viernes, 24 de enero de 2025

Libro IV. Episodio 84. Los Carreño se ponen el mono de trabajo


   Don Nicolás Ferrero presenta a Luis a un amigo cuyo hijo es jefe de centuria y, lo más importante, secretario de la agrupación falangista del distrito de Chamberí. El notario se trabaja al falangista, y no le cuesta demasiado convencerle –exactamente 3000 pesetas- de que inscriba a Jesús como falangista de su agrupación con fecha de 1935, por lo que automáticamente se convierte en camisa vieja. Y como tal le pide a Julián que encargue un uniforme de falangista: boina roja, casaca negra, camisa azul, corbata negra, pantalón negro, botas relucientes y correaje.

   -¿Crees que debería llevar pistola al cinto? –Pregunta Jesús-. Eso me hará parecer un falangista de los que luchó en la guerra.

   -Me parece excesivo, será mejor no tentar demasiado a la suerte -responde Luis.

   En Palma, Álvaro, tras liberar a su hermano Julián, ha vuelto a embarcar en el Canarias, en el que tiene un mes de junio movidito. El 16 zarpan para Bilbao, en cuyo puerto fondean al día siguiente, para asistir a las fiestas de conmemoración de la liberación de la villa, y en cuyo puerto embarca el 20 su excelencia el Generalísimo. Aquella misma noche parten para Ferrol en cuyo muelle atracan en la mañana del 21, desembarcando el Caudillo. El 18 de julio, IV Año Triunfal, Álvaro recibe la noticia de que por orden del Comandante General de la Escuadra se le otorgan las siguientes recompensas: 1 Medalla de Campaña, 1 Medalla de Mérito Militar roja y 3 Cruces de Guerra. Sorprendentemente, Andrés también es condecorado, se le conceden la Medalla de Campaña, una Cruz Roja del Mérito Militar y una Cruz de Guerra.

   Luis Verdú, acompañado por su novia, ha ido a visitar a don Nicolás Ferrero, el notario mentor del murciano.

   -Hija, tenía muchas ganas de conocerte, Luis me ha hablado mucho de ti. Leonor –llama a su esposa-, ven que te presentaré a la novia de Luis.

   Las dos parejas conversan un rato hasta que la señora de Ferrero se disculpa, pues ha de ver cómo va la preparación de la cena a la que les han invitado. Don Nicolás aprovecha la ausencia para tratar sobre el futuro de la pareja.

   -Lo que deberías hacer, después de que te reintegres a tu notaría, es solicitar en el próximo concurso de méritos una plaza cercana a una gran ciudad. Si te la dan, y es posible después del caos originado por la guerra, podríais vivir en la ciudad y tú desplazarte diariamente a la notaría. En ese supuesto te recomiendo que solicites poblaciones del entorno de Barcelona. En su perímetro hay localidades muy grandes y que van a crecer aún más, con lo que te asegurarías una plaza muy lucrativa, al tiempo que podríais vivir en la ciudad que está bien comunicada con su periferia.

   Tras la cena, los novios se despiden de los Ferrero prometiéndoles que volverán a visitarles. Es una de las últimas noches de la pareja, puesto que Luis ha de marcharse a su notaría de Chiclana.

   -Pilar, cariño, he pensado que como nuestra separación va a durar un tiempo, aunque al menos una vez al mes procuraré venir, creo que no deberías continuar en la pensión, tendrías que encontrar un sitio más confortable y, sobre todo, que estuvieras menos sola.

   -No pensarás que vaya a volver a vivir con mi familia. No soporto la cara de mártir que pone papá cada vez que me mira. Estoy hasta el moño de que me siga considerando como la arpía de la familia.

   -Lo comprendo, pero no era por ahí por donde iban mis tiros. Pensaba en la oferta que te hizo Charo Guardiola. ¿Por qué no te vas a vivir con ella? Os lleváis estupendamente, es un hogar confortable y vas a tener mucho espacio. Y tendrás con quién charlar, cambiar impresiones, ir al cine y llevar una vida menos solitaria que si continúas en la pensión. Piénsalo, amor.

   Mientras tanto, ha llegado el verano y los Carreño se plantean si irse de vacaciones. Julio corta el debate de raíz.

   -Ni pensar en irnos de vacaciones, estamos en pleno duelo por el fallecimiento de vuestra santa madre, ¿qué diría la gente si estando de luto nos fuésemos? Ahora lo que hemos de hacer es trabajar mucho a ver si nos reponemos. El saldo de nuestra cuenta está en mínimos –Al oír los argumentos de su padre Eloísa piensa que sigue dándole demasiada importancia al qué dirán.

   Siguiendo el consejo del paterfamilias, los chicos se han puesto a buscar trabajo. A Julián lo vuelven a admitir en los almacenes SEPU y además le nombran encargado de la sección de transporte. Eloísa ha vuelto a la perfumería del señor Ramírez como primera oficiala. Concha se encarga de cuidar a la tía Mechita que le da una generosa retribución. Jesús ayuda a su hermana Pilar que sigue al frente de la farmacia, aunque ésta se cuida muy mucho de pisar la casa familiar. Andrés ha sido admitido en el Colegio de Huérfanos de la Armada, gracias a la gestión del tío Luis, donde preparará el ingreso en la Escuela Naval Militar. Ángela está matriculada de primer curso en la Facultad de Farmacia de la Universidad Central. Y Froilán anda acabando el bachillerato en el CHA, pues ya no quiere ser ingeniero, ahora lo que pretende es ser marino de guerra como el tato que sigue siendo el espejo en el que se miran los Carreño pequeños.

