viernes, 13 de enero de 2017

Capítulo 19. Se confirma, las piezas robadas son copias.- 96. Para ese viaje no son menester alforjas



   El miércoles, dieciséis de marzo, María Victoria prosigue el relato de su cautiverio.
- El jueves a media mañana, el que parecía ser el jefe, porque siempre era quien daba las órdenes, me explicó porque me habían raptado: por mis conocimientos de arte precolombino. Ya pueden imaginarse que si no hubiese estado en la situación que me encontraba hubiera soltado una carcajada. Resulta que me habían secuestrado por ser una experta de las culturas indígenas. Por un momento no supe si estaban hablando en serio o era una broma de mal gusto. Luego vi que no era así. Lo que querían, asómbrate Jacinto – es la primera vez que la mujer se dirige a Grandal -, era que autentificara las piezas de una antigua cultura indígena, posiblemente Quimbaya, que dijeron haber adquirido a unos traficantes de objetos de arte y que sospechaban que estos trataban de engañarles, sobre todo en lo concerniente a su antigüedad.
   Grandal, que había intuido que la palabra Quimbaya iba a aparecer en el relato, no puede evitar lanzar una exclamación:
- ¡El Tesoro Quimbaya!, por eso te secuestraron.
   Lucientes echa una mirada de reprobación a su colega como recordándole que está allí solo de invitado y continúa preguntando:
- ¿Y no les dijo usted que para eso no hacía falta que la secuestraran?
- Claro, les solté lo de que para ese viaje no hacían falta alforjas. No lo entendieron y les tuve que explicar que era un refrán que venía a decir que para lo que me querían no era necesario haberme secuestrado. Se rieron, no sé si de mí o por el refrán. Me explicaron que como había sido una transacción al margen de la legalidad, no podían pedir un peritaje sobre las joyas a través de los conductos habituales. Entonces, ante mi sorpresa, me pidieron disculpas por tenerme retenida. Siempre con la dichosa palabrita de retener. Es un verbo que voy a aborrecer el resto de mi vida – María Victoria se encocora por momentos, por lo que Lucientes una vez más está al quite.
- Es natural que se enfadara, María Victoria, si hubiese estado en su lugar les habría mandado directamente a la mierda, pero siga, por favor.
- Bien, el mandamás me dijo que iban a mostrarme los objetos que habían comprado y de los que dudaban que fueran del siglo quinto d.C. como les habían asegurado los vendedores. También sospechaban que no todas las piezas fueran de oro macizo como les habían dicho. En aquel momento me dije: Mariví, hazte a la idea de que estos fulanos van en serio, por lo que mejor será que hagas lo que te pidan y cuanto antes termines la datación y la autentificación,  más pronto te pondrán liberar. Y a partir de ese momento, ese fue el principio que rigió mi comportamiento. No provocar problemas, colaborar en lo que estuviese en mis manos y rogar a la Virgen del Pilar que el mal trago pasara cuanto antes.
   La mujer hace una pausa que aprovecha su hermana para hacer la clásica pregunta de toda anfitriona que se precie:
- ¿Quién quiere tomar café o té con unas pastas muy ricas que compré esta mañana?
   El receso se hace general y durante algo más de veinte minutos se habla de todo menos del motivo que ha llevado hasta allí a los dos comisarios. Hasta que Lucientes recuerda que hay que volver al relato del secuestro.
- Como les decía, inmediatamente después de explicarme el motivo por el que estaba allí, y a una seña del que hacía de jefe, uno de los encapuchados…, porque no sé sí lo he dicho, pero a partir del jueves por la tarde los que ocultaban sus rostros eran los secuestradores. Como decía, uno de ellos abrió un maletín forrado de seda y sacó tres objetos. Nada más verlos me dio un vuelco el corazón porque los reconocí inmediatamente: eran tres piezas del Tesoro Quimbaya. Se trataba de un poporo o recipiente para cal, un collar y la imagen de un cacique. Con el collar tuve alguna duda, pero con el poporo y el cacique no lo dudé un momento. Aquellas piezas eran reproducciones de una calidad más que aceptable, pero a falta de un análisis más detallado, se trataba de copias. No eran ninguna de las piezas originales que se exhiben en el Museo de América.
