martes, 27 de enero de 2026

56. “El masover”. Las dudas de un maestro primerizo

   El almuerzo de hoy no ha estado tan concurrido como la cena del día anterior. Han sido seis los comensales: los Villalonga, Concha y Zaca. Al parecer, Valerio está en los campos y los Ariza no siempre almuerzan con los masoveros. También ha sido una comida más frugal que la cena, no ha habido entrantes, el menú ha sido de dos platos y postre. Y también ha estado mucho menos animado que la cena. Han abundado más los silencios que los diálogos, aunque mediado el almuerzo la abuela ha preguntado al muchacho que les cuente cómo es lo de estudiar el bachillerato por libre.

   -Pues lo cierto es que resulta pesado, y arbitrario Te tiras todo el curso memorizando los manuales que recomiendan los profesores del instituto para jugártelo todo en un examen oral a fines de junio. Y además de pesado y arbitrario es aburrido, pues estás siempre solo y no tienes con quien charlar o comentar las dudas que te asaltan sobre las partes más oscuras y difíciles de cada asignatura o sobre las incidencias del día a día. Y los libros no lo explican todo con la suficiente claridad. Hay manuales que sí, pero otros muchos recogen la materia que sea de manera que no siempre la entiendes. Para estudiar por libre hay que tener mucha fuerza de voluntad, que no te importe la soledad y que te guste estudiar. Y aun así, como he dicho, resulta pesado, aburrido y arbitrario. No es lo más divertido del mundo pero, como dicen en el pueblo, quien no puede segar se ha de conformar con recoger las espigas caídas.

   -Entonces, ¿los libres no tienen exámenes parciales? –quiere saber la abuela.

   -No los tienen. Como he contado, haces un examen único con el profesor de la asignatura, que casi siempre es oral y más bien corto. Algunos profes hacen exámenes escritos, pero son los menos. Pero es lo que hay.

   Después de almorzar, Zaca se reúne en la sala de estar con Sisca y los tres chicos de Pili Anselmo a quienes la abuela ha explicado la decisión de acogerlos del novel maestro.    La sala, reconvertida ahora en aula, ha cambiado de mobiliario: la mesa camilla la han ubicado en un ángulo, y en el centro han puesto tres mesitas rectangulares, en una de ellas se ubican Sisca y Julia, en la otra los dos chicos Ariza y la tercera será la mesa del maestro. El mueble que servía de librería ha sido vaciado y servirá para guardar el material didáctico y los manuales. Solo falta la pizarra que, según  ha dicho la señora Paca, ya está encargada. Sisca se presenta sin que lleve el atuendo que usualmente gasta; viste una blusa blanca, una falda azulada y calza unas bonitas y cómodas sandalias. Se la ve tranquila y hasta levemente contenta. La hermana mayor de los Ariza –Juli o Julita la llaman los demás- es espigada para su edad, más bien fibrosa y posee unas largas piernas que parecen salirle de los hombros. Tiene unos rasgos  regulares, un rostro ovalado y armonioso en el que destacan unos ojos de un marrón oscuro, casi negro, con una mirada chispeante que le dan un aire de descaro, unos labios gordezuelos y  un mentón indicativo de un carácter voluntarioso; lleva un vestido modesto, pero limpio; calza alpargatas y lleva el pelo, más negro que la tinta del calamar, recogido en una gruesa trenza que le llega a mitad de la espalda. El segundo Ariza –de nombre Juanito- es bastante más bajito que su hermana, pese a que solo se llevan dos años; peina su renegrido pelo con una raya algo torcida y tiene un rostro anodino en el que no destaca ningún rasgo en especial, quizá los ojos que, por su negrura y su chispa, se parecen a los de su hermana. El pequeño –que se llama como su padre, Anselmo- da la impresión de tener menos años de los que tiene, cuatro. Y tiene un cierto parecido a su hermano Juanito. Los chiquillos no llevan ropa nueva, pero sí limpia y van aseados y repeinados, y miran a Zaca con una mezcla de temor y respeto, al tiempo que se les nota muy cortados, salvo la mayor que tiene un aire de cierto descaro y una soterrada expectación.

