viernes, 1 de mayo de 2015

4.13. ¿Y si no sabes lo que quieres ser?





   En su búsqueda de solares para instalaciones industriales, el alcalde no encuentra quien venda ni un palmo de tierra en los alrededores del pueblo. Tras múltiples gestiones e innumerables reuniones y contactos, Vives solo consigue encontrar un terreno lo suficientemente grande junto al mar, pero está demasiado lejos y no tiene ninguna de las condiciones requeridas. Otro proyecto más para modernizar Senillar que se va al garete.
   Mientras tanto, Gimeno acaba por enterarse de lo que se trató en casa de Benjamín Arbós cuando los terratenientes de la localidad decidieron boicotear los planes de Vives. Poco tiene que ver con la versión que le dio el jefe del clan. La verdad es que él no ha hecho prácticamente nada para oponerse al proyecto, pero tampoco lo apoyó. Lo que más le molesta es que lo hayan manipulado. Aunque no está tan seguro de que pueda hablarse de verdadera manipulación. Ya tenía sus recelos sobre la interesada versión que le contó Benjamín, pero cuando éste agitó el espantajo de la posible ruina de la cooperativa y con ello la desaparición de su puesto de trabajo, a lo que habría que sumar la previsible hegemonía política de Vives si no le paraban los pies, se tragó el anzuelo sin pestañear. Si hubo manipulación fue, de alguna manera, con su consentimiento. Y esa idea le hace sentirse mal. En momentos así es cuando más echa de menos a alguien con quien poder compartir los anhelos, los temores y, como le ocurre ahora, una cierta vergüenza.
   Una de aquellas tardes, sin saber cómo, se encuentra contándole a Lolita el episodio del nonato proyecto de incipiente industrialización. La joven le escucha atenta y pacientemente porque José Vicente se explica con muchos rodeos, no sabe cómo disfrazar el lamentable papel que ha jugado en la trama. Lolita intuye que su amigo, más que hacerle partícipe de una historia un tanto turbia, está intentando que alguien le diga que no fue suya la culpa, que a él también le engañaron. Y si busca consuelo, ¿por qué no dárselo?
- Lo que me estás contando, José Vicente, no me extraña nada. Un maestro que tuve decía que las sociedades rurales son el mejor caldo de cultivo para el caciquismo. La gente es de mucho vocear y echar pestes a espaldas de quien manda, pero por delante la mayoría solo sabe decir amén.
- Es posible que sea como dices, pero sigo sintiéndome incómodo.
- Eso dice mucho a tu favor, es señal de que eres un hombre que todavía tiene sentido de la integridad. Por otro lado, estabas en una situación verdaderamente comprometida, te encontrabas en medio del fuego cruzado entre un viejo que intenta por todos los medios conservar parte del poder que tuvo y un ambicioso que aspira a convertirse en el cacique del futuro.
   A Gimeno el argumento de la joven le llega. Esta mujer, piensa, no dejará nunca de sorprenderme. Tiene la cabeza bien amueblada. Merecería ser hombre. La joven prosigue:
- Lo que en tu lugar haría sería no lamentarme más por lo que pasó, eso ya es historia,  deberías pensar en que si volviese a pasar otra situación similar cómo la afrontarías.
- Y si ocurriera, ¿tú cómo le harías frente? – Gimeno piensa que la conversación ha dado un curioso vuelco: el político pregunta y quien responde es la encargada de la tienda de modas del pueblo. No le importa. Le encanta escuchar a Lolita cuando se pone en plan de cerebrito.
- No creo que haya una sola receta. Depende de lo que pretendas ser mañana. De lo que quieras hacer con tu vida. De tus ambiciones y proyectos.
- ¿Y si todo eso, el futuro, lo que quieres ser, no lo tienes claro?
- Entonces no harás más que dar palos de ciego.
   El eco de sus propias palabras provoca que florezca una melancólica sonrisa en la boca de Lolita. Allí está dando consejos y hablando de tener claro el futuro como si fuese la Sibila, cuando ella no es capaz de saber qué hará con su vida. A Rafael lo ha perdido para siempre. No puede dejar de quererle, pero ha de sepultar sus sentimientos bajo un alud de realismo. Lo de convertirse en una solterona le pone enferma.
   En la soledad de su dormitorio, Lolita sigue pensando en su más que posible soltería y decide agarrarse a la oportunidad que tiene más a mano para que ello no ocurra: Enrique Guerrero. El joven farmacéutico es el salvavidas que le permitirá no hundirse en el mar del celibato. Tendrá que ponerle buena cara cuando vuelva de Madrid. Lo mismo en el trato más íntimo no es tan plasta y tan sosaina como parece a simple vista. Una de sus amigas, Consuelo, se encarga de sacarla de sus ensoñaciones con una noticia que termina de sepultarla en el negro pozo de la desolación.
- ¿Sabes el notición?
- No, pero sospecho que me lo vas a contar.
- Ya no tendrás por qué preocuparte de quitarte al Peloplancha de encima. Se ha echado novia en Madrid y, según cuentan, parece que la cosa va en serio.
   La joven trata de controlar su reacción al escuchar la noticia. Solo faltaría que Consuelo notara cuanto le ha afectado.
- Me gustaría saber cómo es capaz de enterarse la gente de cosas que ocurren a cuatrocientos kilómetros de aquí.
- La Carletina se lo escuchó al viejo Sanchís cuando se lo estaba contando al médico. Como ves, la fuente no puede ser más directa.
- Bueno, igual no es más que una relación de esas que duran un suspiro.
- No parece, porque Sanchís le ha dicho a la Carletina que le tenga preparado el traje de respeto pues el próximo mes se va a Asturias a la pedida de mano de la moza que se ha buscado el sobrino.
- Pero no decías que se echó novia en Madrid, ¿para qué ha de ir a Asturias? No lo entiendo.
- Es que parece que se conocieron en Madrid, pero la chica es asturiana. Don José está muy contento con el noviazgo, según dice su sobrino hará muy buena boda porque la moza también es boticaria.

