viernes, 27 de marzo de 2015

4.3. Dios proveerá




   Lo que Camila Tena contó a Lolita de que mosén Amancio, el viejo párroco, había sido cesado porque las cuestaciones pro-seminario del pueblo eran muy escasas nadie ha podido probarlo, pero alguno de los objetivos del nuevo cura ecónomo, que lo ha reemplazado, parece confirmar el rumor. En una de las primeras reuniones que mantiene con las presidentas, casi todas son mujeres, de las distintas cofradías y los directivos de la Acción Católica, les cuenta cuáles son sus prioridades. Bautista Miralles, que así se llama el joven cura aunque la mayoría de la gente valencianiza su nombre y le llama mosén Batiste, tiene una voz tronante y lo hace con tal brío que a veces escupe minúsculas gotas de saliva al hablar, pero expone sus planes y objetivos con mucha convicción y entusiasmo adornándolos con gran profusión de superlativos.
- ... y pienso que con la ayuda de todos vamos a conseguir cuatro metas que pueden calificarse de colosales. Una será construir un monumental retablo para el altar mayor, de forma que el templo vuelva a tener la imponente presencia que, según me han contado, tenía antes del treinta seis. Una iglesia tan majestuosa como la que tenemos no puede seguir así, con una imagen interior tan pobretona y desangelada. Para sustituir al que quemaron las hordas rojas pienso encargar un grandioso retablo de madera de cedro al mejor artesano que haya en la región. Supongo que costará un ojo de la cara pero, por lo que me cuentan, este pueblo puede permitírselo.
- Es verdad, mosén Aman..., perdón, mosén Batiste – La feligresa que ha trabucado el nombre se ha puesto colorada -, antes de la guerra teníamos un retablo precioso que lucía mucho. Su falta se nota una barbaridad.
- Pues esa falta hay que reponerla y lo conseguiremos con la ayuda de todos. La segunda e importantísima meta es cambiar los confesonarios, los bancos; en fin, todo el mobiliario que está que se cae de puro viejo. La tercera meta, también colosal, es comprar un edificio para que sea la casa-abadía. No es de recibo que el párroco, sea quien fuere, tenga que vivir en una casa de alquiler. Buen ejemplo de ello es que en el piso que he alquilado para mis hermanas y para mí apenas si cabemos. Por no tener ni siquiera puedo disponer de un despacho para poder atender como Dios manda a los feligreses que vienen a visitarme. Eso no puede seguir así. No estoy hablando de un edificio suntuoso ni nada por el estilo, me refiero a una casa modesta pero digna. Además, tendría que estar lo más cerca posible de la iglesia, de forma que el párroco pudiese desplazarse de un edificio al otro sin necesidad de cruzar medio pueblo.
- Eso va a ser más difícil que lo del retablo, señor cura – afirma otra de las asistentes.
- Nadie dijo que vaya a ser fácil. No hay ningún proyecto grandioso que sea fácil. Si Jesucristo supo convertir las piedras en panes nosotros sabremos ablandar las endurecidas conciencias de los vecinos y hacerles entender que toda limosna destinada a la obra del Señor supone subir un peldaño más en el camino a la gloria celestial. Y finalmente, y no por ser la última meta es la menos importante, hemos de conjurarnos para sacar a Senillar del vergonzoso lugar que ocupa en la relación de donantes para las obras del nuevo seminario diocesano. Es impresentable que un pueblo de la importancia de éste, de su tradición religiosa y de su boyante economía, esté a la altura de pueblecitos que apenas tienen quinientos habitantes. Sin ir más lejos, mi pueblo natal, que es tres o cuatro veces más pequeño que éste, recauda cada año el triple de la cantidad que aporta esta parroquia. Esto no puede seguir así, es una vergüenza para el pueblo, para el párroco, para los feligreses y para los presidentes de cofradías y asociaciones religiosas. A partir de hoy, voy a crear una junta pro-donaciones, para los proyectos que os he comentado, y cuya principal finalidad será transformar la situación actual y convertir a Senillar en un ejemplo para el resto de localidades del obispado, de tal forma que cuando en el palacio episcopal se hable de nosotros sea para subrayar la importancia y la enorme valía de nuestra aportación que, con vuestro apoyo, estoy seguro de que llegará a ser fenomenal.
   Los asistentes quedan impresionados por la fuerza, la vehemencia y el entusiasmo que pone el nuevo capellán en su alocución. Mosén Amancio nunca les habló con tanta pasión, aunque también es cierto que generalmente solo hablaba de problemas morales. Camila ha sido una de las que ha sido seducida por el cálido verbo del joven sacerdote. A la salida de la reunión comenta con Lolita, vicepresidenta de las Hijas de María, la energía que transmite el mosén:
- Un párroco así era el que hacía falta en este pueblo. Alguien que supiera mover las adormecidas conciencias de nuestros convecinos. ¿No lo crees así, Lolita?
- Pues no sé qué decir, Camila. Las adormecidas conciencias no sé si las va a mover, pero me da la impresión de que a las carteras les va a dar un buen repaso – contesta con sorna la joven.

