martes, 16 de junio de 2015

5.12. Para que el amor siga vivo hay que luchar



   Dos de los estudiantes habituales del coche de línea Senillar-Valencia son los hermanos Villangómez. La mayor, Beatriz, prepara oposiciones al Cuerpo del Magisterio Nacional de Enseñanza Primaria. El pequeño, Carlitos, estudia bachillerato. Sus padres, don Fulgencio y doña Concha, los lunes se levantan algo más temprano que de costumbre. Habitualmente se ponen en pie sobre las ocho, lo que les da tiempo suficiente para arreglarse y desayunar antes de dirigirse al grupo escolar José Antonio, dónde ejercen de maestros. Si madrugan más los lunes es porque sus dos retoños viajan a Valencia y han de coger el autobús.
   El benjamín de la familia, Carlitos, suele levantarse con el tiempo justo. Se le pegan las sábanas con facilidad. Esta mañana está observándose en el espejo a ver como progresa su bigote. Al paso que va pronto podrá afeitarse. La idea hace que su cara, de rasgos nobles y agraciados, se pueble con una sonrisa de las que resultan contagiosas. ¿Le gustaré a Amparín con bigote? Que pregunta más tonta, se contesta, le gusto de todas las maneras. Todavía no son novios formales, son demasiado jóvenes, pero ya tienen decidido que en cuanto empiece una carrera, que ya tendrá dieciocho años, hablará con el padre de ella. Cuando lo piensa se desazona pues quién puede ser su futuro suegro tiene fama de tener mucho genio y de no ser fácil de contentar. En el pueblo goza de prestigio, no en vano es el alcalde, aunque también hay gente que le pone a caer de un burro. A todo ello hay que añadir un aspecto de la familia Vives que nunca había tenido en cuenta hasta que el cuentaduros de Pepín Mañes se lo hizo notar.
- Me han dicho que estás saliendo con la hija del alcalde. Zagal, no te consideraba tan listo. Vaya sorpresa que me he llevado contigo.
- No veo que haya nada de sorprendente. Salvo que te refieras a que Amparín es la chica más encantadora y preciosa del pueblo y, si me apuras, del mundo.
- No me vengas con chorradas, majete. El romanticismo está bien en las novelas, pero en la realidad no sirve para nada. Lo que cuenta es que quien se haga con la Vives, se llevará el mayor chollo del pueblo.
- ¿Y por qué un chollo? Tal y como lo dices parece como si Amparín fuese una especie de saldo.
- No digas bobadas, capullo. ¡Qué coño va a ser un saldo! Todo lo contrario, es como si te tocara el premio gordo de la lotería. Paco Vives no se dejaría ahorcar por menos de cincuenta quilos. Aunque está por ver que el señor alcalde te acepte como futuro yerno.
   Lo que le faltaba, que alguien pueda pensar que va con Amparín por su dinero, pero no se inquieta excesivamente por ello. Si alguien lo piensa es su problema. Está enamorado de ella porque…, porque sí. Te quiero porque te quiero, como dice la copla. Se preocupa más cuando oye hablar a sus padres de solicitar en el concurso de traslados del magisterio. Están empeñados en acercarse a una ciudad que tenga universidad, así podría cursar estudios superiores. Su padre quiere que sea médico. Ni soñarlo, con lo que le horroriza la sangre, a él lo que le gustaría es estudiar derecho. Pero... si se van del pueblo ¿qué va a pasar con Amparín? Tendrá que encontrar la manera de compaginar lo de seguir con ella e ir a la universidad. Que tonto soy, se corrige, parezco la moza del cuento de la lechera. Porque en cuanto a ser universitario, papá me lo ha dejado claro: mientras vivamos en Senillar voy a tener que conformarme con estudiar magisterio, como hizo Bea. De todas formas... El monólogo se trunca porque vuelven a llamarle.
- Carlitos, apresúrate, faltan menos de diez minutos para las ocho.    
