viernes, 5 de octubre de 2018

72. Esa muchacha no te traerá más que disgustos


  En el cuartel de la Guardia Civil de Torreblanca prosigue el interrogatorio de Rocío Molina por parte del comandante del puesto que la ha instado a contar la verdad, algo que la andaluza no piensa hacer. Al contrario, ha decidido que puede sacarle réditos a las muchas cosas que sabe de lo que ocurrió en la habitación de Curro la tarde del quince, vio al Chato, a Espinosa, al guiri. Le lleva a mantener esa actitud lo que ha visto en las series televisivas, sobre todo americanas, en las que un detenido puede negociar beneficios penales colaborando con la fiscalía. Además, cree que puede engañar fácilmente a un picoleto que si está destinado en un pueblucho como aquel no debe de ser ninguna lumbrera. Por ello, antes de que el suboficial continúe presionándola contraataca.
-Ya se lo pregunté ayer y se lo vuervo a repetir: ¿estoy presa?
-No, no lo está.
-Entonses, me marcho ahora mismito –dice Rocío con desparpajo.
-De eso, nada. Está detenida en virtud de lo que establece la Ley de Enjuiciamiento Criminal, así como de las competencias que confiere a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado para retener contra su voluntad a una persona que es considerada sospechosa de haber realizado o participado en la comisión de un delito y por consiguiente de haber quebrantado la ley de una u otra manera -La cita legal y la voz firme del suboficial al enunciarla han servido para que el falso coraje de la andaluza se derrita como un helado al sol del mediodía-. Repito: ¿en qué momento de la tarde estuvo en la habitación del fallecido?
-Entre las seis y las siete má o meno –Rocío se ha dicho que será mejor llevar la corriente al picoleto.
-¿Estuvo sola o acompañada?
-Estuve to er rato en compañía de Anca y luego también de su noviete.
-¿Y qué hicieron durante ese tiempo?
-Cuidar a mi Curro y despué buscar su tarjeta sanitaria por si teníamos que ingresarlo en un hospital.
-¿Cómo se encontraba su novio?
-Estaba mu chungo er pobre.
-Y si estaba tan mal, ¿por qué no llamaron a un médico?
   Ahí vuelve a vacilar Rocío. Está ante otro aprieto: si dice que lo llamaron, el sargento descubrirá fácilmente que ha mentido; si cuenta la verdad tendrá que meter en el ajo al lechuguino de Espinosa. Si lo hace va a gastar uno de los cartuchos que guarda en la recámara para el posterior devenir de los interrogatorios. El dilema lo resuelve cuando el guardia civil la apremia:
-Señora, que no tenemos todo el día, conteste, por favor.
-Verá, es que cuando Anca y yo entramos en la habitasión de Curro la primera ves nos encontramos con que estaba allí un señor, un conosio de mi novio. Nosotras ar ver er estao en que estaba Curro dijimos de llamar a un doctor, pero er señor allí presente nos dijo que ya lo hasía él. Por eso nos despreocupamos de haserlo.
-Ese conocido de su novio tendrá nombre.
-Se llama Carlos Espinosa y es o vive en Málaga –la andaluza no ha dudado ni un segundo.
-Y ese tal Espinosa, ¿qué hacía en el cuarto del señor Salazar?
-Creo que tenía negosios con Curro. Supongo que estaba allí por eso. Por sierto, cuando entramos le estaba dando de beber coñac, dijo que lo hasía pa reanimarlo.
-¿Sabe dónde vive o se hospeda el tal Espinosa?
-No, señor sargento.
-Vuelvo al estado de Salazar, si estaba tan grave como ha afirmado, ¿cómo se fueron de su habitación sin nadie que lo atendiera y sin que hubiera llegado ninguna ayuda médica?
   Rocío vuelve a encontrarse presa de sus contradicciones al no contar toda la verdad. “Este cabrón de picoleto no es tan corto como creía, ar finá me lo va a sacar to”. Intenta salir del apuro como sea.
-Nos fuimos porque nos urgía encontrar los papeles de la seguridá sosiá pa ingresarlo en un hospital y lo hisimos porque creíamos que er doctor llegaría de un momento a otro.
