viernes, 20 de septiembre de 2024

Libro IV. Episodio 66. Arreglando un descosido

      Andrés, ante la agresividad que muestra su hermano, vacila.

   -Verás, tato, …

   -Nada de tato, mi oficial o señor.

      Automáticamente, el joven se envara y se pone en posición de firmes, en tanto que el mayor se sienta en el duro camastro que hay en la celda.

   -Empiece, marinero, y no se deje nada en el tintero, por vergonzoso o sucio que sea.

   El muchacho cabecea, entrecierra los ojos para recordar mejor y comienza su narración.

   -Una de las casas de putas a la que más suelo ir cuando estoy en Palma es casa Gilda; bueno, la madama se llama Hermenegilda, pero todos la llaman Gilda. Allí conocí a una putita, que se hace llamar Mariló, con la que me encapriché y con la que me gastaba todo el dinero de la paga. Cuando no estaba embarcado, y tenía dinero, a veces hasta me quedaba con ella toda la noche… -Andrés se detiene como si no supiese cómo continuar.

   -Siga.

   -La noche anterior a la partida del… Baleares –parece que el nombre se le ha atragantado al muchacho-…, bebí mucho y luego me encamé con Mariló y… me quedé dormido. Te…, se lo juro, señor, me dormí. Nunca estuvo en mi ánimo desertar ni faltar a mis deberes. Mi intención era estar a bordo a la hora señalada para zarpar, pero cuando me desperté vi que la había cagado; perdón, que el buque ya había zarpado…; me enfadé mucho, pero ya no tenía remedio… No sabía qué hacer, mi mayor miedo era que lo considerasen una deserción, pues sé lo que les pasa a los desertores en tiempos de guerra… Lo que se me ocurrió para que mi ausencia no fuese calificada como deserción fue presentarme en la Comandancia y… contar una mentira: que me había sentido mal, me había desmayado y cuando me recuperé, y acudí al muelle, el crucero ya había zarpado… Y eso es todo, señor.

   Mientras Andrés ha ido desgranando su patética historia, Álvaro está cavilando cómo lograr sacar del pozo en que se ha metido el cabeza hueca de su hermano. Es un gilipollas, piensa, pero sigue siendo sangre de mi sangre y a un hermano no se le deja tirado. Si lo que ha contado es cierto, y me da en la nariz que puede serlo, no todo está perdido, todavía puede salvarse, piensa. El problema reside en qué presentar como justificación, pues lo ocurrido no le va a salvar de ser acusado de la infracción grave de faltar al servicio en tiempos de guerra y, aunque consiguiese que le aplicasen la sanción más leve, siempre sería una mancha en su hoja de servicios, con lo que su posible carrera en la Marina se vería truncada. Piensa que quizá podría servir una parte de lo que ha narrado, pero maquillándolo. No se le ocurre nada mejor y el factor tiempo puede ser crucial.

   -Bien, marinero…, te quedas aquí y no hables con nadie de lo que te pasó. Pórtate con naturalidad y pon cara de que sientes más que nadie lo ocurrido al Baleares. Yo voy a casa, tengo que hablar con mamá y los hermanos. Ah, y pide que el páter venga y te confiesas, sin dejarte uno de tus incontables pecados, y que tu contrición sea sincera.

   En casa, Álvaro reúne a la familia y les cuenta la historia inventada por Andrés, sin mencionar el burdel.

   -Necesito que mintáis por nuestro hermano. Mamá y quizá también tú, Concha, que ya eres mayor de edad, tendréis que contar esta historia: pocas horas antes de que zarpara el Baleares, Andrés se sintió indispuesto, decía que le dolía la tripa y la cabeza. Le distéis una tisana y se acostó, pensasteis en llamar al médico, pero Andrés dijo que no era necesario. Pasadas unas horas se despertó porque sentía náuseas, devolvió lo que había comido, luego le dio un mareo y se desmayó. Estabais a punto de llamar al médico cuando se recuperó. Se despidió de todos, de vosotros también –dice mirando a los dos pequeños-, y se marchó a toda prisa pues tenía que embarcarse… Al rato volvió, medio lloroso, porque el buque había zarpado. Fue entonces cuando os dijo que iba a presentarse a la Comandancia para contarles lo que le había ocurrido y que estaba a disposición del mando para lo que fuese necesario... Sé que no está bien mentir, pero no se me ocurre nada mejor para salvar a Andrés de la que le puede caer encima. La Marina es muy rigurosa en el supuesto de faltar al servicio en tiempo de guerra, y solo declarando la patraña que acabo de contaros podremos salvar a Andrés. ¿Ha quedado claro? -La afirmación es unánime.

   -Otra cosa, Concha, si te llaman a declarar junto con mamá, deja que sea ella la que hable, tú no tienes más que respaldar lo que ella diga. Y ahora me voy a hablar con alguien de la asesoría de justicia de la Comandancia a ver si consigo que la cosa no llegue a mayores porque, como llegue, el futuro de Andrés puede ser más negro que el carbón.

