martes, 1 de abril de 2025

13. “El masover”. El escrivent

 

  A Zaca, la petición de padre de ayudarle a leer los contadores le pone muy ufano, pues es  hacer tareas de adulto, lo que le hace sentirse mayor de lo que es. Tal como padre propuso, al principio es el chaval quien sube uno o más peldaños de la escalerita –en función de a que altura está el contador-, lee el consumo de luz y lo canta para que padre lo anote en la hoja de la libreta correspondiente a cada abonado. El portador del bloc, además de anotar los kilovatios consumidos, debe restar de esa cifra la del consumo del mes pasado, con lo que sale el total de kilovatios que pagará el abonado. Cuando el chico se cansa de trepar, intercambian los papeles y es padre quien maneja la escalerilla y el chico quien anota las cifras de consumo. Pronto el llumero percibe que su hijo resta mentalmente más aprisa y con menos errores que él, por lo que decide que sea el muchacho el anotador y él quien maneje la escalera.

   El segundo día de tarea, padre e hijo están leyendo contadores en la calle del Mar y una de las casas en la que entran es de la tía Concepción, una pariente lejana de madre, que al oír el aviso “la llum” sale a saludarlos.

   -¿Cómo está tía? La veo con cara de cansancio y no me extraña, en una casa el trabajo de la mujer no acaba nunca –el señor Zacarías trata de ser amable con la pariente de su esposa.

   -¡Ay, fill méu! El trabajo no me cansa, pero escribir una carta me resulta más penoso que entrecavar la huerta. Estoy escribiendo a mi hijo José María que, como sabes, le ha tocado hacer la mili en Ceuta. Y como no he vuelto a coger una pluma desde que salí de la escuela estoy pasando una agonía. Es el tercer borrador que rompo porque no sé cómo seguir. Solo de pensar que en cuanto me conteste tendré que escribirle otra me pone de mal humor.

   Al señor Zacarías, que cuida muy mucho la relación con la parentela de su esposa, se le ocurre algo para ayudar a la tía.

   -Se me ocurre, tía que, si quiere, el chico podría ayudarle a escribirla. Y lo haría en un plis plas, está muy acostumbrado a escribir y tiene muy buena letra.

   -¡Ay, fill méu! ¿Le harías a tu tía ese favor? –dice la buena mujer dirigiéndose a Zaca, que se ha puesto colorado como un pavo al escuchar el elogio de padre.

   -Si usted quiere… -es la tímida respuesta del muchacho-, pero tendrá que ser cuando acabemos la lectura de los contadores.

   -En lo que nos falta de calle puedo prescindir de ti. Quédate y escríbele la carta a la tía –indica el llumero.

   El chaval pasa al comedor y lee las cuatro líneas que, mal que bien, ha pergeñado la tía con unos garabatos que casi resultan ilegibles y una ortografía abominable. Al ver aquel galimatías, el chaval trata de ser diplomático para no ofender a la buena mujer.

   -Si no le parece mal, tía Concepción, creo que será mejor empezar de nuevo. ¿Tiene otra cuartilla?

   Con una hoja nueva, el muchacho esgrime sus saberes.

   -¿Le parece bien que empecemos preguntándole por su salud? Es lo que se suele hacer.

   -Tú escribe lo que haya que escribir que luego te diré lo que quiero que le cuentes.

   Y así comienza la carta el chico. Primero pone el signo de la cruz en la parte superior del pliego y a continuación escribe: Querido hijo: espero que al recibo de la presente estés bien de salud, la nuestra es buena, a.D.g.

   -¿Y esas tres letras, Sacarietes, qué quieren decir? -pregunta la tía.

   -Son la abreviatura de a Dios gracias.

   -Que listo eres, fill meu. Lo que sabéis los chicos de ahora –se hace cruces la tía.

   En poco tiempo, Zaca cuenta a José María lo que, a su vez, la tía Concepción le ha ido dictando y que ha adornado lo mejor que ha sabido. Antes de terminar la misiva, pregunta a la mujer:

   -Para despedirse de su hijo, ¿qué ponemos: ¿le manda un abrazo, besos o qué?