-¿Por qué no avisaron a otro empleado del hostal o a la patrona sobre la gravedad de Salazar?
-Verá, señor sargento… -instintivamente, como hiciera en su interrogatorio Francisco José, Rocío echa mano de una muletilla con la que ganar tiempo para urdir una respuesta-…, estábamos tan nerviosas que ni caímos en eso –e intenta adornar el embuste-. En los momentos en que se puede estar muriendo una persona tan queria la verdá es que se te va la olla.
-Sí, lo entiendo. Lo que no acabo de entender es que si abandonaron la habitación sobre las siete de la tarde, ¿qué es lo que hicieron durante más de tres horas hasta que los localizó el guardia que mandé a buscarlos? ¿No es mucho tiempo teniendo en cuenta la gravedad del estado de su novio? ¿Cómo lo explica? 
   A estas alturas, la andaluza ha perdido la templanza y está hecha un manojo de nervios. Diga lo que diga, el picoleto la acorrala de manera inmisericorde. Opta por no contestar, seguir mintiendo más no la lleva a ninguna parte. Pese a la falta de respuesta, el sargento no da su brazo a torcer y prosigue con sus preguntas.
-Usted ha dicho antes que cuando entramos en la habitación de Curro la primera vez… ¿Qué hicieron, a dónde fueron entre la primera y la segunda vez?
   Rocío piensa que si le responde le tendrá que contar lo del Chato y lo del guiri. Otros cartuchos desperdiciados. Por lo que resuelve no dar más respuestas. Se calla y lo que dice es otra de las cosas que ha aprendido en los culebrones de la tele:
-No diré nada ma sino es en presensia de mi abogao.
   Ante la petición y la falta de colaboración de la andaluza, y estando firmemente convencido de que la mujer sabe mucho más de lo que cuenta y de que sus incoherencias son patentes, el sargento decide pasar a la testigo a detenida.
-Bien, señora, como quiera. De acuerdo con los artículos 492 y 520 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal queda detenida. Las razones de su arresto son que existen datos indiciarios de su posible participación en un presunto delito, así como de la sustracción de un bien propiedad de la víctima. Tiene derecho a guardar silencio, a no declarar contra sí misma, a no declararse culpable, a asignar abogado y si no lo asigna se le nombrará uno de oficio, y a ser reconocida por el médico forense o su sustituto legal en su defecto. ¿Lo ha entendido?
-¿To eso quiere desir que estoy presa?
-Presa, no, detenida preventivamente que no es lo mismo. Esta detención no podrá durar más del tiempo estrictamente necesario para la realización de las averiguaciones tendentes al esclarecimiento de los hechos y, en todo caso, en el plazo máximo de setenta y dos horas deberá ser puesta en libertad o a disposición de la señora juez que lleva este caso.
   La andaluza ya no es capaz ni de contestar, su detención es algo que la abruma y la ha dejado sin fuerza ni voluntad para protestar. El sargento ordena a un guardia que conduzcan a la detenida al calabozo del cuartelillo y pone un fax a la Jueza de Instrucción de la primera diligencia de instrucción criminal que ha realizado el puesto de Torreblanca como policía judicial del caso Pradera.
   A continuación llama a declarar a Vicente Fabregat, pero antes atiende la petición del padre del joven que se ha presentado en el cuartel acompañado de un abogado local. Tras hablar con ambos, el suboficial acepta que el interrogatorio de Vicentín se realice en presencia del letrado, pero se niega tajantemente a que también esté presente el padre tal y como pretendía éste. Todavía antes de iniciar el interrogatorio debe atender una llamada telefónica de la alcaldesa del pueblo interesándose por la situación del joven Fabregat. Se quita de en medio a la política municipal indicándole que no puede informarle de nada hasta que la Juez de Instrucción decida lo pertinente. Por fin, se instalan en la salita de interrogatorios el joven, su abogado y el sargento.
-Cuéntame con el mayor detalle posible qué hacías en la habitación del extinto Francisco Salazar en la tarde de ayer.
