viernes, 24 de mayo de 2019

105. ¿Y los autores intelectuales?


   Entre tanto Ramo explica a Ponte y Álvarez como se realiza la construcción de la artesanal plaza de toros del pueblo y cómo son las corridas que en la misma se celebran, Grandal y Ballarín están ya en Castellón. Su objetivo: enterarse de cuando llegan a la ciudad Pacheco y Sierra. Grandal le pide al exferretero que se quede en el coche en tanto él pregunta en la recepción por los andaluces. Ha estado pensando en que igual ha de recurrir a la falsa placa de comisario que en un momento complicado de su carrera encargó que le hicieran. Es algo que le desagrada, pero si el personal del hotel se empecina en no dar información alegando lo de la privacidad de sus clientes no tendrá más remedio que recurrir a ella, con los riesgos potenciales que comporta.
-Hola. Estoy citado con los señores Alfonso Pacheco y Jaime Sierra, por favor dígales que
Javier Montellano les está esperando en el bar –Se ha inventado un nombre, ocultando el suyo.
   El recepcionista teclea en el ordenador.
-Lo siento, señor Montellano, pero los señores Pacheco y Sierra todavía no han llegado, tienen hecha una reserva para pasado mañana.
-Igual he confundido la fecha. A ver… -Grandal hace el paripé de mirar el calendario de su móvil-. En efecto, me confundí, la cita es para el 27.
-¿Quiere dejarles algún mensaje? –pregunta solícito el recepcionista.
-No, gracias, les pondré un whatsapp. Buenos días.
   Apenas se ha metido Grandal en el coche y Ballarín ya le está le preguntando:
-¿Están en el hotel?
-Llegan pasado mañana. Cada vez tengo menos margen de maniobra. A este paso me va a coger el toro del final del veraneo y me cogeré un cabreo de órdago como no logre desentrañar este caso.
-¿Qué hacemos ahora, te dejo en alguna parte? –pregunta el exferretero pues van en su coche.
-Déjame en Marina d´Or. ¿Qué día de la semana es?
-Es jueves y estamos a 25.
-Pues si es jueves le voy a dar una alegría a Chelo. Es el día que comemos fuera, el jueves pasado no pudo ser y se cogió un pequeño berrinche. Hoy la voy a compensar.
   Ballarín deja en la urbanización orpesina a Grandal y sigue hacia Torreblanca. Toma la 340 porque la entrada de la AP-7 la ha dejado atrás. La nacional está tan transitada como de costumbre. Se para en una gasolinera que le queda a mano para llenar el depósito y desde allí llama a Álvarez.
-Luis, ¿dónde estáis?
-En el pueblo, Pedro nos ha estado enseñando como construyen la plaza de toros ¿Cómo os ha ido?
-Viaje inútil. Los sevillanos no llegan hasta pasado mañana. He dejado a Jacinto en Marina d´Or y voy hacia ahí. ¿Hoy cocino o comemos fuera?
-Hemos pensado que ya que estamos aquí comeremos en un restorán del pueblo que conoce Pedro, dice que no se come mal y es barato. Se llama Mesón San Jaime y está en el número 83 de la calle del mismo nombre, es la que va de la Plaza de la Iglesia a la salida norte del pueblo. La mejor manera de llegar es que cojas la 340 y la sigas hasta la entrada norte del pueblo, poco antes de la estación de servicio La Torre. Te metes en el pueblo y deja el coche donde encuentres un hueco. Te esperamos allí.
  En el mesón, Ramo, entre plato y plato, les cuenta anécdotas de su juventud ocurridas en la entrà i la eixida de los toros que eran los únicos eventos de las fiestas en los que participaba plenamente. Ante una pregunta de Ponte les explica que en la jornada de hoy los principales actos de la mañana, además del montaje de la plaza, son una misa por los difuntos de la parroquia, una fiesta infantil y la inauguración de las carpas de la fiesta en la Avenida del Mar. Por la tarde hay concentración de collas que después desfilan por la calles del pueblo, tras lo cual comienzan los toros con la correspondiente eixida. Al anochecer se celebra la Nit de la xulla torreblanquina, algo así como la noche de la chuleta, seguida de un concurso de alioli. Rematando la jornada la consabida verbena popular seguida de un disco-móvil.
