miércoles, 15 de agosto de 2018

*** Recuerdos de tiempos que no volverán: la Mare de Deu d`Agost


   Hoy, en el universo católico, se conmemora la Asunción de la Virgen María. Mis recuerdos sobre cómo se festejaba en mi pueblo la festividad del 15 de agosto se remontan a la década de los cuarenta. Tendría unos seis o siete años.
   En aquella época, Torreblanca, como la mayoría de los pueblos predominantemente agrícolas, vivía de espaldas al mar. Sus habitantes, mayoritariamente labradores, vivían por, de y para la tierra. Visitar el mar, que podía verse desde cualquier punto del municipio y de su entorno, era algo que únicamente sucedía unos cuantos días al año, asociados a determinadas festividades religiosas. Si no recuerdo mal eran: San Juan (24 de junio), San Pedro (29 de junio), la Virgen del Carmen (16 de julio), San Jaime (25 de julio), y la última, la Mare de Deu d´Agost (literalmente, la Madre de Dios de Agosto) que se celebra tal día como hoy.
   Las familias escogían algunas de esas fechas, no todas, para pasar un día festivo a orillas del Mediterráneo. Se organizaba el viaje como toda una epopeya, pese a que la costa dista del pueblo solamente tres kilómetros. Lo primero era preparar el carro con el que cubrirían el trayecto. Todas las familias campesinas, que trabajaban una agricultura minifundista, tenían un carro y su correspondiente animal de tiro, generalmente un mulo o una mula, escaseaban los caballos y los asnos. Precisamente era el carro el transporte más usado. Estaba formado por una caja donde se aposentaban los pasajeros y se apoyaba en dos ruedas enormes. Casi todo construido en madera con algunos soportes y barras de hierro para hacer más firme el armazón. La suspensión era prácticamente inexistente por lo que cada bache y desnivel del camino lo notabas directamente en las posaderas. El sistema para enganchar el animal que tiraba del carro estaba formado por dos varas o largueros entre los que se uncía al mulo mediante unos arneses con lo que la caja quedaba en posición horizontal. Otro aparejo que se usaba esos días era la llamada vela que consistía en una lona semicircular que servía de resguardo contra el sol y que recordaba a las conocidas carretas de las películas del oeste. Si la familia tenía perro, algo que era frecuente entre los labradores, lo habitual era que lo llevaran atado con una cuerda en la parte de atrás del carro.
   Otra preparación que tenía su aquel era escoger la ropa que se iba a llevar. Y no crean que estoy hablando de tangas, bikinis, ni siquiera de simples bañadores, no. La ropa que serviría para remojarse, que es lo que solían hacer, era para las mujeres la combinación o enagua que se llevaba debajo del vestido propiamente dicho para que el cuerpo no se transparentara. Como solían ser telas livianas en cuanto se mojaban se pegaban al cuerpo revelando las curvas de su portadora, algo que supongo que encalabrinaría a más de uno de aquellos rústicos campesinos que para meterse en el agua portaban los típicos calzoncillos de la época, largos, ajustados a los tobillos y a rayas grises o negras y blancas. Tanto ellos como ellas no se bañaban, lo de los baños quedaba para los señoritos y la gente de la ciudad; aquellos sufridos
labradores de mi niñez se limitaban a remojarse. Le tenían al mar un respeto cuasi reverencial, casi ninguno sabía nadar por lo que no se aventuraban mucho más allá del agua a la altura de la cintura.