   Fabregat, antes de hablar mira a su bogado que asiente con un gesto, carraspea y comienza su declaración:
-Yo estaba en la cafetería del hostal haciendo tiempo para hablar con mi novia cuando la vi acompañada de una mujer a quien no conocía. La desconocida, que resultó ser la novia del andaluz al que llamaban Martínez, me pidió que las acompañara para ayudarlas a abrir un maletín metálico. Anca estuvo de acuerdo con ello. Subimos al cuarto de Martínez… -el joven vacila y vuelve a mirar a su abogado que le anima a seguir-… y lo primero que vimos fue a un tío que parecía un armario…
-Un momento. ¿Qué hora aproximada sería cuándo entrasteis en la habitación?
-Más o menos, las siete menos cuarto.
-Bien, sigue.
-Como le decía, había un desconocido, que luego resultó ser un guiri, que nos contó que pasaba por el pasillo cuando oyó quejidos por lo que entró en el cuarto a ver qué pasaba y que se encontró a Martínez en la cama más muerto que vivo y que trataba de ayudarlo.
-Y el extranjero, ¿lo habías visto antes, sabes si la Molina y Anca lo conocían?
-Era la primera vez que lo veía y Anca y la andaluza tampoco lo conocían.
-¿Y qué pasó con el extranjero?
-Dijo que no podía hacer nada más y se fue.
-¿Sabes si era un huésped del hostal?
-No lo sé, sargento, eso quien debe saberlo es la Eulalia.
-¿Y a ti como te pareció que se encontraba Salazar?
-Pues muy jodido. Recuerdo que dije: este fulano está como para diñarla. También les dije a mi novia y a la andaluza que se debería llamar urgentemente a un médico.
-¿Y por qué no lo llamaron?
-Contestaron que ya lo había llamado un conocido que había estado anteriormente con ellas en la habitación de Martínez.
   De momento, el sargento se da por satisfecho con esas primeras declaraciones de Fabregat. Le informa que no debe de salir del pueblo sin comunicarlo previamente, que le volverán a llamar cuando la juez del caso lo estime oportuno y que al día siguiente se pase por el cuartel para firmar la declaración. El joven sale de la casa-cuartel escoltado por su abogado y por su padre que le recrimina:
-Ya te dije que esa muchacha no te traerá más que disgustos.

PD.- Hasta el próximo viernes

lunes, 1 de octubre de 2018

*** ¿De dónde viene este río de gente?


   No sé si lo he contado en alguno de mis posts. En Madrid vivo en el chamberilero barrio de Gaztambide ubicado al oeste de la ciudad y lindante con la Ciudad Universitaria donde se emplazan los campus de la Universidad Complutense y de la Universidad Politécnica de Madrid. En esa zona se encuentra la antigua vía que antaño recorría el tranvía Moncloa-Paraninfo, hoy reconvertida en la llamada Ruta Verde por la que transitan paseantes y ciclistas.
   Este último domingo de septiembre paseaba por allí y al llegar a la Avenida Complutense, arteria principal del campus, me he topado con un enorme gentío, miles de personas sin exagerar que venían de la zona del Paraninfo en dirección hacia el centro de la ciudad. ¿De dónde viene este río de gente?, me he preguntado. Al instante mi memoria me ha dado la respuesta porque no es la primera vez que veo una multitud así que viene de la misma dirección y además en día festivo. Esta gente debe venir de alguna prueba selectiva de ingreso en algún cuerpo o para algún trabajo de la Administración Pública, me he dicho.
   Mi curiosidad por saber si acertaba ha podido más que la discreción y he preguntado a un joven: ¿De qué era la prueba? De Correos, me ha contestado. Algo más tarde, un trío de dos chicas y un chico que estaban charlando frente a la estación de metro de Ciudad Universitaria me ha dado más detalles. Correos (empresa estatal) había convocado 2.295 puestos fijos en 30 ciudades españolas y unas 116.000 personas optaban e ellos. En España el paro sigue siendo un problema lacerante sobre todo entre la juventud.
