martes, 27 de mayo de 2025

21. “El masover” Vivim en el rovellet de l´ou

 Las navidades de 1930 han sido para la familia Clavijo cómo la de otros años. Los niños han puesto el modesto belén en el que cada año hay menos figuritas pues a veces se rompen, pero las más importantes siguen ahí: las del establo, algunos pastores, los reyes magos a lomos de sus camellos, y tampoco falta el río hecho con papel de plata. A todo ello padre ha añadido este año un molino de viento hecho con un aislador de bakelita. Los niños han cantado los villancicos de siempre, más uno nuevo que  aprendieron en la escuela y que comienza así: Al cañaveral espeso, una caña fui a cortar… pues, pese a que en el pueblo casi todo el mundo es valenciano-parlante, en la escuela las clases se dan en castellano. Y a pesar de que los Clavijo no son de los más practicantes, toda la familia asistió a la misa del Gallo y al finalizarla se pusieron en la cola para besar al Niño Jesús que portaba mosén Fumadó.

   El día de Navidad, madre preparó una gallina en pepitoria y el día de Año Nuevo hizo canelones. La gallina no le ha gustado al inapetente Zaca, pero los canelones se los comió bien. No han faltado los turrones, el mazapán, los polvorones y una botella de sidra de la marca El Gaitero, de la que solo han dejado probar unas gotas a los niños mayores. No han existido lujos, pero no ha faltado lo básico. Y sobre todo, en el seno familiar ha habido una cierta sensación de paz porque, pese a algunas estrecheces pecuniarias, la vida de los Clavijo se va desarrollando más bien que mal. Como suele recordar madre mostrando un desconocido talante estoico: tenemos salud que es lo que importa, todo lo demás es prescindible.

   Pasadas las celebraciones, la vida retoma su curso habitual: padre a su trabajo, madre a sus labores, Zaca a seguir con el bachillerato, Charito a la escuela de doña Amparito, Pedrito a la escuela de los cagones y Chimet a los brazos de madre.

   Hoy, el primogénito, cuando volvía de clase, ha hecho la parada habitual en el café del Pincho pues, a pesar de estar en invierno, estos suelen ser muy suaves en Torreblanca y, salvo algún día en que llueve o sopla la tramontana, las terrazas de cafés y tabernas siguen abiertas, y los adictos al juego continúan con sus partidas y, tras finiquitarlas, comienza la tertulia en la que los asuntos de la política nacional ocupan un lugar preferente. Y aunque al chico la política sigue sin interesarle lo más mínimo, su innata curiosidad le impele a enterarse, por medio de esa especie de diario oral que es la tertulia, de cuanto ocurre en el mundo y, en especial, en el país. Los comentarios de hoy giran en torno a que la vida de la nación se está deteriorando a marchas forzadas, pues la división de la ciudadanía en dos grupos antagónicos: monárquicos y republicanos, se ahonda por momentos. El chico no entiende todo lo que se comenta y, como no se atreve a preguntar a padre, ha tenido que buscar a otros miembros de la familia para que le ilustren, los dos hermanos de madre: el tío Joaquín y el tío Antonio, y el hermano pequeño de padre, el tío Miguel. Los tres son jóvenes y escasamente interesados en los asuntos políticos, pero se han ofrecido a explicarle aquellos hechos y conceptos que van más allá de los saberes del chaval.

    -Hablan del gobierno del general Berenguer como de una dictablanda, ¿qué es eso?

   -Así llamaban también al gobierno de Primo de Rivera. Supongo que es una dictadura menos dura que otras, como las de Mussolini o de Hitler –explica el tío Joaquín.

   -Según contó don Avelino, el Rey ha nombrado nuevo presidente de gobierno a un almirante llamado Aznar y este ha formado un gobierno de concentración monárquica. ¿Eso qué quiere decir?