   En Comandancia va preguntando hasta que un compañero le indica que los casos de poca importancia los lleva el último oficial en incorporarse a la asesoría jurídica, un alférez provisional que, al parecer, es licenciado en derecho. Los contados miembros del Cuerpo Jurídico de la Armada están para los casos más graves. El nombre de dicho oficial es Pepe Miñambres.

   -A sus órdenes, mi capitán.

   -Descanse alférez. Soy Álvaro Carreño Manzano, jefe de la dirección de tiro del Canarias –Álvaro ha querido hacer una presentación aparatosa para impresionar al joven alférez-. Vengo a verle, porque en el antedespacho del contralmirante me han dicho que usted lleva las causas de menor carga procesal. Me refiero en concreto al caso del marinero voluntario del Baleares Andrés Carreño Manzano –Al ver que el oficial ha asociado en seguida los nombres, agrega-. Sí, se trata de uno de mis hermanos. ¿Ha comenzado a incoar el expediente?

   -Ah,…no…, perdone, mi capitán, pero estamos hasta arriba de trabajo y los casos de menor relevancia los vamos dejando a un lado. Me ha sonado el nombre porque está en la relación de causas pendientes –Mientras, está revolviendo un montón de carpetas de una de las gavetas-. Carreño…, sí, aquí lo tengo. Y no, mi capitán, no he llevado a cabo ningún trámite. ¿Quiere que lo agilice?

   -En absoluto, alférez, déjelo donde estaba, no hay ninguna prisa. ¿Lo ha leído?, el expediente me refiero.

   -No, mi capitán, igual lo ha hecho el sargento Sánchez, ¿quiere que lo llame?

   -No moleste a nadie, alférez. ¿Un rubio? –Álvaro no es fumador, pero siempre tiene a mano un paquete de cigarrillos como medio para engrasar las relaciones. Le ofrece el cigarrillo, mientras se acomoda en una silla-. Siéntese, tengo que contarle algo -Y el placentino le cuenta al oficial la historia que ha urdido sobre la supuesta dolencia y desvanecimiento de Andrés-… como verá, alférez, estamos ante un supuesto de fuerza mayor, al sentirse mal y acabar desmayándose el marinero no pudo estar a bordo del Baleares en la que, quién lo habría pensado, iba a ser su última travesía. Como cuando se indispuso se encontraba en mi domicilio, mi señora madre y mis otros hermanos fueron testigos de lo ocurrido. Por supuesto, tanto mi madre, como mi hermana Concha, que es la única mayor de edad, pueden atestiguar lo ocurrido, por lo que no creo que sea necesario abrir un procedimiento de lo que, en el peor de los supuestos, no será más que una falta de puntualidad en un acto de servicio, cuya sanción únicamente es la reprensión o la privación de salida de uno a ocho días. En consecuencia, creo que me lo puedo llevar bajo mi personal responsabilidad. Estará localizable en mi domicilio para cuando le llamen a declarar. ¿De acuerdo? 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 67. La tía Mechita

viernes, 13 de septiembre de 2024

Libro IV. Episodio 65. No tienes remedio, hermano


   El Canarias y el Almirante Cervera han amarrado en Porto Pi y han comenzado a desembarcar a los supervivientes del Baleares. Álvaro es de los primeros en descender y en la misma escalerilla del Cervera va preguntando a los marineros por su hermano. De pronto ve al Guti que parece un eccehomo.

   -Te has salvado Guti, me alegro por ti.

   -De la que me he librado, tío, creí que no lo contaba. Vosotros habéis tenido más suerte, pero lo nuestro ha sido una masacre. ¿Qué haces aquí?

   -Preguntando por mi hermano, no sé qué le ha podido pasar porque nadie lo ha visto.

   -¡Cómo coño iban a verlo si no estaba a bordo!

   -¡¿Cómo?!

   -Que no estaba en el buque. El pichabrava de tu hermanito supongo que debe de estar en el calabozo. Antes de zarpar, y tras el pase de lista, me dijo el contramaestre de guardia que el marinero Andrés Carreño no estaba en su puesto. Anoté su ausencia y di el correspondiente parte. Me jodió hacerlo al tratarse de tu hermano, pero era mi deber. Como el parte ha debido pasar a Comandancia supongo que a estas alturas el semental de tu hermano estará enchiquerado, pero, mira por dónde, se ha librado del naufragio. Lo mismo se ha salvado por putero.

   Álvaro no sabe si reír o llorar, ¡¡Andrés está vivo!! En estos momentos le importa un rábano el motivo por el que no se presentó en su puesto, lo que sí importa es que está vivo y que no ha de pasar por el mal trago de decirle a su madre que ha perdido a uno de sus hijos.

   Resulta que en casa saben lo del hundimiento del Baleares, pero también que a Andrés no le ha ocurrido nada, pues les ha podido mandar una nota de que está en los calabozos de la Comandancia y que se encuentra bien. Por eso los Carreño estaban más preocupados por el primogénito que por el pequeño. Tras escuchar el breve resumen que hace Álvaro de la batalla del cabo de Palos, Julia le pregunta:

   -¿Y sabes cuál es el motivo por el que Andrés está encerrado? ¿Qué ha podido hacer ese balarrasa?