   Mosén Bautista no se ocupa solo de los grandes proyectos, también de los niños del rebañito, que es como en el pueblo se llama al grupo de chiquillos que cada año se prepara para la primera comunión. El párroco, con la ayuda de varias catequistas, les enseña la doctrina cristiana. Los tiene a todos sentaditos en unos bancos corridos frente al altar mayor, los varones a la derecha, las niñas a la izquierda. Todos, muy atentos, escuchan las explicaciones del sacerdote. Tendrán clase de catecismo dos días a la semana después de salir de la escuela. Una vez al mes el párroco les examinará para ver como progresan y la semana antes del segundo domingo de mayo, día de la primera comunión, les hará una prueba final que será la que determine el lugar que ocupará cada niño para tomar la eucaristía, prelación que solo sirve para alimentar el ego de los padres y fomentar la rivalidad entre los chavales para que se esfuercen en su aprendizaje.
   Cuando el mosén termina sus explicaciones y se pierde en el interior de la sacristía, Camila que es quien dirige el rebañito, con la ayuda de una relación de nombres que le ha facilitado el director del grupo escolar, distribuye por apellidos a los chavales en tres grupos, y les anuncia que tienen que comprar el catecismo del Padre Ripalda donde está toda la doctrina que precisan saber para estar debidamente preparados para tomar la eucaristía.

   Ha llegado el día de la primera comunión. La mayoría de niños van vestidos con un blanco traje de marinero con zapatos a juego y albos guantes de hilo. Otros llevan chaqueta cruzada y pantalón, y hasta hay un par que lucen unos trajes como de oficiales de la armada, con cordones dorados y charreteras en los hombros. A muchos el pelo les negrea reluciente por efecto de la brillantina. La mayoría lleva al cuello una cadena dorada de la que pende un diminuto crucifijo. Hay otros que sostienen en una mano un pequeño misal con las tapas nacaradas y los cantos dorados, y en la otra un rosario con unas cuentas que imitan perlas. Las niñas parecen novias en pequeño: todas de blanco, con amplios y acampanados vestidos hasta los pies y tocadas con velos igualmente blancos.
   Las dos filas de comulgantes avanzan a paso lento por el pasillo central de la iglesia, a un lado los niños y al otro las niñas. Todos llevan las manos juntas como si estuvieran orando y un gesto grave en el semblante, aunque a alguno un conato de sonrisa le baila por la comisura de los labios. A medida que las parejas de niños llegan a los reclinatorios, que han colocado frente al altar mayor, se arrodillan y reciben la Sagrada Forma que el sacerdote, tras musitar las preces rituales, deposita en su boca. Después de comulgar cada niño vuelve al lugar que previamente se le asignó en función del puesto que ocupa en la prelación de los comulgantes.

