viernes, 22 de marzo de 2019

Capítulo 23. Las piezas del puzle van encajando.- 96. Mano de hierro en guante de terciopelo


   Grandal ha distribuido las investigaciones pendientes entre sus jubilados amigos. Después que el hermano de Ramo haya bosquejado el retrato robot del extranjero que los pichones encontraron en la habitación de Salazar, ha enviado al pueblo a Ballarín y a Álvarez a hacer varias copias para enseñárselas a la gente de la playa y especialmente al personal del hostal.
   Mientras tanto, Ponte y Ramo han ido a Alcossebre a visitar los apartamentos Jeremías para indagar sobre la estancia en los mismos del Chato de Trebujena. Como Ramo ya estuvo preguntando por allí, los dos vejetes no tienen demasiados problemas para encontrar a la persona que, al parecer, tuvo más trato con el  antiguo púgil que resulta ser un viejo del país, que hace las veces de recepcionista y al que le gusta darle a la sin hueso.
-Pues sí, señor, ya lo creo que me acuerdo de esa persona que buscan y la recuerdo por dos motivos; mejor dicho, por tres. Uno, porque tenía toda la pinta de haber sido un boxeador de esos que salen en las películas de gánsteres, con la nariz chafada y la cara machacada. Otro porque hablaba un andaluz muy cerrado, tanto que a veces no se le entendía, y luego porque me pidió un Calendario Zaragozano que ya solo lo consulta la gente mayor. Recuerdo que quería saber en que día caía la fiesta de una virgen, no me acuerdo de cual, pero sí que era de Sevilla.
-¿Sabe usted si recibió visitas o le vio en compañía de alguien mientras estuvo aquí? –inquiere Ramo.
-Quia, no le vi con nadie. Era un hombre más bien solitario y de pocas palabras.
-¿Sabe si en algún momento se desplazó a Torrenostra o Torreblanca? –vuelve a preguntar Ramo.
-Eso no lo sé, pero si recuerdo que el día de la Virgen de Agosto pidió un taxi. No sé dónde pudo ir, pero si tienen interés en saberlo les puedo dar el teléfono del taxista que hizo el servicio y él se lo podrá decir. Ah, y ese mismo día se fue de aquí.
   La pareja de vejetes en cuanto se hacen con el móvil del taxista de Alcossebre que prestó un servicio al Chato el 15 de agosto le llaman. El conductor les dice que no da información sobre sus clientes, que eso es confidencial, pero deja caer que si le necesitan, no precisa para qué, está en la parada del puerto deportivo. A ella se dirigen ambos amigos. Da la impresión de que el chófer les está esperando porque cuando se acercan a la parada se adelanta un hombre vestido con un polo, bermudas y barba de tres días, que les pregunta:
-Ustedes deben ser los que querían saber los servicios que hice el día 15, ¿verdad? Lo siento, como les dije eso es confidencial. No podemos ir contando por ahí a quienes llevamos o dejamos de llevar. Lo comprenden, ¿verdad?
-Verá –es Ponte quien habla, entreverando verdades y mentiras-, estamos tratando de localizar a un amigo, jubilado como nosotros, y al que le hemos de dar una noticia urgente. Su hermano mayor, que vive en Trebujena, un pueblo de la provincia de Cádiz, acaba de fallecer y el otro hermano que le queda, y que es de nuestra partida de dominó en un centro de mayores de Madrid, nos ha pedido el favor de que le localicemos para que al menos pueda asistir al funeral. El último dato que tiene el hermano era que estaba pasando unos días en los apartamentos Jeremías y allí es donde nos han dicho que usted le recogió el día 15. Como ve, nuestro interés no es para nada malo, y como sabemos que usted se gana la vida con el taxi, creemos que es justo que le recompensemos –y diciendo esto, Ponte desliza en la mano del taxista un billete de veinte euros.