   -No tengo ni idea, mamá, pero en un par de horas lo averiguaré.

   En cuanto se ducha, se cambia el uniforme y toma un tentempié, Álvaro se dirige a la Comandancia. Un infante de marina le hace pasar al despacho del oficial de guardia, un jovencísimo alférez provisional del Cuerpo de Infantería de Marina que luce en la camisa la estrella dorada de seis puntas sobre un parche negro que identifica a los provisionales. El oficial, al ver los galones y la coca en la bocamanga de Álvaro, se levanta inmediatamente y se cuadra.

   -A sus órdenes, mi capitán.

   -Descanse. Vengo por el marinero voluntario Andrés Carreño Manzano, desti… -rectifica-, que estaba destinado en el crucero Baleares y que, por lo que me han informado, está en los calabozos de esta Comandancia. ¿Qué falta o faltas ha cometido? 

    El alférez mira unos papeles, consulta un registro y, visiblemente azorado le explica:

   -No consta que haya cometido ninguna falta, al menos hasta que un jurídico estudie su caso. Aquí dice que se presentó en la Comandancia alegando que formaba parte de la dotación del crucero Baleares y que, horas antes de embarcar, se sintió mal y se desvaneció, y cuando se repuso el buque había levado anclas y, no sabiendo qué hacer, se presentó en Comandancia para que no se le considerara desertor. De hecho, en el registro no aparece como arrestado sino que está a disposición de la autoridad jurídica de la Marina. Es cuanto puedo decirle.

   -Gracias, alférez. ¿Puedo hablar con el marinero en cuestión?

   -No tengo ninguna orden al respecto… -el alférez vacila-, pero supongo que no habrá ningún inconveniente. Sargento –llama el oficial-, acompañe al teniente de navío…, perdone, no me ha dicho su nombre.

   -Álvaro –dice escuetamente Carreño que, por ahora, no quiere darse a conocer como familiar de Andrés.

   -Acompañe al teniente de navío Álvaro a la celda del marinero Carreño.

   El estado de Andrés es deplorable: demacrado, con barba y con ojos turbios como si no hubiese dormido en días. Cuando ve a su hermano el primer impulso es echarse en sus brazos, pero se contiene al ver también al sargento, se levanta y se cuadra.

   -A sus órdenes, mi oficial –y sigue con el paripé-. Andrés Carreño Manzano, marinero voluntario del crucero Baleares.

   -Déjenos solos, sargento.

   La primera intención que tiene Álvaro, al quedarse a solas con su hermano, ha sido abofetearlo, pero se contiene y se limita a decirle con su tono más despectivo:

    -No tienes remedio, hermano.

   Andrés no se atreve a responder, se siente demasiado avergonzado. Es consciente de que esta vez la ha fastidiado, pero bien. Ni siquiera se atreve a mirar a los ojos al tato. Un penoso silencio se adueña de la celda, mientras ambos hermanos parecen estar separados por un muro infranqueable. Es el mayor quien lo rompe.

   -Me vas a contar de pe a pa lo ocurrido, ¡y ni se te ocurra mentirme!

   -Es que… no sé por dónde empezar…

   -Prueba por el principio –La voz de Álvaro parece el filo de una navaja cabritera.

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 66. Arreglando un descosido

viernes, 6 de septiembre de 2024

Libro IV. Episodio 64, Andrés, desaparecido en combate

 

   Álvaro, salvo cuando está de servicio, no se pierde ni una de las sobremesas en las que el comandante Yela, diplomado de Estado Mayor, explica a los oficiales con menos experiencia cómo deberían analizarse las batallas terrestres de la guerra civil.

   -Analicemos dos de las batallas más importantes del pasado año, que los republicanos plantearon en principio como maniobras de diversión para aliviar la presión de nuestros ejércitos en otros frentes. He hablado de dos batallas pero, dado que es reciente, voy a añadir una tercera, Teruel. ¿Quién empezó esas batallas?, los republicanos. Primera conclusión: el ejército popular cuenta con un eficaz estado mayor. Segunda conclusión: el servicio de espionaje de las fuerzas nacionales, the intelligence service como dirían nuestros colegas británicos, no es lo bueno que debería ser. ¿Qué pasó discurridos los primeros días de combates? que, habiendo conquistado una cierta cantidad de terreno y equis poblaciones, los republicanos se topan con una defensa dura en una cota o en una localidad determinada, entonces ¿qué suele ocurrir? –Yela lanza al ruedo una pregunta a lo Sócrates. Álvaro es quien recoge el guante.

   -Suele ocurrir que los rojos se empecinan en tomar la cota o la localidad que es defendida con denuedo por los nuestros y se atascan en el empeño, dejando de avanzar.