   -Hola a todos –los saluda Zaca que tiene muy preparada su primera intervención como maestro-. Sentaos, por favor. Como vamos a compartir el verano, lo primero que haremos será presentarnos. Empiezo yo. Me llamo Zacarías Clavijo, pero prefiero que me llaméis Zaca, y os voy a enseñar todo lo que pueda para lo que cuento con vuestra buena voluntad. Tengo trece años cumplidos, y estudio bachillerato. Os dirigiréis a mí llamándome maestro o Zaca. Y no me habléis de usted, tuteadme pero sin faltarme el respeto. Tu turno, Sisca.

   -Me llamo Paquita Villalonga, aunque aquí podéis llamarme Sisca. Cumpliré pronto trece años. Por lo demás, todos me conocéis. Y no sé qué más decir que no sepáis –y, para mostrar su mayor familiaridad con el maestro, le pregunta-: ¿Te parece suficiente presentación, Zaca, o debo añadir más detalles?

   -Es suficiente con lo dicho, Sisca. Gracias –y Zaca se dirige a la mayor de los hermanos Ariza y, aunque sabe su nombre, le pregunta-: ¿Cómo te llamas?

   -Julia, para servir a Dios y a usted. Aunque unos  me dicen Juli y los mayores Julita. A mí me da lo mismo como me llamen. Tengo doce años cumplidos en mayo. Y como Paqui, no sé qué más decir pero, si quiere saber más, pregunte y le contestaré –añade con desparpajo.

   -Ya he dicho que no me habléis de usted, no estoy acostumbrado y me hace sentirme incómodo. Os he dicho que me llaméis Zaca o maestro. Recordadlo.

Julita y ¿qué más?

   -Ariza. Y perdona, maestro, lo de hablar de usted es la costumbre.

   -Perdonada Julia Ariza -Zaca mira al chico mediano que, al sentirse concernido, carraspea y, visiblemente azorado, dice:

   -Me llamo Juanito.

   -¿Y cuántos años tienes?

   -Diez para once –y no añade más.

   -Y tú, pequeño, ¿cuál es tu nombre? –pregunta el novel maestro al benjamín de los Ariza. El crío no contesta, mira a su hermana como pidiéndole ayuda. Que es lo que hace Julita.

    -Se llama Anselmito, pero todo le decimos Mito. Y el mes pasado cumplió cuatro años.

   -¿Pero sabe hablar?

   -Sí, maestro. Lo que pasa es que es muy vergonzoso y como es la primera vez que te ve, pues… -La chicuela ya se ha aprendido lo del tuteo.

  -Vale, vale. Me dijo vuestra madre que no habéis ido nunca a la escuela, ¿es cierto?

   -Sí, maestro, pero yo sé poner mi nombre. Me enseñó mi tío Valerio –contesta, con desenvoltura, la muchacha.

   -Bien. Ya nos hemos presentado. Vosotros -dice dirigiéndose a los hermanos Ariza-, id mirando las estampas de estos libros mientras hablo con Sisca –y, volviéndose hacia la muchacha, agrega-: Vamos a ver como andas de aritmética. ¿Sabes las cuatro reglas?

   -Sí. Me las enseñó la abuela hace tiempo. Según ella, para llevar las cuentas del Mas hay que manejar el cálculo. Hasta sé sumar y restar de cabeza si no son cifras muy grandes. Lo que no me sé bien son algunas de las tablas de multiplicar y al dividir a veces me equivoco.

   La tarde se va con las primeras y torpes aproximaciones de Zaca de lo que recuerda sobre su aprendizaje de los rudimentos de la escritura para los hermanos Ariza, y de la lectura comprensiva y de alguna regla ortográfica para Sisca. El diseño del horario de clase es uno de los asuntos que más quebraderos de cabeza producen al flamante maestro. Al principio piensa en un horario partido de mañana y tarde, como en la escuela del pueblo. Tres horas matinales y dos vespertinas. Cuando se lo dice a Paca, la masovera tuerce el gesto.