-Hombre, siendo para eso es otro cantar –responde el chófer que se ha apresurado a embolsarse el billete-. A ese señor que buscan le recogí efectivamente en los apartamentos Jeremías y le llevé a Torrenostra, que es la playa que está al sur de aquí, como a las doce del mediodía del 15. Le dejé allí y me volví para acá y no puedo contarles nada más.
-¿Comentó algo durante el viaje? –pregunta Ramo.
-No, señor. Estuvo más callado que un buzón de correos.
   Ambos amigos se vuelven con un dato que Ponte no duda en calificar de significativo: la confirmación de que el Chato estuvo en Torrenostra el día de autos. Por tanto, se abre la posibilidad de que pudo tener alguna clase de participación en el fallecimiento de Salazar. En el entretanto, Álvarez y Ballarín han encontrado una tienda de fotografía en el pueblo donde han hecho un puñado de copias del retrato robot del extranjero que estuvo en la habitación de Salazar la tarde de su fallecimiento. Siguiendo las indicaciones de Grandal han bajado a la playa y han comenzado a enseñar las fotos al personal y a los clientes del hostal. El motivo que alegan es que están buscando a un extranjero que les debe dinero. Si la gente se lo cree o no es algo que Grandal les ha dicho que no debe de preocuparles, que ellos deben de seguir a lo suyo. La patrona del hostal es la que les ofrece la primera información.
-No, no le conozco…, pero déjeme mirar bien –tras una prolongada mirada, la hostelera recuerda algo-. Un guiri, con cierto parecido a este, estuvo tratando de alquilar una habitación por horas…, pero no fue cuando la Virgen de Agosto sino unos días antes.
   La información de la hostelera alienta a los dos investigadores, pero ahí terminan sus hallazgos. Nadie recuerda haber visto a un tipo como el del retrato y eso que no parece que sea una persona corriente. Dónde preguntan con más insistencia es en los bares, chiringuitos y terrazas, pero el resultado sigue siendo negativo. De pronto, Álvarez recuerda algo.
-Aquí en la playa hay un centro Bicicleta Todo Terreno que también funciona como punto de información turística. Es uno de los sitios que suelen frecuentar los guiris pidiendo información. Vamos a acercarnos a preguntar, está justo detrás del hostal.
   La chiquita que está tras el mostrador del centro mira interesada la foto robot, pero niega haber visto aquella cara. Sin perder la esperanza de encontrar a alguien que les pueda dar una pista se patean la playa de norte a sur y de este a oeste con el mismo resultado negativo, hasta que en uno de los últimos restoranes que visitan, la arrocería El Marítim, la dueña que es quien los atiende después de mirar cuidadosamente la foto les comenta:
-Una persona que no sé si es la del retrato, pero que guarda un cierto parecido estuvo comiendo aquí el 15 de agosto. Y desde luego era extranjero, aunque no hablaba mal el castellano, ni mucho menos. Y estuvo acompañado de una joven que sí que era española. Pero ya les digo que no puedo asegurar que se trate de la persona del dibujo.
-¿Recuerda cómo era físicamente ese extranjero? –pregunta Álvarez-, me refiero a si era alto o bajo, delgado o grueso…
-De eso si me acuerdo. Era alto, como de bastante más de un metro ochenta y muy recio, parecía un armario de doble puerta.
-Por un casual, ¿recuerda que comió la pareja? –pregunta Ballarín ante la mirada un tanto sorprendida de Álvarez.
-Pues sí. Primero pidieron unos entrantes y de plato fuerte una mariscada; mejor dicho, dos, y como la chica solo se comió parte de la suya terminó devorándola el guiri. Vaya tragaderas que tenía. Claro que para alimentar a un corpachón como el suyo, todo es poco.
   Antes de volver al apartamento de su hijo, Álvarez llama a Grandal y le cuenta el resultado de la investigación. Lo único positivo que han sacado ha sido la información facilitada por la dueña de El Marítim.
-Poca cosa es –dice Grandal-, aunque menos da una piedra. ¿Y os ha dicho que estaba acompañado por una joven española?
-Es lo que nos ha contado.
-Si no podemos localizar al guiri, sería importante tratar de hacerse con esa chica –apunta Grandal.
