martes, 8 de abril de 2025

14. “El masover”. Que estén buenorras

Los amigos de Zaca... ¿Qué no he hablado de sus amigos? Perdón. Ha sido un olvido propio de un casi nonagenario. Los viejos nos acordamos diáfanamente de escenas de nuestra niñez, pero olvidamos hechos recientes. Ya mismo enmiendo la omisión.

   Hasta los diez años, Zaca no ha sentido la necesidad de tener amigos. Que en los primeros años de su niñez, la ausencia en su vida cotidiana de amigos no le haya afectado ha sido producto de varios hechos que han generado un efecto sinérgico entre sí. El más importante es su natural introvertido y solitario: ni su mente ni su cuerpo ni sus instintos le han pedido tener compañeros con los que charlar, jugar y divertirse. A lo que se ha sumado su precoz pasión por la lectura: entre leer un tebeo, un cuento de hadas o una novela del oeste y dialogar con un chaval que sólo conoce los cuatro lugares comunes que es todo el bagaje cultural de la mayoría de niños de la localidad, no hay color. Un tercer factor ha sido su natural enfermizo, lo que ha generado que durante épocas haya pasado más tiempo en casa que en la calle, pues es en ésta donde se forjan las amistades tempranas. En los pueblos pequeños los niños viven más en la calle que en casa, dado que las rúas pueblerinas son lugares idóneos para socializar, pues todo el mundo se conoce, a lo que se añade que son seguras, dado que el tránsito rodado es, prácticamente, inexistente. Y, finalmente, ha concurrido a conformar la ausencia de amigos otro hecho poderoso. En una sociedad primitiva y rural como la torreblanquina lo que se pide a los varones –y se conceptúa a los niños como varones bajitos- es que corran como  guepardos, salten como canguros, trepen como chimpancés y tengan la fuerza de un elefante; o sea, lo que se valora es el músculo no el intelecto. Y en ese apartado la genética no ha sido generosa con Zaca, más bien todo lo contrario. La consecuencia de esa carencia es que el muchacho es alguien que no cuenta o tiene escasa relevancia en la escala de valores de una sociedad asaz primitiva.

   A esa tetralogía de factores se agregan otros hechos que explican la ausencia de amistades. Uno es la coyuntura de que en la familia Clavijo-Alsina no hay chavales de su edad. Otro que, en el vecindario el único chico de edad parecida a Zaca ya tiene su pandilla, en la que no encaja un chaval de su perfil. Ítem más: en la escuela tiene fama de empollón y de ser un pelín raro, y esos no son los mejores rasgos para ser alguien que concite el deseo de sus condiscípulos de ser amigos suyos.

   Su carencia de amigos no significa que Zaca no tenga relación alguna con otros chiquillos. Se codea con sus condiscípulos de la clase, en la que no es el más popular, pero si es respetado, pues todos aceptan que es el más listo. Y en algunas ocasiones, Paco Monero –es el apodo familiar, en realidad se apellida Franch-, un chico mayor que Zaca y que vive en su misma calle, se lo lleva con él y sus amigos a alguna de las batallas contra otras pandillas o a robar fruta en huertas ajenas. Incluso, cuando el chaval cuida de Chimet se lo llevan también embutido en el carrito, como aquella vez que fueron a jugar a les Coves de l´Argila y les pilló una tormenta que los remojó como una camiseta en la colada.

   A los diez años algo ha debido cambiar en el muchacho para que sienta la necesidad de tener amigos y, quizás más que amigos, de formar parte de una pandilla en la que tener unos colegas con los que charlar, contarse secretos, jugar y divertirse. Puesto que es consciente de que no cumple con ninguno de los rasgos que valoran sus paisanos y, en consecuencia, duda de que haya alguien que busque su amistad, se dice la frase que ha leído en algún libro: si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña. Y se lanza a buscar amigos. Los encuentra en familias en las que los padres tienen claros nexos de afinidad con el suyo: ser forasteros –en Torreblanca todo el que no es torreblanquí es foraster-, no trabajar la tierra y pertenecer a la que podríamos calificar como la clase media local. Y esos rasgos los tienen los señores Joaquín Queralt, Celestino Pifarré y, algo menos, Manuel Pitarch. Salvo este último, los otros no son naturales del pueblo y tampoco son labradores. El primero es uno de los médicos de asistencia domiciliaria del pueblo. El señor Pifarré, es factor de circulación de la compañía de Ferrocarriles del Norte de España.  Pitarch es el único que no acaba de adaptarse plenamente a los rasgos descritos, pues además de ser celador de telégrafos, también es propietario agrícola.

