martes, 10 de junio de 2025

23. “El masover”. Who is who in Torreblanca?

Don Francisco Escartín, el nuevo maestro que acaba de llegar a Torreblanca, después de la amable acogida que le dispensó el señor Zacarías, aprovecha cada ocasión que se ve con el llumero, para seguir preguntándole sobre el pueblo y su gente.

    -Me dijo que las fincas son pequeñas, ¿por qué?

   -Porque existe la costumbre de que todos los hermanos, varones y hembras, se repartan a partes iguales la herencia familiar, con lo que, al correr los años, las fincas se van dividiendo una y otra vez y, tras varias generaciones, los campos, que a lo mejor un día fueron grandes, quedan reducidos a parcelas insignificantes. Por eso, casi todo el mundo tiene fincas, pero en muchos casos apenas dan para vivir, de ahí que algunos propietarios han de trabajar ocasionalmente como braceros para allegar más ingresos. Por otra parte, los labradores nunca pueden estar seguros de las cosechas, ya que estas dependen de si llueve o no cuando debería, de si hace calor o frío y de otras circunstancias incontrolables. Y al ser los campos pequeños, también lo son las cosechas y cualquier alteración puede suponer notables mermas de sus ingresos.

Una consecuencia indirecta de ello es que los que tenemos un jornal asegurado somos vistos, de algún modo, como unos privilegiados,

   -O sea que son minifundistas –resume el maestro. El llumero no sabe qué es minifundista, pero no lo pregunta, piensa que es mejor no mostrar ignorancia-. Entonces, aquí todos viven de la agricultura –resume el aragonés.

   -¡Hombre!, todos no, pero un ochenta por ciento, seguro, entre los que son propietarios y los que trabajan de jornaleros. No viven directamente de la agricultura los tenderos, los empleados de compañías de fuera, la gente de los oficios como los albañiles, carpinteros, herreros y demás, y las personas de carrera como usted. Por cierto, hablando de compañías de fuera, la que más empleados tiene es la Compañía de Ferrocarriles del Norte de España que gestiona el ferrocarril Valencia-Barcelona. Y lo es porque entre Torreblanca y el pueblo que hay al norte, Alcalá de Chivert, hay una subida bastante prolongada, el llamado Coll d´Alcalà, y los trenes necesitan tracción más potente para subirla. Por eso aquí hay un retén de refuerzo con locomotoras, a las que llaman las dobles, que las enganchan a los trenes hasta la estación de Alcalá. Y, claro, el retén necesita de maquinistas, fogoneros, personal auxiliar y demás. A ese personal hay que sumar la existencia de una brigada de vías y obras, más los ferroviarios de la estación, con lo que el número de empleados en el ferrocarril alcanza una cifra significativa.

   -Y de sus manías y costumbres, ¿qué me dice?

   -De las manías no sé qué decirle, y de las costumbres bien poco… La gente se tutea, pero los hijos, aunque sean mayores, hablan de usted a sus padres y, en general, a las personas mayores, a las que suele anteponerse al nombre la expresión de tíos y tías. Casi todas las familias tienen un apodo por el que se nombra a todos sus miembros y cuyo origen, en la mayor parte de casos, se pierde en el tiempo. A la palabra dada se la valora y acusarte de que no la tienes es una grave ofensa. Un ejemplo: cuando la gente vende la cosecha, el negocio se hace de palabra, no hay documentos escritos. Una costumbre curiosa: cuando hace calor, después de cenar, los vecinos sacan unas sillas a la puerta de casa para tomar el fresco y es una falta de cortesía no saludar a esos grupos si pasas por su calle. Las puertas de las casas están abiertas o cerradas solo con picaporte, porque aquí nunca pasa nada y, si pasa, la Guardia Civil se encarga de arreglarlo en un pispás. De lo suyo, de leer y escribir, suelen ir justitos, pues la mayoría, después de la etapa escolar, no vuelve a tocar una pluma o abrir un libro por lo que, con el paso de los años, olvidan la mayor parte de lo que sus maestros les enseñaron que, además fue en castellano, lengua que usan poco.

   -Es decir, que se convierten en analfabetos funcionales –sintetiza don Francisco.

   -Lo que usted diga –corrobora el llumero que no tiene ni repajolera idea qué es un analfabeto funcional, pero sigue sin querer mostrar su ignorancia.

