domingo, 5 de agosto de 2018

*** En verano hay gente que se cree inmortal, como algunos bañistas


   Posiblemente, no estén de acuerdo conmigo, pero yo así lo creo: en verano hay gente que se
cree inmortal. ¿En qué me baso? En la observación del comportamiento de grupos de
personas que realizan distintas actividades habituales durante todo el año y que suelen
intensificarse especialmente en verano. Me refiero a grupos tales como los bañistas, los
peatones, los ciclistas y los automovilistas, entre otros.
   En este post dominical me referiré concretamente al primer grupo: los bañistas. No he
encontrado datos oficiales, pero en alguna parte he leído que en 2017 murieron ahogadas en
España unas quinientas personas. En esa estadística se incluye, al parecer, los que fallecieron
en las playas, las piscinas y los parques acuáticos. Son casi la mitad de los muertos en
carretera. Y así como los accidentes viales suelen levantar gran polvareda mediática cada vez
que se publican sus datos, sin embargo los ahogados en las playas apenas si merecen un suelto
en las páginas interiores de los periódicos. No me pregunten el porqué de ese doble rasero de
la prensa. No lo sé.
   En general, la inmensa mayoría de los bañistas son gente sensata que no se arriesga
fácilmente. Si uno observa cualquier playa comprobará que casi todos los que toman las aguas,
como se decía antaño, están en la zona que va desde donde mueren las olas hasta que el agua
llega a medio pecho o poco más. A ello contribuye el hecho de que en España el porcentaje de
los que saben nadar debe de ser bajísimo[ZR1] . Me baso en el dato de que en las playas pueden
haber cientos de bañistas, pero sobran dedos en la mano para contar los que se arriesgan más
allá de donde cubre el agua. Ese es el comportamiento de la gran mayoría, pero luego está el
grupo de los que en verano se creen inmortales. Estos son otra historia.
   Todos sabemos que en los puestos de socorristas de las playas hay unas banderas que indican diariamente, y a veces hasta por horas, el riesgo de baño en el mar. La verde, buenas condiciones. La amarilla, hay que tomar precauciones. Y la roja, prohibido bañarse. Pues bien, por mucho que las autoridades locales recomiendan respetar las banderas, seguir las normas de seguridad establecidas y las indicaciones de los socorristas, hay alguna gente, los que en verano se creen inmortales, que pasa olímpicamente de los avisos. Varios Ayuntamientos hasta han aprobado ordenanzas para multar a quienes se bañen cuando hay bandera roja con discretos resultados.
   El grupo de los que en verano se creen inmortales se pasan las normas y las banderas por el forro. Todos hemos visto en más de una ocasión a un mar embravecido y pese a enfrentarse con unas peligrosas olas hay gente que se juega la vida metiéndose mar adentro. O estando el mar en calma, podemos ver viejos decrépitos o niños con escasas fuerzas adentrándose en el mar. O gente que después de atiborrarse de paella o cualquier otra delicia gastronómica de esta tierra levantina se mete en el agua sin miedo a lo que pueda pasar.
   Siempre me he preguntado ¿por qué se juegan tan alegremente la vida? Les prometo que en cuanto lo sepa se lo contaré sin dilación. De momento, esos bañistas forman parte de la gente que en verano se cree inmortal.


 [ZR1]