   -Haremos lo que quieras, Zaca, pero… ¿no sería mejor arrejuntar todas las horas por la tarde? Lo digo porque por la mañana Paquita me ayuda ocupándose de los animales del corral y aseando la casa y, entre unas cosas y otras, se le va más de media mañana. Y Julita también nos ayuda, con lo que igualmente está ocupada. En cuanto a los chicos, sacan a pastar dos cabras que tienen. En cambio, por la tarde están todos más libres.

   -Bueno, pues que sea por la tarde. ¿Y que horario sería el mejor?

   -El que tú fijes. Como comemos sobre las doce y media tendrías que comenzar la escuela a partir de las dos o las dos y media. Como prefieras.

   -La clase podría ser de dos y media a siete y media, con un parón de unos veinte minutos a mitad de la sesión. ¿Le parece? –Visto el mudo asentimiento de la masovera, Zaca, cambiando de tema, agrega-: Esta es la lista de material escolar que me pidió. He añadido cuadernos pautados y cartillas escolares para los niños de Pili. Ah, y necesitamos una quinta silla.

   Esa noche, Zaca, que siempre ha sido un dormilón, ha puesto el despertador a las ocho para poder desayunar al día siguiente con el resto de la familia. Pero cuando por la mañana baja a la cocina, allí solo está Concha.

   -Buenos días. ¿Dónde están los demás?

   Concha le cuenta que en la masía se madruga lo suyo, pues al alba hay que ordeñar las vacas y después se da de comer a los animales de corral. Solo cuando las bestias han recibido su ración matinal, desayunan los residentes –sobre las siete y media- .Tras lo cual, cada quien se entrega a las tareas que tiene asignadas. Pero que lo de madrugar no reza con él, pues con el horario que ha establecido no tiene nada que hacer por las mañanas. Por lo tanto, puede levantarse cuando quiera y desayunar cuando le apetezca.

   -¿Te pongo el mismo desayuno que ayer?

   -Vale. Por cierto, ¿qué es lo que ustedes suelen desayunar?

   -Aquí se trabaja duro, por eso el desayuno debe de ser fuerte -Y Concha le cuenta que en los desayunos se incluyen cereales, como el pan o galletas; lácteos, como la leche, la nata o el queso fresco; huevos fritos o revueltos, carne, fruta entera o, raramente, en zumos; muy de vez en cuando pescado, generalmente bacalao, y ensaladas con verduras de temporada, entre otros ingredientes. Y agrega-: Los desayunos cambian según lo que hay en la despensa y la fresquera y éstas suelen guardar lo que se cosecha en cada época. Por ejemplo, hoy hemos tenido revuelto con pimientos y salteado de conejo con patatas y espinacas.

   -¿Y son capaces de comerse todo eso recién levantados? – se maravilla Zaca que, como inapetente, le parece un desayuno pantagruélico.

   -Y todavía más, porque la gente no está recién levantada. Cuando el personal desayuna el que más y el que menos lleva una hora y media o más de trajín. Y no veas el saque que tienen, y cuando compruebes como trabajan encontrarás de lo más normal lo que comen.

