domingo, 10 de enero de 2016

*** Nueva novela, nuevas preguntas


                                        
   Madrid, octubre de 2015. Delante del Museo de América hay cuatro personas charlando, parecen turistas, un taxista apostado junto a su coche y un viejo que pasea a un bebé. Llega un furgón blindado, con matrícula francesa, del que descienden el conductor y un guardia de seguridad. Dos empleadas del museo salen a recibirlos. De pronto, los presuntos turistas y el supuesto taxista empuñan sendas pistolas, reducen a los agentes del furgón y a las empleadas, y les obligan a tumbarse de cara al suelo. Inesperadamente, de las oficinas del museo sale un vigilante de seguridad que al ver lo que ocurre intenta dar la alarma; no le dejan, es abatido por los atracadores. El aterrorizado viejo, el único que permanece en pie, es conminado a callarse. Todo ello ha transcurrido en pocos minutos. Los ladrones suben al furgón y al taxi y huyen del lugar….
   Así es el arranque del segundo episodio de la nueva novela por entregas que comenzará a ser colgada en el blog a principios de febrero.
   ¿El furgón transportaba alguna pieza del museo o venía a recogerla? ¿Por qué es un vehículo blindado? ¿Es relevante que su matrícula sea francesa? ¿Por qué el robo se efectúa delante del Museo de América? ¿Quiénes son los atracadores?  ¿Por qué asesinan al vigilante y dejan vivos a los demás? ¿Cómo es que a los ladrones no parece importarles ser grabados por las cámaras de seguridad que enfocan la entrada del museo? ¿Qué es lo que han robado? ¿Qué pinta en esta historia el viejo, único testigo ocular? …
   Estas preguntas y muchas más son las que quizá se plantee el lector en el inicio de la nueva novela que se colgará en el blog el próximo mes de febrero. Habrá que leerla para conocer las respuestas.