   Amparín Vives, la hija del alcalde, mote por el que es más conocida, siente debilidad por los hermanos Villangómez. De Carlitos está locamente enamorada, ha sido el primer y único hombre que ha hecho latir desbocadamente su corazón. Desde que era niña no ha tenido ojos más que para él. Y tiene la inmensa fortuna de ser correspondida. Por Beatriz siente especial adoración, no solo por ser la hermana de quien es, sino porque Bea es algo así como su guía y confesora Con frecuencia le consulta sus problemas, incluso los sentimentales. Lo que desconoce es que Beatriz, a su vez, también tiene una especie de guía espiritual: Lolita Sales, por quien siente un enorme cariño y admiración. En las tardes que Bea pasa en la trastienda de la Moda de París absorbe, como si fuera una esponja, muchas de las opiniones y criterios que mantiene Lolita y luego los reproduce como si fueran propios.
   Es a través de Beatriz como Amparín ha llegado a conocer a Lolita, de quien se comenta en el pueblo que es una de las personas que más influye en Gimeno, el cual está enfrentado con su padre. Por eso, la primera vez que Bea le invitó a ir con ella a la trastienda de la Moda de París tuvo que hacer un acto de valentía para aceptar, porque su primera intención fue decir que no. Naturalmente, conocía a Lolita, de hecho había comprado más de una vez en la tienda, pero desde que supo que su padre estaba enemistado con Gimeno no había vuelto a pasarse por el establecimiento. La acogida que le hizo Lolita la desconcertó, más cariñosa, amable y simpática no pudo estar, pero lo que más le impactó fue encontrarse con una mujer que hablaba de temas que solo eran tratados por los hombres y no por todos. En la trastienda no se solía hablar demasiado de moda, de cine o de los últimos cotilleos locales sobre fulano o mengana. Recuerda que en aquella primera ocasión Lolita les habló de la novela que acababa de leer, escrita por una mujer, y que había obtenido el premio Nadal.
- Eso es lo que tendríamos que hacer las mujeres, ser capaces de hacer cosas para que se nos trate como personas que también saben pensar. Como ha hecho Carmen Laforet al escribir Nada. Ya está bien de que solo se nos valore por nuestra cara o por nuestro cuerpo.
- ¿Y eso cómo se logra? – pregunta Beatriz.
- Demostrando con hechos que somos algo más que floreros decorativos. Teniendo el arrojo y la energía para tomar nuestras propias decisiones. No hay que dejar que otros decidan por nuestra cuenta, sean los padres, los hermanos, los novios o los maridos.
   Es oír esto y a Amparín, que sospecha que su padre le va a montar un cirio cuando se entere de que sale con Carlitos, la réplica le sale espontáneamente:
- Eso se dice muy fácil, pero seguro que en el mundo real no se consigue así como así.
- ¿Y por qué no se va a conseguir? – inquiere Lolita.
- Te voy a poner un ejemplo. Una amiga mía – Amparín no se atreve a sincerarse – está saliendo con un chico majísimo en todos los sentidos. Todavía no les ha dicho a sus padres que sale con él porque teme que se opongan. Si llegado el momento ocurre eso, según tú ¿qué debería hacer mi amiga?
   Lolita, que ha escuchado atentamente la intervención de la jovencita, está al corriente por Beatriz de la relación entre Carlitos y Amparín y piensa que, posiblemente, la amiga a la que se refiere la muchacha no es más que ella misma.
- Esa amiga, ¿está enamorada del chico con el que sale o solo es para pasar el tiempo?
- Más que enamorada, está loquita por él – es la tajante respuesta de la jovencita.
- ¿Y el chico le corresponde?
- Completamente.
- Entonces, aconseja a tu amiga que pelee con todas sus fuerzas para mantener esa relación. El amor auténtico no se encuentra tan fácilmente y cuando se tiene la inmensa fortuna de hallarlo hay que hacer lo posible y lo imposible para conservarlo. Que se enfrente a sus padres y al mundo si es necesario, pero que no ceda. El amor no se mantiene sin más, hay que luchar para que siga vivo.