   -De seguro, no lo sé, pero imagino que será porque tendrá muchos ministros monárquicos –especula el tío Antonio.

   -Y así debe de ser, porque uno de los ministros es el conde de Romanones –confirma el tío Miguel.

   -¿Quién es Romanones? –repregunta el chaval.

   -Sobrino, eres un pesado ¿no te cansas de preguntar? –le dice Antonio.

   No, el chaval no se cansa, tiene una curiosidad inabarcable, y hecho, palabra o concepto que desconoce, pregunta al canto, porque su libreta de los secretos la tiene prácticamente llena y está harto de la respuesta genérica de que cuando seas mayor lo entenderás. Con eso se ha conformado hasta ahora, pero ya no le vale, intuye que si quiere conocer a fondo el mundo de los adultos, en el que, más pronto que tarde, le tocará vivir, no debe esperar a ser mayor, cuanto antes sepa más de ese mundo, más preparado estará para afrontarlo con alguna garantía de que sabrá desenvolverse en el mismo. Por eso, no le importa que le llamen pesado, cansino, preguntón y hasta fisgón –que tampoco sabe qué es-. Mucho le está ayudando el Diccionario Enciclopédico Ilustrado de la Lengua Española, de la editorial Sopena de Barcelona, que le regaló hace poco la tía Emilia y que le está evitando cansar aún más a los mayores.

   En el grupo escolar del pueblo, en septiembre pasado, se incorporó un nuevo maestro, don Francisco Escartín, que ha obtenido la plaza por concurso de traslados desde la turolense localidad de Mora de Rubielos. Estuvo en la oficina de la LUTE –que es lo mismo que decir en casa de los Clavijo- para solicitar el alta de la luz eléctrica y la instalación del correspondiente contador. El señor Sacaríes, cuando se enteró de la procedencia del docente, pegó la hebra con él, pues Mora está muy cerca de Alcalá de la Selva, de la que es natural la familia de los Clavijo.

   -En Alcalá de la Selva, solo estuve una vez para visitar el Santuario de la Virgen de la Vega, que todo lo que tiene de sobrio por fuera lo tiene de barroco por dentro -comentó el maestro, que añadió-: ¿Y hay muchos paisanos nuestros en el pueblo?

   -Que yo sepa, de la comarca de Gúdar solo estoy yo. ¿Usted de dónde es? –En Torreblanca a todos los individuos con carrera se les antepone el don sin excepciones, y lo mismo a sus esposas o maridos, aunque sean iletrados.

   -Soy de Valdelinares. Y entre paisanos, ¿qué me puede contar del pueblo en general? –El maestro, de momento, se contenta con generalidades, tiempo habrá de ahondar la relación y formular preguntas más concretas y comprometidas.

   -El pueblo tiene unos 3600 habitantes. La población es llana, de calles espaciosas y edificios generalmente de una o dos plantas. Tiene luz eléctrica, fuentes públicas de agua potable y lavaderos públicos. Se habla mayoritariamente el valenciano, aunque todo el mundo entiende el castellano y, mejor o peor, también lo chamulla. Dista unos 40 kilómetros de Castellón y 3 del mar, en el que hay un barrio o, mejor dicho, una pedanía llamada Torrenostra. Los productos que más se dan son: naranjas, aceite, algarrobas, almendras, cereales, pesca, y hay un yacimiento de turba en el prado pantanoso junto al mar. Tiene buenas comunicaciones, pues cuenta con ferrocarril y coche de línea a Castellón y también hay dos ordinarios, Trinitario el Chato y Paco Traver,  que viajan a la capital una vez a la semana.

   -Y ese barrio o pedanía llamada Torrenostra, ¿cómo es?

   -Es un poblado de pescadores. Tiene alumbrado eléctrico, fuentes de agua potable y algunas tiendas. La playa reúne buenas condiciones para tomar baños de mar aunque son escasos los visitantes forasteros, y es un punto de salida de bastante pesca. Aunque la gente del pueblo vive de espaldas al mar y a los pescadores.