   Después del almuerzo y tras una horita corta para la consabida siesta, los viejales se reúnen como siempre en el hostal para echar la acostumbrada partida de dominó. Allí es donde Grandal, que cuando puede no falta, recibe una llamada del sargento Bellido.
-Comisario, tengo novedades que contarle. ¿Nos podemos ver esta tarde?
-Por supuesto, pero tengo un problema. Estoy jugando al dominó con mis amigos en Torrenostra y no pienso volver a Marina d´Or hasta la hora de la cena –Grandal ya se ha cansado de las exageradas precauciones que toma el sargento para entrevistarse con él obligándole a reunirse fuera del pueblo, por lo que aprovecha la ocasión para revertir esa situación-. Me pregunto si no habrá por aquí o en el pueblo un sitio lo suficientemente discreto para que conversemos. Si no es así tendremos que dejarlo para mañana.
-Le vuelvo a llamar –es toda la respuesta del suboficial.
   A los pocos minutos vuelve a sonar el móvil de Grandal, es otra vez Bellido.
-Comisario, ¿conoce la barbacoa El Chiringo? Está en la carretera de Torrenostra, como a unos quinientos metros y a la derecha subiendo hacia el pueblo. ¿Cuándo termina la partida?
-Sobre las seis, aproximadamente.
-A las seis y cuarto le espero en El Chiringo, si no tiene inconveniente, claro.
-De acuerdo, Bellido, allí estaré.
   Cuando acaba la partida, Grandal se despide de su panda y se va a la cita que tiene con el guardia civil. Cuando llega al restorán, que a esa hora está cerrado para los clientes, allí le está esperando el sargento.
-¿Qué quiere tomar, comisario?
-Una cerveza estaría bien. No había estado nunca aquí, es un sitio curioso con los olivos formando parte integral de la decoración.
-Si quiere tomar buena carne a la brasa este es el sitio. Que sean dos cervezas –pide el sargento al chico que ha aparecido como si les esperara-. Comisario, tengo noticias y creo que son buenas. La juez del Valle ha citado para declarar al Chato de Cazalla. Este alegó que no tenía medios para viajar a Castellón y menos para alojarse allí. Su señoría lo ha resuelto en un periquete con los fondos del juzgado para esas contingencias y el Chato ya se ha puesto de viaje. Declara pasado mañana, no sé si antes o después que Carlos Espinosa, y al día siguiente están citados Pacheco y Sierra.
   El expolicía se queda pasmado al oír lo que le cuenta Bellido. Este hombre es la contradicción personificada, piensa, ayer me montó un expolio jurando que no me podía informar de cuando declaraban los sevillanos porque le podían expulsar del Cuerpo y hoy, de buenas a primeras, me lo cuenta como si nada. O no tiene memoria o carece de criterio. Grandal, que no dice lo que piensa, se limita a felicitar al sargento y a sugerirle algo que hasta ahora no lo han puesto en valor.
-Esas son buenas noticias, Bellido. Otra cuestión, he estado pensando que hay un aspecto de la investigación sobre el caso Pradera que hasta el momento hemos pasado por alto, nosotros y también la señora jueza. Se trata de que los presuntos sospechosos de la muerte de Salazar, quizá con la salvedad del hijo y de la exnovia, en mi opinión actuaban como unos meros emisarios, unos simples mandados, detrás de ellos han de estar los que podríamos denominar los autores intelectuales de la muerte del gaditano; es decir, aquellos que han sido los padres de la idea de cargarse al exsindicalista, pero que no han sido ellos quienes la han llevado a la práctica, sino otros.
-Pues tiene toda la razón.