viernes, 12 de junio de 2015

5.11. Romances juveniles


   El autobús se ha llenado hasta rebasar cumplidamente su aforo. Está prohibido que vayan pasajeros de pie, pero debe de ser una norma que, como tantas otras, no se cumple. La mayoría de los estudiantes van de pie en el estrecho pasillo existente entre las dos filas de butacas. Han dejado que se sienten los mayores. Es una mezcla de cortesía y prepotencia juvenil. Ellos no van a cansarse por estar hora y media de pie, tiempo que dura el trayecto. Al llegar a Valencia los estudiantes se desperdigan en dirección al centro docente donde cada uno estudia. Los chicos no volverán a juntarse hasta el viernes por la tarde en que volverán al pueblo. Y así, una semana tras otra, rutina solo interrumpida por los puentes, fiestas y vacaciones que vienen señalados en el calendario escolar y que los estudiantes se lo conocen de memoria.
   Las fiestas más señaladas, y por ende fechas de asueto del primer trimestre, son el Día de la Raza (así llamado por el Régimen el doce de octubre), Todos Santos, la Purísima y enseguida vienen las añoradas vacaciones navideñas. El segundo trimestre del curso es el más largo, pero hacia su final llega una auténtica vorágine de fiestas: suelen comenzar por las de San José, en el mes de marzo, y que duran una semana al menos; período en el que se plantan en la ciudad de Valencia las mundialmente célebres fallas. Sorprendentemente, aunque algunos estudiantes llevan varios años en la capital, ninguno ha sentido la curiosidad de quedarse a disfrutar las fiestas falleras. No conocen la plantà, ni  han participado en l´ofrena, ni han visto la nit de la cremà (*).  Su vida está centrada en el pueblo y todo lo demás les importa poco. Apenas pasan los festejos del segundo trimestre, el tercero se va en un suspiro, rápidamente llegan los exámenes de fin de curso y antes de que acabe junio ya vuelven a estar todos en casa. A disfrutar del siempre prometedor verano y a olvidarse de los libros, salvo que haya quedado alguna asignatura pendiente para septiembre.                                                                           
   De los que viajan en el coche de línea, Miguel Vinuesa es uno de los más contentos. Los lunes para él son un día marcado con piedra blanca, volverá a tener a su lado, aunque solo sea algo más de una horita, a la niña de sus ojos. Está perdidamente enamorado de Maribel Betoret. No va a ser empresa fácil conquistarla, pero es de los que se crece ante las dificultades. Hasta el pasado verano no se había atrevido a decirle a la muchacha lo mucho que le gustaba. Una charla que mantuvo con Beatriz Villangómez fue el acicate que le impulsó a hacerlo.
- Me parece Miguelito que estás colado por Maribel.
   Miguel se esfuerza para que no se le note demasiado el rubor que enciende sus mejillas. ¿Cómo se habrá enterado esta metomentodo? Trata de disimular:
- Qué imaginación tienes, Beatriz. ¿De dónde sacas qué me gusta?
- Porque cuando la miras pones ojitos de cordero degollado. Si no quieres que todos se enteren debes de ser más discreto.
   Descubierto su secreto, Miguel le cuenta sus sentimientos. Beatriz es algo así como la hermana mayor de todos los estudiantes del pueblo, no solo tiene más edad y es la única que ha concluido los estudios, también es majísima y siempre está dispuesta para dar un consejo o hacer un favor.
- Creí que no se me notaba. La verdad es que me gusta mucho.
- No me extraña, es una niña preciosa y en pocos años se convertirá en una mujer de bandera, aunque me da la impresión de que le falta carácter. De todos modos, va a tener gancho y sus padres tienen fama de estar forrados. Me temo que tendrás muchos rivales.
- Ya conozco algunos, pero no me dan miedo.
- ¿Eso quiere decir que te corresponde?
- No lo sé.
- No me digas que no le has dicho nada – y al ver el gesto negativo del muchacho, pregunta -. ¿Ni siquiera se lo has insinuado? ¿No? Miguelito, me decepcionas, te hacía mucho más resuelto. Con lo atrevido que eres con la pelota en los pies y una cría que no es más que un alevín de mujer te echa para atrás.
- Entonces, ¿qué crees que debería hacer?
