martes, 28 de abril de 2020

Libro I. Episodio 28. Más vale ponerse una vez colorada que ciento amarilla


   Consuelo escribe a su novio contándole lo de Luis el vaquero, quiere que se entere por ella y no por terceros.
                                                                              -I-
   Malpartida de Plasencia, 18 de septiembre de 1889.
   Mi amor: espero que al recibo de la presente estés bien de salud, a.D.g., la mía también es buena.
   El encabezamiento que uso no es otra forma de cómo empezar la carta una mujer enamorada, es una verdad más grande que la catedral nueva de Plasencia… Al enunciar la ciudad del Jerte, piensa que es mejor no mencionar el pueblo de Luis. Rectifica.
…, es una verdad más grande que el Monte Jálama de tu pueblo. Y es así porque es lo que siento por ti, amor y muy grande. Te digo todo esto para que sepas que sigo queriéndote como el día que nos prometimos ante la Virgen de la Luz.
   Te he de contar algo que ha sucedido para que lo sigas sabiendo todo de mí y para que veas que, incluso cuando meto la pata, sigo queriéndote como siempre. Verás… -Y Consuelo le cuenta lo ocurrido con el joven placentino. Otra encerrona más de su madre, pero en esta ocasión le sorprendió que el chico se comportara educadamente y no tuviera los pésimos modales que solían tener la mayoría de pretendientes que su madre trataba de enjaretarle. Por eso accedió a enseñarle el pueblo, y cuando al finalizar la jornada el mozo le preguntó si le importaba que el siguiente domingo volviera, todavía no sabe por qué pero le dijo que como quisiera. Fue en la segunda visita del joven cuando se dio cuenta del error cometido y de que, aunque el vaquero no le importara nada, esa no era la manera de guardar la ausencia de su novio como mutuamente se habían prometido. El próximo domingo cuando llegue el placentino le dirá, con buenos modales pero de forma muy clarita, que tiene dada palabra de matrimonio y que no vuelva al pueblo. Y si quiere volver, que eso no puede impedirlo, que sepa que no va a contar con ella para nada, por mucho que se empeñe su madre-… y me despido con el cariño de siempre.
   Tu novia que lo es,
   Consuelo Manzano
   Cuando seis días después, Julio recibe la carta y la lee la conmoción que sufre es como un terremoto, tal es así que ha de hacer algunos paréntesis para serenarse y volver a releer párrafos ya leídos. Los sentimientos que sufre le provocan un regusto amargo. Al principio, experimenta unos celos rabiosos porque la mujer de su vida, la que le prometió una y otra y otra vez que no había otro hombre en la tierra más que él, que nunca miraría a otro, le ha mentido, le ha engañado, ha quebrantado su juramento y se ha olvidado de sus promesas. ¡Ha estado paseando con otro hombre! ¡Y ante la vista de todo el pueblo! Ahora toda la gente de Malpartida sabe que le ha puesto los cuernos. Lo de menos es quien sea el chico. Los celos siempre son malos consejeros y le inducen a contestar inmediatamente a su novia, ¿acaso puede seguir llamándola así?, y pedirle toda suerte de explicaciones. No lo hace porque es hora de ir al trabajo. El resto de la jornada transcurre sin que deje de pensar en la carta de Consuelo y siente como un fuego que le corroe por dentro, como si un monstruo maligno le mordiera las entrañas. La ira que le anega va menguando con el paso de las horas. Apenas si prueba bocado en la cena, pero ya no siente la rabia del primer momento. Relee la carta y va tranquilizándose. Piensa que cuando Consuelo se lo ha contado es porque ha debido ocurrir tal cual lo explica; es decir, que no ha pasado nada. A medida que se va serenando va valorando el amor de su novia y su entereza para afrontar las añagazas que su madre le tiende. Como siempre hay que buscar un culpable a quien colgarle el sambenito, termina maldiciendo a la señora Soledad por su empecinamiento en buscar un novio rico a su hija. Otra idea que se le pasa por la cabeza es la de reafirmarse en lo bien que hizo al no ir a la merienda a la que le invitó Agustín. Si lo hubiese hecho, de alguna manera no hubiera guardado la ausencia de Consuelo, la cual una vez más le ha dado la medida de su amor. A pesar de todas las justificaciones en el fondo le sigue quedando un regusto agridulce.