   Tras zamparse su morigerado desayuno, el chaval se da un garbeo por los alrededores del caserón. Descubre que las dos casitas que hay frente a la masía son en las que viven, o al menos duermen, el mayoral y su mujer, y Anselmo y Pili y sus hijos. También descubre la existencia de tres pequeñas instalaciones industriales: una modesta almazara, un pequeño molino de trigo y una bodega con los cupos, prensa, botas y toneles que se usan para elaborar vino. Piensa que esos soportes son los que proporcionan autonomía de subsistencia a la masía y la convierten en una empresa agropecuaria. En la parte posterior de la casona hay una alberca bastante grande y un depósito de agua de forma circular coronado por un molino metálico de viento que seguramente es el que proporciona la energía para subir el agua. Los corrales –pues hay varios- son enormes y están llenos de gallinas, pollos, pavos, patos y una bandada de gansos. Uno de los corrales tiene el suelo de cemento sin pulir y está lleno de conejos y, adosadas a las paredes, hay jaulas en las que se ven conejas y gazapos. También hay pocilgas donde engordan varios puercos. Lo que no ve son las vacas de las que le han hablado, sospecha que han debido sacarlas a los pastos. Y, en efecto, en una pradera cercana ve varias vacas paciendo. En la zona de levante se encuentra con varios huertecillos abancalados, defendidos por terraplenes, con verduras y hortalizas. Y en la zona más meridional, y a bastante distancia de la casona, se ven casi una cuarentena de rústicas colmenas hechas con corcho y en las que le parece oír el zumbido de las abejas. A lo lejos se divisan bancales de dorado cereal en los que, además de trigo, crecen otras mieses que supone deben de ser centeno, cebada y avena. “Es la repera -piensa el chico-, este mas es completamente autónomo, tienen de todo. Claro -se dice-, por eso hay tanto trabajo, tienen mucho tajo al que atender”. Cuando se cansa de curiosear, se mete en la casona para preparar la clase de la tarde. De sus inéditos alumnos, quien más dudas le causa es el chiquitín de cuatro años, el llamado Mito. No sabe muy bien qué hacer con él. Piensa que es demasiado pequeño para enseñarle a leer y escribir, pero quizá pueda enseñarle buenos modales y algunos hábitos higiénicos, pues en el escaso tiempo que lleva en la masía ha podido darse cuenta que las buenas maneras y las prácticas saludables dejan que desear. Respecto a Julita y Juanito lo tiene claro: les enseñará a leer y escribir, aunque duda que en dos meses pueda lograr grandes resultados. En cuanto a Sisca, tendrá que reforzar su conocimiento de la lectura comprensiva, de la ortografía y lograr mayor fluidez en la operatividad aritmética. Y ya metido en harina, también buenos modales en la mesa y formas usuales en la relación social, de la que la muchacha flojea, sobre manera cuando saca a relucir su vena de pubilla caprichosa y consentida. Vuelve a la sala de estar -la que será su aula-, donde encuentra a la abuela Julia.  

   -Perdone, creía que estaba vacía y venía a preparar la clase de la tarde. Lo haré en mi habitación.

   -Estoy terminando unas cuentas, pero no me molestas, hay espacio para los dos. ¿Qué tal anda mi nieta de conocimientos? Está bastante verde, ¿verdad? Ponte serio con ella porque está muy mimada y, como te descuides, querrá torearte. No le dejes pasar ni una. Lo mejor para que los niños aprendan es mano dura. Y si en algún momento necesitas que intervenga no tienes más que decirlo. Que sepas que cuentas con mi total respaldo.

   -Muchas gracias, señora…, quiero decir abuela. Lo tendré en cuenta. Lo que no sé qué hacer es con Anselmito, es demasiado pequeño para que pueda enseñarle a leer y escribir.

   -No te preocupes. Supongo que lo que pretende Pili es quitárselo de en medio unas horas para que no le dé la tabarra. Y, aunque pienses que soy una pesada, te insisto en lo de Paquita. Como es hija y nieta única todos, comenzando por mí, la hemos mimado demasiado. El resultado es que obra como le da la gana y maldito el caso que nos hace. No dejes que te tome el pelo y mano dura con ella. Ya sabes, la letra con sangre entra.

   “Menuda mandona es esta mujer -piensa Zaca-. Habla como si fuera un sargento de la Guardia Civil. Aunque supongo que para gobernar un sitio como éste hay que tener mano dura. De todas formas, un poco de disciplina no le vendrá mal a Sisca para bajarla del pedestal en el que cree estar. Habrá que reconvertirla de pubilla a chica corriente. Supongo que no será fácil, pero al menos habrá que intentarlo. A ver cómo se lo toma”, concluye. Pese a todo, sigue teniendo muchas dudas de la eficiencia que pueda tener como maestro, pues enseñar no es lo mismo que aprender. Él ha sido, y es, un buen alumno. Ahora debe intentar ser un buen maestro. Se pregunta si lo conseguirá. “Bueno -se dice-, al menos lo intentaré, y a quien hace lo que puede no se le debe pedir más”.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 57 de la novela “El masover” titulado: Sisca, poliédrica


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 20 de enero de 2026

55. “El masover”. El Canònge no solo es un mas, también es una empresa

   La respuesta de Zaca a la petición de la tal Pili de que si puede dar clase a sus niños es cauta. No vaya a decir algo de lo que luego tenga que arrepentirse, pues no esperaba tal demanda. Y todo lo que es imprevisto le resta capacidad de procesarlo de manera lógica, al tiempo que le suele producir nerviosismo e inseguridad.