   Quizá la estampa que recuerdo con mayor nitidez de aquellos tan lejanos días es la del baño de los animales de tiro. A media mañana o a media tarde, según se desarrollaba la jornada, el jefe de la familia, ataviado con los calzoncillos que he descrito, se metía en el agua llevando de la brida o riendas al mulo que les había llevado hasta allí. Los animales eran tan poco partidarios del mar como sus dueños y estos tenían que esforzarse para meter a la acémila hasta que el agua les llegara a ambos costados. Entonces, con la mano o con un cubo el acemilero echaba agua por encima del animal. Estaban convencidos, si mis recuerdos siguen siendo fiables, de que ello servía para desparasitar a las bestias.
   A mediodía se comía al lado del mar. En la mayoría de ocasiones se traían las viandas preparadas desde casa. Cuando era así, la mayor parte de veces consistía en bocadillos regados por el vino, más bien peleón, que contenía una bota de cuero y por el agua del inseparable botijo que se guardaba en una zona sombreada para que el líquido no se calentara. En las ocasiones más señaladas se preparaba una paella que no se servía en platos, sino que se comía directamente de la paellera (en otro post les hablaré de lo que recuerdo de aquellas paellas). La paella iba casi siempre acompañada de una ensalada de lechuga, tomate y  
cebolla. Y para los postres se tomaba fruta pues el campo torreblanquino está lleno de frutales de muchas clases. En junio no faltaban los melocotones, las ciruelas, los albaricoques y las cerezas, pero la fruta preferida eran el melón y la sandía que nunca se comían juntos. No me pregunten por qué, pues no lo sé. En julio, a las anteriores frutas se añadían los higos y las diversas variedades de peras. Y en agosto, había que sumar las distintas clases de manzanas y los membrillos, aunque seguían siendo los reyes de los postres el melón (meló de tot l´any, literalmente melón de todo el año) y la sandía (meló d´Alger, literalmente melón de Argel).
   Y así transcurría la jornada hasta que al atardecer aquellos carros con sus airosas velas retomaban el camino hacia el pueblo y quizá no volvieran a visitar el mar hasta el siguiente año. Lo que he descrito ha desaparecido. Para empezar el pueblo ya no es agrícola, ahora la gente se gana la vida con la industria de servicios o de la cerámica. De la agricultura minifundista de la zona solo quedan algunos campitos en los que algunos jubilados se entretienen y complementan su magra pensión; han acabado con ella los cultivos intensivos, los invernaderos y las ayudas comunitarias de la UE. Por tanto, no hay campesinos y los carros y los animales de tiro ya no son necesarios. De la forma de vestir de mis paisanos no digamos y sus distracciones las satisfacen la televisión, internet y los teléfonos móviles.
   Algo sí ha cambiado, Torreblanca ya no vive de espaldas al mar (a la mar se dice en valenciano pues siempre se habla de ella en femenino); más bien al contrario, vive mirando al Mediterráneo pues sus playas se han convertido en una de las pocas fuentes de ingresos que tiene el pueblo. Y además, como todo el mundo está motorizado, los fines de semana especialmente las playas de Torrenostra (así se llama el barrio marítimo de Torreblanca) se llenan de torreblanquins.
   Esto que les he contado, me da la impresión de que cuando faltemos la gente de mi generación se esfumara de la memoria colectiva pues dudo mucho que esos viajes estén documentados. Esos son mis recuerdos infantiles de tal día como hoy y de tiempos que no volverán. O tempora, o mores que diría Cicerón.