   En Malpartida, llega el domingo y se repite la escena del anterior. Consuelo se topa con Luis el placentino al salir de misa de doce. El joven, tan correcto como siempre, le pide a la señora Soledad permiso para acompañarlas. La madre acepta encantada y, como el domingo anterior, le invita a comer. A todo eso, Consuelo no ha dicho una sola palabra, se ha limitado a  esbozar un amago de sonrisa y a escuchar, sin prestar demasiada atención, la charla entre su madre y el joven. Espera que llegue el momento adecuado para decirle que no vuelva a visitarla y para eso sabe que es mejor estar solos, su madre podría salir por los cerros de Úbeda si despide al mozo en su presencia. Este se va a enterar de lo que vale un peine, se dice Consuelo.
   Como sigue haciendo mucho calor, hoy la tía María ha preparado un menú al que ha calificado de refrescante y ligero. Como primer plato ha hecho una sopa fría, el ajoblanco, que lleva pan, almendras molidas, agua, aceite de oliva, ajo, vinagre y sal. Y lo ha servido acompañado de uvas y torreznos. De segundo ha hecho pipirigaña, un plato también refrescante, y que en esencia constituye un picadillo de hortalizas, especialmente de tomate, pimiento y pepino a lo que ha añadido caballa y lo ha aliñado con aceite virgen de oliva. De postre, hay bollas de chicharrones, dulces preparados a partir de la manteca de cerdo combinada con harina, azúcar y anís.
   Durante la comida hay un parloteo continúo por parte de Soledad, María y Luis, pero ninguno de ellos consigue que Consuelo participe en la charla, pese a que le preguntan continuamente para que se una a ellos. Únicamente han conseguido arrancarle concisas respuestas. Soledad y María se intercambian miradas, como conocen a su hija y sobrina, intuyen a qué puede conducir la conducta de la joven y es algo que les preocupa. También Luis se ha dado cuenta del comportamiento de Consuelo y opta por no volver a preguntarle. Al final del almuerzo, Soledad se dirige a su hija.
   -Consuelín, ¿por qué no le enseñas a Luis las cuadras de los guarros ahora que no están de montanera? –Y la matriarca dirigiéndose al placentino, a quien ya tutea, le explica-. Verás que cerdos más hermosos tenemos, y no es por presumir pero dan unos jamones que nos los quitan de las manos.
   Consuelo agacha la cabeza y da por buena la petición pues conviene a sus intereses, así podrá hablar a solas con Luis. Y para ir madurando al placentino, durante el camino hasta las pocilgas que están en las afueras del pueblo, le explica en qué consiste la montanera, algo que el joven ha comentado saber qué es, pero no a fondo.
   -La montanera es la última fase de la cría del cerdo ibérico. Se deja pastar a los guarros en la dehesa donde se produce su engorde en los bosques de alcornoques y encinas donde comen sobre todo bellotas que son el alimento fundamental de los animales. Su duración, aunque depende de muchas circunstancias, generalmente se extiende entre octubre y marzo, coincidiendo con la época de maduración de la bellota.
   -¿Y entre septiembre y febrero los cerdos están en las cochiqueras?
   -Sí, en ese periodo están en las pocilgas, aunque aquí se les llama las cuadras de los guarros.
   En cuanto completan la visita a las pocilgas, Consuelo, sin más dilaciones, plantea a Luis cuál es su situación.
   -Verás, Luis. Antes de nada, quiero agradecerte lo correcto y amable que has estado y sigues estando conmigo. Y te lo agradezco de corazón porque, al contrario de la mayoría de pretendientes que mi madre suele endilgarme, te has portado conmigo como un caballero. Lo que quiero decirte…
   -Perdona que te corte, Consuelo, pero ¿de dónde sacas que tu señora madre quiere que sea pretendiente tuyo?