viernes, 3 de agosto de 2018

64. Como canta la copla: entre todos lo mataron y él solito se murió


   Por mucho que lo intentan ni Rocío ni Anca son capaces de abrir el maletín metálico en el que suponen que Curro guarda sus dineros. La cerradura se les resiste y la única herramienta con la que han podido hacerse es un cortaúñas. Se miran frustradas, no saben qué hacer. Le echan una ojeada a Curro que sigue en la cama respirando cada vez más fatigosamente, tose menos pero la sudoración es mayor, la palidez más acentuada y sigue sin hablar. Ambas mujeres vuelven a mirarse indecisas.
-Ya tendría que haber llegado el médico. A Martínez –comenta Anca- le veo peor que nunca. A este paso igual no llega ni a mañana.
-Ya nos ocuparemos del Curro cuando trinquemos la pasta. Lo que hemos d´haser es conseguir una herramienta p´abrir er jodío maletín –apremia Rocío.
-¿Y por qué no nos lo llevamos y lo abrimos en otra parte? –sugiere la rumana.
-Un maletín de este porte canta más que un traje de la Martirio. Si arguien nos ve con él puedes estar segura que no se le van a orvidar nuestros parmitos.
-En el cuarto donde guardamos los cacharros de la limpieza hay una caja de herramientas. Allí tiene que haber destornilladores y alicates para abrir la maleta. Mira, tú quédate aquí vigilando a Martínez y yo traigo algún chisme para forzarlo –sugiere Anca.
   De repente a Rocío le entran sorprendentes temores.
-No quiero quedarme a solas con er Curro, me da mar fario. Voy contigo. Espera que vuervo a esconder er jodío maletín.
   Ambas mujeres salen de la habitación y se dirigen a buscar la caja de herramientas. Entretanto Grigol Pakelia, otro de los mandados desde Sevilla en su caso para ajustar las cuentas a Curro y que está en Torrenostra para inspeccionar el terreno, ha dejado a la joven que se ha traído de Benicàssim como coartada bronceándose en la playa que hay delante del Palmeral de Igoa. Luego se ha acercado hasta el vecino hostal para reconocer, pues ya estuvo anteriormente una vez, el establecimiento en el que se aloja Curro Salazar. A riesgo de que posteriormente alguien le recuerde y pueda ser identificado pregunta a uno de los camareros:
-¿Sabe dónde podría encontrar al señor Francisco Martínez? –Usa el falso nombre por el que allí conocen a Salazar.
-¿El señor Martínez?, estará en su habitación, no se encuentra muy bien. Tuvo una caída y se resintió de una fractura que tenía en las costillas. Es la número dieciséis, en la primera planta.
   Pakelia está en un tris de dar una generosa propina al empleado que le ha proporcionado tan valiosa información sin pedírsela. Tiene ya un billete de cincuenta euros en la mano, pero en última instancia se da cuenta de que con una gratificación así le recordarán todavía más, se contiene y se limita a darle las gracias sin más. “Bueno, pues ya que estoy aquí y que sé en qué habitación se encuentra el objetivo, ¿por qué no echarle un vistazo aunque sea por encima? Si se extraña de mi aparición siempre puedo decir que me equivoqué de habitación”. Y sin pensárselo dos veces, entra en el hostal y sube a la primera planta sin que nadie le pregunte pues el trajín sigue siendo intenso. La puerta de la dieciséis está cerrada. No llama, la abre despreocupadamente como se abre la puerta del cuarto donde uno se aloja y entra.
   La primera reacción del georgiano al ver el estado en que se encuentra Curro es la de estupor. Ve a un hombre en estado semicomatoso, que respira como si en cualquier momento le fuera a faltar el aire. “¡Joder, este tío la va a palmar él solito! No va a necesitar que le haga nada, aunque… ya que estoy aquí voy a aprovechar la oportunidad y ejecutar el encargo. Hay que ser profesional ante todo”. Su primera intención es sacar su inseparable cable de fibra que, en unas manos tan poderosas como las suyas, es una eficaz arma de estrangulamiento y de corte. No llega a usarlo, un pensamiento le detiene: “No seas capullo, Grigol –se dice-, con el cable vas a dejar la marca delatora de que a este pobre tipo se lo ha cepillado un profesional. Usa la cabeza, limítate a asfixiarlo como haría un aficionao…”. Mira a su alrededor sin encontrar nada que le sirva hasta que cuando vuelve a posar la vista en Curro debajo de la cabeza del andaluz encuentra lo que buscaba, una almohada. La quita de un tirón, la pone en la cara del exsindicalista obstruyéndole la boca y la nariz y aprieta. El gaditano apenas si tiene fuerza para farfullar unos sonidos ininteligibles, hacer un amago de pataleo y con los brazos intentar instintivamente apartar el cojín de su rostro.
