El martes, cuatro de julio, tras desayunar con el resto de la tropa, la abuela Julia ha sufrido un percance doméstico: se le han caído las gafas y, al tratar de recogerlas, las ha pisado y se han roto. Tenía que ordenar las cuentas de la venta del lunes, pero no puede hacerlo. Ve borrosas las cifras.
-¡Mecagüen diez, qué mala pata! Tenían que romperse ahora, cuando más las necesito.
Al oír el lamento, Zaca piensa que es un buen momento para ofrecerse a echarle una mano con las cuentas y así comenzar a congraciarse con la quisquillosa abuela, a la que teme más que a un nublado.
-Señora Julia, si quiere puedo ayudarla con las cuentas.
-¿Sabrás hacerlo? –pregunta, desconfiada, Julia.
-Por Dios, señora Julia. Acabo de aprobar tercero de bachillerato. Usted solo tiene que decirme qué es lo que quiere, y yo se lo hago. Si le parece bien, naturalmente.
La abuela le explica al chaval las cuentas que quiere echar: contabilizar los gastos generados por el viaje al mercat del dilluns y la estancia en Castellón, el monto bruto de lo vendido, el valor de la mercancía que no ha tenido salida y el beneficio resultante de la venta. Y, puesta a pedir, añade que, si le da tiempo, le agradecería que especificara las cantidades obtenidas de las ventas de algunos productos concretos: el aceite, la harina y los animales de corral. Le da los datos de la venta del lunes y le deja, tiene cosas que hacer. Antes de irse le indica:
-Tómatelo con calma. Tienes hasta el viernes para hacer lo que te he pedido.
Zaca, aunque las matemáticas siguen sin ser su fuerte, sabe lo suficiente para ejecutar sin mayor problema las peticiones de Julia. El chico se esmera en las cuentas y plasma en correlativas páginas cada una de las operaciones pedidas. Incluso se ha permitido el lujo de adornarlas con unos diagramas de barras. Y, por supuesto, no ha necesitado exprimir el plazo que le ha dado Julia para completar las cuentas. En la mañana del miércoles las ha concluido. Julia queda impresionada al ver la rapidez y limpieza con que el muchacho ha llevado a cabo sus peticiones.
-Muy bien, Zacarías, muy bien y gracias. Se nota que eres medio bachiller. Lo que me tienes que explicar es para qué sirven esos dibujitos que has hecho y que es algo que desconozco.
-Se llaman diagramas de barras y sirven para comparar y visualizar datos, ya que representan cantidades mediante barras de longitud proporcional. Son útiles para mostrar la evolución de una variable a lo largo del tiempo, analizar la distribución de datos entre diferentes categorías y comparar el rendimiento de varios grupos.
-No lo he entendido del todo, pero me gustan, pues es algo que entra por los ojos. No te hacía yo tan sabido, pero lo eres –reconoce Jula que, sin solución de continuidad, pregunta-: ¿Cuánto quieres por tu ayuda?
-Nada, señora Julia. Faltaría más. Y si puedo ayudar en alguna otra cosa, no tiene más que decírmelo. Lo haré de mil amores. Será una forma de pagarles lo que ustedes hacen por mí.
-No nos debes nada, muchacho. Somos nosotros tus deudores por haber aceptado el sacrificio de pasar el verano enseñando a Paquita y, encima, a los hijos de Pili. Y añado que acepto encantada tu ofrecimiento. Y lo primero que voy a hacer es darte los datos de las ventas de trigo, almendras, algarrobas y aceite de la última cosecha, así como de lo gastado en el mantenimiento de los respectivos cultivos durante la temporada. Y lo que quiero es que me digas que porcentaje de beneficio ha producido cada uno de los cultivos, si es que no ha tenido pérdidas, vamos. Y de paso lo acompañas con el dibujito ese de las barras que es muy expresivo.
-Se lo hago ya mismo, abuela. Por cierto, señora Julia, ¿cómo prefiere que la llame: Julia, abuela, señora Julia o cómo?
