viernes, 6 de marzo de 2015

3.11. Corazón cobarde no conquista mujer bonita


   Como tantas veces ocurre, cuanto más rechaza Lolita los intentos de aproximación de Enrique Guerrero más se empeña él en su afán por doblegar la renuencia de la joven. El joven farmacéutico no tiene muy claro hasta qué punto le gusta la muchacha. De lo que no tiene tantas dudas es de que la muchacha no parece tener ningún interés por él; más borde, seca y cortante no puede estar, lo que contrasta con la opinión de la mayoría de personas con las que habló de Lolita que coinciden en resaltar su simpatía y amabilidad. De todas formas, se dice, habrá que insistir. Recuerda la máxima que solía repetir su abuelo paterno: corazón cobarde no conquista mujer bonita. 

   La puerta de la Moda de París se abre, pero no se trata de una cliente, es Enrique Guerrero.
- ¿Se puede? Buenas tardes.
- ¿Usted por aquí? - la sorpresa de Lolita es auténtica. Desde la merienda donde las Beltranas no habia vuelto a ver al farmacéutico, en verdad si siquiera había pensado en él. 
- Verá, María Dolores, anteayer estuve en Valencia y recordando nuestra charla de hace días me he permitido comprarle un ejemplar de esta edición de "La venganza de don Mendo". Espero que no lo tome como un atrevimiento por mi parte y lo acepte - se explica Guerrero al tiempo que entrega a la joven el libro.
- Bien... - se nota claramente que la joven ha quedado descolocada y no sabe qué responder.- No debería de haberlo hecho porque... - sigue vacilando - yo no podré corresponderle - sabe que lo que ha dicho es una patochada, pero no se le ocurre nada mejor.
- ¿Por Dios, María Dolores!, si no es nada. Fíjese que edición tan modesta, ni siquiera tiene cubiertas de tapa dura. Y además fue algo casual, pasaba por la calle y lo vi en el escaparate de una librería. Entonces me acordé de nuestra agradable conversación y me dije voy a comprárselo. Como dicen aquí: fue pensado y hecho.
    Enrique miente como un bellaco: el libro no lo compró en Valencia, lo encargó por correo y se lo han enviado contra reembolso desde Barcelona. Está aprendiendo a ir con exquisito cuidado en su relación con la joven. Ha de dar pasos muy pequeños, como haga cualquier movimiento brusco la pieza puede espantarse. El boticario ha variado sus iniciales planteamientos sobre la muchacha pues se ha dado cuenta de varias cosas: que no es una mujer fácil, que puede ser muy dura, que es bastante culta para lo que se lleva en el pueblo y que si quiere conseguir algo tendrá que ir por derecho. Lo que más le confunde es la mezcla de rechazo y desprecio con que la joven le trata. Se ha dado cuenta, hasta un cegato lo percibiría, de que las jóvenes casaderas del pueblo se deshacen en mieles con él, con la excepción de Lolita. Esto es lo que termina encorajinándole y hace que redoble sus intentos de aproximación a la joven, pero todos sus esfuerzos resultan vanos.

   Como Guerrero solo se explaya con Grau y Lapuerta, es a ellos a quienes cuenta lo que le está pasando con Lolita; bueno, con María Dolores como él la llama:
- … y realmente no es que esté enamorado de ella, al menos eso creo porque como no lo estuve nunca no tengo muy claro cuáles son los síntomas del enamoramiento, pero he de confesaros que la muchacha me gusta. Aparte de sus encantos físicos, que saltan a la vista, es amena, sabe mantener una conversación, tiene inquietudes y puede ser muy simpática cuando se lo propone.  
- ¿Y dónde está el problema? - pregunta Grau.
- El problema está en que me da la impresión de que no le caigo demasiado bien. En la mayoría de ocasiones que hemos charlado suele ponerse borde y antipática e intuyo que en más de una ocasión ha tenido que contenerse para no mandarme a freír espárragos.
- Vaya, es una faceta de la hija de la señora Leo que desconocía. La recuerdo como una muchacha dulce, amable, encantadora y que reía con gran facilidad - rememora Lapuerta -. Claro que de eso han pasado unos años, aquella muchacha se ha convertido en mujer y a veces ese tránsito cuesta su 
peaje.
- Alguien me contó que la ruptura con el novio que tenía parece que la dejó muy tocada . comenta Guerrero.
- Te refieres a Rafael Blanquer. Los dos eran los alumnos predilectos del pobre don Domingo, un maestro que estuvo refugiado en el pueblo cuando la guerra. Rafael es un chaval majo; bueno, ya es un hombre, también es muy simpático, pero como no haya cambiado mucho supongo que seguirá siendo un viva la virgen y un tarambana. Lolita vale mucho más y también la considero más inteligente. Todo eso me lleva a diagnosticar que la ruptura con Rafael no ha debido de marcarla demasiado - pontifica Lapuerta quien desconoce lo errado de su diagnóstico.