   -¿Y qué me dice del who is who? –Al darse cuenta de que su paisano no ha entendido la pregunta en inglés, aclara-: Es decir, ¿quién corta el bacalao en el pueblo?

   -En teoría, en lo civil manda el alcalde de turno que, dados los constantes bandazos políticos, cambia con frecuencia, pero lo que es cortar el bacalao quien lo corta es el cacique de turno, como en casi todas partes. Solo he conocido un alcalde que mandaba de verdad, don Eduardo París. Le contaré una anécdota que le retrata. El pueblo tenía, como ahora, las calles de tierra y sin aceras, hasta que el alcalde París, con dos cojones, hizo la primera acera, desde la puerta de la Iglesia hasta la puerta de su casa. Cuando le acusaron de corrupto, contestó: Si todos los alcaldes que ha habido en Torreblanca hubiesen hecho lo mismo, todas las calles del pueblo tendrían aceras. Los tenía bien puestos París. En el orden público, manda el cabo de la Guardia Civil. En lo tocante a la iglesia, el señor cura y el vicario, cuando lo hay. Y en los pleitos, el juez de paz. Pero hoy por hoy quién tiene la sartén por el mango y el mango también; o sea, el cacique de turno, trabaja cerca de usted. Es su compañero, don José Domingo, quien es el cacique.

   -¡Qué raro, que un maestro sea el cacique del pueblo! –se extraña don Francisco.

   -No es tan raro. Verá, aquí hay media docena de familias ricas, lo que quiere decir que tienen muchas propiedades y, como ocurre en otras partes, alguien de esas familias debería ser el cacique, pero a sus miembros les falta un mínimo de cultura, de mano izquierda y casi todos están muy identificados con los partidos políticos que han mangoneado el gobierno de la nación desde la mayoría de edad de Alfonso XIII. En cambio, a don José Domingo, también conocido como Parra que es el apodo familiar, le sobra cultura, tiene mano izquierda como para parar un tren y es de los que se arriman al sol que más calienta, también es el único natural del pueblo con carrera y además tiene un pico de oro. Por lo que ejercer de cacique le vino rodado. Por cierto, el alcalde actual se llama Agustín Pitarch, más conocido como Agustinet  de Vèlo; el juez de paz Vicente Fabregat, pero quien maneja el juzgado es el secretario, don Domingo Calvo; el párroco se llama mosén Francisco Fumadó, pero todo el mundo le llama por el apellido, y el vicario, mosén Florencio Miralles, y a éste le llaman por el nombre, cosas de los pueblos. Contamos con dos médicos de asistencia domiciliaria, don Eulogio Ripollés y don Joaquín Queralt; dos boticarios, don Eduardo Leuba y don José Gauchía; un veterinario, don Avelino Palomar y una comadrona, la señora Prudencia. Los titulados que acabo de citar, amén de los maestros, son las únicas personas con carrera del pueblo. Los demás no hemos pasado de la escuela primaria y hay bastante gente que no sabe hacer la o con un canuto.

   -¿Y están muy politizados?

   -En general, no. Cada partido, que son más o menos los mismos de carácter nacional, tiene un grupito de radicales, pero sobran dedos en las manos para contarlos. Y que son los que conforman el ayuntamiento cuando los suyos ganan las elecciones. Pero si hubiese un partido que agrupase a los que no votan sería el que siempre ganaría, pues en las elecciones suele votar poca gente, salvo en las municipales.

   -¿Y aquí también hay independentistas como en Cataluña y en Las Vascongadas?

   -En absoluto, aquí todo el mundo se considera valenciano y, por tanto, español. Ahora, eso sí, están convencidos, como dicen ellos, de que viuen en el rovellet de l’ou. Vamos, de que viven en el mejor sitio del mundo.

   -Eso pasa en todas partes. En Valdelinares nos ufanamos que tenemos la mejor agua de todo Aragón. ¿Y de fiestas cómo andan?

   -Las fiestas patronales comienzan el 24 de agosto, festividad de San Bartolomé, patrono del pueblo. Y suelen durar alrededor de una semana. Hay dos días de iglesia y las otras jornadas se centran en los toros, que aquí gustan mucho. En la plaza mayor se monta una plaza con los carros de los labradores, que también se aprovecha por la noche para bailes y algún que otro espectáculo de zarzuela o de varietés. Y el 17 de enero son las fiestas de San Antonio que cada año organiza una calle, pero que disfruta todo el pueblo. Y en la que tampoco faltan los toros.

