viernes, 18 de agosto de 2017

14. Rifirrafe por ver quién paga


   Álvarez y Ponte van andando por el paseo marítimo de Torrenostra en dirección a una pizzería en la que han reservado mesa. Va a ser la primera cena del verano fuera de casa. En cuanto entran en la terraza del restaurante les atiende una camarera que pregunta si tienen mesa reservada. Álvarez contesta afirmativamente al tiempo que dice su apellido a la muchacha la cual les conduce a una mesa en la que hay dos pequeños manteles de papel, servilletas y los correspondientes cubiertos. En cuanto se sientan les pregunta que quieren beber. Álvarez se pide una cerveza y Ponte agua mineral sin gas.
-Hay que ver la de gente que hay, está a tope –comenta Ponte mirando a la clientela que abarrota la terraza.
-Prácticamente, está así todas las noches, por eso he reservado mesa. A mediodía es otro cantar.
   A los pocos minutos ya les han servido las bebidas junto a un platillo de pequeñas aceitunas verdes, también les han dejado la carta en la que Ponte ve que, además de pizzas hay muchos otros platos como crujientes hechos en casa, tablas de embutidos y quesos de la tierra, varios tipos de ensaladas, carpaccio y carnes a la brasa, pero lo que domina son las pizzas, debe haber una treintena de tipos diferentes.
-Como veo que tienen carpaccio que, por lo que dice la carta, lo preparan macerado con limón, pimienta negra, aceite virgen, escamas de parmesano y un toque fresco de rúcula y champiñones, es lo que me voy a pedir. Resulta un plato ligero muy adecuado para la noche.
-¿Qué coño es la rúcula? –pregunta Álvarez.
-Es un tipo de hortaliza considerada para fines culinarios como una clase de verdura de hoja. Se usa especialmente para ensaladas, pero también cocinada como verdura con pasta o cecina y es rica en vitamina C y hierro. Aquí se la usa poco, pero en Italia es muy común.
-¿Y tú dónde diablos aprendes esas cosas?
-Todo lo que sé de cocina, que no es gran cosa, me lo ha enseñó mi mujer, que en paz descanse, y ahora lo hace Clarita.
-Pues yo tomaré una pizza Masovera que es una creación de la casa; lleva tomate, verduras de la zona, atún, cebolla, olivas negras y huevo duro.
   Después de hacer la comanda siguen charlando mientras van picando las olivas.
-¿Vienes con frecuencia? –quiere saber Ponte.
-Depende. Si estamos solos Matilde y yo solemos venir una vez a la semana cuando a ella no le apetece guisar, pero cuando estamos con los nietos venimos con más frecuencia. A los pequeñajos esto de las pizzas les entusiasma, lo mismo que las hamburguesas y los perritos calientes. Como en la playa no hay ninguna hamburguesería son muchas las noches que terminamos cenando aquí. Por otra parte, reconozco que las pizzas son francamente buenas, de las mejores que he probado.
   La charla se ve interrumpida por la llegada de la camarera con la comanda. A Ponte le asombra lo grande que es la pizza que ha pedido su amigo a quien la muchacha le ofrece un cortapizzas para que pueda trocearla más fácilmente y que Álvarez rechaza.
-No es necesario, señorita. Me basta con el cuchillo.
-Es enorme. No sé si vas a ser capaz de comértela entera –objeta Ponte.
-Comeré lo que me apetezca. Y sí, la verdad es que son grandes, tanto que cuando no tenemos mucho apetito Matilde y yo pedimos una y nos la partimos. Esto de las pizzas tiene una ventaja y es que no es tanta comida como aparenta y además se digieren con facilidad. Por la noche van bien porque con ellas no reza el proverbio que de grandes cenas están las sepulturas llenas. Se toman como plato único y no fuerzas la digestión.
   Al final, Álvarez casi se ha terminado la pizza y Ponte ha hecho lo mismo con su carpaccio, hasta ha probado una ración de la pizza de su amigo. La camarera que les atiende les retira los platos y les pregunta si quieren algo de postre.
-Bueno, podemos echar un vistazo a la carta –sugiere Ponte.
   El vistazo es rápido porque la carta de los postres, al contrario que la de las pizzas, es muy corta.
-Me apetece un helado con dos bolas, de vainilla y de café irlandés –se pide Ponte.
   Álvarez no pide postre, en su lugar se va a tomar un carajillo de ron.
-¿Puedes dormir tomándote café después de cenar? –pregunta Ponte-. Lo digo porque si yo lo hiciera no pegaría un ojo en toda la noche.
-Pues mi menda dormirá como un angelito. Para mí el café, al contrario que para la mayoría, más que un estimulante es un sedante.
-Hay gente pa tó, como decía el Guerra –comenta en tono jocoso Ponte.
