viernes, 2 de octubre de 2020

Libro II. Episodio 60. Un nuevo negocio

   A la pregunta del Hurón, antiguo colega de Julio de cuando alijaba en la Raya, de si vende medicinas, el mañego matiza su respuesta.

   -Sí y no, me explico. Vendemos medicinas en aquellos pueblos que, por no tener botica, la gente no puede adquirir medicamentos sino es desplazándose fuera de su localidad. Pero en poblaciones donde hay farmacias no estamos autorizados a venderlas. Por tanto, en Plasencia no las dispensamos.

   -Pues es una putá porque a eso había venio, a comprar medecinas.

   -Vaya a cualquiera de las farmacias de la ciudad y allí podrá adquirirlas.

   -Ya lo hice, ¿pero sabes a qué precios están? Cuestan un riñón. Y yo había pensao que tú me podrías hacer una rebaja, pero si no puedes… ¡Lástima, no habría sido mal negociejo! –Es oír la palabra negocio y a Julio se le despierta el instinto comercial que paulatinamente ha ido adquiriendo.

   -¿A qué negocio se refiere? –pregunta, interesado.

   El Hurón le cuenta que en Portugal, cuyo desarrollo económico es inferior al de España –aunque tampoco el español sea para tirar cohetes-, existe un mercado muy restringido de productos farmacéuticos, incluso algunos preparados ni siquiera los hay en el mercado debido a que cuentan con escasos laboratorios. Por lo que muchos fármacos han de importarse, generalmente de Inglaterra, lo que provoca que los precios sean más caros que en España, donde existe una industria farmacéutica cada vez más pujante radicada en Cataluña. Y cuando los precios de un producto son notablemente diferentes a ambos lados de la Raya, el negocio está al alcance de quien tenga los arrestos y la habilidad suficiente para sortear a la Guardia Civil o a los Carabineros en la frontera española, y a la Guardia Nacional Republicana en la portuguesa. 

   Julio piensa que lo que acaba de explicar el Hurón puede ser un negocio que podría compaginar con su actual trabajo, porque el tío Lázaro podría encargarse de los alijos y él solo tendría que comprar los medicamentos y organizar su traslado hasta donde dijera el Hurón.

   -¿Y se puede ganar mucho?

   -Depende –responde el Hurón, haciendo gala de sus ancestros galaicos.

   -Tío Lázaro que está hablando conmigo, con Julio Carreño –le reconviene el mañego con una media sonrisa.

   -Dije bien, depende de la clase de medecinas y, sobre to, de la cantidá, y si son medecinas de las que allí no hay se gana más. Hay algunas en las que casi se dobla el precio.

   La información del Hurón, Julio no sabe si calculada o ha sido un descuido, sobre que algunos medicamentos doblan su precio en el país vecino, pone en marcha el caletre del mañego que comienza a diseñar mentalmente lo que podría ser un saneado negocio que además podría compaginar con la tienda. Y la transacción podría iniciarse ya mismo porque en la trastienda tiene almacenados los medicamentos que solo vende en los pueblos. Está en un tris de decírselo, pero se contiene, no hay que ponérselo fácil piensa, será mejor manejar el asunto de forma que el Hurón le considere imprescindible.

   -A lo mejor, y aunque es algo complicado, podría ayudarle en lo de la compra de medicinas a precios que fueran más ventajosos que los de las farmacias, pero antes tendríamos que hablar de comisiones y del quién y el cómo, porque yo no pienso volver a cruzar la Raya -Es un ardid para hacerse valer y conseguir más tajada en el negocio que está diseñando mentalmente.

   -Bueno, chacho, hablando se entiende la gente.

   En eso, entra una clienta en la droguería.

   -Déjeme pensarlo y lo hablamos esta tarde después de cerrar. Le espero a las ocho y cuarto en la taberna del Manco.

