viernes, 16 de enero de 2015

2.10. De profesión: veterinario



 
   Mientras el alcalde y el secretario del Ayuntamiento departen con quien viene a ocupar la plaza que ha dejado vacante don Abelardo Lastra, el oficial mayor está redactando la nota que acompañará a la certificación de su toma de posesión. Va copiando los datos del documento nacional de identidad que acaban de darle. Nombre: Alfonso Grau Bellver. Le da la vuelta al DNI y sigue escribiendo. Natural de: Valencia. Provincia: Valencia. Fecha de nacimiento: 22-03-1920. Hijo de Alejandro y María de los Desamparados. Domicilio... El escribiente duda, levanta la cabeza y mira al secretario hasta que consigue hacerse con su atención.
- ¿Pasa algo, Severino?
- El domicilio, don Nicanor. ¿Pongo el que figura aquí?
- ¿Qué domicilio tienes en el DNI? – demanda el secretario al titular del documento.
- El de mis padres en Valencia, todavía estaba estudiando cuando me lo hice.
- Convendría poner el que vayas a tener aquí. ¿Dónde piensas vivir?
- De momento, estoy en la fonda del señor Avelino, pero quiero buscar algo más estable. Espero que me ayudéis.
- Severino, pon las señas de la fonda de Lino – precisa el secretario.
- No dude que le ayudaremos en todo cuanto esté en nuestra mano – asegura Vives al recién llegado -. En un pueblo como éste en el que en más de la mitad de las casas hay un mulo o un caballo su profesión es una de más solicitadas.
   El administrativo vuelve a interrumpir la conversación.
- ¿Qué ocurre ahora? – pregunta, un tanto desabrido, el secretario.
- Perdonen – y dirigiéndose al forastero inquiere -. Don Alfonso, el estado civil, ¿sigue soltero o...?
- Solterísimo.
- Espere que se enteren las muchachas en edad de merecer – afirma, sonriente, Vives - y verá la de invitaciones que le van a llover.
- Las agradeceré todas, pero tendré que rechazarlas. Tengo novia.
- Por cierto, creo que éste es tu primer destino, ¿verdad? – pregunta, curioso, el secretario - ¿Y si no es indiscreción, que te llamó a pedir Senillar?
- A fuer de sincero, solo hubo un motivo que me decantó por Senillar. Era la localidad que estaba relativamente más cerca de Valencia y mejor comunicada. Ni había estado nunca, ni conocía a nadie, ni sabía nada del pueblo – contesta Alfonso Grau un tanto molesto por la curiosidad del secretario.
   El oficial termina la nota al transcribir el último dato del recién llegado, de profesión: veterinario. Mientras ha estado redactando ha tenido un oído puesto en la charla del trío, a buen seguro que a su mujer le encantará ser una de las primeras en conocer aspectos de la vida de quien acaba de tomar posesión de su empleo. El escribiente se levanta y se acerca al grupito con el documento que acaba de elaborar.
- Lo dejo en su despacho, don Nicanor. ¿Quieres algo, Paco? – pregunta dirigiéndose al alcalde.
- No, gracias, Severino. Puedes volver a tu trabajo – responde amablemente el munícipe.
   Severino echa una última mirada al nuevo albéitar. Tiene buena planta, viste bien y parece un hombre aplomado. Ojalá – se dice – sea la mitad de bueno que don Abelardo. La charla parece agotada y el alcalde, que ha mirado un par de veces su reloj, se pone en pie, gesto que imitan sus interlocutores.
- Ha sido un placer, don Alfonso. Espero que se encuentre a gusto y que se quede mucho tiempo entre nosotros. Déjeme decirle que éste un pueblo en el que se vive muy bien y el trabajo no le agobiará. Lo que no hay son muchas diversiones, pero teniendo en cuenta que tiene novia, supongo que los fines de semana se marchará a Valencia. Lo dicho, bienvenido a Senillar.

