A raíz del diálogo que Zaca tuvo en la cocina del Mas con la señora Concha, Valerio ha invitado a Zaca y Sisca a merendar la tarde del domingo. El matrimonio Ariza-Castán vive en una de las dos casitas que hay enfrente de la puerta principal de la masía. Es una vivienda modesta y chiquita, pero limpia y ordenada. Consta de una sola planta, con una cocina-comedor, un aseo, un dormitorio y un cuarto que es un poco de todo: trastero, despensa y cuarto de estar. Tiene un tejado a dos aguas en el que campea una chimenea. El mobiliario es parco y algunos de los muebles se nota que han sido construidos artesanalmente. En el recinto reina una sensación de orden y funcionalidad. La decoración también es escasa. Hay dos cuadros: uno con la imagen de la Virgen del Pilar y otro con una reproducción de la Última Cena. Un calendario con una pintura de Julio Romero y varias fotografías enmarcadas de diversos pasajes de la vida del matrimonio.
A la hora de la merienda, la señora Concha saca una fuente de cerámica de Alcora con rajas de salchichón, lonchas de jamón, de lomo embuchado y cuñas de queso, amén de unas rosquillas de anís en otra fuente. El señor Valerio aporta una jarra de clarete que deposita en la mesa de la cocina, dependencia que ocupa la mayoría del espacio de la vivienda.
-¿Te gusta el vino, mocete?
-No me disgusta, pero bebo poco. Padre dice que el vino es para los hombres de pelo en pecho y yo todavía tengo poco.
-Me parece natural, pero un dedito no puede hacerte daño. Y este clarete de Burgo de Osma es de los que entra sin pedir permiso.
-¿Y ese tablero que hay pegado a la pared qué es?
-¿Eso? La perezosa. Si la desengancho se convierte en una mesa. Así se puede comer al lado de la lumbre sin que haya que levantarse.
-¿Dónde han comprado este queso?, está muy rico.
-¿Dónde lo vamos a comprar? Lo ha hecho la señora Concha. Ahí tienes el entremijo donde lo hace –dice, señalando un rincón donde hay una mesita baja y larga, de tablero con ranuras, y cercada de listones.
-¿Y por qué está inclinado?
-Para que, al hacer el queso, escurra el suero que sale por una abertura que tiene en la parte más baja.
-Nunca he visto como se hace el queso. Me lo quiere contar, señor Valerio, si no es molestia.
-Eso quien mejor te lo puede contar es mi parienta, que es una artista manejando el entremijo.
Concha asiente y cuenta al joven como fabrica el queso casero. Se hace principalmente mezclando la leche con cuajo, más limón o vinagre, y luego separando la cuajada del suero para prensarla y dejarla reposar. El proceso varía según el tipo de queso que se desea obtener, pues no son lo mismo los quesos blandos que se escurren en tela que los más duros que se prensan y secan al sol.
-Si no le importa, señora Concha, ¿podría darnos más detalles? Porque así se lo podría referir a mi madre que es muy aficionada a hacer conservas.
A la señora Concha no parece haberle molestado la insistencia del chico y retoma su explicación ahondando en los detalles de la elaboración quesera.
-Lo primero es el cuajado. Se calienta la leche dos o tres veces para eliminar impurezas y se añade un coagulante como cuajo animal, zumo de limón o vinagre.
-Perdone otra vez. ¿Qué es el cuajo animal?
-El cuajo de origen animal es una sustancia que se extrae del cuarto estómago de crías rumiantes lactantes, como terneros, corderos y cabritos. Contiene una sustancia que es clave para la coagulación de la leche; es decir, para separar la cuajada, o parte sólida del suero, de la parte líquida, permitiendo la elaboración del queso. Acabado el cuajado, se deja reposar la mezcla durante una media hora para que la leche se solidifique y forme la cuajada. Luego, se la corta en trozos para formar el grano del queso y después se recoge la cuajada en un paño de lino o cáñamo. Una vez recogida la cuajada, se la coloca en un molde y se prensa, a veces usando un peso encima o con personas sentadas aplicando presión para extraer el suero restante. Finalmente, el queso se sala y luego se deja reposar en un lugar fresco y húmedo, como una bodega o una cueva, para que se seque y madure. Y fin de la explicación.
-Gracias, señora Concha. Acaba de darnos una lección magistral sobre la elaboración del queso. Si no le importa, vendré un día con papel y lápiz para tomar nota del proceso y así se lo podré enviar por carta a madre.
-Habrás visto, parienta, que el mocete, además de bien hablado es un pelota de mucho cuidado –proclama, socarrón, Valerio. Zaca no se inmuta por la pulla del mayoral y sigue con sus interminables preguntas.
-Y el salchichón, supongo que también está hecho en el Mas.
-Naturaca. Comprar, lo que se dice comprar, solo compramos las cosas que no podemos hacer. Las cosas de comer, salvo el pescado y alguna que otra chuminada, las hacemos en la masada –es Concha quien sigue respondiendo al joven.
-¿Y aquí qué se hace en invierno? –Es la nueva pregunta de Zaca cambiando de tercio.