- ¿Y qué les dijo? – inquiere Lucientes que ahora sí está muy interesado en lo que está contando María Victoria.
- En ese momento, nada. Creo que tuve la suficiente sangre fría para pensar antes de hablar. Me dije que si de buenas a primeras les decía que en mi opinión las piezas en cuestión eran réplicas podían montar en cólera y ser yo la que pagara el pato. Ya saben que es muy antigua la costumbre de cortar la cabeza al portador de malas noticias. Por eso, decidí pedir más tiempo para llevar a cabo un análisis exhaustivo, cosa con la que estuvieron de acuerdo, yo diría que hasta complacidos al ver que me lo tomaba en serio. También vi una posibilidad de salir de donde estaba porque les expliqué que había pruebas para las que se necesitaban aparatos especiales que en Zaragoza solo existen en la Facultad de Geología y posiblemente en la Escuela de Ingeniería y Arquitectura.
- ¿Qué pruebas eran esas? – quiere saber Lucientes.
- Básicamente, pruebas arqueométricas – y ante el gesto de incomprensión del comisario, la profesora da mayores detalles -. La arqueometría es una disciplina que emplea métodos físicos o químicos para los estudios arqueológicos. Su principal objetivo es la datación de los materiales encontrados en yacimientos arqueológicos y la determinación de sus propiedades físicas y químicas, así como la tecnología utilizada. Asimismo, les hablé de que habría que someter las piezas a un proceso de replicación metalográfica, técnica empleada para la evaluación de la microestructura de determinados materiales y que era necesaria para conocer el proceso de su fabricación, algo no del todo exacto pero que suponía que desconocían. Para terminar de enredarles, les dije que para emitir con plena seguridad un dictamen sobre la autenticidad tendría que someter cada una de las piezas que me habían mostrado a pruebas metalográficas y que para eso necesitaba aparatos tales como una cortadora, una incluidora y una pulidora metalográficas.  
- ¿Y qué dijeron? – pregunta Lucientes, al que el relato le está convenciendo.
- Nada. Creo que quedaron abrumados ante la cantidad de técnicas y aparatos que les dije necesitar para poder dictaminar si las piezas eran del siglo V d.C. Como vi que dudaban, pensé que quizá me había pasado y decidí darles algo para que no fuera todo tan negativo y prescindieran de mí, lo que podía suponer que me matasen. Pensé en decirles que, a primera vista y sin que fuera una afirmación del todo científica, mi dictamen era que las piezas parecían ser modernas. Pero no tuve tiempo de decir nada porque recogieron las piezas y se marcharon. Estuve un buen rato recriminándome por no haber sabido contemporizar y decidí que en cuanto tuviera ocasión les daría mi opinión sobre la condición de las joyas.
   La mujer vuelve a quedarse callada, parece que todavía le fatiga hablar durante tanto tiempo. Ocasión que aprovecha su hermana para preguntar a Lucientes:
- Señor comisario, Mariví está pensando en volver a su apartamento, ¿cree que es una buena decisión o será mejor que se quede con nosotros hasta que termine todo esto?
- En principio, opino que es mejor que siga con ustedes, así estará acompañada y mejor cuidada. Dicho eso, también digo que no le puedo prohibir que vuelva a su casa. En cualquier caso, doctora – y Lucientes se dirige a María Victoria -, debe tenerme al corriente de donde vaya a estar para poder enviar un coche-patrulla allí donde pernocte. Existe la posibilidad, remota pero posible, de que vuelvan a aparecer los secuestradores.