   -Y para no cansarle más, la última: ¿y de la manduca, cómo andan?

   -La mayoría de la gente come de lo que cosecha, lo que supone que la mayor parte de los guisos son a base de verduras, hortalizas, legumbres y cereales. A la carnicería se va poco, lo mismo que a la pescadería. Y hay una pastelería, pero que tampoco vende mucho. No es un pueblo en que se pase hambre, pero lujos los justitos.

   -Bueno, viniendo de un pueblo de pan tomar como es nuestro caso, las oportunidades que se ofrecen aquí pueden ser un lujo para mis chicos.

   La primavera ha llegado y los campos se llenan de flores, la hierba crece con ganas, la chiquillería está más revoltosa que nunca y a los adultos se les ve como más felices. Zaca piensa que así debe de ser en los demás pueblos de la vieja piel de toro pero, en sus últimas paradas para escuchar lo que los tertulianos del Pincho cuentan, descubre que no es así, al menos en lo tocante a la política nacional. Parece que las controversias políticas van de mal en peor y la división de la sociedad en dos mitades antagónicas se ahonda y consolida. Por lo que el gobierno del almirante Aznar ha pensado que quizá unas elecciones clarifiquen la situación. Darle voz al pueblo siempre es bueno en una sociedad democrática y el régimen monárquico de Alfonso XIII, aunque notablemente imperfecto, lo es. De esas próximas elecciones se hace eco Zaca.

   -Tío Joaquín, he oído en el Pincho que, para el 12 de abril, habrá elecciones municipales. Recuerdo haber oído otras veces hablar de elecciones, pero no sé lo que son.

   Su tío se lo explica y antes de que el chico le endose la siguiente pregunta y, como sabe lo preguntón que es, le para los pies.

   -Y, por hoy, basta de preguntas.

   El chico se lo ha estado pensando mucho, porque sabe que a padre lo de la política no le viene de cara, pero al final se ha dicho que poco puede perder y se lanza a preguntar.

   -Padre, ya sé que los niños no podemos votar, pero me gustaría ver como se vota, solo por curiosidad. ¿El domingo me podría llevar con usted a lo de las elecciones?  

   Al señor Zacarías la pregunta de su retoño no le ha hecho ni pizca de gracia. Llevar a su primogénito al colegio electoral no entra en sus planes. Y piensa las paradojas que se dan en la vida: él, que detesta la política, tiene un hijo al que, a pesar de que es un crío, parece que le gusta o, al menos, se interesa por ella. ¿De dónde habrá salido este mocete?, se pregunta. Mientras, Zaca espera, expectante, la respuesta de padre.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 24 de la novela “El masover”, titulado:  Un gaspatxer casi amigo

martes, 3 de junio de 2025

22. “El masover”. Los masoveros del Mas del Canònge

   

   A principios de enero del 31, la señora Rosario ve movimiento de albañiles en uno de los solares de enfrente de la Fábrica, donde no hay nada construido. Al día siguiente es Charito la que, durante el almuerzo, comenta que se ha enterado de que frente a ellos van a levantar una nueva vivienda. Días después, una conocida de Rosario le da más información al respecto: los que van a construir la nueva casa son unos masoveros que pasarán a ser sus vecinos más cercanos.

   Tras nivelar el terreno, a mediados de mes comienzan las obras de la nueva vivienda. La señora Rosario se plantea si, como vecina más cercana, debería presentar sus respetos a los dueños pero, antes de llevar su intención a la práctica, una tarde aparece una mujer que se presenta como la propietaria de la nueva casa. Debe ser de edad pareja a la suya, de mediana estatura, más bien magra y no mal parecida. Va vestida modestamente, encima del vestido lleva un delantal, calza alpargatas y su rostro revela que desconoce los afeites y cremas que muchas mujeres usan para enmascarar su edad. La forastera se presenta.

   -Buenos días, señora Rosario, perdone que la moleste. Me llamo Paca, del Mas del Canònge de Benlloch,  y soy la dueña de la casa que están construyendo frente a la de ustedes. Como vamos a ser vecinos he venido a presentarme y a decirle que tanto mi marido como yo estamos a su disposición y a la de su familia para lo que manden –Toda la parrafada la ha soltado de un tirón y se la nota un poco nerviosa, pues no hace más que estrujarse el delantal.