viernes, 8 de enero de 2016

10.7. Sobre la discreción



   La mujer se desprende de los brazos que han estado aprisionándola y mira al hombre con los ojos entornados y una sonrisa maliciosa.
- Como estás hoy. Parece como si tuvieras veinte años.
- La culpa es tuya. No he podido verte en los tres últimos días.
- No creas que no lo he sentido, pero mientras tenga que ayudar a mi marido en las tareas del campo, y más en tiempo de cosecha, voy a tener que estar casi todo el día fuera de casa.
- ¿Y eso no habría forma de arreglarlo?
- Posiblemente, pero para ello debería de tener una excusa para quedarme en casa. Y lo he estado pensando, no creas. Otra historia sería si tuviera una tienda o algún establecimiento, entonces tendría que atenderlo y Rosendo debería apañárselas solo.
- ¿Un establecimiento como un bar?
- No, un bar no, dan mucho trabajo y hay que tenerlos abiertos todo el día. Mejor una tienda de esas que tienen horario fijo, de tal a tal hora. Así tendría tiempo para atenderlo, cuidar de mi madre y podríamos vernos todos los días.
   Milagros lo tiene muy pensado. Pretende abrir una mercería en la que también se cogerían puntos de media y para ello necesita la ayuda económica del médico. No quiere pedírsela directamente, ha de maniobrar para que la propuesta parta de él. Y debe de hacerlo antes de que Lapuerta se canse de ella, porque sabe que más pronto que tarde se le pasará la fiebre. Y eso puede ocurrir en cuanto comience a propagarse el rumor de que están liados. Cualquiera sabe cómo reaccionará doña Angustias, puede montar una buena, con lo orgullosa que parece ser. En cuanto al Rosendo, por ahí no hay peligro, sobre todo si consigue que Manolo le monte la tienda. Su marido es de los de dame pan y llámame tonto.
- Una tienda, eh. Me parece buena idea. ¿Has pensado en algo concreto?
- Desde luego tendría que ser algo pequeño que lo pudiese llevar yo sola, que no diese un trabajo excesivo y que no fuese muy cara de montarla y mantenerla. Creo que lo más que se ajusta a esas condiciones sería una mercería, pero solo con los artículos propios de un establecimiento de ese tipo como hilos, cintas, puntillas, botones, lanas; en fin, todas esas cosas que nos chiflan a las mujeres. Si tuviera dinero ya la habría puesto.
- Por el dinero no te preocupes.
   Lapuerta al entrar en casa, le echa una ojeada al cuaderno en el que su mujer anota los avisos de visitas. Le sorprende encontrar el nombre de Sanchís, el boticario.
- Angustias, ¿qué quería Pepe?
- No me lo ha dicho. Dice que no es necesario que vayas a verle, que volverá.
   Al día siguiente, Lapuerta recibe la visita del farmacéutico. Le hace un reconocimiento y no encuentra ninguna disfunción significativa, salvo el problema prostático que Sanchís arrastra hace años.
- Estás como un chaval, Pepe. En cuanto a la próstata la tienes algo inflamada. Te sugiero que vayas a ver al urólogo y que te eche un vistazo. Yo ahí poco puedo hacer.
- Ya me lo imaginaba… Bueno, ¿y qué cuentas? Últimamente se te ve poco por el café.
- Es que tengo mucho trabajo – Manuel no está por dar demasiadas explicaciones y cambia de registro - ¿Qué sabes de tu sobrino, cómo le va por Avilés?
- No le reconocerías. Se ha echado encima un montón de quilos y bebe más que una esponja…, pero parece feliz. En honor a la verdad he de decir que, personalmente, me fastidió que se casara con la moza asturiana y más que se fuera a Avilés. Ya sabes que pensaba traspasarle la farmacia cuando me retirase, pero ya ves, una vez más el hombre dispone y… la mujer todo lo descompone. Aunque no soy justo diciendo eso. Lo cierto es que María José es una gran chica y creo que Enrique acertó casándose con ella, por mucho que me hiciera la santísima.
- Bueno, si es feliz eso es lo que importa, todo lo demás, al final, humo. Tuvieron un crío, ¿no?
- Ya tienen dos. Una parejita de guajes como les llama la avilesina.
- ¿Y la farmacia qué tal les va?
- Fenomenal. Allí hay mucho dinero. Están construyendo unos altos hornos que van a ser más importantes que los de Vizcaya y el parné circula que da gusto. En eso si ha ganado no quedándose aquí. Cambiando de tercio: ¿te ha llegado el rumor de qué Gimeno podría irse a Valencia?
- Algo he oído.
- Pues sí se va, ya podemos prepararnos para otra batalla entre sus sucesores. ¿Quién crees que se va a quedar con la vara de mando?
- Es difícil predecirlo. En esta ocasión, a diferencia de otras, no hay aspirantes nítidos al cacicazgo.
- ¿Podrían volver los Arbós?
- Hombre, los Arbós nunca se han ido del todo, aunque desde que falleció Benjamín la decadencia de la familia ha sido notoria. Continuarán manteniendo su cuota de poder pero sin dar la cara. Tratarán de seguir influyendo por personas interpuestas, pues Rodrigo tiene poco fuste, Antonino y Gonzalo no cuentan y entre los sobrinos no veo a ninguno con talla suficiente para tomar las riendas.
- ¿Crees que Paco Vives podría tener chance otra vez?
- Pues todo es posible, pero lo dudo. Puestos a especular, y lo digo porque no tengo ninguna base para sustentarlo, apostaría a que si se confirma la marcha de Gimeno le sucederá un funcionario, debidamente tutelado, claro.
- ¿Y por qué precisamente un funcionario debidamente tutelado?
- Ya te digo que es una mera especulación, pero intuyo que los tiros pueden ir por ahí. ¿Por qué un funcionario? Porque la mentalidad funcionarial le cuadra a este pueblo como un guante. Se trata de dar la impresión de que algo cambia para que todo permanezca igual. Y los funcionarios suelen ser maestros en el arte de dar más importancia al parecer que al ser. En cuanto a que esté debidamente tutelado, sabes tan bien como yo que los que siempre han cortado el bacalao no dejarán de embridar a quien, oficialmente, tome las riendas del poder.
   El auténtico motivo de la visita de Sanchís no es interesarse por el estado de su próstata, ni comentar como le va la vida a Enrique, ni chismorrear sobre la política local; es otro muy diferente y del que lleva algún tiempo dándole vueltas sobre si debería decírselo a Lapuerta. Tras mucho meditarlo, ha decidido que será la mejor prueba de amistad que puede ofrecer a su amigo, aunque pudiera ocurrir que a éste no le hiciera ninguna gracia. Lo que termina por decidirle es que sabe que el rumor ya está corriendo por los mentideros locales y es consciente de que posiblemente él sea la única persona que se atreva a planteárselo.
- A propósito, Manolo, hace tiempo que quería decirte una cosa. Le he dado muchas vueltas sobre sí sería lo más prudente, pero al final he llegado a la conclusión de que si no te lo digo yo no te lo va a decir nadie. Y si lo hago es porque me precio de ser buen amigo tuyo y porque tengo por ti un gran respeto, como persona y como profesional. Espero que entiendas que no es mi intención entrometerme en tu vida ni dar lecciones de moral a nadie...
   Es oír la palabra moral y el médico presiente lo que le va a decir el farmacéutico, pero le deja terminar.
- Simplemente sugerirte que deberíais ser más discretos.
   Sobre ser discretos quien podría darle unas cuantas lecciones al médico es Lola. Y eso en un pueblo pequeño es algo memorable y difícil, muy difícil.