-Un poco de todo. Labores no faltan –Valerio ha tomado el relevo de su esposa en las respuestas.
-Y si se pone a nevar o a llover, ¿qué hacen?
-Verlo caer. Me refiero a la nieve o la lluvia. Y a esperar que escampe, pero no estamos mano sobre mano, en una masía siempre hay labores que hacer bajo techado. De hecho, hay días lluviosos que trabajas más que algunos días soleados.
-¿Puedo repetir de queso? –pregunta el muchacho, tan modoso como siempre.
-Come, hijico, come. No te cortes. La abuela dice que hay que lograr que vuelvas al pueblo con una arroba de más -responde Concha.
-Señor Valerio, creo que no ha terminado de contarme todo lo mucho que sabe de las masías. Al menos, hay cuestiones que sigo sin saberlas. Le cito una a modo de ejemplo: ¿el emplazamiento se hace al buen tuntún o responde a motivos lógicos?
-Más bien lo último. Excepto las masadas que están en llanuras abiertas, la necesidad de encontrar un abrigo del viento dominante explica su ubicación. También la proximidad de agua, de bosque, si lo hubiera, y la calidad de las tierras, son factores determinantes de su situación. Generalmente, las masadas siempre están orientadas al sur, no sólo para aprovechar el sol en todas las estaciones, sino como protección contra los vientos procedentes del norte.
-Al viento del norte en Torreblanca lo llaman tramontana.
-También en esta zona. En Aragón lo llamamos cierzo, en Cataluña mistral, y viene del noroeste. Debido a esos vientos, que son fríos y secos, en el lado norte de los masos no hay ventanas y de haberlas son pequeñicas, mientras en el resto de fachadas las ventanas son estrechas, para protegerse del calor en verano y el frío en invierno. Otro viento dominante en estas comarcas es el levante o llevant, como lo llaman aquí, que es el procedente del este.
-¿Cuál es el origen de las masías? –el guion de la charla vuelve a cambiar.
-No tengo ni idea. Solo sé lo que me contó Julia. Me explicó que proceden de los romanos que construían villas en el campo donde podían desarrollar una vida saludable y tranquila, de acuerdo con la naturaleza. Y evolucionaron desde hace siglos como unidades autosuficientes que producían fruta, grano, leche, carne, vino, aceite, tejidos, y a menudo miel, gusanos de seda y un largo etcétera. En las masías no solían vivir los dueños, sino los masoveros, familias que explotaban la propiedad en régimen de usufructo y atendían a los propietarios en sus visitas. Era común que varias generaciones de la misma familia vivieran juntas en la misma masada, lo que reforzaba los lazos familiares y preservaba las tradiciones.
-Y en cuanto a su construcción, además de lo que ha dicho sobre su orientación a mediodía, ¿hay otros rasgos que los caracterizan?
-Pues sí. En las masadas más antiguas y de mayor porte, la puerta de la fachada principal suele tener un gran arco de medio punto formado por dovelas labradas en forma de cuña. Algunos masos de la costa, que se construyeron hace siglos y han aguantado hasta hoy, para defenderse de las incursiones de piratas y corsarios incorporaron torres de defensa y ventanales, especialmente pequeños y elevados. En cuanto a la distribución interior de las masías se suelen seguir estas pautas. En la entrada, suelen estar las herramientas, las cribas, los sacos y unos bancos para sentarse. A un lado del rectángulo central está la cocina que, como te contó Concha, concentra la vida de la masía, sobre todo durante los meses en que no se pueden realizar actividades en el exterior. Su posición varía: en las zonas ganaderas la cocina aparece en el primer piso, al lado de la sala; en las zonas de cultivo, se encuentra a menudo en la planta baja. De la entrada arranca una escalera que conduce a la primera planta, que incluye la sala, las cámaras y, en algunos, la cocina. En esa primera planta, el rectángulo del centro es la sala; al lado están los dormitorios. La sala está amueblada con las cajas, las cómodas, a veces un sofá de espadaña, un espejo, unas sillas y el reloj de caja. En el segundo piso suele estar el granero. El tejado, a dos aguas, suele tener pendiente suave. Delante de la casa, mirando al exterior, suele haber algún árbol frondoso para aprovechar su sombra en verano y poder echar una buena siesta.
Aprovechando la pausa que ha hecho el mayoral para echarle un tiento a la bota de clarete colgada del respaldo de una silla, Zaca formula una observación.
-Pero esa distribución de las masías que acaba de contar, señor Valerio, no es la del Canònge.
-Es que el Canònge es una masada relativamente moderna. Según Julia, data de mediados de mil ochocientos y pico…
-Después de la segunda guerra carlista –agrega Sisca, en la que es su primera intervención, pues hasta el presente ha permanecido silente.