-Quien tiene la coartada más sólida de que su estancia en la Costa de Azahar es producto de su actividad profesional es Pacheco, pero lo que han declarado los demás sobre las causas de que estuviesen por estas tierras son motivaciones muy endebles, cuando no increíbles.
-Eso es lo que desde el primer momento han estado investigando los compañeros de la UCO. No se lo había dicho antes porque me he enterado esta misma mañana. Coinciden con usted en que a excepción de Pacheco, ni Espinosa, ni Sierra, ni el Chato tienen motivos justificados y creíbles para estar aquí en pleno agosto.
-Hombre, veo que la gente de la UCO no ha perdido olfato, me alegro. ¿Y han llegado a alguna conclusión?
-Hechos probados ninguno, pero rumores han recogido un montón con la ayuda de los servicios informativos de los compañeros de Sevilla. Las fuentes, tanto las del Cuerpo como de la Policía Nacional, apuntan a que hay varios grupos de empresarios, políticos y funcionarios, todos ellos relacionados de alguna manera con el caso ERE, que son los que están detrás de los que estuvieron visitando a Salazar.
-O sea, que una vez más los autores intelectuales, los que han tramado esta suerte de conspiración contra el pobre Salazar se van a ir de rositas. Este país no tiene remedio, Bellido.
Eso de que el que la hace la paga debe de ser verdad en Dinamarca o en Finlandia, pero en esta España de nuestros pecados no cuela. Aquí detenemos, y no siempre, al que ha tirado la piedra, pero al que la ha puesto en la mano y ha señalado contra quien tirarla, ese se libra. Es uno de los motivos por los que si tuviera un hijo le diría que fuese lo que quisiese menos policía o juez. Bueno, a lo que íbamos, haz un nuevo informe para la del Valle subrayando que es un hecho probado que Espinosa compró un raticida en un súper de El Grao el mismo día de autos –A lo que ha dicho, Grandal va a añadir la información de que fue el Chato de Cazalla quien le pegó la paliza a Salazar, pero se lo piensa mejor y opta por guardarse la noticia, quizá posteriormente pueda sacarle más réditos. Lo que hace es una petición-. Y esperemos que su señoría apriete bien los tornillos tanto a Espinosa como al Chato y si no contestan o salen por los cerros de Úbeda no va a tener más remedio que pasarlos de testigos a imputados.
-¿Eso último también lo pongo en mi informe?
-No, hombre. No le puedes decir a la jueza lo que tiene que hacer, se volvería contra ti. Debes informar sobre tus investigaciones de modo que su señoría lea entre líneas y deduzca lo que debería preguntar a los testigos, ¿entendido?

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 106. Dear

viernes, 17 de mayo de 2019

Capítulo 25. ¿Y los autores intelectuales? .- 104. En la España profunda no hay fiesta sin toros

   A las diez y media del 25 de agosto, la cuadrilla de jubilados que están veraneando en Torrenostra se reúnen en el apartamento del hijo de Álvarez para que Jacinto Grandal les cuente lo que no le dio tiempo a explicarles la tarde anterior.
-Veréis, volvemos a estar en un pequeño impasse en la investigación. El estancamiento está producido porque seguimos sin saber qué pasó en la habitación de Curro Salazar entre las 15,30, en que Anca retiró la bandeja del almuerzo, y las 17.40, hora en que Rocío va a entrar en el cuarto y no lo hace al ver al Chato. En esas dos horas y pico está la clave de la muerte del gaditano. Y entre los individuos que le visitaban con cierta asiduidad, ¿de quiénes no sabemos nada de lo que hicieron el día de autos? Pues de Pacheco y de Sierra. Bueno, y también ignoramos qué hizo el Chato pues aún no ha declarado.
-Lo que dices no es ninguna novedad, llevas manteniendo esa teoría hace tiempo –recuerda Manolo Ponte.
-En efecto, pero los acontecimientos se están precipitando y el final de nuestras vacaciones está a la vuelta de la esquina. Y supongo que no querréis que nos vayamos de aquí sin desentrañar qué le pasó al pobre Salazar y quién o quiénes se lo cargaron.
