martes, 29 de julio de 2025

30. “El masover”. ¿Te vale un tirachinas y un cencerro?

  El transporte de la hierba, que necesitan las cabras y los conejos, del Prat a la Fábrica parece no tener fácil solución. Los Clavijo son conscientes de que el chico puede traer al hombro un costal de forraje, pero siempre serán cantidades modestas. El problema lo resuelve quien menos se podía pensar, la LUTE, la compañía de padre. La empresa manda una nueva bicicleta al llumero para sustituir la vieja que tenía asignada y que deberá ser dada de baja. En vez de desguazarla, como fue su primera intención, el señor Zacarías, que siempre ha sido un manitas, convierte la bici en un triciclo cuya estructura básica incluye una rueda delantera, encargada de la dirección, y dos traseras, que le proporcionan estabilidad, y entre las cuales instala un cajón de madera liviana para usarlo como contenedor. El primogénito ya tiene la máquina adecuada para traer la hierba a casa. Y no solo sirve para eso, sino que padre le manda pasear por el pueblo para que la gente admire el triciclo, único en la localidad, y quizás pueda recibir algún encargo de convertir viejas bicis en triciclos y así ganarse unas pesetas.

   Antes del primer viaje a por hierba, el primo de madre, Silvestret, da a Zaca unas lecciones prácticas sobre cómo manejar la hoz, herramienta que el chico nunca ha utilizado y que le recuerda que es uno de los emblemas del partido comunista ruso que, según algunos tertulianos del Pincho, es más malo que la tiña porque niega la propiedad privada. Sisvestret le lleva también al Prat para enseñarle sobre el terreno que yerba es mejor para los conejos y las cabras y que otras no debe recolectar. Al menos tres días a la semana, el muchacho coge el triciclo y se va a la marjalería o al Prat a segar hierba que luego carga en la máquina y la transporta a casa. Al principio, cuando el cajón del triciclo estaba repleto, pedalear se le hacía duro, pero en cuanto sus piernas se acostumbraron hacía el viaje de un tirón, solo se bajaba del triciclo para subir la rampa existente en el paso a nivel del Camí de les Marjals del ferrocarril. Y como le pasó con el pastoreo de la cabra murciana, pronto le cogió el gusto a recoger las frutas de temporada que abundaban en la marjalería y que, para no ser acusado de furtivismo, escondía entre el pastizal del día.

   De la cría de conejos, otra de las sugerencias de la abuela Julia, en cantidad relativamente grande –padre empieza el cálculo sobre un centenar-, el llumero hace números de cuanto le costaría la madera, la tela metálica, las bisagras y demás materiales para construir jaulas; así como de las obras necesarias para instalarlas en el corral de la Fábrica. Una vez hechas las cuentas, constata que le cuadran. Aunque cauto que es, antes de meterse en gastos, consulta a otro familiar de su esposa sobre la posibilidad de vender los conejos sobrantes, si ello llegara a ocurrir. El consultado es el tío Paco Traver, uno de los dos transportistas del pueblo que hacen de recaderos. Traver le cuenta que conoce a un comerciante que vende conejos en el mercado de Castellón de los lunes y que puede ponerle en contacto con él. Animado por las opiniones favorables, y siendo consciente de que los negocios tanto pueden salir bien como mal, el señor Zacarías decide poner ambos proyectos en marcha, dándole prioridad al cultivo de la alfalfa, dado que es la inversión más modesta y el negocio que parece más seguro. Y aunque tiene muy arraigado el criterio de que los negocios son cosa privativa del varón de la casa, resuelve contarlo a la familia. Lo de la alfalfa lo refiere un día en la sobremesa y, además, hace algo que en él no es habitual, pregunta a su esposa.

   -Rosario me gustaría conocer tu opinión, ¿qué piensas del asunto?

   -Lo de plantar alfalfa me parece bien. A más a más, si Silvestret se encarga de su cultivo es otro tanto a favor de la hierba, porque mi primo es muy trabajador y honrado y sé que se encargará de su cultivo a conciencia.

   Tras unos comienzos un tanto inciertos, el cultivo de la alfalfa se ha ido consolidado. El primo Silvestret ha logrado que en el marjal de la Sort de Monet de d´Alt se críe muy bien la hierba, con lo que ya no es necesario que Zaca saque a pacer las cabras todos los días. Les va tan bien que el señor Zacarías ha arrendado un marjal en la Carrassa de Les Piteres, por cuarenta duros al año, para cultivar más alfalfa. Con tal abundancia de forraje tampoco es necesario que el primogénito vaya a segar hierba al Prat, algo de lo que ahora también se encarga Silvestret, por lo que el triciclo queda arrumbado, pues el primo de Rosario tiene mula y carro y no necesita la máquina. Paradójicamente, Zaca, que al principio de usar el triciclo lo había maldecido, ahora lo echa de menos. Le causaba una enorme satisfacción ver la cara de envidia con que le miraban los otros chicos cuando pasaba montado en el cacharro de tres ruedas, pues solo él podía hacerlo, dado que no había ningún otro en el pueblo.