   Uno de los comulgantes, Miguelito Vinuesa, se ha arrodillado con gesto de gran unción y recogimiento tras recibir el Cuerpo de Cristo, pero lo que en ese momento centra toda su atención es que la hostia se le ha quedado pegada en la parte superior del paladar y no puede ingerirla. Está tentado de meterse la mano en la boca para tratar de soltarla, pero no se atreve a hacerlo, ¿será pecado tocar con la mano el Cuerpo Consagrado de Cristo?, se pregunta. Ante la duda opta por no hacer nada, pero la forma sigue pegada al paladar y por mucho que pasa y repasa la lengua por encima no hay manera de que se despegue. Es toda una catástrofe, trata de recordar si el hecho de no poder tragarla supone no haber comulgado, pero no consigue rememorar si el catecismo hablaba de eso. El imborrable momento está echándose a perder por la maldita…, pero ¿qué dice?, ¡Dios mío!, apenas si ha comulgado y ya vuelve a estar en pecado mortal, tendrá que volver a confesarse. Tan atribulado está que ni siquiera se entera de que todos los comulgantes han recibido la comunión y mosén Bautista ha vuelto al altar y prosigue con la misa. Su madre, que junto a su padre está al lado, le toca el codo y le hace gesto de que se levante. El oficiante está leyendo el misal y los feligreses contestan a coro: Et cum spiriti tuo. La hostia sigue pegada.
   Al salir de la iglesia, su madre le ha dado un puñado de estampas en cuya cara está el dibujo de cuerpo entero de un Jesucristo con melena castaña dando la comunión a un niño arrodillado. En el dorso del recordatorio hay una inscripción que reza: Recuerdo de la Primera Comunión de Miguel Vinuesa Roig celebrada el día 13 de mayo de 1945 en la Iglesia Parroquial. Senillar. Los recordatorios son para repartirlos entre los familiares y amigos; a medida que los va dando, uno por familia, recibe un pequeño óbolo que guarda cuidadosamente en un saquito de tela que ha confeccionado su madre.
   Apoyado en el quicio de la puerta del templo, el nuevo pastor de la iglesia senillense observa calculadoramente a su joven rebaño y a los adultos que lo acompañan y piensa que si tantas familias han echado la casa por la ventana, como suele decirse, para celebrar la primera comunión de sus retoños también podrán hacerlo para ayudarle a alcanzar las metas que se ha propuesto. Y si no fuera así, Dios proveerá.