   Otra puerta que se cierra, otra posibilidad que se esfuma. Está a punto de derrumbarse, pero su fuerte carácter le empuja a seguir adelante. No puede dejarse llevar por la amargura, por las sensaciones negativas, no puede perder la esperanza. Puesto que se malogró el amor de su vida, y duda mucho de volver a enamorarse, trata de olvidarse de los sentimientos y enfoca su situación con una visión puramente racional. Sigue teniendo muy claro que no quiere, bajo ningún concepto, ser una solterona. Eso significa que necesita un marido y en el pueblo las opciones de encontrar un hombre que le ofrezca poder seguir llevando la clase de vida que ha tenido hasta ahora son mínimas. No es que pida excesivas cosas, se contenta con poco, pero a lo que se niega es a terminar como su amiga Fina: cargada de críos y de trabajo a cambio de una hipotética felicidad más dudosa que otra cosa. Por ese motivo no quiso nunca alentar las tímidas insinuaciones de Manolo Pitarch, un chico que está chiflado por ella desde siempre y que tiene muchas fincas, pero con el que le esperaría la clase de existencia que llevan casi todas sus amigas: una vida arrastrada llena de esfuerzos, de trabajo y con escasas satisfacciones.
   Lolita repasa los posibles candidatos locales que podrían ofrecerle un futuro como al que aspira, no los hay; mejor dicho, hay dos hombres que tienen el perfil del marido que desearía, pero uno está fuera de su alcance y el otro no lo quiere ni regalado. El primero es Alfonso Grau, el veterinario; queda descartado, tiene novia y se comenta que no tardará demasiado en casarse. El otro es… Gimeno; en este momento no tiene compromiso, pero por ella como si lo tuviera. No puede imaginarse de ninguna manera pasar toda la vida al lado de José Vicente. No sabe por qué, pero hay algo en él que le repele. Tendrá que seguir buscando. Quizá la mejor solución sería marcharse a Valencia, pero eso tampoco le garantiza nada.  A lo mejor, quedarse soltera tampoco es tan mala cosa. Ahí está, por ejemplo, doña Eduvigis, modelo de solterona y que parece satisfecha con su condición. Tendrá que replanteárselo.