   Los aspirantes, armados únicamente con su DNI y un bolígrafo, se han enfrentado a un examen tipo test de 60 preguntas comunes para todos los candidatos y una prueba diferenciada para cada categoría que son las siguientes: tareas logísticas, de reparto en el ámbito rural y urbano (lo que llamamos carteros) y de atención al cliente en oficinas.
   ¿Dónde habéis hecho la prueba?, en la Facultad de Biología ha sido su respuesta. ¿Y sobre qué versa el examen?, he preguntado. Sobre materias relacionadas con productos, servicios y procesos de trabajo propios del servicio postal ha sido la respuesta. ¿Y ya está, si apruebas el examen ya ingresas en Correos?, he vuelto a preguntar. Me han dicho que ¡ojalá!, pero que luego hay una fase de méritos en la que se valoran la experiencia, los permisos de conducción y la formación. Lo de la experiencia me ha sorprendido, ¿quién puede tener experiencia de cartero?, he preguntado. Eso ha necesitado de una explicación complementaria. Al parecer Correos tiene alrededor de un 35 % de temporalidad en su plantilla y cerca de un 22 % de contratados a tiempo parcial y esos trabajadores, que casi todos se presentan al examen, son los que tienen experiencia que no era el caso de mis tres informantes.
   Al llegar aquí he intuido que los jóvenes se estaban cansando de las preguntas de un anciano demasiado curioso, por lo que les he dicho: una última pregunta y os dejo. ¿Qué pensáis hacer si no aprobáis? La respuesta de la chica que primero ha hablado ha sido, no sé si consecuente o sorprendente: seguramente, me casaré. Los otros dos me han dado la misma respuesta: seguir preparando el examen pues para el año que viene ya hay convocados cerca de 2.000 puestos fijos.
   Me he despedido del trío deseándoles suerte de una forma que he conseguido sacarles una sonrisa: ¡Ojalá el cartero que me felicite las próximas Navidades sea uno de vosotros!, pues antes me habían dicho que en Madrid hay 428 plazas.
   Y ya saben de dónde venía ese río de gente: de examinarse. Bueno, es lo suyo en un campus universitario.

viernes, 28 de septiembre de 2018

71. Unos se van, otros se quedan


   En la madrugada del dieciséis de agosto, cinco de las personas que el día anterior estuvieron en la habitación de Curro Salazar, y que no hicieron nada para proporcionarle asistencia médica, están abandonando la Costa de Azahar. Ninguno conoce la defunción del exsindicalista, aunque todos ellos son conscientes del mal estado en el que le dejaron. Unos se van con la impresión de que no hicieron lo que debían, otros con la sensación de haber cumplido su cometido, pero todos tienen la percepción de que el asunto Salazar ha finiquitado para ellos. Ahora habrá que pasar página, aunque no pueden olvidar que la instrucción del caso ERE sigue su curso. Es como una pesadilla que uno no sabe cuándo va a terminar.
   El matrimonio Pacheco-Hernández viaja en dirección a Sevilla, se han olvidado del plan que tenían de pasar un día en Alicante a la vuelta. Tienen el rostro serio y una arruga de preocupación se les marca en la frente. Apenas si han vuelto a hablar de lo que ocurrió en el cuarto de Salazar la tarde anterior, pero a ninguno de los dos se les va de la cabeza la imagen de Curro derrengado en el sillón y respirando con dificultad. Cuando llevan un buen trecho de camino, Alfonso, que no sabe el alcance que ha podido tener su empujón, es quien saca el asunto a colación.
-¿Cómo debe estar Curro?, parece que le dio como un ataque, aunque no me lo explico porque mi tantarantán tampoco fue para tanto.
-Por mí como si la palma. Un mala follá menos en el mundo –Macarena persiste en su rencor hacia el exsindicalista.
-Creo que tendríamos que haber llamado a un médico –se lamenta Alfonso.
-Los fulanos como Curro tienen siete vidas como los gatos, a buen seguro que a estas horas está tomando el sol en la playa. ¡Así le caiga un rayo y lo deje tieso! –Es la respuesta de la mujer. Visto el talante de su esposa, Pacheco se dice que no está el horno para bollos y que es mejor callarse.