-Ya me dirás cómo. Porque de ella no tenemos ningún dato.
-¿Habéis preguntado más datos de ella a la dueña del restorán?
-No, ni se nos ha ocurrido.
-Pues ya estáis volviendo allí y peguntadle por la chica que acompañaba al guiri.
-No jodas, Jacinto, que ya es hora de cenar –protesta Álvarez.
-Luis, ¿te acuerdas de aquella frase que dice: lo que puedas hacer hoy no lo dejes para mañana? Pues aplícatela. Moved el culo y volved al restorán. Espero tu llamada –y Grandal cierra la comunicación.
   Cuando Álvarez cuenta lo que Grandal acaba de pedir y cómo lo ha hecho Ballarín se mosquea.
-Empiezo a estar de Jacinto hasta las pelotas, ¿pero quién se habrá creído qué es?
-La verdad es que se está pasando varios pueblos. Se ha tomado tan en serio esta investigación que nos trata como si realmente fuéramos subordinados suyos y no meros amigos. Habrá que darle un toque.
   Cuando Álvarez y Ballarín llegan al apartamento de Torrenostra les están esperando Ponte y Ramo que se apresuran a contar su visita a los apartamentos Jeremías y su charla con un taxista, con el resultado de que se confirma que el llamado Chato de Trebujena estuvo en la tarde del 15 en Torrenostra, lo que corrobora la declaración de Rocío Molina de que le vio en la habitación de Salazar. A su vez, los que han buscado al guiri relatan lo que han averiguado enseñando la foto robot del misterioso extranjero que también estuvo en la habitación 16 la tarde de autos. Finalmente, les cuentan la imposición de Grandal de que volvieran al restorán para preguntar sobre la mujer que acompañaba al guiri, suponiendo que fuera el mismo. Y Álvarez concluye:
-… y le he comentado a Amadeo que Jacinto nos está tratando más como subordinados que como amigos. Que habría que darle un toque.
-Estoy de acuerdo. Y ese toque quien mejor se lo puede dar eres tú –afirma Ballarín dirigiéndose a Ponte.
-¿Y por qué he de ser yo? –inquiere Ponte fastidiado por el marrón que su amigo quiere colgarle.
-Porque si lo hace Luis montará un pollo, ya le conoces, y en lo que me toca sabes que la diplomacia tampoco es mi fuerte. En cambio, tú tienes la suficiente mano izquierda como para poner las cosas en su sitio sin que se enfade.
-O sea, qué mano de hierro en guante de terciopelo –sentencia Ponte con una media sonrisa.

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el episodio 97 “El mejor amigo del policía es un buen par de botas”. 

viernes, 15 de marzo de 2019

95. No hay que vender la piel del oso antes de cazarlo


   Los amigos de Grandal se le han soliviantado cuando toma la decisión de informar sobre sus últimas investigaciones a la Guardia Civil de Torreblanca que actúa como policía judicial en el caso Pradera. La protesta la ha plasmado Álvarez al citar el viejo refrán de que unos cardan la lana y otros crían la fama, pues a menudo la recompensa y el crédito por un trabajo no se lo lleva quien en realidad lo realiza. Al ver que el enfado de sus amigos va in-crescendo, el excomisario opta por rebajar la tensión y la mejor manera es dándoles un hueso a roer.
-Bueno, chicos, no os amontonéis. Que pasemos información de lo descubierto a la Guardia Civil no quiere decir que nos vayamos a quedar mano sobre mano. Quedan flecos por investigar y eso es lo que vamos a hacer. Ahora bien, hay que ser realistas. No podemos investigar al Chato porque ni siquiera sabemos dónde vive, pero si sabemos que estuvo alojado en los apartamentos Jeremías de Alcossebre por lo que esa va a ser nuestra primera tarea. Hay otra investigación que considero todavía más importante. Los pichones nos han contado la existencia de un extranjero en el cuarto de Salazar que entró en la habitación para ayudarle, pero que se largó inmediatamente. Y, finalmente, habrá que hacer otra investigación sobre el hecho de que la tarde de autos varios testigos afirman haber visto en las cercanías del hostal a Alfonso Pacheco, acompañado posiblemente por su mujer, y a Jaime Sierra. Esa va a ser otra tarea importantísima.