-Déjame rectificarte, creo que el autor de la frase fue otro torero: el Gallo, pero en cualquier caso sea su autor quien fuere es una verdad como un templo, hay gente pa tó. Uno de mis cuñados no se toma café después de cenar, pero sí un tazón de té verde y dice que duerme como un bendito. Para que veas.
   Ambos amigos son ajenos que cerquita de ellos también está cenando otro personaje de esta historia, Curro Salazar. En su caso ha tomado de entrante una picaeta que resulta ser una fuente con longaniza de Pascua, cecina de toro, queso de Benasal, mojama de atún con almendras fritas, altramuces y pan con tomate. Y como plato fuerte una pizza Maltesa elaborada con tomate, mozzarella, queso de cabra, cebolla morada y pasas. El bueno de Curro sigue con su vida de fugitivo que resulta ser sumamente aburrida y monótona. Sus únicas distracciones son pasear a primera y última hora por las arenosas playas, leer la prensa, ver algún evento deportivo o alguna película en la tele y de vez en cuando echar una partida de dominó. Si quisiera podría jugar todos los días, pero los integrantes de la habitual partida en la terraza del hostal son tan rematadamente malos que únicamente cuando está muy aburrido se anima a jugar con ellos. Lo que daría por tener una timba, se dice, como la que tenía en Sevilla con jugadores que supieran que en el dominó el azar es fundamental, pero que la sapiencia también tiene algo que decir. Por eso, ha pegado el oído a lo que hablan dos viejales que están cenando en la mesa de al lado puesto que en algún momento se han referido a las partidas que van a echar.
   Ajenos a que alguien les está escuchando, los dos jubilados al terminar la cena piden la cuenta y se produce el clásico rifirrafe sobre quien va a pagar.
-Déjame invitarte por ser nuestra primera cena del verano –pide Álvarez.
-Ni hablar, el que paga soy yo. Solo faltaría que además de invitado ejerciera de gorrón –rechaza Ponte.
-No digas bobadas, Manolo. Tú no eres un invitado, sino un amigo que me está haciendo el favor de acompañarme para que no esté solo. O sea, que el que invita soy yo, al menos por esta noche.
-Hasta ahí podríamos llegar. De ninguna manera, Luis. El pagano es mi menda –objeta Ponte poniéndose castizo.
   A todo eso, hay dos personas que están atentas al pueril diálogo entre ambos amigos: la camarera que espera a ver quién paga y Curro al que le hace gracia la disputa. Como aquello no tiene pinta de acabar, la muchacha interviene:
-¿Y por qué no pagan a escote y así ni gana ni pierde ninguno? –sugiere.
-Eso lo haremos el resto del verano, pero no en nuestra primera cena. Y como el anfitrión soy yo no se hable más. Cóbrese, señorita –dice Álvarez sacando su Visa.
-Si pagas con tarjeta tendrá que ir por el terminal. Mejor, en metálico –dice Ponte sacando un billete de cincuenta euros.
-Hazme el favor de guardar ese billete, joven –insiste Álvarez tendiéndole la tarjeta-, cóbrese de aquí.
-No le haga caso a mi amigo, tome –dice Ponte dándole el billete a la camarera que empieza ya a estar mosca por el tiempo que le están haciendo perder.
-¡Coño, Manolo, hazme el santísimo favor de guardar el dinero! –exclama Álvarez un tanto molesto.
   Al llegar a ese punto, Curro, no sabe muy bien porqué, decide intervenir porque la pugna de los vejetes no tiene pinta de acabarse.
-Caballeros, les ruego que me disculpen. Sin querer, pero dado que estoy al lado, he oído la discusión. Si me permiten les ofrezco una solución neutral: déjenlo en manos del azar. Echen a cara o cruz quien paga, así nadie tiene porqué sentirse molesto.
   Álvarez y Ponte se miran y sonríen, el forastero les acaba de dar una salida airosa sobre quien paga la primera cena del verano.
-Gracias. Es algo que no se nos había ocurrido. Manolo, ¿estás de acuerdo?, ¿sí?, pues que decida el azar. Si sale cara, pagas tú, si cruz me toca a mí –dice Álvarez al tiempo que saca una moneda de un euro y la lanza al aire. Sale cruz.
-Nos permite invitarle a una copa –ofrece Ponte al desconocido que les ha facilitado una salida de la disputa tan elegante.
-Encantado, pero permítanme sugerirles que la tomemos en un chiringuito de cara al mar donde estaremos más tranquilos –propone Curro.
-Por cierto, ¿cómo se llama esta pizzería? –quiere saber Ponte.
-Pues que estamos en la gloria –al ver la cara de perplejidad de Ponte, Álvarez se explica-. No es coña, es que se llama así, La Gloria.