   Los cambios –la alfalfa, los conejos…- en la familia Clavijo comienzan a sucederse a un ritmo rápido, algo que antes no ocurría. Da la impresión de que sus aspiraciones han mutado. Ya no esperan a que ocurran cambios, sino que son ellos los que actúan para que sucedan. Este cambio de actitud se contagia a los niños, especialmente a Zaca ya que, como es el mayor, es más receptivo a la nueva escala de valores de sus padres. Y esa mutación actitudinal se materializa en un hecho que habría sido impensable en el Sacarietes de hace solo unos meses: el muchacho inicia un negocio por su cuenta, pequeño, casi irrelevante, con ganancias irrisorias, pero el emprendimiento lo ha llevado a cabo fuera del paraguas familiar, ha sido estrictamente obra suya. La idea surgió a raíz de un comentario de su amigo Manolo Pitarch. Estaban ojeando unos tebeos en el patio delantero de la casa de Manolo y, en la charla, Pitarch comentó:

   -Debes de ser uno de los que más tebeos tiene del pueblo. Si yo tuviera la mitad de los que tienes tú, me hincharía a ganar perras alquilándolos.

   -¿Los tebeos se pueden alquilar? –Pregunta, sorprendido, Zaca, que agrega-: Lo que sí hago es cambiar los míos por otros que no he leído, ¿pero alquilarlos…?

  -Con los cambios no ganas nada. En cambio, si los alquilas…

   El comentario se le debió quedar a Zaca enredado en alguna neurona porque aquella noche, antes de dormirse, estuvo dándole vueltas. ¿Quién puede querer alquilar un tebeo? Menuda tontería. Al día siguiente, mientras pastoreaba las cabras, la tontería se le volvió a colar en el magín. Tenía montones de tebeos y novelitas guardados en cajas en un altillo de la Fábrica, algunos de los cuales ni los recordaba, pues hacía mucho que los había leído. ¿Qué le costaba probar con alquilarlos, incluso revenderlos? Lentamente, como casi todo lo que hacía, fue dándole forma a la idea. Piensa que podía seleccionar algunos de los tebeos y novelitas leídos y que no fueran de los mejores, meterlos en una caja y llevarlos a la plaza o, mejor, a su antigua calle donde se encontraría más cómodo. Y esperar a ver que diablos pasa. Puede alquilarlos, venderlos o cambiarlos por otros tebeos o por otras cosas. Pero pasar de la teoría a la praxis, como les ocurre a los indecisos, le cuesta un imperio. En principio, se ve incapaz de hacer nada al respecto, pero luego recapacita y se dice que si ha sido capaz de convertirse en escrivent, de hacer de pastor, de segar hierba y de manejar un triciclo, ¿por qué no va a tener capacidad para alquilar o vender tebeos? Y en esta ocasión no va a tratar con adultos, va a hacerlo con chicos –nunca se llama niño a sí mismo- como él. El siguiente domingo, Zaquita –como le llama madre- se ha decidido y, después de la concurrida misa de doce, se planta en la esquina de la plaza Ramón y Cajal con la calle Horno, justo al lado del café del Pincho. Lleva una caja de novelas y tebeos, varios de los cuales, los más aparentes, los pone rodeando la caja como si fueran un muestrario. Y, ante su sorpresa, pronto tiene más potenciales clientes de los que podía imaginar, aunque la mayoría solo son mirones. Hasta que uno de ellos, Pèp el Tirijà -cuya familia llegó al pueblo desde Tirig, de ahí su apodo- señalando un concreto ejemplar, pregunta:

   -¿Me lo dejas?

   -No, pero si quieres te lo vendo o te lo alquilo.

   -¿Qué quiere decir eso de que me lo alquilas? –pregunta, perplejo, el Tirijà.

   -Te lo alquilo por unos días, pongamos que tres, lo lees y luego me lo devuelves.

   -Desde luego, Sacaríes, eres raro de collons. Sólo a ti se te podía ocurrir una chorrada así. Con tanto como estudias se te ha ablandado la chola.