-¿Y qué pasa con el guiri, qué hay que hacer? –pregunta Álvarez tan poco paciente como acostumbra.
-Eso es lo que hemos de averiguar. De él solo sabemos que es alto, recio, con el pelo negro y que se expresa mal en español. También sabemos que no era huésped del hostal según ha declarado la patrona. Tenemos que preguntar a todos los que están alojados en la primera planta del establecimiento si el día de la Asunción tuvieron la visita de una persona que responda a las características mencionadas. En el hostal solo hay registradas dos familias extranjeras, una inglesa y otra francesa, a ellas habrá que interrogar primero. Y luego preguntar a todo bicho viviente si la tarde de autos alguien vio a un tipo que pudiera parecerse a lo que sabemos de ese individuo. Y para facilitar la investigación sería la repera si encontráramos alguien que supiera dibujar medianamente bien y nos pudiera hacer un retrato robot. 
   Pedro Ramo alza la mano.
-Está pasando unos días conmigo mi hermano Chimo que dibuja muy bien. Se lo puedo pedir.
-¡Fenomenal! Ya tienes tarea, Pedro. Voy a llamar a Anca y a Rocío para que te acompañen y así tu hermano podrá realizar el boceto con los datos que le den.
-¿Para cuando quieres que lo hagamos?
-Para ayer. Espera, Pedro –Grandal llama a Anca a quien no localiza, pero sí a Rocío y le pide su colaboración que la andaluza ofrece inmediatamente. Solo tiene un problema, no tiene coche y por tanto no puede desplazarse.
-Que te dé su dirección e iré a recogerla –se ofrece Ramo- ¿Algo más, Jacinto?
-Nada más. En cuanto tu hermano haya hecho el retrato me lo traes ipso facto –responde Grandal.
-Pedro ya tiene curro, ¿y nosotros? -pregunta Ballarín.
-Vosotros tenéis dos importantes investigaciones que hacer. Una es iros a los apartamentos Jeremías y averiguar todo lo que podáis sobre la vida y milagros del Chato durante los días que pasó allí. La otra es preguntar a todo quisqui viviente en la playa si vieron el día de la Asunción a Pacheco, quizá acompañado de una mujer, y a Sierra. Como tenéis las fotos de ambos enseñarlas a todo el mundo a ver que conseguís sacar.
-¿Y tú qué vas a hacer, tocar el violón? –pregunta con su proverbial impertinencia Álvarez.
-Eso mismo, voy a tocarlo al alimón con Bellido –contesta con retranca Grandal-, a ver si de una puñetera vez el sargento se pone las pilas.
   Grandal llama al sargento y quedan en la cafetería de Marina d´Or donde suelen citarse. Cuando le cuenta al guardia civil sus últimos descubrimientos, Bellido poco menos que baila de contento. ¡Ahí tiene lo que precisaba para darle un empujón a su estancada carrera en el Cuerpo! En cuanto el excomisario le enseña el último esquema de su bloc de notas en el que ha compendiado en siete puntos los aspectos más relevantes de lo que resta por investigar el suboficial se explaya:
-Comisario, no sé cómo decirle lo agradecido que le estoy por su trabajo. Estará jubilado pero sigue siendo un as de la investigación criminal. Ahora mismo me marcho al cuartel para redactar un informe para la Juez de Instrucción. Se va poner como unas castañuelas de contenta porque comenzaba a temer que hubiésemos llegado a un callejón sin salida.
-Te dije que te iba a ayudar y no he hecho más que cumplir la palabra dada. Y si me lo permites, Bellido, te sugeriría que, por ahora, no se lo cuentes todo a la jueza…
-No puedo hacer eso, iría contra reglamento –le corta el guardia.
