerlo, podrían aportar alguna luz al caso. Y creo haber descubierto, al menos, dos. Uno de ellos ligado con el tiroteo del polígono de Fuenlabrada. El otro, con el secuestro de María Victoria, que en su momento os conté.
- Espera, Jacinto, a ver si te he cogido el hilo – ruega Ponte -. El suceso de Fuenlabrada establece un nudo de unión entre los Corrochanos, una empresa china dedicada al lavado del dinero, y unos narcos colombianos que son, por un lado, los proveedores de droga para el clan gitano y, por otro, clientes de los chinos para lo del blanqueo de la pasta. ¿Te sigo?
- Perfectamente, Manolo – le adula Grandal.
- Lo que no me cuadra – prosigue Ponte – es que tiene ver el incidente de Fuenlabrada con lo del secuestro de la zaragozana, ¿qué pinta en esta historia la especialista en arte indígena?
   El excomisario da cumplida respuesta a las dudas de su amigo-
- Verás, Manolo. En el caso de María Victoria los que la secuestraron para que autentificara unas piezas quimbayas eran latinoamericanos. Y en el tiroteo de Fuenlabrada también participó algún sudamericano. ¿Qué supone todo ello? Pues que hay en España una banda de sudacas que sigue actuando en asuntos que, directa o indirectamente, tienen algún tipo de relación con el robo. ¿Es esa banda la que efectuó el robo? No lo creo, pero si es posible que esté de alguna manera conectada con los que lo llevaron a cabo. Pues bien, esas dos pistas, la de Fuenlabrada y la de Zaragoza, son en las que podríamos seguir hurgando.
- Ya nos dirás cómo – quiere saber Ballarín.
- En eso estoy. Cuando lo tenga claro, discutiremos sobre ello.
- Si hemos terminado, podríamos echarnos una partidita, ¿vale? – reitera Álvarez.
- Luis, majo, eres más repetitivo que un tornillo pasado de rosca – le apostrofa Ballarín.

martes, 28 de febrero de 2017

109. Una larga cambiada



   Atienza, tras dejar a Bernal y Blanchard a quienes les ha contado su entrevista con el miembro de la CIA, se apresura a ponerse en contacto con la persona que le ha dado su teléfono a Connolly: Pérez Recarte, su antiguo amigo y compañero de estudios que trabaja en el Centro Nacional de Inteligencia. Quiere saber más cosas del norteamericano.
- Lupe, buenas noches, soy Juan Carlos Atienza.
- Hola, Juanca. ¿Qué tal estás, cómo te va la vida? Supongo que querrás hablar con Quique, pero no está, tiene guardia de noche y no regresará hasta mañana. Le pondré una nota de que le has llamado porque hasta que vuelva de dejar a los niños en el cole y hacer la compra no le veré – le explica la mujer.
- Gracias, Lupe, pero no es necesario que le dejes ninguna nota. Quiero preguntarle algo, pero no es nada urgente. Ya le volveré a llamar. Un besazo.
   Bueno, se dice, Atienza, pues llamaré a Grandal con quien tengo una cita pendiente. Queda con el excomisario que se reunirán al día siguiente, treinta de marzo, en la Brigada de Patrimonio. Acto seguido pone sendos WhatsApp a los dos compañeros con los que comparte la coordinación del Caso Inca informándoles de la reunión con Grandal a quien según han acordado no le contarán nada sobre que la CIA también está interesada en el caso.
   El excomisario, que sabe cómo trabajan sus jóvenes colegas, se ha hecho una especie de chuleta en la que ha sintetizado las principales conclusiones extraídas de su conversación privada con Blanchard y a las que ha sumado las de sus ancianos amigos. Conclusiones basadas en los últimos datos conocidos del robo del tesoro: la oferta de los cubanos y la orden dejar en stand by las investigaciones sobre el caso. Después de los saludos de rigor, el excomisario pide que pongan un folio en blanco en el portapapeles.