   Pese al despectivo comentario de el Tirijà, al poco rato los mirones que pululan alrededor de la caja de tebeos se han multiplicado. A las dos horas y algo se ha cansado y recoge los ejemplares a la venta. No ha alquilado ninguno, pero ha vendido tres de ellos por dos chavos cada uno, ha cambiado otro por un cromo de Luis Regueiro -figura de la selección española de fútbol- y una novelita por dos lápices de color. Ha hecho un negocio de niño que no concuerda con la madurez que muestra en sus otras actividades, pero es que en el fondo sigue siendo un niño, a quien las circunstancias y necesidades familiares le han llevado a realizar actividades más propias de un adulto que de un muchacho. Con todo, vuelve a casa más feliz que si hubiera marcado un gol en los partidillos del recreo escolar. Y lo más importante: lo que ha hecho lo ha llevado a cabo solo. Por una vez, ha sido capaz de actuar por su cuenta. Cuando guarda los sesenta céntimos en la caja de puros, que es su hucha casera, pega el cromo del futbolista en el correspondiente álbum y mete los lápices de color en su plumier se siente como si fuera don Juan March, un ricachón como la copa de un pino.

   Zaca le coge gusto al trapicheo y, dos veces a la semana, monta su puesto de tebeos, revistas y novelas, ya leídos, en una esquina de la plaza Ramón y Cajal. Cuenta con un público que no tiene un gran poder adquisitivo, pero sí muchos objetos y cachivaches que pueden convertirse en moneda de cambio. Es lo que esta tarde ocurre. Al parecer, Bernard el Gasolinero, delgado como una caña y con una cara algo caballuna, se ha encaprichado de una novelita de amor de Corín Tellado, la reina de la literatura romántica barata, por la que Zaca pide dos perras gordas, pero el comprador parece que no tiene un céntimo.

   -Es muy cara, pero… te la cambio por esto -y echando mano al bolsillo saca un tirachinas artesanal, pero bien labrado.

  -¿Y para qué quiero un tirachinas?

  -Para cazar pájaros. 

  -Con la puntería que tengo, todos los pájaros que pueda matar pesarán menos que una perra chica. La novela vale mucho más que eso.

   El Gasolinero vuelve a coger la novelita, la hojea, lee la contracubierta y mete otra vez la mano en el bolsillo.

   -¿Te vale un tirachinas y un cencerro? –Y abriendo el puño muestra una diminuta esquila en forma de campana.

   En cuanto ve el cencerro, Zaca piensa en su cabritilla, le podría valer, pero se hace el duro, está aprendiendo a negociar.

   -A otro no le cambiaría una novela tan chula por una mierda de tirachinas y una esquila que no vale nada. Te la cambio porque eres tú y porque nuestras madres son amigas –la referencia no es del todo cierta, pero algo hay que argüir.

   Quien lo hubiera dicho del tímido e introvertido muchachito, ha aprendido a negociar. Lo que para un apocado como él es todo un paso adelante. ¿Influirá eso en la modificación de su carácter? Solo el tiempo lo dirá.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 31 de la novela “El masover”, titulado: Fiestas patronales

martes, 22 de julio de 2025

29. “El masover”. La abuela Julia

    

   Una tarde de junio, la señora Paca visita la Fábrica acompañada de alguien de quien los Clavijo han oído hablar mucho, pero que aún no conocen: su madre, la abuela Julia. La masovera hace las presentaciones formales.

   -Rosario –ambas amigas ya han llegado al tuteo-, te presento a mi madre. Y ésta es la señora Rosario, de quien tanto me ha oído hablar, y la persona del pueblo a la que más favores debemos.

   Ambas mujeres dudan un momento, parece que no saben si darse la mano o besarse. Es la abuela Julia quien se adelanta y le planta un par de besos a la llumera.

   -Es usted más joven de lo que me ha contado mi hija. Y, desde luego, mucho más guapa –la piropea la abuela.

   -Usted que me ve con buenos ojos. Y déjeme decirle que se conserva muy bien para sus años. Se llama Julia, ¿verdad?

   -Sí señora. Julia Arrufat, para servir a Dios y a usted. Arrufat es el apellido que tenía el propietario  que construyó el Mas del Canònge que, cuando se casó Paca, pasó también a ser llamado el Mas de Villalonga y en unos años, cuando se case mi nieta, Dios sabe a nombre de quien pasará.

   -Es ley de vida –asiente Rosario.

   -Y usted que lo diga.