   Los hijos mayores de los mentados padres son los que terminan siendo amigos de Zaca Clavijo: Joaquinito Queralt, Manolo Pitarch y Joaquín Pifarré.

   Joaquinito Queralt es de la misma quinta que Zaca –en el pueblo se cuenta la edad según la quinta en la que un varón hizo la mili-. Coincidieron en la escuela de párvulos y en el rebañito parroquial cuando hicieron la primera comunión. Es rollizo, patizambo, extrovertido y lleva gafas. Y no es demasiado listo. También es el que ha desarrollado antes la pubertad. Estudia bachillerato en el internado que los escolapios tienen en Castellón, por lo que no encaja en la mentalidad de las pandillas de adolescentes locales. Y al estar interno solo puede juntarse con sus amigos los domingos.

   Manolo Pitarch, si cumple dos de los requisitos para ser admitido en cualquier panda local de chavales: su familia tiene numerosas fincas y es oriunda del pueblo. Pero una salud frágil y una constitución endeble le llevan a guardar reposo con frecuencia y le impiden tener los estándares físicos de la chiquillería local. Es delgaducho, tiene la piel de un color lechoso y un aire entre tristón y apático. Tiene un año más que Joaquinito y Zaca, aunque por su carácter no lo aparenta.

   Joaquín Pifarré –al que suelen llamar Pifa- es alto, fuerte, rubito, extrovertido, decidido y más alegre que unas castañuelas.  Es un año más joven que los demás. Dado su potencial físico podría ser perfectamente admitido en cualquier pandilla local, pero es forastero y su padre empleado del ferrocarril. También es el más resuelto y audaz del grupo y quien los capitanea cuando hay que enfrentarse a otras pandillas o hacer incursiones en las huertas para robar fruta.

   Entre los cuatro no caben distinciones. Cada cual acata de antemano el lugar que le corresponde en la pandilla. Zaca sabe que no puede imponerse a Pifa, aunque tenga una inteligencia superior, y éste acepta que sea Clavijo quien planee las correrías y diversiones. Manolo reconoce que está por debajo de los otros tres, a pesar de tener fincas y bienes que los otros no tienen. Y Joaquinito, entre que para poco en el pueblo y es hijo de quien es, suele hacer rancho aparte. Pese a que no hay una jerarquía entre ellos, en la percepción individual Queralt y Pitarch se sienten superiores a Pifa y Clavijo y, aunque tratan de disimularlo, en el fondo los miran por encima del hombro. Joaquinito porque su padre es médico, lo que le sitúa en una posición social superior. Manolo porque sus padres poseen fincas y, por tanto, se supone que es rico. En cambio Pifa y Clavijo son hijos de unos empleados de medio pelo. Y en la escala local de valores las familias que no poseen bienes raíces son consideradas unas pobretonas. Todo ello no afecta a Pifa ni a Clavijo que, a su vez, piensan que Pitarch y Queralt tendrán más perras, pero no dejan de ser unos pobres diablos.

   De sus amigos, su íntimo, el único con el que se confiesa Zaca, es Pifa, lo que no deja de resultar sorprendente porque es su antítesis, tanto física como emocionalmente. Son tan diferentes que parece imposible que sean amigos, pero los sentimientos son los que son, y la amistad entre ellos se hace fuerte y sólida a medida que pasan los años.

   Son los condicionantes sociales y la cerrazón de una sociedad muy estratificada lo que les ha inducido a hacerse amigos y llevar como pandilla una vida en los límites tangenciales de la sociedad local. Al no participar en los eventos que jalonan las costumbres de la juventud local están, de algún modo, marginados por el resto del mocerío torreblanquino. Ni siquiera han sido capaces de participar como grupo en los actos que comandan los jóvenes en las fiestas patronales. Sus distracciones se reducen a interminables charlas sobre chicas –de las que realmente saben muy poco-, que piensan ser de mayores y que películas esperan ver el domingo, día en el que suelen reunirse.

   Salvo Queralt, la madurez sexual –que en los pueblos suele ser más precoz que en las ciudades- de los demás amigos anda un tanto retrasada y solo a partir de los doce años han comenzado a interesarse por las muchachas, entre las que es posible que sean aceptados fácilmente, pues al estudiar tres de ellos se les supone un futuro halagüeño. 