   El desconcierto de la joven hace que se quede sin palabra, solo es capaz de balbucear:
   -Ah, ¿no?…, yo creía…
   -¿Qué es lo que creías? –inquiere el joven con evidente ironía.
   -Perdona…, yo creía que… -Consuelo se va rehaciendo de la sorpresa-. Bueno, como has venido tres domingos seguidos a verme y…
   -¿Y quién te ha dicho que he venido expresamente a verte? –Da la impresión que Luis está recreándose ante la patente confusión de Consuelo.
   -Suponía…, no sé…, creía… -Parece que a Consuelo le cuesta reponerse de su desconcierto.
   -¿Y qué es lo que suponías, si puede saberse? –El placentino sigue regodeándose con el evidente desconcierto de la chinata.
   Es la ironía del joven la que genera que Consuelo se rehaga.
   -¿Entonces, se puede saber a qué vienen estas visitas?, porque no me dirás que vienes a charlar con mi señora madre y con la tía.
   -El primer domingo vine porque tu madre invitó a mis padres a comer, al parecer se traían algún tipo de negocio entre manos. El segundo, porque quería conocer más a fondo el pueblo, estoy pensando en instalar en Malpartida una tienda para vender leche, queso y mantequilla. Y hoy he venido porque siento curiosidad por tu comportamiento… hacia mí.
   -¿Mi comportamiento hacia ti?, ¿eso qué quiere decir?
   -Verás. Me habían contao que eras una especie de matahombres o, mejor dicho, de mata pretendientes, que los espantabas antes de que tuvieran tiempo a decirte cuatro palabras. En cambio conmigo, a pesar de que creías que venía a cortejarte, has estao amable y simpática. Me pregunto ¿por qué ese cambio?
   Consuelo se ha rehecho de la sorpresa inicial y está superando la rabia que le ha provocado la pertinaz ironía que ha empleado Luis en sus intervenciones. Piensa que de todo ello alguna parte de culpa tiene al no haber explicado al joven cuál es su situación y sobre todo sus sentimientos hacia Julio. Hasta el presente, en sus charlas no ha mencionado ni una sola vez al mañego, pero ha llegado el momento de hacerlo en vivo y por derecho, sin morderse la lengua.
   Más vale ponerse una vez colorada que ciento amarilla, se dice.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
29. No me rendiré sin presentar batalla

viernes, 24 de abril de 2020

Libro I. Episodio 27. Lo mejor es contarlo sin rodeos


   Consuelo y Luis se han tropezado en su paseo con Carolina y Argimiro. A la pregunta de su amiga de quién es su acompañante, Consuelo le presenta.
   -Es Luis, hijo de unos amigos placentinos de mi madre, y le estoy enseñando el pueblo. Carolina y Argimiro son amigos míos de toda la vida.
   -Encantao de conoceros. Si sois amigos de Consuelo –El vaquero, que no parece lerdo, se ha dado cuenta de que a la chinata el diminutivo de su nombre no le gusta ni pizca-, espero que también lo seáis míos.
   -¿Asína que no habías estao nunca en Malpartida? –vuelve a preguntar Carolina.
   -Bueno, lo conocía de paso, pero recorrerlo con detalle y tan bien acompañao no lo había hecho nunca. Es un pueblo majo de verdad y tiene unas mozas más majas todavía y para muestra un botón –y hace un ademán señalando a ambas jóvenes.
   -Huy estos placentinos, que cosas tan atrevías saben decir –alaba Carolina.
   -¿Qué sabes de Julio y…? –Argimiro no sigue preguntando porque su novia acaba de darle un pisotón. Y antes de que Consuelo pueda responder, Carolina pone fin a la charla.
   -Nos tendréis que perdonar, pero nos esperan en casa de los padres de Argimiro, tenemos que hablar de los preparativos de la boda. Encantá, Luis –Le da un beso a Consuelo, se cuelga del bracete de su novio y siguen su camino.