   -Señora Pili, le ruego que no me hable de usted, solo tengo trece años. Y en cuanto a enseñar a sus hijos, no sé qué decirle. Nadie me había hablado de sus chicos y, antes de darle una respuesta, lo tengo que hablar con la señora Paca, es ella la que me ha traído para darle clase a Paqui y, por tanto, supongo que algo tendrá que decir al respecto. Después, ya le contaré lo que me haya dicho –Y cambiando de tema, pues éste le incomoda, pregunta-: A todo esto, ¿dónde anda la gente? No he visto a nadie.

   -La señora Julia y Paquita están vareando un colchón, precisamente el que estaba en tu cama. La señora Julia, en la sala de estar echando cuentas y el señor Manuel en su dormitorio –le informa Concha.

   -¿Y el señor Valerio?

   -Está en los bancales junto a la Barrancada del norte con los braceros. Creo que están reparando unos ribazos. ¿Quieres comer algo más?, has hecho un desayuno muy ligero y la experiencia me ha enseñado que para aguantar bien la jornada hay que comenzar el día con un desayuno recio. La francesa que me enseñó a guisar solía repetir un proverbio, creo que indio, que dice: “Hay que desayunar como un rey, almorzar como un burgués y cenar como un mendigo”. Aunque la verdad es que en el Mas no siempre seguimos esa regla, pero es que la vida de los masos tiene sus propias exigencias.

   -No, gracias, no quiero nada más. ¿Por dónde se va a la sala de estar? –La pregunta viene a cuento porque el chico ha pensado que si la señora Julia está echando cuentas o haciendo balances es una oportunidad pintiparada para comenzar a ganársela, pues de cuentas seguro que sabe más que ella. La encuentra sentada en la mesa camilla. Está apuntando algo en lo que parece ser un libro mayor.

   -Buenos días, señora Julia. Me tiene que perdonar, pero se me han pegado las sábanas. ¿Puedo ayudarla en algo?

   -Buenos días, mocete. Es natural que no hayas madrugado. El viaje hasta aquí es cansino. Y gracias, pero me apaño sola, aunque esto de las cuentas cada vez me resultan más latosas. Debe de ser que me pesan los años. ¿Por qué no buscas a mi nieta y que te enseñe el Mas?, así te vas haciendo una idea de cómo es. Está con su madre. Sales de la casa, tuerces a la derecha, al llegar a la esquina giras otra vez a la derecha y allí las encontrarás, en el que llamamos el patio pequeño de mediodía.

   En el patio, madre e hija están vareando un viejo colchón con largas y delgadas ramas de sauce con las que golpean el jergón para ahuecar la lana de su interior. Van vestidas con unas acampanadas sayas grisáceas que casi llegan al suelo, llevan sendos sombreros de paja para resguardarse del sol y se las ve sudorosas y acaloradas. Lo de protegerse del astro rey va con las modas. Ninguna mujer que se precie quiere estar morena, no vayan a tomarla por una campesina. E incluso las labradoras se cuidan muy mucho de que el sol no las broncee. Al verle, madre e hija dejan el vareo y le saludan.

   -Buenos días, Zaca –lo saluda la masovera. Paquita hace tiempo que le contó a su madre cual es, de sus muchos apelativos, el que menos disgusta al muchacho-. ¿Has dormido bien? ¿La cama te ha parecido blanda? ¿Has desayunado? ¿Sí? Paqui, ¿por qué no le enseñas a tu maestro el lugar donde te dará escuela? -La chicuela, obediente, deja la vara, se desprende del sombrero y, con un hilo de voz, dice.