-Bien supuesto, al menos por mí parte y supongo que por la de los demás –afirma Ponte que, como el más viejo del grupo, suele arrogarse la representación del resto.
-La Jueza de Instrucción ha citado a Pacheco y a Sierra, en una fecha que todavía desconozco, para que vuelvan a declarar basándose en nuestras investigaciones que han confirmado que ambos individuos fueron vistos en Torrenostra el día de autos. Algo que en su primera declaración negaron de forma tajante, al menos Pacheco. Sierra fue más hábil y esquivó la pregunta de la jueza. Si ambos estuvieron aquí el día de la Asunción hay más de un noventa y cinco por ciento de probabilidades de que también estuvieran en la habitación de Curro. ¿Por qué no les vio nadie en el hostal? No sé la respuesta, pero apostaría diez contra uno a que estar, estuvieron.
-¿Y por qué quieres hablar con ellos?, ¿eso a qué conduce? –pregunta Amadeo Ballarín.
-Conduce a que desconfío de la habilidad de la jueza para sacarles la verdad a dos individuos listos y con la suficiente mano izquierda como para torearla.
-¿Crees que la juez es de las moldeables? –pregunta con malicia Luis Álvarez.
-En principio, no. Por lo que sé de ella es honesta, competente y trabajadora, pero también es inexperta y eso es lo que me preocupa. Por eso me he propuesto hablar con Pacheco y Sierra de forma particular y, a ser posible, antes de que declaren en el Juzgado de Instrucción.
-¿Y eso es legal, puede hacerse? –inquiere Ballarín.
-Legal no es. Sobre si puede hacerse es lo que averiguaremos. Amadeo, tú fuiste quien fotografió a ambos la primera vez que declararon, ¿guardas alguna copia de esas fotos?
-Mejor que unas copias, en la memoria de mi cámara tengo las fotos originales –responde Ballarín.
-¿Puedes mandarlas a mi móvil?
-Lo hago ahora mismo. Bueno, lo haré en cuanto encuentre un cable para conectar la cámara con mi móvil o directamente con el tuyo.
-¿El cable ese lo tienes aquí?
-Creo que sí, suelo guardarlo en la bolsa de las cámaras. Voy a mi habitación a ver si lo encuentro.
-Me valen también las copias de papel que seguramente guardáis algunos de los que estuvisteis en aquella operación, y las quiero para no tener ningún problema en reconocerlos. Pienso ir a Castellón cuando lleguen esos pájaros y forzarles a que hablen conmigo antes de hacerlo con la jueza.
-¿Y cómo conseguirás que hablen contigo? –se interesa Ponte.
-Estoy ideando un plan del que todavía me faltan por perfilar algunos flecos, en cuanto lo tenga cerrado os lo contaré. Ah, para ese viaje a Castellón necesitaré a alguno de vosotros.
-Sabes que todos estamos a lo que digas; vamos, digo yo –afirma Ponte mirando al resto de sus camaradas cuyo asentimiento es general.
   Grandal cambia de registro y hace un comentario que no cuadra en absoluto con lo que estaba hablando hasta el momento.
-Me ha parecido notar que se ven menos coches y que también ha disminuido el número de gente en la playa, ¿es así o son figuraciones mías? Lo digo porque Marina d´Or sigue tan lleno como lo estaba en la primera quincena del mes.
   El que contesta es Pedro Ramo hasta ahora silente:
-Eres un buen observador, Jacinto. Aquí el pico de veraneantes se registra desde la segunda semana de julio hasta el veinte de agosto. A partir de esa fecha, los que son de aquí se suben al pueblo para no perderse las fiestas y el número de forasteros también decae. Esta playa, en cuanto concurrencia, no tiene nada que ver con Orpesa, Alcossebre o Benicàssim, donde el veraneo dura prácticamente tres meses o más. Es el mayor problema que tienen los negocios instalados en Torrenostra, que su temporada veraniega es mucho más corta que la habitual.