   -Bienvenida señora Paca –Rosario prefiere no llamarla tía como se acostumbra en el pueblo- y gracias por su ofrecimiento. Igualmente le digo que si necesitan algo de nosotros no tienen más que decirlo. Ya sabe aquello de que más vale un buen vecino que ni pariente, ni primo.

   -Muchas gracias, señora Rosario. Me habían dicho que es usted una buena persona y veo que ciertos son los toros. No la molesto más. Ah, Manuel, mi marido, vendrá a ver al suyo para hablar sobre el enganche de la luz cuando la obra esté acabada. Una pregunta, si me lo permite, ¿al señor Zacarías le gustan las perdices?

   -Mucho.

   -Entonces le diré a nuestro mayoral que en la próxima cacería guarde algunas para su marido, si es que mata alguna, pues parece que cada vez hay menos. Bueno, no le doy más la tabarra. Quede con Dios y, ya sabe, a mandar que para eso estamos.

   Una conocida de la señora Rosario, Consuelo la Maicalles, tesorera de todas las noticias y chismes que circulan por el pueblo, le cuenta que sus nuevos vecinos son los dueños del Mas del Canònge, llamado así porque lo mandó construir un canónigo de la sede episcopal de Segorbe que, al morir, se lo legó a la hija, no reconocida, que tuvo con su ama de llaves. Y que Paca, descendiente de aquel transgresor clérigo y actual propietaria, se casó con Manuel Villalonga, un chico de Cabanes, de buena familia, que últimamente anda con problemas de salud. Tienen una niña bautizada como su madre, Francisca, pero a la que todo el mundo llama Paquita para diferenciarla de la madre, a la que se refieren siempre como Paca. La familia la completa la madre de Paca, la abuela Julia, de la que las malas lenguas aseguran que es la que lleva las riendas del mas desde que su yerno enfermó, y de la que afirman que, pese a su edad, es mujer de armas tomar.

   Al parecer, los Villalonga andan bien de dinero ya que, además del Mas, tienen otros muchos bienes raíces y hasta se comenta que sus buenos duros depositados en la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Castellón, y encima son de poco gastar. Prueba de que andan bien de numerario es que el solar, en el que van a construir, lo han pagado a tocateja. La futura casa tendrá dos plantas, un largo patio en la parte de atrás con puerta que dará al campo porque es terreno que aún no está comprendido dentro del plan urbano. También se rumorea que el motivo que les ha impulsado a tener casa en Torreblanca es porque quieren que su hija vaya a la escuela del pueblo que tiene fama de ser la mejor del contorno. Y que la niña, pubilla ella, está muy mimada. Todo esto, que se lo ha contado la Maicalles, a su vez lo relata la señora Rosario en una sobremesa. Zaca escucha a madre atentamente y su mente analítica desdeña los detalles que podrían calificarse como caseros y se centra en el concepto de mas, que es donde viven los que serán sus nuevos vecinos. El chaval sabe que es un mas, pero lo desconoce casi todo de ellos. No ignora que en el término municipal del pueblo existen varios, le suenan los nombres del Mas Nou, el de Carruano y el d´Enqueixa, pues son algunos de los que visita su padre cuando recorre la línea eléctrica de Cabanes a Torreblanca. Como acostumbra, se dice que en cuanto tenga oportunidad debe de aprender más sobre los masos. Días después se le presenta la ocasión de ampliar esos conocimientos. Su madre le ha enviado a dar un recado a su tía Matilde, una de las hermanas de padre, que está casada con Daniel del Mas de Quiquet. Zaca se lleva muy bien con su tío, pues es persona bondadosa y amable.

   -Hombre, Sacarietes –el tío es de los que sigue llamándole así-, ¿tú por aquí?, ¿traes algún recado para mí?

   -Lo traía a la tía, a usted voy a pedirle otra cosa. Si me podía contar algo de los masos. Sé muy poco de ellos, y padre me ha dicho que usted, que nació y vivió en uno, es la persona más indicada para contarme como son.

   El tío se acomoda, invita al muchacho a sentarse, enciende la cachimba y comienza su explicación: 

   -A los masos se los llama de diferente forma según la región: en Cataluña se llaman masía, en Aragón masada y en nuestra región mas en singular y masos en plural. Un mas es una casa de campo con unos terrenos agrícolas a su alrededor y en los que se incluye el edificio principal. En nuestra provincia los masos son especialmente abundantes en las comarcas más accidentadas como el Maestrazgo. Hay pueblos de esa zona que cuentan con un importante número de masos. Morella tiene unos 365, Ares, 160, Benasal, 175 y Catí, alrededor de 80. Y no solo hay masos en las comarcas montañosas, también los hay en zonas no muy alejadas del mar, como El Campàs, aquí en Torreblanca.