   En cuanto Julio se queda solo, su primera acción es realizar un rápido arqueo de las existencias de medicamentos que hay en la trastienda. Anota los precios de los preparados más caros y busca los albaranes de los mayoristas que les surten de medicinas. Tienen dos almacenistas principales: uno de Cáceres y otro de Talavera de la Reina, la ciudad toledana que es un importante centro de distribución de productos y servicios. Revisa los precios al por mayor de los proveedores y calcula la comisión que podría pedirles si les comprara mayores cantidades. De pronto cae en la cuenta de algo obvio, si compra a los mismos distribuidores que surten a la droguería, el Bisojo terminará por enterarse en cuanto vuelva a la tienda; tendrá que buscar otros. También piensa que tendría que pedir el envío de la mercancía a otra dirección que no fuera la de la droguería para conseguir dos objetivos: uno, que el Bisojo no se enterara del asunto, pues si no tendría que darle una parte; otro, controlar el flujo de la compraventa de medicamentos y así dominar plenamente uno de los polos del negocio. De esa manera, tendría amarrado el cincuenta por ciento de la gestión. Le quedaría como atar, en la medida de lo posible, la otra mitad; es decir, la venta en tierras lusitanas. Y ahí estaría en manos del tío Lázaro. No se le ocurre la forma de controlar esa parte del posible negocio. Tendrá que fiarse del Hurón, aunque recuerda que su antiguo mentor no tenía fama de ser demasiado probo. No le da más vueltas, es consciente de que en cualquier negocio al margen de la ley existen muchos factores imprevisibles y todo no se puede amarrar desde el inicio. De momento, decide aventurarse y el tiempo dirá si el nuevo negocio resulta.

   Al anochecer y en la taberna del Manco, el Hurón y Julio, tras muchos tiras y aflojas y después de una larga serie de regateos sobre precios, comisiones, competencias, responsabilidades y demás entresijos de todo negocio de tapadillo, llegan a un pacto. Julio se encargará de comprar las medicinas al mejor precio del mercado y asimismo será responsabilidad suya organizar el transporte de Plasencia hasta Valverde del Fresno. A partir de esa localidad, la responsabilidad recaerá en el tío Lázaro, que se encargará de pasar la Raya y vender la mercancía en Portugal. El mañego aclara que necesitará al menos un par de semanas o quizá algo más para que los medicamentos lleguen a su poder. Los beneficios serán al cincuenta por ciento, tras descontar los correspondientes gastos. El acuerdo se rubrica con un apretón de manos, entre hombres que se visten por los pies no es necesario más.

   -La de vueltas que da la vida, Julino. ¿Quién lo iba a decir que después de tantos años nos íbamos a encontrar haciendo otra vez negocios rayanos? –comenta el Hurón al despedirse.

   -Es verdad, tío Lázaro, nunca se sabe lo que puede deparar el futuro. ¿Y sabe algo? El acuerdo al que acabamos de llegar me ha rejuvenecido, me ha hecho volver a mis años de mozuelo cuando iba pegado a su culo por los vericuetos de la Raya.

  Aquella noche, cuando Julio llega a casa, lleva una bandejita de perrunillas, los bizcochos hechos con manteca de cerdo, harina, huevos, ralladura de limón, un poco de canela y azúcar, y que tanto gustan a su madre. Y además una botella de moscatel.

   -¡Vaya, estamos de celebración! ¿Qué toca esta noche? –pregunta doña Pilar.

   Julio se lo ha pensado y ha decidido no contarle a su madre el acuerdo con el Hurón, sabe que le daría un disgusto. Ha preparado el relato de una sustanciosa venta que le reportará una más que respetable comisión y cambia de conversación sin entrar en más detalles.

   -¿Cómo van las clases?