   El placentino está al corriente de quien es Julio, pero tiene el suficiente tacto como para no preguntar ni aludir al mismo. Se ha dado cuenta de lo enervada que se ha puesto la joven al mencionarle a Julio, tanto que en el resto del paseo Consuelo no es capaz de dar pie con bola, situación que salva el joven vaquerizo con una charla inocua. Cuando llegan frente a la casa de los Manzano, Luis se despide.
   -Hasta el próximo domingo -Consuelo es incapaz de responder. Se limita a decir adiós con la mano y entrar como una exhalación en su casa. Se siente mal.
   Mientras en Malpartida, Consuelo se ha metido en un embrollo del que no sabe cómo salir, en Palma le ocurre algo parecido a Julio. Le ha prometido a Agustín que irá a merendar con él y con las dos jóvenes mallorquinas, pero llegado el momento duda. Se encuentra entre la espada de la palabra dada y la pared de guardar la ausencia. ¿Qué hacer?, ¿qué será menos malo? Si no va, su paisano se enfadará y con toda razón, y si va Consuelo no se va a enfadar porque no se enterara, pero él tendrá sobre su conciencia haber faltado a la promesa que le hizo. Le disgusta faltar a la palabra dada, pues su madre le ha educado en el principio de que un hombre vale lo que vale su palabra. Luego está la cuestión de que si algún día Consuelo supiera lo ocurrido, ¿cómo se lo tomaría? Hasta media tarde no toma la decisión. No, no puede faltar a la promesa dada a su novia…, aunque también le dio la palabra a Agustín de que iría a la merienda. Aburrido y sin saber que determinación tomar, acaba yéndose al quiosco enfrente del cuartel de caballería donde pide un vaso de palo, luego otro y otro… hasta que el alcohol decide por él. No irá a ninguna parte, es demasiado tarde. Está disgustado consigo mismo y no sabe cómo superar ese estado. Se acusa de no tener palara y de ser un pésimo amigo. Le prometió a Agustín que iría a la merienda y en el último momento no ha sido capaz de cumplir su promesa. ¿Cómo me atreví a prometer algo que va totalmente en contra de lo que le prometí a Consuelo?, ¿cómo puedo ser tan veleta?, se pregunta. Lo de prometer y no cumplir no es de hombres de bien. Ni soy hombre, ni soy na, un chiquilicuatre, eso es lo que soy. He quedado como un guarro con Agustín y no he guardado la ausencia de Consuelo, o al menos estuve a punto. Tanto comerme la chinostra y al final ¿para qué?
   La desazón le dura bastantes días. Está disgustado consigo mismo. Por un lado, por tener unas convicciones tan endebles que a las primeras de cambio se tambalean; por otro, porque tampoco tiene tantos amigos en Mallorca como para desairar al más antiguo de ellos. Le gustaría poder contar a alguien lo que le ocurre, una persona que le escuchara y le diera su parecer, ¿pero a quién? Es cuando se da cuenta de que tiene bastantes compañeros, pero que solo son eso, compañeros, no amigos con los que poder explayarse. Posiblemente con el único que podría hacerlo es justamente al que ha ofendido, pues supone que Agustín estará enfadado con él. Y lo debe estar porque no ha vuelto a verle. Pese a que le ha enviado recado por uno de los ciclistas que lleva el correo al cuartel de El Carmen, Agustín no ha dado señales de vida. De todo el barullo instalado en su mente, acaba sacando una conclusión evidente: tengo que agenciarme un amigo, alguien que sea mucho más que un compañero, alguien a quien pueda contarle mis alegrías, mis penas y, sobre todo, mis dudas, porque preguntas tengo muchas, pero respuestas pocas. Aunque lo de muchas preguntas pero pocas respuestas, ¿acaso me lo resolverá un amigo?, termina preguntándose el mañego.