   -Me vale la respuesta. Sigo. El tiempo que el ejército popular tarda en reducir a los defensores de la cota o población en la que se han atorado proporciona tiempo al mando del Ejército nacional para enviar refuerzos al área del combate y la lucha se iguala. Tercera conclusión: el Ejército popular ataca bien, pero algo falla en su cadena de mando y no sabe obtener provecho de sus ataques. Y cuando las fuerzas de ambos ejércitos se igualan, ¿qué es lo que suele ocurrir? –Yela no espera respuesta-. Pues que la lucha se estabiliza y tras unas semanas de choques, generalmente encarnizados, la situación vuelve al punto de partida, quizá habiendo ganado algunos kilómetros o determinadas poblaciones, pero sin que supongan cambios significativos en el escenario bélico -Y así seguimos, piensa Álvaro.           

   La noche del 6 de marzo, el Canarias, el Almirante Cervera y el Baleares, que van convoyando unos mercantes, cargados de armas y municiones, son sorprendidos por una escuadra republicana. Los cruceros nacionales abren fuego y los buques enemigos responden. Tres destructores rojos lanzan varios torpedos, dos de ellos impactan en el Baleares, dañándolo gravemente. El Canarias y el Cervera se alejan para llevar el convoy a aguas de Argelia y volver luego a socorrer al Baleares, que acaba hundiéndose. Dos destructores británicos rescatan a unos quinientos hombres del crucero, pero en el naufragio desaparecen casi ochocientos. Cuando el Canarias y el Cervera regresan al lugar del ataque no pueden hacer más que acoger a los supervivientes. Álvaro se desgañita preguntando a los rescatados que suben a su buque:

   -¿Habéis visto al marinero Andrés Carreño?

   Nadie sabe de él. Desesperado, intenta ponerse en contacto con los tripulantes del crucero hundido que han sido trasladados al Almirante Cervera, pero no lo consigue. Cuando es relevado del servicio, el placentino se encierra en el camarote y teme lo peor: que Andrés ha podido morir. De pronto, la puerta se abre y el oficial con el que comparte la cabina entra.

   -¿Has sabido algo de tu hermano? –Álvaro niega, al tiempo que trata de contener las lágrimas-. Lo mismo está entre los que lleva el Cervera.

   -Eso no lo sabremos hasta que lleguemos a Porto Pi.

   Ajenos por completo a la tragedia que tan de cerca les puede afectar, Pilar y Luis están tomando un aperitivo en el bar Chicote. Cada vez se citan en puntos más cercanos a la farmacia, como si estuviesen tentando que alguien de la familia los vea. El local está lleno y visto el gentío que pulula por las calles nadie diría que Madrid es una ciudad en guerra. Acabadas las aceitunas que han estado picando, Pilar limpia a su novio los restos que se le han quedado en las comisuras. Luis la mira con infinita ternura mientras piensa en la inmensa fortuna que ha tenido que una mujer así se haya enamorado de él.

   -Luis, cariño, te recuerdo que me prometiste que un día me llevarías al bar del hotel Florida para conocer a los corresponsales de guerra que se reúnen allí. Igual podemos ver en persona a Hemingway, Orwell o Saint-Exupéry. Sería una pasada.

   - ¿Qué te parece si vamos esta tarde?, aunque, al ser domingo, no sé yo si esos personajes tendrán un patrón de vida diferente al del resto de la semana.

   Tras el aperitivo, la pareja almuerza en una taberna de la calle Mesón de Paredes, que presume de llevar más de ciento cincuenta años en el mismo sitio y que está especializada en menús típicos como el rabo de toro, que ha sido el plato principal y único del día. Tras la sobremesa se dirigen al Florida, situado en el ala sur de la Plaza de Callao, con la esperanza de ver a algunos de los corresponsales de guerra. Su decepción es grande cuando ven que en el bar solo se ve gente con más pinta de ser españoles que extranjeros. Luis da una buena propina al calvo camarero que les atiende y este, haciendo gala de una memoria prodigiosa, les cita algunos de los nombres ilustres que residen o han residido en el hotel, pero que hoy, al ser domingo y no haber ninguna batalla destacada, vaya usted a saber dónde se habrán metido.

   -Tenemos el honor de que, entre otros, se han alojado en nuestro hotel: Mijaíl Koltsov, Geoffrey Cox, Henry Buckley, el polaco Ksawery Pruszynski y el americano Herbert L. Matthews. Aunque desde lo de Teruel la mayor parte se han ido a Cataluña y a Valencia. Tendrían que haber visto este bar el año pasado, se oía hablar más en inglés y francés que en español. ¡Y qué propinas daban!

   - ¿Y se reunían aquí? –quiere saber Pilar.

   -Generalmente, sí, aunque a veces también se juntaban en la vecina sede de Telefónica o en el Hotel Gran Vía, junto al bar Chicote.

   Tras tomarse unos cafés, que saben más a achicoria que otra cosa, Pilar tira a Luis del tabardo pues en la tarde marceña sopla un airecillo serrano que hace recordar que en Navacerrada todavía hay nieve.