   La anfitriona invita a sus visitantes al consabido café de puchero y sus galletas caseras. Con más calma, tiene tiempo para escudriñar mejor a Julia. Calcula que debe tener alrededor de sesenta años, es de carnes abundantes lo que provoca que se mueva con cierta torpeza, el semblante lo mantiene relativamente terso y lo que más destaca de su rostro es la viveza de sus ojos y su penetrante mirada detrás de unas gafas redondas de delgado metal. Debió ser una buena moza en su juventud, pues aún conserva cierta prestancia. Viste rigurosamente de negro, a la antigua usanza, con enagua y saya que le llegan más abajo de los tobillos. Sus únicas muestras de coquetería son un colgante del que pende un relojito, unos diminutos zarcillos y dos alianzas matrimoniales en el anular de la mano derecha –como es costumbre en la región valenciana- que pregonan su condición de viuda. Realmente, piensa Rosario, no da el tipo de masovera, más bien tiene el empaque de la matrona de una casa rica de pueblo. La llumera sabe, pues se lo contó Paca, que Julia es una mujer peculiar, bastante ilustrada para haberse criado en un mas, muy firme en sus convicciones que sostiene con denuedo y que, desde que el marido de Paca comenzó a sufrir graves problemas de salud, es la que dirige con mano firme la actividad de la masía, aunque a veces se mete en demasiados charcos por su afán de controlarlo todo. La charla entre las tres mujeres se generaliza y hablan de mil y un temas. Uno de ellos es cómo les va con la cabra murciana y si la cabritilla todavía mama. Rosario les cuenta que es su hijo mayor quien cuida de ella y los problemas que tienen en cuanto a la suficiente alimentación del animal para que dé la leche que precisan, pues además del pasto le dan alfalfa y, a veces, mondas de patatas y otros desperdicios de las comidas caseras.

   Al día siguiente vuelven Paca y su madre, pues han quedado que van a enseñarle a Julia el recinto de la Fábrica y, además, quieren que la abuela conozca al señor Zacarías que el día anterior no estaba. Julia se muestra interesada por cuanto hay en la Fábrica y plantea continúas preguntas, bastantes ciertamente indiscretas y algunas rayando en la impertinencia.

   -En los bancales, ¿qué es lo que suelen plantar?

   -Pues cosas muy variadas, sobre todo hortalizas, y en el más grande cereal.

   -Usted estará pensando: que abuela más preguntona y metomentodo, y tiene razón, pero… ¿qué sabe de la alfalfa? –la pregunta va dirigida al anfitrión, que también les acompaña.

   Al llumero le sorprende una pregunta tan directa, pero su esposa le ha puesto en guardia respecto a que la abuela es una mujer peculiar y muy suya, por lo que se limita a responder.

   -Algo sé, sobre todo que es una yerba que es un buen forraje para el ganado. Ah, y también para los conejos.

   -Pues podrían hacer una cosa: plantar alfalfa en vez de cereal. Una vez sembrada, la plantación dura entre cinco y doce años, y es especialmente resistente a la sequía. Se puede segar cada treinta días en primavera y verano, y cada cuarenta en otoño e invierno. En regadío, como es el caso de aquí, se pueden alcanzar hasta los siete cortes anuales. Con lo cual tendrán alfalfa asegurada para la cabra, al menos, para medio año. Vamos, es lo que opino –El señor Zacarías va a responder a la indiscreta masovera, cuando la vieja ya está formulando una nueva pregunta-: Y, perdonen si pregunto demasiado, ¿además de estos bancales tienen ustedes otras fincas?

   El llumero se apresta a contestar a la metomentodo de la  vieja y cortar de raíz sus impertinentes preguntas, cuando la cándida de su esposa se le adelanta.

   -Heredé de mis padres un huerto de naranjos, un pequeño campo de almendros y un marjal.

   -Pues si en el marjal siembran alfalfa un mes, más o menos, antes o después que en uno de estos bancales, pueden tener cosechas buena parte del año. Con lo cual habrán resuelto en gran medida el problema del forraje de la cabra.

   -Muchas gracias, señora Julia. Suele decirse que la experiencia es la madre de la ciencia. En su caso también es la madre de la sabiduría. Habla usted como uno de los siete sabios de… -Rosario no recuerda de donde eran los sabios de la conocida expresión popular por lo que dice lo primero que se le ocurre- París.

   Al llumero no le ha gustado un pelo la imprudente suficiencia de la vieja y no acepta tan pasivamente como su mujer la propuesta sobre la alfalfa. Por lo que le pone peros.