   -¿Y hay industria?

   -No, salvo que quiera llamar industria al aprovechamiento del yacimiento de turba, en la que trabajan una decena de braceros, o las dos fabriquitas de jabón y de lejía en la que solo trabajan el dueño y un operario, o los tres molinos de aceite. Como para muestra vale un botón, solo le diré que al único edificio al que llaman la Fábrica es una vieja central eléctrica de carbón que está abandonada desde hace años.

   -¿Y de esparcimientos cómo andan?

   -Lo que más abunda son las tabernas y además hay cuatro cafés: el de Arturo, Les Catalanes, el de Manolo el Pincho y el de Agustín el Meme. También tenemos dos cines y dos terrazas que funcionan como cines de verano, que ponen películas los jueves, sábados y domingos en sesión de noche y los festivos y domingos en sesión de tarde. Hay una compañía de aficionados al teatro llamada Juventud Alegre, que de vez en cuando monta alguna obra. Y algunos domingos y días de fiesta se organiza un baile en una de las terrazas de verano. Hubo un cura que organizó bailes regionales, pero solo funcionó un año, pues lo que gusta a la juventud es el baile agarrado. También hay un trinquete y un campo de fútbol. Ah, y existen tres casas…–va a decir putas, pero busca un eufemismo- de pelanduscas. Y no sé qué más puedo contarle.

   El tiempo pasa y ambos turolenses estrechan su relación y, al saber que uno de los chicos del docente cursará el próximo año primero de bachillerato, el señor Sacaríes le ha prometido que le pasará los libros de ese curso que ahora está usando su hijo. Afianzada la relación, el de Valdelinares ve llegado el momento de preguntar a su paisano sobre los torreblanquinos: sus costumbres, sus manías y todo cuanto quiera contarle.

  -Bueno, aquí, como en nuestra tierra, hay toda clase de personas. En general, puede decirse que no son mala gente. Muy trabajadores, aunque les gustan más las fiestas que a un tonto un lápiz. Son bastante generosos con lo que les sobra que no es demasiado porque, aunque en parte es tierra de regadío, los campos son muy pequeños y las cosechas, a veces hasta dos al año, también son cortas. De esas cosechas viven y lo que les sobra es lo que venden a los comerciantes de frutas y verduras, de los que hay varios. Como en todos los pueblos pequeños, la gente es muy aficionada a los rumores, bulos y cotilleos. A los que no somos de aquí al principio nos miran con cierto recelo, hasta que con el paso del tiempo dejas de ser un foraster, que es como llaman a los de fuera. Y no sé que más puedo contarle.

  -Contarme no sé, pero si puede hacer algo por mí. Puesto que somos paisanos y he comprobado que es un hombre que se viste por los pies, podríamos tutearnos, ¿no te parece?

   -Verá usted, don Francisco, aquí existe la costumbre de que a las personas con carrera, como es su caso, siempre se les antepone el don al nombre. Y yo soy de los que no les gusta romper las costumbres. Por lo tanto, muchas gracias por su ofrecimiento, que valoro en su justa medida, pero, si no le importa, seguiré llamándole don Francisco o don Paco, como prefiera.

   A grandes rasgos, así era la Torreblanca de 1931 en la que residía la familia Clavijo. Un pueblo mediterráneo, pero que vivía de espaldas al mar que tan cerca tenía. Un pueblo que dependía de la agricultura para subsistir, pues no existía ninguna industria ni visos de que la hubiera en un mañana incierto. Un pueblo cuyos habitantes no tenían expectativas de futuro y se conformaban con un presente mediocre. Un pueblo que, a su manera, era relativamente feliz, pues los naturales practicaban, quizás sin saberlo, la filosofía del carpe diem. De ahí que cuando els torreblanquins se sentían eufóricos alardeaban aquello de vivim en el rovellet de l´ou. Y lo más chusco es que creían a pies juntillas que vivían en la yemita del huevo. Es decir, en el mejor lugar del mundo mundial. Hay que entenderles. Viajaban poco.