   Consuelo, al igual que Fina, sigue empeñada en tirar de la lengua a su amiga:
- ¿Qué pasa con el boticario? Dicen por ahí que si te está rondando.
- ¿El Peloplancha? Es lo más plasta, cursi y aburrido que he visto en mi vida. Primero me meto monja de clausura que dejar que esas babosa repugnante me ponga una mano encima - es la bronca respuesta de Lolita.
- Mujer, no es que sea un guaperas, pero tampoco una babosa y menos repugnante. Digamos que es corrientito. Y por otra parte, es un partidazo. Más de cuatro, que digo cuatro, la mayoría de las chicas del pueblo quisieran estar en tu pellejo. ¡Anda y que no es buen partido el mozo! - reitera Consuelo.
- Te lo regalo enterito y encima le pondré un lazo al paquete. ¿Tú sabes lo que debe ser levantarse teniendo al lado a ese gusano? A buen seguro que los pelos, que se pone como ensaimada, le deben de llegar al ombligo - se burla Lolita.
- Hija, que mal café tienes hoy. Babosa, repugnante, gusano..., no sé cuantas lindezas más le puedes llamar al pobre chico. Ya te digo, no es que sea Clark Gable o Cary Grant, pero tampoco es tan feo. Es verdad que se le ve un poco fofo, pero los hay mucho peores. Te admito que lo del pelo le sienta fatal. Ahora, hablando en serio, ¿has llegado a pensar cómo cambiaría tu vida si llegaras a casarte con él?
- Has puesto el dedo en la llaga, Consuelo. ¿Acaso crees que boquituerto ese me ronda para algo serio? Te diré lo que le pasa: ese tonto de picaporte se aburre como un muermo porque el trabajo de la farmacia no es que sea agotador. Como parece que tampoco es aficionado a las tertulias o a jugar una partida de lo que sea, los días se le deben hacer interminables. Entonces se fijó en mí, como podría haber puesto los ojos en otra, y se dijo: mira, ya tengo con quien entretenerme, voy a decirles cuatro cositas a esta palurda a ver si me la llevo a la cama. Eso es lo que pretende el Peloplancha, pero a otro perro con ese hueso.
- ¡Crees de verdad que solo pretende pasar el rato?
 
   Sea por el tan manido instinto femenino o por algunos detalles que ha percibido Lolita en el comportamiento de Enrique, su intuición sobre las auténticas intenciones del farmacéutico no anda muy desencaminada. Al joven le gusta mucho la chica, más cada día, pero sus metas en principio no iban mucho más allá de tener compañía femenina; llevar al lado una cara bonita siempre es agradable, escuchar una risa cantarina, sentir el roce de una piel nacarada… Enrique no sabe demasiado de mujeres. Nunca pudo alardear de conquistas femeninas y su carácter, más bien apocado, no le ha facilitado el éxito con el sexo débil. En su época de universitario frecuentó algún que otro burdel, pero esas visitas siempre le dejaron un regusto agridulce. Decididamente, el amor mercenario no es lo suyo. Sabe que en algún momento debería casarse, no quiere terminar sus días convertido en un solterón lleno de manías y fobias como su tío. Y antes de llegar al matrimonio sueña con tener alguna aventurilla con una chica decente, María Dolores le pareció una excelente candidata, pero parece que pinchó en hueso. Está hecho un lío. No sabe si quiere a la joven como para convertirla en su esposa o le gusta únicamente para pasar el rato. Se dice que lo primero será definir sus propios sentimientos.

martes, 3 de marzo de 2015

3.10. Es más cursi que un repollo con lazo



   Tras el violento estallido de rabia que ha tenido Lolita porque su madre le ha dicho al joven boticario que los pañuelos que le han regalado se los bordó su hija, la joven se marcha de la sala dando un portazo al salir.
   La señora Leo piensa que peor no hubiera podido salir el encuentro. Porque María Dolores se está convirtiendo en una resentida. Por mucho que quiera a su hija tiene que reconocerlo. De todas formas, sigue pensando, no está todo perdido, porque o mucho se equivoca o ha creído ver en el farmacéutico un cierto interés por su hija. Habrá que darle tiempo al tiempo y quizá María Dolores termine cambiando de comportamiento.  