   -Luis, ¿ese extranjero que acaba de entrar no es Hemingway?, ¿y esa rubia larguirucha que le acompaña no es la misma con la que hablabas en el Gaylord?

   -Sí, y ella es en efecto Martha Gellhorn.

   Los novios vuelven a sentarse y llaman al camarero para pedir otros cafés y un coñac. Cuando les sirve la comanda, Pilar vuelve a preguntar al camarero.

   -Esa señora rubia que acompaña a Hemingway, ¿también se aloja aquí?

    -Sí y … -el camarero junta los índices y sonríe pícaramente.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 65. No tienes remedio, hermano 

viernes, 30 de agosto de 2024

Libro IV. Episodio 63. Si no eres casto se cauto


   Cerrada la campaña del norte, tanto el Cantábrico como el Atlántico han quedado en poder de la Armada nacional, por lo que ésta decide enviar sus mejores buques al Mediterráneo para impedir la llegada de mercantes a los puertos de Levante. A bordo del Canarias, uno de los oficiales da una charla sobre lo que ha supuesto ganar la campaña del norte y como algunos fallos republicanos precipitaron su desenlace.

   ­-En el norte se encuentra casi toda la industria del hierro y el carbón, así como la industria armamentística que ahora ha pasado a nuestro poder. Y además, hemos sumado a mucha población que altera el equilibrio demográfico de las dos zonas. En cuanto a los fallos republicanos, quizá el más importante ha sido que el control de sus fuerzas dependía de los gobiernos autónomos de Vizcaya, Santander y Asturias, incapaces de cooperar entre sí como lo prueba el hecho de que, en cuanto los vascos perdieron Bilbao, se negaron a luchar en el frente santanderino.

   Álvaro aprovecha que el Canarias ha fondeado en Palma para alquilar una casa en la que acomodar a su familia cuando la base del crucero sea Porto Pi. Tras leer en el Correo de Mallorca la sección de anuncios, marca con un asterisco varios pisos. El tercero de los que visita, en el barrio de la Plaça dels Patins, es con el que se queda. A la búsqueda le ha acompañado uno de sus compañeros del Canarias, que también anda buscando casa. Cuando terminan el recorrido, ambos oficiales se toman una cerveza en una terraza del Paseo Marítimo, allí les encuentra un tercer oficial, soltero como Álvaro y con una bien ganada fama de perdulario.

   -Hombre, compañeros, ¿qué coño hacéis tan solos? Debéis saber que estáis en una ciudad donde las mujeres son jazmines que esperan que su aroma atraiga a algún joven marino. Bueno, Ortega está casado y tiene disculpa, pero tú, Carreño, que estás más soltero que Nuestro Señor Jesucristo, ¿cómo no te has ligado alguna moza?

   Álvaro soporta mal que bien las groseras bromas de Gutiérrez, quien nunca ha sido santo de su devoción. El Guti, como es conocido entre la oficialidad, se empeña en invitarles a otra ronda, a la que siguen otras. En un momento de la charla, el Guti se dirige directamente a Álvaro y le espeta:

   -Coño, Carreño, se me olvidaba. Tú serás un bendito de Dios, pero tienes un hermanito que es la rehostia. Podrás creerte que anoche, en casa de madame Josephine, que de francesa tiene lo que yo de fraile, el tío se subió a su habitación ¡a tres fulanas y al parecer pudo con las tres! Si eso no es ser un sietemachos que venga el mariconazo de Azaña y lo rebata.

   En Madrid, el tío Luis lleva muchos días entrando y saliendo de casa, algo que no ha hecho en el tiempo que lleva viviendo con sus sobrinos. Unas veces, sale disfrazado con el mono de miliciano y pañuelo rojo al cuello, y últimamente se atreve a salir hecho un pincel en el que al traje de tres piezas solo le falta la corbata, aunque Paca se ha dado cuenta de que la lleva en un bolsillo y que, posiblemente, cuando esté en un sitio seguro se la pone. Hasta que un buen día, a la hora de la cena, don Luis da la sorpresa.

   -Julio, chicos, tengo que anunciaros algo que llevo preparando hace tiempo y que me ha costado sudores y sus buenos duros, pero antes quiero daros las gracias a todos por lo bien que me acogisteis y que nunca podré pagaros. Sé que no soy fácil de llevar, pero desde Julio hasta el último de vosotros os habéis mostrado pacientes y tolerantes. Otras vez gracias, de corazón… -y tras una pausa dramática suelta la bomba-. Mañana me acogerán como refugiado político en la embajada de Guatemala -

La noticia les deja a todos con la palabra en la boca hasta que pasados unos segundos reaccionan.

   -¿Qué vas a refugiarte en la embajada de Guatemala?, ¿y cómo lo has conseguido? –pregunta Julio que ha sido el primero en reaccionar.