- Yo había pensado volver a casa. Aquí estoy encantada, pero el piso no es muy grande y ya está bien de que la pobre Elenita tenga que dormir en otra cama. En cuanto a que haya policía que vigile mi apartamento me parece una buena idea. No le oculto que sigo teniendo miedo, por eso había pensado que las primeras noches que pase en mi apartamento podía acompañarme el comisario Grandal – María Victoria le ha dado su tratamiento corporativo para enmascarar lo de personal que tiene la petición -, naturalmente si él acepta.
- Por mí no hay ningún problema, siempre y cuando el comisario Lucientes lo apruebe – se ofrece Grandal muy diplomáticamente.
- Me parece bien que el comisario Grandal se quede en el apartamento el tiempo que considere oportuno. De todos modos, enviaré un coche-patrulla para que vigile su portal. Y dado que observo que vuelve a estar fatigada, por hoy creo que es suficiente. Mañana seguiremos – concluye Lucientes.

martes, 10 de enero de 2017

95. Comí a base de bocatas



   Después de abandonar la casa de la hermana de María Victoria, donde ésta ha comenzado a contarles su secuestro, el comisario zaragozano lleva a Grandal a su hotel. En cuanto se han puesto los cinturones de seguridad y arranca el coche, Lucientes pregunta:
- Tú que conoces mejor a la profesora, ¿es una mujer con los pies en la tierra o es una de esas que se monta una película por un quítame allá esas pajas?
- ¿A qué viene esa pregunta?
- Es que no acabo de creerme la historia que nos ha contado de los dos fulanos que se presentan en su domicilio y le sueltan la milonga de que son emisarios del embajador de Colombia que quiere verla. Una persona sensata habría recelado de dicha invitación, porque si el embajador hubiese querido de verdad entrevistarse con ella previamente la hubiera llamado por teléfono o le habría puesto un correo. ¿Y por qué enviar dos personas?, para darle el recado con una bastaba.
- Personalmente, la tengo conceptuada como una mujer inteligente y sensata. Lo que ocurre es que es una de esas contadas personas que le apasiona su trabajo y supongo que bastó que le mencionaran que se trataba del Tesoro Quimbaya para que aceptara la invitación sin plantearse ninguna sospecha. Y prueba de lo que digo es que cuando Juan Carlos Atienza le propuso participar en la tormenta de ideas sobre el robo del tesoro no se lo pensó ni un segundo.
- Acepto tu opinión, pero sigue sin convencerme demasiado su relato. Espero que lo que nos cuente mañana suene más verosímil.
   Quedan que en cuanto al día siguiente digan a Lucientes que María Victoria está en condiciones de seguir con la historia de su rapto, recogerá a Grandal en su hotel. Aquella noche, el excomisario vuelve a hablar con Atienza para contarle lo que les ha explicado Mariví.
- ¿Así que hablaban con acento sudamericano? – se interesa Atienza.
- Eso es lo que nos ha contado. No ha sabido precisar de qué país. Y hablando de eso, no estaría mal que te enteraras si el embajador de Colombia ha estado alguno de los pasados días fuera de Madrid. No es que crea que pueda estar involucrado en el suceso, pero es mejor que descartemos cualquier atisbo de sospecha.
- Lo haré. ¿Quieres que haga alguna otra gestión?
- Por el momento, no. En cuanto mañana termine Lucientes de interrogar a Mariví, te llamaré para contarte el final de su relato.
- Según lo que os cuente, es posible que tengamos que desplazarnos a Zaragoza para interrogarla por nuestra cuenta.
- Por ahora no hace falta. Cuando termine de contar lo sucedido, y en función de lo que nos diga, ya evaluaréis si debéis viajar o no.
   Al día siguiente, un poco antes de las once, Grandal recibe la llamada de Lucientes. Un coche le está esperando a la puerta del hotel para llevarle al domicilio de la hermana de María Victoria. Él está yendo para allá. Ambos comisarios encuentran a la profesora con mucha mejor cara que el día anterior, también está más animosa. Tras poner en marcha la grabadora, Lucientes la anima a proseguir su explicación.