   -Como siempre…, y hablando de dinero, tengo un viejo deseo del que nunca te hablé y este es un buen momento para hacerlo. No me gustaría llegar a vieja sin tener mi propia casa. Siempre viví en casas de alquiler. De pequeña, vivíamos en la casa-cuartel de turno, en San Martín en una casa cedida por el ayuntamiento y aquí también vivo de alquiler. ¿Crees que llegará el día que entre los dos ahorraremos lo suficiente para comprar una vivienda propia, la nuestra? Si no te apetece o tienes otros planes me lo dices que por mí no habrá ningún problema. Por mi parte, lo que me paga el señor Dimas todos los meses lo ingreso en una cartilla de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Badajoz. Y algún día tendré suficiente para cumplir mi sueño.

   -Madre –dice Julio poniéndose solemne-, te prometo que antes de lo que imaginas te podré comprar una casa. Y posiblemente no será necesario que toques tus ahorros. Para mí será una de las mayores satisfacciones poder decir con orgullo: la casa en la que vive mi madre se la regalé yo.

   Julio se mete de lleno en el nuevo negocio de medicamentos para el mercado portugués. Lo primero es contactar con nuevos proveedores. Estudia las opciones que existen, que no son demasiadas pues la distribución de fármacos es un mundo muy cerrado, y finalmente se decanta por dos mayoristas. Uno de Mérida, la antigua colonia romana fundada por orden del emperador Octavio Augusto para servir de retiro a los soldados veteranos o eméritos de algunas de sus legiones. Otro de Salamanca, la ciudad castellana capital de la provincia que limita al norte con Cáceres. Ha alquilado una planta baja, lejos de la almendra central de la ciudad, que le servirá como dirección y sede para recibir y almacenar los pedidos. Su segunda misión es encontrar a un transportista de confianza que acarree la mercancía desde Plasencia a Valverde del Fresno. Indaga donde encontrar un porteador del que pueda fiarse y se topa con la sorpresa de que transportistas hay muchos, pero que sean de fiar para mover mercancía de matute no tantos. Cavila como resolver el problema hasta que recuerda que su amigo Argimiro le habló en más de una ocasión que su patrón, dueño de una almazara, utilizaba los servicios de un carretero del pueblo para trajinar el aceite que vendía sin declarar. Como no es un asunto para confiarlo a otro, resuelve acercarse a Malpartida. No ha vuelto a ver a su amigo desde el día que llegó de la mili, y Argimiro le esperaba en la estación para llevarle en su carro hasta Plasencia. Es recordar el suceso y por asociación evoca a su exnovia lo que le provoca un ligero pinchazo en no sabría decir que parte del cuerpo. Como forma de olvidarse de Consuelo, piensa en su futuro socio y el nuevo negocio que van a emprender.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 61. ¿De qué será el porte?

 

viernes, 25 de septiembre de 2020

Libro II. Episodio 59. El Hurón

 

   La mujer, que le ha comprado un aceite dérmico a Julio, le pide que se lo dé por la espalda pues no alcanza. Ante la vacilación del mañego, la paisana se explica.

   -Me lo da mi marido, pero no llegará hasta dentro de dos o tres horas –y sin esperar a que Julio responda deja caer las cintas de la combinación.

   Cuando algo más de una hora después, Julio sale de casa de la Carmina y vuelve a la posada va pensando que en cualquier burdel el polvo que acaba de echar le hubiera costado más barato. Has hecho un mal negocio, chacho, se recrimina. Esto no debería volver a pasarte, al menos con un producto del precio del aceite. Te has portado como un pardillo. Que te sirva de lección para el futuro. Una cosa es el negocio y otra echar una cana al aire.

   Aquella noche, tras la cena, Julio juega una partida de tute con el posadero y los hermanos Galván, ropavejeros de Béjar con los que ha coincidido en otras ocasiones. En un receso del juego, el dueño se dirige al mañego y, como el que no quiere la cosa, le pregunta:

   -¿Te ha salio mu cara la Carmina?, no es que me importe, solo es curiosidá.

   Julio de momento se desconcierta, pero se rehace rápidamente, es consciente de que en los pueblos pequeños todo termina sabiéndose pero, como pese a todo no quiere poner en un compromiso a la mujer con la que se ha acostado, se hace el desentendido.

   -No sé de qué vas, Facundo.