martes, 24 de marzo de 2015

4.2. Los hijos de mis hijas nietos míos son



   El matrimonio Blanquer se queda en Valencia decididos a pelear para que su hijo no tenga que llevar al altar a la criada de los Campins a quien todo apunta que su hijo Rafael ha dejado encinta. Los Blanquer han meditado sobre cuál podría ser el medio para que su chico se libre de semejante casorio y creen que solo hay un instrumento que lo puede resolver: el dinero. Como Maruja ha creído intuir que, para un posible arreglo, el hueso duro de roer va a ser la familia para la que trabaja la joven, le da de lado y concierta una entrevista, en un café de la ciudad, con los padres de la muchacha que han venido del pueblo. Rafael y Esperanza no asisten.
- Verán ustedes. Lo primero que queremos decirles – Antonio es quien primero toma la palabra, al fin y al cabo es el cabeza de familia – es cuanto sentimos lo ocurrido. Si nuestro hijo es el causante de ello, y no decimos que no, estamos dispuestos a que cumpla como es debido. Aunque ya saben lo que se dice: los hijos de mis hijas nietos míos son, que los de mis hijos lo son o no lo son.
- ¿Qué quiere usted decir con eso? – el tono del señor Belarmino, el padre de Esperanza, suena a rabia contenida.      
- No quiere decir nada – interviene rápida Maruja antes de que se tuerza la entrevista apenas iniciada, al tiempo que le da un puntapié a su marido por debajo de la mesa -. Es solo una forma de hablar.
- También queremos que sepan – prosigue Antonio tras darse por enterado del aviso de su costilla – que si ustedes están disgustados con lo que ha pasado, no pueden figurarse cuánto lo estamos nosotros. Teníamos muchas ilusiones puestas en Rafael y ahora, por su mala cabeza, se han ido todas al traste. De tal manera estamos enfadados que ya lo hemos hablado y decidido, no le vamos a pasar ni una peseta. Si es suficiente hombre para haber hecho lo que parece, también lo será para sacar adelante a su hija y a lo que venga.
- Por lo que nos ha contado nuestra Esperancita – comenta la señora Eudosia, la madre de la joven –, su hijo tiene carrera. No tendrá muchos poblemas para salir adelante.
- Perdonen, pero eso no es cierto. Debe de ser otra de las mentiras que le ha contado nuestro chico. No tiene carrera, solo es bachiller. Comenzó a estudiar para ingeniero, pero no acabó los estudios.
- Bueno, pues bachiller. Lo que quiero decir es que es un hombre con letras y sabrá bandearse.
- No lo crean – ataja rápido Antonio -. Bachiller realmente no es un título profesional ni sirve para ningún oficio. Precisamente le estábamos pagando un curso de contabilidad para montarle algún negocio y que tuviera una forma de ganarse la vida, pero después de lo ocurrido hemos decidido no darle dinero ¡Ni un céntimo, vamos! Y por supuesto nada de ponerle ningún negocio ni cosa parecida. Que se las arregle como pueda.
- Hablando de dinero – Maruja toma la batuta porque estima que su marido se está perdiendo en demasiados circunloquios -. Hemos pensado que sería bueno para su hija y para el crío disponer de un capitalito para que pudieran salir adelante y que no les faltara de nada.
   Es oír hablar de un capitalito para que el señor Belarmino redoble su atención y eche una rápida mirada a su mujer al tiempo que hace un gesto de aprobación. Maruja que ha captado el detalle intuye que están en el buen camino. Cada una de las dos partes comienza a despojarse de sus disfraces y a mostrar sus auténticas cartas: los Blanquer están dispuestos a poner una cantidad a convenir encima de la mesa para la Esperanza y el crío, pero siempre y cuando no haya boda. Los Retuerto estiman en mucho la honra de su hija, pero si casarse supone que ella y su hijo van a pasar fatigas y estrecheces económicas, tendrían que pensarlo. Al final todo se reduce a un puro regateo. Belarmino se pone duro y la compensación para que Rafael no tenga que casarse les cuesta a los Blanquer un pico. Según calcula mentalmente Maruja la broma les supondrá tener que vender una finca y de las buenas, pero todo lo da por bien empleado. Las chismosas tendrán que guardar sus murmuraciones para mejor ocasión.