   Para olvidarse del berrinche que acaba de pasar, Lolita se va a ver a Fina que está llevando lo mejor que puede su tercer embarazo. Pasa con mimo la mano por encima del prominente viente de su amiga. 
- ¿Cómo estás?                                                                                                                   
- Como voy a estar, fatal. Casi de siete meses y encima los dos críos, el trabajo de casa y hasta hace cuatro días ayudando a Herminio en el campo. Esto no es vida. Cada vez me das más envidia. 
- ¿Envidia?, no sé de qué. Tienes dos hijos preciosos, un marido que es un buen mozo... ¿Y yo qué tengo, me lo quieres decir? Nada, no tengo nada.
- Porque no quieres, que a más de un pretendiente lo largaste con viento fresco. Y sí, es verdad, tengo dos hijos preciosos y a los que quiero más que a mi vida, pero que dan mucha guerra. Y un marido que tiene muy buena planta, pero que va a su aire. Y olvidaste que además tengo una suegra que también tiene lo suyo. Po tener no me puedo quejar, pero algo de eso te lo paso cuando quieras.

   La joven piensa cuanto ha cambiado Fina desde que se casó. ¿Dónde está aquella jovencita que estallaba de gozo porque era la envidia de todas las amigas?, ¿qué se hizo de aquella muchacha henchida de felicidad porque iba a casarse con un chico que había peleado lo indecible para que sus padres la aceptaran? Aunque era consciente de que su amiga cometió un error: aceptar quedarse a vivir con los padres de su marido, pues con eso de que era hijo único no les iba a dejar solos. Como en una casa solo puede haber una señora, Fina ha terminado convirtiéndose en una especie de criada de su suegra, que le repite continuamente que cuando falten todo será para ellos, pero mientras tanto... Puesto que los Folch, así se apellida la familia, de contratar braceros solo los precisos, los padres y Herminio salen diariamente a trabajar al campo y Fina tiene que bregar con una casa inmensa, dar de comer a los animales domésticos, cuidar de los críos…, no para. Y así le luce y por eso se queja, la verdad es que con bastante razón.
- Por cierto, te voy a contar un cotilleo que igual no conoces. ¿Sabes quiénes van detrás del sobrino de don José a ver si lo cazan? - pregunta Fina con una sonrisa picaresca.
- Lo que le pueda pasar al botarate ese ni me importa ni me interesa - es la desabrida respuesta de Lolita.
- O sea, que no lo sabes. Pues las hermanas Guillamón. Me lo contó Rosarito la Maicalles. Ya organizaron dos guateques en su casa con merendola incluída y al boticarito se lo rifan. Lo más divertido de todo es que, según la Maicalles, las tres hermanas han acordado que la que más pueda que se lo lleve y que es todo un espectáculo verlas como se deshacen en mieles. Lo chusco del caso es que parece que al marmacéutico ninguna le hace tilín y así andan de desesperadas las pobres.
- Me gustaría verlo por un agujero, las Guillamón tratando de conquistar al Peloplancha con lo sosaina que es, que parece un huevo sin sal.
- Pues tengo otro cotilleo más sabroso todavía - suelta Fina en plan misterioso.
- Hay que ver, Fina, lo cotilla que te has vuelto. Antes no eras así - le critica Lolita.
- ¿Y qué le voy a hacer? Cotillear es una de las pocas diversiones que me quedan. Como te iba diciendo, la última que me ha contado la Maicalles es que, visto el poco éxito de las Guillamón, las Beltranas van a organizar una merienda la próxima semana en su finca del camino de la estación y el invitado principal será el boticario. También han invitado al veterinario que, como tiene novia, les ha dicho que no cuenten con él. Tú siempre has sido muy amiga de la menor de las Beltranas, ¿no te ha
invitado?
- No me ha dicho nada, pero si me invita ten por seguro que no pienso ir.
  