martes, 5 de enero de 2016

10.6. Una esposa burlada espera a que escampe



   Los amigos ferroviarios de la tertulia nocturna de Manuel Lapuerta no andan muy desencaminados al comentar el cambio de comportamiento sufrido por su anfitrión. El médico está inquieto, nervioso, preocupado y lleva semanas así. Lapuerta siempre ha tenido a gala deslindar su vida privada de la actividad profesional, aunque como no es un santo en alguna que otra ocasión rompió ese principio deontológico. Errores que corrigió rápidamente, pero en estos momentos están emergiendo sentimientos y sensaciones que le tienen desconcertado. Cuando la joven se le insinuó, bueno no tan joven pues tiene ya veintiocho años, aparentó no darse cuenta de la velada invitación de Milagros. Aunque en ese momento no era una paciente directa pero sí lo era su madre, a quien visitaba periódicamente por una enfermedad crónica, consideraba que se imponía la ética profesional y no fue más allá. Mila, así la suele llamar ahora, era quien cuidaba a la enferma y, por tanto,  se veían y charlaban en cada una de las visitas. La relación se fue enredando hasta que una tarde, no sabría decir ni cómo empezó, terminaron en la cama. Al principio lo tomó como una complaciente y pasajera aventura, más gratificante aún en un momento de su vida en que comenzaba a notar como declinaba su virilidad. La manera en que reaccionó su cuerpo fue una agradable sorpresa. Todavía podía gozar y, lo que más le llenó de orgullo, aún era capaz de hacer gemir de placer a una mujer. Lo que nunca pudo imaginar es que a su edad pudiese ocurrirle lo que le está pasando. De ahí su desasosiego. Nunca fue un mujeriego, ni siquiera cuando era joven, y ahora, cuando está más cerca de los sesenta que de los cincuenta, se ha enredado con una mujer a la que lleva treinta años y que está casada. Cada vez que se acuesta con ella se dice que va a ser la última vez, pero se engaña miserablemente, en cuanto pasan unos días sin verla una especie de fiebre le conduce irremisiblemente a sus brazos. Se siente más joven y con más ganas de vivir. Los emparejamientos con su esposa han ido declinando con el paso del tiempo y ni siquiera recuerda la última vez que yacieron. A ella no debe de importarle demasiado porque no se ha referido al sexo ni una sola vez. De todas formas, sufre pensando que su mujer pueda enterarse de su infidelidad. Ha procurado ser muy discreto y, dada su profesión, nadie se extraña de verle entrando en cualquier casa, pero es consciente de que es cuestión de tiempo que el romance sea pasto de las chismosas. También le preocupa lo que le pueda pasar a Mila, sobre todo en relación a su marido, nunca se sabe cómo puede reaccionar un hombre cornudo. Lo que menos le preocupa es su reputación y lo que puedan decir de él.
   Acaban de mantener un encuentro tan apasionado como de costumbre. Manuel sigue asombrándose de donde puede sacar tanto vigor, da la impresión como si tuviera veinte años. Nunca antes había sido tan fogoso. Piensa que ya no se trata solo de una mera atracción sexual, la verdad es que Mila le gusta cada vez más y cuando está a su lado el tiempo le pasa volando. Ha pensado todas las posibilidades que tiene y no encuentra una salida que sea pasablemente razonable. Si continúa su relación terminará sabiéndose y entonces no le quedarán más alternativas que terminar con Mila o irse del pueblo y, además, arrostrar la imprevisible reacción de Angustias. Quizá marcharse fuera la mejor solución, no soportaría que su mujer fuese el blanco de los chismorreos, pero si se va, ¿con cuál de las dos? Nunca se creyó capaz de dejar a su esposa por otra mujer, pero últimamente ya comienza a dudarlo. Decide dejar de pensar en lo que no parece tener solución y que sea el tiempo quien termine poniendo las cosas en su lugar. Al llegar a casa Angustias, como hace siempre, le informa de los avisos de visitas que se han acumulado a lo largo de la tarde.
- Manolo, tienes tres avisos. Les dije que si no venías muy tarde te pasarías. Solo hay uno urgente, el de la mujer de Llombart. Por los síntomas que me ha contado el marido podría tratarse de un cólico nefrítico.