- Como supongo que os ha contado Juan Carlos, anteayer estuve reunido con mis amigos, a los que también se les podría llamar analistas extraoficiales del caso, y estuvimos estudiando las dos últimas noticias sobre el robo del tesoro: la oferta de los cubanos y la orden dejar en stand by las investigaciones – al ver la cara de sorpresa de Atienza y Bernal y la de disgusto de Blanchard, Grandal se da cuenta de que acaba de cometer un fallo garrafal. Oficialmente, él no tenía que saber ninguna de ambas noticias, si las conocía era porque en una conversación tête-à-tête el policía francés se las reveló. Rápido de reflejos, da lo que en el mundo taurino se conoce como una larga cambiada y que en lenguaje coloquial es cambiar de conversación para evadirse  o enmascarar el tema anterior -. Dicho esto, os preguntaréis, ¿y cómo conoce Jacinto esas noticias? Respuesta: la de los cubanos la conozco a través de mis amistades del CNI, que no es Juan Carlos el único que tiene amigos en la Casa; en cuanto a la segunda, ya sabéis que en el Cuerpo los chismes corren como la pólvora y a las pocas horas que os mandaran parar las investigaciones la noticia ya se comentaba en la mitad de las comisarías de Madrid. En mi opinión creo que guardar un secreto no es una de las virtudes más acreditadas de la policía española. Una de las asignaturas que siempre he echado a faltar en la Escuela Nacional de Policía es la relativa a aprender a contener la lengua y que no sé cómo coño podría denominarse. Bien, aclarado el conocimiento de los últimos datos sobre el robo, prosigo.
   Sin preguntar si alguien quiere saber algo más sobre las fuentes que le han hecho saber ambas noticias, Grandal coge un rotulador y se acerca al portapapeles.
- Las conclusiones a las que he aludido, fundamentadas en el análisis de las noticias mencionadas son las siguientes – y en mayúsculas escribe en el folio: ¿Por qué os mandan parar? -. Respuesta: posiblemente, porque estabais acercándoos al desenlace y los que tienen autoridad para ello han optado por no intranquilizar a quienes parecen tener en su poder lo robado, no sea que cambien de opinión y decidan no devolver el tesoro. Una segunda conclusión: probablemente, la autoridad que ha dado la orden de parar esté, directa o indirectamente, en contacto con los que tienen el tesoro robado en su poder, ¿Preguntas?
- Suponiendo que tus conclusiones sean ciertas, ¿por qué nuestros mandos no nos han dicho lo que acabas de explicar? – inquiere Bernal.
- No lo sé, supongo que piensan que cuanto menos sepan lo que de verdad está ocurriendo menos probabilidades de fugas informativas habrá. Una aclaración antes de que formuléis más preguntas: habréis reparado que ambas conclusiones las he iniciado con sendos adverbios, posiblemente y probablemente. Que es tanto como decir que puede ser así, pero en lo que no hay una certeza del cien por cien. ¿Más preguntas?, ¿no?, entonces vamos con la segunda cuestión – y escribe en el folio: La oferta de los cubanos.
   Una vez ha escrito el dato de los cubanos, Grandal prosigue:
- La oferta de los servicios cubanos de inteligencia de que si el actual gobierno español, que no olvidemos que está en funciones, sigue apoyando las conversaciones de La Habana se le devolverán unos objetos históricos de gran valor, nos lleva a suponer que es bastante probable que alguno de los que intervienen en esa conferencia sea quien tiene el tesoro robado en su poder. Si partimos de esa premisa cabe preguntarse ¿cuál de ellos puede ser?
   Atienza, cual alumno aplicado, levanta la mano.
- ¿Quién tenga lo robado en su poder también es el que perpetró el robo?
- No, necesariamente. Es más, apostaría a que los que asaltaron el furgón blindado no son los mismos que actualmente custodian las piezas robadas. Y aclaro, es más una intuición que una certeza – responde Grandal, que sigue con su explicación -. Retomo el hilo de mi argumentación sobre quien puede tener el tesoro. Los interlocutores de las conversaciones son dos: el gobierno colombiano y las FARC. Y el intermediario principal, el gobierno cubano.