   La invitación de las Beltranas llega puntual a casa de la señora Leo y a Lolita no le queda otra que aceptar. Su madre se ha puesto pesadísima en que sería un feo espantoso no aceptar el ofrecimiento de una familia a la que le une una antigua amistad. Hay otro motivo aunque la muchacha no se atreve a reconocerlo, siente verdadera curiosidad por ver cómo se comporta el boticario con las chicas revoloteando a su alrededor, puede ser todo un espectáculo.
- Lolita, creo que ya conoces a don Enrique - Anamari, la mayor de las Beltranas hace las veces de infroductora de embajadores.
-Sí, ya nos conocemos.
- ¿Qué tal María Dolores, cómo sigue su señora madre?
- Mucho mejor don Enrique, la pomada le ha eliminado la mayor parte del eccema.  
   Pocas palabras más han cruzado la joven y el farmacéutico que es objeto de toda clase de atenciones por las otras muchachas que no cesan de parlotear con él. Lolita se ha apartado un poco del grupo que, después de merendar, está jugando a las prendas. Las muchachas sueltan risitas nerviosas cada vez que a una le toca pagar prenda, las risas suben de tono cuando es al boticario a quien le toca. Míralas, piensa la joven: ahí están todas como si tuvieran doce años, pasándoselo bomba con un juego tan ñoño e infantil. Y el floripondio ese haciendo el papel de reina madre. Que cosa más sosa de hombre, Dios mío. Mientras va monologando se queda mirando un rosal trepador que cubre buena parte de un lateral de la casa y trata de alcanzar una rosa temprana a la que no llega ni poniéndose de puntillas.
- ¿Me permite?

   A su lado, sin que le haya oído llegar, aparece Guerrero que alcanza la flor y se la ofrece. Lolita no se había dado cuenta, hasta ese momento, de que el joven es bastante más alto de lo que recordaba y ha alcanzado la rosa sin apenas despegar los pies del suelo.
- Muchas gracias.
- Las que usted tiene, señorita - es la cursilona respuesta de Guerrero.
   La muchacha no puede evitar una sonrisa irónica. Este hombre parece sacado de las páginas de La Codorniz, de algo de lo que escribe Mihura, piensa. Hay que ver las cosas que dice. Es más cursi que un repollo con lazo. 
- ¿Qué le ha hecho gracia? - quiere saber el boticario al ver la sonrisa que ha distendido el rostro de la joven.
- Nada en concreto... Bueno, lo cierto es que su frase me ha recordado un diálogo de una comedia de Mihura.
- No sabía qué le gustaba el teatro - se sorprende Guerrero.
- Me gusta mucho, pero desgraciadamente veo muy poco, me de conformar con leerlo o escucharlo a través de Radio Madrid o Radio Nacional.
- A mí también me encanta, pero he de confesarle que Mihura no es uno de mis autores preferidos. Hace unos meses vi en Madrid su obra "Ni pobre ni rico sino todo lo contrario" y a fuer de sincero me pareció un puro disparate. Me quedo con Bevavente y con Muñoz Seca.
- Yo vi hace años "La venganza de don Mendo" y cuando lo recuerdo todavía me río. He querido comprarla, pero me dijeron que la obra estaba agotada, que algún día publicarán una nueva edición.
     Ambos jóvenes departen durante un buen rato sobre teatro. Después descubren que son muy aficionados al cine aunque, como ocurre con el arte de Talía, sus gustos son bastante dispares: a Lolita le gustan las películas americanas, las comedias románticas y los dramas amorosos; Enrique, en cambio, prefiere las películas del oeste, las cómicas y el cine español. Cuando más enfrascados están en la charla les llaman para tomar una horchata que las anfitrionas han preparado con genuinas chufas de Alboraya.
   En lo que resta de tarde, el boticario vuelve a convertirse en el centro de la atención de las demás jovencitas y ya no tiene ocasión de volver a dialogar con Lolita.

viernes, 27 de febrero de 2015

3.9. ¿Quién es el Peloplancha?



   Lolita le ha dado una y mil vueltas a lo que le dijo Fina sobre agradecer el detalle que tuvo con su madre el boticario, aunque realmente no se le oculta que lo que hizo fue por ella. Tampoco es que sea una cuestión de vital importancia, pero en una vida tan plana y monótona como la que lleva cualquier incidencia, por pequeña que sea, se convierte en algo a lo que prestar atención. Después de días de pensar en ello y valorarlo, termina dándole la razón a su amiga: un favor, aún pequeño, solo se paga con otro. Piensa qué puede hacer para devolver al farmacéutico su gentileza y no se le ocurre nada. Tendría que ser un detalle que no fuera pretencioso, pero que tampoco fuese una horterada. Acaba contándole a su madre, a la que no había dicho nada, el gesto del novato boticario y le pide consejo.
- Hija, no me habías dicho nada. Que caballeroso, venir a traer la medicina y encima no querer cobrarla. Tenemos que corresponderle. Tu padre, que en gloria esté, siempre repetía que de bien nacido es ser agradecido. Ya se me ocurrirá algo, déjalo de mi cuenta.