- La verdad es que se me ha ido la tarde de mala manera. Tampoco tenía tantas visitas, pero últimamente me lío a charlar con cualquiera de no importa qué y se me va el tiempo sin sentirlo. Me voy a casa de los Llombart a ver qué le ocurre a la buena de Maripepa. Si me retraso, cena y no me esperes. Ya tomaré cualquier cosilla.
- No te preocupes. Llegues a la hora que sea, te estaré esperando para calentarte la cena.
   Angustias cierra los ojos para no llorar. Un hondo suspiro se le escapa. Quién le iba a decir que a estas alturas de su vida tuviese que sufrir el calvario por el que está pasando. Cuando se lo contaron no se lo creyó, pero el tiempo se ha encargado de corroborarlo: su Manolo le engaña con una mujer mucho más joven que ella. Su sorpresa fue mayor al averiguar de quien se trataba. Conoce a la joven de haberla visto en la consulta, hasta ha cruzado algún saludo con ella, pero poco más. ¿Qué habrá podido ver Manolo en esa mujer?, se pregunta. Sí, es joven y no mal parecida, pero tampoco es una belleza y, para su gusto, es demasiado jamona, seguro que en cuanto pasen unos años se va a poner fondona. Y por otra parte, Manolo, que tanto presume de intelectual, ¿qué conversaciones puede mantener con una chica que solo ha ido a la escuela del pueblo y que apenas conoce mundo? Solo puede haber un motivo: el sexo. Hace muchos meses que no la busca y ella no ha hecho nada para ofrecerse, una mujer decente no debe de insinuarse al marido. Hasta ahí podríamos llegar. La tal Milagros le debe de dar gusto y los hombres, ya se sabe, por viejos que sean siempre están dispuestos a demostrar que siguen siendo muy machos. Se consuela diciéndose que pueden ser los coletazos de una virilidad que va a menos. Lo que también le preocupa es el escándalo. Si el adulterio continúa acabará por saberse y ya se imagina a las comadres contando toda clase de detalles sobre la pareja, los que sepan y los que se inventen. No le hace ninguna gracia ser la diana de los corrillos de las chismosas, pero tendrá que pasar por encima y no darse por enterada. Ojalá el marido de esa desvergonzada piense como ella y no monte una bronca. Solo faltaba eso. Sabe que su esposo le ha sido infiel otras veces, dos que ella sepa, pero las aventuras fueron fugaces. En esta ocasión el devaneo parece que dura más que en anteriores ocasiones, aunque seguro que acabará desvaneciéndose. Lo que tiene muy claro es cual debe de ser su comportamiento: hacerse la tonta como si no supiese nada, aguantar el tirón y esperar a que escampe. Pronto o tarde, Manolo terminará por cansarse y volverá al redil.
   La infidelidad del médico no pasa desapercibida para algunas personas, pero curiosamente no se convierte en motivo de escándalo y, más sorprendentemente todavía, el hecho no es pasto de los chismorreos en los lugares más proclives a ello como son los lavaderos municipales. Sea por el gran prestigio, tanto personal como profesional, que tiene Lapuerta, sea por el respeto casi tribal que en los pueblos pequeños se tiene a los médicos, el rumor sobre el adulterio pasa como de puntillas y no es condenado. Hay excepciones.
- ¿Sabes lo que me han contado esta mañana? – pregunta Fina.
- ¿Sobre qué o sobre quién? – repregunta Lola un tanto inquieta.
- Una de cuernos. Parece que don Manuel se ha liado con Milagros la de Rosendo.
- ¿Don Manuel de viejo verde? No sé si creérmelo.
- Pues según todos los indicios así es. Cada vez que va a visitar a la madre de Mila, igual se tira allí media tarde. Ya me dirás que hace durante tanto tiempo. Para tomarle el pulso y mirarle la lengua bastan unos minutos.
- Me dejas de piedra y que se trate de don Manuel mucho más. Es del último que hubiera esperado una cosa así. Desde luego, los hombres son todos unos cerdos, lo único que parece interesarles es que nos abramos de piernas – la última frase la dice Lola como trufada de rencor.
- Pues yo lo siento por doña Angustias – comenta Fina -. Una mujer que es más buena que el pan.
- Bueno, de eso habría que hablar mucho y largo. Hay mujeres, como hay hombres, que buscan fuera lo que no encuentran en casa. Y es posible que doña Angustias sea una bendita, pero igual en la cama es una sosaina que no es capaz de darle gusto a su marido.
- Lola, últimamente eres un saco de contradicciones – apunta Fina -. Hace un momento condenabas a don Manuel y ahora das razones que lo justifican. No te entiendo.
- Yo sé lo que me digo y porqué lo digo – es la enigmática respuesta de Lola.