martes, 28 de abril de 2015

4.12. Las mil caras de Lolita



   José Vicente no puede apartar de su pensamiento las últimas conversaciones con Lolita: hay que ver como son capaces de transformarse las mujeres, se dice, pueden ser más cambiantes que un día marceño. Evoca la Lolita a quien conoció cuando le vendió aquellas corbatas: simpática, profesional, amable, detallista. O la de aquellos primeros tiempos en los que intentó trabar amistad con ella: arisca, antipática, borde, cortante y hasta desagradable. Nada que ver con la de las reuniones en Valencia: desenvuelta, parlanchina, sin que se le escape un detalle y con una mano izquierda que ni Cagancho. O la de los últimos días: tierna, sugerente, femenina, cálida..., deseable. ¿Cuál de ellas es la verdadera Lolita?, ¿o en todas las circunstancias es la misma?, ¿o es una mezcla de todo? No encuentra una respuesta convincente para el rosario de preguntas. Se dice que si es así, si de verdad tiene una personalidad tan poliédrica, si tiene mil caras diferentes, más que una mujer, es una bomba de relojería, un cóctel Molotov. Ni en toda una vida a su lado podría un hombre ser capaz de llegar a conocerla, es demasiado compleja. No es de extrañar que, siendo tan encantadora y estando tan rica, no se haya casado. No tiene que ser nada fácil convivir con una mujer tan compleja y con tantas aristas. Esta termina solterona, se dice.
                                                                            *
    Ajeno a los turbios manejos de sus enemigos políticos, Paco Vives, una vez tomada la decisión de acometer la industrialización del pueblo, inicia los primeros contactos para encontrar capitalistas. Comienza por tantear a algunos vecinos que pasan por tener las mayores fortunas locales. Sus escarceos no encuentran eco. Tampoco insiste demasiado, sabe que los ricos del pueblo lo son en bienes raíces, pero en metálico sus saldos bancarios no son gran cosa. Tendrían que vender fincas y no están por la labor. En el pueblo hay una máxima no escrita, pero que la mayor parte de labradores respeta escrupulosamente: el patrimonio ni tocarlo, se pueden pasar malos momentos, hasta privaciones, pero la herencia familiar es sagrada. Solo en casos excepcionales de una enfermedad, de la boda de un hijo o de algún motivo de especial importancia llega a enajenarse una finca. La consecuencia es lo que Esteller, el barbero, define como el prototipo del labriego: un hombre que vive pobre y muere rico. Vives se olvida de los timoratos ricachos locales y echa sus redes en otros caladeros. Tampoco le resulta fácil encontrar inversionistas que se atrevan a montar industrias en un pueblecito como Senillar, que apenas si cuenta en el mapa y que tampoco tiene tantos alicientes que ofrecer. Pronto se da cuenta de que si quiere encontrar capitalistas para su plan tendrá que ofertar unas condiciones que hagan atractiva la posible inversión. No se le ocurre qué incentivos pueden ser más estimulantes. Reúne a sus amigos a ver si entre todos son capaces de generar alguna idea fructífera.
- Una ventaja para montar fábricas de azulejos es que tenemos minas de arcilla.
- Joder, Víctor, no digas gilipolleces. Aquí hay arcilla para un puñado de cántaros y tejas, no para fábricas de cerámica.
- Podemos vender la idea de que este pueblo está muy bien comunicado, tiene carretera y ferrocarril.
- Tampoco es que eso sea gran cosa.
- ¿Y si les eximimos de las contribuciones locales?
- ¿Pero qué impuestos locales tenemos aquí que valgan la pena? – Vives está empezando a mosquearse, pues vaya asesores que tiene –. O decís algo con cabeza o mejor os calláis.
   Un silencio pesado y frustrante se cierne sobre la reunión. Se miran unos a otros. No hay ninguno que tenga el menor conocimiento de la actividad industrial e ideas no sobran. Alguien da un puñetazo en la mesa.
- ¡Ya lo tengo! – exclama, eufórico, Andreu Vinuesa - ¡Ya lo tengo! Les podríamos ofrecer suelo gratis para construir las fábricas.
- Me parece muy buena idea – replica con sorna Vives -, el único problema es ¿de dónde vamos a sacar solares gratis?, ¿o es qué piensas regalar alguna de tus fincas?
- Hombre, se me ocurre que el Ayuntamiento podría comprar solares y luego venderlos a bajo precio a los futuros industriales – sugiere Vinuesa.
- Eso está bien traído, lo que pasa es que también tiene otra pequeña pega – Paco sigue ironizando - ¿De dónde va a sacar el Ayuntamiento los cuartos para comprar solares si se las ve negras para pagar los sueldos de la docena de funcionarios que tiene en plantilla?
- ¡Joder, todo son inconvenientes! – exclama alguien.
- Bueno, se podrían comprar los terrenos a plazos y empezar a pagarlos a los dueños a medida que se vayan vendiendo a los empresarios.
- ¿Y cuántos conoces en el pueblo que estén dispuestos a vender una finca a plazos?
- Coño, Paco, no la tomes conmigo – se queja Vinuesa -. Solo intento ayudar. No sé cómo se consigue. La idea se me acaba de ocurrir, pero todo es cuestión de darle vueltas, ya encontraremos algo.
- Pues vamos a darle vueltas.
   Otra vez el silencio. Algunos apoyan la cabeza entre las manos como si pensar les resultara un fardo muy pesado. Otros manosean la boina, parece que buscan en ella la solución mágica. Hasta alguno tiene los ojos cerrados para concentrarse mejor. Esta vez es Pascual Agut quien lanza el eureka:
- ¡Ya está! Lo que se puede hacer es un trato con los dueños de las fincas que vayan a comprarse para suelo de uso industrial ofreciéndoles contrapartidas. El coste de las mismas sería sufragado por los industriales a los cuales también habrá que ofrecerles compensaciones para que se instalen aquí.
- ¿Qué clase de contrapartidas? – Vives quiere concreciones.
- ¡Joder, Paco! Razón tiene Vinuesa. Si a todo le pones pegas, ¿cómo cojones quieres que te ayudemos? ¿Qué contrapartidas? Pues habría que estudiarlo, pero así a bote pronto se me ocurre alguna como que los familiares de los que vendan solares tengan preferencia para trabajar en las fábricas. En cuanto a los industriales se les podría dar gratis las licencias municipales, incluso rebajarles durante cierto tiempo las contribuciones locales que alguna hay. Se pueden encontrar más, pero de momento no se me ocurren otras.
- Pascual – anuncia con voz grave Vives – te has ganado café, copa y puro. Tú también, Andreu.