-No, Bellido, no se trata de infringir el reglamento, sencillamente de lo que se trata es de preservar las pistas que faltan por investigar en el ámbito de tu zona de competencia para que nadie pueda contaminarlas. Te explico.
   Y Grandal le explica al sargento que debe informar a la jueza sobre el Chato de Trebujena, a quien la policía andaluza tendrá que localizar para poder ser citado a declarar. Igualmente, tendrá que volver a citar a Carlos Espinosa para esclarecer lo referente al episodio de la botella de coñac. En cambio, debe guardarse para sí, de momento, lo referente a la posible estancia de Alfonso Pacheco y Jaime Sierra la tarde de autos en Torrenostra. ¿Por qué?, porque al ser una investigación que ha de efectuarse sobre el terreno es conveniente que el hecho no llegue a propagarse para que los investigadores a pie de campo no se encuentren con posibles obstáculos añadidos. El sargento no acaba de entender muy bien la explicación de Grandal, pero dada la fe que tiene puesta en él termina aceptando su propuesta e incluso hace una sugerencia:
-Esa investigación a pie de campo en la playa podría realizarla la pareja de la UCO. Desde que no rascan bola no hacen más que darme la tabarra. Se han convertido en un verdadero incordio.
-Me parece una excelente idea, pero dame cuarenta y ocho horas para que termine de elaborar las líneas de la investigación y luego metes a los de la UCO.
   La petición tampoco termina de entenderla demasiado el sargento, pero se ve incapaz de negarle algo al hombre que está salvando su carrera.
   La titular del Juzgado de Instrucción número 4 de Castellón se pone, como previó el sargento Bellido, muy esperanzada al recibir el informe de la comandancia de Torreblanca. “No tenía demasiada confianza en él, pero este hombre se está portando” piensa la jueza que inmediatamente llama al cuartel.
-Sargento, permítame darle la enhorabuena, ha hecho un excelente trabajo y tanto usted como los hombres a su mando han demostrado una gran profesionalidad. Ya he puesto en marcha la orden de búsqueda de José Jiménez, alias el Chato de Trebujena, y he vuelto a citar a Carlos Espinosa. Por cierto, en un primer análisis los del laboratorio de toxicología han encontrado restos de un tóxico que han de volver a analizar para determinar con exactitud su composición y los efectos que haya podido causar en la víctima. El señor Espinosa tendrá mucho que explicar al respecto. En cuanto a Jiménez y a su antiguo oficio quizá tenga algo que ver con los golpes recibidos por la víctima poco antes de fallecer. Le repito mi enhorabuena. Estaremos en contacto.
   Al sargento, que ya se ve con un nuevo galón en la manga, le falta tiempo para informar a Grandal de cuanto le ha dicho su señoría.
-Tendría que haber oído como se ha puesto la jueza, estaba más contenta que una niña con muñeca nueva.
-Me alegra mucho oír eso, Bellido.
-¿Cree, comisario, que podremos esclarecer el fallecimiento del extinto? –El adjetivo que el sargento convierte en sustantivo forma parte del peculiar vocabulario del suboficial.
-No hay que vender la piel del oso antes de cazarlo, pero podríamos decir que estamos viendo luz al final del túnel. Ah, Bellido, sobre la moratoria de cuarenta y ocho horas que te pedí, antes de que pusieras a tus lebreles y a los podencos de la UCO a investigar sobre la posible estadía de Pacheco y Sierra en Torrenostra el día de autos te pido que la respetes escrupulosamente para no interferir mis investigaciones, ¿de acuerdo?
-Lo que usted mande, comisario.
   En el entretanto, Ramo ha llevado a su villa a Rocío para que describa con la mayor precisión posible el rostro del extranjero a quien encontraron ayudando a Salazar. El hermano de Ramo ha cogido sus lápices y un folio en blanco y se ha puesto a pergeñar el boceto de lo que podrían ser los rasgos estructurales del desconocido extranjero. A todo eso, Grandal ha localizado a Anca y le ha pedido que se sume al grupo de Ramo por aquello de que dos pares de ojos ven más que uno.