   Consuelo también está enojada consigo. Ha faltado a la promesa de guardar la ausencia de su novio. Ni siquiera tiene una percepción clara de porqué ha procedido como ha hecho. El que Luis se haya portado en todo momento correctamente, incluso que no haya dicho una sola palabra de cortejarla, no son motivos suficientes para faltar a la promesa que hizo al hombre a quien sigue queriendo. Cuando se le pasa el enfado inicial, se serena y reflexiona, se dice que debe realizar dos acciones y de manera urgente: pedirle a Luis que no vuelva a visitarla y contarle la verdad a Julio por si por un casual llegara a enterarse de lo que ha ocurrido. Debe saberlo por ella y no por una tercera persona. Puesto que el joven placentino se ha comportado en todo momento como un hombre de bien, piensa que no debe despedirle sin más como ha hecho con otros, tiene que ser sincera y explicarle por qué no va a seguir aceptando sus visitas ni sus invitaciones. El chico se merece que se lo diga a la cara y de buenas maneras. Decide que eso lo hará el siguiente domingo. Imagina como se pondrá su madre cuando se entere de que ha rechazado al vaquero, pero ya está acostumbrada a sus intemperantes enfados e incluso a las represalias que acostumbra a tomar. En cuanto a contarle a Julio lo que ha ocurrido, ese será el contenido de su siguiente carta que debe escribir cuanto antes, pero primero necesita saber algo que solo su amiga Carolina le puede ofrecer. Tendrá que ir a verla, pero el azar le evita la visita pues es su amiga la que aparece por su casa. Ha ido a verla para darle las gracias por la mantelería que le ha regalado pues ya le ha llegado.
   -Mil gracias, Consuelín, no sabes la ilusión que me hace tu mantelería y toavía más que esté bordá. Se nota que lo han hecho las monjitas de Plasencia, esas que tienen fama de tener manos de ángel. Tener una amiga como tú no se paga con to el oro del mundo.
   -Gracias a ti, Carol, por ser tan buena amiga…
   Consuelo sabe bien que, aunque su amiga es más bien discreta y poco partidaria de los dimes y diretes tan propios de los pueblos chicos, una de sus tías, apodada La Seca, es una de las chafarderas más conocidas de Malpartida y que a su través Carolina también es conocedora de la mayoría de chismes y rumores que corren por los mentideros locales. Por eso, le tira de la lengua a ver que cuentan las chismosas de sus paseos con el vaquero.
   -Carol, tengo que preguntarte algo y quiero que seas sincera conmigo. ¿Qué se dice por el pueblo de mis paseos en los dos últimos domingos con el chico que te presenté?, el placentino que se llama Luis.
   -Yo no sé na, Consuelín, ya sabes que no soy amiga de cotilleos.
   -Lo sé, Carol, pero también sé que tu tía La Seca sí lo es, y a buen seguro que por medio de ella te habrán llegado rumores de lo que se cuenta.
   A Carolina se la ve incómoda ante la pregunta, pero piensa que con una amiga así no valen las medias tintas y termina contándole lo que sabe.
   -Pues verás. En el pueblo se dice que al fin tu madre se ha salio con la suya, y ha lograo que te dejes acompañar por un mozo que, por lo que cuentan, no se dejaría colgar por menos de cuarenta mil duros. Aunque ya sabes lo exageraos que son los del pueblo, igual los posibles de la familia del chico no son pa tanto.
   -O sea, que en la apuesta que tienen montada los zánganos del casino mi señora madre está a punto de ganar.
   -Eso paece, pero si te digo la verdá yo no acabo de creérmelo. Mu enamorá estás tú pa que ahora venga un tío de Plasencia o de donde sea y le levante la moza al mañego.
   Consuelo le cuenta a su amiga la verdad de lo ocurrido y como la corrección del chico le impactó al alejarse tanto su comportamiento del de la mayoría de pretendientes que su madre ha intentado colocarle, pero que a quien sigue queriendo es a Julio. Y por eso el próximo domingo le pedirá al joven vaquero que no vuelva a verla más, que su corazón ya tiene dueño. Y le formula otra pregunta que la tiene inquieta.