-Lo he traído a colación – se justifica Grandal- porque he pensado que al haber menos gente quizá el personal de bares, restoranes y chiringuitos tenga más tiempo para mirar con mayor atención las fotos de Pacheco y de Sierra, y si recuerdan haberles visto por aquí el día de la Asunción. Lo digo porque cuando hace unos días hicisteis la primera ronda de reconocimiento os quejasteis del poco caso que os hicieron camareras, empleados y demás personal. ¿Todavía guardáis copias de las fotos?
   La respuesta es negativa. En esas reaparece Ballarín luciendo en su mano el cable conector para pasar las fotos de su cámara al móvil de Grandal.
-Amadeo –le pide Grandal-, tendrás que subir al pueblo porque vamos a necesitar más copias en papel de los dos pájaros sevillanos. En cuanto las tengamos os vais a desplegar por todos los establecimientos de la playa enseñándolas, a ver si esta vez tenemos más fortuna.
-¿Cuándo hacemos la operación? –quiere saber Álvarez.
-Cuando podáis, pero hoy mejor que mañana. Nos quedan cinco días.
-Seis, agosto tiene 31 días –precisa Ballarín.
-Chelo quiere marcharse el 30, dice que el último día nos encontraremos con caravana y si algo le pone de los nervios son los atascos, por eso a mí me quedan cinco días. En cuanto al viaje a Castellón se trata de buscar a Pacheco y Sierra en el hotel en el que estuvieron hospedados. Es bastante probable que vuelvan al mismo. Necesito que uno de vosotros, el que quiera o pueda, me acompañe por si en algún momento tengo que dejar el coche y en la ciudad aparcar es un problema. ¿Algún voluntario?
   Todos, menos Ramo, levantan la mano.
-Gracias, pero no esperéis que elija yo. Todos me valéis, o sea que decidid vosotros.
   Tras un breve diálogo, al final deciden que sea Ballarín el acompañante por si acaso necesitara hacer más fotos. Los demás subirán al pueblo a hacer las copias y, de paso y a sugerencia de Ramo, este les enseñará cómo construyen la artesanal plaza de toros pues hoy comienza la tradición más arraigada de las fiestas: los toros. Mientras Grandal y Ballarín enfilan la AP-7 en dirección sur, camino de la capital de La Plana, Ponte, Ramo y Álvarez después de hacer las copias en una tienda de fotos se acercan a la Plaza Ramón y Cajal.
-Yo creía que se llamaba Plaza de la Iglesia.
-Y mucha gente sigue llamándola así. Otros la llaman la Plaza Mayor. Y ha tenido más nombres, pero su denominación oficial es la de Ramón y Cajal –explica Ramo.
   En la plaza hay un aparente caos de gente que se mueve alrededor de lo que van a ser los tendidos de la eventual plaza de toros. Ramo les cuenta que antiguamente la plaza se construía con los carros de los labradores encima de los cuales se asentaban unas tablas que hacían de basamento para las sillas traídas de casa y donde se aposentaban las mujeres. Los hombres estaban sentados en el borde de la tablazón mirando hacia el ruedo, en este caso un rectángulo, mientras los jóvenes estaban bajo en el coso.
-¿Y qué toreros actúan?, supongo que serán novilleros de los que empiezan la carrera –pregunta Ponte.
-¡Que va!, salvo en contadas ocasiones no vienen profesionales del toreo, los que torean a los astados, casi siempre una vaca o un torete de no demasiados kilos, son los jóvenes que gritan y hostigan al animal para que arranque contra ellos, entonces se refugian de un salto en las traviesas que forman la delantera de los carros mirando hacia la plaza o se meten entre los pivotes que ayudan a sostener la tablazón de los tendidos. Eso sí que no ha cambiado, ahora se hace igual que como se hacía medio siglo antes. Ah, y torean sin usar capotes, muletas y demás útiles propios del arte taurino, lo hacen a pecho descubierto. A todo eso, oficialmente estas actuaciones no son corridas ni siquiera novilladas, en lenguaje administrativo se le llama exhibición de toros y vacas, única forma de obtener los permisos necesarios. Forman parte de una tradición muy arraigada: bous al carrer o toros en la calle.