   Acabada la mili, Rafael vuelve al pueblo. Es consciente de que se ha librado de una buena y llega dispuesto a complacer a sus padres en todo cuanto le pidan, al menos de momento. Los Blanquer lo han hablado y parecen tenerlo claro. Su hijo necesita tener su tiempo ocupado y eso significa que han de buscarle un trabajo o, volviendo a su antiguo proyecto, montarle algún negocio, pero lo más urgente es encontrarle una buena novia, mejor si es de una familia conocida, antes de que el chico vuelva a hacer alguna trastada de las suyas porque está visto que no sabe tener quieto el pajarito.
   Las aventuras y trapisondas de Rafa en la mili no tardan en circular por el pueblo en forma de rumores, dimes y diretes. De alguna frase críptica que se les han escapado a las hermanas de Maruja, de algún lamento de Antonio sobre la mala cabeza de su hijo y de las historias de la puta mili de las que Rafael ha alardeado ante sus amigos, las comadres han hilado un relato que no contiene cuanto ha pasado en la realidad, pero si algunos retazos de la rocambolesca historia. Todo ello termina sabiéndose en la trastienda de la Moda de París lo que provoca que Lolita tenga otro más de los muchos berrinches que su exnovio le ha hecho sufrir. ¡Lo que hubiera dado por ser ella la madre de los hijos de Rafa y ahora, según cuentan, los tiene con una pelandusca! ¡Ojalá no sea más que un bulo, Cristo del Calvario!
                                                                           *
   En el pueblo nadie sabe a ciencia cierta cual ha podido ser la causa, pero acaece una baja tan inesperada como significativa: mosén Amancio Torcal, que durante siete años ha sido el párroco y el referente moral de la población, ha sido trasladado a otro destino. El traslado se ha efectuado con tanta discreción como celeridad de tal modo que cuando la noticia salta a la opinión pública nadie puede despedirse del sacerdote, ya se ha ido del pueblo. El suceso conmociona a los senillenses, especialmente a los parroquianos más asiduos a los oficios religiosos. A Camila, una de las feligresas más piadosas, la marcha de mosén Amancio le parece una judiada, así es como la califica cuando le cuenta a su amiga Lolita los pormenores del cese del párroco.
- ... porque es un cese, Lolita, no hay que engañarse. Lo han destituido fulminantemente y lo más triste es que nadie le ha dado ni una mala explicación de por qué. Y lo han hecho tan a la chita callando que el pobre no ha podido despedirse de nadie.
- Bueno, la Iglesia ya se sabe. De sus cosas no es partidaria de dar demasiadas explicaciones – Lolita trata de mitigar el disgusto de su amiga.
- Sí, pero no es cristiano tratar a la gente así. Con la labor desarrollada por mosén Amancio en el pueblo, el trabajo que ha llevado a cabo con los jóvenes, la inmensa tarea que tuvo que realizar para restaurar el templo parroquial al que aquellos desalmados de los rojos dejaron como un estercolero... Bueno, todo eso no le ha valido para nada.
- A los ojos de los hombres quizá no, pero a los del Señor bien se lo tendrá en cuenta.
- Mira, eso es cierto. Pero el obispo o quien haya ordenado su cese no se ha portado como un buen cristiano. Y más si es verdad lo que me ha contado nuestra común amiga Cristina.
   Camila refiere a su amiga lo que le ha contado Cristina. Al parecer el motivo real del cese de mosén Amancio tiene como causa una mera cuestión económica. Se está edificando un nuevo y grandioso seminario diocesano para sustituir el que fue incendiado por las hordas rojas, los gastos de construcción son cuantiosos y los párrocos son instados a multiplicar las cuestaciones y colectas pro-seminario. Por lo que cuentan, mosén Amancio no prestó demasiada atención a esas peticiones y Senillar estaba en los últimos lugares de la lista de donantes. Un pueblo en el que mucha gente se ha enriquecido con el estraperlo tiene potencial económico más que suficiente para ocupar un puesto digno en la relación de donaciones y no el que tiene actualmente. Mosén Amancio parece que es culpable de no haber instado lo suficiente a sus feligreses a multiplicar sus óbolos para la construcción de la nueva sede de los aspirantes al sacerdocio, por eso ha sido mandado a un nuevo destino: capellán del hospital para enfermos del pulmón que hay en la Sierra Espadán, un lugar tan idílico como aislado.

viernes, 20 de marzo de 2015

Capítulo IV. No te cases por dinero 4.1. ¿Seguro qué la criatura es suya?


