martes, 11 de marzo de 2025

”El masover” 10. A la mar ens anirem…

   Agosto corrobora su fama canicular y en el verano de 1930 el bochornoso calor es asfixiante. La casa de los Clavijo hace honor al nombre de su calle y es un auténtico horno pues, como está orientada a poniente, toda la tarde el sol calienta la fachada y la casa se caldea como si fuera un horno de leña. Encima, la vivienda no tiene aberturas a otros puntos cardinales, por lo que no se producen corrientes de aire y acaba la jornada convertida en una verdadera sauna. A ello se suma que a partir del veinticuatro de agosto comienzan las fiestas en honor de San Bartolomé, patrono de la población, y la calle Horno, desde la puerta de los Clavijo hasta la bocacalle con la plaza de Ramón y Cajal, se convierte en el corro de las reses bravas que se torean en el rudimentario coso en que se transforma la plaza en cuestión. Entre el insoportable calor y el hedor del corro de los cornúpetas, el final de agosto se hace inaguantable. Pero a veces, la vida hace regates impensables.

   El señor Zacarías llega, exultante, a casa.  

   -Familia, tengo una buena noticia que daros: nuestro buen amigo Miguel Escoí va a dejarnos la casita de Torrenostra, a partir del veintitrés, para que podamos bajarnos unos días a la playa.

   La familia recibe, alborozada, la noticia. Saben que la casita en cuestión es una planta baja con poco espacio, pero está ubicada en primera línea de playa, y entre estar un poco apretujados y sufrir la calorina que están pasando, la elección no admite dudas.

   -¿Y por qué a partir del veintitrés y no antes? –quiere saber madre.

   -Porque, como sabes, el veinticuatro comienzan las fiestas de agosto y la tía Adelina tiene que estar al frente de su tienda dels Quatre Cantons, dado que durante los días que duran los festejos las ventas se disparan y hay que estar con un ojo al mostrador y otro a los clientes.

   -¡Eureka! –grita Zaca, copiando la exclamación de uno de los héroes de tebeo. El chaval está doblemente contento porque, además de librarse del bochorno, le encanta la vida que suelen llevar en la playa, porque así es como suelen referirse en el pueblo a la pedanía marítima de Torrenostra 

    Paradójicamente, son contadas las familias torreblanquinas que bajan a la playa, ya que en la localidad se vive de espaldas al mar, pues lo de veranear se considera una rareza propia de la gente de ciudad. El cuidado de los campos no admite periodos sin prestarles atención. Además, como los labradores son sus propios patronos no hay nadie que les pague unas vacaciones. Y luego, pesa la tradición: generalmente, la gente solo baja al mar cuatro o cinco días al año, las festividades de Sant Pere, Sant Jaume, la Verge del Carme, la Mare de Déu d´Agost y poco más.

   En esas fechas, algunos cabezas de familia cubren su carro con un toldo, al que llaman vela, para resguardarse del inclemente astro rey, cargan a toda la familia y recorren la carretera de tierra de tres kilómetros que une el pueblo con la playa. No es raro que durante el corto viaje entonen alguna de las pocas canciones que hacen referencia a la playa. Quizás una de las más conocidas es la que dice: A la mar ens anirem, a veure les marineres, que cusen sense didal i tallen sense tisores. La canción retrata una realidad, pues les marineres –en otras costas conocidas como rederas- cosen las redes de pesca con una aguja que no necesita el contrapunto del dedal, y no precisan tijeras, pues cortan el hilo con los dientes.