   La primera aproximación que, como grupo, deciden hacer a la grey femenina será con ocasión de la Semana Santa. El domingo de Pascua es una fecha muy esperada por la juventud local, pues existe la tradición de que en ese día se reúnan pandillas mixtas para comerse la mona de Pascua -bizcocho redondeado de harina, huevos y azúcar, decorado con uno o varios huevos duros y frutas escarchadas-. Esa es la excusa para que en alguna de las casetas de campo que esmaltan el término municipal, se reúnan los jóvenes para confraternizar, divertirse, bailar y pasar juntos una agradable tarde, rompiendo la rígida barrera entre los sexos que impera, de manera más o menos estricta, el resto del año.

   Puesto que es el más lanzado y quien más chance tiene entre el mal llamado sexo débil, el grupo encarga a Pifa que sea quien busque una pandilla femenina con la que compartir la mona. Pero antes debaten sobre el criterio a tener en cuenta para la elección. Las opiniones son variadas. Zaca desea que sean leídas. Manolo que mejor si son pubilles. Joaquinito que deberían pertenecer a familias distinguidas. La respuesta de Pifa a ese ramillete de opiniones es una muestra de su controvertida personalidad: le gustan todas, algo que, Zaca, que es un pazguato en lo tocante a las chicas, le echa en cara.

   -Me la suda si son o no unas cerebritos, si tienen o no fincas y si pertenecen o no a familias distinguidas.

   -Entonces –pregunta Zaca que, conociendo a Pifa, teme lo peor-, ¿qué criterio usarás para elegirlas?

   -Que estén buenorras.

  

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 15 de la novela “El masovre”, titulado: De los traumas y complejos (10226 1930)

viernes, 4 de abril de 2025

Libro IV. Episodio 94. El nuevo patriarca

    Los Carreño quedan sumamente abatidos y aunque son todos mayores, menos Froilán, se sienten como si fueran niños que se han quedado sin referente en la vida. Como no lo pudieron hacer con su madre, preparan el funeral del padre con todo esmero. El cadáver del patriarca es velado durante toda la noche en la farmacia que han engalanado con crespones. Acuden amigos, clientes y conocidos a velar al difunto y dar el pésame a la familia. Todos los hermanos visten de riguroso luto, con la excepción de Froilán que no tiene un traje oscuro, pero le han puesto un brazalete negro en una de las mangas de la chaqueta. A Ángela, Pilar la ha acompañado a la sección de ropa femenina de Galerías Preciados, y le ha comprado un vestido negro. Al día siguiente, en la capilla del hospital de la Marina celebran un funeral religioso y luego le dan sepultura en el mismo panteón en el que yace Julia.

   Puesto que Jesús se ha encargado de insertar la esquela del fallecimiento en los principales periódicos madrileños, son muchos los amigos, conocidos y clientes de las farmacias que acuden a dar el pésame. Una vez inhumados los restos del patriarca, y cuando amigos y conocidos les dejan solos, Álvaro reúne a sus hermanos en el salón-comedor de la casa familiar con la inclusión de Paca, de Luis Verdú y de las esposas de Julián y Jesús. Sin ninguna clase de preámbulo, el primogénito les cuenta los postreros deseos del padre.

   -Antes de morirse, papá me encargó que me hiciese cargo de la familia, se lo prometí y lo voy a cumplir a rajatabla. Somos como una nave que se ha quedado sin capitán, por consiguiente, debe ser el segundo de a bordo quien se haga cargo de pilotar el buque. Por nacimiento, el segundo de a bordo soy yo y, por tanto, me corresponde el honor y la pesada carga de llevar el barco de los Carreño a buen puerto… -Álvaro hace una pausa por si alguien quiere intervenir, pero el silencio es general, por lo que prosigue-: Papá me encargó específicamente que cuidara de las chicas y que, si no os casáis, me ocupe de que no os falte de nada. Lo mismo me dijo de ti –añade dirigiéndose a Paca-, papá te estaba muy agradecido por tus desvelos cuidándonos a todos. Podrás vivir con nosotros hasta cuando tú quieras y no te faltará de nada. ¿Tenéis algo que decir? –pregunta. No hay repuesta, solo se oye el llanto de Paca.

   Tras la explicación a las mujeres, Álvaro se dirige a los varones.

   -De nosotros los que más preocupabais a papá erais los casados. Quizá hayáis pensado que este es el momento de independizarse, económicamente hablando, pero debéis saber que en su testamento ha dejado escrito que las ganancias de las farmacias son de toda la familia y una familia, una cuenta. Bien es cierto que los títulos de farmacéutico que hacen posible su funcionamiento son individuales, pero el capital con el que se montaron era del fondo familiar. Y me encomendó que así debe seguir, cosa que le prometí. Como el dinero es un asunto que frecuentemente divide a las familias, si alguno no está de acuerdo con la recomendación de papá este es el momento de decirlo. ¿Alguien quiere decir algo?