   A medida que la idea parida al alimón por Vinuesa y Agut se va perfilando, Vives llega a la conclusión de que, al fin, tiene en su mano un aliciente lo suficientemente tentador para atraer a inversionistas foráneos. Cuando el programa de contrapartidas que puede ofrecer el Ayuntamiento a los posibles vendedores de suelo se da por concluido, el alcalde resuelve pasar a la siguiente fase: contactar con los propietarios de aquellas fincas que reúnen las condiciones que le han aconsejado que deben de tener los solares para usos industriales. Le ha dicho un conocido que sabe de instalaciones industriales que los solares para las fábricas han de ser, como mínimo, preferentemente llanos, estar bien comunicados, no excesivamente apartados de la población, que tengan las condiciones idóneas para las instalaciones de agua, luz y alcantarillado y con una determinada dimensión. Fincas que reúnan todas esas condiciones no hay tantas, especialmente en lo relativo a su dimensión, pero en el Ayuntamiento entienden que eso es subsanable comprando varios campos contiguos.

   Gimeno tiene un topo infiltrado en el Ayuntamiento, Severino Borrás, que le tiene al corriente de cuanto se dice y se hace en el mismo. El chivato se ha convertido en uno de sus colaboradores más valiosos, pues le permite anticiparse a la mayor parte de las jugadas de Vives. Y encima le sale barato: como es un meapilas basta con regalarle de vez en cuando algún libro u objeto piadoso y poco más. Gimeno piensa que la réplica más efectiva al movimiento del alcalde sería poner en su contra a los propietarios de solares, pero pronto se da cuenta de que no tiene estómago para oponerse a unos planes que podrían suponer el definitivo despegue del pueblo. Como sabe mejor que nadie, con una economía basada únicamente en la agricultura el futuro de Senillar solo puede ser de subsistencia, sin apenas horizontes para los jóvenes que aspiren a ser algo más que pequeños propietarios agrícolas o braceros. En principio, decide no hacer nada, pero como se siente obligado con los Arbós le cuenta a Benjamín la información que le ha pasado el chivato.
- Muy bien, José Vicente, has estado sembrado. Lo de tener un soplón dentro es una jugada maestra. Eso quiere decir que estás aprendiendo a hacer política. Yo utilizaba ese recurso hace ya treinta años y suele dar buenos réditos. ¿Así qué nuestro amigo Paco quiere encontrar quién le venda solares? Pues lo va a tener crudo.

viernes, 24 de abril de 2015

4.11. ¿Crees en los flechazos?