   Antes de contestarle, Beatriz recuerda una conversación que mantuvo con su amiga Lolita, por quien siente gran cariño y admiración, y a la que frecuentemente hace partícipe de sus cuitas sentimentales. Lo que responde a Miguelito es algo que, en su momento, le oyó contar a su amiga sobre una situación parecida:
- Hablarle, contarle lo que sientes por ella, pero de manera…, no sé cómo decirlo, suave, delicada, con cuidado. Ten en cuenta que es todavía muy niña y no sé si está preparada para reconocer sus propios sentimientos. Lo que quiero decir es que más que ser crudamente sincero al hablarle de lo que sientes, deberías de sugerirlo, de insinuarlo.
   Miguel tomó buena nota del consejo de Beatriz y, en las fiestas de agosto, le insinuó a la muchacha lo mucho que le gustaba y que aspiraba a ser algo más que un amigo. Ella no le contestó, se limitó a sonreír, a mirarle con sus claros ojazos y a callarse. La jovencita es demasiado sumisa para alentar cualquier acercamiento de un chico sin que sus padres le hayan dado su visto bueno. Pese a la falta de respuesta no desiste en su empeño porque, realmente, ella no le rechazó. Aunque hay algunas cosas que le preocupan, una de ellas es que hay otros chicos que andan tras ella. Conoce al menos dos y quizá no sean los únicos rivales, puede haber más. Lo descubrió un día en el autobús donde dos comadres, sentadas en los asientos delante del que él ocupaba, mantenían un diálogo en el que salió a relucir la chica de los Betoret.
- ¿También vas al mercado, Josefa?
- No, voy al oculista. Don Manuel dice que se me está formando una catarata. Oye, ¿esa chicuela de ahí no es la de Betoret, el del molino de aceite de la calle Loreto?
- Sí y ¿sabes qué he oído comentar? Que envían a su hija a Valencia a estudiar con las monjas.
- Te han informado bien. Desde el año pasado está interna en un colegio de la capital. Bueno, de lunes a viernes, los fines de semana los pasa aquí.
- Y con el fortunón que va a heredar esa chiquilla, ¿para qué necesita estudiar, se puede saber? Es hija única y, solo con lo que ganan en la almazara y con la naranja, a los Betoret no los cuelgan por menos de treinta millones o posiblemente más.
- Se comenta que quieren darle una mano de buenos modales para que, si se tercia, pueda casarse con un señorito.
- Eso me parece una bobada. Esa chiquita es uno de los mejores partidos del pueblo y le van a sobrar pretendientes. No va a tener ninguna necesidad de aprender las cuatro cursilerías que puedan enseñarle las monjas. Lo que tiene que hacer su madre es educarla para que aprenda a llevar una casa y todo lo demás le va a sobrar. Mejor harían empleando los cuartos que les van a sacar las monjas en comprar otra finca.
   Lo que se desprende de la charla no ha dejado de preocupar a Miguel, pero sabe que no debe arredrarse, está convencido de que su amor superará todos los obstáculos y todos los contrincantes que se le pongan por delante. El chaval no es estaría tan tranquilo si hubiese escuchado otro diálogo, el que en su día mantuvieron Lolita y Beatriz. La última le contaba a su amiga y mentora las pretensiones amorosas del joven Miguelito.
- … y está coladito por la niña de los Betoret. Espero y deseo que le salga bien su empeño porque es un chico bien majo, uno de los mejores.
- Sí es majo el chaval, pero no estoy tan segura de que sus aspiraciones se cumplan. Como conozco bien a los Betoret te adelanto que no van a ver esa unión con buenos ojos. Un maestro les va a parecer poca cosa para su niña.
- Ya estamos con aquello de que pasas más hambre que un maestro de escuela. ¡Eso era en el siglo pasado! – exclama Beatriz un tanto molesta. Ella también es maestra.
- No es por los dineros, sino porque si Maribel se casara con Miguel tendría que irse adónde destinaran a su marido y eso, casi seguro, no entra en los planes de los Betoret.

(*) La plantà es el acto de erigir las fallas. La ofrena es el ofrecimiento de ramos de flores a la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia. La nit de la cremà es la noche (del 19 de marzo) en la que se queman las fallas.