   -¡Coño, otro qué ha salido trasquilado por la Carmina! –proclama el menor de los Galván, y dirigiéndose a Julio con una media sonrisa irónica le adoctrina-. Compañero, tendrás que aprender que cuesta menos pagar a una puta de carrera que a una mujer como la Carmina que no es puta de oficio, pero como si lo fuera. Te habrá dicho que su marido no estaba, ¿verdad? Pues seguro que lo tenías en la habitación de al lado pajeándose y pensando en cuanto habrá dejado el incauto de turno. Echar un casquete, a veces sale caro.

   El verano del 94 discurre sin mayores sobresaltos para Julio. En la temporada estival da gusto recorrer las comarcas limítrofes a la Sierra de Gata porque al recibir mayor cantidad de lluvia que las del resto de la región son mucho más verdes y resulta agradable transitar por ellas. Y las ventas están siendo buenas, lo que es recibido por el Bisojo con gran satisfacción. Lo más reseñable que le ha ocurrido al mañego es que una noche que pernoctaba en un mesón de Navalmoral de la Mata una de las criadas, de apreciable buena estampa, le ha estado vacilando o, al menos, eso le ha parecido. Sospecha que se materializa cuando después de la cena la sirvienta se le acerca para preguntarle.

   -¿Es verdá que vendes un agua de colonia francesa que huele de maravilla?

   -Lo es y a lo que huele es a heno recién segado.

   -Será muy cara, ¿no?

   -Cara no, carísima. ¿Por qué me lo preguntas?

   -Porque me gustaría olerla, solo olerla, porque comprarla no pueo permitírmelo.

   Julio intuye claramente lo que parece andar buscando la joven. Pero después de la experiencia con la Carmina anda con mucho más cuidado en la aproximación de mujeres que ofrecen sus favores a cambio de artículos de su carro, algo que puede resultarle más caro que pagar a una de las pupilas del lupanar de la Vero. Aunque como está más fogueado, también ha aprendido a dar gato por liebre. Piensa que si le regala un frasquito de colonia barata, a la que le cambie la etiqueta, puede pasar la noche con la moza por poco dinero.

   -Si solo es olerla, ¿por qué no te pasas por mi cuarto cuándo acabes el trabajo? -La criada no dice nada, al menos verbalmente, pero le guiña un ojo.

   Otro de los cambios que le han acaecido a Julio ha sido que ha comenzado a fumar. Desde que de pequeño padeció de asma, el tabaco le sienta mal, pero en las largas etapas de sus rutas hay veces que se cansa de todo: de pensar, de recordar, de echar cuentas y hasta de cantar –aunque lo hace rematadamente mal-, por lo que echarse algún cigarro de vez en cuando es una forma de matar el tiempo. Puesto que los cigarros le duran poco, en lugar de adquirirlos en un estanco compra tabaco del país que es más barato; por eso en uno los viajes que hace por La Vera recuerda que está en una de las zonas de mayor producción tabaquera de la península, y son muchos –prácticamente casi todos- los cultivadores de tabaco que venden bajo mano una porción del que cosechan para escapar del fisco. No tiene más que preguntar al primero que conoce en Aldeanueva de la Vera, que es donde hace noche hoy.

   -Oye, Graciano, ¿dónde podría comprar tabaco? –pregunta al dueño de la posada donde pernocta.

   -¿Cuántas arrobas quieres?

   -No, hombre, es para mí. ¿Para qué puedo querer unas arrobas?

   El posadero le echa una mirada socarrona y cambia de unidad de peso.

   -¿Con un par de libras tendrás bastante?

   -De sobra. Fumo poco, solo lo hago en los viajes.

   -Mañana, antes de partir, las tendrás. ¿No me preguntas por el precio? –le interpela el patrón.

   -No creo que me cobres más de lo que valga. Me fío de los amigos.