   Jaime Sierra es otro de los que también está en camino a la ciudad de la Giralda. No ha llamado a Pacheco disculpándose por no haber asistido a la cita que tenían el día anterior, tampoco se ha puesto en contacto con la gente de su camarilla. Se ha limitado a recoger su sobrio equipaje, lo ha metido en su coche, ha liquidado la cuenta del hotel de Marina d´Or y se ha puesto en la carretera. El exdirector de la Agencia IDEA no tiene con quien comentar lo que ha pasado, pero su cabeza no hace más que darle vueltas a la visión de un Curro muy jodido. Tiene la mala conciencia de no haberle ayudado, pero también se dice que si el gaditano la palma pues mejor para todos. Se autoafirma en que su partida es lo mejor que ha podido hacer, no meterse en líos, y recuerda lo que solía decir su padre sobre los que juegan a salvadores: quien se mete a redentor, sale crucificado.
   Otro de los que se dirige a Sevilla, en este caso en tren y vía Madrid, es el Chato de Trebujena. Al contrario que los anteriores, Pepillo ha abandonado su alojamiento de Alcossebre con la satisfacción de haber cumplido su misión al cien por cien. Su aguante y su decisión le han permitido dejarle bien clarito a Curro lo que le puede pasar si se va de la lengua. Y un par de buenos puñetazos han puesto la guinda al aviso a navegantes. Cuando se lo cuente a Juan Antonio Almagro, su jefe, a buen seguro que le felicitará por su excelente trabajo. Y se va a llevar unos buenos dineros que falta le hacen. “Ar finá, ha sio un trabajito fásil”, piensa. Inopinadamente se acuerda de Rocío Molina, le hubiera gustado tener más tiempo para trabajársela porque su paisana sigue teniendo un buen polvo, quizá en Sevilla pueda tener la ocasión.
   Carlos Espinosa también ha emprendido viaje, pero en su caso ha cogido el vuelo Valencia-Málaga. Tiene una sensación agridulce. Por un lado está disgustado por no haber podido convencer a Salazar de que la mejor salida era la de huir al extranjero. Se consuela diciéndose que la salud del exsindicalista ha jugado contra él, por eso no ha contado con tiempo suficiente para reiterarle su propuesta. Por otro, se asombra de haber sido capaz de envenenar a Salazar o, al menos, de haberlo intentado porque no está plenamente seguro de haberlo logrado. En este hecho también el factor tiempo jugó contra él, si no hubieran aparecido la camarera y la que se jacta de ser novia de Curro habría podido hacerle beber más tragos de la botella de coñac en la que había diluido el raticida. Piensa que si no se lo ha cargado él igual lo hace el georgiano. Lo que no acaba de tener claro es el propio hecho de su marcha. “La verdad, es que no sé porque me ha dado la venada de irme…”. Para animarse saca un laqueado pastillero y abre un falso fondo en el que lleva su tesoro. Tras esnifar unas rayas se siente más optimista.
   Precisamente, el georgiano al que ha recordado Espinosa está barajando si irse o quedarse. La opción de marcharse se la plantea porque aquellas dos mujeres que aparecieron en la habitación cuando estaba ahogando a Salazar le pueden denunciar a la policía, y si se queda en Las Villas de Benicàssim posiblemente sea más fácil de localizar que en la Costa del Sol donde cuenta con muchos y seguros escondites. La opción de quedarse es la que le dicta su orgullo de sicario por un lado y por otro el temor que siente hacia el capo de su banda si no cumple el encargo recibido. Al final puede más lo último y decide no irse hasta saber si Salazar está vivo o muerto. Piensa que volver a Torrenostra es arrostrar el riesgo de que alguien le reconozca, pero de pronto se da una palmada en la frente, no necesita volver a aquella playa, para eso Antonio Meucci –y no Graham Bell como se cree- inventó el teléfono. Busca entre los datos sobre Salazar que le proporcionaron hasta que encuentra el número del hostal. Antes de llamar repite varias veces la frase que va a decir hasta lograr pronunciarla sin apenas acento, luego llama:
-Me pone con Francisco Martínez, por favor.
-Lo siento, el señor Martínez ya no está –Es la escueta respuesta.