   En cuanto las familias llegan a la playa, desuncen el mulo, y montan una especie de precario vivac en el cordón dunar de guijarros –lo que en el pueblo se llama codolar-, en cuyo centro harán un fuego con el que cocinarán la paella que comerán a mediodía. Toda la familia se mete en el mar, pero solo hasta donde el agua les llega a poco más de la cintura, pues casi nadie sabe nadar y sienten un atávico temor al ondulado azul cobalto. Los trajes de baño brillan por su ausencia: las mujeres se bañan vestidas con los visos que acaban pegándoseles al cuerpo. Los niños, en función de que tengan o no vello en sus partes pudendas, se meten desnudos o con calzoncillos, y los adultos llevan los clásicos calzones largos a rayas azules, grises o negras. El padre o uno de los hijos mayores suelen meterse en el agua con el mulo, en un baño que también sirve como desinfectante contra las garrapatas y demás parásitos de la acémila. Normalmente, esos veraneantes ocasionales no tienen ningún contacto con los habitantes de Torrenostra, ya que la gente del pueblo suele menospreciar a los marineros, puesto que se dedican a un oficio tan peligroso como la pesca, al hablar utilizan continuos términos náuticos que desconocen –responden a lo que escribió el poeta: el español desprecia cuanto ignora- y son tan pintorescos que juegan descalzos al fútbol. A media tarde recogen los bártulos, toman el camino del pueblo y hasta la próxima fiesta o hasta el siguiente verano. Para ellos, Torrenostra es como si estuviese en Marte.

   Cuando los Clavijo llegan al barrio marítimo  ya no queda ninguna de las pocas familias del pueblo que pasan unos días en la playa, pues todas han subido a disfrutar de las fiestas. A Zaca no le importa que no haya chicos del pueblo porque, en realidad, no tiene amigos, solo conocidos. Suele madrugar para hacerse cargo de sus dos hermanos y, generalmente, les lleva a dar una vuelta por los alrededores. La verdad es que no hay demasiados sitios donde ir, pues el poblado está formado por pobres casucas de una o dos plantas que ocupan las dos únicas calles: la que da al mar –San Juan- y la paralela –Cervantes-, en su mayor parte formada por corrales y patios trasteros al aire libre, y que en su parte posterior linda con el prado pantanoso, al que la gente llama el Prat-. Los días que van más lejos es cuando se aventuran hasta la Gola del Trenc, que es el canal que vierte al mar las aguas de la turbera y la marjalería.

   A partir de media mañana, y vigilados por madre que no los pierde de vista, los chiquillos tienen permiso para bañarse. La playa es de guijarros –o codols- y la arena solo comienza donde mueren las olas. El desnivel es muy suave, hay que recorrer bastantes metros para que el agua te cubra. Los chavales se dan chapuzones, hacen ahogadillas y torpes intentos de nadar, ya que nadie les ha enseñado. Llevan unos modestos maillots de una pieza y en cuanto salen calzan alpargatas para no lastimarse los pies con los guijarros.

   Después del almuerzo, las actividades son similares, aunque al atardecer hay una secuencia que gusta especialmente al primogénito de los Clavijo. Es cuando las modestas  barcas de los pescadores, alrededor de unas ochenta en su cenit–sin motor, solo impulsadas por la clásica vela latina o los remos-, arriban con la pesca del día. Como no hay puerto ni fondeadero donde atracar, las barcas han de vararse en la playa de codols. Para sacarlas se forma una hilera de personas que tiran de una gruesa estacha atada al espolón de la proa. A medida que se hala, debajo de la quilla se van poniendo traviesas con una ranura central engrasada con cebo para que la quilla resbale. Una vez varada la barca, los pescadores descargan las capturas del día que, en general, no suelen ser demasiado copiosas. Lo que más se pesca son molls, palaes, llangostins, polps, móllera, morralla, ratjaes, sepieta… En la temporada de paso a veces capturan atunes, que son los peces más grandes que Zaca ha visto, pues algunos llegan a pesar más de cien kilos. La mayoría de las capturas, tras pasar por el pósito de pescadores, las compran los dos mayoristas del pueblo: Lorenzo Barrachina y Pepe Teruel. A los chiquillos que, como el mayor de los Clavijo, ayudan a halar el cabo a veces los pescadores les dan un puñado de morralla o unas cuantas galeras, la generosidad es motivada porque tanto los alevines como los mentados crustáceos no tienen mercado.

   -Padre, ¡puedo hacerle una pregunta? –Zaca siempre respetuoso.

   -Dime.