           

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 22 de la novela “El masover”, titulado: Los masoveros del Mas del Canònge

sábado, 24 de mayo de 2025

Postinfo. 24.05.2025.

Cometido un error en el PD del último episodio. Lo corrijo. El próximo 27, martes, publicaré el episodio 21, de la novela “El masover”  titulado: Vivim en el rovellet de l´ou. Vale.

martes, 20 de mayo de 2025

“El masover” 20. Milagro en la gota fría

 

 Tras unos días de fuerte calor, impropio de finales de septiembre, el 24 se presenta lluvioso en Torreblanca. Desde primeras horas de la mañana un pertinaz aguacero descarga sobre la localidad y su entorno, lo que altera la vida de una población que se dedica mayoritariamente a la agricultura, por lo que, cuando llueve, la actividad se ralentiza, si no se para. Para la mayor parte de los niños en edad escolar, la lluvia significa que no habrá que ir a la escuela, pues muchas madres prefieren que los chavales se queden en casa, no se vayan a mojar y pillen un catarro, aunque están deseando que por la tarde deje de llover para que los chiquillos puedan salir a la calle, pues si permanecen todo el día en casa no hay quien los aguante. La chiquillería está igualmente esperando que escampe, pues entonces podrán salir y jugar a meterse en los charcos y salpicarse unos a otros. También algunos mayores esperan que el tiempo aclare para salir al campo a buscar caracoles. A algunas amas de casa la lluvia les ha cogido con la colada tendida en el balcón o en el patio y se han ciscado en la lluvia. En cambio, a los llauradors la lluvia les viene de cara puesto que el verano ha sido muy seco y el campo estaba pidiendo agua a gritos. Todo lo cual viene a confirmar el refrán de que nunca llueve a gusto de todos. Pero ni las madres, ni los niños, ni los buscadores de caracoles ven cumplidos sus deseos, pues llega la tarde y no solo prosigue la lluvia, sino que arrecia.

   -La típica borrasca de otoño -dice alguien en el café de Les Catalanes, donde los clientes han tenido que refugiarse en el interior del establecimiento, ya que la carpa que cubre la terraza han tenido que quitarla porque ha embalsado gran cantidad de agua.

   -Bienvenida sea la lluvia. Hacía mucha falta porque el campo era un secarral –afirma otro.

   -Otoño lluvioso, año copioso –añade un tercero, tirando del inabarcable refranero español.

   Se va apagando el día y las nubes siguen descargando sobre la localidad. Ya no es un aguacero, es un manto de agua que lo anega todo. Desde el núcleo más antiguo y alto del pueblo, el del entorno del Calvario, el agua se desliza rabiosa por las calles, convertidas en auténticos torrentes. En el campo, todos los cauces naturales por los que discurre el agua de lluvia se han transformado en verdaderos torrentes que canalizan a duras penas la tromba de agua que está cayendo.

   El señor Zacarías ha tenido que hacer frente a una panoplia de goteras, alguna de las cuales es la primera vez que aparece. Ha puesto cubos y cuando estos se han acabado ha tenido que echar mano de otros cacharros para recoger el persistente goteo. Al atardecer, y protegido por un chubasquero, se asoma a la puerta exterior de la Fábrica, la que da a la calle San Antonio, a ver cuál es la situación del resto del vecindario. Ve a una vecina asomada a la puerta de su casa y le grita:

   -¿Estáis bien? ¿Tenéis goteras?

   -Lo estamos. Y no hay goteras, el tejado está resistiendo, al fin y al cabo es nuevo. Donde seguro que las habrá será en la caseta del camp, tiene tejas muy viejas y no creo que resistan tanta agua.