   Con la llegada del otoño reaparece la temida artritis del tío Elías y Julio debe retornar a la tienda. Ahora lo hace con mayor saber que la vez anterior. La primera experiencia como tendero le ha hecho ganar mucha más destreza, y eso es algo que perciben los clientes, especialmente las damas pudientes de la localidad, que no habían vuelto a la droguería desde que se marchó el mañego y ahora han regresado para satisfacción del joven.

   Doña Pilar participa del contento de su hijo, pues vuelve a tenerle en casa y no peregrinando por esos andurriales de los entornos de la Sierra de Gata y sus valles próximos. Madre e hijo vuelven a las sobremesas, sobre todo después de cenar, en la que conversan de mil y una cuestiones, y una sobre la que suelen dialogar es sus respectivas vivencias y sucesos  de la jornada o de los días anteriores. Esta noche, la madre le cuenta como se presenta el nuevo curso 1894-95 en lo que atañe al grupito de estudiantes que cursan con ella el bachillerato por libre.

   -Este curso tendré más alumnos, el grupo ha aumentado a diez.

   -¡Enhorabuena, madre, casi has doblado el número! ¿Y te dan mucha guerra?

   -Salvo algún caso puntual no, en general son buenos muchachos y se portan bien. Vienen muy aleccionados de sus casas, y algún que otro padre me ha dicho que si tengo que castigar o dar un capón a su hijo que no lo dude.

   -¿Y les das algún coscorrón?

   -Que bobadas preguntas. Fuiste a la escuela conmigo, ¿cuándo me viste maltratar a un alumno?

   -Lo decía en broma, madre, no te piques. Pero si no recuerdo mal el curso pasado estabas muy quejosa de un alumno que te traía por la calle de la amargura.

   -Era una alumna y tú la conoces, la pequeña de los Manzano. Y que me ha dado una de las mayores satisfacciones que he tenido desde que ejerzo el magisterio. Al principio, era una niña insoportable: descarada, respondona, pésima estudiante, hablaba de pena; vamos, de los peores alumnos que han pasado por mis manos. Pues bien, si la vieras ahora no la reconocerías, he conseguido darle la vuelta como a un calcetín. Solo te diré que en junio aprobó el ingreso y todas las asignaturas de primero con nota. Cualquier día de estos la vas a ver porque le he pedido que venga a hacerme compañía como ya hacía cuando viajabas. Ahora que ya no viajas, me ha dicho que no quiero molestarnos y por eso no viene.

   -¿Qué edad tiene?, la recuerdo como muy niña.

   -Y lo sigue siendo, en unas semanas cumplirá los doce, y como es muy precoz cualquier día le puede llegar la pubertad. Y hablando de mujeres, ¿sigues saliendo con aquella muchacha que servía en casa del registrador? Nico creo recordar que se llama –Pilar sabe, pues se lo ha contado una vecina aficionada a los dimes y diretes, que a su hijo no se le ha vuelto a ver paseando con la joven de Jarilla, pero prefiere que se lo confirme.

   -No, ya no salimos, nos dimos un tiempo para repensar la relación, pero de eso hace ya la tira… Alguna vez ha vuelto por la droguería y hemos charlado un rato, pero nada más. Hablo más con su señora, la registradora, que con ella.

   -Si crees que me estoy pasando con mis preguntas, dímelo y cambio de tema. Sabes que respeto mucho tu vida privada, pero es la natural curiosidad de madre –Ante el silencio de su hijo, continúa- ¿Estás saliendo con otra?

   Julio vacila unos instantes, los suficientes para que no se le pasen por alto a su madre, pero cuando responde su voz suena firme.

   -Realmente, no. Algún que otro domingo voy con mis amigos a algún baile en un merendero o en el casino, y siempre conoces a alguna chica. Pero son relaciones muy someras, no suelen durar más allá de unas semanas. De lo que se dice una relación seria, nada de nada. Y te prometo una cosa, madre: el día que me eche una novia formal serás la primera en saberlo.