PD.- Hasta el próximo viernes





viernes, 11 de agosto de 2017

Capítulo 4. Comienza el veraneo.- 13. Una playa sorprendentemente tranquila


  Hacia la media tarde del uno de agosto, Álvarez y Ponte abandonan la A-7 por la salida 44 por la que se accede a Torreblanca y Alcoceber como indica el correspondiente cartel indicador.
-Oye, Luis, si no recuerdo mal nos contaste que la población al norte de Torrenostra se llamaba Alcocebre y en el cartel pone Alcoceber, ¿cómo se llama realmente?
-Para mí es un misterio. He visto escrito su nombre de varias formas: Alcocebre, Alcosebre y Alcoceber, aunque por lo que me ha contado Nacho su nombre oficial es Alcossebre con dos eses.
   Álvarez interrumpe su explicación porque acaba de entrar en una gran rotonda a la que solo dan un tercio de vuelta hasta que cogen una salida señalada con un minúsculo indicador de color marrón que pone Torrenostra.
-¿No pasamos por el pueblo? –pregunta Ponte.
-No es necesario pasar por Torreblanca, esta ruta nos lleva directamente a la playa. El pueblo queda a nuestra derecha –responde Álvarez.
   Tras dar tres cuartos de vuelta a una pequeña rotonda cruzan un estrecho puente que salva el tendido del ferrocarril y se meten en una carretera que durante la noche, piensa Ponte, debe estar perfectamente iluminada dada la profusión de farolas que se alzan a ambos lados de la misma. Como si le hubiera leído el pensamiento, Álvarez le cuenta:
-Este camino se llama Carrassa de Mon Rossí y es, junto a la carretera de Torreblanca a Torrenostra, el mejor acceso para ir al mar. Y como puedes ver no escatimaron gastos a la hora de iluminarla. En la playa pasa tres cuartos de lo mismo, hay farolas a gogó.
   Atraviesan dos rotondas y cuando llegan a la tercera, que está inacabada, tuercen a la derecha. En esa zona es donde Ponte comienza a ver urbanizaciones sin grandes alardes de lujo y también algunas construcciones que únicamente tienen edificada la estructura y a las que años de abandono empiezan a pasarles factura. Según explica Álvarez a esa zona la gente del pueblo le llama Augimar, el nombre de la empresa que fue la promotora de la urbanización.
-¿Qué les pasó a esos bloques? –inquiere Ponte.
-Pues que la crisis del 2008 llegó cuando estaban levantándolos y de un día para otro no volvió a ponerse un ladrillo más. Desde entonces no ha vuelto a construirse nada. Que yo sepa solo se concluyó la tercera fase de El Palmeral que es la urba en la que tiene el apartamento mi hijo y adónde nos dirigimos.
   En cuanto dejan atrás la zona de Augimar y tras pasar otra inacabada rotonda entran en un sector que podría calificarse de urbano dados los edificios que se erigen hacia el lado de la costa. Al llegar a una transversal, Álvarez hace stop y comenta:
-Esta es la carretera que va a Torreblanca. Antes de que se remodelara la Carrassa de Mon Rossi era el único acceso decente para llegar a la playa.
-¿Es muy larga?
-Tres kilómetros. En cuanto pasas por debajo de un puente del ferrocarril ya estás en el pueblo.
   Nada más cruzar la carretera se tropiezan de frente con la urbanización a la que van.
-Esto es El Palmeral, en mi opinión la mejor urba de la playa. Aquí, en lo que se conoce como fase II, es donde tiene el apartamento Nacho. Ya verás cómo te gustará.
   En efecto, el lugar parece agradable y sobre todo es apacible y silencioso. Dejan el coche en una de las plazas de parking que hay en el interior de la urbanización y suben a la primera planta donde está el apartamento del hijo de Álvarez. Dispone de tres habitaciones, salón comedor con un sofá cama, cocina, dos baños completos y una coqueta terraza que da al jardín interior. Álvarez le explica que la urbanización, además de las zonas ajardinadas cuenta con piscinas y zonas deportivas comunes, entre ellas gimnasio, pistas de pádel, tenis, áreas de juegos y hasta un restaurante.
-Yo voy a dormir en esta habitación que es de la mis hijos –informa Álvarez-, de las otras dos elige la que más te guste que para eso has llegado primero. Si me permites un consejo, la más fresca es la que da al este, la orientada a poniente por la tarde se pone como un horno. Ah, si quieres darte una ducha puedes usar este baño.
   Una vez que ambos amigos han deshecho las maletas y se han dado una refrescante ducha se reúnen en el salón. Álvarez se ha puesto unos shorts, una camiseta en la que campea el viejo lema de I love New York y calza unas zapatillas de esparto. Ponte, más comedido o menos acostumbrado a los usos playeros, lleva una holgada camisola, unos chinos y calza unas zapatillas de lona con suela de goma.
-¿Qué te apetece tomar?