   La llegada de un nuevo titulado superior al pueblo siempre es motivo de comentarios de toda índole. Es algo que no ocurre todos los días y la noticia está en boca de todos. En la trastienda de la Moda de París también se habla de ello.
- ¿Ya conocéis al nuevo veterinario? – pregunta Fina.
- Anteayer lo vi, estaba sentado en la terraza del café de la plaza. ¡Está de toma pan y moja! – enfatiza Consuelo.
- Eres una descarada, Consuelo. ¿Qué va a pensar de nosotras esta jovencita?, ¿qué vamos por ahí comiéndonos a los hombres? – pregunta Lolita con una sonrisa bailándole en la punta de la lengua.
   La jovencita aludida es Beatriz Villangómez que, como todos los sábados, acude a la trastienda a que Lolita le imparta clase de francés.
- Huy, no creáis que me escandalizo ¿Si oyerais lo que dicen de los tíos mis compañeras de la Normal las que os escandalizarais seríais vosotras? De todas formas lo último que pensaría de un veterinario es que pueda estar buenorro. ¿Os imagináis a Burt Lancaster o a Clark Gable metiéndole mano a un mulo para ver su temperatura?
   La ocurrencia de la muchacha provoca las sonoras risas del grupo.
                                                                           *
   Tras la pugna por el motorista del coto arrocero, saldada con su victoria, Gimeno no hace más que darle vueltas sobre cómo podría deshacerse del alcalde, su gran rival político. Todavía no sabe cómo va a conseguir que el Gobernador se cargue a Vives, pero no desaprovecha ocasión para segarle la hierba debajo de los pies. Incluso lleva tan adelantado su proyecto de sustituirle que, sin tener la más mínima garantía de poder forzar su cese, ya ha comenzado a tejer la tela de araña con la que envolver a su oponente. Uno de los primeros con los que habla sobre ello es Benjamín Arbós. La conversación está llena de sinuosos sobreentendidos.
- Todos están de acuerdo, señor Benjamín, que fue una majadería que le cesasen. Aseguran que en los pocos meses que estuvo al frente del Ayuntamiento cambió el pueblo.
- Hombre, José Vicente, gracias, pero tampoco fue tanto. Hice lo que pude y aquellos tiempos fueron muy duros, te lo aseguro.
- Ya lo supongo. ¿Y quién fue el inútil que le cesó? – a Gimeno le han contado la historia del final de la guerra en el pueblo, pero se hace de nuevas.
- Un alférez de complemento que fue comandante de la plaza desde la liberación hasta la batalla del Ebro. Zarzalejo se llamaba y era un niñato con la cabeza a pájaros. No sé por qué, pero tanto a Rodrigo como a mí nos tenía sentenciados.
- Cometió la misma estupidez que la que han hecho ahora nombrando a Vives. Que conste que le considero una buena persona y me llevo bien con él, eso que quede claro, pero políticamente no da la talla.
- Posiblemente le falte mano izquierda.
- Y saber estar. No actúa como un político, sino como un empresario, solo piensa hacer cosas. Se pasa el día hablando de aceras, calles asfaltadas, quiere remozar el Ayuntamiento…, ah, y lo del agua corriente. ¡Cómo si no hubiese obras más necesarias y urgentes!
- Hombre, lo del agua corriente no me parece mal. Es un indudable adelanto.
- Por supuesto, lo que cuestiono es que fuera el momento más indicado para llevarla a cabo. Había obras mucho más urgentes.
   Benjamín está tentado de preguntar cuáles, pero hace tiempo que descubrió el juego que se trae entre manos José Vicente y no está dispuesto a dejarse manipular. Empieza a tener años y las apetencias políticas hace mucho que dejaron de figurar entre sus primeras opciones. De cualquier modo, no quiere indisponerse con Gimeno a quien le adivina un espléndido futuro político y piensa en cómo dar una salida a la charla sin que el novato jefe local lo tome como un desaire.
- Estoy totalmente de acuerdo. En los asuntos públicos el tiempo es un factor importante. Y confesión por confesión: alguna vez se me pasó por la cabeza volver a la política activa, pero los años no perdonan. Mi salud ya no es la que era, he tenido dos amagos de angina de pecho y los médicos insisten en que trabaje poco, descanse mucho y preocupaciones ni una. ¡Ya ves qué panorama, cómo para volver a meterme en líos! De todas formas, atiende el consejo de un viejo político ya prácticamente jubilado: no te obsesiones con Vives, hay un tiempo para cada cosa. En vez de ello, deberías de marcarte dos metas: ahondar y ampliar las relaciones con la gente de Valencia, que al fin y a la postre son los que ponen y quitan, y en el pueblo hacer el mayor número de favores posibles. Esas deben de ser tus dos bazas principales para que cuando llegue el día, que sin duda llegará, en que te hayas de enfrentar con Paco tengas las mejores cartas posibles. La paciencia en política es un arma formidable para quien sabe emplearla.
- Gracias por sus consejos. Lo que no tengo claro es cuál sería la mejor forma de que los de la Jefatura Provincial estén más satisfechos con mi labor.
- Puedes empezar por lo que no hizo mi hermano, poner el resto de delegaciones en marcha, tal y como has hecho con la Sección Femenina en la que, por cierto, me han dicho que la hija de la señora Leo lo está haciendo muy bien. 
- No lo hace nada mal, no – asevera José Vicente mientras piensa que Lolita quizás sea una eficaz camarada, pero también es una mujer fría, antipática y arisca, igual es un marimacho de esos a los que no les gustan los tíos.  