   -Bueno, el hecho de que aquí llueva tanto no quiere decir que también lo haga en el Fondo del Balat. Igual allí no ha caído ni gota. Las tormentas como la que tenemos encima son caprichosas. Descargan en el sitio más impensado.

   El llumero comprueba que la calle se está convirtiendo en una piscina y el agua amenaza con superar los bordillos de las puertas y penetrar en los bajos. Si eso ocurre en el Raval, piensa ¿qué pasará en las calles de más abajo?, pues todo el caserío que hay al este de San Antonio es muy llano y tiene una cota inferior a la del casco viejo. Piensa que si hubiesen seguido viviendo en la calle Horno, posiblemente a estas horas la planta baja se habría inundado. En la Fábrica no corren peligro alguno de inundación, está ubicada en un montículo, pequeño pero con la suficiente altura para que el nivel del agua sea preocupante.

   Echa una última mirada al cielo: no se ve ni un resquicio azulado, todo son nubarrones que parecen indicar que la borrasca se ha anclado sobre la localidad. Esto no va a parar, al menos hasta mañana, piensa el llumero. De pronto, le viene a la mente un recuerdo: su hermana Matilde y su marido Daniel  de Quiquet viven en un bajo de la calle San Jaime y dada su ubicación es posible que puedan tener problemas con el agua si el temporal sigue vertiendo cataratas. No lo duda un momento y regresa a casa.

   -Rosario, sácame las katiuskas y el mono del trabajo. He pensado que en casa de Matilde puede haber problemas, pues la calle Moreres vierte el agua en el Camí d´Alcalá –que es como se llama en el pueblo a la calle San Jaime- y quizás les haya entrado agua en la casa.

   Coge uno de los cubos de las goteras y una pala y, arropado con el impermeable del trabajo, se dirige a casa de su cuñado. Hacia mitad de la calle ya está calado. En els Quatre Cantons, la calle San Cristóbal, que discurre de oeste a este y que tiene una gran pendiente, es una auténtica torrentera, tal es el volumen de agua que baja desde el Calvario.

   -¿Dónde vas con la que está cayendo? –le grita desde la puerta el tío Quèlo.

  -A casa de mi hermana. Voy a ver si tienen algún problema.

  -Como siga diluviando así, si no lo han tenido, lo tendrán –vaticina Quèlo.

   Como el llumero se temía, la calle Moreres, que también tiene pendiente, vierte un río de agua y barro en San Jaime, y justo en la conjunción de ambas calles está la casa de Matilde. Se encuentra la puerta abierta por la que sale un considerable volumen de líquido. A ojo de buen cubero calcula que el agua debe haber alcanzado más de metro y medio. Al entrar ha de sortear una mesa y unas sillas que flotan como si fueran barquitos de papel. Oye unos gritos y reconoce la voz, es su cuñado. Lo encuentra subiendo a un armario ropero, donde ya está Matilde, a su hijo de dos años.

   -¿Estáis bien? –grita Zacarías para que se le oiga por encima del ensordecedor estruendo de la riada.

   -De momento, estamos de pie, pero si continúa lloviendo no sé si los muros aguantarán, la casa es muy vieja. Gracias por venir. ¿Podrías llevarte a la Fábrica a Matilde y al crío?, aquí no están seguros.

   -Por supuesto, aunque se van a poner como una sopa.

   -Más mojados de lo que están no lo estarán.

   -Y tú también deberías venirte. Allí estamos seguros por mucho que llueva.

   -No, yo me quedo, a ver si puedo salvar algo, aunque como el agua arrastra mucho barro la mayor parte de la ropa, enseres y muebles habrá que tirarlos a la basura. Esto es un desastre y aún debemos dar gracias a Dios, pues estamos vivos. Ha habido un momento en que creí que no lo íbamos a contar.  

   -Estoy pensando que Matilde puede ir sola a la Fábrica con el crío y yo me quedo para ayudarte a salvar lo que se pueda –sugiere Zacarías.