PD.- Hasta el próximo post dominical en el que les voy a hablar de los ciclistas veraniegos

domingo, 12 de agosto de 2018

*** En verano hay gente que se cree inmortal, como algunos viandantes


 
   En general los españoles, sobre todo los de avanzada edad como el que esto escribe, no sacamos muy buena nota en cuanto a nuestro comportamiento relativo a la convivencia pública. Dicho claro y directo: nuestro civismo es, en muchas ocasiones, manifiestamente mejorable y eso se ve palmariamente en el cumplimiento de las normas viarias. Sin ir más lejos lo he observado en mi propia familia. Las generaciones, como la mía, de los que fuimos niños antes, durante y después de la infausta Guerra Civil del 36-39 solemos cruzar las calles por donde nos parece sin pararnos a pensar que para eso están los pasos de peatones. Me da cierta vergüenza contarlo, pero es la verdad. En cambio las generaciones posteriores, como la de mis hijos utilizan casi siempre los pasos cebra. Y mis nietos van más allá, no solo se atienen a la normas de circulación peatonal sino que me regañan cuando trato de cruzar una calle por donde no debo. Digamos que en eso las nuevas generaciones son mucho mejor que las antiguas. Y como hay más españoles nuevos que viejos supongo que el cumplimiento de las normas peatonales ha mejorado mucho con lo que contradigo la primera opinión de este post. ¡Qué sería la vida sin contradicciones!
   Todo eso es aplicable durante casi todo el año con una excepción: la época veraniega. Llevo muchos veranos observando a algunos viandantes que nos visitan en el periodo estival y me he dado cuenta de que gente que seguramente son unos perfectos cumplidores de las normas viarias en sus respectivas ciudades cuando llegan a una localidad veraniega como Torrenostra dejan de serlo. Ese grupo de irresponsables no respetan las señales de tráfico o las respetan poco, por ejemplo: los semáforos en ámbar se los saltan alegremente y hasta se atreven a cruzar la calle estando en rojo con el subsiguiente peligro de que un conductor acelerado se los lleve por delante. Otros cruzan las calles sin mirar a izquierda ni derecha y si un automovilista les increpa por ello suelen contestar con malos modos como si la razón fuera de ellos. Los hay, como he dicho, que no utilizan los pasos de peatones y cruzan por donde les apetece. Y hasta están los que a veces andan por los viales y no por las aceras como deberían. Todos ellos ponen su vida en peligro y la de otra mucha gente.
   ¿Por qué lo hacen? Ya conocen mi tesis: esos desinhibidos y descontrolados viandantes deben de formar parte de los que en verano se creen inmortales.

