martes, 19 de mayo de 2026

“El masover”. 73. Señor maestro

   Zaca no ha tenido más remedio que aceptar los cuatro duros que Julia le ha dado como gratificación por su colaboración en el mercat del dilluns. Hecho que le lleva a hacerse esta reflexión: “Un peón especializado o un oficial de tercera ganan entre ocho y diez pesetas al día, si yo he ganado veinte en una mañana es que han valorado mi trabajo como si fuera un ingeniero, un médico o un abogado por lo menos”. Y una oleada de orgullo lo invade. “Cuando se lo cuente a los amigos ni se lo van a creer. ¡Veinte pesetas por una mañana, casi nada! Eso no lo gana en un día ni un médico”, se dice.

   Como ese lunes han llegado tarde de Castellón, ha decidido no darles clase a Sisca, Lía y Juanito. Y aprovecha ese tiempo libre para pasarse por la antesala de la almazara –la futura aula- para ver como la han dejado los masoveros. La sala está más limpia que una patena, han blanqueado con cal las paredes, han colgado un pizarrón, está al completo el mobiliario, viejo y remendado pero todavía útil, han traído un armario sin puertas que va a servir de biblioteca y en el que está apilado el material didáctico que les pidió. Y hasta han tenido el detalle de colgar en la pared frontal una copia litográfica de don Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la II República española. Al verla, le viene al pensamiento que: “Quizá fuera bueno que, antes de comenzar las clases, tararearan el himno nacional”, del que ni siquiera sabe si oficialmente tiene letra. Él solo conoce una versión oficiosa, bastante difundida, del himno de la monarquía que dice así: ¡Viva España!/Alzad los brazos/Hijos del pueblo español/Que vuelve a resurgir/Gloria a la Patria/Que supo seguir/Sobre el azul del mar/El caminar del sol”. Y que si no recuerda mal, lo escribió un poeta llamado José María Pemán, del que no sabe más. Más tarde ocurrió lo de la pareja de la Guardia Civil –que ya narramos en el anterior episodio- y una de cuyas consecuencias ha sido que, por primera vez en su corta existencia, comience a aceptar el nombre que figura en su partida de nacimiento.

   El martes, 26, pasadas las ocho y media llega un minibús de la compañía de transportes La Hispano de Fuente En Segures con su carga de masoveritos. Los chicuelos van vestidos modestamente, pero aseados y repeinados. La mayoría muestra en su rostro una mezcla de expectación y un cierto temor ante el inicio de lo que para ellos es una combinación de tarea escolar y aventura. Con los chavales ha viajado una desenvuelta masovera -todavía joven y que responde al nombre de Hortensia la Beltrana-, que se presenta a Zaca como la madre de una de las chiquillas del grupo y que se encargará los primeros días que los masoveritos se porten bien en el viaje de ida y vuelta a la escuela del  Mas del Canònge.

   -Aquí tienes a los chicos, son todos tuyos, señor maestro –dice la Beltrana y, dirigiéndose a los chicuelos, les anuncia-: Escuchad: este es vuestro maestro. Le tenéis que obedecer como si fuera vuestro padre y pobre del que no le haga caso. Lo que él diga es como si lo hiciese el Papa de Roma. Por lo tanto, nada de réplicas y malas respuestas. Está aquí para daros escuela, para enseñaros y para haceros mejores, y vosotros debéis corresponderle aprendiendo todo lo que os enseñe. ¿Os ha quedado claro? Pues ya lo sabéis: ojo al Cristo que es de plata –y dirigiéndose a Zaca pregunta-: ¿A qué hora vas a terminar la escuela? Es para decírselo al chófer que venga a recogerlos.

   -Sobre la una y media del mediodía.

   -Aquí estaremos a esa hora. Voy a ver a la señora Julia a que me cuente como fue el estreno del puesto de Los Masos de la Plana Alta. Es que, ¿sabes?, los del Mas de Roures también participamos en el puesto, pues tenemos mucha fe en la buena vista para los negocios de Julia. Buen trabajo y buena mañana.

   Ida la Beltrana, y como hizo en su día con Sisca y con los chicos Ariza, lo primero que hace Zaca es presentarse.

   -Buenos días, chicos –a lo que todos contestan a coro-: Buenos días, señor maestro –se ve que vienen aleccionados-. Vamos a presentarnos para irnos conociendo. Me llamo Zacarías Clavijo, voy a estudiar cuarto de bachillerato y tengo trece años. Me podéis llamar Zaca o maestro, como prefiráis. Espero que nos llevaremos bien, al menos por mi parte la buena voluntad no va a faltar. Ahora, de uno en uno, iréis diciendo vuestro nombre, los años que tenéis y la masía de la que venís. ¿Entendido? Empieza tú –dice señalando al más cercano-.