- ¿Dónde me quedé? – pregunta María Victoria.
- Cuando la metieron en el coche, le pusieron una capucha y le dijeron que si colaboraba con ellos no le iba a pasar nada – le recuerda Lucientes. Grandal, como hizo el día anterior, no interviene en el interrogatorio.
- Pues después de dar un montón de vueltas, me llevaron al lugar donde me mantuvieron cautiva desde el jueves hasta el domingo. Una especie de…
- Un momento, por favor, María Victoria – la interrumpe Lucientes -. Antes de contarnos donde estuvo una pregunta: durante el recorrido en coche, ¿llegó a localizar algún lugar por donde pasaron?
- No sabría decirle, lo de la capucha me puso muy nerviosa y me desorienté, pero… ahora que lo pienso estoy casi segura de que pasamos cerca de la catedral porque recuerdo haber oído las campanas y también es posible que recorrieran alguna de las autopistas que circundan la ciudad porque se oía el ruido de coches circulando a gran velocidad.
- Otra cuestión: ¿aproximadamente cuánto tiempo duró el viaje?
- Dimos muchas vueltas y creo que lo hicieron a propósito, al fin y al cabo Zaragoza no es tan grande. No sé…, quizá entre veinte y cuarenta minutos poco más o menos.
- Gracias, María Victoria, y permítame felicitarla, pese a estar nerviosa y desorientada fue capaz de fijarse en detalles como los que acaba de contarnos. Lo que dice mucho de su temple – La felicitación de Lucientes es interesada, el comisario sabe que cuanto más estimulada se vea la profesora mejor será su descripción -. Prosiga, por favor.
- El lugar donde me han tenido retenida me dio la impresión de ser un chalé como uno de los muchos que hay en el extrarradio de la ciudad. No llegué a verlo por completo porque durante los cuatro días que me retuvieron…, esa es una palabra que repetían a menudo, nunca dijeron que estaba presa o secuestrada, siempre se referían a que me tenían retenida. Bien, durante el tiempo que estuve retenida me tuvieron encerrada en la misma habitación de donde solo me dejaban salir para ir al baño. Una vez en la habitación me quitaron la capucha y volvieron a repetirme que si colaboraba con ellos no me pasaría absolutamente nada… - La pausa la aprovecha Lucientes para preguntarle.
- ¿Puede describirnos como eran los secuestradores? Denos todos los datos que recuerde: edad aproximada, detalles físicos como el color de su piel o del pelo, como iban vestidos, como hablaban, cuantos eran; en fin, todo cuanto pueda recordar.
- Le contesto por el orden de sus preguntas, comisario – Grandal piensa que la docente que es Mariví está saliendo a la superficie -. Eran gente joven, digamos que entre los veintitantos y los treinta y pocos. Del color de su piel o del pelo poco puedo decirle porque iban siempre encapuchados, solo vi la cara de la pareja que me secuestró y a la que no volví a ver. De todos modos, por el color del dorso de sus manos estoy segura de que algunos de ellos eran mestizos o cholos como les llaman en Latinoamérica. Por el mismo motivo tampoco sé cómo iban vestidos, salvo los que se hicieron pasar por diplomáticos. En cuanto al modo de hablar, como ya les dije ayer, eran claramente de algún país de Centro o de Sudamérica. Respecto a su número, tampoco estoy muy segura. Si no contamos a los dos que se hicieron pasar por diplomáticos, calculo que entre tres y cinco, quizá seis. No sé.
- Lo está haciendo muy bien, María Victoria, siga por favor – Lucientes la vuelve a animar.