   El tío les explica que, desde el principio de la guerra, muchas embajadas y legaciones extranjeras han acogido a miles de españoles amenazados o perseguidos a causa de sus ideas, tanto en la zona republicana como en la nacional. Casi todas las embajadas de Madrid, salvo unas pocas, han​ acogido refugiados. Y aunque en los primeros meses de la contienda fueron asaltadas, por fuerzas de orden público y milicianos, las legaciones de Finlandia, Perú y Turquía, después de las protestas diplomáticas de varios países tal hecho no ha vuelto a repetirse y se ha respetado el concepto de extraterritorialidad de las embajadas.

   -¿Y por qué en la de Guatemala? –siente curiosidad Julio.

   -Porque es una de las más baratas, hasta han alquilado un edificio contiguo a la embajada para poder dar asilo a más refugiados. Esta es mi última cena y he pensado en despedirme con un detalle –y se va a su habitación de la que regresa al instante portando una caja de cuyo interior saca una tarta de peras con crema de almendra que Dios sabe de dónde la habrá sacado-. Paca, por favor, haz los honores.

   La partida del tío Luis deja un hueco en la mesa de los Carreño que, cada vez con mayor asiduidad, es ocupado por Luis Verdú. El murciano sigue teniendo la buena costumbre de aparecer por la casa casi siempre con algo entre manos: desde los recurrentes chuscos de la intendencia militar hasta los más impensables comestibles de los que Paca le pregunta una y otra vez de dónde los saca. Con su fácil palabra, su buen talante y el hecho de que siempre está dispuesto a echar una mano en lo que haga falta, Luis ha conquistado a toda la familia que ya lo ve como si fuera uno de ellos y al que de vez en cuando preguntan si ha tenido noticias de su esposa y su familia, pues al principio de su aparición en la farmacia el murciano les contó una mentira: que su mujer, con sus tres hijos, estaba en zona nacional y desde el 18 de julio no ha vuelto a saber de ellos.

   -Qué lástima que Luis esté casado –se lamenta Julio dirigiéndose a Pilar-, sería un buen marido para ti, pues he notado que os lleváis muy bien.

   Entretanto, Julia y sus chicos ya están aposentados en Palma de Mallorca, ciudad que no conocían y que les ha parecido muy bonita. Lo único que les molesta un poco es que la mayoría de los palmesanos hablan en una lengua de la que no comprenden ni palote. Álvaro les explica que la lengua que hablan es el mallorquín, que es bastante parecida al catalán, y lo que deben hacer cuando alguien les hable en mallorquín es contestar en castellano y lo más probable es que el interlocutor se pasará al castellano, lengua que todo el mundo, mejor o peor, también domina. El primogénito ha mantenido una reunión privada con su hermano Andrés y le ha amonestado por su afición a frecuentar los burdeles que abundan en los barrios próximos a la zona portuaria y en los alrededores de la calle Pureza. Andrés, aunque sigue teniendo un inmenso respeto a su hermano mayor, no se corta un pelo y le contesta.

   -¿Y qué quieres que intente?, ¿ligarme a una al.lota palmesana? Me pides un imposible, todas quieren casarse y no lo voy a hacer a los dieciocho años. Irse de putas es más cómodo, te desahogas, les pagas y si te vi no me acuerdo. Como hacen todos mis compañeros y también los tuyos. No todos podemos ser tan castos como tú.

   Visto que convencer al que no quiere ser convencido es tarea poco menos que imposible, Álvaro da a su hermano un último consejo.

   -Allá tú y, ya que has hablado de castidad, te recuerdo lo que suele decir el páter: si no eres casto sé cauto.

  

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 64.  Andrés, desaparecido en combate

viernes, 23 de agosto de 2024

Libro IV. Episodio 62. Teruel existe


   El final de 1937 es tristón para los Carreño de Madrid, aunque días antes del fin de año reciben una gratísima noticia: la última carta de Boris Wourky les da a entender que su hermano mayor ha recuperado a los que estaban en Santander y que ahora viven juntos en algún lugar de Andalucía.

   -Ya podría habernos dicho en qué lugar exacto viven –se queja Eloísa.

   -Si están en Andalucía con el tato seguro que será en algún puerto, y la ciudad que más opciones tiene es Cádiz, puesto que es la capital departamental del sur –deduce Julio.

   Tras las últimas confrontaciones entre ambos ejércitos, los Estados Mayores preparan sus estrategias de cara al invierno: los nacionalistas intentarán por enésima vez conquistar Madrid que se define como la tumba del fascismo; los gubernamentales están planeando atacar una de las ciudades que, como saliente rocoso, penetra en territorio republicano y que está pobremente defendida. Y, si el ataque tiene éxito, puede causar incontables quebraderos de cabeza a los nacionales.

   El 15 de diciembre los republicanos atacan Teruel, una ciudad sin industrias ni valor geoestratégico alguno. Los nacionales son lentos en reaccionar, lo que aprovecha el Ejército popular para, en un par de días, cercar la ciudad y una semana después iniciar la conquista del casco urbano. Pese la defensa de los sitiados, las tropas republicanas conquistan la ciudad, tras rendirse el coronel Rey d’Harcourt en el último bastión en el que también se encuentra el obispo de Teruel,  monseñor Anselmo Polanco.