   Y así discurre el otoño y le sucede el invierno, cuando ya muy entrado noviembre un día aparece por la droguería un antiguo conocido de San Martín: el tío Lázaro, más conocido por su apodo, el Hurón, y que fue el mentor de Julio cuando, tras colgar los libros, se dedicó al más lucrativo negocio del contrabando.

   -Tío Lázaro, qué alegría verle, ¿cómo se encuentra?

   -Pos ya ves, voy tirando, aunque los tiempos no están pa tirar na. Y tú, que bien se te ve. Estás hasta más gordo, na que ver con aquel mozuelo que creía saberlo to y no sabía na. Y estás mejor aquí, detrás de un mostraor, que cuando arreabas los mulos por la Raya –El Hurón alude a los tiempos, ya lejanos, en que Julio le ayudaba a trajinar alijos por la frontera hispano-lusa.

   -¿Todavía cruza la Raya? –El tío Lázaro, aunque están solos en la tienda, antes de contestar mira a derecha e izquierda y cuando responde lo hace con voz queda.

   -¿Y qué otra cosa pueo hacer? Los de la tahona siguen sin regalar el pan.

   -La última vez que estuve en San Martín, me dijeron que ya no vive allí.

   -Es que me trasladé a Valverde, así estoy más cerca del negocio. Y hablando de negocios, por eso he venio. Me han contao que también vendes medecinas, ¿es cierto?

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 60. Un nuevo negocio

viernes, 18 de septiembre de 2020

Libro II. Episodio 58. ¿Me puede dar en la espalda?

   Cuando Julia Manzano, la alumna más deplorable que tiene doña Pilar, le  pregunta si ha de copiar frases en su libreta, la maestra responde:

   -No tienes que copiar nada. Charlaremos y me ayudarás… -Pilar echa una mirada a su alrededor-. ¿A ti te gustan las plantas y las flores?

   -Pos claro que me gustan. Nuestra casa del pueblo está llena de macetas y cacharros con plantas, y entre mi otra hermana y yo las cuidamos.

   Aquella noche, durante la cena, madre e hijo se cuentan cómo les ha ido, y Pilar refiere el conato de rifirrafe que ha tenido con la menor de los Manzano.

   -Vaya genio que se gasta la mozuela, y eso que es una niña, aunque tiene talento la muy puñetera. O mucho me equivoco o seguro que va a ser una mujer de carácter.

   -También lo era su hermana, y al final se portó como si no lo fuera -apunta Julio con cierto deje de amargura.

   Inmediatamente Pilar se reprocha haber sacado a colación la anécdota de la niña. Ha quedado patente que a su hijo el recuerdo de Consuelo sigue haciéndole daño, por lo que cambia enseguida de conversación.

    Al día siguiente, cuando llegan los estudiantes de bachiller, la maestra llama a Julia Manzano aparte.

   -Julina –supone que así le llamarán en su casa-, toma estas tijeras y me vas podando las ramas muertas y las hojas secas de las macetas del aula. No tengas ninguna prisa, hazlo a conciencia. Luego hablamos.

   Mucho antes de que la maestra termine con los demás alumnos, la muchacha la interrumpe.

   -Seña maestra, que ya he acabao con las macetas, ¿y ahora qué hago?

   Pilar ha de pensar rápido porque no contaba con la diligencia de la niña.

   -Toma esta revista de viajes con litografías de pueblos de diversos países. Míralos y escribe cuáles te gustaría visitar y por qué.

   -Bah,… seguro que ningún pueblo es tan bonito como el mío.

     Doña Pilar se ha empeñado en hacerse con la confianza de Julia, cree que es la única forma de hacerle entender que estudiar le ayudará a ser mejor persona y una mujer más completa en todos los sentidos. Para ello se ha trazado un plan de cómo comportarse con la muchacha. Le da amplia libertad, el día que no le apetece estudiar no la fuerza, le deja que haga lo que más le plazca. Le insiste que cuando lea una palabra que no la entienda la subraye, que luego se la explicará. Conversa mucho con ella sobre cualquier materia, siempre que la niña lo considere interesante. Le enseña a preguntar, a escuchar, a responder y a pensar. Le pide que le cuente cosas de su pueblo, de sus amigas, a qué juega con ellas, qué es lo que le gustaría hacer de mayor… Todo eso lo hace porque está convencida que la muchacha tiene un gran potencial, que es muy inteligente y que está dotada de una gran dosis de sentido común, algo impropio de una niña de diez años. Y, además, ha terminado encariñándose con ella. La ve como la hija que le hubiese gustado tener, algo que no pudo ser por el prematuro fallecimiento de su marido.