   Un par de días después, la señora Leo le comenta a su hija que, tras pensarlo mucho, lo que se le ha ocurrido que pueden hacer para corresponder es regalar al farmacéutico una docena de pañuelos con sus iniciales bordadas.
- ¿No te parece excesivo, mamá? No sé lo que podía costar la pomada, pero unos pañuelos y encima bordados me parece que es pasarse.
- En estos casos, María Dolores, es preferible pecar por exceso que por defecto. Y no se trata de si los pañuelos puedan costar más o menos que la medicina, por encima de todo hay que quedar bien con un chico que no nos conoce y tuvo un detallazo. He dudado de si bordarle algo, por ejemplo sus iniciales en unas camisas o en la bata blanca que, según me han dicho, suele llevar en la farmacia, pero eso es complicado. No vamos a pedirle sus camisas o su guardapolvo. Creo que lo de los pañuelos es lo más sencillo.
- ¿Crees que no a va a tener pañuelos a docenas?
- Naturalmente, pero en este caso lo que personaliza el regalo y le da valor es el bordado. Y más cuando le cuentes que lo has hecho tú.
- ¡Ah, no! Una cosa es que tengamos un detalle con el Peloplancha y otra muy distinta que tenga que ser yo quien le borde los pañuelos. Se lo encargamos a la señora Laura.
- ¿Quién es el Peloplancha?
- El boticario, es el mote que le han sacado en el pueblo. Como se tapa la calva con el pelo de los lados, y parece que lo lleve planchado, le llaman así.
- En este pueblo lo que hay es mucho envidioso y con la lengua muy suelta. A ver quién hay aquí que, sin ser un viejales, ya tenga la carrera terminada y un porvenir asegurado, pues solo ese joven y el nuevo veterinario.
- No quiero discutir más mamá. Acepto lo de los pañuelos y, además, le voy a bordar sus iniciales, pero no cuentes con que se los vaya a llevar, eso de ninguna manera, me moriría de vergüenza.
- Bueno, hija, tampoco vamos a pelearnos por eso. Ya se los haré llegar por alguien.
- Y a todo esto, ¿sabes cuáles son las iniciales del don floripondio ese?
- Se lo preguntaré a la Carletina.
   A la señora Leo no le ha pasado desapercibido el tono hiriente y despreciativo que utiliza su hija al referirse al joven boticario. Piensa que, por lo que sea, a María Dolores no le cae bien el pobre chico. Ni ese ni ningún otro, se dice. Está segura de que su intuición de mujer y madre no la engaña: su hija continúa enamorada de Rafael Blanquer y todos los demás hombres le siguen pareciendo unos peleles. Teme que, como no cambie, se va a quedar soltera. Ella, que enviudó joven, sabe mejor que nadie lo difícil que resulta en un pueblo de labriegos encontrar alguien que no lo sea con quien poder emparejarse. La mayor parte de hombres buscan a una mujer que no solo lleve la casa sino que también les ayude en el trabajo del campo. Y no ha criado a su hija para eso. A María Dolores le convendría un hombre como… el farmacéutico, por ejemplo.                                                                  