   -No sé cómo están las calles, pero con la que está cayendo no pueden estar muy transitables. Me quedaré más tranquilo si se van contigo.

   La mujer está tan conmocionada que hasta el momento no ha dicho ni pío. El llumero coge a su hermana, que aferra a su hijo contra sí, y se la lleva a casa, adonde llegan totalmente calados. Rosario pide a su cuñada que se desnude y le da ropa interior y un vestido para que se cambie, lo mismo hace con el niño. Luego los pone ante el hogar para que se sequen y les da sendos tazones de leche caliente, añadiendo al de su cuñada un chorrito de coñac, para que vayan reponiéndose. De pronto, Matilde se pone a llorar, como si al verse a salvo la serenidad que ha mostrado hasta ahora hubiese desaparecido. No hay manera de consolarla, llora y llora sin poder contenerse. El crío, al ver el llanto de su madre, también comienza a gimotear. Y Rosario, que se siente especialmente cercana a su cuñada, los secunda. El señor Zacarías no sabe cómo confortar a las mujeres y los niños Clavijo las miran con cara de no entender nada.

   -Tete, ¿por qué llora madre y la tía? –pregunta Pedrito.

   -No lo sé, Pedri.

   Al llumero no se le ocurre otra forma de consolar a las mujeres que abrazándolas mientras les susurra que el peligro ha pasado y que si se pierden enseres siempre pueden reponerse.

   Al anochecer, la situación se torna más dantesca si cabe. La tierra, ahíta de agua, es incapaz de filtrar ni una gota más y las colinas que conforman el horizonte oeste de Torreblanca vierten ingentes cataratas de agua hacia la llanura en que está emplazado el pueblo. En las casitas, de una y dos plantas, ubicadas al este de la confluencia del carrer del Mar y el Camí de l´Estació, la cota de la inundación ha superado, en muchas de ellas, el uno setenta. El ayuntamiento moviliza a los albañiles y demás profesionales ligados al mundo de la construcción, y organiza, junto con un tropel de voluntarios, brigadas de auxilio para socorrer a los damnificados. A los que tienen dos plantas, los ayudan a subir a la de arriba. Los que viven en un bajo son evacuados y trasladados a las zonas altas del caserío. Un infrecuente sentimiento de solidaridad sacude a la población. Son muchos los vecinos que ofrecen sus domicilios para atender a los evacuados mientras dure la inundación. La corporación se plantea si organizar una expedición para socorrer a los marineros de Torrenostra, pero ante la falta de embarcaciones, pues la Plana se ha convertido en un mar interior, desiste. El llumero, de acuerdo con la alcaldía, ha cortado la electricidad para prevenir posibles cortocircuitos  potencialmente peligrosos. La oscuridad hace aún más pavorosa la situación.

   A primeras horas de la mañana siguiente, de repente deja de llover, como si el caudal de agua de los nubarrones se hubiese disipado. La gente sale de sus casas comentando con sus vecinos las peripecias que algunos han sufrido con el temporal. Gran parte de los propietarios de fincas se apresuran a aparejar los mulos para ir a ver si el diluvio ha causado daños a sus propiedades. Muchos de ellos no pueden llegar a los campos porque buena parte de la red viaria rural está intransitable, el lodo se acumula y hay obstáculos por todas partes: muebles, enseres de todo tipo, árboles que no han resistido la riada y hasta animales que se han ahogado. Es un desastre. Los que, sorteando obstáculos, han podido llegar a sus campos los encuentran llenos de barro, con los cultivos anegados y algún que otro árbol arrancado de cuajo. La peor parte se la han llevado los arrozales, pues la cosecha se había segado y las gavillas seguían en los campos para que el grano se secara y éstas han terminado en el mar. Días después los pescadores cuentan que han sacado  gavillas en sus redes hasta en el entorno del archipiélago de las Columbretes.