viernes, 10 de agosto de 2018

65. El día que se murió/el Curro estaba de suerte/, pues seis ataques sufrió/ y solo fue uno de muerte


   Mientras Curro Salazar, abandonado por todos, está postrado en la cama sin que nadie parezca haberse apercibido de su extrema gravedad, Vicentín se está peleando con el maletín metálico que Rocío y Anca han tomado del equipaje del gaditano con la creencia de que en él guarda el exsindicalista sus dineros. Las cerraduras de la valija deben estar reforzadas o bien el joven torreblanquí es un desmañado porque no hay manera de abrirlo. Hasta que Rocío se harta de los vanos intentos del joven y en un arranque de genio le quita el maletín al tiempo que grita:
-¡Déjamelo, capullo, que a este paso nos van a dar las dose uvas! –y cogiendo el martillo que se han traído del cuarto de la limpieza comienza a dar martillazos al inexpugnable maletín. El resultado que consigue es que deja abollada la valija, pero sin lograr abrirla.
-Así no vas a conseguir nada. El tío Letancio decía que para abrir una cerradura más vale maña que fuerza –le aconseja Vicentín-. ¡Hombre, hablando del tío Letancio!, se me ocurre que podíamos llevar el maletín a la herrería de Bellés y allí podrán abrirlo aunque tengan que cargarse las cerraduras.
-De eso na, er maletín no lo puede abrir cuarquiera. Dios sabe qué papeles comprometíos puede guardar ahí mi novio. Solo puede abrirlo arguien que gose de su confiansa –objeta Rocío.
-Pero que confianza ni que niño muerto. Si el Martínez no está para enterarse de nada. Si está más para allá que para acá –replica Vicentín que insiste-. Lo mejor es que lo llevemos a la herrería de Bellés y allí lo abrirán, seguro.
-Mira, quillo, mi novio ha tenío puestos de mucha responsabilidá y ha estao metío en muchos
fregaos y mu gordos con montones de parné por medio y en er maletín puede guardar documentos que le harían la santísima a mucha gente de Sevilla. ¡Que digo de Sevilla, de medía Andalusía!
   Anca intermedia en la disputa planteando otra posibilidad.
-Vicente –la rumana es una de las escasas personas en el pueblo que no le llama por su diminutivo-, en vuestro almacén he visto a tu padre manejar un taladro eléctrico, ¿crees que podríamos abrirlo con él?
-Pues no sé, pero ya que lo dices podríamos intentarlo.
   Rocío, tras una breve duda, acepta la proposición:
-No se hable más, vamos p´allá.
-¿No tendría que quedarse aquí alguien? A Martínez lo veo muy jodido. Al menos, hasta que venga el médico y la ambulancia –sugiere Anca que es la única a la que todavía parece preocuparle algo el estado en que se encuentra el exsindicalista.
-Ea, pues quédate tú, chochete. Yo me voy con tu noviete y er maletín –dice Rocío.
-Yo, si no viene Anca, no voy a ninguna parte –contrapone Vicentín-. Si me presto a todo esto es por ella. Lo que le pueda pasar a ese fulano y a lo que contenga esta mierda de maletín me la suda.
   Tras una breve vacilación, otra vez puede más la codicia que el cariño, y Anca decide irse con Rocío y Vicentín; incluso tiene la sangre fría, recordando lo que canta la aparatosa valija, para coger la toalla más grande del cuarto de baño y envolverla. Ninguno vuelve a recordar que pasa con el médico y con la supuesta ambulancia que debería llegar de un momento a otro.
   Poco después de que el trío del maletín haya abandonado la habitación 16, Curro recobra una cierta consciencia y ve que está solo. Se encuentra mal, apenas si puede respirar, le duele todo el cuerpo y piensa que se puede morir si alguien no lo socorre. En la mesita auxiliar que hay en un extremo de la habitación ve su móvil. Hace un supremo esfuerzo para levantarse y pedir ayuda por teléfono. Sacando fuerzas de no sabe dónde se acerca al borde de la cama y se deja caer, aunque la altura no es grande el golpe acaba de descomponerlo. Tiene un resto de lucidez como para saber que no será capaz de llegar hasta la mesilla. El esfuerzo le ha dejado exhausto. Se queda tendido en el suelo y cierra los ojos, incapaz de seguir luchando.
   Curro lleva ya un rato tendido inerte en el suelo de la habitación, cuando una vez más se abre la puerta. En esta ocasión el visitante es su hijo que encuentra a su padre tirado en el piso y en estado de aparente coma. Francisco José se queda mirando al autor de sus días con gesto incrédulo, allí está el hombre que tantas lágrimas ha hecho derramar a su madre y que tan desamparados los dejó cuando más lo necesitaban. No acaba de creerse lo que está viendo porque da toda la impresión de que el cuerpo que yace en el suelo está más muerto que vivo: no se mueve, muestra una palidez cadavérica, tiene los ojos cerrados y solo un débil y silbante estertor sale de su boca. “No sé na de medisina, pero juraría que er grandísimo hijo de puta está en las úrtimas”, piensa. Le habla a su padre, pero no obtiene ninguna respuesta. Trata de subirlo a la cama, pero no tiene