   Han pasado más de dos semanas. Lolita se planta ante su madre que está haciendo ganchillo. El gesto de la joven revela que está contrariada.
- Mamá, ¿puedes salir? En la tienda está el Peloplancha que quiere darte las gracias por los pañuelos.
- No le llames así – sisea la madre bajando la voz -. Te puede oír. Y dile que pase a la salita que le voy a recibir allí.
- Siéntese, por favor, mamá llega ahora mismo.
- Gracias, señorita… – el hombre vacila, pero al final pregunta - ¿Puedo llamarla María Dolores?
   ¿Este hombre de dónde habrá salido?, se pregunta la joven. Es más antiguo que las pastillas Juanola. Me pide permiso para llamarme por mi nombre. Desde luego, es todo un personaje de cartón piedra.
- Mis amigos me llaman Lolita, pero puede llamarme como quiera.
- Ese diminutivo... Lo habitual es que a las Dolores las llamen Lolas o las distintas variantes del que, junto con Carmen, posiblemente sea el más español de los nombres femeninos.
- Pues como le digo, me han llamado Lolita desde niña. Solo mi madre me sigue llamando María Dolores.
- Si no le importa yo también la llamaré María Dolores. Todavía no tengo la suficiente confianza como para llamarla por su apelativo familiar.
- Como le plazca.
- Hablando de su nombre, ¿conoce la poesía “La Lola se va a los puertos” de Manuel Machado?
- Sí.
- ¿Le gusta?
- No.
- ¿Acaso no le gusta la poesía?
- Sí.
- ¿Pero no Machado?
- Un hermano sí, el otro menos.
   La charla discurre por idénticos derroteros. El pobre boticario intentando buscar motivos de conversación y la muchacha contestando con monosílabos. Lolita está ese día especialmente borde, tiene motivos. Alguien le ha ido con el soplo de que Rafael lleva una vida de perdulario en Valencia y que sus padres están muy disgustados. A todo eso, la señora Leo no aparece por ninguna parte.

   Guerrero decide cambiar de tema a ver si le arranca a la joven algo más que síes y noes.
- Me gustaron mucho los pañuelos, pero sobre todo el anagrama con mis iniciales. No entiendo nada de bordados, pero me ha parecido un trabajo muy artístico. ¿Lo hizo usted?
- No, mamá.
- ¿Usted no sabe bordar?
- Sí.
- Tiene que ser muy complicado confeccionar esas letras tan pequeñas y además que queden tan bien conjuntadas.
- Depende.
- Depende, ¿de qué?, ¿del tipo de letra?, ¿acaso de su tamaño? – el joven boticario se coge al depende como a un clavo ardiendo. A ver si consigue sacarle algo más que monosílabos.
- Depende del patrón.
- ¿Qué es el patrón?
   No hay respuesta porque aparece en escena la señora Leo. Se ha cambiado de vestido, se ha puesto medias y zapatos y hasta un poco de colorete. Lolita le presenta al visitante:
- Mamá, don Enrique, el sobrino de don José. Ha venido a darte las gracias por los pañuelos.
- A sus pies, señora. Ante todo: ¿cómo sigue su eccema? Confío que con el preparado que le recetó el doctor Lapuerta se le haya curado.  
- Fue mano de santo, lo tengo mucho mejor. Pero vuelva a sentarse, se lo ruego. María Dolores, hija, ¿has olvidado tus buenos modales? Tenemos aquí un distinguido visitante y no veo que le hayas puesto una copita o una taza de café. ¿Qué prefiere tomar?
- No. Muchas gracias. No quiero tomar nada. Solo voy a estar un momento. Únicamente vine a darle las gracias por los pañuelos, me han gustado mucho, sobre todo el detalle de las iniciales.
- Las bordó María Dolores. No es porque sea mi hija, pero tiene muy buena mano y mejor gusto.
   Lolita fulmina a su madre con la mirada. Es cierto que las bordó ella, pero no ha querido decírselo al pasmado del farmacéutico, no vaya a creerse lo que no es. Enrique, demostrando que de psicología femenina anda verde, se vuelve a la muchacha:
- Entonces también tengo que darle las gracias a usted, María Dolores. Ha hecho un trabajo primoroso.
   La muchacha prefiere no contestar. Diría alguna inconveniencia y opta por callarse. En cuanto al Peloplancha le parece más muermo que nunca. La señora Leo insiste en que Enrique no puede marcharse sin tomar algo, pero el boticario que, por fin, se ha dado cuenta de la palpable irritación de la joven responde que quizá otro día, pero que ahora tiene que irse.
   Cuando se quedan solas, Lolita estalla:
- ¡Mamá, eres imposible! Me has puesto en ridículo. Hacía años que no me sentía tan violenta. ¿Por qué tuviste que decirle al membrillo ese que los pañuelos los bordé yo?
- ¿Y por qué iba a decirle otra cosa que no fuera la verdad?
- Porque le dije que los habías bordado tú. Me has hecho quedar como una mentirosa.
- Lo siento, hija, no lo sabía, pero es que has mentido. 
- Bueno, vamos a dejarlo, pero que conste que es la primera y última vez que hago algo para, para… - no sabe que calificativo aplicarle – el Peloplancha.