   -Pon que nos acordamos mucho de él, que nos hace mucha falta y lo que creas conveniente.

   El chaval escribe: Padre y yo nos acordamos continuamente de ti, pues notamos mucho tu ausencia. Muchos besos y abrazos de tu madre que lo es.

   -Y ahora, fírmela.

   Apenas ha firmado la carta, la tía Concepción se da cuenta de un olvido.

   -Que mala cabeza tengo, me se ha olvidado contarle lo de la sobrina Palmira. Tendrá que ser en la siguiente carta. 

   -Si me dice lo que quiere contarle se lo pongo ahora.

   -Pero ya he firmado.

   -Ni importa, dígame qué es.

   La tía se lo cuenta y el chiquillo escribe: PD.- Me olvidaba contarte que la Palmira va a casarse con el hijo  mayor de los Capdolla del Camí d´Alcalá. Dicen que sí la ha preñado. Vale.

   -¿Y esas letras PD qué quieren decir?

   El chaval se lo explica a la tía que exclama:

   -Desde luego, saber de letras es lo que tiene. Que llest ets fill meu.

   El muchacho se ha esforzado en emplear su mejor caligrafía y en verdad la misiva ha quedado muy aparente. Tal es así que la tía se ha empeñado en darle de merendar por más que el chico haya insistido que no tiene hambre. Y no solo eso, por la noche la pariente les lleva a casa un grueso melón y una sandía que parece un balón de fútbol como muestra de agradecimiento por la carta escrita por el xiquet, que más listo no puede ser. Aquí debió de acabar lo que sólo era una anécdota, pero el destino tiene recovecos insondables y el futuro a veces se escribe de la manera más insospechada.

    Días después de escribir la carta al quinto de Ceuta, aparece por la Fábrica la tía Lola la Catinenca, vecina de la tía Concepción, con una inesperada petición que plantea a la señora Rosario, que es quien la atiende.

   -Ya sé que es abusar del seu fill major, pero ¿podría pedirle que me escribiera una carta a mi hija Lolita que se ha ido a servir a Barcelona? Me ha dicho mi vecina Concepción que el xiquet tiene muy buena letra y que le ha escrito una carta preciosa al hijo que está en la mili.

   Rosario, aunque sólo conoce someramente a la Catinenca, es incapaz de negarse, llama a su hijo y le traslada la petición de la buena mujer. El chico no se niega, más por madre que por la tía Lola a quien también conoce superficialmente. La matrona ha traído el recado de escribir al completo: papel, sobre y sello. En un abrir y cerrar de ojos el chaval está sentado en la mesa del comedor poniendo negro sobre blanco lo que la vecina de la tía Concepción quiere contarle a su hija, la que está sirviendo en la Ciudad Condal. Y al final, ocurre la sorpresa que ninguno de los Clavijo esperaba.

   -Señora Rosario, dígame cuánto les debo.

   -Nada, por Dios. Estas cosas se hacen de favor. Y le diré más, si en otra ocasión necesita que el chico le escriba otra carta no tiene más que pedirlo.

   La tía Lola se empeña que el trabajo del muchacho debe ser retribuido, pues como dice: el que algo hace, algo debe ganar, y que no va a irse sin darle al xiquet lo que bien se ha ganado. Al final, un pesetó, -es como llaman en el pueblo a la moneda de plata de dos pesetas-, aumenta el peculio de Zaca, al que enseguida se le ocurre que finalidad puede tener el modesto ingreso.

   -Madre, tenga estas dos pesetas para ayudarles a reunir los veinte duros que necesitan para pagar a mis maestros.

   Unas lágrimas como perlas resbalan por las mejillas de Rosario. Tiene un hijo que vale un Potosí, palabra que no sabe lo que es, pero si conoce el significado de la frase hecha, pues es de uso común.