-Oye, Pedro, y esas construcciones más altas que hay en la zona que mira a la iglesia, ¿qué son? –inquiere Ponte.
-A eso se le llama cadafal, literalmente cadalso en castellano, unas plataformas que antes se hacía de madera y ahora con estructuras metálicas, y que en un coso convencional serían las gradas y andanadas.
-¿Y cuándo empiezan los toros?
-Esta misma tarde. A mí siempre me resultaron aburridos, de los toros lo único que me gustaba era la entrà i la eixida, que son una especie de encierros pamplonicas, salvando las distancias. A las doce se suelta la torada y los animales, por la calle San Antonio, recorren los trescientos metros desde un corral provisional hasta la plaza, es lo que se llama la entrà o entrada. Por la tarde, tras torear al último animal se les saca por el mismo recorrido, es lo que se llama la eixida o salida. Los mozos corren delante y detrás de la manada al estilo de los Sanfermines, pero poniendo más metros entre ellos y los astados.
-Eso se hace en muchos pueblos de España –asevera Álvarez.
-Por descontado. En la España profunda no hay fiesta sin toros –sentencia Ramo.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 105. ¿Y qué pasa con los autores intelectuales?

viernes, 10 de mayo de 2019

103. El Cristo del Calvario


   El sargento Bellido se debate entre acceder a la petición de Grandal que quiere hablar con Pacheco y Sierra sin que se entere la Jueza de Instrucción o negarse de plano. Las razones que le ha dado el excomisario parecen convincentes. El suboficial es consciente de que en las dos primeras horas de la tarde de la Asunción está la clave para desenmarañar el misterio de la muerte de Salazar. Y es muy probable que Pacheco y Sierra tengan algo que decir sobre ese lapso de tiempo. Pero lo que pide Grandal es arriesgado: nada menos que transgredir de plano la normativa de enjuiciamiento criminal. Si trasciende que él ha participado en semejante irregularidad su expulsión del Cuerpo puede ser fulminante, pero si no lo hace es muy posible que el caso Pradera vaya a parar al archivo de casos irresueltos... Al final, vence el miedo a perder lo que ya tiene.
-Comisario, entiendo sus razones y hasta las comparto, pero no cuente conmigo para lo que me pide. Es más, esta conversación no ha tenido lugar. Como cabeza de la policía judicial del caso Pradera soy el primero que ha de velar por el estricto cumplimiento de lo que dispone la Ley de Enjuiciamiento Criminal y demás disposiciones que la desarrollan. Por tanto, olvídese de que le ayude en lo que me pide.
   Al oír la respuesta del sargento la cara de Grandal refleja su contrariedad. Dado que Bellido no es la primera vez que vulnera el ordenamiento jurídico, ya lo hizo cuando le pidió su ayuda, estaba convencido de que le facilitaría lo pedido. El semblante que muestra Grandal, entre la decepción y el enojo, termina provocando que a su lógica decisión el propio sargento le abra un portillo para no contrariar al hombre que tanto le está ayudando.
-Naturalmente, si usted se entera por algún medio de cuándo llegan a Castellón Pacheco y Sierra y puede hablar con ellos, como yo lo voy a ignorar me va a resultar imposible impedir esa reunión, de la que en todo momento voy a estar al margen.
   A Grandal le cambia el semblante. A buen entendedor, pocas palabras bastan, se dice. Visto el desarrollo de la conversación con Bellido, opta por volver a Torrenostra, tiene que hablar con sus amigos y colaboradores pues le van a resultar imprescindibles para llevar a cabo lo que está comenzando a germinar en su mente. Antes de ponerse en camino llama a Álvarez para saber dónde está la cuadrilla de jubilados
-Pues estamos en el pueblo. Como no teníamos nada que hacer, Pedro nos ha propuesto que podíamos visitar la ermita del Cristo del Calvario y la Iglesia de San Francesc que según él son de los pocos lugares visitables del pueblo.