   -Esta mañana he oído decir a unas marineras, que estaban remendando redes, que posiblemente terminarán yéndose a El Grao de Castellón. Y que no serán los únicos que lo hagan. ¿Por qué los marineros quieren irse de Torrenostra, si algunas familias parece que llevan varias generaciones viviendo aquí?

   -Seguramente tengan motivos que desconozco, pero hay uno e importante que sí te lo puedo explicar. Esta playa está poco resguardada frente al oleaje de los temporales. La única defensa que tiene es el codolar, pero cuando hay una dura borrasca el cordón de guijarros es impotente frente a la furia y el embate de las grandes olas y el agua llega a anegar las casas. En cambio, El Grao tiene puerto y las barcas están a salvo de los temporales. Esa es una causa más que suficiente para que haya familias que piensen en cambiar de residencia. Y, posiblemente, no todos vayan a El Grao, quizás algunos opten por irse a los puertos de Benicarló o Vinaroz.

   -Entiendo. ¿Y por qué no hacen un puerto aquí, que es donde hay mucha pesca? –Padre piensa que contestar una pegunta a su hijo, siempre presupone que habrá que responder a más. Se arma de paciencia y contesta.

   -Eso ya se pidió el año pasado. Una comisión de pescadores, acompañada por el alcalde don Eduardo París, visitó al gobernador civil con la petición de que se construya en la playa una dársena para que sirva de refugio a las embarcaciones pesqueras en los días de temporal.

   -¿Y?

   -El gobernador les dio buenas palabras, les dijo que lo consultaría con el ministerio de Fomento pero hasta el día de hoy ni flores.  El señor París me ha dicho que es pesimista.

   -Y eso, ¿qué supone?

   -Supone que quizás llegue un día que, en rigor, la gente no debería cantar lo de a la mar ens anirem a veure les marineres, porque no quedará ninguna. Y basta de preguntas.

   El señor Zacarías, al contrario que su tocayo de la Biblia, no posee el don de la profecía, pero…

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 11 de la novela “El masover”, titulado: Els torreblanquins es diverteixen

viernes, 7 de marzo de 2025

Libro IV. Episodio 90. Los Carreño van de boda


   La guerra se hace más mundial, si cabe, cuando el 7 de diciembre se produce una acción que da un vuelco al conflicto: una flota de portaaviones japoneses efectúa un ataque aéreo por sorpresa sobre Pearl Harbor, principal base estadounidense en el Pacífico. El ataque destruye la mayoría de aviones y deja fuera de combate a gran parte de la flota, aunque se salvan los portaaviones al estar en alta mar. El ataque, sin previa declaración de guerra, une al pueblo estadounidense pidiendo venganza contra Japón. Al día siguiente declaran la guerra al Imperio japonés.

   Tres días después de Pearl Harbor, Alemania declara la guerra a los Estados Unidos. Hitler espera que los japoneses apoyen a Alemania atacando a la Unión Soviética, pero estos no lo hacen al haber firmado un tratado de no agresión con la URS. En el frente ruso, los alemanes muestran los primeros signos de debilidad, pues en los primeros días de diciembre detienen su ofensiva contra Moscú.

   Mientras el mundo parece haberse vuelto loco, el benjamín de los Carreño, Froilán, ha aprobado el curso puente para acomodarse al nuevo bachillerato; ahora tiene que hacer frente en junio al Examen de Estado, que también aprueba. En septiembre del 41, siguiendo la estela de sus otros hermanos, ingresa en el Colegio de Huérfanos de la Armada para comenzar la preparación del ingreso en la Escuela Naval de Marín, pues la vieja de San Fernando ha sido cerrada. El tío Luis que, como en anteriores ocasiones, ha movido los hilos para que lo acepten en el CHA, le recomienda:

   -Sigue el ejemplo de Álvaro y no el de Andrés. Así es como aprobarás.

   -No se preocupe, tío, tengo muy claro a quién he de imitar.