- El jueves a mediodía me trajeron una bandeja con comida. Antes me avisaron que podía quitarme la capucha cuando ninguno de ellos estuviera en la habitación. Que antes de entrar llamarían a la puerta, entonces tenía que encapucharme inmediatamente y que si no lo hacía así me quemarían la cara con ácido. Fue cuando más me asusté y cuando pensé por primera vez que aquello iba en serio y que si les contrariaba en lo más mínimo no dudarían en matarme. Aunque después de serenarme también pensé que nunca habían dicho nada de matarme, que por la razón que fuera me querían viva. Lo que me llevó a seguirles la corriente y a no hacer nada que pudiera encolerizarles. Ah, algo que se me olvidaba, a partir de la tarde del jueves ellos eran los que se cubrían el rostro cuando entraban en la habitación. El hecho de que no quisieran que les viera la cara también me dio que pensar. Si no les veía el rostro no podría identificarles, lo cual suponía que posiblemente si colaboraba con ellos en algún momento podrían liberarme. No pueden imaginarse la de cosas que se llegan a pensar en situaciones como esas.
   Lucientes, ante el peligro de que la testigo comience a perderse en digresiones, y para que retome el hilo del discurso, pregunta:
- ¿Y qué le llevaron de comida?
- Unos bocatas. Es lo que estuve comiendo todos los mediodías. Bocadillos y una jarra de agua. Y para cenar solían traerme pizza; ah, y la noche del sábado me trajeron burritos. El jueves, prácticamente, no probé bocado ni bebí nada porque pensé que los secuestradores igual habían metido alguna droga en el agua o en la comida, pero el viernes, como estaba sedienta y tenía hambre, me bebí la jarra entera y me comí todos los bocatas. No me dieron ninguna droga hasta el día antes de liberarme.
   La mujer ha ido desmoronándose poco a poco, algo que no ha pasado desapercibido a Lucientes por lo que decide darle un descanso, ya seguirán por la tarde. Cuando se lo dice, María Victoria le hace un ruego:
- Comisario, le pido un favor: en lugar de seguir esta tarde, ¿podría ser mañana? No me encuentro con ánimos de continuar con el interrogatorio. Estoy otra vez de los nervios y es posible que no recuerde con claridad lo que pasó. Esta tarde debería descansar y serenarme.
   Lucientes, de mala gana pero accede a la petición de la mujer.
- Hasta mañana y gracias por ser tan comprensivos – les dice la mujer cuando se van.

viernes, 6 de enero de 2017

94. Unos falsos diplomáticos



   Cuando Lucientes y Grandal llegan al piso de la hermana de María Victoria encuentran a ésta en un estado mezcla de confusión, de nerviosismo y con dificultades para expresarse. Ambos comisarios piensan lo mismo: la mujer ha sido drogada, los síntomas que presenta así parecen atestiguarlo. Por lo demás, salvo que el traje chaqueta que lleva está muy arrugado como si hubiese dormido con él puesto, a primera vista no da la impresión de que haya sufrido ningún tipo de violencia. Se encuentran a ambas hermanas discutiendo, María Victoria quiere marcharse a su apartamento, María Eugenia cree que no es buena idea, no está en condiciones de quedarse a solas.
- Puedes dormir en la habitación de Elenita – ofrece María Eugenia.
- ¿Crees que voy a echar de su habitación a mi sobrina? – farfulla María Victoria.
- ¡Por Dios Mariví!, esta es también tu casa, no vas a echar a nadie. Le pondremos a Elenita una cama en el dormitorio de su hermanito y estará encantada de tenerte con nosotros. Ya sabes que eres su tía predilecta.
   Al ver entrar a los policías, María Victoria se echa en brazos de Grandal en medio de incontenibles sollozos y no hace más que repetir: 
- Jacinto, Jacinto,…, sabía que vendrías a salvarme.
   Grandal trata de tranquilizarla y de entender lo que a borbotones y con una lengua de trapo está diciendo María Victoria.
- Tendrías que hacer caso a tu hermana, Mariví. No estás en condiciones de quedarte a solas. Es mucho mejor que duermas aquí – le aconseja Grandal.
