viernes, 4 de septiembre de 2020

Libro II. Episodio 56. Entre pillos anda el juego


   Tras meditarlo detenidamente, Pilar llega a la conclusión de que, aunque su hijo pueda enfadarse si algún día se entera, tiene que intervenir para que el chico no lo eche todo a perder. Y eso le lleva a entrevistarse con el tío Elías antes de que Julio le plantee su ultimátum. Medita sobre cómo enfocar la entrevista con el Bisojo del que sabe que es un pillo negociando. Deberá ser más hábil que el droguero si quiere sacar algo en limpio. En cuanto tiene bien trabados sus argumentos se planta en casa del Bisojo para interesarse por su salud, es su pretexto.

   -¡Doña Pilar, usté por aquí, cuanto me alegro de verla! Que bien está; en cambio yo, ya me ve, hecho un eccehomo –se lamenta Elías.

   -Pues por su cara nadie diría que está usted con los arrechuchos de la artritis –La maestra comienza a darle jabón al droguero.

   -No, si de la cara no me quejo, pero mire como tengo las manos y la pierna, y además con una ciática que me lleva por la calle de la amargura. Pero ya está bien de quejas, que esas no me van a curar. Tiene que saber que estoy muy satisfecho con el trabajo de su hijo. Se ha revelao como un chico cumplidor como el que más, y honrao a carta cabal –El Bisojo se ha enterado de las pernoctaciones que le cobra el mañego cuando duerme en el carro, pero como es consciente de lo poco que le paga prefiere hacerse el ignorante-. Y, por lo que me cuentan, tiene mano izquierda pa tratar con las clientas. Una joya, vamos.

   -No sabe la satisfacción que me da al hablar así del chico, y eso me hace más cuesta arriba lo que vengo a decirle –La aragonesa aprovecha sin dudarlo el pie que le acaba de dar, sin pretenderlo, el droguero.

   -Usté dirá –El Bisojo se ha puesto en guardia, algo le dice que la visita de la maestra no es únicamente para interesarse por su salud.

   -Verá, señor Elías, no voy a andarme por las ramas, vengo a pedirle disculpas.

   -¿Pedirme disculpas, usté?, ¿por qué?, si no me ha hecho na.

   -Yo no, pero mi hijo sí. O mejor dicho, se lo hará. Y como usted se portó tan bien con nosotros, creo de ley que, como el chico no lo hará, debo hacerlo yo.

   -Sigo sin entenderlo, doña Pilar, ¿qué es lo que me hará Julio?

   Y la aragonesa le cuenta que su hijo está muy contento con el trato que le dispensa, y que cada día que pasa le gusta más su trabajo, tanto cuando viaja como cuando trabaja en la tienda, pero…

   -… ya sabe usted como es la gente joven, son culos inquietos y no tienen apego a na. Resulta… -Pilar hace una estudiada pausa- que le han ofrecido un empleo en el que ganará casi el doble de lo que usted le paga y lo ha aceptado o está a punto de hacerlo. Y como él igual no lo hace, tengo que ser yo la que le pida perdón por esa falta de lealtad.

    El Bisojo acusa la noticia, inmediatamente calcula el estropicio que le puede causar Julio si se va en estos momentos. El médico le ha dicho que no se va a curar a corto plazo, con su mujer sigue sin poder contar, y contratar a un nuevo empleado significa que, por espabilado que sea, tardará semanas, sino meses, en ponerle al día acerca de los múltiples y diferentes artículos de la droguería. Y mientras se forme, ¿qué? No le queda otra que atajar de inmediato la anunciada renuncia, pero para eso necesita más información.

   -¿Y se puede saber quién le va a pagar al chico el doble?, ¿es alguien conocido?

   -Desconozco quien pueda ser el que le va a pagar tanto al chico, pero parece que es de aquí.

   -No me diga más, debe de ser el malasombra de Manuel Galiana que lleva tiempo fanfarroneando de que quiere ampliar su ferretería con una sección de droguería. Y si lo hace, necesitará de alguien experto en el ramo. Por eso le habrá ofrecio a Julio el oro y el moro, pero ya sabe usté que una cosa es predicar y otra dar trigo.

   -No puedo asegurarle que sea ese Galiana del que habla, pero lo que dice está bien traído.

   -Sabe usté que menos la muerte to tiene solución en la vida. ¿Cómo podríamos arreglar este desaguisao antes de que sea demasiao tarde?

   La maestra sabe que, hasta el momento lo que han hablado han sido fuegos de artificio, a partir de ahora es cuando va a comenzar la negociación de pillo a pillo. Y se apresta a ello, para lo cual debe de ser el Bisojo quien lleve la voz cantante y quien parezca que marca las reglas del juego.