   En la relativa paz de la España neutral, los Carreño celebran la Navidad del 41 con la alegría propia de las familias a las que les va bien la vida. Álvaro y Andrés están en casa con permiso, por lo que la familia está al completo, con la excepción de Pilar que sigue viviendo en Barcelona con Luis, y que ha preferido no acudir a Madrid para no aguarle las fiestas a su padre, aunque sus hermanos, al menos alguno de ellos, la mencionan cuando surge la ocasión. En la comida del día de Navidad, la primera en citarla es Paca.

   -¡Qué lástima que no esté Pilar!, con la buena mano que tiene nos hubiese preparado algunos de esos platos franceses que tan bien le salen.

   Y en los brindis, Eloísa proclama:

   -Brindo por los presentes y los ausentes –El padre piensa que se refiere a Julia, puesto que es la primera vez que su esposa falta a la cita navideña, pero su hija además de brindar por su madre también lo hace por la otra ausente, Pilar.

   En el tablero internacional, el primer día del 42, algo más de una veintena de países firman en Washington la Declaración de las Naciones Unidas, un acuerdo en el que se comprometen a no hacer pactos de paz individuales con potencias del Eje. En la tertulia de la perfumería, Ramírez pregunta:

   -¿Y por qué no han invitado a España?

   -Porque no nos consideran un país democrático –responde Valdés.

   Con el nuevo año los soviéticos reabren el corredor de suministros de la sitiada Leningrado, y a mediados de enero derrotan a los alemanes en Ucrania. En el frente asiático, los japoneses entran en Manila. Las tropas estadounidenses, mandadas por MacArthur, se repliegan a la península de Batán. Al tiempo, los nipones siguen invadiendo territorios en el sudeste asiático: Birmania, la Malasia británica y, tras declarar la guerra a los Países Bajos, el Borneo holandés, con lo que da comienzo la Campaña de las Indias Orientales en la que las potencias occidentales van de derrota en derrota.

   Antes de que finalice enero, en la Conferencia de Wannsee, altos mandos de las SS, del partido nazi y diversos ministerios toman un acuerdo que llevará al exterminio a millones de personas, ya que coordinan la deportación y asesinato de los judíos europeos, comenzando oficialmente la dantesca tragedia que se conocerá como el Holocausto.  

   Como lo habían planeado, a fines de enero del 42 los Carreño van de boda. Se casa el primero de los hermanos de la segunda generación de la familia, Julián. Antes del enlace, el novio ha cumplido con el ritual que conlleva una boda de la pequeña burguesía. Va al domicilio de los padres de Carla, don Enrique y doña Margarita, a pedir la mano de la que, a partir de ese momento, será oficialmente su prometida. Los novios se intercambian regalos y ambas familias, los Carreño y los Ruiz, se conocen y fijan la fecha de la boda. La lista de invitados provoca algún roce, pero al final se ponen de acuerdo. Sobre los invitados, Julio tiene una duda y se la pregunta al novio.

   -Julián estoy dudando si invitar a tu hermana Pilar.

   -No te preocupes, ya la invité yo.

   -¿Y sabes si piensa venir?

   -No se lo pensó, me dijo que cómo iba a faltar a mi boda. Va a venir con su…, con Luis y se van a alojar en un hotel de la Gran Vía para estar cerca de casa. Por cierto, ya me envió su regalo, un estuche de doce cubiertos de plata que ha debido de costarle un riñón. Se ve que el notario gana dinero a raudales.

   El último día de enero Julián contrae matrimonio con Carla. Como los Carreño tienen mayor poderío económico que los padres de la contrayente, son los que corren con la mayoría de los gastos de la boda. A raíz de dichos gastos salta a la palestra familiar un problema que al recién casado le causa un enorme desconcierto, pero que al mismo tiempo es una seña indeleble de cómo entiende la unidad familiar el patriarca del clan. 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 91. Una familia, una cuenta

martes, 4 de marzo de 2025

´El masover” 9. En casa, de política, nada y de políticos, menos

En el verano de 1930, uno de los regalos intangibles que, por sus buenas notas, ha recibido Zaca es el permiso de padre para seguir las partidas de ajedrez que se juegan en la terraza del café del Pincho ubicado en la plaza de Ramón y Cajal y que está a tiro de piedra de casa de los Clavijo. A madre la autorización no le ha parecido una buena idea y refunfuña.