   -Lo de la alfalfa está bien traído, pero tiene algunas pegas. En primer lugar, los cortes de la yerba dependen de varios factores, algunos de los cuales no podemos controlar, como que haga mejor o peor tiempo. En cuanto al riego, en estos bancales no hay problema, el pozo de la antigua central tiene agua más que suficiente, pero en el marjal es otro cantar. ¿Cómo regamos, con un carabassí[CM1] ? No sé si sabe qué es.

   -Lo sé. Heredé dos marjales en la Sort de Monet de Baix que tenemos abandonados porque no podemos atenderlos. Y más de una vez he manejado el calabacín ahuecado atravesado en el borde superior por un palo y con el que se saca agua de las acequias. Y también sé que ahora se fabrican carabassís de hojalata que son más prácticos y eficaces que los antiguos.

   Zacarías, pese a sus reservas iniciales, se ha enredado con las formulaciones de la abuela, pues le parecen inteligentes, aunque siguen siendo indiscretas.

   -Me perdonará señora Julia, pero los problemas reales siguen persistiendo. Suponiendo que usemos un carabassí, sea el clásico o el de hojalata, yo no tengo tiempo para regar, tendría que contratar a un peón y no está el horno de mis dineros para eso.

   -Tienen un chico que es casi medio mozo, podría regar él.

   -Dudo mucho que tenga la fuerza necesaria para regar un marjal entero –el llumero no da su brazo a torcer, pero la abuela es terca.

   -Lo podría hacer en varios días y quizás usted podría ayudarle los domingos –insiste Julia, que agrega-: Y en todo caso, si lo de la alfalfa no les viene a mano hacerlo, tienen una partida en la que hay todo el año hierba en abundancia y es una propiedad comunal. Me refiero al Prat.

   -Supongamos que envío al chico a recoger yerba al Prat, ¿y cómo la transporta hasta aquí? Tenga en cuenta que no tenemos acémila ni carro –replica el llumero.

   -Me han dicho que es usted hombre de recursos, algo se le ocurriría.

   Cuando le enseñan el corral, la abuela vuelve a mostrar algunos de los rasgos de carácter que le atribuyen: el de ser una mujer peculiar y bastante metomentodo.

   -Tienen un corral magnífico, lástima que lo tengan tan desaprovechado.

   -Bueno, no tan desaprovechado –se apresura a replicarle el llumero, que no piensa pasarle una más a la deslenguada masovera-. Tenemos gallinas, un par de pavos y bastantes conejos que, cuando llegamos, los dejamos acampar en el suelo, pero hacían madrigueras por debajo del muro y escaparon casi todos. Ahora los tenemos en cuatro jaulas que yo mismo he construido con madera y malla de alambre.

   -Además de hombre de recursos es usted un manitas –le adula la vieja, que añade-: ¿Y por qué solo tienen cuatro jaulas?

   -No podemos tener más porque nos pasa como con la cabra, que hay que darles de comer todos los días y la yerba hay que buscarla.

   -Si hicieran lo que le he sugerido sobre la alfalfa y la siega de hierba en el Prat, en lugar de cuatro jaulas podrían tener cuarenta o más y tendrían un suministro asegurado de carne y hasta podrían vender algunos ejemplares o cambiarlos por otros alimentos.

   El llumero se ha cansado de que la abuela siga con sus impertinencias y, como parece que no vaya a remitir en su afán de indicarles lo que deberían hacer, da por terminada la charla y, alegando que tiene trabajo, deja a las mujeres. A pesar de un final más bien abrupto, el señor Zacarías no ha echado en saco roto algunas de las sugerencias de la masovera. Tendrá que echarles un pensament, como dicen en el pueblo, y ¡vaya si se lo ha echado! Dos de las propuestas: la de plantar alfalfa y criar conejos, son a las que más vueltas ha dado, y comienza a considerarlas factibles.

   Plantar alfalfa en uno de los bancales de la Fábrica y en el marjal podría ser posible, y probablemente resultaría más eficaz que los cultivos que ahora tienen. Además, la alfalfa es una planta que no requiere demasiados cuidados. Y piensa que al tener más forraje, su primogénito no tendría necesidad de sacar la cabra a pacer todos los días y le quedaría más tiempo para estudiar, que es lo primordial. De todas formas, como la agricultura no es su fuerte, antes de meterse en un tema del que no tiene grandes conocimientos, habla con uno de los primos de su mujer, Silvestret -pequeño propietario agrícola- para que le dé su opinión. Lo que le cuenta el primo es muy favorable al cultivo de la alfalfa.

   -Aunque no la utilices para la manutención de la cabra o de una supuesta camada de conejos, siempre podrías venderla, dado que la demanda, en un pueblo con incontables caballerías, está asegurada. Incluso, por unas pocas pesetas me puedo hacer cargo de todas las operaciones referentes al cultivo de la hierba, así no tendrás que preocuparte en buscar peones.