   En los pueblos pequeños hasta las noticias más ínfimas se propagan a la velocidad del rayo. Y a medida que la anécdota de las cartas escritas por el primogénito de los Clavijo salta de un oído a otro, la información se va exagerando y las misivas se multiplican, así como las contraprestaciones recibidas por el xiquet major de Rosario, la del llumero. Y ante la sorpresa de los Clavijo, comienzan a llegar a la Fábrica -primero a cuentagotas, luego regularmente- vecinos pidiendo que si Sacarietes les haría el favor de escribirles una carta al hijo, o al novio que está en la mili, o al pariente que se ha marchado a trabajar a Francia, o a la hija que se ha puesto a servir en la capital… La señora Rosario, abrumada por el alud de peticiones, se ve incapaz de negarse ante la insistencia de sus vecinos. Algo que no es tan raro, pues el porcentaje de analfabetismo es muy alto, especialmente entre el sexo femenino, y más en un pueblo en el que la mayoría no volvieron a esgrimir una pluma desde que salieron de la escuela. Pero, naturalmente, se dice que una cosa es hacer un favor y otra hacer un ciento.

   Un efecto de la actividad de amanuense es que, por si le faltaba otro apelativo, Zaca comienza a ser conocido como el escrivent. Al chaval no le importa, pues está que no cabe en sí de gozo, ya que, mira por donde, ha encontrado una manera de ayudar a sus padres. La mayoría de solicitantes que, como suele ocurrir entre los campesinos, andan escasos de metálico, remuneran el favor en especies y la despensa de los Clavijo se va llenando con los frutos de las cosechas propias de una tierra de regadío.

   En los trueques –cartas por especies-, los Clavijo han aprendido un par de cosas: no rechazar ningún producto por impropio que parezca y devolver el envase que lo contiene. Cuando  -generalmente a Rosario- le preguntan qué quieren, lo que más pide es harina y aceite –de medio kilo o litro a tres cuartos por carta escrita-. Todo lo demás es negociable y aceptan capachos, más o menos colmados, de patatas, naranjas, cebollas, mandarinas, boniatos, remolachas… Cestas con guisantes, habas, tomates, manzanas, berenjenas, pimientos o calabacines… Cajitas con uvas, peras o ciruelas… Saquitos con almendras y a veces con algarrobas. Huevos, conejos, quesos… Y cuando la matanza del cerdo –todos los campesinos engordan anualmente uno al menos-, una muestra de los embutidos caseros. En ocasiones, el valor de esos productos es superior a las dos pesetas que son el canon ordinario, pero como los solicitantes dan lo que tienen no se paran en barras a la hora de retribuir al escribiente.

   El esmirriado y patoso fetiller se ha convertido, por mor de sus conocimientos gramaticales y su buena letra, en un escrivent que es el orgullo de la familia y que está ayudando a la magra economía de los Clavijo. Los veinte duros de marras han dejado de ser cien pesetas. Ahora son algo menos gracias al escrivent. Quien lo iba a decir.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 14 de la novela “El masover”, titulado: Que estén buenorras

viernes, 28 de marzo de 2025

Libro IV. Episodio 93. Julio fallece


   El final del 42 es un momento trágico para los Carreño. En los primeros días de diciembre Julio se levanta una mañana con dolor abdominal. No desayuna y Paca le prepara una tila para ver si le sienta el estómago, pero el trastorno y los dolores van en aumento hasta que llega un momento en que, pese a su carácter espartano, no puede soportarlo.

   -Paca, llama a Jesús a ver si me da algo para calmar estos dolores que me están matando.

   Jesús acude presuroso a ver a su padre y desde el primer instante se da cuenta de que aquello no es una indigestión o algo similar sino que es más serio. Inmediatamente llama a una ambulancia y pide que lleven a su padre a urgencias del Hospital Clínico de San Carlos, centro en el que conoce a varios médicos. A estas alturas, Julio está retorciéndose de dolor. Ingresado, es diagnosticado como paciente afectado por un agudo trastorno abdominal de etiología desconocida. Lo primero que hacen los médicos es aplicarle un sedante en vena para atenuar el dolor y luego le practican varias pruebas. La información que el doctor Capelo, uno de los conocidos de la familia, le da a Jesús es la confirmación del primer diagnóstico: su padre tiene un fuerte trastorno abdominal de origen desconocido.

   -¿Y qué le vais a hacer?

   -Abrirle para ver qué tiene, no queda otra.

   -Pues hacedle lo que sea necesario.

   -Necesitamos que firmes la autorización para intervenirle.