   -El niño no debería ir al café, no puede aprender nada

bueno. Además, ¿qué va a decir la gente?, ¿que dejamos que un niño, que acaba de cumplir los diez años, ande mezclado con personas mayores que vete a saber de qué hablan, que sueltan palabrotas y hasta blasfemias? Quita, quita.

   -Mujer, no es para tanto. Le doy permiso para que aprenda a jugar al ajedrez, que eso no le hará ningún daño; al contrario, lo estimulará. Y te recuerdo que la mayor parte de los que juegan al ajedrez son gente de carrera, por lo que se supone que hablan con la mayor corrección. Y hasta el Pincho, me ha dicho que por él no hay problema, incluso podrá sentarse en la terraza.

   La afición al ajedrez le viene al chaval desde que su tío Miguel, el hermano pequeño de padre, le regaló un librito de iniciación al juego de los escaques. Dado que en el juego concentrarse es fundamental y propio de mentes analíticas, enseguida se sintió cómodo ante el tablero de los sesenta y cuatro cuadros. En el pueblo son contados los que juegan al ajedrez: el tío Macario el estanquero, Piñana el ayudante del llumero, el maestro don Rodolfo, don Avelino  el veterinario, Julio el barbero, don Eulogio el médico, don José el boticario y pocos más. A veces también juega un tal Damián, motorista del pozo de riego de los Blascos, y a quien el chaval mira con aprensión, pues se ha dado cuenta que, de vez en cuando, le mira lascivamente los muslos, puesto que sigue usando pantalones cortos. Miradas que no sabe por qué le producen cierto desasosiego. Un día se lo contó a madre. Su respuesta fue tajante:

   -Desde mañana, cuando vayas al café, ponte pantalones largos y ten cuidado con el tío Damián, si te dice algo no le contestes y dímelo. Y si te invita a ir a su casa, no debes ir por nada del mundo. Ah, y a padre ni una palabra de esto.

   Terminadas las partidas, los jugadores suelen charlar de los más diversos temas, pero últimamente hay uno que sobresale: la política. El chaval, que de política no sabe nada, pues de ella no se  habla en casa, dado lo que cuentan los contertulios deduce que las cosas no andan muy bien en la nación. Primo de Rivera, el dictador que mandaba en España, ha dimitido y se ha ido del país. La mayoría de tertulianos lo lamentan, porque el general era muy popular en el pueblo desde el día que pasó por allí y, a petición de unos vecinos, se  bajó  del coche y recorrió a pie un trecho del Raval.

   -Yo le estreché la mano –recuerda el barbero.

   -La verdad es que era muy campechano –admite el médico.

   -¿Y ahora quién manda? –quiere saber el ayudante del llumero.

   -El Rey ha nombrado presidente del gobierno a un general llamado Dámaso Berenguer –informa don Rogelio, que añade-: Parece que lo ha hecho con el propósito de retornar a la normalidad constitucional.

   -¡Tiene narices la cosa! El Rey actúa como si la Corona no hubiese estado pringada en la violación de la Constitución desde el primer momento del golpe de Primo –don Eulogio, que tiene fama de liberal, deja asomar su desacuerdo.

   -Pero no me negarás, Eulogio -replica don Avelino-, que su política intervencionista ha conseguido una expansión y fortalecimiento económico que se está haciendo sentir en la mayoría de sectores productivos. Y está siendo más patente en las obras públicas, desde las hidráulicas a las comunicaciones. En el primer sector ha sido todo un logro la creación de las Confederaciones Hidrográficas para el aprovechamiento integral de los ríos. En cuanto a las comunicaciones, la fundación del Circuito Nacional de Firmes Especiales ha logrado construir varios miles de kilómetros de carreteras.  El barbero, mete baza enla conversación pues, aunque casi iletrado, es hombre curioso.