-¿Y dónde vive el señor Ramo? –pregunta Anca.
-Su chalé está en el Camí del Campàs, sin número. Me han dado como referencia que son un grupo de cuatro casas junto al mar que están a continuación de la villa de Cardona.
   Se oye a Anca hablando a alguien.
-Me comenta Vicentín, que es quien me va a llevar, que son las que en el pueblo llaman las villas de Pifarré. Ahora mismo salimos para allá.
   Chimo, el hermano de Ramo, ha demostrado ser un verdadero artista pues ha hecho un retrato robot que al decir de Rocío y Anca se parece bastante al guiri que encontraron en la habitación de Salazar. Grandal le pide a Ramo que haga un montón de copias del dibujo para enseñarlas por la playa. Cuando los amigos del excomisario conocen la noticia la satisfacción es general y Álvarez es quien se muestra más optimista sobre la pronta solución del caso.
-Esto va a estar chupado. Resolveremos el caso en un plis plas.
   Grandal, recordando lo que le ha dicho al sargento, repite:
- Luis, no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré en el capítulo 23 el episodio 96. Mano de hierro en guante de terciopelo

viernes, 8 de marzo de 2019

94. Unos cardan la lana y otros crían la fama


   Grandal se ha reunido a los pichones para darles un ultimátum: o le cuentan todo, absolutamente todo cuanto saben de lo que ocurrió en la habitación donde falleció Curro Salazar o dejará de ayudarles. Y les recuerda los delitos de que pueden acusarles: falso testimonio en causa judicial, omisión del deber de socorro y hurto. Todo ello sumado puede suponer bastantes años de prisión. La realidad procesal no se ajusta a lo contado por el excomisario y él lo sabe, pero lo que intenta es atemorizar al trío para que de una vez revelen lo que sospecha que ocultan. Anca y Vicentín parece que han contado todo lo que sabían, ahora le ha llegado el turno a Rocío que antes de confesar ha preguntado si se podría negociar con la fiscalía para eludir los cargos que hay contra ella. Grandal ironiza sobre que la andaluza debe ver mucha televisión y le explica porque lo dice:
-Te he preguntado si veías muchas series de abogados porque la justicia española tiene poco que ver con la norteamericana. Aquí, antes de ser juzgado, quien tiene la última palabra en el proceso es la Jueza Instructora. Y es la que se está pensando cargaros la muerte de Salazar, por lo que el trullo lo tenéis asegurado. En consecuencia, Rocío, si tienes algo que contar ha llegado el momento, mañana posiblemente sea tarde.
   Ante la admonición de Grandal las últimas defensas de la andaluza se desmoronan. “Marditos jueses y marditos maderos, ar final se salen siempre con la suya” se dice. Y se lanza a contar lo que sabe, y que ha ocultado hasta ahora, porque de lo que se trata es de eludir la trena.
-Verá, señor comisario. Como estos días lo he pasao tan mal, se me ha hecho un lío en la chola y me he embarullao con las cosas que vi o que dejé de ver, pero lo he estao recordando deteniamente y esto es lo que le puedo contar –hace un inciso para reordenar sus recuerdos y prosigue-. La primera ves que quise entrar en la habitasión der pobre Curro no lo hise porque dentro estaba er tipo que, como ya le conté, tenía mala jeta. Ar finá he recordao su nombre, era er Chato de Trebujena, un antiguo boxeador mu conosío en Andalusía y cuyo verdadero nombre es Pepillo Jiménes. Fue quien le pegó la palisa a mi Curro unos días antes de espicharla…
   A Grandal se le acelera un poco el pulso al oír la revelación de la andaluza y, pese a que sabe que no interrumpir y tener paciencia son dos reglas básicas en los interrogatorios, corta a Rocío para preguntarle:
-¿Y qué estaba haciendo ese individuo en la habitación de Salazar, acaso le volvía a golpear?
-No lo sé. Solo lo vi un segundo porque en cuanto me di cuenta de quién era serré de gorpe la puerta.