   Los chavales van diciendo sus nombres y demás datos que les ha pedido. Y así descubre Zaca el mosaico de edades del grupo: hay un chico de 14 años, dos de 12, otros tantos de 10, tres de 9, dos de 8, uno de 7 y dos de 6. Una verdadera ensalada de edades que más heterogénea no puede ser. Una vez identificados, les somete a unas sencillas pruebas para ver la amplitud de sus conocimientos, salvo al que tiene siete años y a los dos de seis que no saben escribir. Mientras revisa las pruebas les deja salir afuera para que jueguen y se desahoguen. La verificación le permite conocer el diferente nivel instructivo de los chicos: los cinco mayores de diez años tienen resultados parejos, formarán el grupo A. Los comprendidos entre ocho y nueve años con pobres resultados, cinco, constituirán el grupo B. Y el de siete y los dos de seis años que son iletrados, el grupo C. Luego, organiza su trabajo con los tres conjuntos aplicando la metodología de la enseñanza cooperativa. Comenzará la clase haciendo que los alumnos del A redacten una composición sobre algo que cada uno haya hecho o que piensa hacer. Los del B harán unas divisiones, pues así tendrán que usar las demás operaciones. Mientras, él cogerá a los tres del C y comenzará a enseñarles los rudimentos de la lectura y escritura. En la segunda hora, los grupos rotarán y trabajarán en plan cooperativo: los del A enseñarán a leer y escribir a los del C, mientras él explicará a los del B una lección. Luego habrá un recreo de unos veinte minutos para que los chavales tomen el tentempié que han traído de casa a guisa de almuerzo. En la tercera hora, volverá la rotación y el trabajo cooperativo: los del B enseñarán la numeración a los del C, y él se reunirá con los del A. La cuarta hora será un diálogo global sobre lo que han aprendido durante la mañana. Sobre el papel, es una buena organización. La práctica dirá si es eficaz o no.

    Otra cuestión que tendrá que solucionar es el dominio del castellano de los masoveritos que es muy desigual: hay un grupito, procedente de la provincia de Teruel, que lo habla bien, pero algunos de los otros le pegan cada patada al diccionario que tiembla el misterio. Lo que sí parece es que no va a tener problemas de disciplina, vienen todos muy mentalizados de que tienen que respetar al maestro -los muchachos se empeñan en llamarle señor maestro- y seguir sus indicaciones. Y por si alguno lo olvidó la Beltrana se lo ha recordado.

   Al día siguiente, miércoles 27, la hora de llegada de los alumnos es, aproximadamente, la misma que el martes. Y el novato maestro, comienza a aplicar la metodología organizativa que ha elaborado, pero se topa con la inesperada sorpresa de que el chico de más edad, llamado Antoniet Prades del Mas de Villarcans, la cuestiona.

   -Señor maestro. Nuestros padres nos han enviado para que nos dé escuela, pero ¿cómo vamos a aprender si tenemos que enseñar a leer y escribir a los monicacos que no saben ni hacer la o con un canuto? No hemos venido para eso –El chico ha sido valiente, sincero y con el desparpajo suficiente para expresar su queja.

   Zaca, tirando de paciencia, les explica que se ha visto obligado a utilizar el método cooperativo por la diferencia de edad y conocimientos entre los miembros del grupo. Y que el aprendizaje cooperativo es una estrategia pedagógica donde los estudiantes trabajan en grupos pequeños para alcanzar un objetivo de aprendizaje común, permitiéndoles aprender de manera conjunta y desarrollar habilidades sociales. Antoniet no ha entendido la explicación y así se lo hace saber.

   -Señor maestro, como si hablara en chino, no he entendido ni palote.

   -Pongo un ejemplo para ver si así lo entiendes mejor. Si me dirijo a toda la clase pero, pensando en los que sabéis más, explico la regla de tres, ¿crees que los que están aprendiendo a dividir o los que ni siquiera saben leer, se enterarían de algo? No, ¿verdad? Y, si hablo para todos enseñando a dividir por dos o más cifras, los que ya sabéis, ¿no os aburriríais como mejillones? Y los que no saben leer todavía se aburrirían más. Y no digamos, si hablo para todo el grupo explicando que la a con la eme se lee ma. Sería el acabose. Pues para evitar eso, tengo que recurrir a la metodología cooperativa que no la he inventado yo, pero que es de las pocas formas que se puede enseñar a un grupo tan heterogéneo como este.

   -Señor maestro –interviene el de siete años-, hasta yo he entendido su explicación, pero no sé qué quiere decir esa palabra tan larga que ha dicho al final, hete… no sé qué.

   -Heterogéneo. Quiere decir algo compuesto de partes de diversa naturaleza. Aquí naturaleza debéis entenderla como saberes. La frase correcta sería: algo compuesto de alumnos de diversos grados de saber. ¿Alguna otra pregunta sobre el método cooperativo? ¿No? Entonces, vamos a proseguir. Y por favor, a la más mínima duda que tengáis sobre lo que diga, haced lo que ha hecho muy bien Antoniet –trata de ganarse al mayor y contestatario del grupo-, preguntadme. Preguntar lo que uno no sabe es una de las más eficaces formas de aprender. Por eso, ya te adelanto, Antoniet, que, si sigues así, vas a aprender mucho y muy aprisa. Sigamos.