   -Hay algo que no acabo de entender, si Primo ha hecho tantas cosas buenas, ¿por qué no lo querían cómo gobernante? Me gustaría que alguno de los que tienen carrera nos lo explicara –Es el médico quien responde.

   -Son varias las causas que han provocado que los sectores sociales y políticos que, inicialmente habían prestado su apoyo a Primo, se lo hayan retirado. En primer lugar, los nacionalismos periféricos porque la dictadura ha estado incumpliendo lo prometido sobre la descentralización. En cuanto a las organizaciones empresariales estaban descontentas por las injerencias de la UGT en sus empresas. Los sectores intelectuales y universitarios han abandonado su benévola expectativa, desengañados por su regeneracionismo conservador. Y los políticos liberales vieron cómo la dictadura pretendía perpetuarse en el poder, al incumplir su promesa de ser un régimen temporal, por lo que también le han dado la espalda.

   -Mucho hablar de Primo de Rivera, sobre lo que ha hecho o dejado de hacer, y nos estamos olvidando de algo sumamente importante para este pueblo –la introducción de don Avelino ha provocado el interés de los contertulios- ¿Cuándo se construyó el grupo escolar de la calle Sitchar y del que tan orgullosos nos sentimos? –y sin esperar respuesta, prosigue-: Se construyó, como sabéis, durante el mandato del general. Y aunque solo fuera por eso, los torreblanquinos tendríais que estar eternamente agradecidos a la gestión de Primo. Y nuestras escuelas no fueron las únicas que edificaron sus gobiernos. Si no recuerdo mal, durante los siete años de gobierno de Primo de Rivera se han construido en España cientos de escuelas, muchas de ellas, y a propuesta de los respectivos ayuntamientos, tienen grabados en su portada el nombre del general, o el de su título nobiliario, Marqués de Estella.

   -Aunque Primo será siempre señalado como un dictador, y más para los que tenemos una ideología izquierdista, reconozco que lo apuntado por Avelino es cierto –admite don Rodolfo-. Y, nobleza obliga, he de añadir que a partir de la reforma del Estatuto Municipal, los ayuntamientos han dispuesto de un mejor acceso al crédito, especialmente el que otorgan el Instituto Nacional de Previsión y sus Cajas de Ahorro colaboradoras. Este sustrato financiero ha favorecido la construcción por toda la geografía española de cientos de escuelas de nueva planta. Ítem más: salvo en algunas ciudades, el edificio-escuela no resultaba identificable a simple vista porque, en general, las aulas se encontraban desperdigadas en los bajos de cualquier dependencia municipal o en casas particulares. Por ello, la construcción de una escuela en los pueblos representa una distinción singular con respecto a los municipios colindantes. Y eso, y es justo reconocerlo, lo hizo la dictablanda de Primo.

   Durante la cena de esa noche, el chico cuenta lo que ha escuchado en el café, y padre le regaña.

   -No se te ocurra otra vez contar politiquerías en casa. Todos los políticos son un hatajo de mangantes que solo buscan medrar y a los trabajadores que les den por saco. Cuando seas mayor verás que o te las apañas por tu cuenta o ningún político vendrá a echarte una mano.

   -El abuelo Joaquín siempre dice que de los políticos nos guarde Dios –remacha la madre.  

   De la charla familiar, el chico infiere dos claros mensajes: en casa, de política, nada, y de políticos, menos. Dado el cierto rechazo que Zaca tiene hacia padre por lo de su nombre, el hecho de que a su progenitor no le guste la política influye para que él se interese por toda clase de asuntos políticos, aunque solo sea para satisfacer su insondable curiosidad. 

   A todo eso, el verano de 1930 es venturoso para el primogénito de los Clavijo. Desde que se hizo público que va a ser el primer torreblanquí que estudiará bachiller por libre parece que sus amigos y condiscípulos le miran con algo más de respeto. Y puesto que, dadas sus escasas habilidades físicas, apenas si se le considera socialmente, el cambio supone un gran refuerzo para su, hasta ahora, maltrecho ego, pues aún tiene presente el recuerdo de que, cuando juegan a capitolet, al parao o a saltaburros, hasta las chicas se burlan de él por lo patoso que es, pues camina con los pies hacia fuera, como los patos. Otro tanto ocurre cuando los capitanes de los equipos de fútbol de los recreos seleccionan su once, es de los últimos en ser elegido; eso, si le eligen. No es que ahora le seleccionen de los primeros, pero le da la impresión de que ya no lo miran por encima del hombro.