-¿Y dónde estáis ahora exactamente?
-Pues en els Cuatre Cantarons, es el cruce de las calles San Antonio y San Cristóbal y a menos de cien metros de la Plaza de la Iglesia.
-¿Y cómo llego ahí con el coche? Estoy parado a la altura del Hotel Miramar.
-Con el coche imposible llegar, está todo cortado por las fiestas. Haz una cosa, vuelve a meterte en la nacional 340, dirección norte, y a unos trescientos metros verás a tu derecha un pequeño otero poblado de pinos y cipreses. Al llegar a su altura, sal de la carretera, aparca el coche y yo mismo te recogeré.
   Así lo hace Grandal, pasado el pequeño montículo aparca el coche metiéndose en un pequeño descampado. Allí espera unos minutos hasta que aparece Álvarez.
-Que rápido has venido. Vamos, el resto nos espera a la puerta del calvario –indica Álvarez.
-¿Un calvario?… Recuerdo que en mis tiempos de seminarista, en Semana Santa solíamos ir a uno situado en una colina que había en un pueblo cercano. El camino hasta la cima, donde había una pequeña ermita, estaba jalonado por capillitas de piedra representando cada una de las estaciones para recordar el Vía Crucis de Jesús hasta el monte Gólgota.
-Siempre me impresiona que un tipo como tú sepa tanto de ceremonias religiosas –comenta Álvarez.
-Es natural, fui seminarista algunos años, y esas cosas, no sé por qué, no se suelen olvidar.
   Durante el breve recorrido hasta la puerta del calvario, Grandal le explica que en la mayoría de pueblos españoles se denomina calvario a todo recinto en que se desarrolla el Vía Crucis, que significa literalmente el camino de la cruz; es decir, el que recorrió Jesucristo cargado con la cruz después de la sentencia de Poncio Pilatos hasta el monte Calvario donde murió crucificado. Y le cuenta que catorce son las escenas que se representan en los calvarios y que las describe de corrido como si fuera una letanía. Primera: Jesús es condenado a muerte; segunda: Jesús con la cruz a cuestas; tercera: Jesús cae por primera vez; cuarta: Jesús se encuentra con su madre, la Virgen María; quinta: el Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz; sexta: la Verónica le limpia el rostro; séptima: Jesús cae por segunda vez; octava: Jesús consuela a las piadosas mujeres que lloran por él; novena: Jesús cae por tercera vez; décima: le despojan de los vestidos; undécima: clavan a Jesús en la cruz; duodécima: Jesús muere en la cruz; decimotercera: descienden a Jesús de la cruz y su madre lo recibe en su regazo; decimocuarta: Jesús es sepultado.
-¡Dios bendito!, eres un meapilas, Jacinto –le jalea Álvarez ante la exhibición memorística del excomisario.
-No digas bobadas, eso fue en otra vida.
   Delante de la puerta del calvario encuentran a Ramo, Ponte y Ballarín. El primero, que hace de cicerone, está explicándoles lo que representa para el pueblo la existencia del calvario y, sobre todo, el hecho de que en su cumbre esté emplazada la capilla que guarda el Cristo del Calvario, la imagen religiosa más respetada y querida por los torreblanquinos.
-La capilla, junto a las estaciones y la iglesia de San Francesc, la primera que tuvo el pueblo, están reconocidos como Bienes de Interés Cultural desde 2007 en la categoría de monumento. Salvo la iglesia que es anterior, el resto se construyó en el siglo XVIII.
-¿Y por qué ese Cristo es la imagen más querida por la gente del pueblo? –quiere saber Ponte.