   Avisados por Paca, han llegado al hospital los hijos del paciente, salvo Álvaro que sigue en el destructor Escaño, Andrés que continúa a bordo del Elcano y Pilar que está en Barcelona. Mientras, en el Clínico están interviniendo al patriarca de los Carreño. Pasada poco más de una hora, sale del quirófano el doctor Capelo. Su rostro le delata como portador de malas noticias.

   -¿Ya habéis terminado? – pregunta Jesús, desconcertado por la rapidez de la cirugía.

   -Hemos abierto y lo hemos cerrado. Lo siento, Jesús, tu padre no es operable. Tiene una isquemia intestinal, patología que le afecta tanto al intestino delgado como al grueso y que, dado lo avanzada que está, no hay cirugía posible. La pérdida de circulación sanguínea le ha dañado el tejido intestinal y será la causa, si Dios no lo remedia, de su óbito. Lo lamento, Jesús, lo único que podemos hacer es sedarle para que al menos no sufra.

   -¡Dios mío, que desgracia! ¿Y cuánto tiempo le queda?

   -Cuarenta y ocho horas, quizá setenta y dos, no le doy más. ¿Tus hermanos marinos están aquí? –Al ver el gesto negativo de Jesús, el médico añade-: Pues envíales un telegrama urgente comunicándoles que, si quieren ver a su padre vivo, vengan cuanto antes.

   Jesús da al resto de la familia la infausta noticia, y encarga a Froilán que se acerque a la estafeta más próxima, para que ponga sendos telegramas a los marinos notificándoles el estado del padre.

   -Y ponle otro a Pilar –le recuerda Julián.

   Froilán se acerca a la estafeta de Guzmán el Bueno y pone tres telegramas con este texto: “Papá gravemente enfermo. Médicos diagnostican rápido desenlace. Debes venir cuanto antes. Froilán”. Pilar, en cuanto ha recibido el telegrama, se lo ha dicho a Luis y cogen uno de los vuelos regulares de la compañía Iberia que enlaza el aeropuerto del Prat con el de Barajas, al que llegan esa misma tarde. Al día siguiente, aparece Álvaro que, desde Cartagena, ha viajado a la murciana base aérea de San Javier desde donde un vuelo militar le ha llevado a Cuatro Vientos. Andrés no puede acudir al estar a bordo del Elcano.

  Las primeras 24 horas, tras la fallida intervención, Julio los pasa sedado y rodeado por sus hijos que se turnan para que al menos dos de ellos estén en su cabecera. Los Carreño están desolados, no hace tanto que perdieron a su madre y ahora parece que su padre también les va a abandonar. Pese a que la mayoría de ellos son mayores de edad, no son capaces de hacerse a la idea de que se van a quedar huérfanos. Una familia tan unida como la suya se va a quedar sin nadie que la guíe. Julián y Jesús, aunque no lo comentan entre ellos, piensan que este será el momento en que puedan tener sus propias cuentas. Pilar, como hermana mayor en ausencia del Ttato, toma las riendas familiares y va encargando a cada uno de sus hermanos diversas gestiones a realizar.

   -Espero que, en cuanto llegue el Tato, le quite el mando a Pilar, porque esta es capaz de formarnos en fila de uno –comenta Jesús con su miaja de sorna.

   Y en efecto, en cuanto llega Álvaro, Pilar se repliega y las riendas familiares quedan en manos del primogénito. Es él quien sugiere al doctor Capelo que, para poder despedirse como Dios manda de su padre, tendrían que dejar de sedarle. El médico no es muy partidario alegando los sufrimientos del paciente, pero el marino no cede. De ninguna manera querría su padre irse sin despedirse de sus hijos. Al final, llegan a un acuerdo: dejarán de sedar al paciente el tiempo suficiente para que vea por última vez a sus hijos y luego volverán a dormirle para ahorrarle sufrimientos y que pueda morir en paz. Cuando Julio despierta del sueño inducido, al principio está como perdido, no sabe dónde está ni qué le ocurre, pero poco a poco va tomando consciencia y, en cuanto siente el primer latigazo de dolor, la recobra plenamente. Álvaro es quién primero e habla.