   Al atardecer del día de hoy el muchacho vuelve a casa más contento que de costumbre. Ha estado jugando a los piratas con sus compañeros de clase en un descampado de la calle Sitchar, justo al lado de las escuelas, y donde un enorme y viejo olivo, maltratado por la chiquillería que lo escala a menudo, les sirve de barco pirata. Zaca, fiel a su carácter tranquilo y solitario, siempre se autoasigna el papel de radiotelegrafista, sin tener en cuenta que en los barcos piratas no existía tal artilugio. Y si escoge ese papel es porque su padre hizo la mili en marina de radiotelegrafista en el arsenal de Cartagena y luego en la comandancia de Vinaroz.

   Incluso cuando juega, el muchacho se encuentra más cómodo en roles de personajes solitarios, no sabe por qué, pero el hecho es una muestra más de su insegura personalidad. Él ni siquiera se lo plantea pero, curiosamente madre, que es quien mejor le conoce, si se pregunta: ¿seguirá así cuando se haga mayor?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 10, de la novela “El masover”, titulado: A la mar ens anirem…  

viernes, 28 de febrero de 2025

Libro IV. Episodio 89. ¡Así hablan los Carreño!

 Para los integrantes del clan Carreño, el año 1941 les depara diversas situaciones. Álvaro sigue embarcado en el minador Júpiter cuya zona de acción es el Mediterráneo, hasta que por Orden Ministerial de 1 de enero de 1941 es destinado al destructor Almirante Miranda de la segunda flotilla de destructores con base en Porto Pi. Dada su especialidad de artillero, dirige diversos ejercicios de tiro en aguas mallorquinas, hasta que, por orden de la Comandancia General, el 10 de marzo desembarca del Miranda y queda provisionalmente adscrito a la base de Cartagena. Casi un mes después llama a los suyos.

   -Acabo de recibir una orden del jefe de la segunda flotilla de destructores, el 15 de abril voy destinado al destructor José Luis Díez al que, por cierto, en la guerra llamaban Pepe el del puerto por lo poco que salía de su amarradero a enfrentarse con nuestros buques.

   Julián, a quien la familia ha puesto al frente de la segunda farmacia, sita en San Bernardo 60, está más que encantado con su nuevo trabajo, en el que, como vaticinó, se desenvuelve sin problemas, de manera que la mayoría de los clientes están convencidos de que es el farmacéutico titular. Ha presentado a la familia a su novia, Carla, diminutivo de Carlota, bastante más joven que él y que, sin ser lo que se dice guapa, sí tiene el encanto de la juventud y de un cuerpo curvilíneo. A Julio la joven le parece excesivamente desenvuelta, pero la acepta sin pestañear pues se da cuenta de que su hijo está muy enamorado.

   -¿Y para cuándo la boda? –les pregunta Jesús.

   -Estamos pensando que para fin de año o principios del 42.

   Jesús continúa en la farmacia de Gran Vía, y se está convirtiendo en uno de los pilares de la familia, ante la ausencia física de Álvaro y Pilar. En la verbena de la Pradera de San Isidro del pasado año conoció a una jovencita y en cuanto se vio reflejado en sus ojazos verdes se enamoró de ella. Se ha hecho socio del Atlético de Madrid y no se pierde ninguno de los partidos que los colchoneros, como se los apoda, juegan en el campo del Metropolitano. También le ha sacado el carné de socia a su novia Mercedes y van juntos a ver al club de sus amores.

   -¿Contra quién jugáis el domingo? –les pregunta Julián.

   -Contra los merengues. Esta vez nos los vamos a pasar por la piedra.