   -No tengo ninguna experiencia en cuestiones como la que nos ocupa, señor Elías, pero a buen seguro que, en su larga vida de comerciante, usted debe habérselas visto en más de una ocasión con problemas como este y más complicados aún –Pilar devuelve la pelota al terreno de su oponente.

   -Pues, aunque pueda parecerle raro, le diré que es la primera vez que me pasa. Julio es mi primer empleao. Hasta el presente, yo y mi mujer nos las hemos apañao solos, pero los años no pasan en balde… Así que el doble eh, ¿y del sueldo o de la comisión?

   -Eso no me lo ha contado el chico –Pilar insiste en llamar a su hijo el chico, como si estuvieran ante la travesura de un adolescente y no de un hombre hecho y derecho-, pero imagino que será el doble del montante del salario y de la comisión que usted le abona.

   -Bueno, los problemas de dinero se solucionan con dinero. ¿Con cuánto calcula usté que se conformaría el chico pa no irse?

   La aragonesa sonríe para sus adentros. Evidentemente, el tío Elías es un pillo negociando y trata de que sea ella la que marque los límites del acuerdo, pero a pillería no le va a ganar.

   -Ya le he dicho que no tengo experiencia en asuntos como este. Solo soy una maestra de primeras letras, aquí el que sabe de negocios es usted.

   El Bisojo, que dista de ser lerdo, percibe que no va a poder llevar a la maestra a su terreno, por lo que se lanza a realizar ofertas concretas.

   -¿Usté cree que se quedaría si le ofreciera aumentarle el sueldo veinte duros al mes? Un aumento de cien pesetas es mucho dinero.

   -No, no lo creo –Doña Pilar acepta el envite del regateo y sabe que en esa fase cuantas menos explicaciones dé mejor le irá.

   -¿Entonces…?

   -Además de subirle el salario tendría que subirle también la comisión, es de lo que más quejoso está.

   -Sabrá usté, que hace na se la subí hasta el siete. Y buenos dineros que se está sacando. No puede pedirme más, ¿no le parece?

    La aragonesa da la callada por respuesta. El droguero, muy a su pesar, intuye que debe subir la apuesta.

   -En el mejor de los casos, y sería un duro recorte pa mis ganancias, podría irme hasta el ocho, lo que puede suponerle una montonera de dinero, ese porcentaje debería ser más que suficiente, ¿no cree?

   Pilar sigue callada, presiente que todavía puede estirar más la cuerda.

   -¿No dice na?, ¿es que el ocho no le parece bastante?

   -Yo estaba pensando en el doce.

   -¡Pero que dice usté, buena mujer, ¡¡el doce!!, solo falta que me diga que le regale la tienda! Así no nos entenderemos, no se puede negociar pidiendo lo que no se puede dar –El Bisojo parece verdaderamente escandalizado, aunque la maestra sospecha que está haciendo teatro, algo que nunca viene mal en una negociación. En lugar de entrar en el clásico tira y afloja de todo pacto, opta por llevar la discusión al terreno en el que sabe que se desenvuelve mejor que su interlocutor, el del análisis.

   -Vamos a analizar el problema, señor Elías. Veamos lo que ambas partes pierden y ganan. Comencemos por el chico –Sigue hablando del chico como si se tratara de alguien ajeno a ella-. Perderá un buen trabajo en el que se siente muy a gusto, pero ganará otro parecido. Perderá una paga mensual con la que no está contento, en cambio ganará otra que le supondrá el doble de sueldo. Y perderá un patrón a quien tiene en alta consideración, y en su lugar tendrá otro que todavía no sabe cómo le tratará. Veamos qué perderá y ganará usted. Perderá a un empleado conocedor del negocio, ganará otro que posiblemente no conozca nada o, en el mejor de los casos, muy poco del negocio. Se ahorrará dinero con el nuevo empleado, puesto que al ser novato podrá pagarle menos que al que tiene ahora. Y perderá un empleado del que sabe que puede fiarse, para tener otro del que no sabrá, hasta que pase un tiempo, si es tan honrado como el que tiene. Dígame usted quien pierde y quien gana más de los dos.

   -Pos yo veo un empate.