martes, 9 de junio de 2015

5.10. El trayecto Senillar-Valencia



   En el café de Alejandro el Pipa el tema central de las tertulias, una vez terminada las cotidianas partidas, es casi siempre el mismo: el fútbol. Los que escucharon el partido por la radio cuentan a los demás tertulianos el triunfo del Real Madrid en la Copa del Generalísimo, al ganar por tres a uno al Valencia en el estadio barcelonés de Montjuich. Aunque en esa tarde del verano del cuarenta y seis las noticias que suscitan más comentarios son dos de alcance económico puesto que afectan a todos los bolsillos. Una es que, a primeros de julio, el Consejo de Ministros acuerda aumentar el racionamiento del pan empezando por las cartillas de tercera categoría.
- ¿Y de cuánto es la subida?
- Según el periódico, la ración sube a doscientos cincuenta gramos.
- Pues tampoco es que se hayan estirado mucho.
- Bueno, también dice el Gobierno que esa cifra podrá aumentarse en la medida que la cosecha de trigo mejore.
- Si es que con la jodida sequía llevamos unos años con unas cosechas que no alcanzan para nada.
- Habrá que dar por descontado que el pan del racionamiento seguirá sin ser blanco.
- ¡No te fastidia, pues claro! El que quiera pan blanco ya sabe adónde tiene que ir a buscarlo, a casa de los estraperlistas.
- Que seguirán haciéndose de oro. Y los que vivimos de un sueldo continuaremos pasándolas moradas para terminar el mes – se queja Clavé el telegrafista que, como casi todos los asalariados, se las ve y se las desea para salir adelante.
   La otra noticia económica es que la gasolina deja de ser un producto sujeto a estricto racionamiento y se decreta su libre comercialización. El precio de venta del combustible se fija en dos pesetas por litro y ese coste, que se considera escandaloso, es el que provoca la diatriba que está soltando Pepe Traverso, uno de los transportistas locales:
- No hay derecho. ¿Cómo tienen los santos huevos de poner la gasolina a dos pesetas? Con el combustible a ese precio, ¿a cuánto tendremos que subir los portes? Estos desgraciados se van a cargar el transporte por carretera. Claro, lo que les interesa es otra cosa...
- ¿Y qué es esa otra cosa? – pregunta uno.
- Os lo voy a decir: lo que le interesa al gobierno es favorecer el transporte por ferrocarril, por eso la subida escandalosa de la gasolina y el gasoil.
- ¿Y por qué le tiene que interesar al gobierno favorecer al tren?
- ¡Joder, pareces tonto! El motivo es más claro que el agua. ¿Quiénes son los propietarios de los camiones? Pues pequeños empresarios como yo, que a partir de ahora se las van a ver putas para poder sacar su negocio adelante. En cambio, ¿quién es el propietario de la RENFE? El gobierno. La cosa está más clara que la luz del día.
   Superando a esas noticias, lo que de verdad ha encendido de entusiasmo al pueblo es que el mejicano Carlos Arruza ha vuelto para torear por segunda vez en las fiestas de agosto. El día anterior a su visita lidió una corrida en Valencia y uno de los morlacos le pegó un puntazo en el pecho del que aún se resiente. Previendo que no pueda trastear al novillo que le han preparado, ha venido acompañado de otro matador, Julio Pérez el Vito, a quien acaba de dar la alternativa. La plaza revienta de personal, no cabe ni un alfiler en los carros que conforman el ruedo y en los balcones y ventanas que dan al rústico e improvisado coso. El diestro mejicano se ha convertido en el ídolo local por excelencia. La pasión levantada el año anterior es una nimiedad comparada con el paroxismo y la locura que ha despertado este año. Carlos ha tenido un detalle más: aprovechando que ha venido de Méjico su mamasita, como cariñosamente la llama, la ha convencido de que rompa el tabú, que se ha autoimpuesto su madre, de no ir a la plaza cuando su hijo es uno de los que forman el cartel. Doña Cristina Camino estará en el coso viendo torear a su hijo por primera vez. La sientan en el palco del Ayuntamiento, entre Fermín de Belda y Paco Vives. Las faenas de los diestros, que visten traje campero, resultan flojillas, pero ambos reciben los máximos trofeos entre olés, vivas y bravos. Las palmas echan humo y si fuera por los espectadores los toreros hubiesen dado un millón de vueltas al ruedo. Antes de marcharse los miembros de la comisión organizadora del evento le insisten al matador que el próximo año le esperan y que le van a montar una fiesta hispano-mejicana por todo lo alto, van a traer hasta mariachis y una vocalista que canta rancheras mejor que Jorge Negrete.                                                         