-Como te pete, hijo. Pero lo de señora te lo puedes ahorrar. Y ya que has echado las cuentas de las ventas, ¿qué impresión sacaste del mercat del dilluns? –Julia le hace la misma pregunta que le formuló Paca el día anterior.
Zaca, que ha tenido tiempo de pensar en todo cuanto vio en el mercado del lunes, se ha hecho una idea del mismo y del papel que juega el Mas en la actividad del mercadillo y ha ido más allá, pues ha pensado en el rol que la masía podría jugar si vendiera otros productos o, los mismos que vende ahora, pero en mayores cantidades, aunque no ha profundizado demasiado en la idea, ha sido solo una reflexión somera. Y así se lo cuenta a Julia.
-Pues que nunca pensé que un mercadillo de venta ambulante tuviera la pujanza comercial que tiene el del Parque Ribalta. He ido muchas veces a Castellón de compras, sobre todo con madre, pero apenas conocía el mercadillo, solo estuve una vez y de eso hace muchos años. Tiene un gran potencial. Y, aunque sea una osadía por mi parte decir esto, creo que un mas como el Canònge podría sacarle al mercat mucho más partido del que le saca ahora -Es oír eso y los ojos de la abuela han relampagueado y su actitud ha cambiado, se ha puesto tensa como si fuese una tigresa a punto de abalanzarse sobre un descuidado e inocente cervatillo.
-A ver, a ver, cuéntame que quieres decir con eso de que podríamos sacarle más partido al mercat.
“Ya he metido la pata -se dice Zaca-. Nunca aprenderé a callarme. ¿Y ahora qué le digo a esta buena mujer?”. Lo que hace es tratar de ganar tiempo y da una larga cambiada, como hacen los toreros cuando citan al toro de frente y, con el capote, sostenido con una sola mano, le hacen salir por el lado contrario al que le han citado. Y aunque no está precisamente en una plaza de toros, de manera metafórica usa el taurino lance para salir del paso.
-Si le digo la verdad, abuela, es algo que se me acaba de ocurrir y no sé si sabré explicárselo bien. Antes tendría que repensarlo, por lo que, si le parece bien, mejor lo hablamos otro día.
-Como quieras, Zacarías, pero cuando lo hayas pensado, te pido que me lo cuentes con detalle. Es algo que me interesa. Por tanto, cuanto antes me lo expliques, mucho mejor.
Lo cierto es que Zaca sí que ha pensado que los masoveros podían vender en el mercadillo más productos que, por otra parte, ha visto que ya los tienen, pues alguno de ellos se los ha visto emplear a Concha en las comidas, como son las conservas caseras. Pero añadir la venta de conservas no le parece que tenga la suficiente entidad como para sostener que podían sacarle más partido al mercat. Por lo que no le queda otra que poner a trabajar su imaginación. El siguiente producto que se le ocurre que también podrían vender son las hierbas aromáticas, que además crecen espontáneamente en el entorno de la masía, como el perejil, romero, laurel, hierbabuena, tomillo u orégano. Aunque tampoco sean artículos que puedan aportar grandes ingresos. “¿Y qué más podrían vender que supusieran ingresos de algún volumen?”, vuelve a preguntarse. No se le ocurre nada… hasta que, una luz trémula, como la de una minúscula brasa, comienza a iluminar su mollera. “¿Y por qué limitarse a vender lo que produce el Mas?, ¿por qué no vender también los productos de otras masías y que no tiene el Canònge o que los tiene en pequeñas cantidades? Eso supondría una revolución en el esquema de venta del Mas, pues significaría pasar de ser solo una entidad que vende lo que cultiva o cría a vender también lo que otros cultivan o producen; es decir, a convertirse en un verdadero comerciante”. Para cerciorarse de que la idea es correcta, y como uno de los libros que se ha traído es su inseparable diccionario enciclopédico de Sopena, busca el verbo comerciar. Y cuando lee la acepción: Comerciar: Dedicarse a la compraventa o el intercambio de bienes o servicios, lanza un eureka al aire. La clave está en la compraventa. No solo podrían seguir vendiendo, sino también podrían comprar u obtener por otros medios más productos para vender. “Y comprarlos u obtenerlos, ¿dónde?”