-En efecto –ratifica Valerio, que añade-, Paquita debe saber más que yo de la historia del Mas, pero termino: el Canònge se construyó con otros criterios que los de los masos más antiguos. Por cierto, ya que he citado a la abuela. Parece que te la has metido en el bolsillo. Dice que, a pesar de tus pocos años, tienes una buena cabeza y que está muy contenta de que seas el maestro de Paquita. Veo que has hecho caso de lo que te conté en nuestro viaje al Mas, que a quien había que ganarse era a la vieja y tú parece que has conseguido en una semana lo que a mí me costó un porrón de años. La leche que te dieron mocete. Eres la rehostia.
Tras acabar la merienda y finiquitar el coloquio con los Ariza, los dos jovencitos abandonan la casa. Como queda tiempo para la cena, se dan un garbeo por los alrededores del caserón mientras comentan algunos extremos de lo que les ha contado el matrimonio Ariza-Castán.
-Así que la señora Concha se apellida Castán.
-Sí. Es muy maja. Cuando era niña me pasaba mucho tiempo con ella en la cocina. También es una de las personas más bondadosas que conozco, además de que guisa de maravilla.
-¿Y no tienen hijos?
-No, creo que ella estuvo encinta varias veces, pero ninguno llegó a término, abortó.
Al día siguiente, lunes, Zaca se incorpora al grupo de masoveros que van al mercat del dilluns de Castellón. En esta ocasión, va tomando notas mentalmente para apuntalar los argumentos de su idea de que el Canònge venda productos de otras masías. La venta de este lunes ha sido razonablemente buena. Han vendido el contenido de los dos garrafones de aceite que tenían y hubieran vendido más, pues además de la clientela habitual se ha notado la asistencia de veraneantes de El Grao y, sobre todo, de Las Villas de Benicásim. Algo de lo que Zaca ha tomado buena nota.
El muchacho recuerda que debe incrementar sus conocimientos sobre la propaganda, por lo que, tras pedir permiso a Paca, se acerca a la librería de Ballester a ver si tienen algún libro sobre publicidad. No encuentra ninguno. Visita la librería del otro hermano Ballester, la que está en la Placita de la Paz, donde tampoco encuentra lo que busca. En esta última, le sugieren que quizá en la librería de Armengot, en la calle de Enmedio, puedan tener algo. Así es, y adquiere un pequeño opúsculo, traducido del inglés, titulado Lo que debe saber sobre publicidad. Ahora, se dice, será cuestión de leerlo a ver si saco algo en limpio que me pueda servir para el Mas.
Por la tarde, ya en el Mas, se entrega a la lectura del librito sobre publicidad[CM1] de un autor norteamericano. No acaba de entenderlo todo, pues hay abundantes términos que desconoce y que ni siquiera encuentra en el diccionario ilustrado de Sopena, pero recopila algunas ideas básicas. Una es que para crear una publicidad efectiva se han de considerar aspectos como: el público objetivo, el mensaje, el diseño, y los canales de difusión. Lo del público objetivo lo tiene claro: la gente que va a comprar al mercat del dilluns. Lo que no acaba de entender es que haya que investigar las necesidades y motivaciones de los clientes potenciales. En cuanto al mensaje, se queda con un principio: resaltar las principales características y beneficios del producto o servicio a vender. Respecto al diseño anota que hay que usar colores llamativos. Otro concepto que anota es la publicidad en periódicos, radios locales y vallas publicitarias. Finalmente, subraya otras ideas en forma de preguntas: ¿Qué me diferencia del resto de negocios? ¿Qué me hace especial? ¿A quién deseo llegar? Ahora es cuestión de pensar en todo ello y como aplicarlo a las ventas del Mas en el mercat del Ribalta.
En la cena, nota la ausencia del mayoral y pregunta por él. Concha le dice que Valerio está de viaje sin aportar más datos. El martes madruga y acompaña a Sisca en el mantenimiento de los animales del corral. A lo que no le ayuda es a ordeñar las vacas, pues en esa tarea ha demostrado que es un incompetente. En el desayuno sigue notándose la ausencia del mayoral. Sisca le informa que, al parecer, Valerio está haciendo una ronda de visitas a algunas de las masías más importantes de las poblaciones vecinas de Benlloch. “¿Será que la abuela piensa poner en práctica la idea de vender productos de otros masos?”, se pregunta, pero no sabe la respuesta, pues Julia no ha vuelto a conversar con él desde que le contó lo de ampliar la venta en el mercat del dilluns. Aunque se inclina a pensar que lo más probable es que Julia no mueva un dedo porque lo de los cambios quizá no entre en su pensamiento. Sería mucho pedirle a una mujer tan mayor como ella. “¡Y a mí qué! -se dice-, al fin y al cabo cuando termine agosto me iré y, si te he visto, no me acuerdo. Y que espabilen los masoveros si también quieren convertirse en comerciantes. Aunque no sé si lo de la publicidad llegarán a entenderlo, es un concepto demasiado moderno para una gente como los masoveros que, en muchos aspectos, siguen viviendo en el siglo pasado”. Y con ese final da, por ahora, carpetazo a la cuestión publicitaria, en espera del momento en que tenga que sacarle el polvo, algo que puede ocurrir en cualquier instante.
PD. El próximo martes publicaré el episodio 67 de la novela “El masover” titulado: Tormenta de ideas
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