   -No hay empate. El chico gana poco, pero usted va a perder mucho. Analicemos a ese hipotético nuevo empleado –Por el gesto que ha hecho el Bisojo, la maestra intuye que lo del hipotético nuevo empleado no lo ha entendido y lo aclara-, me refiero a la persona, sea quien fuere, que deberá contratar para suplir al chico. Hasta donde yo sé, en toda Plasencia solo hay dos personas, mejor dicho tres, que sepan de droguería. Una es usted, que por ahora está fuera de juego y, desgraciadamente, lo puede estar bastante tiempo. Otra es su esposa, que desafortunadamente está todavía peor. Y el tercero, aunque a mucha distancia, está el chico. Si emplea a alguien de la ciudad forzosamente tendrá que ser un novato en el negocio. ¿Cuánto tiempo tardará en ponerse al día?, ¿dos meses, tres, cuatro?, ¿y mientras tanto qué? Se lo diré: las ventas caerán en picado y, lo que es peor, puede dar lugar a que alguien abra una nueva droguería.

   -Cualquiera diría que es usté andaluza por lo exagerá que es. Me basto y me sobro pa poner al día a cualquiera que no sea una acémila en menos de una semana.

   -No soy quien para enmendarle la plana, pero permítame que lo dude. Por lo que me ha contado el chico la droguería es un negocio muy complejo y muy diferente a la mayoría de comercios. Por ejemplo, en una zapatería se venden muchos tipos de zapatos, de diferentes modelos, colores, materiales, etcétera, pero siempre se trata del mismo artículo, zapatos. En cambio, en una droguería se venden decenas y decenas de artículos que se parecen entre sí lo que un huevo a una castaña pilonga. Eso no se aprende en un mes ni en cinco, por muy bien que usted lo enseñe, y aunque el que contrate sea el más listo del pueblo.

   -Bueno, pues buscaré a alguien de fuera –El Bisojo tiene siempre la réplica a punto.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 57. Una alumna deplorable

martes, 1 de septiembre de 2020

*** Post info. 14. Próxima inclusión en el blog de la novela "Las dos guerras de Aurelio Ríos"


   Como habrán advertido los lectores, he modificado el prólogo del blog. He pensado que la explicación que daba del contenido del mismo se podía presentar de una forma más clara y más ajustada a las obras archivadas en él. Y, sobre todo, porque desde la próxima semana el blog contendrá un archivo nuevo: Las dos guerras de Aurelio Ríos, la primera obra de ficción que escribía desde una pésima narración que pergeñé al salir de la adolescencia.

   Mi primera novela comencé a escribirla en 2005; fue una especie de placebo para mitigar la pena por el fallecimiento de mi esposa. Me costó terminarla casi cinco años y, como aún no había descubierto las posibilidades que brinda internet, desde el primer momento tuve la intención de que, si algún día la publicaba, sería en la forma tradicional, en papel. Logré que la Diputación de Castellón se interesara por la obra y publicó la primera edición de Las dos guerras de Aurelio Ríos. La tirada se agotó y, posteriormente, hice por mi cuenta una corta edición de la que me quedan un puñado de ejemplares que no los vendo, los regalo. 

 

   Cuando descubrí, gracias a mi amigo Ricardo G. Ballarín, las posibilidades que tenían los blogs, ya no me preocupé por buscar editores, colgué mis relatos en el blog que creé explícitamente para ello, senillar.blogspot.com.es. En él están recogidas mis cuatro novelas posteriores, presentadas por episodios, y que por orden cronológico son: La pertinaz sequía, Apartamento con vistas al mar, El robo del Tesoro Quimbaya y Una playa aparentemente tranquila. Y ahora estoy colgando los episodios de la narración que estoy escribiendo, Los Carreño.

viernes, 21 de agosto de 2020

Libro II. Episodio 54. Tendrías que ir como un pincel

   Julio está aprendiendo a marchas forzadas cómo tratar a los clientes, para lo que recuerda las lecciones que le dio el brigada Carbonero. Con las mujeres charla, bromea y hasta les echa algún que otro piropo si viene al caso. Con los hombres es más parco en el decir, suele limitarse a alabar la calidad de la mercancía e indicar el precio. Tiene un problema con la inveterada costumbre del regateo pues le hace perder mucho tiempo. Ha optado que cuando hay un tropel de compradores que atender a la vez no regatea, se circunscribe a decir el precio y se mantiene en el mismo. Si los clientes son pocos se permite regatear. También está aprendiendo la técnica de las ofertas de tres por dos en determinados artículos, así como la venta de saldos o de ofertar un determinado producto a un precio concreto, generalmente rebajado, hasta el fin de las existencias, aunque dentro del carro tenga más mercancía. Todas esas artimañas de vendedor es lo que le está contando a su madre, además de otras cuestiones de las que no le había hablado como la de que hay noches que duerme en el carro, aunque no le ha dicho que al Bisojo le cobra la pernoctación.