   -Papá, estás en el Hospital Clínico, pues te has puesto malito. Estamos aquí los hermanos, pues todos quieren darte un beso –  Álvaro no cree necesario precisar que Andrés no podrá venir.

Luego, uno a uno, los hermanos se acercan a la cabecera del enfermo para susurrar a su padre unas palabras de ánimo. Han acordado que nadie le hablará de su extrema gravedad. La última que besa a su padre es Pilar a la que Julio le bisbisea:

   -Pilar, hija, te perdono. Vive tu vida.

   A continuación, y sobreponiéndose al dolor, dice:

   -Sois todos unos buenos hijos y ahora dejadme a solas con Álvaro.

   En cuanto padre e hijo se quedan solos, Julio, que intuye que está en las últimas, sobreponiéndose a los espasmos dolorosos y con voz entrecortada, le da al primogénito sus postreros consejos, aunque más bien parecen mandatos.

   -Hijo, si no salgo de esta, has de ocupar mi lugar. Cuida de las chicas y, si no llegan a casarse, que no les falte de nada y haz lo mismo con Paca, lleva con nosotros toda la vida. De los chicos los que más me preocupan son los casados, no por ellos sino por sus mujeres, querrán independizarse, pero recuérdales que las farmacias son de toda la familia y una familia, una cuenta. Y para ocupar mi puesto tendrás que estar más tiempo en Madrid, a ver cómo te las apañas…

   La voz de Julio se ha ido haciendo más inaudible a medida que los espasmos provocados por el dolor han ido creciendo. Al darse cuenta, Álvaro le dice:

   -Papá, te van a dormir para que no sufras y estate tranquilo, haré todo lo que tú quieres hasta que te recuperes –Le da un beso a su padre al tiempo que llama a la enfermera para que vuelvan a sedarle.

   Menos de veinticuatro horas después, y sin recobrar la consciencia, Julio Carreño fallece.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 94. El nuevo patriarca

martes, 25 de marzo de 2025

“El masover”. 12. Veinte duros son muchos duros

 

Antes de que los Clavijo se fueran a Torrenostra, don José Domingo, se pasó por su casa para contarles que ha logrado reunir el profesorado que dará clases de primero de bachiller al primogénito. Un compañero, don Domingo Mañes, impartirá las asignaturas de aritmética, dibujo y caligrafía. Mosén Florencio le dará religión, y él le enseñará geografía y gramática. También se encargará de organizar el horario y demás cuestiones. Le tomarán las lecciones en el grupo escolar después de la sesión vespertina y, en total, la enseñanza les costará veinte duros al mes, salvo en julio y agosto. El maestro reconoce que cien pesetas es un dinero, pero no tanto considerando el número de profesores y, sobre manera, lo mucho que se ahorrarán al no tener que enviar el chiquillo a Castellón. El maestro omite que el vicario se ha ofrecido impartir sus clases  sin retribución, pues mosén Fumadó no ha renunciado a llevar al chaval al seminario.

  A pesar de la alegría que siente el muchacho por el futuro esperanzador que parece aguardarle, una sombra sigue ennegreciendo ese futuro: parece que no es tan fácil para sus padres ahorrar los veinte duros de marras. Escollo del que se ha enterado por la tía Paca. Saber que su familia tiene problemas económicos para costearle el bachillerato, aunque sea por libre, hace que se le encoja el corazón. ¿Será posible que por cien cochinas pesetas al mes su ilusión por ser bachiller se vea truncada?

   Es consciente de que veinte duros para él solo son un guarismo, pero para padre supondrá que tendrá que trabajar todavía más. ¿Y de dónde sacará tiempo?, se pregunta, porque además de encargado de la luz, hace de proyeccionista y monta instalaciones eléctricas, por su cuenta, en las nuevas viviendas que se construyen en el pueblo. Y de madre, no digamos: llevar una casa y cuatro hijos le absorbe todas las horas de día.