   -¿Los masos son cómo las casas del pueblo?

   -No exactamente, porque son edificios aislados y unifamiliares. Generalmente, están hechos de piedra sin pulir, aunque también se utiliza la arcilla, la cal y el cemento; así como la madera para las vigas, puertas y ventanas y el entramado de cañas para los techos que se cubren con tejas. Suelen tener una planta o dos y los más grandes pueden tener hasta tres. Además de la vivienda, cuentan con establos para el ganado, graneros, pajares y los masos con más poderío pueden tener varios corrales y otras dependencias.

   -¿Una alquería o una barraca es lo mismo que un mas?

   ­-No. La alquería es una casa de campo en la costa y está relacionada con las tierras de regadío. Y la barraca, abundante en la huerta de Valencia, es una construcción propia de zonas bajas hecha con troncos de chopos, cañas, paja, barro y otros materiales pobres.

   -¿Y qué clase de vida llevan los masoveros?

   -En general, bastante solitaria y muy aperreada pues, al no tener vecinos o los que tienen viven lejos, todo se lo tienen que hacer ellos. Han de ser, en buena medida, autosuficientes y solo viajan al pueblo más cercano cuando intercambian o venden sus productos; cuando han de comprar vestidos, calzado o herramientas del campo, y cuando necesitan algunos servicios básicos, tales como el médico, el cura, el veterinario, etcétera. Por otro lado, es una vida tranquila y sana. Se trabaja mucho, pero sin prisas y en contacto directo con la naturaleza.

   -¿Y por qué la gente del pueblo cree que los masoveros son unos palurdos ignorantes?

   -Porque los desconocen. Nada más lejos de la realidad. Es cierto, que muchos masoveros, dado el aislamiento en el que viven, no pudieron ir a la escuela y no aprendieron a leer y escribir. Pero de ignorantes, nada; tienen más conocimientos de la  tierra, de las plantas y de los animales del campo que los labriegos de los pueblos.

   -¿Los masoveros son los dueños de los masos?

   -Hay de todo, aunque, generalmente, no. Los masoveros reciben la tierra en alquiler a cambio de una renta o a pagar en especies al propietario, con la obligación de cultivar las tierras y darle una parte importante de las cosechas. Y, aunque no sean los propietarios de las fincas, disponen libremente de su explotación. La familia de los masoveros es, al mismo tiempo, una unidad de producción y consumo, siguiendo el tipo de economía tradicional del mundo rural, con una vida más dura que en los pueblos, dado que las condiciones son más extremas. Y por hoy está bien. Creo que te he contado lo más destacado de los masos y sus habitantes.

   -De unos nuevos vecinos que tenemos, dicen que sólo tienen una hija y que es la pubilla. ¿Eso qué quiere decir?

    -La pubilla es, en Cataluña, la hija mayor destinada a recibir la herencia en ausencia de un hijo varón. Lo hacen por la necesidad de evitar la división del patrimonio familiar y mantener la economía de la familia, basada en la agricultura. Es una costumbre que aún hoy se conserva.

   -¿Aquí también?

   -No, aquí no, pero la expresión de la pubilla se emplea cuando se tiene una única hija. Así como se habla del hereu cuando es un hijo único. Y déjame que te diga que eres más preguntón que un carabinero. Y, por cierto, me pica la curiosidad: ¿por qué estás interesado por los masos?

   -Porque delante de la Fábrica están construyendo una casa unos masoveros que vienen del Mas del Canònge.

   -Lo conozco, he estado en él varias veces, pues es zona de buena caza. Es uno de los masos más ricos y conocidos de Benlloch. Es raro que Manuel Villalonga, su dueño, lo deje, pero tendrá sus razones. Supongo que lo hará por su cría que tengo entendido que al ser pubilla está muy mimada.