   Entre tanto, Julio se afana en convertir la droguería del Bisojo en uno de los comercios más boyantes de la ciudad. Y a fe que lo está consiguiendo. Poco a poco está remodelando el fondo de las existencias que el Bisojo manejaba. Hay productos que los ha eliminado del catálogo, en cambio ha incorporado otros, teniendo la mayoría una buena acogida por una clientela cada vez más numerosa y diversa. Ha procurado averiguar qué artículos pedían a Cáceres las señoras de las familias pudientes de la ciudad, y los ha incorporado al fondo de la droguería, con lo cual se ha hecho con unas clientas que el Bisojo casi nunca vio pisar su establecimiento. Y dado que, no puede viajar mientras su patrono siga enfermo, ha perdido los ingresos de los pueblos del entorno. Para compensarlo ha establecido un sistema de pedidos por escrito, e incluso orales por medio de los recaderos que van y vienen de los pueblos a Plasencia, lo que le permite mantener una parte de las ventas que conseguía en los viajes. Todo lo cual supone que, al haber aumentado su comisión, cada vez que hace balance las cifras de su porcentaje son más abultadas. Lo que le permite comenzar a ahorrar en cantidades significativas.

   Si en el trabajo las perspectivas parecen favorables para Julio, en la vida social no ocurre lo mismo, está estancado. Continúa saliendo los domingos con Nico, la moza de Jarilla, pero no termina de sentirse a gusto con ella. La joven es resultona y no está nada mal de cuerpo, pero su conversación deja mucho que desear y hay domingos que se le hacen interminables. Ha intentado intimar, pero ahí la joven se ha plantado. La primera vez que en el baile del merendero pretendió ceñir su talle apretadamente, Nico puso el antebrazo entre su cuerpo y el brazo de Julio con lo que su esfuerzo resultó baldío. Y la tarde que intentó besarla la moza le paró los pies de forma categórica.

   -Chacho, no te pases. Seré una pobre criada, pero a honrá no me gana nadie. Mis padres me criaron pa ser una mujer decente y no una tirada que cualquiera pueda hacer con ella lo que le pete. Mi flor es pa el hombre que me lleve a la iglesia y salga de ella siendo su mujer.

   Julio se ha avergonzado de que una muchacha, con pocas luces y unos toscos modales, le haya puesto en ridículo, pero cuando su orgullo se desinfla reconoce que la joven tiene razón. Con las mujeres honestas, no importa cuál sea su condición, hay que comportarse honestamente y no como un rufián, se dice. Tras el incidente, ambos jóvenes, de común acuerdo, deciden enfriar su relación y darse un margen de tiempo para repensarla, lo que conlleva que no van a salir todos los domingos. Y el mañego vuelve donde solía: no sabe que hacer los festivos. Comienza a frecuentar con más asiduidad la cuadrilla de jóvenes solteros con los que ya alternó al inicio de su trabajo como dependiente, profesión que comparte con algunos de ellos. La actividad a la que más tiempo dedican es a beber y a piropear a las mozas que pasean por el entorno de la porticada Plaza Mayor, ubicada en el centro de la zona antigua de la ciudad. Y hacia el final de la tarde, o se van a algún baile a ver si ligan o terminan en casa de La Vero, nombre de la madama que regenta el burdel con más pretensiones de la ciudad. A Julio el amor mercenario nunca le gustó excesivamente, pero se dice que a su edad no puede seguir haciéndose pajas como si fuera un adolescente. Y así, y sin mayores incidencias que resaltar, llega la primavera y la artritis reumatoide del Bisojo mejora, por lo que el patrono vuelve a hacerse cargo de la tienda y el mañego retorna a sus periplos por los pueblos del norte cacereño.