Analicemos a estos tres actores. El gobierno colombiano no puede ser quien tiene las piezas robadas. Es un gobierno legítimo y, por consiguiente, no cometería un delito, más contra un país como España con el que mantiene excelentes relaciones y al que necesita como puerta de entrada en la UE. Las FARC también las descarto. Bastante tienen con lograr un acuerdo de paz con su gobierno antes de que mueran de viejos sus líderes sin conseguir ninguno de los objetivos por los que dicen luchar. En cuanto a Cuba, creo que jamás daría el paso de robar un bien de otro estado soberano. La posición del gobierno cubano es mucho más frágil de lo que aparenta. Y en un casus belli, como el del robo, perdería mucho más que ganaría. Queda, pues, descartado.
- Si aceptamos tu tesis de que ninguno de los tres actores de las conversaciones de La Habana son los que retienen las piezas robadas, ¿entonces quién es? – inquiere Bernal.
- Esa es la pregunta del millón. Respuesta: es bastante probable que sea un cuarto actor que de manera presencial no aparece en la conferencia de La Habana, pero que apoya con todo su poderío a uno de los interlocutores. Me refiero a los cárteles colombianos de la coca. Y hablo en plural porque es posible que se hayan unido varios en una especie de joint venture. Es un dato probado que existe un interés mutuo entre las FARC y muchos de los narcos colombianos. Ambos tienen en el cultivo y distribución de la coca su principal fuente de ingresos. El principio que manejan es: lo que es bueno para los guerrilleros es bueno para los narcos.
- ¿Entonces…? - Atienza deja en el aire el final de su pregunta.
- Entonces, la última conclusión sería: buscar entre los principales cárteles colombianos. Ahí encontraréis quien planificó, posiblemente también ejecutó, y que probablemente es quien detenta el tesoro robado.
- ¿No crees, comisario, que utilizas otra vez demasiados adverbios? – pregunta con su habitual ironía Blanchard.
- Touché, estimado colega, pero es lo que hay.
- Os recuerdo que en el tiroteo del polígono de Fuenlabrada participó uno de los cárteles colombianos más agresivos, el llamado clan de los Varelas, que según mi fuente del CNI es quien proporciona la droga a los Corrochanos – puntualiza Atienza.
- Entonces, cuando se termine lo del stand by ya sabéis por dónde empezar a tirar del hilo – concluye Grandal.
- ¿Y por qué unos narcos iban a robar el tesoro? – inquiere Bernal.
- Esa es una buena pregunta, pero creo, amigo Eusebio, que ya sabéis la respuesta.

viernes, 24 de febrero de 2017

108. Vieques resulta ser Mr. Connolly



   Atienza se apresta a dirigirse al Hotel Barceló Emperatriz en la madrileña calle de López de Hoyos, donde tiene una cita con el señor Kevin Vieques, del que solo sabe, aparte de su nombre, que es portorriqueño y que quiere charlar con él de un asunto que preocupa a ambos. Como la cita tiene algo de incierto, hace algo poco habitual, coge su pistola, una Heckler &Koch USP Compact, semiautomática, del calibre nueve milímetros parabéllum, con un cargador de trece balas y que es el arma reglamentaria del Cuerpo de la Policía Nacional española.
   En recepción Atienza pregunta por el señor Vieques. Le está esperando en el bar. No tiene que volver a preguntar por él, en una mesita sita en un discreto rincón hay un hombre que cuando le ve entrar le hace un gesto con la mano y al acercarse se levanta para saludarle, hechos que ponen en guardia al policía. Este tío parece conocerme, ¿cómo es posible?, se pregunta el inspector de Patrimonio. El tal Vieques es grande y parece fuerte, aunque el ancho cinturón no oculta que su barriga comienza a expandirse. Por el moreno color de su tez podría pasar por español, piensa Atienza, aunque lo más sorprendente de su rostro es que tiene los ojos de un azul desvaído.