martes, 13 de enero de 2015

2.9. Madre, ¿sabe quién es El Ausente?



   Hora del recreo escolar. Todos los alumnos salen al patio. Las niñas por su lado, los niños por el suyo. En el descampado contiguo a la escuela, dos chavales se miran fijamente, parece que estén esperando una señal para lanzarse uno contra otro. Se asemejan a dos púgiles aguardando a que el árbitro dé la señal para que la pelea comience. Aunque no se trata de un combate de boxeo, no llevan guantes ni están en un cuadrilátero.
- Cara. Empieza Miguel - anuncia el chico que acaba de echar la moneda al aire. 
   El aludido, con gesto enérgico, pone el pie derecho delante del izquierdo. Su oponente hace lo mismo. Lentamente van colocando un pie delante del otro y aproximándose hasta que, a punto de tocarse, uno de los contrincantes planta la puntera de su alpargata encima del pie adelantado del adversario.
- Justino elige primero - manifiesta el que lanzó la moneda.
   Los chiquillos forman un corro rodeando a los dos compañeros que se han jugado a pies la posibilidad de elegir primero. Cada uno de ellos es el líder de los equipos que van a jugar su cotidiano partido de fútbol. Alternativamente, cada capitán va escogiendo jugadores. Primero eligen a los más hábiles, después a los más fuertes y al final a los torpones.
- … y Nico – vocea Miguel. No queda otro. Otra vez me toca cargar, piensa, con ese canijo que encima es un tuercebotas.
   Ambos conjuntos se posicionan y comienza el encuentro. No hay árbitro ni jueces de línea, ni están trazadas las rayas divisorias del campo de juego, las porterías están marcadas con dos montoncitos de piedras y la cancha es un descampado. A la casi treintena de chavales les da igual: lo importante es jugar y tienen poco más de veinte minutos para ganar y así poder burlarse de sus rivales, al menos hasta el partido del siguiente día.
   Suena un silbato y el juego se interrumpe. Los muchachos se agrupan en filas y uno tras otro van entrando en el edificio junto al que han estado compitiendo. Las puertas de las escuelas se cierran. Comienza la segunda sesión de la mañana, hoy toca enfrentamiento entre romanos y cartagineses.

   Días después Ricardo Poveda, director del grupo escolar del pueblo, pasea inquieto por la plaza, está nervioso. Hoy viene el inspector de primera enseñanza a girar visita al centro docente. No le conoce, pero le han contado que es muy estricto y exigente, un hueso, vamos. Por eso Poveda ha tomado una resolución con la que espera ganarse el favor del inspector: ha implantado como libro de texto la enciclopedia escolar de la que es autor Martínez Fraile. El cambio de manual le ha costado una buena trifulca con alguno de sus colegas, especialmente con su compañero Fulgencio, que no se ha cortado un pelo en calificar el libro recién seleccionado como un bodrio didáctico que, en su opinión, no es más que un refrito mal cocinado de la enciclopedia cíclico-pedagógica de Dalmáu Carles, que es la que se ha usado siempre en las escuelas locales y con la que todos estaban contentos. Además, la enciclopedia de Dalmáu está encuadernada en cartoné con lomo de tela, que es la encuadernación que mejor resiste los malos tratos que dan los chavales a los libros y, lo que es más importante, cuenta con unos cuatrocientos grabados que la convierten en un material muy apto para el aprendizaje en primaria. En cambio, la de Martínez Fraile tiene una encuadernación más feble y los grabados que presenta no solo son pobres sino que están horrorosamente dibujados. Ricardo rebate a su compañero con un argumento fulminante:
- Todo lo que dices es cierto, Fulgencio, pero a Dalmáu Carles no le vamos a ver nunca por aquí y en cambio Martínez Fraile  es nuestro inspector.