   -Si quieres, vamos y te lo enseño.

   La estancia donde Zaca dará escuela a Paquita –expresión que al chico le hace gracia, piensa que resultaría más adecuado decir dar clase, enseñar o impartir conocimientos, pero es la frase que se usa habitualmente en la comarca- resulta ser la sala de estar, relativamente espaciosa, y donde la abuela continúa con sus anotaciones contables.  Cuando Julia ve a la pareja cierra el libro mayor y pregunta:

   -¿Ya vais a empezar la escuela?

   -No, abuela. Solo quiero enseñarle la sala a Zaca por si le parece bien.

   -Por mí, vale -dice el muchacho tras echar una ojeada valorativa al cuarto que está amueblado espartanamente: una mesa camilla –la que utiliza la abuela-, cuatro sillas, una especie de mueble-librería y varios armarios de obra. Tras la ojeada, Zaca concreta lo que considera que falta-.Quizá falte una pizarra y también nos vendría bien tener algunos libros, mapas, cuadernos, lápices y demás material escolar, pero por sus dimensiones puede servir. Y tiene buena luz.

   -Haz una cosa, Sacarietes –da la impresión que lo de Zaca aún no se lo ha aprendido la abuela-. Haz una lista con todo lo que estimes necesario para las clases –aquí Julia da un salto lingüístico y habla con más propiedad-, y el lunes, que Paca va al mercat a Castellón, te lo traerá. No peques por defecto, mejor que lo hagas por exceso, pues, ya sabes: es mejor tener que desear.

   -Cómo usted diga, señora Julia. Hoy mismo haré la lista, pero antes Paquita debe enseñarme los libros y cuadernos con los que le daba repaso doña Carlota. Para no pedir material del que ya dispone.

   -Ah, una cosa, muchacho. Como vas a estar con nosotros todo el verano, mejor que vayas acostumbrándote a llamarme abuela como hace todo el mundo, aunque no lo sea tuya. Lo de señora Julia arriba, señora Julia abajo resulta cansino y andar con cumplidos no viene a cuento. Por favor.

   -Le ruego que me perdone, abuela, pero es mi costumbre llamar señor y señora a todas las personas mayores en edad, dignidad y gobierno, como dice el catecismo del padre Astete, y usted lo es en todos. Al menos, así lo creo.

   -Rediez, tiene razón Valerio cuando dice que eres más cumplido que un duelo. Aunque admito que en cuestión de modales más vale pasarse que no llegar. Os dejo solos para que habléis de lo vuestro. Ah, mocete, por si no te lo han dicho, comemos sobre mediodía. En la cocina.

   Paquita muestra a su maestro el material didáctico que usaba con doña Carlota. Zaca, sonríe al ver el manual principal de la chiquilla: es la enciclopedia de grado medio de Dalmau-Carles que él usó cuando hizo el ingreso del bachillerato y de la que antes le había examinado el tío Paco Roca. En cuanto a la escritura, el chico comprueba, por los cuadernos de clase, que la muchacha tiene una caligrafía muy mejorable y una ortografía que deja mucho que desear. Su sintaxis también es muy pobre. Tenía la esperanza de que la chica estuviera más formada, pero ve que tiene mucho trabajo por delante. Solo le quedan dos conocimientos que evaluar: la lectura y el cálculo.

   -¿Te importa leerme algo? Dame ese libro –Lo abre al buen tuntún-. Lee esta página.

  -¿Toda?

  -Hasta que yo te diga.

“También la lectura habrá que trabajarla”, piensa Zaca, tras oír la pobre expresión lectora de la muchacha y la facilidad con la que se atranca en las palabras polisílabas. “Esto es una sorpresa que no esperaba, esta chicuela está muy verde. Ponerla al día me va a llevar más tiempo del que esperaba”, se dice. Lo único que le resta por evaluar es la aritmética, pero lo deja para la tarde. Entonces recuerda la petición de la sobrina de la señora Cocha de si podría enseñar a sus chavales. Como es la que tiene a mano, interpela a Paquita:

   -La sobrina de la señora Concha, la llamada Pili, me ha pedido que si puedo dar clase a sus hijos. ¿Sabes algo de eso?