   Los argumentos dados por Benjamín Arbós sobre cuáles son las ocultas intenciones de Paco Vives en su plan de industrializar el pueblo le parecen a Gimeno cogidos por los pelos. No acaba de estar muy convencido. Le hablaron de la reunión en casa del patriarca del clan y de algunos de los asistentes, pero no de lo que allí se trató, ahora ya sabe de qué hablaron. Lo que le están contando tiene todos los visos de ser otra pelea entre los encontrados poderes económicos locales. Pero hay algo cierto en lo que ha dicho su ladino patrón y que le atañe: si el proyecto va adelante, su puesto en la cooperativa podría estar en peligro y, por otra parte, Vives se convertiría en la persona con más poder real en el pueblo y eso comportaría que él pasase a un segundo plano. Todos sus sueños de promoción política y profesional se podrían venir abajo. No le  queda otra salida: tendrá que hacer piña con los terratenientes, aunque continúa pensando que industrializar el pueblo es, posiblemente, el único medio para que Senillar prospere o se modernice como dicen los ripios sobre Arruza. Por ello, su respuesta es la que es:
- Eso que cuenta, Benjamín, suena muy convincente. Me consta que ustedes solo piensan en el progreso del pueblo. Por eso, y no por otros motivos, me van a tener a su lado. Díganme: ¿qué es lo qué puedo hacer?
- Nunca hemos dudado, José Vicente, de que siempre estarás al lado de los que queremos lo mejor para el pueblo. ¿Qué puedes hacer? Explicar la situación en la Jefatura Provincial tal y como te la hemos contado para que ellos también estén alertados sobre las posibles maniobras de Vives. Debemos pararlo antes de que las cosas lleguen a un punto que resulte imposible hacerlo.
  La verdad es que, en estos momentos, a Gimeno le preocupa más su situación personal que los problemas que le pueda plantear el alcalde. Su ruptura con Pepita da la impresión de que no le ha supuesto ningún coste político, solo Antonino Arbós parece que le pone mala cara. Y, desde luego, ningún coste sentimental; al contrario, haber roto ese noviazgo le ha dado una tranquilidad de ánimo y una paz que antes no tenía. Pese a esa calma anímica algo hay en su interior que sigue conturbándole. Ya se acerca a la treintena y comienza a sentirse solo y mayor. Está cansado de vivir en pensiones, de no tener un hombro en el que apoyarse, de que no haya una persona a su lado con la que poder compartir afanes y temores o comentar los pequeños sucesos cotidianos. Necesita una mujer. No una Pepita, sino una mujer. El problema reside en que no basta querer algo con la cabeza, lo sabe por experiencia, hay que quererlo con el corazón. Ahí está el quid de la cuestión: ¿cómo se enamora uno?, ¿es posible enamorarse con solo desearlo?, ¿existe el amor a primera vista?, ¿es capaz de encariñarse o es excesivamente racional o quizá demasiado egoísta?... Son muchas las preguntas que se formula, pero sigue sin encontrar respuestas.