   Tras preguntar Álvaro si alguien quiere decir algo, Jesús va a hablar, pero Julián se le adelanta.

   -Por mí, y supongo que también por Jesús, que somos los casados, no hay problema, solo tengo una pregunta: ¿quién manejará la cuenta del fondo familiar al faltar papá?

   -Yo, naturalmente –responde el marino.

   -Pero Tato, tú te pasas la mayor parte del tiempo embarcado, ¿cómo vas a manejar la cuenta desde el buque en el que estés enrolado? –interroga Jesús.

   -Lo he estado pensando y, a partir de ahora, voy a solicitar destinos en tierra, concretamente, en Madrid. Dada mi hoja de servicios y los numerosos amigos y compañeros que tengo en el ministerio y en el Estado Mayor, no creo que vaya a tener problema para que me destinen aquí.

   -Tato –interviene Froilán, silente hasta el momento-, ¿has pensado que si tienes destinos en tierra te faltarán horas de mar para ascender? Todos los de tu promoción, incluso de promociones posteriores, ascenderán antes que tú. Así no llegarás a almirante que, con el carrerón que llevas, en unos años lo tendrás al alcance de la mano, siempre que tengas las indispensables horas de embarque.

   -Lo sé, Mosqui –Así es como llaman familiarmente al benjamín porque de pequeño era delgadito como un mosquito-, y esa será mi aportación personal a la unidad de la familia. Voy a sacrificar mi carrera profesional por vosotros, espero que sepáis valorarlo. ¿Alguna otra pregunta?

   Nadie habla hasta que Pilar se arranca.

   -En lo que a mí respecta, Álvaro, estoy totalmente de acuerdo contigo y quiero que sepas que tu sacrificio es un ejemplo de lo que siempre nos enseñaron los papás. La unidad familiar ante todo y sobre todo. Y te doy las gracias de corazón por tu generosidad.

   Álvaro se emociona al escuchar las palabras de su hermana Pilar que continúa:

  -Y para fortalecer esa unidad familiar, por mi parte seguiré aportando lo que está en mi mano: mi título lo tenéis a vuestra disposición todo el tiempo que lo necesitéis, sea un año, diez o lo que me resta de vida. Ah, y una sugerencia, y lo digo en serio, puesto que nuestro hermano se ha convertido en el cabeza de familia, creo que debemos dejar de llamarle Tato, a partir de ahora deberá ser simplemente Álvaro porque lo de paterfamilias suena demasiado pretencioso.

   -Gracias, Pilar. Otra cuestión: tengo que volver a Cartagena y hablar primero con el comandante del Escaño para comenzar a solucionar el problema de mi destino. Mientras lo arreglo, y pueden ser varias semanas, se encargará de manejar la cuenta del fondo familiar Julián, que es el mayor en mi ausencia. ¿Alguna objeción? –nadie dice ni pío. En la familia Carreño el orden de antigüedad se sigue al pie de la letra.

   -Julián, ¿algún problema por tu parte?

   -No, Álvaro, te prometo que te reemplazaré lo mejor que pueda, y sé que cuento con el apoyo de todos. Puedes irte tranquilo.

   Pasados unos días, Pilar y Luis vuelven a Barcelona y Álvaro regresa a Cartagena, no sin antes haber visitado el ministerio de Marina para iniciar las gestiones de su traslado a un destino de tierra. El compañero mejor ubicado para ayudarle en su deseo de abandonar su destino en el Escaño es Juanma Ortega, con el que compartió camarote en el Canarias y que ahora está destinado en el ministerio. Ortega le da su opinión sobre el paso que va a acometer su compañero.

   -¿Te lo has pensado bien, Álvaro? Creo que es una pésima idea, vas a tirar por la borda una carrera impecable.

   -Para mí antes que mi carrera está mi familia. Y si mi ascenso se ralentiza lo daré por bien empleado si consigo que mis hermanos sigan unidos como una piña.

   -Bueno, tú sabrás, pero te digo de antemano que no va a ser fácil. Con la II Guerra Mundial a nuestras puertas lo que necesita la Marina son oficiales en los puentes de mando y no en destinos terrestres. Tendremos que mover muchos hilos, pero mi apoyo no te va a faltar.