   Días después de esta charla, la presunción del tío Daniel se ve confirmada. La señora Paca lleva una bolsa de espinacas a Rosario, pues sabe que la esposa del llumero sufre de estreñimiento crónico. Para agradecerle el gesto, Rosario la invita a café de puchero y galletas caseras. Durante la charla, la masovera le cuenta que el principal motivo por el que construyen la casa es su hija Paquita, que anda muy retrasada en su formación y, aunque su marido se oponía, la abuela Julia les convenció que la única manera de que la xiqueta aprendiese bien a leer, escribir y hacer cuentas era escolarizarla en un pueblo que tuviese buenos maestros y ese es el caso de Torreblanca. En cuanto la casa esté acabada, ella y la niña vendrán a vivir al pueblo, al menos mientras dure el curso, en tanto que su madre y su marido se quedarán en el Mas para atender las tierras y los ganados que allí tienen.

   Cuando se va la masovera, Rosario piensa que la vida en una masía debe de ser tristona, pues el aislamiento y la soledad no pueden producir más que tristeza. ¡Pobre gente!, se dice. Comprendo que vengan a vivir al pueblo, la vida en un sitio tan solitario como un mas debe de ser aburridísima. Y recuerda que cuando su marido decidió que fueran a residir a la Fábrica, pensó que vivir allí sería como hacerlo en un mas, pero nada más lejos de la realidad. Prueba de ello es que el vecindario acaba de aumentar, aunque se trate de unos masoveros. Será una buena ocasión para saber de que pasta están hechos los habitantes de las masías. Y estos pobres masoveros del Canònge pueden servir como piedra de toque.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 23 de la novela “El masover” titulado: Who is who in Torreblanca?

 [CM1]

martes, 27 de mayo de 2025

21. “El masover” Vivim en el rovellet de l´ou

 Las navidades de 1930 han sido para la familia Clavijo cómo la de otros años. Los niños han puesto el modesto belén en el que cada año hay menos figuritas pues a veces se rompen, pero las más importantes siguen ahí: las del establo, algunos pastores, los reyes magos a lomos de sus camellos, y tampoco falta el río hecho con papel de plata. A todo ello padre ha añadido este año un molino de viento hecho con un aislador de bakelita. Los niños han cantado los villancicos de siempre, más uno nuevo que  aprendieron en la escuela y que comienza así: Al cañaveral espeso, una caña fui a cortar… pues, pese a que en el pueblo casi todo el mundo es valenciano-parlante, en la escuela las clases se dan en castellano. Y a pesar de que los Clavijo no son de los más practicantes, toda la familia asistió a la misa del Gallo y al finalizarla se pusieron en la cola para besar al Niño Jesús que portaba mosén Fumadó.

   El día de Navidad, madre preparó una gallina en pepitoria y el día de Año Nuevo hizo canelones. La gallina no le ha gustado al inapetente Zaca, pero los canelones se los comió bien. No han faltado los turrones, el mazapán, los polvorones y una botella de sidra de la marca El Gaitero, de la que solo han dejado probar unas gotas a los niños mayores. No han existido lujos, pero no ha faltado lo básico. Y sobre todo, en el seno familiar ha habido una cierta sensación de paz porque, pese a algunas estrecheces pecuniarias, la vida de los Clavijo se va desarrollando más bien que mal. Como suele recordar madre mostrando un desconocido talante estoico: tenemos salud que es lo que importa, todo lo demás es prescindible.

   Pasadas las celebraciones, la vida retoma su curso habitual: padre a su trabajo, madre a sus labores, Zaca a seguir con el bachillerato, Charito a la escuela de doña Amparito, Pedrito a la escuela de los cagones y Chimet a los brazos de madre.

   Hoy, el primogénito, cuando volvía de clase, ha hecho la parada habitual en el café del Pincho pues, a pesar de estar en invierno, estos suelen ser muy suaves en Torreblanca y, salvo algún día en que llueve o sopla la tramontana, las terrazas de cafés y tabernas siguen abiertas, y los adictos al juego continúan con sus partidas y, tras finiquitarlas, comienza la tertulia en la que los asuntos de la política nacional ocupan un lugar preferente. Y aunque al chico la política sigue sin interesarle lo más mínimo, su innata curiosidad le impele a enterarse, por medio de esa especie de diario oral que es la tertulia, de cuanto ocurre en el mundo y, en especial, en el país. Los comentarios de hoy giran en torno a que la vida de la nación se está deteriorando a marchas forzadas, pues la división de la ciudadanía en dos grupos antagónicos: monárquicos y republicanos, se ahonda por momentos. El chico no entiende todo lo que se comenta y, como no se atreve a preguntar a padre, ha tenido que buscar a otros miembros de la familia para que le ilustren, los dos hermanos de madre: el tío Joaquín y el tío Antonio, y el hermano pequeño de padre, el tío Miguel. Los tres son jóvenes y escasamente interesados en los asuntos políticos, pero se han ofrecido a explicarle aquellos hechos y conceptos que van más allá de los saberes del chaval.