   -Lo de dormir en el carro para ahorrarte unas pesetas no me parece mal, pero ahora que vamos de cara al invierno espero que no lo sigas haciendo, puedes pasar frío y si te acatarras vas a perder más que lo ahorrado.

   -Lo tengo previsto, madre. En cuanto caiga la primera escarcha se acabó lo de dormir en el carro. A lo que todavía no le encontré remedio es qué hacer cuando se me agolpan muchos clientes, hay veces que en cuanto llego ni tengo tiempo de exponer toda la mercancía.

   Doña Pilar se queda pensativa y al cabo de un breve lapso le cuenta lo que se le acaba de ocurrir.

   -Cuando se agolpen muchos compradores, sin que hayas podido exponer toda la mercancía,

lo que podrías hacer, antes de montar el chiringuito, es poner unos carteles en los que enumeres los principales artículos que llevas. Tendría que ser de lo primero que hicieras, así la gente tendrá la información que en esos momentos de tumulto tú no puedes ofrecerles de palabra.

   -Me parece una estupenda idea, y se me ocurre donde ponerlos, en los adrales del carro que así los verá todo el mundo. Aunque lo de los carteles tiene un pero: la mayoría de la gente es analfabeta, sobre todo las mujeres.

   -Es verdad, no había caído en eso… –y, tras una pequeña pausa, Pilar sugiere-. Podrías remediarlo en parte poniendo en cada cartel dibujos que representaran, más o menos, los artículos que enumeras en el anuncio. Por cierto, una curiosidad que nunca me acuerdo de preguntarte: teniendo en cuenta lo mal que habla el castellano la mayoría de la gente de pueblo, ¿no les debe parecer tu habla muy redicha?

   Julio suelta una carcajada como si acabaran de contarle un chiste de lo más gracioso.

   -Madre, si oyeras hablar a tu hijo con la gente de los pueblos te harías cruces. A la mayoría de los clientes, salvo excepciones, les hablo en lenguaje pueblerino: les llamo chacho o prenda cada dos por tres, digo lo de no hay na de na y pa que, suelto un mecagondié cuando se tercia, llamo cacharros a los envases y me como las des de los participios. O sea, que de redicho na.

   A principios de septiembre, vuelve a visitar a doña Pilar la señora viuda de Manzano y trae con ella a la menor de sus hijas, Julia, que cumplirá diez años a lo largo del curso 1892-93. Soledad vuelve a plantear a la maestra que quiere que su hija estudie el bachillerato, y que como en la ciudad vive su hermana mayor, Consuelo, podrá quedarse en su casa.

   -…. y me han asegurao que usté es la que mejor prepara a los chicos que estudian por libre. Y no sé si se acordará, pero la otra vez que estuve con usté me aseguró que la niña servía pa estudiar.

   Doña Pilar se acuerda de la niña que, pese a sus nueve años, apunta ya una precoz pubertad. La pequeña no ha abierto la boca, solo mira con curiosidad y algo de recelo a la maestra que termina aceptándola como alumna. Pilar le da a la madre una lista con los libros de texto que debe comprar, y se despiden sin que ninguna de ambas haga la menor alusión al hecho de que sus hijos mantuvieron una apasionada relación. En cuanto comienza el curso, rápidamente la maestra se da cuenta que Julia Manzano es especial por varios motivos: es la única chica entre sus alumnos, es hermana de la que fue el gran amor de su hijo y también la que le plantea mayores problemas como alumna. Esta chiquilla es un diamante en bruto, se dice, pero me va a costar pulirla, sí es que lo consigo. Cuando está enseñando a los futuros bachilleres, hay días que Pilar piensa que tres trabajos al tiempo son muchos, pero quiere comprarse una casa en la ciudad y para eso necesita sumar ingresos. Se ha prometido que en cuanto alcance la cifra necesaria, al menos uno de los quehaceres lo dejará.

   En noviembre ocurre algo imprevisto: al Bisojo se le ha agravado la artritis reumatoide que padece. Se le han inflamado las membranas sinoviales, especialmente de los dedos de las manos, y ha quedado imposibilitado para atender a los clientes. El tío Elías cuenta a Julio lo que le está pasando y que, como su mujer también está pachucha, el mañego tendrá que ponerse al frente de la tienda. Julio no pone ningún reparo, al contrario recibe complacido la nueva, pues así se ahorrará transitar por los embarrados caminos del norte cacereño. En cuanto llega a casa le cuenta a su madre el cambio y que, además, el Bisojo le subirá la comisión dos puntos.

   -Lo siento por el señor Elías, pero me alegro por ti. Ahora que ha empezado el mal tiempo estarás mejor detrás de un mostrador que en el pescante del carro –comenta doña Pilar-. ¿Y cuánto tiempo va a estar de baja?