                                                                                                                               
   A Rafael Blanquer le extraña el servicio que la sección de mensajería de Capitanía General de Valencia le ha ordenado: que vaya a entregar un sobre a casa de unos señores llamados Campins. Aunque en el ejército lo mejor es siempre decir a sus órdenes y no meterse en líos, se ha quejado, sin levantar excesivamente la voz, de que no es un ordenanza ni un motorista que son los que realizan esos servicios, pero el sargento le ha lanzado una mirada de soslayo que ha sido suficiente para cerrarle la boca. La dirección del sobre le suena, pero no recuerda de qué. Cuando llega al portal de la finca tiene un mal presagio: acaba de reconocer la casa, allí es donde vive la chacha que quiso endosarle su preñez aduciendo que era el causante. Le abre la puerta una señora que, con gesto adusto, le invita a pasar a un saloncito. Hay dos hombres: a uno no le conoce, pero al otro sí pese a que viste de paisano, es el comandante Suances con fama de meapilas y de ser más estricto que un cabo de la Benemérita.
- A sus órdenes, mi comandante. Me han ordenado entregarle este sobre.
   Suances, que sigue teniendo la misma cara de palo que cuando viste de uniforme, coge el sobre y sin decir palabra lo abre. Hay una cuartilla en la que únicamente hay escrito un nombre: el que Rafael dio a la muchacha que le acusa de embarazarla.
   Rafael, aunque en principio negó todo lo negable pese a las persistentes presiones del señor Campins, comenzó a preocuparse cuando Suances dejó caer, con su habitual tono cortante, que el ejército no iba a tolerar que alguien que usa su uniforme fuera por ahí mancillando la honra de inocentes jovencitas y que para eso estaba el código militar de justicia. Las últimas y precarias defensas del joven se vinieron estrepitosamente al suelo cuando intervinieron sus padres.
   Los señores de Campins, que por medio de Suances obtuvieron la dirección de los Blanquer, escribieron una carta a los progenitores de Rafael contándoles lo sucedido. Los padres se plantaron inmediatamente en Valencia. Su hijo seguía resistiéndose a cargar c0on el desaguisado y continuaba jurando y perjurando que él no había sido. Su madre quería creerle, deseaba con toda su alma que fuera verdad lo que su hijo afirmaba, pero conociéndole era un mar de dudas.