. Piensa que la respuesta no puede ser otra: en los masos más o menos cercanos al Canònge, o lo que es lo mismo: en los Masos de La Plana Alta. “¿Y qué productos serían los que aportarían otros masos?”-sigue preguntándose-. La respuesta no podía ser otra: los productos específicamente masoveros. No tendría sentido vender artículos producidos o fabricados en pueblos y ciudades. Y todo eso, “¿cómo hacerlo?”. En el cómo es donde se atasca, pues las posibilidades son múltiples y no domina todos los pormenores de la compraventa. Decide detenerse ahí y continuar profundizando en la idea en otro momento. Llegado a este punto, se dice que ya tiene argumento suficiente para que la abuela Julia no le considere un cantamañanas que habla por boca de ganso. Y como dicen en el pueblo: pensat i fet, se lo va a contar ya mismo. Antes de almorzar, se encamina al cuarto de estar para contarle a Julia cómo podrían sacarle más partido al mercat del dilluns. No la encuentra. Se ha ido a Benlloch a ver si en la farmacia encuentra unas gafas que le vayan bien, y que sustituyan a las rotas. Cuando vaya a Castellón ya irá a la consulta del doctor Vilaplana, que es su oculista de confianza, para graduarse la vista y que le haga unas gafas nuevas.
Esa tarde, en la clase, Zaca anda como distraído y ausente. No logra centrarse en sus alumnos, su cabeza no cesa de darle vueltas a lo que se le ha ocurrido respecto al mercadillo de los lunes y la participación del Mas en el mismo. Sisca se ha dado cuenta de la falta de concentración del chico y le interpela:
-Zaca, ¿estás bien, te pasa algo?
-No me pasa nada… -El muchacho decide sincerarse, sabe que la chiquilla no pregunta por curiosidad, sino porque se interesa por él-. Bueno, tengo que hablar con la abuela y no pienso más que en la manera de enfocar la conversación. Cuando acabemos la clase, te lo contaré. Como conoces mejor que nadie a tu abuela, igual puedes aconsejarme.
En cuanto finaliza la clase, la pareja se queda en el cuarto de estar, reconvertido en aula. Como también se ha quedado Julita, que nunca está muy lejos de Sisca, Zaca le pide:
-Julita, ¿te importa dejarnos solos?
La chicuela, por toda respuesta, hace un mohín desdeñoso y se marcha con gesto contrariado. Una vez solos, Zaca cuenta a Sisca lo que dijo a Julia sobre la actuación del Mas en el mercadillo de los lunes y todo cuanto ha pensado posteriormente.
-¿Qué te parece? –pregunta el chico. Sisca se lo piensa antes de responder.
-¡Qué cosas se te ocurren! No paras de cavilar. ¿Has sido siempre así o lo eres desde que estudias el bachillerato?
-Soy así desde niño. Me gusta imaginar nuevas ideas, aunque en la mayor parte de ocasiones solo se me ocurren tonterías o ideas utópicas.
-¿Qué quiere decir ideas utópicas?
-Ideas quiméricas o ilusorias y, generalmente, irrealizables –Es oír eso, y la chiquilla suelta una sonora carcajada.
-¿He dicho algo gracioso? –pregunta un sorprendido Zaca.
-Me río de mí, no de ti. Te pregunto sobre una palabra que desconozco y me contestas usando otras dos que tampoco conozco: quiméricas e ilusorias. Ya me las explicas en otro momento. Te cuento lo que pienso sobre vender productos de otros masos en el mercat del dilluns. Lo de vender conservas caseras y hierbas aromáticas me parece bien, pero lo de comerciar con lo que cultivan y crían otros masos lo veo muy complicado y difícil de organizar. Supondría mucho lío, vamos.