    -Hablan del gobierno del general Berenguer como de una dictablanda, ¿qué es eso?

   -Así llamaban también al gobierno de Primo de Rivera. Supongo que es una dictadura menos dura que otras, como las de Mussolini o de Hitler –explica el tío Joaquín.

   -Según contó don Avelino, el Rey ha nombrado nuevo presidente de gobierno a un almirante llamado Aznar y este ha formado un gobierno de concentración monárquica. ¿Eso qué quiere decir?

   -De seguro, no lo sé, pero imagino que será porque tendrá muchos ministros monárquicos –especula el tío Antonio.

   -Y así debe de ser, porque uno de los ministros es el conde de Romanones –confirma el tío Miguel.

   -¿Quién es Romanones? –repregunta el chaval.

   -Sobrino, eres un pesado ¿no te cansas de preguntar? –le dice Antonio.

   No, el chaval no se cansa, tiene una curiosidad inabarcable, y hecho, palabra o concepto que desconoce, pregunta al canto, porque su libreta de los secretos la tiene prácticamente llena y está harto de la respuesta genérica de que cuando seas mayor lo entenderás. Con eso se ha conformado hasta ahora, pero ya no le vale, intuye que si quiere conocer a fondo el mundo de los adultos, en el que, más pronto que tarde, le tocará vivir, no debe esperar a ser mayor, cuanto antes sepa más de ese mundo, más preparado estará para afrontarlo con alguna garantía de que sabrá desenvolverse en el mismo. Por eso, no le importa que le llamen pesado, cansino, preguntón y hasta fisgón –que tampoco sabe qué es-. Mucho le está ayudando el Diccionario Enciclopédico Ilustrado de la Lengua Española, de la editorial Sopena de Barcelona, que le regaló hace poco la tía Emilia y que le está evitando cansar aún más a los mayores.

   En el grupo escolar del pueblo, en septiembre pasado, se incorporó un nuevo maestro, don Francisco Escartín, que ha obtenido la plaza por concurso de traslados desde la turolense localidad de Mora de Rubielos. Estuvo en la oficina de la LUTE –que es lo mismo que decir en casa de los Clavijo- para solicitar el alta de la luz eléctrica y la instalación del correspondiente contador. El señor Sacaríes, cuando se enteró de la procedencia del docente, pegó la hebra con él, pues Mora está muy cerca de Alcalá de la Selva, de la que es natural la familia de los Clavijo.

   -En Alcalá de la Selva, solo estuve una vez para visitar el Santuario de la Virgen de la Vega, que todo lo que tiene de sobrio por fuera lo tiene de barroco por dentro -comentó el maestro, que añadió-: ¿Y hay muchos paisanos nuestros en el pueblo?

   -Que yo sepa, de la comarca de Gúdar solo estoy yo. ¿Usted de dónde es? –En Torreblanca a todos los individuos con carrera se les antepone el don sin excepciones, y lo mismo a sus esposas o maridos, aunque sean iletrados.

   -Soy de Valdelinares. Y entre paisanos, ¿qué me puede contar del pueblo en general? –El maestro, de momento, se contenta con generalidades, tiempo habrá de ahondar la relación y formular preguntas más concretas y comprometidas.

   -El pueblo tiene unos 3600 habitantes. La población es llana, de calles espaciosas y edificios generalmente de una o dos plantas. Tiene luz eléctrica, fuentes públicas de agua potable y lavaderos públicos. Se habla mayoritariamente el valenciano, aunque todo el mundo entiende el castellano y, mejor o peor, también lo chamulla. Dista unos 40 kilómetros de Castellón y 3 del mar, en el que hay un barrio o, mejor dicho, una pedanía llamada Torrenostra. Los productos que más se dan son: naranjas, aceite, algarrobas, almendras, cereales, pesca, y hay un yacimiento de turba en el prado pantanoso junto al mar. Tiene buenas comunicaciones, pues cuenta con ferrocarril y coche de línea a Castellón y también hay dos ordinarios, Trinitario el Chato y Paco Traver,  que viajan a la capital una vez a la semana.

   -Y ese barrio o pedanía llamada Torrenostra, ¿cómo es?