El inesperado ataque obliga a Franco a cancelar su prevista ofensiva sobre Madrid, debiendo acudir al frente turolense.

   En la España republicana, la noticia es acogida con júbilo, pues es la primera capital de provincia reconquistada por la República. En la España nacionalista, la noticia cae como un jarro de agua fría y, muy especialmente, sobre el Generalísimo. La contraofensiva nacional no consigue llegar a tiempo para auxiliar a los últimos defensores debido al crudo invierno. Después de la rendición, se evacua a la población civil que todavía queda y la situación se invierte, los republicanos pasan a ser sitiados y los nacionalistas a ser sitiadores. Naturalmente, en las tertulias los sucesos de la batalla de Teruel son los más comentados.

  -El General Dávila ha iniciado la contraofensiva sin las prisas de salvar a una guarnición que se ha rendido –informa Infantes, que añade-. Y en las filas republicanas parece que cunde la fatiga y se multiplican los casos de insubordinación.

   -Los nuestros han hecho una corrección de líneas –cuenta alguien en el café Gijón-, sin embargo la defensa de la ciudad sigue siendo fuerte, y tras una semana de ataques de los fascistas, las posiciones apenas se han movido   

   En la nevada meseta turolense, la contienda muestra su cara más fea, pues a unos durísimos enfrentamientos se une un frío glacial que corta el resuello. Hacía años que los más viejos del lugar no recordaban unas nevadas y un frío tan extremo, pues los termómetros llegan a registrar temperaturas de hasta -16 grados.

   En la tertulia de la perfumería están más interesados en la última noticia de la que ha informado Radio Nacional de España: se está dando el primer paso para la configuración del nuevo estado que se ha ido formando en la zona nacional. En enero del 38 se promulga la Ley de la Administración Central del Estado por la que se crea una estructura administrativa para la normalización política, aunque el poder real sigue estando en manos de Franco que cuenta con el apoyo unánime del ejército.

   -El 31 de enero, Franco ha constituido su primer gobierno civil –comenta Valdés-. Y, aunque el general Dávila ha sido nombrado ministro de Defensa, Franco sigue reservándose la dirección de todas las operaciones militares. Gana poder Serrano Súñer, el cuñado de Franco, que ha sido nombrado ministro de la Gobernación y que también controla la prensa. La mayoría de ministerios residirán en Burgos, pero otros radicarán en otras ciudades. Los ministerios de Justicia y de Educación Nacional tendrán la sede en Vitoria, el de Orden Público en Valladolid, el de Industria y Comercio en Bilbao y, finalmente, en Santander estarán los de Obras Públicas y de Organización y Acción Sindical.

   La última batalla en la larga lucha por Teruel comienza a mediados de febrero. Los Cuerpos de ejército Marroquí y de Galicia atacan la ciudad, en un clásico movimiento de pinza, y los nacionales penetran en los arrabales de Teruel que, en pocos días, se ve cercada, por lo que las tropas republicanas quedan sin suministros. El mando republicano ordena a El Campesino, cuya división es la última fuerza, que abandone la plaza. La mañana del 22 de febrero los  nacionales entran en Teruel sin apenas encontrar resistencia.

   En la trastienda de la perfumería, los contertulios comentan las fotos que están insertando los periódicos sobre los efectos de la batalla.

   -La ciudad ha quedado devastada con decenas de edificaciones destruidas. Y hay numerosos heridos, prisioneros y gran cantidad de material bélico que los rojos abandonaron en su huida.

   Por el contrario, en el café Gijón la batalla de Teruel se ve desde otra perspectiva.

   -Teruel es una plaza sin valor, lo importante es que la batalla ha sido una prueba para que nuestro ejército demuestre su capacidad para organizarse y efectuar operaciones solventes frente a un enemigo mejor armado y apoyado por fascistas y nazis.

   En la cámara de oficiales del Canarias, se analiza la batalla dándole otro enfoque.

   -Al final, Teruel se ha convertido en una batalla de desgaste ​ donde ambos ejércitos han consumido demasiados recursos y hombres para reconquistar una plaza sin valor alguno, salvo el propagandístico. Para Franco, abandonar Teruel podía suponer un desprestigio político. Para la República significaba la obtención de una victoria contra el hasta ahora invencible ejército nacional.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 63. Si no eres casto se cauto

 

viernes, 16 de agosto de 2024

Libro IV. Episodio 61. Los Carreño chicos en Cádiz


   En cuanto los Carreño se instalan en el modesto pero espacioso piso de La Viña, una de las primeras acciones que Álvaro piensa es en inscribir a Andrés como marinero voluntario mientras dure la guerra. Antes pide consejo a un compañero que está en la sección de Personal.

   -¿Dónde crees que podrá estar mejor y tendrá más tiempo libre?, porque en cuanto yo vuelva a embarcar tendrá que hacer de hombre de la casa.