   Cauto como es, y antes de meterse en el asunto de la alfalfa, el señor Zacarías decide, que el primogénito vaya al Prat a segar yerba. Que padre quiera mandarlo a segar para la maldita cabra, a Zaca le ha sentado como un par de banderillas de fuego. Lo considera una humillación y una tarea impropia de un estudiante de bachillerato. Pese al enfado, sus protestas han sido débiles y poco consistentes, pues tiene un reverencial temor a padre. Aunque al principio tuvo la esperanza de que la resolución paterna no se llevaría a cabo porque enseguida surgió un problema: puesto que no tenían ni acémila ni carro, ¿cómo traer la hierba a la Fábrica?, dado que donde más abundancia de forraje hay es en la marjalería y el Prat, a algo más de dos kilómetros de casa y eso supone un largo camino. Ese es el resquicio por el que el muchacho piensa que puede[CM2]  escaquearse de la siega de la puñetera hierba. Como si no tuviera ya suficientes ocupaciones. ¡Maldita sea la cabra, la hierba y la vieja masovera que ha acabado de liarlo todo! Y yo que creía, se dice, que los masoveros eran más bien cautos, recelosos y que solo hablaban lo justo, y esta abuela cada vez que abre la boca es para organizar un tinglado de no te menees. ¿Por qué no se irá la puñetera de la abuela Julia a dónde crían los langostinos?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 30 de la novela “El masover”, titulado: ¿Te vale un tirachinas y un cencerro?

 [CM1]

 [CM2]

martes, 15 de julio de 2025

28. “El masover”. La cabra murciana

 

 

   El verano del 31 se presenta pleno de expectativas venturosas para el recién iniciado en el azaroso camino del bachillerato. Zaca se ha marcado una serie de metas que espera lograr antes de que comience el curso 31-32. Uno de sus objetivos es aprender a montar en bicicleta. Los velocípedos, como los llamaron al aparecer, al ser relativamente baratos, son uno de los medios individuales más populares en un pueblo en el que los desniveles, salvo la zona del Calvario, son prácticamente inexistentes. E igual ocurre en su término municipal. Aprender a manejar la bici marca uno de los hitos que todo niño torreblanquino ha de superar para pasar a otra etapa de su desarrollo. Y Zaca está dispuesto a conseguirlo.

   En casa solo hay una bici, la de padre; un armatoste de hierro que pesa un quintal y a la que no llega a los pedales si va sentado en el sillín, pero lo remedia como hacen los demás niños de su edad: pasando una pierna por debajo de la barra transversal para alcanzar el pedal del otro lado y correr con el cuerpo inclinado a la izquierda y la bici a la derecha. No es una forma cómoda de montar en bici, pero es como los chiquillos suelen comenzar en el pueblo, donde son contados los que poseen bicicletas infantiles, y Zaca no es uno de ellos. Una vez superó el aprendizaje, hasta se atrevió a subir a Pedrito, pero la experiencia fue un desastre, pues ambos hermanos dieron con sus huesos en el suelo; afortunadamente, el incidente se saldó con varias magulladuras y algún que otro moretón, pero no pasó a mayores. Eso sí, se ganaron una buena reprimenda de madre que, para que el castigo no fuera mayor, ocultó la caída a padre.

    Mientras el primogénito de los Clavijo, con su proverbial tenacidad, va logrando nuevas metas, en el tiempo que ha durado la construcción de la vivienda de los dueños del Mas del Canònge, la señora Paca y su hija Paquita han ido con frecuencia a la Fábrica, sobre todo a por agua para que los albañiles la mezclen con arena y cemento para la confección del mortero. Puesto que Paca ha vivido siempre en el Mas, está ayuna de los usos y costumbres de los pueblos. Cuando Rosario descubre esa carencia, y como la masovera le parece una buena persona, se impone introducirla en las prácticas y rutinas de la sociedad local para que pueda integrarse más fácilmente en ella. Paca, que no es culta pero sí intuitiva, se da cuenta del papel que ha tomado la llumera y no se lo comenta, pero se lo agradece de corazón. Hechos así generan que lo que comenzó siendo una relación amistosa entre ambas mujeres derive hacia una ligazón cada vez más estrecha. Incluso han llegado a la etapa del tuteo. Esa naciente amistad entre las dos matronas, así como la vecindad, dan pie a que los Clavijo hagan continuos favores a los Villalonga. Uno de los más significativos fue a raíz de la conjunción de dos factores: que la construcción avanzaba rápida, y que los días invernales eran cortos y los albañiles seguían trabajando tras la puesta del sol, por lo que empleaban quinqués en el interior de la vivienda que solucionaban parcialmente la falta de luz. Enterado de ello, el llumero dijo a la señora Paca que podía ofrecerles una solución mejor: tender un cable desde la Fábrica que, salvando el vano de la calle San Antonio, proporcionara, de forma provisional, electricidad a la vivienda, y que al ser una conexión pirata les saldría gratis. Pese a las reticencias iniciales, la señora Paca acabó aceptando la oferta. El propio llumero se encargó de hacer una instalación de fortuna en el interior de la vivienda para que unas desnudas bombillas iluminaran el trabajo de albañiles, carpinteros, fontaneros y demás oficios. Cuando los masoveros quisieron pagarle la esquemática instalación, el señor Zacarías sólo les cobró el coste del material y se negó en redondo a recibir una sola peseta por su trabajo.