   En el autobús que cubre la línea Valencia-Senillar, llega el inspector. Es un hombre recio, relativamente joven aunque luce abundantes canas. Ricardo, pese a que no lo ha visto nunca, le localiza inmediatamente: es el único de los pasajeros que se han apeado del coche de línea al que no conoce y también el único que lleva sombrero. El maestro se identifica:
- Buenas tardes. Soy Ricardo Poveda, maestro-director del Grupo Escolar José Antonio. Supongo que es usted el señor inspector don Anselmo Martínez.
- Buenas tardes. Sí, soy el inspector. ¿Dónde están los demás maestros?, ¿en la escuela? – el tono del funcionario es seco y cortante.
   Las preguntas y la sequedad del inspector desconciertan a Poveda y le ponen mucho más nervioso de lo que ya estaba.
- Usted perdone, pero de la Delegación Provincial no dijeron nada de que los maestros le tenían que esperar. Si lo hubiéramos sabido habrían estado todos aquí, no lo dude. Y en la escuela tampoco están, la sesión de la tarde acaba a las cinco y son las siete y pico. Ahora que si quiere les mando aviso y en un periquete estarán todos donde usted diga.
   El inspector desiste de reunirse con el magisterio local y le pide a Poveda que le acompañe a la pensión en la que va a pernoctar. El maestro vuelve a sentirse incómodo cuando tiene que informar a su superior de que en el pueblo solo hay una pensión que no es nada lujosa, pero ha comprobado que va a disponer de una habitación estupenda, muy limpia y soleada y con toda la ropa de la cama nuevecita. En cuanto a la cena, será un honor para él y su esposa tenerle como invitado.
   Durante la cena el inspector parece ablandarse un tanto y suaviza su hosco semblante y su cortante expresión. Y llega a sentirse más cómodo cuando Poveda, aprovechando un resquicio, deja caer en la charla de sobremesa que fue alférez provisional. Don Anselmo termina contando a la pareja parte de su vida. Le cogió la guerra en un pueblo de la provincia de Huesca, donde tenía su plaza de maestro, se enroló como voluntario en el ejército nacional y a los pocos meses hizo el curso de alférez provisional. Apenas si llevaba un mes de estampillado cuando fue herido en la batalla del Ebro y pasó mucho tiempo en un hospital restableciéndose. Cuando a principios del treinta y nueve fue dado de alta ya solo pudo participar en parte de la campaña de Cataluña. Terminó la contienda como teniente provisional y cuando dudaba en si seguir la carrera militar o volver al magisterio le ofrecieron el puesto de inspector de primera enseñanza y estaba muy contento de haber aceptado porque la educación era su auténtica vocación. Poveda tampoco pierde la ocasión de deslizar en la conversación que su enciclopedia es la que se emplea en las escuelas del pueblo con lo que consigue que el inspector acabe definitivamente de mostrar su lado más amable.
   Al día siguiente, Poveda recoge al inspector y le acompaña al grupo escolar. Tanto los maestros como los niños han sido debidamente aleccionados ante la llegada del ilustre funcionario. Las visitas de los inspectores se dan muy de tarde en tarde y hay que conseguir que se lleven una buena impresión de la formación y la disciplina de los alumnos. El inspector, siempre acompañado por Poveda, entra en las clases con la invocación de:
- Ave María purísima.
- Sin pecado concebida – corean todo los alumnos puestos en pie -. Buenos días, señor inspector.
- Buenos días, niños.
   El inspector departe un poco con cada uno de los maestros. Procura mostrarse amable aunque a veces se le escapa su natural arisco, lo que aumenta el nerviosismo de los docentes que, en más de una ocasión, contestan embarulladamente a las preguntas de su superior. Tras intercambiar unas palabras con el maestro que está al frente de cada clase, el inspector efectúa algunas preguntas a los alumnos que éstos contestan lo mejor que saben.

   Al llegar a casa, al chaval le falta tiempo pare referir a su madre la visita del inspector.
- Madre, esta mañana ha estado el inspector de las escuelas. ¡Estábamos todos más nerviosos que un flan! Hasta don Fulgencio parecía estarlo. Y sobre todo cuando comenzó a preguntarnos.
- ¿Y qué preguntaba?
- No me acuerdo de todo, pero de muchas cosas. A mí me preguntó si sabía quién era El Ausente. Me dio mucha rabia decirle que no lo sabía.
- ¿Y quién es ese señor si puede saberse?
- No es un señor, El Ausente es José Antonio, el fundador de la Falange. El inspector nos contó que, como durante la guerra, no se sabía muy bien lo que le había pasado, y para evitar la desmoralización de las milicias falangistas, se le empezó a llamar así.
- Igual el señor inspector no sabe una cosa relacionada con José Antonio: su padre, don Miguel Primo de Rivera, pasó un día por el pueblo y se paró a  charlar con el alcalde y unos vecinos que se acercaron a saludarle. Tu abuelo Nicolás, que fue uno de ellos, contaba que era un hombre muy campechano. ¿Te lo había contado antes?
- No, madre, pero usted tampoco sabía quién era El Ausente. 
- Pues no, ya te he dicho que no lo sabía. Por eso tienes que ir a la escuela, para que aprendas cosas como esa y no ser un ignorante como tus padres.