   A Julio acomodarse otra vez a la venta ambulante le cuesta más de lo que imaginaba. Ya se había acostumbrado a los medidos tiempos de su trabajo en la tienda y ahora, volver a cargar el carro, aparejar la Pelona y tornar a recorrer los bacheados caminos de las comarcas que confluyen en Plasencia, se le hace cuesta arriba. Piensa que, al menos, ahora tiene un incentivo que no tenía antes: al haberle incrementado el Bisojo su comisión va a ganar más pasta –expresión que ha comenzado a popularizarse-, algo que no es fundamental en la vida pero, como suele decir su madre, tener dinero siempre ayuda.

   Conjuntamente con el tío Elías, ha decidido ser más exigente a la hora de trazar las rutas de viaje. No hará como antes, frecuentará más a menudo los pueblos grandes, donde lógicamente las ventas son mayores, y dejará de lado los villorrios y aldeas que solo visitará en momentos puntuales del año: cuando recojan las cosechas o vendan el ganado, que es cuando más rueda el dinero en lugares en que suele escasear. Y dará atención prioritaria a las comarcas más prósperas y a las localidades con mayor número de habitantes como Navalmoral de la Mata, Cabezuela del Valle, Jerte, Coria, Aldeanueva de la Vera, Jaraíz y Jarandilla de la Vera, Malpartida, Montehermoso, Valverde del Fresno y Béjar, ya en la provincia de Salamanca. E impensadamente, comienzan a pasarle sucesos que en su primera etapa de vendedor ambulante no le habían ocurrido.

   Un día, en Jerte, una agraciada treintañera le pide un frasquito de aceite dérmico antimanchas relativamente caro, pero al ir a pagar descubre que no lleva suficiente dinero.

   -Me he gastao el dinero en otras compras y ahora no me llega. ¿Me lo pue fiar?

   -Se lo fiaría con mucho gusto si me quedara en el pueblo, pero me voy mañana y no sé cuándo voy a volver -se disculpa.

   -Entonces, ¿le importaría pasarse por mi casa cuando cierre?, le pagaría.

    El mañego duda, la política que impera en el negocio del Bisojo es: vender el artículo con una mano y recibir su precio en la otra. Incluso en la tienda tenía un cartelito que avisaba: hoy no se fía, mañana tampoco; cartel que quitó Julio, aunque continuó con la norma de no fiar. La mujer le está observando con una sonrisa en sus gordezuelos labios y una mirada que parece desafiarle, hasta que vuelve a hablar.

   -No la compraría, ¿sabe usté?, pero como me ha dicho que es el último que le queda sino me lo llevo me voy a quedar sin él. No sea desconfiao, se lo pagaré y encima le daré a catar el mejor pitarra del pueblo.

   -Me voy a fiar de usted. Dígame donde vive y cuando recoja todo el cacharreo me pasaré por su casa. Y un vaso de vino de la tierra no vendrá mal.

   Tras recoger la mercancía, Julio deja el carro y la mula en la posada, se asea un poco y se dirige a casa de Carmina, así le ha dicho que se llama la compradora del aceite. Llega a la casa, una como tantas otras del pueblo, y llama a la puerta.

   -Pase, está abierto –grita una voz desde el interior.

   Julio se adentra en la casa por un pasillo en semipenumbra cuando vuelve a oírse la voz.

   -Estoy aquí, al final de todo.

   El pasillo desemboca en una habitación donde, sentada en una cama y con solo una combinación por vestimenta, está Carmina dándose el aceite.

   -Pase, pase. Que bueno es este aceite, vale lo que cuesta. Ahora acabo y le pago. Hágame el favor, ¿me puede dar en la espalda que no alcanzo?

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 59. El Hurón