-¿Pero viste si le estaba golpeando? –insiste el expolicía.
-No sabría desirle, en er momento en que yo lo vi estaba plantao delante de Curro que estaba sentao en er sillón.
-Lo anoto como que no le estaba atizando. ¿Qué hiciste a continuación?
-Me fui a buscar a Anca pa contarle lo que había visto y pedirle que me acompañara a la habitasión de Curro.
-¿Y por qué razón buscaste a Anca?
   Rocío mira a la rumana y le hace un gesto como diciéndole: lo siento, hoy es día de desembucharlo todo.
-Sería mu largo de contar, pero en resumen…
-No hagas resúmenes, Rocío. Cuéntamelo todo sin preocuparte por el tiempo que te pueda llevar, tenemos todo el día por delante.
   La andaluza explica como la patrona del hostal se indispuso con ella y le prohibió que fuera a visitar a Salazar mientras estuviera enfermo. Como tenía necesidad de hablar con su novio, le suplicó a Anca, hablándole de mujer a mujer, que le metiera de tapadillo en la habitación de Curro a espaldas de la bruja de la patrona. Puesto que Anca ya confesó que la sobornó, Rocío admite que prometió a la rumana un dinero para que le introdujera dónde Curro.
-… por eso fui a buscar a Anca, era la única persona que conosía y esperaba que me respardara si er Chato se ponía violento y que me sirviera de testigo por lo que pudiera pasar. En ese momento Anca tenía mucho curro y no podía acompañarme por lo que me quedé en la cafetería desde donde pude ver salir ar Chato con paso presuroso y encaminarse ar Paseo Marítimo hasta que le perdí de vista.
-¿Cuánto tiempo transcurrió entre que dejaste la habitación y viste pasar al Chato?
-No sé, dies, quinse minutos má o meno.
-Continúa, por favor.
-En cuantito vi salir ar Chato pensé que era la mía pa subir, pero no lo hise porque entonses vi entrar en er hostal ar Espinosa. No había que ser mu lista pa pensar que er pisaverde iba a ver ar Curro por lo que vorví a sentarme. Ar cabo de un ratín aparesió Anca disiendo que tenía un hueco y que podía acompañarme. Subimos a la habitasión y fue cuando encontramos ar Espinosa dándole de beber coñá ar pobre Curro. Y digo pobre porque es cuando vimos lo chungo que estaba, que a mí me dio un pasmo y a Anca supongo que también. To lo que le cuento ahora se lo puede preguntar a Anca si fue así y verá como no miento en ná.
   La rumana hace un gesto de asentimiento en respuesta a la referencia que ha hecho de ella Rocío que prosigue.
-Espinosa, como le contamos, le estaba dando de beber de una botella de coñá que a mí me paresió que no era de prosedensia nasioná. Ar ver lo malito que paresía estar Curro, dijimos de llamar a un doctor, pero er malagueño dijo que de eso ya se encargaba él. Ah, antes de eso entre los tres pasamos a Curro der sillón a la cama. Y luego, Espinosa se marchó pa llamar a un médico y a una ambulansia. Nos quedamos solas y…
-En el momento en que Espinosa abandonó la habitación, ¿Salazar estaba vivo o muerto? –la interrumpe Grandal.
-Vivo, pero mu chungo, chunguísimo. No desía ná, paresía que tampoco oía y respiraba mu malamente, pero seguía vivo. Fue entonses cuando comprendí que había que llevarlo a un hospitá y también se me ocurrió que íbamos a nesesitar su tarjeta sanitaria pa ingresarlo. Rebuscamos entre sus cosas y no la encontramos, y lo único que no pudimos abrir fue er jodío maletín, por eso nos lo llevamos. Er resto de lo susedío ya lo sabe usté. To lo que acabo de contarle es la purita verdá, por estas que son cruses –y la andaluza hace el signo de la cruz con los dos índices.
-Gracias, Rocío, por sincerarte y gracias también a Anca y Vicente. Habéis dado un paso importante, quizá decisivo para que la jueza no os emplume. Ahora, tengo que pensar en todo lo que me habéis contado y como lo manejo para salvaguardar mejor vuestros intereses.