suficientes fuerzas. El joven no sabe qué hacer, si avisar de la situación en que se encuentra su padre o dejar las cosas como están y que pase lo que tenga que pasar. Como no se decide, se toma un respiro para reflexionarlo mejor. Sale a la pequeña terraza y se fuma un pitillo mientras piensa en el hombre que apenas a tres metros parece estar debatiéndose entre la vida y la muerte. Recuerda lo que tantas veces le ha oído contar a su mama: que era buena gente hasta que la codicia lo corrompió. Cuando comenzó a ganar tanto dinero que lo tenía que guardar en grandes bolsas de basura se convirtió en otra persona: soberbio, prepotente, mujeriego, quisquilloso, inaguantable. Se aficionó a todos los placeres que el mucho dinero puede ofrecer. Cada vez paraba menos en casa y sus ausencias fueron dilatándose más cada vez hasta que un mal día no volvió. No dio ninguna explicación, simplemente desapareció de sus vidas. El único rastro que dejó es que mensualmente un antiguo compañero del Sindicato del Metal hacía llegar a su madre un sobre con dinero, el suficiente para vivir modestamente, pero nada más. En los primeros tiempos del abandono, su madre justificaba la desaparición del padre contándoles a sus hermanos chicos que Curro vivía más en Madrid que en Sevilla por su trabajo en los sindicatos. A él, que ya era un mozuelo, no se atrevió a contarle una mentira tan burda y tuvo que decirle la verdad. Más tarde se enteraron por una vecina de que se había arrejuntao con la empleada de una peluquería de barrio que era bastante más joven que él. Rocío Molina se llamaba la indina, la que ahora sigue hablando de su padre como si continuara siendo su novia. Sospecha que su mama sigue queriéndole, buena prueba es que le ha mandado hasta este agujero para avisarle de que pueden trincarlo. “¿Tú que harías, mama, le dejarías que estirara la pata o llamarías a un dotor?”, pregunta a su madre mentalmente.
    El joven sevillano mira el reloj y se sorprende de lo tarde que es, son algo más de las nueve lo que le lleva a recordar que la camarera que atiende la habitación, y de la que sospecha que pueda estar liada con su padre, ya tendría que haberle subido la cena. Vuelve a entrar y torna a mirar a su padre. Sigue igual o… quizá peor, ya no se oye ni el estertor de antes, tampoco se mueve. Al final se decide. Baja y busca a Anca, no la encuentra, pregunta por ella a otra camarera.
-¿Anca?, ni flores. Si la encuentras dile que como no tenga una buena excusa la patrona la va a poner de patitas en la calle. Tenemos el comedor a tope y no aparece por ninguna parte.
-Oye, mi papa está mu chungo, tendríais que llamar a un médico.
-Habla con la jefa que yo no estoy para esos menesteres –es la desabrida respuesta de la empleada.
   El joven busca a la patrona, la encuentra tras la caja registradora cobrando a unos clientes, parece sofocada por el mucho trabajo.
-Señora, que mi papa está mu chungo.
-¿Qué está mal? Lo que me faltaba. Y la puñetera Anca sin aparecer. Ya ves como estoy de faena. ¿Qué es lo que le pasa exactamente?
-No lo sé, no soy un entendío, pero no habla, no se mueve, no hase na.
-¿Cómo que no hace nada? No me fastidies, no será tanto. En cuanto acabe estas cuentas llamo al centro de salud.
   La patrona retorna a sus números y el joven sevillano se queda otra vez sin saber qué hacer. De pronto recuerda que en la playa funciona una caseta de socorristas y primeros auxilios, piensa que a lo mejor ellos pueden hacer algo. Hacia ella se dirige. La encuentra cerrada, pregunta a unos rezagados bañistas que están jugando al voleibol y uno de los jugadores le dice que cierran a las ocho. El joven retorna al hostal. Sube a ver cómo está su padre. Sigue igual: tirado en el suelo y sin movimiento ninguno, tampoco responde a sus llamadas. Baja al comedor y vuelve a acercarse a la patrona.
-¿Han llamao ar médico?
-¡Jesús, María y José! Con tanto follón me he olvidado de tu padre. Ahora mismo llamo.
-¿En er entretanto podría ayudarme arguien a subirlo a la cama?, es que está tirao en er suelo.
-¿Cómo que está tirado en el suelo?, haberlo dicho –y dirigiéndose a uno de los barman le pide que los acompañe.
   La patrona se queda de un aire cuando ve a su huésped. Entre los tres acomodan a Curro en la cama y la señora Eulalia, con un punto de aprensión, le toma el pulso, no lo encuentra. Aplica el oído al pecho y no escucha ningún latido. Compungida se vuelve al joven.
-Creo…, creo que está muerto.      
   Mucho tiempo después de que terminara esta historia, cuando trascendieron al público los distintos avatares que ocurrieron en la misma, un rapero chungón de los que tanto abundan a ambas orillas del Guadalquivir compuso un rap que, plagiando el famoso corrido mexicano de Rosita Álvarez, decía: El día que se murió/el Curro estaba de suerte/, pues seis ataques sufrió/ y solo fue uno de muerte.

PD.- Hasta el próximo viernes.