- Señor Atiensa, gusto en conoserle – el portorriqueño le ofrece una mano ancha y recia.
- El gusto es mío, señor Vieques. Por cierto, no recuerdo que nos hubiéramos visto antes.
   Vieques esboza una media sonrisa mientras invita a sentarse al policía.
- ¿Qué quiere tomar? – pregunta el portorriqueño.
- Lo mismo que usted.
- Dos wiskis con hielo – encarga Vieques al camarero que ha respondido a su llamada y luego se explica -. No, señor Atiensa, no nos hemos visto antes, pero previo a llamarle me tomé la molestia de echarle un repaso a su historial y en él había una foto que, por sierto, no le hase justisia, parese mucho más joven al natural.
- ¿Y de dónde sacó mi historial? – quiere saber Atienza que está empezando a ponerse alerta.
- Mire, señor Atiensa, entre profesionales creo que lo más práctico es jugar con las cartas vistas. Y para demostrarle mi buena voluntad comensaré yo. Para empesar, el apellido Vieques es el de mi mamá y lo suelo usar cuando estoy en un país de lengua española. Mi primer y autentico apellido es Connolly. Así se llamaba mi papá, un irlandés del condado de Waterford que tras emigrar a los Estados Unidos conosió en Nueva York a una linda portorriqueña, Mía Vieques, con la que se casó. Trabajé en lo mismo que papá, en la polisía neoyorquina, hasta que alguien pensó que el sargento Connolly de la brigada antiterrorista, que hablaba español con asento caribeño pero con total fluides, serviría mejor a su país estando en la Agensia que patrullando por el Spanish Harlem. Y esa, de forma resumida, es mi biografía. Ya ve, con la mala fama que tenemos los de la Agensia de ocultar nuestra verdadera identidad y de enmascarar nuestro trabajo y lo primero que hago es contarle mi vida o, al menos, la almendra de la misma.
   Atienza no se extraña demasiado, tenía el pálpito de que algo así podía ser el señor Vieques; mejor dicho, míster Connolly. Y decide pagar al americano con la misma moneda, la de la sinceridad.
- Le agradezco su franqueza en lo que vale, míster Connolly, es la mejor manera de entenderse. Y en lo que a mí respecta, como ha leído mi historial poco más puedo contarle.
- Llámeme Kevin, por favor, y sí, puede contarme mucho, justamente para eso estoy aquí.
- ¿Qué quiere saber?
- Lo que pueda contarme de las investigasiones de su grupo sobre el robo del Tesoro Quimbaya. Y le adelanto,…; ¿puedo llamarle Juan Carlos? – Ante el asentimiento del español prosigue -, y le adelanto que más o menos estoy al corriente de adonde habían llegado hasta fines de febrero.
   En ese momento es cuando Atienza lamenta haber tenido que posponer la entrevista con Grandal porque a buen seguro que el excomisario le habría aportado algunas conclusiones interesantes que quizá pudiera usar ahora como moneda de cambio, por otra parte se dice que es preferible que en esta entrevista, que supone que no será la última, no le cuente al americano todo cuanto sabe. Lo que hace es exponerle los dos últimos datos fehacientes del caso. El ofrecimiento de los servicios cubanos de inteligencia de que si el actual gobierno español en funciones sigue apoyando las conversaciones de La Habana, España podría verse recompensada con la devolución de unos bienes culturales. Connolly atiende como pudiera hacerlo un alumno que escucha una lección ya sabida; al menos, esa es la impresión que le produce a Atienza. En cambio, cuando le cuenta el otro dato: que los mandos superiores de la policía han puesto en stand by las investigaciones referentes al caso, le produce la impresión de que es algo que el norteamericano no conocía.
- Juan Carlos, le agradesco su sinseridad, pero aparte de los datos en cuestión, supongo que después de analisarlos alguna conclusión habrán sacado.