  El marino se reincorpora al Escaño, cuyo comandante promete ayudarle en su objetivo de lograr un destino en Madrid, pero le recuerda que la última  decisión no está en su mano.

   Antes de que llegue el anhelado cambio de destino, y a bordo del Escaño, Álvaro todavía presta destacados servicios a la Marina, pues el 14 de enero de 1943, en virtud de una orden del jefe de la segunda flotilla de destructores, es nombrado Comandante del destacamento militar a bordo del aviso italiano Orza, internado en el puerto de Palma, haciéndose cargo del mismo. Días después, a remolque del R-A 1 y escoltado por el Escaño y el Churruca, sale el Orza para Mahón, donde desembarca Álvaro y da por terminada su comisión de servicio. Tras la cual sigue moviendo teclas, y pese a la ayuda de amigos y compañeros, no hay manera de que consiga un destino en tierra.

   En febrero de 1942 ocurre un acontecimiento en la familia Carreño, de los que han de señalarse con piedra blanca: Carla y Julián tienen su primer retoño, un bebé tirando a pelirrojo al que bautizan como Julio, en honor del fallecido patriarca del clan.

   -Bueno –comenta el padre de Carla a Álvaro-, ya tenéis quien va a asegurar el apellido, la parejita ha cumplido con la familia -El marino no contesta, pero, en cuanto ve a Julián, no puede reprimirse y le cuenta lo que le ha dicho el padre de Carla.

   -¿Eso quiere decir que no pensáis tener más hijos?

   -Bueno…, Carla piensa que con uno ya está bien.

   -O sea, ¿qué en tu casa quien lleva los pantalones es tu mujer? Así no nos criaron nuestros padres. Hijos, los que Dios quiera enviaros…, pero eso tendrás que decidirlo tú y tu esposa, claro… -La inacabada frase es suficiente para Julián, ya sabe lo que tiene que hacer. ¡Buena se pondrá Carla!

   El invierno del 42 está en sus postrimerías y el marino sigue embarcado en el Escaño, hasta que el 22 de marzo del 43 llega al destructor un radiotelegrama a la atención del teniente de navío D. Álvaro Carreño Manzano. El radiotelegrafista, que conoce el deseo del oficial de que se le destine a tierra, le lleva el radiograma y al dárselo le dice con cara compungida:

   -A sus órdenes mi oficial, es para usted, y créame que lo siento.

   En cuanto Álvaro, sorprendido por la frase del marinero, abre el radiograma comprende el sentir del radiotelegrafista, pues lo que recibe es un mandato del jefe de la flotilla de destructores ordenándole que embarque en el minador Neptuno, en el que zarpa para Denia y luego a Valencia para hacer ejercicios de tiro naval. En el minador está enrolado hasta que fondean en Cartagena en mayo y se reintegra a su destino en el Escaño.     

   Acaba la primavera y Álvaro se desespera, porque no hay manera de conseguir un destino en tierra; hasta llega a plantearse solicitar la baja en la Marina por motivos de salud, puesto que sus intestinos siguen jugándole malas pasadas.

Aprovechando un corto permiso, vuelve a Madrid y plantea a sus hermanos la idea de la baja. Julián es el primero que la rechaza.

   -De ninguna manera, Álvaro. Está bien que te sacrifiques por la familia, pero no hasta ese extremo. Todos sabemos que la Marina ha sido tu sueño desde que dejaste de estudiar exactas. Y no debes preocuparte por el manejo del fondo familiar, hasta ahora no ha habido ni el más mínimo problema gracias a la cooperación de todos.

   Tras Julián, hay una rueda de intervenciones de los demás hermanos sumándose a la opinión del tercero de los Carreño; hasta Pilar, conocedora de la intención de Álvaro, llama desde Barcelona oponiéndose a semejante salida. Al ver tal unión al marino casi se le caen las lágrimas y desiste de su empeño. Seguirá en el Escaño hasta que Dios y los desconocidos designios del ministerio de Marina decidan.

   Mientras tanto, el otro marino de la familia, Andrés, realiza el cuarto curso que discurre de enero a junio de 1943. Periodo en el que, entre otras actividades, toma parte, con el batallón de alumnos de la Escuela, en el desfile que tiene lugar en Madrid el primero de abril con motivo del Día de la Victoria. Por no haber obtenido calificación suficiente en la asignatura de Mecánica, debe examinarse de nuevo de la misma al terminar la licencia reglamentaria que empieza a disfrutar en junio. Un mes después se reintegra a la nueva Escuela Naval de Marín en la que se examina nuevamente de Mecánica resultando apto.