   En esas que llega el forense que inmediatamente se lleva a María Victoria a una de las habitaciones para hacerle un primer reconocimiento. Tras casi un cuarto de hora, el médico sale para informar.
- La paciente está bien, aunque presenta un cuadro agudo de ansiedad. No se advierten signos de que haya sufrido violencia alguna y no ha sido agredida sexualmente, pero si la han mantenido dopada con algún tipo de tranquilizante, de ahí su estado de confusión y cierta dificultad al hablar. En cuestión de poco más de veinticuatro horas habrá eliminado los restos de la droga y recobrará su estado normal y su capacidad de expresión mejorará sensiblemente. No creo necesario hospitalizarla, aunque en los próximos días sería aconsejable hacerle una revisión general por si tuviera algún traumatismo interno o alguna clase de patología como consecuencia del estrés por los días que ha estado cautiva. Le he dado un sedante porque lo que más necesita ahora es dormir y que su ansiedad vaya remitiendo.
- Doctor, ¿podemos interrogarla? – inquiere Lucientes.
- No en estos momentos. Como he dicho le he suministrado un sedante y espero que esté durmiendo entre diez y quince horas. Tendrás que esperar ese tiempo, Paco – el galeno parece conocer bien al comisario Lucientes -, para que te pueda dar respuestas coherentes. De momento, lo que tiene que hacer es descansar, dormir y que se le pase el desasosiego. Mi trabajo aquí ha terminado – y dirigiéndose a María Eugenia le dice -. Le dejo mi teléfono, si ocurriese cualquier anomalía no dude en llamarme.
   Tras la marcha del forense, la hermana de María Victoria explica a ambos comisarios que hacia las siete treinta de la tarde sonó una insistente llamada del telefonillo del portal de la finca. Al preguntar su marido quien era, una voz atropellada dijo:
- Abridme, soy Mariví.
   Su hermana apareció tal y como la habían visto, con la ropa arrugada, el cabello desordenado y un estado entre la histeria y la alegría. Les explicó que la habían soltado en el parking de un centro comercial. Al preguntarle que donde había estado se puso a divagar sobre los hombres que se la llevaron, pero entre que hablaba atropelladamente y que no vocalizaba de forma correcta la mitad de lo que les contó no lo entendieron. Le dieron una tila para que se tranquilizara y un paracetamol porque se quejó de que le dolía la cabeza. Y poco más podía contarles.
- Bien, no se preocupe – la tranquilizó Lucientes -. Mañana, en cuanto se despierte su hermana y la vea recuperada, me llama y vendré personalmente a hablar con ella – y volviéndose a Grandal le pregunta - ¿Tú vas a quedarte o te vuelves a Madrid?
- Voy a quedarme el tiempo que haga falta, hasta que el caso esté cerrado. Y si no te importa, Paco, me gustaría acompañarte en la visita de mañana. Estaré callado y no molestaré – promete Grandal.
- Me parece bien. Tu amistad con María Victoria la hará sentirse más confiada y podrá contarnos lo ocurrido con mayor detalle – y dirigiéndose nuevamente a María Eugenia añade -. Esta noche voy a dejar un coche patrulla de vigilancia delante del portal. A la menor sospecha de que algo raro pasa avísenles y, si lo consideran necesario, ellos ya me localizarán. Nosotros nos despedimos y quedamos a la espera de su llamada en cuanto considere que su hermana esté en condiciones de hablar.