   -En el arsenal de La Carraca, allí siempre faltan manos. Además, muchas tardes las tendrá libres y, sobre todo, estará lejos de las trincheras.

   Solucionado el problema más acuciante, matricula a Ángela y Froilán en el instituto de bachillerato, aunque el curso ya comenzó, pero su uniforme de oficial de la Marina obra milagros. Luego ha de lidiar con el empeño de su madre: Julia quiere trabajar.

  -Álvaro, hijo, ¿por qué no quieres que trabaje aunque solo sea media jornada? Estar todo el día mano sobre mano no se ha hecho para mí. Ten en cuenta que desde los dieciocho trabajo y estoy hecha a ello.

   -Mamá, no me des la tabarra con el trabajo, ya te dije que gano lo suficiente para manteneros. Lo que tienes que hacer es descansar que bastante has trabajado en tu vida.

   -Pero, por lo que me han contado, los militares no ganáis tanto. Igual te vendría bien que pudiese aportar algún dinerillo para ayudarte a pagar los gastos de la casa. Ten en cuenta que somos cinco, seis cuando tú estás, y solo en comida se va un dineral.

   -Mamá, qué pesada te pones a veces. Ten en cuenta que me paso la mayor parte del tiempo a bordo del Canarias y además del sueldo cobro los pluses por estar embarcado, lo que es suficiente para pagar los gastos de la casa, la comida y lo que sea necesario. Por tanto, no necesitas trabajar, ni lo necesitas ni te he traído para ello. Lo único que te ruego es que te cuides y atiendas al resto de los chicos como siempre has hecho.

   -¿Y de Concha, qué hacemos?

   -Tampoco tiene que trabajar, bastante tarea tendrá en cuidar de la casa y hacerte compañía, salvo que tenga un decidido deseo de hacer algo. Mira, se me acaba de ocurrir, puede prestar servicios voluntarios en el Auxilio Social, ayudará a los más necesitados y le quedará tiempo suficiente para lo que quiera.

   Pasadas unas semanas, Andrés le plantea a Álvaro un problema de otra índole. El mozo ha descubierto que ser marino tiene muchas ventajas, sobre todo si eres oficial, y una de ellas es  que las mujeres se rifan a los marinos jóvenes. Se ve llevando el traje de oficial de la Marina y, con su buena planta y la de picardías que ha aprendido, no habrá mujer que se le resista. Lo único que le da pereza es pensar que tendrá que aprobar el ingreso en la Escuela Naval Militar. Pero en alguna parte ha oído que para ingresar en la ENM tendrán preferencia aquellos marineros voluntarios que hayan ido embarcados en alguno de los buques de la Flota, por lo que su estancia en el arsenal no le aporta mérito alguno. Por lo tanto, debería embarcar, y ¿quién mejor que el tato para conseguirle un buen enchufe en alguno de los buques con base en Cádiz? Y así se lo plantea a su hermano.

   -Así que quieres enrolarte en un buque. ¿Tú sabes lo que me estás pidiendo? El arsenal es el mejor sitio para que no te hagas ni un rasguño por mucho que dure la guerra; por el contrario, si embarcas pueden herirte, puedes naufragar y hasta morir.

   -Lo sé, pero si te acuerdas de la abuela Pilar recordarás que decía: el que algo quiere, algo le cuesta.

   Por mucho que Álvaro le describe las ventajas que conlleva continuar en el arsenal y los peligros que encierra formar parte de la dotación de un buque de guerra, Andrés no cede en su empeño. Vista la tozudez de su hermano, Álvaro cede y busca cuál será el mejor navío en el que enrolar al chico. Al principio piensa en el Canarias, pues teniéndole cerca podrá controlarle, porque sigue sin fiarse mucho de Andrés, pero un compañero le hace ver la incomodidad que supondrá para el resto de la dotación e incluso para los mandos dirigirse a un marinero que es  hermano de uno de los oficiales del buque. El siguiente destino en el que piensa es el crucero Baleares, que tantas veces navega junto al Canarias. Al final, y antes de que acabe el año, Andrés Carreño se embarca como marinero voluntario en el Baleares por la duración de la guerra.

   El 30 de noviembre el gobierno republicano traslada su sede de Valencia a Barcelona. Lo que se ve de forma diferente en uno y otro bando. En la tertulia del Gijón lo consideran lógico, dado que la capital catalana es la ciudad más importante del territorio republicano. En la tertulia de la perfumería lo ven como una muestra de que el gobierno de Negrín quiere estar cerca de la frontera francesa por si ha de tomar las de Villadiego. También especulan sobre cuál será el siguiente objetivo que se marcarán los nacionales.

   -Puesto que lo de Belchite acabó en tablas, para mí que Franco atacará Barcelona, es donde existe la mayor concentración industrial de la república –opina Infantes.

   -Tengo alguna información –Valdés siempre oculta sus fuentes informativas- que apunta a que el Estado Mayor de Franco puede estar preparando una ofensiva de invierno sobre Madrid. Al parecer, Franco está obsesionado con la capital.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 62. Teruel existe