   ¿Podría hacer algo para allegar unas pesetas y serles menos gravoso?, se torna a preguntar. ¿Pero qué puede hacer? Sabe que hay niños que ganan algún dinero ayudando ocasionalmente en tareas domésticas y agrícolas, en trabajos puntuales aptos para las fuerzas de un muchacho. Algunos de esos trabajos se repiten año tras año, sobre todo en las épocas de recoger las cosechas. En el pueblo hay un adagio que dice: qui no pot segar, que espigole –cuya traducción libre sería: quien no puede segar que busque espigas entre la paja-. Lo que especialmente ocurre cuando se cosechan los almendros, pues al quedar algunos almendrucos en los árboles o pasar desapercibidos a los recolectores; tras la cosecha es frecuente ver a gente, chiquillos incluidos, que revisan los almendrales para hacerse con los frutos olvidados. Por otra parte, físicamente no se ve con arrestos para los trabajos agrícolas que son las únicas ofertas de empleo que pueden encontrarse en el pueblo.

    Ha hablado de la cuestión con madre que ha tratado de tranquilizarlo.

   -Es cierto que andamos justitos de dinero, pero tu padre y yo queremos que seas algo en la vida. No queremos que trabajes y padezcas como nosotros. Tú puedes ser algo grande en la vida, Zaquita. Haremos los sacrificios que hagan falta para que puedas hacerte bachiller. Tú no te preocupes. Lo que tienes que hacer es estudiar los libros y aprobar los cursos.

   Pese a las tranquilizadoras palabras de madre, a Zaca le resulta imposible sustraerse al persistente interrogante de: ¿Cómo podría ganar alguna perra?, porque veinte duros siguen siendo muchos duros. La casualidad, el destino o los hados -vaya usted a saber- contestan su pregunta de la forma más inesperada.

   Al señor Zacarías se le ha planteado un problema en el trabajo.

Su ayudante, Paco Piñana, ha tenido que pedir la baja porque una gripe mal curada ha devenido en neumonía. Al no tener quien le ayude, la lectura mensual de los contadores va muy retrasada y la fecha para enviarlas a la oficina provincial se acerca. Ha pedido que, como en otras ocasiones, le envíen el ayudante del encargado de la LUTE de la vecina Alcalá de Chivert para que le eche una mano, pero de Castellón le han contestado negativamente. Se las tendrá que apañar por su cuenta. Como último recurso sopesa contratar de su bolsillo a alguien para que le ayude. Cuando lo comenta con su esposa, ésta pone el grito en el cielo.

   -Con lo justitos que vamos ¿y quieres contratar a un peón pagándolo nosotros? ¿Te lo has pensado bien?

   -Es que se me va a echar encima la fecha de cierre de las lecturas y aun me falta revisar como una cuarta parte del pueblo.

   -Bueno, no creo que porque te retrases unos días vayan a ponerte las peras a cuarto en Castellón

   -¡Vaya si me las pondrán! Ten en cuenta que Castellón ha de enviar las lecturas a la oficina principal de Valencia para que esta confeccione los recibos del mes. Y ese es el quid de la cuestión, no les importan tanto las lecturas, pero el cobro de los recibos, para la dirección de la compañía, es una cuestión innegociable.

   La explicación del llumero ocasiona que la mujer comprenda que el problema es más serio de lo que pensaba, pero se le ocurre algo. Por eso es más lista que su marido.

   -¿Sabes qué? No será necesario que contrates a nadie. Se me acaba de ocurrir que la solución la tienes en casa. Zaquita te puede ayudar, y de números sabe un montón –incluso piensa que el chico sabe más que su marido, pero no lo verbaliza.

   -¡¿El niño?, pero qué dices mujer! Si solo tiene diez años y es un alfeñique. Además me podrían denunciar por dar trabajo a un menor de edad. Y en la compañía lo podrían tipificar como una falta grave con consecuencias que no me atrevo ni a pensar.

   -¿Qué te pueden denunciar?, ¿y quién lo va a hacer? En un pueblo como éste que, cuando llega la hora de cosechar, todos los chiquillos, no importa la edad que tengan, dejan de ir a la escuela para ayudar a sus padres. Y las faenas del campo son infinitamente más pesadas que leer contadores. ¿Conoces a algún padre que haya sido denunciado por ello? Jamás se ha denunciado a nadie. Por otra parte, en la suposición de que algún mala sangre te denunciara, siempre podrías alegar que lo llevabas para mostrarle como es tu trabajo. Y te recuerdo que en alguna ocasión ya te lo llevaste a mirar contadores, que para él fue como un juego.