   El lunes, Grandal madruga más que de costumbre. Desayuna en el bufet del hotel y no sale puesto que está esperando la llamada de Lucientes para que le acompañe a casa de la hermana de María Victoria. Parte de su tiempo matinal lo dedica a ponerse en contacto con la gente que ha dejado en Madrid. Llama primero a Atienza para contarle que apareció Mariví sana y salva y que en cuanto sepa más datos sobre su secuestro le tendrá informado. Luego llama a Ponte para excusarse de que no podrá reunirse con el trío de sus amigos porque ha tenido que salir de Madrid urgentemente. Le cuenta la mitad de la verdad: que está en Zaragoza porque el comisario jefe de la Policía Judicial tiene un problema y le ha pedido su ayuda. Que ya les contará cuando vuelva. Después de pensarlo, llama también a Chelo. Le repite lo que le dijo el día anterior: que está en Barcelona y que, posiblemente, tendrá que quedarse algunos días más. Estará en contacto. Chelo le agradece que la tenga informada y no le formula ninguna pregunta. Cuando ve que son las doce, ya no puede aguantarse más y llama a Lucientes.
- Paco, ¿sabes algo de María Victoria?
- Acabo de hablar con su hermana. Me ha dicho que se despertó hace un rato, se tomó un tazón de leche con unas galletas y un ibuprofeno y se volvió a dormir. Me llamará cuando se despierte. En cuanto lo haga te llamo, mientras date un paseo por la ciudad, verás que no es la misma de aquellos años en los que íbamos a tapear al Tubo.
   Sobre las cinco de la tarde se produce la llamada de Lucientes, María Victoria se ha despertado. La mujer que encuentran parece distinta a la del día anterior. Está más tranquila, se expresa fluidamente y ha recobrado parte de su prestancia. Comienza a explicarles con todo detalle la historia del secuestro. El pasado jueves, a primera hora, alguien llamó a su puerta. La abrió despreocupadamente y dos hombres, bien trajeados y hablando un español de alguna parte de Sudamérica, le preguntaron cortésmente si era la doctora Martín-Rebollo. Le mostraron unos pasaportes diplomáticos y le explicaron que el embajador de Colombia, que estaba de paso en la ciudad, quería hablar con ella de un asunto relacionado con el Tesoro Quimbaya. El señor embajador la estaba esperando en el Hotel Reina Petronila. Que sería cuestión de media hora como máximo. Eran educados y amables, les creyó. En cuanto entró en el coche estacionado a la puerta de su casa todo cambió. Le hundieron una pistola en los riñones y le dijeron que si estaba callada y no montaba un escándalo no le pasaría nada y que si colaboraba en lo que iban a pedirle nadie iba a tocarle un pelo. Luego le pusieron una capucha. Al revivir su rapto por un momento da la impresión de que la mujer va a venirse abajo. Lucientes se da cuenta y la interrumpe.
- Descanse un momento, María Victoria, no tenga prisa. Tenemos el tiempo que haga falta para que nos lo cuente todo, pero sin atorarse. Beba un poco de agua y, si quiere, fúmese un pitillo.
- Gracias, pero lo dejé. Aunque lo que me vendría bien sería un cafelito.
   Es oír lo del café y María Eugenia se dirige a todos preguntando quien quiere café, té o la infusión que prefiera. En esas están cuando suena el timbre de la puerta.
- ¿Esperan a alguien? – inquiere Lucientes.
- No, a nadie – responde María Eugenia que ya se ha puesto en pie para dirigirse a la puerta.
- Espere, María Eugenia, deje que abra yo, no vaya a ser una visita indeseable.
   No es un indeseable sino el decano de la facultad de Filosofía y Letras que, sabedor de que ha aparecido María Victoria, pregunta por ella. Al oírle es la propia Mariví la que sale a su encuentro para agradecerle su interés y explicarle que no ha llegado en buen momento porque está siendo interrogada por la policía. Que mañana se pasará por su despacho y le relatará toda la odisea por la que ha pasado. A todo eso, ya se han hecho las nueve de la noche y los dos niños de María Eugenia andan reclamando la cena. Es Lucientes quien decide que por hoy está bien.
- ¿A qué hora le viene bien que vengamos a continuar… - iba a decir el interrogatorio, pero cambia de sustantivo – la conversación?