   -Voy a escribir enseguida a Julio pa contarle lo ocurrido. Mi único miedo es que alguien se lo haya dicho ya. ¿Tú crees que alguien ha podido escribirle diciéndoselo?
   -No lo creo, Consuelín; es más, casi estoy segura. Aquí, aparte de ti, los únicos que conocemos la dirección de Julio somos mi novio y yo. Argimiro no se lo ha contao porque yo no se le permitiría y, además sabes que apenas sabe juntar las letras. Y yo antes dejaría que me cortaran las manos que hacer algo que pudiera perjudicarte.
   Al oír eso, Consuelo se echa en brazos de su amiga que le responde con el mismo cariño.
   -Una cosa si te digo –añade Carolina-, escríbele cuanto antes que nunca se sabe lo que pue pasar. Mejor que lo sepa por ti, que no que se lo chive cualquier malasombra.
   Aquella misma noche, Consuelo lleva a su dormitorio los trebejos que usa para poner negro sobre blanco las transacciones de la economía familiar. Coge la pluma, la moja en el tintero y, antes de escribir, piensa en como relatar lo sucedido. Tras unos minutos se dice que lo mejor es explicar lo ocurrido sin rodeos.

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
28. Más vale ponerse una vez colorada que ciento amarilla

martes, 21 de abril de 2020

Libro I. Episodio 26. ¿Dónde vas tan bien acompañá?


   El sábado a primera hora, llega a casa de los Manzano la tía María que le da a Consuelo la lista de viandas que tiene que comprar en el mercado, aunque la mayoría de ingredientes ya los tienen en casa. María prepara un menú netamente extremeño: de entrada, croquetas hechas con una de las joyas de la cocina regional, la Torta del Casar, el más famoso queso extremeño. Luego, bacalao al estilo de Yuste. El plato fuerte es la chanfaina preparada a base de asadurilla y carne de cordero. Y como postre biscuit de higo.
   Poco después de mediodía aparecen los invitados. Ni Consuelo ni ninguno de sus hermanos los conocen. Se trata de un matrimonio, ya entrado en años, y el que al parecer es su único hijo. El padre explica durante la comida que son dueños de una vaquería con fama de tener la mejor leche que se vende en Plasencia. Y que cuando ellos falten todo va a ser para su único hijo, de nombre Luis, que es un mozo de veintipocos años y que no tiene mala pinta. En cuanto oye la explicación, Consuelo no necesita más referencias: aquí está el enésimo pretendiente que me quiere encasquetar madre, se dice. A pesar de las sospechas de la joven, la comida transcurre con normalidad y ni su madre ni el matrimonio placentino dicen una sola palabra de noviazgo, ni siquiera de futuro cortejo. Cuando acaba el almuerzo, la señora Soledad se dirige a su primogénita.
   -Consuelín, ¿por qué no te encargas de enseñarle el pueblo a Luis?, me ha dicho que lo conoce pero solo de paso. Ah, y no te olvides de llevarle a visitar la ermita de la Virgen de la Luz –Es oír eso y Consuelo piensa: ya enseñó la patita madre, pues el paseo hasta la ermita es uno de los recorridos preferidos de las parejitas de tórtolos.
   Ante la sorpresa de Consuelo, el heredero del negocio lácteo no resulta ser ni engreído ni un patán. Es un joven sencillo, bastante educado y jovial. Tal es así que, antes de llegar a la ermita, Consuelo se ve enfrascada en una distendida conversación con el placentino, el cual sigue sin decir una palabra ni hacer un gesto que pueda incomodar a la muchacha. Luis le cuenta que tiene grandes planes para cuando algún día tome las riendas del negocio familiar. Lo primero que piensa hacer es ofrecer nuevos productos y no solamente leche, tiene pensado elaborar mantequilla, queso y nata. Cuando al atardecer ambos jóvenes se despiden, el joven da la primera y única muestra de que tiene más planes que pasear por los arrabales.