   La carretera nacional que atraviesa el pueblo, y gracias a la cual han conocido al diestro mejicano, es motivo de orgullo para los lugareños que alardean de que su pueblo tiene buenas comunicaciones. En la realidad no lo son tanto. Solo dos transportistas realizan pequeños portes a los pueblos cercanos y a la capital. Y únicamente un par de empresas de transportes prestan servicios de viajeros entre el pueblo y la capital. Hay otro medio de comunicación: el ferrocarril, pero a la gente los aproximadamente ochocientos metros que separan el centro de la villa de la estación les parece una considerable distancia; el resultado es que pocas personas utilizan el tren, solo los familiares de aquellos que trabajan en la RENFE. En cambio, el coche de línea, como el pueblo llano denomina al autobús que enlaza el pueblo con la capital, sale del mismo centro de la localidad, de las Cuatro Esquinas, que junto con la Plaza Mayor conforman el corazón de la villa. Por eso es habitual la escena de hoy. Apenas faltan unos minutos para que el reloj del campanario marque las ocho de la mañana, pero ya hay un grupo de personas que aguarda la llegada del coche de línea que cubre el trayecto Albalat-Senillar-Valencia. La mayoría son adultos que van al mercado que los lunes se celebra en la capital. Es el más popular de la provincia, tanto que cuando se dice voy al mercado todos sobreentienden de cual hablan. De ahí que los lunes, los autobuses de primeras horas de la mañana con destino a la ciudad van abarrotados. En el mercado hay, básicamente, dos zonas netamente diferenciadas: la de ropa, complementos y cachivaches y la de frutas y verduras. En la zona de ropa se pueden encontrar prendas de marca de temporadas anteriores o con alguna tara a precios muy baratos, o ropa sin marca aún más económica. En la zona de las verduras, son los propios huertanos los que ofrecen sus productos, frescos y a mucho mejor precio que en cualquier verdulería. El único inconveniente que tiene el mercado es su dependencia del tiempo. Al ser al aire libre, cuando llueve todo el mundo sale corriendo, y en verano se pasa un calor casi insoportable, a pesar de los toldos tendidos entre los puestos.
   Además de la gente mayor, un reducido grupo de muchachos también espera el autobús. Son chicos que estudian en la ciudad o en el instituto de bachillerato de la vecina Benialcaide. El floreciente cultivo del boniato y el dinero que genera el estraperlo han sido los causantes de que unas pocas familias se hayan planteado darles estudios a sus retoños para que sean algo en la vida, como suelen repetir. También hay algunos poquitos padres que, aunque no naden en la abundancia, hacen un meritorio esfuerzo para que su prole tenga un título con el que ganarse la vida. En el pueblo solo se puede cursar la enseñanza primaria o el bachillerato por libre, lo que siempre resulta particularmente duro. Si se quieren realizar otros aprendizajes hay que desplazarse fuera. Una de las estudiantes que aguarda el autobús, Beatriz Villangómez, que es la mayor de todos y que está preparando las oposiciones de magisterio en una academia de la ciudad, se aparta del grupo de jovencitos que la rodean al ver acercarse a Lolita.
- Buenos días, Lolita. ¿Dónde vas?
- A Valencia, tengo que visitar algunos almacenes para reponer existencias.
- ¿Te importa si me siento contigo?
- Ya puedes imaginarte que no, Bea, pero creo que deberías hacerlo con tus amigos. Fíjate con que desconsuelo te miran en cuanto les has dejado.
- No son más que unos críos. Prefiero ir contigo y que me cuentes esas historias de cuando la guerra que sabes contarlas como nadie. Ah, terminé la novela que me dejaste, me encantó, ¡qué bonitas son las historias de amor!
- En la literatura, quizá; en la vida real, las historias de amor provocan más penas que alegrías; o sea, que de bonitas lo justito – es la amarga respuesta de Lolita.