   El hecho de que Andrés siga en Marín le da a Álvaro una oportunidad poco frecuente, pues en julio el Escaño parte para Galicia, fondeando primero en Marín. Días después, y por causar baja el segundo comandante, pasa a sustituirle. Luego van a Vigo y el 2 de agosto, y como buque insignia de la segunda flotilla, vuelven a Marín para asistir a la inauguración de la nueva Escuela Naval Militar, donde se junta con su hermano Andrés que está cursando el quinto curso. El reencuentro entre los hermanos es emocionante, incluso impacta a algunos de los amigos de ambos cuando el guardiamarina, cuadrándose y haciendo el saludo reglamentario, hace su presentación:

   -A sus órdenes, mi capitán, se presenta el alférez de fragata Andrés Carreño Manzano.

   -Descanse, alférez.

   Cuando ambos hermanos se quedan solos su primer pensamiento es para el benjamín de la saga.

   -¡Qué orgullosos estarían los papás con Froilán, haber ingresado en la primera convocatoria!

   -El Mosqui, si continúa así, acabará haciendo mejor carrera que nosotros –opina Andrés. Desde luego, mejor que la tuya sí, piensa Álvaro, pero se abstiene de verbalizarlo.

   -Vais a estar juntos un curso, tú en el último y él en primero. ¿Cuándo terminas quinto?

   -El curso discurre de julio a diciembre del 43.

   -¿Sabes cuándo el Mosqui llegará a Marín? 

   -Para los novatos el curso comenzará el 26 de septiembre.

   A pesar de que, en la década de los cuarenta, la España de la posguerra sufre un pertinaz empobrecimiento, la vida de los Carreño es bastante mejor que la de la mayoría de las familias. Todos los hermanos tienen trabajo y los ingresos de las dos farmacias dan para que la familia pueda llevar un tren de vida burgués.

   Mientras, la II Guerra Mundial prosigue su sangriento devenir. En el frente ruso, el general Paulus, usando sus últimas reservas, lanza un postrer ataque a Stalingrado. Sin embargo, los soviéticos resisten y, a mediados de noviembre, lanzan ataques simultáneos que rompen los débiles flancos y, días más tarde, embolsan al VI Ejército alemán. Paulus pide permiso para romper el cerco, lo que es rechazado por Hitler que promete enviar suministros desde el aire; promesa que la Lutfwaffe no puede cumplir. A principios de febrero del 43, el general Paulus y las tropas a su mando se rinden al Ejército rojo.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 96. La especialización profesional

martes, 1 de abril de 2025

13. “El masover”. El escrivent

 

  A Zaca, la petición de padre de ayudarle a leer los contadores le pone muy ufano, pues es  hacer tareas de adulto, lo que le hace sentirse mayor de lo que es. Tal como padre propuso, al principio es el chaval quien sube uno o más peldaños de la escalerita –en función de a que altura está el contador-, lee el consumo de luz y lo canta para que padre lo anote en la hoja de la libreta correspondiente a cada abonado. El portador del bloc, además de anotar los kilovatios consumidos, debe restar de esa cifra la del consumo del mes pasado, con lo que sale el total de kilovatios que pagará el abonado. Cuando el chico se cansa de trepar, intercambian los papeles y es padre quien maneja la escalerilla y el chico quien anota las cifras de consumo. Pronto el llumero percibe que su hijo resta mentalmente más aprisa y con menos errores que él, por lo que decide que sea el muchacho el anotador y él quien maneje la escalera.

   El segundo día de tarea, padre e hijo están leyendo contadores en la calle del Mar y una de las casas en la que entran es de la tía Concepción, una pariente lejana de madre, que al oír el aviso “la llum” sale a saludarlos.

   -¿Cómo está tía? La veo con cara de cansancio y no me extraña, en una casa el trabajo de la mujer no acaba nunca –el señor Zacarías trata de ser amable con la pariente de su esposa.

   -¡Ay, fill méu! El trabajo no me cansa, pero escribir una carta me resulta más penoso que entrecavar la huerta. Estoy escribiendo a mi hijo José María que, como sabes, le ha tocado hacer la mili en Ceuta. Y como no he vuelto a coger una pluma desde que salí de la escuela estoy pasando una agonía. Es el tercer borrador que rompo porque no sé cómo seguir. Solo de pensar que en cuanto me conteste tendré que escribirle otra me pone de mal humor.