   -¿Te importa que el próximo domingo venga a verte?
   Para Consuelo la pregunta no puede ser más embarazosa. La primera respuesta que asoma a sus labios es la de siempre: no, pero sorprendentemente dice algo diferente.
   -Como quieras.
   En cuanto Consuelo contesta afirmativamente se arrepiente de inmediato, pero se dice que lo dicho, dicho está. Esa noche, la muchacha no puede dormirse hasta las tantas. No hace más que darle vueltas de por qué ha respondido como lo ha hecho a la pregunta del joven vaquerizo. Piensa que eso supone no guardar la ausencia de Julio. Aunque se justifica: ¿qué hay de malo en hablar, solo hablar, con un chico que ha mostrado ser correcto, educado y amable? Piensa y piensa, y se le ocurren tantas razones positivas como negativas para el dilema que ella misma se ha creado. Llega un momento en que, cansada y aburrida de no encontrar respuesta, se duerme. Al día siguiente, en cuanto despierta, sigue sin hallar solución a la disyuntiva de si mantener su palabra o decirle al joven vaquero que se vuelva por donde ha venido. Cansada de tantos interrogantes y tan pocas respuestas, se dice que hasta el próximo domingo va a tener tiempo de sobra para encontrar una solución al desasosegante problema.
   En Palma, a Julio le pasa algo similar a lo que le ocurre a su novia. Se debate entre la duda de aceptar la invitación de Agustín para acompañarle, junto a su novia y la amiga de esta, a la merienda que organizan los domingos o darle definitivamente carpetazo. Curiosamente, se plantea preguntas análogas a las que se ha formulado Consuelo. ¿Qué hay de malo en ir a merendar con Agustín y las chicas? No se trata de cortejar a la Dolors ni nada por el estilo, solo es hacerle un favor a un amigo, ¿y eso qué tiene de malo?, sigue preguntándose. Al contrario, echar una mano a un amigo, en algo que no tiene nada de reprochable, solo puede ser calificado como una acción correcta y hasta encomiable. Tras rizar el rizo de argumentaciones de ese tipo, termina convenciéndose de que debe ayudar a un amigo que le necesita. El siguiente domingo irá a la merienda, eso sí, dejando sentado desde el minuto uno que no va a echarle los tejos ni a la Dolors ni a cualquier otra moza que acompañe a la Roser para hacer de carabina. El alegrón de Agustín es mayúsculo cuando Julio le dice que puede contar con él. Le abraza, le palmotea la espalda y le dice emocionado:
   -Chacho, sabía que no ibas a dejarme tirao. Un paisano siempre es un paisano y si, en esta tierra de polacos, no nos apoyamos unos paisanos a otros, ¿quién va hacerlo?
   -Una cosa quiero que te quede clara: voy para entretener a la Dolors, de esa forma la Roser y tú podréis tener más tiempo para vosotros, pero eso no quiere decir que vaya a cortejar a la moza ni nada por el estilo. ¿De acuerdo?
   Agustín, por toda respuesta, extiende una mano que Julio estrecha con firmeza.
   -Paisano, se hará lo que tú digas, faltaría más.
   Aquella noche, en el cuarto de la calle Deanato, Julio vuelve a plantearse otra de las preguntas que le inquietan: ¿se lo cuento a Consuelo o no se lo cuento? Sin imaginárselo, le pasa algo parecido a lo que le ocurre a su novia, no es capaz de darse una respuesta concluyente. Termina diciéndose que hasta el próximo domingo tiene muchos días para pensar qué hacer, mientras dejará de calentarse la cabeza.
   En Malpartida ha llegado el domingo y Consuelo sigue sin tener claro qué hacer con el mozo que viene de Plasencia. Como sigue sin respuestas claras, opta por darle tiempo al tiempo y esperar a ver qué pasa. La joven los domingos prefiere ir a misa de ocho pues al ser rezada es más breve que las que son cantadas y con sermón incluido. Cuando ya tiene la mantilla en la mano para salir de casa, su madre le advierte que quiere que hoy la acompañe a misa de doce.