   Mientras Pakelia intenta asfixiar a Curro, Rocío y Anca, tras rebuscar en el cuartucho donde se guardan los trebejos de limpieza, han encontrado una desvencijada caja de herramientas de la que se llevan un par de destornilladores, una tenaza y un martillo. Cuando salen y cruzan la ajetreada cafetería, que es como la almendra del establecimiento, se topan con Vicentín, lo que no es raro porque el joven lleva mucho tiempo por allí tratando de cruzarse con su novia, él la sigue llamando así pues continúa creyendo en la plenitud de su noviazgo con la joven.
-Anca, mi amor, te estaba esperando –dice el joven en un desesperado intento de arreglar su complicada relación con la rumana.
-Ni amor, ni leches –le espeta Anca-, te dejé bien clarito la última vez que hablamos que no quiero verte por aquí; bueno, ni por aquí ni por ningún lado.
   Al ver a Vicentín, a Rocío se le ocurre que dada la robustez del maletín metálico es posible que para abrirlo necesiten de alguien con más fuerza que la que pueden tener Anca o ella y allí tiene al novio o exnovio de la rumana que aunque no parece ser precisamente un atleta es probable que sea más forzudo que ellas, por lo que dirigiéndose a la joven le dice al tiempo que le guiña un ojo:
-Anca, bonita, estoy pensando que tu novio nos podría echar una mano pa er trabajito que nos espera arriba. Seguro que tiene más fuersa y a lo mejor hasta más maña que nosotras. Que nos ayude y más tarde habláis de vuestras cosas con carma y hasta igual os arregláis.
   Anca capta al vuelo la intención de Rocío al invitar a Vicentín y aunque no le parece la mejor idea la acepta con un encogimiento de hombros. El trío sube a la primera planta y entra sin llamar a la habitación de Curro. Se quedan parados en el mismo quicio al ver a un hombre con la constitución de un frigorífico de dos puertas que está inclinado sobre el enfermo. El entrenado oído de Pakelia ha percibido el leve giro del pomo de la puerta antes de llegar a abrirse, esa fracción de segundo le da tiempo suficiente para quitar el almohadón de la cara del yacente gaditano y tratar de colocárselo bajo la cabeza. La primera en reaccionar al ver al hombretón es Anca.
-¿Quién es usted, qué hace aquí?
   Pakelia se vuelve y mal que bien compone un gesto de preocupación mientras piensa aceleradamente como justificar su presencia.
-Mi… pasar por pasillo… oír ayes…, mi abrir puerta para ayudar…, encontrar hombre…, poner cojín para que respirar mejor…, mi solo querer ayudar… -El georgiano ha optado sobre la marcha por ponerse en modo de extranjero con un limitado dominio del español, lo que puede ser un arma que quizá le ayude a simular que no entiende preguntas que puedan resultarle comprometidas.
   Las dos mujeres, pasado el primer momento de desconcierto, se acercan preocupadas al lecho donde Curro no da señal alguna de estarse enterando de cuanto ocurre a su alrededor. Sigue en estado semicomatoso, con los ojos casi cerrados, su respiración es más bien un estertor, su lividez, cadavérica y apenas si rebulle.
-¿Y dise usté que ha oído ayes?, que raro, si cuando nos hemos ido no era capas de desir ni pío –puntualiza Rocío que se ha dado cuenta del contrasentido de lo que cuenta el extranjero.
   El antiguo spetsnaz no está para entrar en disquisiciones que pueden volverse contra él por lo que se limita a encogerse de hombros.
-Este fulano está como para diñarla - Vicentín mete baza al ver el estado de Curro-. Opino que deberíais llamar urgentemente a un médico.
-De llamar a un médico ya s´a encargao er lechuguino der Espinar que estaba aquí cuando antes hemos entrao nosotras. No puede tardar –informa Rocío-. Ahora lo que hemos de haser es abrir er maletín.
   El georgiano, viendo que el trío parece haberse desentendido de él, opta por una prudente retirada.
-No nesesitar ayuda. Desir adiós –y Pakelia toma las de Villadiego con la intención de abandonar el establecimiento y también la playa.
-Bueno, ahora que s´a ido er guiri vamos con er maletín –y Rocío saca del armario el plateado maletín a la par que dirigiéndose a Vicentín le insta-. Tú que tienes pinta de ser un tío fortachón, a ver si eres capas de abrir este jodío maletín.
-¿Y para qué quieres abrirlo? –pregunta Vicentín que no entiende lo que está pasando, así como por qué no se preocupan por Curro.
-Lo nesesitamos pa ver si encontramos los papeles de la Seguría Sosiá der señor Martines, por si hay que ingresarlo –afirma Rocío improvisando.
   Vicentín duda, no termina de creerse lo que acaba de contar la andaluza. Mira a Anca como pidiéndole su parecer. La rumana contesta a la mirada.
-Es cierto, Vicentín –Se ha cuidado muy mucho de llamarle cariño, mi amor o cualquier otra expresión cariñosa, pero en cambio lo mira amistosamente y sin fruncir el ceño como ha hecho los últimos días-. Al señor Martínez habrá que ingresarlo en Castellón y necesitamos la tarjeta sanitaria. Hemos buscado en el resto del equipaje y no la hemos encontrado, lo único que nos falta por mirar es el maletín, pero como está cerrado y tampoco sabemos dónde están las llaves…