   El resto de la mañana, la clase ha discurrido sin mayores contratiempos y  los masoveritos se han mostrado receptivos a las explicaciones de su novel maestro, aunque a veces se ha oído un rumor de fondo muestra de que están poco acostumbrados a permanecer tiempo sin realizar alguna actividad física. “Para ser el primer día efectivo de clase no ha estado ni medio mal”, se dice un contento Zaca.  

   Durante el recreo, uno de los chiquillos ha sacado una pelota de trapo y se han puesto a jugar a fútbol en la era, reconvertida en el campo de deportes de la novel escuela. Como todos corren detrás de la pelota, sin orden ni concierto, Zaca decide intervenir y los agrupa en dos equipos de cinco jugadores, uno, y seis el otro –las dos niñas se han negado a jugar- y él hace de árbitro. Ahí es donde comienza a ganarse a sus alumnos: jugando con ellos pues, al parecer, ninguno de sus maestros de las escuelas a las que van, son tan permisivos como para rebajarse a mezclarse en los juegos del alumnado. El resultado de la interacción en todos los planos entre maestro y alumnos lleva a que las clases sean activas, la enseñanza pragmática, autorregulada la disciplina y sereno el clima de la escuela. Los alumnos aprenden rápido y al maestro las casi cinco horas de clase se le van en un suspiro. Las únicas que le plantean algún problema en el grupo, no de actitud ni de comportamiento sino de integración, son las dos chiquillas que suelen hacer rancho aparte, pues nunca se mezclan con los chicos. Hasta que Zaca les pregunta:

   -¿Os gustaría jugar a fútbol? –una no contesta, pero la otra sí.

   -A mí, sí, pero los chicos no me dejan. Dicen que no es un juego de chicas.

   -Hablaré con ellos. ¿Y vosotras a qué jugáis?

   -Al sambori -vocablo valenciano que se refiere al juego infantil conocido en castellano como "rayuela".

   -¿Me dejáis jugar con vosotras? –el asombro y la sorpresa se refleja en el rostro de las chicuelas.

   -Ese no es un juego de chicos, señor maestro. Si juega al sambori con nosotras, los chicos se le  burlarán.

   -Si alguno se atreve a burlarse de su maestro tendré que decírselo a la señora Hortensia –el aviso es suficiente para que ningún masoveret se atreva a mofarse del señor maestro.

      Zaca piensa que tendrá que ir mentalizando a sus alumnos de que los patrones por sexo no deben de ser tan diferenciadores, aunque es consciente de que será una tarea ardua y lenta. La tradición y las costumbres pesan demasiado. Otro problema que plantean las dos alumnas, y que ha puesto al novel maestro en un brete, sale a la luz cuando no es capaz de responder a la pregunta de una de ellas.

   -Señor maestro, en la escuela del pueblo, por las tardes las chicas dábamos clase de costura, ¿aquí haremos lo mismo?

   Como no tiene respuesta, comenta la cuestión con Sisca; la pubilla le sugiere una posible solución.

   -También en la escuela de Torreblanca, por las tardes a las niñas nos daban clase de costura. Supongo que lo sabías, nos enseñaban a coser, remendar, bordar y demás tareas que luego nos podrían servir como amas de casa. ¿Por qué no haces lo mismo?

   -Lo haría, porque ese plan me parece que les gustaría. El problema es que no sé coser ni bordar ni planchar.

   -Pero en cambio sabes algo de guisar. Eres todo un misterio, señor maestro, pero te puedo ayudar. Le pediré a mi madre que me deje un par de horitas libres por la mañana y me acercaré al aula para hacerme cargo de las chicuelas.

   -¿Y a tu madre no le parecerá mal?

   -Después del éxito de Los Masos de la Plana Alta, lo que el Bachiller pida, el Canònge se lo dará envuelto en papel de celofán. Parece mentira que no lo sepas. ¡Buena se pondría la abuela como se enterara de que alguien del Mas te ha puesto la más mínima pega! ¿O todavía no te has enterado de que te has convertido en su ojito derecho?

   Esto último, Zaca lo intuía, pero oírselo decir a Sisca le levanta el ánimo. Casi sin enterarse, ha logrado conquistar el fuerte más rocoso e inaccesible del Canònge. Es como para lanzar el ¡eureka! tal cual hizo aquel sabio griego cuyo nombre no recuerda, pues además de haberse hecho con la vieja, ha pasado de ser estudiante a todo un señor maestro. Si eso no es todo un cambiazo que venga Dios y lo vea. Lo de señor maestro refuerza el ego del muchacho, algo que le viene como agua de mayo, pero al mismo tiempo le plantea la duda de si estará lo suficientemente capacitado para sacar adelante la proeza de enseñar a un grupo de alumnos tan variopinto y multiforme, “El tiempo dirá”, se dice.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 74 de la novela “El masover” titulado: Lo que está mal, está mal y no valen paños calientes

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