   En el pueblo los daños son considerables: bajos y sótanos inundados, casas derruidas, tejados rotos, tapias y muros que no han aguantado el envite de la riada, muebles, enseres y utensilios perdidos y todo, todo bañado por un lodo viscoso que recubre y deja inservible cuanto toca. La lluvia también ha afectado duramente las comunicaciones. La Guardia Civil ha tenido que cortar la circulación de la carretera nacional Valencia-Barcelona, pues presenta peligrosas balsas de agua en varios puntos y algunas de las alcantarillas que la cruzan por debajo han reventado destrozando el asfalto de su área de influencia. Lo del ferrocarril ha sido peor: en la zona de la Torre del Marqués, la riada se ha llevado parte del terraplén sobre el que se asienta el tendido y la vía ha quedado con los raíles al aire, con lo que el tráfico ferroviario también ha tenido que ser suspendido.

   Lo asombroso es que, cuando el ayuntamiento hace el recuento de la que ya es la peor catástrofe sufrida en el pueblo en el último siglo, se descubre un hecho increíble: no se ha producido ni una sola baja personal, algunos vecinos presentan contusiones y alguna que otra herida, pero salvo eso y el miedo pasado no ha habido que lamentar pérdidas mortales. La gota fría –para los lugareños la riuà-, de la que se hablará durante años, se lo ha llevado todo por delante, pero ha respetado a las personas.

   Cuando Zaca Clavijo se entera de ello, tan fantasioso como siempre, piensa que ha sido un auténtico milagro. Para que luego haya gente que no crea en ellos.

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 21, de la novela “El masover”  titulado:  Un casi amigo gaspatxer

viernes, 16 de mayo de 2025

Los Carreño”. Libro IV. Epílogo


  Tras la victoria aliada, el Reino de España, país que pese a esa denominación no lo rige un rey sino el general que ha ganado la Guerra Civil española y que se comporta de forma dictatorial, se encuentra con que las principales potencias ganadoras del conflicto consideran al gobierno de Francisco Franco como un simple apéndice de los gobiernos fascistas y nazis derrocados en el conflicto. La situación se acentúa aún más tras la creación de las Naciones Unidas y la recomendación formal de retirar los embajadores de España.

   En esa España aislada del resto del mundo, salvo contados países que mantienen sus embajadores, con una sociedad que todavía está traumatizada por las consecuencias de la guerra civil, con una economía de mera subsistencia y unas normas sociales dominadas por el nacionalcatolicismo, los Carreño medran. La familia cuenta con tres farmacias y una perfumería, dos de sus miembros son oficiales de la Marina de Guerra y un tercero está en vías de serlo. Además, han dejado el piso de Gran Vía, 54, y se han traslado a un nuevo y espacioso piso que han comprado en Castelló, una de las calles que conforman el burgués barrio de Salamanca. En la calle Castelló viven los Carreño solteros: Álvaro, Eloísa, Concha y Ángela. Julián y Jesús y sus esposas viven en el barrio de Chamberí, Andrés suele estar embarcado y Froilán sigue en la Escuela Naval de Marín.

   Y, aunque sea a contracorriente de las costumbres dominantes, los Carreño siguen manteniéndose unidos como una piña bajo la paternal dirección del hermano mayor que, ¡por fin!, ha conseguido su más anhelado logro: un destino de tierra en Madrid, pues por Orden Ministerial de 18 de junio de 1945 le ha sido concedido, por haberlo solicitado, el pase a la Escala Complementaria por motivos de salud, siendo destinado a la Subsecretaría de la Marina Mercante.

   Los Carreño, una familia tan singular como irrepetible, con sus virtudes y defectos, se aprestan a pasar el testigo de su atípica forma de entender la unidad familiar a la tercera generación. ¿Conseguirán mantenerla tan unida?

                                    

                                   FIN