   Paquita le cuenta que Pili es la esposa de Anselmo, el segundo capataz y adjunto de Valerio, del que es sobrino carnal, y que también hace las veces de rabadán de los pastores del Mas. Al parecer, le pidió a su tío y éste a la abuela Julia si Zaca podría enseñar a sus chicos los rudimentos de la lectura y la escritura pues, prácticamente, nunca fueron a la escuela. La abuela ha descargado la decisión en su hija y ésta ha resuelto pasar la decisión a Zaca alegando que la última palabra la debe de tener el maestro. El muchacho piensa que han ido pasándose la pelota unos a otros y, a la postre, el marrón tendrá que comérselo él.

   -¿Y tendría que darles clase aparte o podría simultanearla con la tuya?

   -Que palabras tan difíciles sabes decir, simul… -y la muchacha es incapaz de completar el vocablo-. Mi madre me ha dicho que el cómo, el cuándo y todo lo demás sobre enseñarles deberá decidirlo el maestro; o sea, tú.

   -En confianza, Paqui, y aprovechando que estamos solos: ¿a la abuela qué le gustaría más, que los acogiera como alumnos o que no?

   -En confianza, Zaca. A ciencia cierta no lo sé pero, sí lo de los críos de Pili se lo ha pedido el Valerio a la abuela, has de saber que todo lo que sea tener contento a Valerio, a la abuela le viene de cara. Se lo estima mucho. Es que, ¿sabes?, la abuela es la que piensa y la que tiene la última palabra, pero el que dirige el trabajo y manda a gañanes y pastores y contrata a los braceros de fuera es Valerio. Sin él no habría Mas o seria uno del montón, y no el mejor de la contornada y, posiblemente, de la provincia. Y para serte del todo sincera, a mí me gustaría que, al menos, enseñaras a leer a Juli, la mayor de los hijos de Pili, que para mí es como una hermana y mi única amiga. Y otra cosa, ya que estamos hablando en confianza, te quiero pedir algo: cuando estemos a solas como ahora, ¿te importa llamarme Sisca, como me bautizaste, y no Paquita o Paqui? No me gusta nada mi nombre, en cambio el de Sisca me chifla. También se lo he pedido a Juli que, como te he dicho, es la hija mayor de Pili y Anselmo.

   Zaca no puede evitar una sonrisa de complicidad. “Mira por donde –se dice- no soy el único que está a disgusto con el nombre que le pusieron al cristianarlo”. Y siente nacer una corriente de simpatía hacia la muchacha. “Esta chica es mucho más maja de lo que pensé”, se dice. Otra cosa que le ha sorprendido es que Sisca es capaz de enhebrar más de dos frases seguidas, nunca le había oído unas parrafadas tan largas. Quizá es que, al sentirse más cómoda en el entorno del Mas, su proverbial timidez desaparece.

   -Si así está el panorama y la abuela quiere tener contento al mayoral, lo tengo claro. También yo la quiero tener contenta. Por tanto, dile a tu abuela que le diga a la Pili que esta tarde me envíe a sus hijos y hablaré con ellos. Y en lo que a ti respecta, desde ya, cuando estemos solos, te llamaré Sisca. A mí también me gusta más que Paquita, que no creo que sea un nombre tan feo como el mío, pero vulgar lo es un rato largo -En esas aparece Paca que pregunta:

   -Bueno, Zaca, ¿valdrá la sala de estar para dar escuela? Si no te parece bien, no te cortes y dilo con franqueza. Tenemos más cuartos donde aposentaros y haremos lo que tú digas, ya que eres el maestro.

   -Por espacio me parece bien, señora Paca. Y ya que la tengo a tiro, me ha dicho su madre que haga una lista con todo el material que necesitaré para la enseñanza. Esta tarde la haré y luego se la daré. En cuanto a los críos… -el muchacho no acaba la frase porque ha visto que Sisca le ha hecho un gesto negativo-. Ehhh, no sé qué iba a decir. Ah, sí, ya sé. Convendría que también pusieran un par de vasos y una jarra de agua. Cuando se habla mucho tiempo la garganta se te seca.