-Explícamelo, por favor. ¿Por qué lo ves complicado, difícil de organizar y por qué supondría mucho lío?
-Ya estás con tus preguntas de siempre. No sé… A ver, por ponerte una pega: los masos están muy dispersos, entonces ¿cómo organizarías que nos hicieran llegar su mercancía?, ¿y ésta se la compraríamos o iríamos a medias o a un porcentaje?, ¿y cuándo les daríamos el dinero de la venta? Y, si lo que nos vendieran o dado a cuenta no lo vendíamos, ¿lo saldaríamos como hacemos con nuestros productos, se lo devolveríamos, nos lo quedaríamos o qué? Y a bote pronto no se me ocurren más pegas, pero seguro que las hay.
-Gracias, guapina de cara. No sé si eres más bonita que lista o más lista que bonita, pero me chiflas cuando te pones a pensar. Lástima que no lo hagas más a menudo. Porque alguna de las pegas que has expuesto, a mí ni se me habían ocurrido.
-¿Qué es eso de guapina de cara? ¿Solo tengo guapa la cara, acaso soy un palo de escoba? –pregunta la muchacha, visiblemente molesta. A Zaca le desconcierta la reacción de Sisca.
-Perdona si te he ofendido. Lo de guapina de cara es una frase hecha que no tiene nada que ver en cómo se tenga el cuerpo y el tuyo está pero más que bien, requetebién. A mí, y espero que no te moleste que lo diga, me gusta un montón.
Zaca se sorprende de su audacia. Que recuerde es la primera vez que piropea a una chica a bote pronto. Sisca también ha debido impresionarse de lo dicho por su amigo, pues se ha puesto colorada como un pimentón. De pronto, ambos chiquillos se han quedado mirándose sin saber qué decir. Se les nota nerviosos e incómodos. Como Zaca no sabe cómo continuar, opta por cortar la charla por lo sano.
-Bueno, seguiremos hablando de esto. Ahora te dejo. Tengo que seguir pensando lo que le voy a contar a la abuela.
Durante la cena, Julia ha estado de lo más amable con Zaca, y ha contado lo mucho que sabe el muchacho de aritmética. Se nota que es un buen estudiante y de seguir así le espera un gran futuro. Los elogios han sido muchos, pero no ha vuelto a preguntarle si está ya en disposición de contarle cómo podrían sacarle más partido al mercat. Antes de dormirse, Zaca sopesa que será mejor: si seguir madurando su idea, pues las pegas de Sisca le han mostrado que su propuesta tiene muchos flecos sueltos, o contárselo a la mañana siguiente a la abuela y que sea ella, que para eso tiene mucha experiencia, la que complete la idea que de momento solo es el esqueleto de una noción tan simple como innovadora. Completarla con músculos, nervios y venas asume que es algo que le supera. “¿Se lo cuento mañana o le doy largas mientras redondeo la idea?”, es una de las muchas preguntas que se hace.
Zaca está muy lejos de colegir que su sinóptica reflexión puede ser la llama que prenda un fuego que quizá cambie la vida del Canònge y de sus masoveros como jamás pudo imaginar. Es lo que a veces ocurre cuando se piensa demasiado, pues algunas ideas tienen un efecto similar a la descomposición del átomo de uranio por desintegración radiactiva o por fisión nuclear, cuando el núcleo se rompe al absorber un neutrón, liberando enormes cantidades de energía y más neutrones, lo que puede crear una reacción en cadena. “¿Mi idea tendrá la suficiente fuerza para generar una reacción en cadena?” –Se pregunta-.
Como le ocurre en la mayoría de ocasiones, el interrogante se queda sin respuesta, por lo que cuesta conciliar el sueño hasta que, vencida de largo la medianoche, el dios griego del sueño, Hipnos, se apiada del chico y le cierra los párpados.
PD. El próximo martes publicaré el episodio 61 de la novela “El masover” titulado: Seis servidores honestos me enseñaron cuanto sé