   Al señor Zacarías, que cuida muy mucho la relación con la parentela de su esposa, se le ocurre algo para ayudar a la tía.

   -Se me ocurre, tía que, si quiere, el chico podría ayudarle a escribirla. Y lo haría en un plis plas, está muy acostumbrado a escribir y tiene muy buena letra.

   -¡Ay, fill méu! ¿Le harías a tu tía ese favor? –dice la buena mujer dirigiéndose a Zaca, que se ha puesto colorado como un pavo al escuchar el elogio de padre.

   -Si usted quiere… -es la tímida respuesta del muchacho-, pero tendrá que ser cuando acabemos la lectura de los contadores.

   -En lo que nos falta de calle puedo prescindir de ti. Quédate y escríbele la carta a la tía –indica el llumero.

   El chaval pasa al comedor y lee las cuatro líneas que, mal que bien, ha pergeñado la tía con unos garabatos que casi resultan ilegibles y una ortografía abominable. Al ver aquel galimatías, el chaval trata de ser diplomático para no ofender a la buena mujer.

   -Si no le parece mal, tía Concepción, creo que será mejor empezar de nuevo. ¿Tiene otra cuartilla?

   Con una hoja nueva, el muchacho esgrime sus saberes.

   -¿Le parece bien que empecemos preguntándole por su salud? Es lo que se suele hacer.

   -Tú escribe lo que haya que escribir que luego te diré lo que quiero que le cuentes.

   Y así comienza la carta el chico. Primero pone el signo de la cruz en la parte superior del pliego y a continuación escribe: Querido hijo: espero que al recibo de la presente estés bien de salud, la nuestra es buena, a.D.g.

   -¿Y esas tres letras, Sacarietes, qué quieren decir? -pregunta la tía.

   -Son la abreviatura de a Dios gracias.

   -Que listo eres, fill meu. Lo que sabéis los chicos de ahora –se hace cruces la tía.

   En poco tiempo, Zaca cuenta a José María lo que, a su vez, la tía Concepción le ha ido dictando y que ha adornado lo mejor que ha sabido. Antes de terminar la misiva, pregunta a la mujer:

   -Para despedirse de su hijo, ¿qué ponemos: ¿le manda un abrazo, besos o qué?

   -Pon que nos acordamos mucho de él, que nos hace mucha falta y lo que creas conveniente.

   El chaval escribe: Padre y yo nos acordamos continuamente de ti, pues notamos mucho tu ausencia. Muchos besos y abrazos de tu madre que lo es.

   -Y ahora, fírmela.

   Apenas ha firmado la carta, la tía Concepción se da cuenta de un olvido.

   -Que mala cabeza tengo, me se ha olvidado contarle lo de la sobrina Palmira. Tendrá que ser en la siguiente carta. 

   -Si me dice lo que quiere contarle se lo pongo ahora.

   -Pero ya he firmado.

   -Ni importa, dígame qué es.

   La tía se lo cuenta y el chiquillo escribe: PD.- Me olvidaba contarte que la Palmira va a casarse con el hijo  mayor de los Capdolla del Camí d´Alcalá. Dicen que sí la ha preñado. Vale.

   -¿Y esas letras PD qué quieren decir?

   El chaval se lo explica a la tía que exclama:

   -Desde luego, saber de letras es lo que tiene. Que llest ets fill meu.

   El muchacho se ha esforzado en emplear su mejor caligrafía y en verdad la misiva ha quedado muy aparente. Tal es así que la tía se ha empeñado en darle de merendar por más que el chico haya insistido que no tiene hambre. Y no solo eso, por la noche la pariente les lleva a casa un grueso melón y una sandía que parece un balón de fútbol como muestra de agradecimiento por la carta escrita por el xiquet, que más listo no puede ser. Aquí debió de acabar lo que sólo era una anécdota, pero el destino tiene recovecos insondables y el futuro a veces se escribe de la manera más insospechada.

    Días después de escribir la carta al quinto de Ceuta, aparece por la Fábrica la tía Lola la Catinenca, vecina de la tía Concepción, con una inesperada petición que plantea a la señora Rosario, que es quien la atiende.

   -Ya sé que es abusar del seu fill major, pero ¿podría pedirle que me escribiera una carta a mi hija Lolita que se ha ido a servir a Barcelona? Me ha dicho mi vecina Concepción que el xiquet tiene muy buena letra y que le ha escrito una carta preciosa al hijo que está en la mili.