   -El médico ha dicho que le ha dado un brote muy fuerte; calcula que tiene para varias semanas.

   -Si vas a estar en la tienda se me ocurre que igual tienes que comprarte una bata. El señor Elías lleva siempre una. Supongo que lo hace para no ensuciarse la ropa, pues en la tienda debe haber productos y líquidos con los que ha de ser fácil mancharse.

   -No pienso llevar ninguna bata, madre.

   -Lo que quieras, hijo, ya tienes edad más que suficiente para decidir por tu cuenta.

   Y así comienza una nueva etapa en la vida laboral de Julio Carreño. El cambio es más profundo de lo que esperaba. Ni vende los mismos artículos que antes, ni los compradores tienen el mismo talante, ni la mayoría de procedimientos que empleaba le sirven en el ambiente urbano en que ahora se desenvuelve. Uno de los primeros cambios que constata es que no puede vender medicamentos, solo productos herbarios, dietéticos y homeopáticos, pues en Plasencia hay varias boticas. También ha debido olvidarse de usar el dialecto extremeño, ya que generalmente en la ciudad la gente habla bien el castellano. Otro aspecto que ha tenido que modificar es su vestimenta, aunque la idea no ha sido suya. A los dos días de su estreno como tendero, al llegar a casa encuentra a su madre planchándole una camisa.

   -Hoy es jueves, madre, ¿por qué me planchas la camisa de los domingos?

   -Porque es la que deberías ponerte mañana, no tendrías que ir a la tienda llevando camisas con los puños deshilachados y esa vieja chaqueta de pana. Eso podía servir para ir por los pueblos, pero no vale para la ciudad.

   -Madre, no soy el señor juez, ni el notario, ni un médico, soy un simple tendero y no creo que la gente compre o deje de comprar porque vaya vestido de una u otra forma. Y tú que tan aficionada eres a citar refranes te recuerdo aquél que dice: el hábito no hace al monje.

   -Bien, hijico, pero ya que vamos de refranes te recuerdo otro: dime cómo vistes y te diré quién eres. Si vas a la tienda hecho un zarrapastroso, los clientes pensarán que no eres más que un pobre empleado que no gana ni para ir vestido decentemente. Y no te respetarán. En cambio, si vistes bien la gente pensará que eres algo más que un empleaducho y te tratará con mayor respeto. Puedes hacer lo que quieras que ya eres mayorcito, pero lo que yo haría a partir de mañana sería presentarme en la droguería hecho un pincel.

   -O sea, que hecho un pincel, eh. Madre, soy yo quien decide cómo ir vestido.

   -¡Por Dios, Julio!, no te pongas en plan de adolescente rebelde. Es cierto que tienes edad para decidir si ir vestido correctamente o como un gañán. Tú mismo.

   Al mañego lo del tú mismo le da que pensar. Es consciente de que a veces su madre se pasa un trecho dando consejos, pero recapacita pues sabe que sus recomendaciones suelen ser atinadas, por lo que agacha las orejas y da por concluido el diálogo. Sin embargo, al día siguiente se esmera en vestirse, se pone la camisa que su madre planchó el día anterior, cambia su raída chaqueta de pana por otra más presentable y hasta llega a abrillantarse los zapatos, aunque sigue irritado. Se distiende su ceño cuando ve que tiene carta de Chimo Puig. El morellano le cuenta una noticia inesperada: ha dejado de trabajar para Carbonero. Resulta que el brigada descubrió que, a sus espaldas, vendía más artículos que los de bisutería. Su reacción fue fulminante: le despidió al instante. Pero Chimo no se arredró, se puso en contacto con un mayorista de bisutería de Barcelona, alquiló un viejo chiscón y ahora lo está adecentando para abrir su propia tienda de bisutería y suvenires. Julio siente envidia por la capacidad de iniciativa que demuestra su amigo. Algún día debería hacer lo mismo.

   El mañego aprende rápido, y pronto se adapta al nuevo horario. Abre la droguería a las nueve de la mañana hasta las catorce en que vuelve a casa a almorzar, comida que prepara la criada que han tenido que buscar y que además les limpia la casa. A las cuatro de la tarde regresa a la tienda hasta las ocho, hora en que cierra, pero casi todos los días se queda más tiempo, pues hay que cuadrar caja y reponer los artículos que se han agotado. Y así, de lunes a sábado. Solo le quedan libres los domingos, en los que no sabe qué hacer.

   Tendré que buscarme algo para entretenerme los domingos, piensa.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 55. La revelación de los márgenes