   Grandal comienza a formarse una idea global de lo que pudo pasar en la habitación 16 la tarde del día de la Asunción. De momento es más un boceto que una pintura con los trazos y el colorido bien definido porque hay varios flecos que tiene que investigarlos más a fondo para completar el cuadro. Abre un bloc de notas que ha comprado exprofeso porque la Moleskine que usaba en su vida policial activa debe estar en algún cajón de su casa de Madrid. En el cuaderno sintetiza los puntos a investigar:
1. ¿Qué pasó en la habitación 16 desde que Anca se llevó la bandeja del almuerzo, a las 15.45 horas, dejando a Salazar perfectamente y las 18.15 en que Rocío y Anca lo encontraron casi moribundo? Ese intervalo de algo más de 2 horas es crucial para esclarecer el fallecimiento de Salazar y es el que hay que investigar a fondo.
2. En ese intervalo, al menos, dos personas estuvieron en la habitación 16. Uno, Pepillo Jiménez, más conocido como el Chato de Trebujena, al que vio la Molina sobre las 17.45 h. Otro, el llamado Carlos Espinosa, al que Rocío y Anca encontraron dándole de beber coñac a Salazar. ¿Por qué dar de beber coñac a un hombre en estado semicomatoso? Investigarlo.
3. Asimismo, la autopsia ha revelado que Salazar ingirió algún tipo de veneno, ¿tendrá ello que ver con el coñac que le estaba dando a beber Carlos Espinosa? Una pista a investigar.
4. La autopsia ha revelado que Salazar fue golpeado en la cara pocas horas antes de morir, ¿tendrá que ver con ello el Chato de Trebujena? Otra pista a investigar.
5. Si los pichones no han mentido, y estoy seguro de ello, Jiménez y Espinosa pasan a ser los primeros sospechosos de por qué Salazar pasó de estar en perfecto estado a encontrarse moribundo. Cuestión a constatar.
6. ¿Pudo entrar en la habitación 16 otra u otras personas antes de las 17.45, hora en que Rocío vio al Chato? Es posible, pero no hay ningún indicio sobre ello. Una cuestión a investigar.
7. En la tarde del día de autos, varios testigos afirman haber visto en las cercanías del hostal a Alfonso Pacheco, acompañado posiblemente por su mujer, y a Jaime Sierra. ¿Estuvo alguno de ellos viendo a Salazar? No hay pruebas de momento, pero es otra pista a investigar.
   Grandal cierra su bloc, por el momento cree que ha condensado en siete puntos los hechos e interrogantes más relevantes referidos al caso Pradera. Piensa que investigar al Chato de Trebujena y a Carlos Espinosa, por ahora principales sospechosos, queda fuera de su alcance y del de sus amigos. Tendrá que ponerlo en manos de la Guardia Civil. Reúne a su cohorte de ayudantes y les explica lo descubierto hasta ahora.
-Macho, veo que no has perdido el oficio –afirma con su habitual desparpajo Álvarez.
-En esos puntos hay muchos hilos de los que tirar –observa Ponte.
-Esas dos horas que has mencionado son la clave del problema –comenta Ballarín.
-No sabía que un crimen se investigara así –se sorprende Ramo.
-Bueno, todavía no se puede hablar de crimen, aunque sí de una muerte sospechosa –precisa Grandal.
-¿Y ahora qué hacemos, a quién investigamos? –pregunta Álvarez.
-A quienes primero hay que investigar es a ese antiguo boxeador, el Chato de Trebujena, y a Carlos Espinosa y ambos están fuera de nuestras posibilidades porque no residen aquí. Esto es un trabajo de la policía; bueno, en este caso de la Guardia Civil. Voy a llamar al sargento Bellido y le voy a contar lo que acabo de referiros.
-Ya estamos como siempre: unos cardan la lana y otros crían la fama –protesta Álvarez.

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el episodio 95, “No hay que vender la piel del oso antes de cazarlo”.