   -Es un poblado de pescadores. Tiene alumbrado eléctrico, fuentes de agua potable y algunas tiendas. La playa reúne buenas condiciones para tomar baños de mar aunque son escasos los visitantes forasteros, y es un punto de salida de bastante pesca. Aunque la gente del pueblo vive de espaldas al mar y a los pescadores.

   -¿Y hay industria?

   -No, salvo que quiera llamar industria al aprovechamiento del yacimiento de turba, en la que trabajan una decena de braceros, o las dos fabriquitas de jabón y de lejía en la que solo trabajan el dueño y un operario, o los tres molinos de aceite. Como para muestra vale un botón, solo le diré que al único edificio al que llaman la Fábrica es una vieja central eléctrica de carbón que está abandonada desde hace años.

   -¿Y de esparcimientos cómo andan?

   -Lo que más abunda son las tabernas y además hay cuatro cafés: el de Arturo, Les Catalanes, el de Manolo el Pincho y el de Agustín el Meme. También tenemos dos cines y dos terrazas que funcionan como cines de verano, que ponen películas los jueves, sábados y domingos en sesión de noche y los festivos y domingos en sesión de tarde. Hay una compañía de aficionados al teatro llamada Juventud Alegre, que de vez en cuando monta alguna obra. Y algunos domingos y días de fiesta se organiza un baile en una de las terrazas de verano. Hubo un cura que organizó bailes regionales, pero solo funcionó un año, pues lo que gusta a la juventud es el baile agarrado. También hay un trinquete y un campo de fútbol. Ah, y existen tres casas…–va a decir putas, pero busca un eufemismo- de pelanduscas. Y no sé qué más puedo contarle.

   El tiempo pasa y ambos turolenses estrechan su relación y, al saber que uno de los chicos del docente cursará el próximo año primero de bachillerato, el señor Sacaríes le ha prometido que le pasará los libros de ese curso que ahora está usando su hijo. Afianzada la relación, el de Valdelinares ve llegado el momento de preguntar a su paisano sobre los torreblanquinos: sus costumbres, sus manías y todo cuanto quiera contarle.

  -Bueno, aquí, como en nuestra tierra, hay toda clase de personas. En general, puede decirse que no son mala gente. Muy trabajadores, aunque les gustan más las fiestas que a un tonto un lápiz. Son bastante generosos con lo que les sobra que no es demasiado porque, aunque en parte es tierra de regadío, los campos son muy pequeños y las cosechas, a veces hasta dos al año, también son cortas. De esas cosechas viven y lo que les sobra es lo que venden a los comerciantes de frutas y verduras, de los que hay varios. Como en todos los pueblos pequeños, la gente es muy aficionada a los rumores, bulos y cotilleos. A los que no somos de aquí al principio nos miran con cierto recelo, hasta que con el paso del tiempo dejas de ser un foraster, que es como llaman a los de fuera. Y no sé que más puedo contarle.

  -Contarme no sé, pero si puede hacer algo por mí. Puesto que somos paisanos y he comprobado que es un hombre que se viste por los pies, podríamos tutearnos, ¿no te parece?

   -Verá usted, don Francisco, aquí existe la costumbre de que a las personas con carrera, como es su caso, siempre se les antepone el don al nombre. Y yo soy de los que no les gusta romper las costumbres. Por lo tanto, muchas gracias por su ofrecimiento, que valoro en su justa medida, pero, si no le importa, seguiré llamándole don Francisco o don Paco, como prefiera.

   A grandes rasgos, así era la Torreblanca de 1931 en la que residía la familia Clavijo. Un pueblo mediterráneo, pero que vivía de espaldas al mar que tan cerca tenía. Un pueblo que dependía de la agricultura para subsistir, pues no existía ninguna industria ni visos de que la hubiera en un mañana incierto. Un pueblo cuyos habitantes no tenían expectativas de futuro y se conformaban con un presente mediocre. Un pueblo que, a su manera, era relativamente feliz, pues los naturales practicaban, quizás sin saberlo, la filosofía del carpe diem. De ahí que cuando els torreblanquins se sentían eufóricos alardeaban aquello de vivim en el rovellet de l´ou. Y lo más chusco es que creían a pies juntillas que vivían en la yemita del huevo. Es decir, en el mejor lugar del mundo mundial. Hay que entenderles. Viajaban poco.

           

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 22 de la novela “El masover”, titulado: Los masoveros del Mas del Canònge