   -Y si voy a misa de doce, ¿quién preparará la comida?
   -No te preocupes por la comia, se va a encargar la tía María.
   A Consuelo le extraña que su tía prepare la comida del domingo, pues es algo que solo hace en las fiestas, pero no le da más vueltas y se pliega a la petición materna. Madre e hija, vestidas de domingo -que es como se dice en el pueblo cuando alguien se emperifolla más que de costumbre-, asisten a misa de doce que es a la que van las familias pudientes del pueblo. Al salir, y cuando Consuelo va a coger el agua bendita para santiguarse, encuentra la respuesta del porqué de la petición materna: una mano le ofrece el agua, es Luis, el vaquero de Plasencia. El joven también va vestido de domingo y está como para echar el verso. Consuelo acepta el agua bendita y va más allá, esboza un gesto amable. En cuanto salen de la iglesia, el joven placentino da los buenos días a madre e hija y pide permiso a la señora Soledad para acompañarlas hasta casa. Permiso que le es concedido de buena gana. El chico va charlando con ambas mujeres y su conversación parece un modelo de buenas maneras.
   -¿Dónde va a comer usted? –La señora Soledad trata ceremoniosamente al placentino.
   -Me he informao y parece que en el mesón de la Olla Vieja se come como pa echar regüeldos.
   A Consuelo el vaquero ya no le parece tan educado como lo había calificado. Lo de los regüeldos ha sido toda una señal de su formación y maneras. Parece que el mozo está enseñando la patita. Igual no es lo que parecía.
   -No se fíe de lo que le han contao –le contradice Soledad-. Yo he oío lo contrario, que la carne no vale na, el puchero suele estar pasao y el pan tirando a duro. Véngase a comer a casa, que hoy tenemos una caldereta de cabrito que resucitaría a un muerto.
   -Muchas gracias, señora Soledad, pero no quisiera estorbar. Las comidas de los domingos son pa estar con la familia, los forasteros no pintamos na en ellas.
   -No me diga que no que me va a dar un disgusto, y además usté no es un forastero pa nosotros. Ya verá que caldereta tan rica, y no es por presumir de hija pero la ha preparao Consuelín que tiene unas manos pa la cocina que son un primor.
   Una sonrisa casi imperceptible anima el rostro de Consuelo que en ningún momento ha participado en la charla. Su madre miente como una bellaca, la caldereta la ha guisado la tía María. Entre sus muchas virtudes no figura la de ser una buena cocinera. Mi señora madre vuelve donde solía, piensa Consuelo. Otra vez estamos con el juego del pretendiente de una familia con posibles. Y en ese preciso momento encuentra la respuesta que buscaba. Se va a poner en plan borde y el vaquero se va a enterar de lo que es una mujer que dice: por ahí no paso. En el fondo lo siente por el joven pues no parece mal chico, pero no va a ser ella quien le dé falsas esperanzas. Y aunque pueda parecer un contrasentido, también lo siente por su madre y su incapacidad para entender que el amor no sabe de componendas.
   La comida dominical discurre sin ninguna clase de contratiempo y Luis el vaquero, como le tilda Consuelo, se muestra simpático, dicharachero y respetuoso. Quizá por eso cuando su madre le indica que porque no enseña al placentino el resto del pueblo que no tuvo ocasión de visitar el anterior domingo, Consuelo acepta la propuesta sin rechistar. En el recorrido por las calles de la localidad, la muchacha percibe que hay gente que mira a la pareja con curiosidad y que tras pasar ellos algunas comadres cuchichean entre sí. En la plaza de Pozo Alto se tropiezan de cara con una pareja muy amartelada, Carolina y Argimiro. Consuelo pretende evitarlos, pero es imposible, los novios están frente a ellos.
   -Huy, Consuelín, ¿dónde vas tan bien acompañá? –pregunta, curiosa, Carolina.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
27. Lo mejor es contarlo sin rodeos