   Maruja, siempre proclive a coger el toro por los cuernos, acepta la invitación de la señora Campins para visitarle y conocer la versión de la muchacha a la que, según afirma, Rafael ha deshonrado.
- Siéntese, por favor, señora Maruja.
- Muchas gracias, doña Visitación, muy amable.
- Si no tiene prisa, primero vamos a tomar café con unas pastas – toca una campanita y, como si estuviera esperando su repique, aparece una joven, vestida de calle, portando una bandeja con un juego de café.
- Le presento a Esperanza Retuerto, es… la novia de Rafael.
   La chica, que da la impresión de haber sido debidamente aleccionada, le pone su mejor semblante.
- Mucho gusto, doña Maruja. ¿Quiere el café solo o con leche?
   A Maruja, que es la primera vez que le dan el tratamiento de doña, comienza a parecerle que la muchacha no es tan palurda como su hijo la ha pintado. La charla entre las tres mujeres discurre con falsa naturalidad y en la que la señora Campins lleva la voz cantante. Maruja, con la astucia de que siempre hace gala, tira de la lengua a la chica con la encubierta esperanza de cogerla en un renuncio que confirme la versión que le ha dado su hijo. Lamentablemente, tiene que rendirse a la evidencia: todas las explicaciones que da la muchacha apuntan a que es más que probable que Rafael sea el padre de la criatura, pues sí parece que ha conocido a la joven en su sentido más bíblico. La señora Visitación sale fiadora de la honestidad de Esperanza y asegura que es hija de una familia pobre pero honrada, y que los padres serán incapaces de soportar la vergüenza de que una hija suya vaya a ser madre sin que su niño tenga un padre que le dé su apellido. Además, pone a Rafael a escurrir por haberle planteado a la muchacha que abortara. Eso solo se le ocurre a un desalmado. Tras la amplia conversación, Maruja queda convencida de que el tarambana de su hijo la ha hecho abuela. ¡Y tendrá que casarse! La sola idea le pone el vello de punta. Adiós a todos los proyectos e ilusiones que tenía puestos en una gran boda para su chico. Se ha visto mil veces de madrina, vestida como una señorona y luciendo una antigua y hermosa mantilla que heredó de su madre, entrando a la iglesia del brazo de su hijo. El sueño se acaba de hacer añicos. Si hay boda tendrá que ser de tapadillo. Ya está imaginando las murmuraciones de las comadres el pueblo burlándose de ellos por la mujer que van a meter en la familia. No puede ser. Tiene que haber alguna solución. Se despide de doña Visitación y Esperanza asegurándoles que su chico cumplirá, pero cuando llega a la pensión, donde le espera su marido, se derrumba.
- Esta vez nuestro hijo metió la pata hasta el corvejón. Y todo por no poder mantener la bragueta cerrada. ¡Madre del Amor Hermoso, qué cruz!
- ¿Seguro qué la criatura es suya? – Antonio se aferra a una última duda. También tenía grandes esperanzas en que su chico hiciese una buena boda.
- Él lo niega, pero por lo que me contó la muchacha me parece que vamos a tener un nieto.
- ¡Pues ha hecho un pan como unas hostias!
- Dímelo a mí. Con la de ilusiones que tenía puestas en nuestro hijo. Ahora vamos a ser el centro de todos los cotilleos y maledicencias. Ya puedes imaginarte cómo se van a alegrar más de cuatro. Eso es lo que más me jo… roba.
- ¿Y tienen forzosamente qué casarse?
- Qué cosas preguntas, Antonio. Lo sabes igual que yo, forzosamente no, pero el crío ha de tener un apellido y nuestro hijo tendrá que darle el suyo. ¿Qué pensarían de nosotros la pobre muchacha, su familia y los señores a los que sirve? Todo eso sin pensar en que, según ha dejado caer la señora Campins, pueda intervenir de algún modo el ejército.
- Maruja, es increíble lo lista que eres para unas cosas y lo torpe para otras. En primer lugar dudo mucho de que el ejército intervenga en un asunto que es estrictamente privado. Y en lo tocante al casorio es una cuestión que no está cerrada. En el ferrocarril decimos que cualquier problema siempre tiene, al menos, tres soluciones: la que debería de aplicarse, la que puede aplicarse y la que se aplica. Pues en este asunto, lo mismo. Una cosa es lo que nuestro hijo debería hacer, otra lo que puede y una tercera lo que haga en realidad.

   El argumento de su marido planta la semilla de la esperanza en la fértil mente de Maruja. Igual no está todo perdido y pueda existir alguna clase de componenda que lleve a que su hijo cumpla, pero sin cargar para toda su vida con una muchacha que no le llega ni a la suela del zapato, y que vete a saber qué clase de esposa y madre será. Tras pensarlo mucho llega a la conclusión de que lo único que puede salvar a Rafael de un matrimonio no deseado es el dinero. Maruja es de las que cree que todo el mundo tiene un precio. El problema será encontrar el de Esperanza y de su familia y saber convencerles de que será mejor ser madre soltera con el riñón forrado, que no estar casada pero sin blanca. Porque ya ha perfilado el argumento central de su propuesta: va a intentar convencer a la muchacha y a sus padres de que están tan disgustados con el proceder de su hijo que no le van a pasar ni un duro, cuando se case que se las apañe como pueda; en cambio sí que estarían dispuestos a dar una generosa manda para que la muchacha pudiese criar a su hijo como si fuera de buena familia y que le diese una educación para que el día de mañana pudiera ser alguien. A medida que en su cabeza va dándole forma al plan, se le ocurren nuevos argumentos que refuerzan su creciente esperanza de que pueda funcionar. Va a ponerlo en práctica porque la otra opción, la de casarse, cada hora que pasa la ve más funesta.