-Porque al finalizar la primera guerra mundial, Europa se vio asolada por una epidemia letal, la mal llamada gripe española. A Torreblanca también llegó, de forma que en 1918 las muertes se triplicaron. El párroco de entonces bajó la imagen del Cristo del Calvario a la iglesia del pueblo. Al poco tiempo, los fallecimientos cesaron y los enfermos sanaron. Desde entonces, el pueblo manifiesta su agradecimiento bajando al Cristo en Semana Santa durante cinco días a la iglesia parroquial. Es lo que llaman el Quinario que, como dijo un desconocido vate local, consiste en esto: El Quinario, cinco días de oraciones para el Cristo del Calvario.
   Escuchando las explicaciones de Ramo han llegado a la puerta de la modesta capilla en la que una lámpara votiva lanza una trémula luz que no puede rivalizar con el sol de agosto. Ramo les dice que el templo de San Francesc es más interesante que la capilla. Les cuenta que fue construido en el siglo XIV, y que a finales del mismo, exactamente en 1397, sufrió un asalto berberisco en el que robaron la custodia, lo que provocó una expedición cristiana para recuperarla, acción que se convirtió en la página histórica más importante de la villa.
-¿Y cuál es esa página tan importante? –inquiere Ponte que hoy tiene el día preguntón.
-Os la cuento en otra ocasión, dejadme ahora terminar con la iglesia de San Francesc. Cómo veis, es un templo del tipo de las iglesias de la Reconquista. Tenía una funcionalidad claramente defensiva, lo prueban las diversas aspilleras, la barbacana que protegía el acceso original y las almenas insinuadas en la parte superior de los muros. Con motivo de la concesión de la carta-puebla, que se le dio al pueblo en 1576, fue reformada. Durante siglos estuvo olvidada hasta que en los últimos treinta años las autoridades locales volvieron a ocuparse de ella y hasta intentaron recuperar los frescos originales. Y ahora vamos a salir, pero pasando por las capillas de las estaciones del Vía Crucis.
   El grupo, siguiendo al improvisado cicerone, va pasando por terrazas abancaladas en las que están las capillas del Vía Crucis y a las que acompañan como guardianes modestos cipreses. En cada una de las capillas una cerámica ilustra el paso que representa y siguen así hasta que vuelven al punto de partida, la puerta de entrada al recinto.
-Bueno, pues eso es todo –resume Ramo-. Estamos en la cota más alta del pueblo. Las calles que arrancan de aquí son las que formaron el núcleo original de la población. Recuerdo que mi padre, que conoció la guerra de África, a este barrio le llamaba el Gurugú, en recuerdo al monte del mismo nombre colindante con Melilla de triste recuerdo para los españoles de entonces.
-Después del empacho cultural que nos ha brindado, Pedro, creo que se impone hacer algo más cotidiano como tomarse unas birras bien fresquitas –dice Álvarez con su impenitente falta de tacto-. Además creo que aquí el boss tiene algo que contarnos.
-Desde luego, Luis, tú eres de los que toca las cubiertas de un libro de arte y te coges tal empacho que tienen que darte ricino –le recrimina Ponte.
-Déjalo, Manolo, igual Luis tiene razón y se me ha ido la mano al contaros historias de mi pueblo. Lo único que puedo alegar en mi descargo es que tengo tan pocas ocasiones de hacerlo que cuando se me presenta una me desfogo –se excusa Ramo en una elegante respuesta a la salida de tono de Álvarez.
-Una cosa, Pedro, no creas que me olvidaré de que has prometido contarnos en otro momento esa página histórica a la que has calificado antes como la más importante de tu pueblo –recuerda Ponte.
-Pues yo tengo otra petición: que nos cuentes qué es eso de la carta-puebla, tengo curiosidad –se apunta Ballarín.
-Oye, Jacinto, ¿tú no querías contarnos algo? –pregunta Álvarez cambiando de tema.
-Es muy tarde y le he prometido a Chelo que saldríamos a dar una vuelta antes de cenar. Mañana, a las diez y media nos vemos todos en el apartamento de Álvarez. Si alguno no puede venir está disculpado. ¿Dónde queréis que tomemos esas cervezas?

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré en el capítulo 25, el episodio 104. En la España más profunda, decir fiesta es decir toros