- En eso estamos, pero permítame, Kevin, hasta el momento el único que ha puesto sobre la mesa información he sido yo. Creo que antes de proseguir, ahora le toca a usted.
- Touché, mi amigo. Pregunte, que quiere saber que yo pueda contarle.
- ¿Cuál es el interés de la Agencia en el robo del Tesoro Quimbaya?
- Verá. El robo en sí no tuvo ningún interés para nosotros hasta que aparesió la oferta de los cubanos que usted ha contado antes. A partir de ahí es cuando el robo meresió nuestra atensión. No revelo ningún secreto al desirle que cuanto toca a Cuba es analisado con lupa por todas las agensias de seguridad de mi país. Y este caso no es una exsepsión. No es la primera ves que los servisios cubanos montan una espesie de chantaje a países como el suyo y supongo que no será la última. Lo que no hemos podido descubrir hasta ahora es si la oferta de los cubanos es real y, si así fuera, si hablan en nombre de las FARC o de unos terseros que ignoramos quienes pueden ser.
   Al inspector de Patrimonio le da la impresión de que el norteamericano no le está contando todo lo que sabe. Has hablado de mucha franqueza, se dice, pero luego te guardas de la misa la mitad. Y decide hacer lo mismo, a partir de ahora preguntará mucho pero respuestas, las justitas.
- Cuando habla de unos terceros, ¿a quién se refiere? Porque supongo que aunque sean desconocidos tendrán alguna sospecha de quienes pueden ser.
- Sospechas tenemos pero pruebas, ninguna – Connolly también se ha puesto en modo cautelar. Divaga, pero concreciones poquitas.
- ¿Y no tienen algún indicio de quién o quiénes pueden tener las piezas robadas del tesoro? – Atienza insiste en sus preguntas.
- Nos pasa lo mismo que con esos terseros de los que hablaba antes, sospechamos de varios grupos, pero sin pruebas que lo confirmen. ¿Ustedes de quien sospechan? – el americano utiliza el viejo y archisabido método de responder a una pregunta con otra.
   Y así siguen, mareando la perdiz como dicen los castizos, sin que ninguno de ambos interlocutores aporte una sola información que valga la pena. Como ambos son conscientes de que esa primera reunión ha servido, básicamente, para conocerse y romper el hielo, deciden mantener una segunda cuando haya algún nuevo dato o conclusión que merezca la pena. Antes de despedirse, Atienza tiene una última pregunta:
- Me gustaría saber, míster Connolly quién es el amigo común que le dio mi teléfono.
- Ya lo puede suponer, el amigo Pérez Recarte. Y, por favor, no se lo reproche. Le tuve que presionar mucho y recordarle que me debía algún que otro favor.
   En cuanto se despide del hombre de la Agencia, Atienza se apresura a llamar a sus colegas. Que le esperen en la Brigada que sale para allí pues tiene que contarles su reunión con el portorriqueño. Ni Bernal ni Blanchard se muestran demasiado sorprendidos cuando el inspector de Patrimonio termina de narrarles su entrevista.
- Ya me extrañaba que la CIA no hubiera metido sus narices antes en un asunto que, aunque de rebote, afecta a su patio trasero – comenta Bernal.
- A mí lo que me resulta un tanto desconcertante de tu entrevista es la aparente franqueza que ha mostrado Connolly – opina Blanchard.
- Sí, no creo que sea demasiado frecuente, aunque confieso que es la primera vez que hablo con un agente de la CIA. Por cierto, nunca mencionó esa sigla, solo se refirió a la Agencia.
- En definitiva, ¿has sacado algo en claro? – inquiere Bernal, siempre práctico.
- Pues, realmente, nada, salvo que los estadounidenses también están ahora interesados en nuestro caso y que quizá más adelante podamos sacar réditos de esa fuente. Ah, os recuerdo que Grandal quiere hablar con nosotros. Pensaba citarle mañana, ¿os parece bien?