   A estos favores de buenos vecinos y amigos, los masoveros han correspondido ofreciéndoles muestras de sus cosechas y ganados. Que si un capacho de patatas que este año la cosecha ha sido muy buena, que si una docena de huevos, que si una liebre cazada por los charnegos de la masía, que si un tarro de miel de romero, que si un par de botellas de aceite de algunos de sus olivos centenarios, que si unas codornices que han cazado en el parany, que si un queso de cabra de su ganado…, y cuando es la matanza de los tres cerdos que sacrifican a lo largo del año nunca falta una muestra de las longanizas, chorizos  morcillas, magro y tocino, así como alguna porción de lomo o de panceta. Rosario, en principio, se negó a recibir los regalos, más por el qué dirán que por convicción, pero acabó aceptándolos ante la insistencia de la masovera que reiteró que favor, con favor se paga.

   En esa hornada de mutuas dádivas nunca ha habido dinero por medio, ni siquiera se ha mencionado. Cada parte obsequi[CM1] a a la otra, gratis et amore, lo que está en su mano ofrecer, sin que ello suponga merma alguna de su modo de vida. Y al tiempo, ambas familias se benefician del trueque de donativos. Y así, la despensa de los Clavijo, que había mejorado notablemente gracias a las aportaciones en especies del escrivent, se colma aún más de alimentos que contribuyen de forma notable a la mejora de la dieta familiar[CM2] . Y, mira por donde, la vida de los Clavijo ha empezado a cambiar, se han puesto más recios, están mejor nutridos y sus semblantes han adquirido una tonalidad más risueña. Lo que es hacer tres comidas diarias abundantes y sabrosas.

  Hoy, en su casi diaria visita a la Fábrica, la masovera ha visto a Rosario irritada. El motivo es que se le ha retirado la leche antes de destetar a su último hijo y no tendrá más remedio que comprar diariamente dos litros del blanco líquido hasta que se produzca el destete total. Un gasto más que añadir a los cotidianos. Paca, que conoce bien las estrecheces económicas de los Clavijo, aparece unos días después con un inesperado presente. Arrastra tras ella una robusta cabra, con unas ubres tan llenas que casi rozan el suelo, y  tras la cual una asustadiza cabritilla no se separa de la madre. Lo de la cabra desconcierta a Rosario que mira, alternativa y perpleja, al animal y a la masovera sin saber qué pensar. Hasta que Paca se explica:

   -Os traigo esta cabra, de raza murciana, y que da una cantidad de leche increíble para un animal de este tamaño. Con ella, Chimet tendrá asegurada su ración de leche diaria y en cuanto la cabritilla deje de mamar y, si la alimentáis bien, hasta os sobrará leche para los demás niños o para hacer queso, manteca y cuajada.

   -Paca, una cosa es que nos regales una docena de huevos, un queso o una cesta de tomates, ¡pero una cabra! Eso no es un regalo, es… -Rosario no encuentra la palabra para calificar la dádiva, por lo que acaba la frase como puede-, es la de Dios.

   -No se trata de fardar, Rosario, pero la última vez que el encargado del ganado hizo el recuento del rebaño de cabras que tenemos, contó unas ciento cuarenta. Como comprenderás una más o menos no supone nada.

   A pesar de la explicación de la masovera, Rosario se resiste a aceptar el regalo pero, acaba asumiéndolo cuando  Paca insiste que lo hace para que al crío no le falte la leche, no sea que vaya a criarse raquítico o pueda enfermar.