PD.- Hasta el próximo viernes

domingo, 29 de julio de 2018

*** Prensa que se lee en mi playa y lo que se deduce


Si en un post anterior decía que la arena es un medio estupendo para observar el carácter de los niños, sostengo que la prensa puede ser un eficaz instrumento para saber qué clase de veraneantes hay en una playa. No en cuanto a su carácter, como decíamos de los críos, pero sí de su procedencia.
He llevado a cabo una miniinvestigación y he descubierto que en Torrenostra se venden periódicos de Madrid, Bilbao, Pamplona, Valencia, Zaragoza, Castellón y Barcelona. Los he enumerado de más a menos ejemplares vendidos. Se supone que de esas ciudades y de su entorno proceden los veraneantes no nativos que pasan el verano en nuestras playas. Es decir, que madrileños, vascos, navarros, aragoneses y catalanes, además de los valencianos, forman el núcleo básico de nuestros visitantes. Y todavía hay empecinados en rotular y publicar únicamente en valenciano. ¡Vaya ojo clínico que tienen y que poco cuidan la actividad económica más importante de un pueblo sin otros ingresos significativos! Su lema es: antes la ideología que la economía. Así terminará luciéndoles el pelo.
Otro dato: también he detectado la existencia de nada menos que de 5 periódicos deportivos, 2 de Madrid, 2 de Barcelona y 1 de Valencia. Y según el dueño del único puesto de prensa son los diarios que más se venden. Un análisis superficial podría hacernos pensar que los españoles somos unos deportistas de tomo y lomo. Pues no. Hay otro dato más elocuente que lo contrarresta. ¿Qué deporte se practica en nuestras playas? El mayoritario con diferencia es el de esa especie de tenis que se juega al borde mismo del agua y al que se le puede llamar cualquier cosa menos deporte. O sea, que los españoles somos deportistas de sillón o meramente contemplativos. Alguien preguntará ¿y qué pasa con los Nadal, Gasol, Indurain…, acaso no son españoles? El refranero contesta a eso: toda regla tiene su excepción.
   Finalmente, el dato de la prensa extranjera y que es muy elocuente sobre el contingente de
veraneantes no españoles que pasan parte del verano en Torrenostra. Solo están a la venta 3
periódicos de más allá de los Pirineos y únicamente se venden unos pocos ejemplares de
Aujourd’hui, Le Monde (el que más me ha sorprendido) y La Gazzetta dello Esport. Y un solo
ejemplar del Corriere della Sera cuyo suscriptor es un matrimonio milanés que desde hace más
de treinta años pasan el verano entre los Abruzzo y la Costa de Azahar. Hay turistas de más
nacionalidades, he oído hablar en inglés, alemán, portugués y algún otro idioma más, pero  si
nos ceñimos a la prensa parece que el mayor contingente de guiris en nuestra playa (así se llama en lenguaje coloquial a los extranjeros) procede de Francia e Italia. Esto último me sorprende dada la gran cantidad de costas que tiene el país transalpino. Lo que sí parece, vista La Gazzetta es que también son muy deportistas, no sé si de sillón como nosotros. Bueno, al fin y al cabo fue la loba romana la que creo nuestras culturas y ambas lenguas tienen como madre el latín. Es lógico que nos parezcamos.