-Algo fresco, pero sin alcohol.
-¿Tú eres de los que hace caso a los médicos? Lo digo porque en cuanto cumples los setenta te lo prohíben todo: el alcohol, el tabaco, las mujeres… No hay que hacerles caso, hay que exprimir los pocos veranos que nos quedan aunque sea con moderación. Yo me voy a tomar una cervecita, ¿te traigo otra?
-De acuerdo, pero si puede ser que sea sin alcohol –pide Ponte con una sonrisa.
   Álvarez sale cariacontecido de la cocina.
-Podía habérmelo figurado, no hay cerveza. Mi nuera ha dejado la nevera en cuadro, no hay más que un par de botellines de agua mineral y no vamos a celebrar nuestra llegada con agua. Mira, a doscientos metros hay un pequeño supermercado, de hecho es el único de la playa. Nos acercamos y compramos un pack de birras y alguna cosilla para picar.
-¿Solo hay un súper? –pregunta extrañado Ponte.
-Lo que te cuento. Aquí para comprar la cosa más insignificante has de subir al pueblo. Establecimientos comerciales, si exceptúas los bares y restoranes, yo solo conozco a este súper, a la sucursal que tiene en el norte del caserío y a un par de tiendas con artículos veraniegos. Esto es que es más pequeño de lo que parece. Nacho está convencido de que Torrenostra tiene un gran futuro, pero lo que es el presente lo tiene en formato mini.
-La verdad es que resulta sorprendente. Este lugar está bien comunicado, tiene acceso fácil e inmediato tanto a la 340 como a la A-7, cuenta con un aeropuerto a menos de quince kilómetros y está en medio de destinos turísticos tan populares como Benicásim, Oropesa del Mar, Marina d´Or, Alcossebre o Peñíscola. Y por lo que cuentas veo que es un lugar casi, casi desconocido –se asombra Ponte.
-Todo lo que has dicho es cierto con la salvedad de que el aeropuerto está comenzando a operar este año, hasta ahora solo ha servido de rechifla pública y poco más. Y volviendo a la escasa afluencia de veraneantes confieso que para mí también resulta un misterio el que sea una playa con tan poca gente. Nacho suele decir, no sé si en serio o de broma, que esta es una playa demasiado tranquila.
-Si lo es, a unos carrozones como nosotros nos va a venir como anillo al dedo. Y creo que para familias con niños pequeños también les vendrá de perlas. Se lo voy a comentar a Clarita, a lo mejor se anima y cambia Ribadesella por Torrenostra porque en el norte el sol nunca está garantizado.
   Una vez en el supermercado Ponte sugiere a su amigo:
-¿Por qué no compramos también algo para cenar?
-¿Pero tú sabes cocinar? –pregunta un tanto asombrado Álvarez.
-Lo cierto es que no. Bueno, sé preparar un bocata.
-De lo de comer un bocadillo, olvídate. No vamos a comenzar nuestras vacaciones cenando un miserable bocata. Tengo una propuesta mejor. ¿A ti te gusta la pizza?
-Si me hubieras hecho esa pregunta hace unos años la respuesta habría sido un rotundo no, pero desde que comencé a acompañar a mis nietos en sus salidas he tenido que acomodarme a sus gustos culinarios y ahora sí me gustan.
-Bien, pues te voy a llevar a la mejor pizzería de la playa. Bueno, también es la única, pero lo cierto es que hacen unas pizzas de lo mejorcito que he probado. Y como por la noche suele estar a tope voy a llamar para reservar o no tendremos mesa.
   Vuelven al apartamento, se toman unas cervezas y pican de una bolsita de anacardos que también han comprado. A la hora de inicio del telediario de la primera cadena, Álvarez propone:
-Es un buen momento para irnos a cenar. Si nos quedamos viendo el telediario, y como solo dan malas noticias, igual nos ponemos de mala leche. O sea, que arreando.
   La calorina diurna ha menguado notablemente y la humedad del mar hace que la noche sea muy agradable.
-La pizzería está al otro extremo de la playa, pero aquí las distancias son cortas –informa Álvarez-. Iremos andando por el paseo marítimo. 
   El llamado paseo marítimo solo es una amplia acera encajonada entre un murete que limita la playa y la calle principal del caserío. Está festoneado de palmeras y farolas y hay bastante gente pululando por el paseo.
-Oye, Luis, por la gente que pasea veo que hay veraneantes de todas clases. No solo se ven jubilados y familias con críos.
-Así es, año tras año, cada vez es más la gente que veranea aquí. Por eso dice Nacho que Torrenostra tiene un magro presente, pero un futuro espléndido y asegura que algún día esto se convertirá en un Benidorm en pequeño. Lo que no sabe es la fecha –remata Álvarez con una media sonrisa.
-Bueno, todo tiene su tiempo –sentencia Ponte.