   Sorprendentemente, lo de la cabra murciana acarrea más consecuencias de lo que parecía al principio, pues enseguida se plantea el problema de como alimentarla. Los Clavijo barajan tres posibles soluciones: la más barata, pero que exige más tiempo, es llevarla a pastar por los alrededores de la Fábrica; otra, es recolectar hierba o comprarla; la tercera es una combinación de las dos anteriores. Puesto que los ingresos familiares siguen siendo los justos, desde el primer momento se impone la primera opción: habrá que sacar a pacer al animal que eso no cuesta dinero. Lo que provoca otro problema: ¿quién lleva la cabra a los pastos? La composición familiar deja reducidos a dos los posibles candidatos: Zaca o Charito, Pedrito es muy chico. Cuando los padres cuentan a sus dos hijos mayores el dilema que se les presenta, el primogénito se pone como una hiena.

   -Yo no puedo sacarla, pues tengo que estudiar y encima mi labor de escrivent, al ser cada vez más solicitada, me da más trabajo aún. No tengo tiempo ni para rascarme.

   A su vez, Charito arguye que:

   -Pues yo, además de ayudar a madre en las tareas de casa, estoy aprendiendo corte y confección y a bordar a máquina con la señora Laura, la amiga de la tía Paca la Francesa y, además, lo de pastorear es trabajo de hombres.

   Curiosamente, la última razón es la que más pesa en la solución que adoptan los Clavijo: será el primogénito quien deberá encargarse de que el animal y su cría salgan todos los días a pacer, y complementarán su dieta comprando de vez en cuando alfalfa, cultivo muy extendido en el pueblo. Tras las consabidas protestas, más hechas en atención a su ego que pensando en que puedan servir de algo, a Zaca no le queda otra que apechugar con la nueva tarea. Al principio lo hace renegando y con malas caras, pero pronto se da cuenta que la ocupación le viene bien a su carácter: es un trabajo solitario, tranquilo y, al tiempo que los animales pastan sujetos a una larga cuerda, tiene tiempo para estudiar o leer una novela del Oeste, que tanto le gustan. Y hay otras consecuencias beneficiosas para el chico: la más importante es que descubre el valor de la organización, si uno organiza bien el factor temporal y su aplicación a las tareas a realizar resulta que hay tiempo para todo. Otra consecuencia es física: los diarios paseos tonifican sus piernas, las musculan -falta les hacía- y acaba teniendo un tren inferior que tiene poco que envidiar al de los chicos que antes se burlaban de él por lo patoso que era corriendo. Sus caminatas al aire libre y los tirones que ha de dar a la cabra para que le siga o no se meta en los campos cultivados inciden en su capacidad respiratoria, su caja torácica se ensancha y deja de ser el tipo enclenque y frágil que era. También descubre que en sus correrías puede hacer nuevos aportes a la despensa familiar: recolecta caracoles y cabrillas, busca espárragos silvestres, te de roca, brotes tiernos de verdolaga, cardillo o hinojo para preparar ensaladas, y cuando se desplaza a la marjalería caza ranas, tortugas y hasta anguilas. Además, en una tierra de regadío con abundancia de frutales siempre encuentra alguno cuyas frutas están en sazón. Zaca, al principio, recogía los frutos caídos que de otro modo se iban a pudrir, pero acabó cogiéndolos del árbol sin plantearse que técnicamente está robando. Finalmente, incluso acrece su léxico, vocablos que desconoce o que conoce, pero no sabía emplearlos, han dejado de ser algo ignoto: ribazo, tocón, injerto, caprino, ubres, forraje, campero y un largo rosario de nuevos vocablos. Hasta ha aprendido a ordeñar, mal que bien, la cabra y a veces se da sus buenos tragos de leche cruda antes de devolverla al corral. Lo que a sus padres ya no les viene tan a cuento es la compra de alfalfa para que el animal esté bien alimentado y proporcione la suficiente cantidad de leche.

   Sólo hay una cosa de su nueva ocupación que fastidia a Zaca: que sus amigos se burlan de él y a veces, para chincharlo, le llaman el cabrero, y cuando le dicen que está como una cabra acaban añadiendo como una cabra…murciana. Y el asunto no queda ahí, como se ha corrido la voz de lo de la cabra, algunas personas, que se aprovechan de su habilidad de escrivent, modifican este apelativo llamándole el escrivent de la cabreta. Con la de sobrenombres que ya tiene, lo que le faltaba, otro mote más. No hay nada que hacer, es mi sino, se dice. Y todo por llamarme como me llamo. ¡Padre!, ¿por qué te empeñaste en ponerme Zacarías? Con la de nombres que hay y tuviste que ponerme el tuyo.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 29, de la novela “El masover”, titulado: La abuela Julia

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