   -Eso es cierto, pero fueron un par de ratitos, y más que nada porque el chico insistió, pero ahora serán tres o cuatro días casi toda la jornada y no creo que aguante.

   -Bueno, pero no se trata de un trabajo pesado.  Si lo llevaras a entrecavar o a plantar cebollinos, sería la primera en poner el grito en el cielo y a negarme que hiciera un trabajo tan pesado, pero de lo que estamos hablando es de ir por las casas de los abonados, subir la escalerilla un par de peldaños, leer el contador y cantar la lectura en voz alta. Faena que  puede hacer perfectamente Zaquita porque, aunque es delgado, está más fuerte de lo que parece.

   -Sí, pero subir esos peldaños muchas veces al día es más cansino de lo que imaginas. Y además, hay que cargar con la escalerita, que es cierto que resulta liviana al ser de madera de chopo, pero al final del día el hombro lo acusa.

   -Eso tiene solución. Cuando se canse, cambiáis los papeles, tú subes la escalera y él anota las lecturas. Otra solución, si es que se cansa, es que lo envíes a casa y sigas solo. Y cuando haya descansado, que vuelva a ayudarte otro ratito. En cuanto a que te pueden denunciar, insisto: habría que denunciar a más de la mitad del pueblo. O sea, que por ahí no hay problema.

   Aunque Rosario tiene solución para todas las pegas de su marido éste, tozudo como buen aragonés, insiste en que la propuesta de su mujer es una pésima solución, y que hay que buscar otras vías. Vista la irreductible postura de su marido, Rosario decide gastar el último cartucho.

   -¿Y por qué no haces una cosa?, ¿por qué no llamas al chico, le planteas la cuestión, y a ver cuál es su respuesta? Si se niega o tiene dudas lo dejamos correr. Si contesta afirmativamente, tú verás lo que decides. Para contratar a un peón siempre estás a tiempo.

   El señor Zacarías arroja la toalla, piensa que discutir con su mujer es como darse contra un muro. Llama al muchacho, le cuenta lo que está pasando y le pregunta:

   -¿Te gustaría ayudarme algunos ratitos a leer contadores?

   Ante su sorpresa, la reacción del chaval es como si le hubiese propuesto llevarlo a la feria.

   -Claro que sí, padre. Me gustaría mucho. Es muy divertido. La última vez que me llevó lo pasé de miedo. Y no me disgustaría repetirlo.

   -Sí, pero entonces solo fue un rato, ahora será más tiempo.

   -No importa. Mire lo que le digo: un chico que conozco de la escuela, Manolo Pitarch, ayuda algunas veces a su padre cuando va a reparar la línea del telégrafo y la avería está cerca del pueblo. Es verdad que es un año y meses mayor que yo, pero es un enclenque y la mitad de fuerte. Puedo hacerlo perfectamente. Y ayudar a tu padre, no sé si viene en el catecismo, pero seguro que es algo bueno, como una de las obras de misericordia.

   Ahí acaba el problema. Madre tenía razón: Zaquita puede echarle una mano a padre y, además, lo hará encantado, puesto que el trabajo es bastante sencillo. Se entra en las viviendas de los abonados –en el pueblo las casas suelen estar abiertas, como mucho cerradas con picaporte- al aviso de: “¿Se puede?, la llum”, y, sin esperar respuesta, se planta la escalerita bajo el contador, que suele estar ubicado junto a la puerta de entrada. Se suben uno o dos peldaños, se leen los kilovatios que marca el contador, se canta la lectura; quien lleva la libreta la anota, le resta los kilovatios del mes anterior y lectura terminada. Fácil.

   Lo que nadie de los Clavijo pudo imaginar es que de esa ocasional ayuda al señor Zacarías nacerá una derivada que originará que veinte duros ya no sean tantos duros. Una vez más, se hace patente que los hados o el destino tienen designios inescrutables o que, como suelen repetir las beatas: Dios escribe recto con renglones torcidos. Amén.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 13 de la novela “El masover” titulado: El escrivent