   -Así me gusta, que no te cortes y pidas lo que vayas a necesitar. En un cuarto de hora comemos. Paqui, enséñale donde puede lavarse las manos –dicho lo cual les deja.

   -¿Por qué me has hecho ese gesto cuando iba a mencionar a los críos de Pili? -pregunta el novel maestro.

   -Porque a la abuela le gusta ser la primera en dar las noticias cuando son buenas. Y la de los niños de Pili lo es. Ya irás descubriendo las manías de mi familia, no siempre salen por donde esperas.

   -Si es así, has hecho bien en avisarme. Y hasta que no conozca por donde respira cada uno y no meter la pata, necesitaré tu ayuda.

   -¿Cómo te la voy a negar si me has puesto un nombre tan precioso?

   -Tampoco es nada del otro mundo.

   -Quita, quita. Es un nombre de lo más bonito. Seguro que en toda la comarca y hasta en toda la provincia no hay una sola chica que se llame Sisca. En cambio, Paquitas las debe de haber a patadas.

   Zaca va tejiendo deducciones. Confirmado que la abuela es la que piensa y la que manda. Que se lleva muy bien con Valerio, que es el ejecutor. Y que a Sisca la tiene de su lado. Solo le falta saber los roles que juegan los esposos Villalonga y los Ariza. Y que papel desempeña la tal Pili y su marido. “Primer día, primeras sorpresas -se dice el chico-, aunque han sido sorpresas pequeñitas y no demasiado difíciles de superar”.

   Zaca creía que el Mas sería un lugar rústico, simple y sin sorpresas. “Y parece que, en efecto, –se dice-, el Canònge es rústico, pero no simple sino complejo y las sorpresas, aunque sean de medio pelo, te las encuentras a la vuelta de la esquina”. Con lo observador que es, le ha bastado poco más de veinticuatro horas para descubrir que el Canònge no solo es un mas, también es una empresa agropecuaria. Porque funciona como tal, está eficientemente organizado y todos sus integrantes saben cuál es su rol y como deben desempeñarlo. El chico no sabe mucho de empresas, solo las cuatro cosas que le contó su padre de la empresa para la que trabaja, Luz y Fuerza de Levante (LUTE). Amplía sus conocimientos leyendo lo que el diccionario enciclopédico Sopena dice sobre las empresas y sus consejos de administración y no puede, por menos, que hacer una comparación de cómo debe de ser el consejo directivo de la empresa que es el Canònge. La abuela sería la presidenta y, por tanto, la máxima responsable de dirigir el consejo, convocar y presidir sus reuniones, y actuar como enlace entre el consejo y la dirección ejecutiva, asegurando el buen funcionamiento del órgano y la correcta toma de decisiones. Su hija Paca sería la vicepresidenta no ejecutiva y, en consecuencia, un miembro de alto nivel en el consejo, pero que no estaría involucrada en la gestión diaria de la empresa, actuando como un contrapeso y garantizando el buen gobierno. Valerio tendría un doble papel: ser el consejero delegado o, por decirlo en lenguaje actual, el CEO -Chief Executive Officer-, responsable de la gestión estratégica y operativa de la empresa, actuando como el nexo entre la junta directiva y el resto del equipo. Y, al mismo tiempo, el director general del sector agrario de la empresa. Anselmo sería el director general del sector pecuario y adjunto al CEO. Y el señor Villalonga, ¿qué rol debería desempeñar? Dada su precaria salud, evidentemente su papel se reduciría a ser un retrato colgado en la galería de ilustres antepasados de la empresa. Ah, y Paquita o Sisca sería a quien están preparando para ser la futura presidenta cuando la abuela resigne el mando. “Y yo –se pregunta-, ¿qué papel representaría?”. Es obvio se responde: “el de un visitante que ve los toros desde la barrera”. Zaca todavía no ha descubierto que las obviedades no siempre tienen un desarrollo lineal. ¿Lo descubrirá?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 56 de la novela “El masover” titulado: Las dudas de un maestro primerizo