   Al pasar por delante del modesto despachito que ocupa la Sección Femenina en la jefatura ve a Lolita y recuerda que tiene un recado para ella.
- Lolita, me volvió a llamar Adolfo, el jefe de Silla, para preguntar que cuando te vas a pasar por allí a explicarles lo de los coros y danzas.
- ¡Qué pesado es ese tío!
- Lo es, desde luego, pero recuerda que se lo prometimos.
- Ya lo sé, José Vicente, pero es que no me apetece nada. He de coger el coche de línea hasta Silla, tengo que hacer noche allí y después el mismo recorrido de vuelta. ¡Es una paliza!
- Se me ocurre una solución, voy a pedirle a Adolfo que, si sigue empeñado en que vayas, envíe un coche a recogerte y que luego te traiga para que no tengas que pasar la noche allí.
- ¿Y crees que estará dispuesto a realizar ese gasto? Un taxi de Silla hasta aquí y regreso puede costar un dinero.
- Bueno, si no puede o no está dispuesto a rascarse el bolsillo, nos lo quitaremos de encima. Aunque estoy casi seguro de que va a decir que sí. Me da la impresión de que no solo quiere que les expliques lo de las danzas. Creo que pretende que le des algunas lecciones particulares – y esto último lo dice José Vicente acompañado de una maliciosa sonrisa.
- Entonces sí que no voy aunque me mande un haiga. Pues solo faltaría que el seboso ese se me insinuara. ¿Qué se habrá creído, que soy una mujer fácil? Será estúpido.
- Creo que me entendiste mal, Lolita. No creo que albergue propósitos deshonestos, al contrario, me da que está muy interesado por ti y que sus intenciones son de lo más caballerosas. Vamos, que está colado.
- No digas tonterías. Si solo me ha visto una vez y apenas hablamos unos minutos. Bueno, ¿qué te voy a contar?, tú estabas allí y fuiste quién nos presentó.
- Debe de ser un flechazo. Y hablando de ellos, ¿tú crees en los flechazos?
   Lolita no contesta enseguida. ¿Qué le van a decir lo que es querer a una persona desde el primer día, desde el primer segundo? ¿No le pasó eso con Rafa? Nunca habla de esos sentimientos, pero ahora, no sabe por qué, se sincera en parte:
- Pues… sí. Creo que existen. Y tú, ¿crees en ellos?
- La verdad es que no. Al menos, no me ocurrió nunca. Y ya me gustaría, pero eso debe de ser para los jóvenes. Ya estoy muy mayor para esa clase de pasiones – comenta con una leve sonrisa.
- ¡Qué va! Como dice mamá, estás en la flor de la vida. Y digo más por si no lo sabías, la mayor parte de las jovencitas casaderas del pueblo estarían encantadas de que pusieras tus ojos en ellas.
- Y que me saliera otra Pepita, ¿verdad? Quita, quita. Con un patinazo como el que tuve es más que suficiente.
- Estás equivocado, José Vicente. En el pueblo hay Pepitas, pero también hay mujeres estupendas capaces de hacer feliz al hombre más exigente – La joven se ha puesto seria.
- No lo dudo, Lolita. No he pretendido ofender a tus paisanas. Ya me imagino que aquí hay de todo, como en botica. Lo que quise decir es que no he sido capaz; mejor dicho, que no soy capaz de encontrar ese mirlo blanco que estoy seguro que existe, pero que no sé dónde está. Pero nos hemos olvidado del de Silla. ¿Qué le contesto a Adolfo?
- Ya te lo dije, me da mucha pereza y más ir sola. Seguro que ese plasta de compañero tuyo no se despegará de mi vera.
- Te hago otra propuesta: además de lo del coche, le voy a decir a Hernando que también voy a ir yo. Así podré hacerte de chevalier servant y espantarte a los moscones que se pongan demasiado pesados. ¿Qué te parece?
- Pues que me da palo que tengas que venir conmigo a cuidarme como si fuese una niñita que no sabe ir sola por el mundo.
- Primero, no voy a cuidarte. Sé por experiencia propia que no necesitas a nadie para que te proteja. Segundo, sabes ir sola por la vida. Y tercero, y más importante, que el verbo tener no es el correcto aquí, el adecuado es el querer. Quiero ir contigo a Silla, o adónde sea. Para mí será un placer.
- ¡Vaya, hacía tiempo que un hombre no me decía algo tan bonito! Seguro que eres el jefe más galante de toda la provincia – dice risueñamente la joven, pero en el fondo la respuesta de su compañero le ha encantado -. Si te pones así, no tendré más remedio que aceptar.
- Solo hay una condición. Tendremos que ir un día que pueda escaquearme de la oficina.

   Lolita no recuerda haber mantenido una charla semejante con José Vicente, ni siquiera similar a la que acaban de tener. Reconoce que su compañero, no sabe si ya debería de llamarle amigo, no es como lo calificó al principio de conocerle. Creía que era el clásico mediocre, de los que adulan a sus jefes para promocionar. Luego pensó que era más bien introvertido, inseguro y que no sabía tratar a las mujeres, no le extrañaba que a su edad siguiese soltero. Cuando se puso de novio con la niña de los Arnau, a lo que creía saber añadió lo de tipificarle como el clásico calculador y pesetero que solo buscaba dar un braguetazo y solucionar su futuro. Ahora, ya no está tan segura de cómo calificarlo. Ha descubierto que es inteligente, que maneja la ironía hábilmente, que es un buen dialéctico y que... no es feliz. Se le nota que no es feliz, que le falta algo en su vida. ¿Habrá notado que yo tampoco soy feliz?, se pregunta. Lo que le hace falta es encontrar una buena novia, no como la que tuvo. Tendré que echarle una mano, no le veo muy capaz de encontrarla por sí solo, se dice.