-¿Cuándo volverá? –insiste Pakelia.
   La persona que está contestándole vacila unos segundos hasta que vuelve a responder:
-El señor Martínez murió ayer -y sin más explicaciones cuelga el aparato.
   Pakelia se ha quedado con las ganas de saber más sobre las causas del fallecimiento de su objetivo, pero se dice que mejor es no tentar la suerte. A él le han pagado, y generosamente, para liquidar a Salazar y éste ha pasado a mejor vida, por lo que puede afirmar que trabajo cumplido. El hecho de que la muerte haya sido obra de él o que haya palmado por otras causas es irrelevante. Podrá contar, sin faltar un ápice a la verdad, que lo ahogó, aunque sigue con la duda de si estuvo apretando el almohadón el tiempo suficiente para ello. Ahora lo que tiene que hacer es largarse de allí cuanto antes. Empaca sus pertenencias y sin dilación se pone en camino hacia su refugio malacitano de Fuengirola.
   Con la partida del georgiano solamente dos de los que vinieron a hablar con Curro siguen estando en la Costa de Azahar: Rocío Molina y Francisco José Salazar. La exnovia del sindicalista continúa en las dependencias del cuartel de la Guardia Civil en Torreblanca, donde a primeras horas de la mañana ha sido llevada a la salita de interrogatorios donde la espera el comandante del puesto que se ha permitido unas cortas horas de sueño. Rocío, en cambio, apenas si ha echado una cabezada, tiene mucho en qué pensar. Se da cuenta de que sabe muchas cosas sobre la pasada tarde y que quizá sea la única que puede contarlas. Vio como el Chato quiso entrar en la habitación de Curro cuando estaba ella y, aunque no lo sabe a ciencia cierta, aseguraría que debió volver a entrar, luego vio subir a la primera planta a Espinosa al que ella y Anca pillaron dándole de beber coñac a Curro, ¡que tiene guasa la cosa con lo malito que estaba!, después cuando volvieron del cuarto de herramientas se encontraron con un guiri que estaba poniéndole a Curro una almohada bajo la cabeza… Todos esos datos forman un totum revolutum en su cabeza que no sabe cómo manejarlos: si contárselo a los civiles o guardárselo para ella y soltarlos cuando le pueda interesar. Aunque no es culta sí es lo suficientemente avispada para saber que una información así puede valer su peso en oro. Tras sopesar los pros y contras, opta por contarles a los guardias una versión parcial de lo que sabe.
   Mientras tanto, ha llegado al cuartel de la Guardia Civil un fax del Juzgado de Instrucción número 4 de Castellón en el que se informa sobre la filiación completa de Francisco Salazar Jiménez, así como de la orden de busca y captura que pesaba contra él. Al leerlo el sargento lanza un silbido, lo que parecía ser una muerte más o menos accidental se convierte en un caso que puede tener un eco de alcance nacional. Justo lo que necesitaba para darle un empujón a su carrera que hace tiempo que se estancó. Tendrá que afinar en los interrogatorios a los pichones.  
-Su documento nacional de identidad, por favor –le pide el sargento a Rocío para constatar los datos del DNI con los que figuran en el atestado que ha elaborado el guardia que la encontró en el almacén de Vicentín.
-Señora Molina, ¿qué relación tenía con el fallecido Francisco Salazar? –al leer las dudas en el rostro de la andaluza el sargento la conmina-. No me haga perder el tiempo y cuénteme la verdad. Será lo mejor, sobre todo para usted.
-Era mi novio.
-¿Y cuál era motivo de que estuviera en la habitación del extinto?
-Fui… -duda de si enjaretarle una patraña al guardia civil, pero la admonición del suboficial la lleva a contar la mitad de la verdad porque piensa que no puede ser bueno para ella decir que estaba alertando a un prófugo-…, fui a pedirle dinero para saldar una hipoteca que pagábamos a medias.
-¿En qué momento de la tarde estuvo en la habitación del fallecido?
-No lo recuerdo con exactitud.
-Señora, no se lo volveré a repetir: no me haga perder el tiempo.

PD.- Hasta el próximo viernes