   Andrés, de enero a junio del 41, ha realizado el primer curso en la ENM de San Fernando, en la que ha tenido clases de distintas materias, ejercicios militares y marineros, gimnasia y deportes. Asimismo, efectúa prácticas de navegación y maniobra en la flotilla de buques afecta a la Escuela. Examinado de las materias del curso, es aprobado, excepto de Física, de la que debe de sufrir un nuevo examen al terminar la reglamentaria licencia de verano. El 30 de julio se presenta en la Escuela, en la que se examina nuevamente de Física siendo considerado apto, pero en el segundo semestre del 41 suspende los exámenes semestrales por lo que ha de repetir curso siendo unido a la promoción siguiente, lo que provoca un gran disgusto en la familia pues es otro año que pierde.

   Eloísa, a sus 27 años, tiene un pretendiente, un dependiente de una conocida joyería sita en Gran Vía, esquina Alcalá, que un día entró en la perfumería de Ramírez a por una colonia y salió prendado de la simpatía y desenvoltura de la joven encargada. El aspirante a novio, algo más joven que Eloísa, se comporta con ella como si fuese su novia del instituto: la manda versos, que Dios sabe de dónde los copia, notitas en las que le declara su amor, la espera a la salida de la tienda y le envía flores a menudo.

   Concha, que sigue yendo todos los días a cuidar a tía Mechita, parece que no tiene ninguna prisa en emparejarse. Lleva una vida muy rutinaria y es poco dada a salir de casa. Los días de diario los pasa en casa de su tía, y los domingos y festivos apenas si sale de la casa familiar. Es muy religiosa y suele ser la que dirige el rezo de los rosarios familiares. Un día, Julián le dice en clave bromista:

   -Hermanita, con la vida que llevas casi te valía meterte monja.

   -Alguna vez lo he pensado –es su respuesta.

   En cuanto Ángela, en el curso 40-41 ha aprobado segundo año de Farmacia y en la familia ya se comienza a hablar de si adquirir una tercera farmacia para poder sacarle provecho al título de la chica más pequeña de la familia.

   -Si sigues tan estudiosa como hasta ahora, en cuanto acabes te vamos a comprar una farmacia –le promete su padre.

   -La verdad, papá, es que me gustaría mucho, así podría ayudar a la familia.

   -¡Así hablan los Carreño, hija!    

   En el escenario bélico, los soviéticos lanzan un ataque, en el verano del 41, contra el tercer Ejército Panzer. Hitler se ve en un dilema: sus generales quieren continuar hacia Moscú, pero en el sur sus ejércitos están atascados. Hitler es inflexible y desoye a sus generales: primero Ucrania, luego Moscú.

   En septiembre, los alemanes ocupan Kiev. El Alto Mando alemán ordena un alto para reorganizarse. La pausa da tiempo a los soviéticos a mejorar la defensa, pese a ello, en diciembre los alemanes se encuentran a 25 kilómetros del Kremlin, pero su avance se ve frenado por las primeras tormentas del invierno. La falta de previsión de la Wehrmacht hace que los soldados no estén equipados para la guerra de invierno y las congelaciones y enfermedades causan más bajas que los propios combates. Los soviéticos lanzan un contraataque que hace retroceder a los alemanes más de 300 kilómetros. Como explica el siempre bien informado Valdés, el cambio de signo de la guerra tiene tres causas principales.

   -Una es que los alemanes no descubrieron que los rusos tenían varios ejércitos vigilando su frontera este, pero que, al firmar con los japoneses el pacto de no agresión, han podido trasladar esas tropas al frente occidental. Otra que, cuando Alemania invadió la URSS, los rusos desmantelaron sus fábricas del oeste y se las llevaron más allá de los Urales donde han estado fabricando armamento sin que los germanos se enterasen. Y la última, pero decisiva, es que, como le ocurrió a Napoleón, les ha pillado el General Invierno y no estaban preparados para afrontarlo.

   Todos estos avatares bélicos no influyen para nada en la vida de los Carreño o, al menos, eso parece. La familia sigue en pos de un aburguesamiento cada día más consistente.

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 90. Los Carreño van de boda