   Rosario, aunque sólo conoce someramente a la Catinenca, es incapaz de negarse, llama a su hijo y le traslada la petición de la buena mujer. El chico no se niega, más por madre que por la tía Lola a quien también conoce superficialmente. La matrona ha traído el recado de escribir al completo: papel, sobre y sello. En un abrir y cerrar de ojos el chaval está sentado en la mesa del comedor poniendo negro sobre blanco lo que la vecina de la tía Concepción quiere contarle a su hija, la que está sirviendo en la Ciudad Condal. Y al final, ocurre la sorpresa que ninguno de los Clavijo esperaba.

   -Señora Rosario, dígame cuánto les debo.

   -Nada, por Dios. Estas cosas se hacen de favor. Y le diré más, si en otra ocasión necesita que el chico le escriba otra carta no tiene más que pedirlo.

   La tía Lola se empeña que el trabajo del muchacho debe ser retribuido, pues como dice: el que algo hace, algo debe ganar, y que no va a irse sin darle al xiquet lo que bien se ha ganado. Al final, un pesetó, -es como llaman en el pueblo a la moneda de plata de dos pesetas-, aumenta el peculio de Zaca, al que enseguida se le ocurre que finalidad puede tener el modesto ingreso.

   -Madre, tenga estas dos pesetas para ayudarles a reunir los veinte duros que necesitan para pagar a mis maestros.

   Unas lágrimas como perlas resbalan por las mejillas de Rosario. Tiene un hijo que vale un Potosí, palabra que no sabe lo que es, pero si conoce el significado de la frase hecha, pues es de uso común.

   En los pueblos pequeños hasta las noticias más ínfimas se propagan a la velocidad del rayo. Y a medida que la anécdota de las cartas escritas por el primogénito de los Clavijo salta de un oído a otro, la información se va exagerando y las misivas se multiplican, así como las contraprestaciones recibidas por el xiquet major de Rosario, la del llumero. Y ante la sorpresa de los Clavijo, comienzan a llegar a la Fábrica -primero a cuentagotas, luego regularmente- vecinos pidiendo que si Sacarietes les haría el favor de escribirles una carta al hijo, o al novio que está en la mili, o al pariente que se ha marchado a trabajar a Francia, o a la hija que se ha puesto a servir en la capital… La señora Rosario, abrumada por el alud de peticiones, se ve incapaz de negarse ante la insistencia de sus vecinos. Algo que no es tan raro, pues el porcentaje de analfabetismo es muy alto, especialmente entre el sexo femenino, y más en un pueblo en el que la mayoría no volvieron a esgrimir una pluma desde que salieron de la escuela. Pero, naturalmente, se dice que una cosa es hacer un favor y otra hacer un ciento.

   Un efecto de la actividad de amanuense es que, por si le faltaba otro apelativo, Zaca comienza a ser conocido como el escrivent. Al chaval no le importa, pues está que no cabe en sí de gozo, ya que, mira por donde, ha encontrado una manera de ayudar a sus padres. La mayoría de solicitantes que, como suele ocurrir entre los campesinos, andan escasos de metálico, remuneran el favor en especies y la despensa de los Clavijo se va llenando con los frutos de las cosechas propias de una tierra de regadío.

   En los trueques –cartas por especies-, los Clavijo han aprendido un par de cosas: no rechazar ningún producto por impropio que parezca y devolver el envase que lo contiene. Cuando  -generalmente a Rosario- le preguntan qué quieren, lo que más pide es harina y aceite –de medio kilo o litro a tres cuartos por carta escrita-. Todo lo demás es negociable y aceptan capachos, más o menos colmados, de patatas, naranjas, cebollas, mandarinas, boniatos, remolachas… Cestas con guisantes, habas, tomates, manzanas, berenjenas, pimientos o calabacines… Cajitas con uvas, peras o ciruelas… Saquitos con almendras y a veces con algarrobas. Huevos, conejos, quesos… Y cuando la matanza del cerdo –todos los campesinos engordan anualmente uno al menos-, una muestra de los embutidos caseros. En ocasiones, el valor de esos productos es superior a las dos pesetas que son el canon ordinario, pero como los solicitantes dan lo que tienen no se paran en barras a la hora de retribuir al escribiente.

   El esmirriado y patoso fetiller se ha convertido, por mor de sus conocimientos gramaticales y su buena letra, en un escrivent que es el orgullo de la familia y que está ayudando a la magra economía de los Clavijo. Los veinte duros de marras han dejado de ser cien pesetas. Ahora son algo menos gracias al escrivent. Quien lo iba a decir.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 14 de la novela “El masover”, titulado: Que estén buenorras