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 85. La II Guerra Mundial

martes, 21 de enero de 2025

3. Que ce soit ce que Dieu veut (21.91.2025)


   Lo que dice Pedrito de que el crío será futbolista porque ha

nacido de penalti desconcierta a Zaca. ¿Qué querrá decir eso?,

¿y qué tendrá Dios que ver con ello? No lo entiende y cuando

no entiende algo lo desazona. En esas, que Elvira se asoma a la

puerta.

  -Elvi, ¿qué tenemos para comer?  

  -Paella, como los días de fiesta. La tía Paca os llama.

 A Zaca, como buen fetiller, no le gusta ni la paella, por lo que refunfuña entre dientes. Lo que quiere saber la tía es si prefieren quedarse o ir a  omer con ella.

   -Tengo sopa de cebolla y chuletas de cordero. Si venís los dos igual no hay carne para todos, pero os haré una tortilla.

  La casa de la tía Paca está hacia la mitad de la calle San Antonio, a la que la gente mayor suele denominar el Raval, que es la arteria más importante del pueblo y que forma parte de la carretera nacional Valencia-Barcelona –que realmente no empieza en la ciudad del Turia ni acaba en la Ciudad Condal-, por lo que está asfaltada, igual que la plaza Ramón y Cajal y la calle San Jaime. Hasta llegar a casa, y no es un trayecto largo, han tenido que detenerse un par de veces para que la tíacuente a unas vecinas como ha sido el parto de su prima Rosario.

  -Id poniendo la mesa, mientras aso las chuletas y hago las tortillas. De cuántos huevos las queréis? –Zaca se pide de uno. Pedrito de dos.

  -La mesa, ¿para tres o para cuatro? –la pregunta viene a cuento porque, como sabe Zaca, uno de los boticarios del pueblo, don José Gauchía, suele almorzar en casa de la tía.

  -Para cuatro.

  -No, así no –corrige la tía al ver la disposición de los cubiertos- La

cuchara y el cuchillo a la derecha y el tenedor a la izquierda. ¿Es que no

ayudáis a vuestra madre a poner la mesa?

   -No, la pone Elvira y cuando no está lo hace Charo. Poner la mesa

es trabajo de mujeres.

  -Este país no cambiará nunca –se encocora la tía-, no hay trabajos que

sean de mujeres o de hombres, hay trabajos de persona y eso lo somos

todos, llevemos faldas o pantalones.

   A Paca, educada en Francia, le irrita el acusado machismoexistente en la arcaica y pueblerina sociedad torreblanquina. Zaca, educado en ese ambiente, piensa que si la tía se hubiese criado en España sabría que hay actividades propias de los hombres y otras de las que se encargan las mujeres.

   -¿Se puede? –llama un hombre, mientras abre la cortina decanutos que resguarda el umbral.

  Los niños se vuelven y, muy comedidos, saludan al recién llegado pues le conocen, es el boticario amigo de la tía.

  -Hombre, hoy tenemos invitados. Me han dicho que sois uno más en la familia. Felicidades. ¿Qué habríais preferido, niño oniña? -Pedrito se encoge de hombros. Zaca contesta rotundo.

   -Yo habría preferido niña.

   -¿Por qué?

   -Porque cuando fuera mayor podría dormir con Charito y sin embargo…

  La comida discurre en silencio para los niños y en unsosegado diálogo para los adultos. Zaca mira de reojo al boticario con curiosidad, pues en la botica, detrás del mostrador acristalado, solo se le ve de cintura para arriba. Es fibroso, lleva gafas con montura metálica, se está quedando calvo y viste como un dandi, esto último se lo ha oído decir a madre; también tiene apuntada la palabra en su libreta de los secretos. Otra cosa que le gustaría saber es por qué hay gente,incluso de la familia, que cuando hablan del boticario y de latía lo hacen con cierto retintín.

   Terminada la comida, don José se despide, se va al café a jugar su cotidiana partida de ajedrez. Al muchacho, al que le apasiona el juego de los escaques, le chiflaría echar una partida con él, pues tiene fama de jugar bien, pero nunca se atrevió a pedírselo y, posiblemente, nunca se atreverá. Toda esa mescolanza de pensamientos en el fondo no es más que una trampa para no centrarse en lo único que verdaderamente le preocupa: ¿qué pasará ahora que hay uno más en casa?, ¿dónde dormirá el nuevo hermanito? Porque la vivienda alquilada en la que viven da justo para los cuatro, ya que tiene el espacio tasado.

   La casa del número cinco de la calle Horno, donde viven los Clavijo, fue donde nacimos todos los hermanos y, aunque han discurrido ochenta y tantos años, la recuerdo como si aún viviese allí. Cuenta con tres plantas y un terrado, pero con una base de poca superficie, por lo que su habitabilidad es limitada. En cada una de las dos plantas superiores solo hay dos habitaciones, una grande y exterior y otra pequeñaja e interior. En la planta baja no cabe ni un alfiler en los cuatro mini habitáculos que hay. En la entradita hay dos silloncitos de mimbre, una mecedora, un macetero en el que se yergue una aspidistra y al final una puerta acristalada que da al comedor; detrás de la puerta de entrada, padre guarda la escalerilla que usa para leer los contadores dela luz. A la derecha está el despachito de padre que cuenta con un armario, una mesa y sillas de madera barnizada –que son todo el mobiliario de oficina que necesita; una mesa camilla pegada a la ventana y una silla de enea, junto a la cual está la máquina de coser de madre, una Singer alemana de la que está muy orgullosa. Al fondo el comedor, tan estrecho que, para pasar los que están sentados han de levantarse. Al final la cocina en la que hay un lavadero en el que, a falta de ducha, les lava madre, al lado un armazón de madera que sirve para poner los cántaros ya que en el pueblo no hay agua corriente y encima, y colgada de una cadena, padre guarda su la bicicleta. Del otro lado del comedor arranca la escalera que lleva a las plantas superiores y bajo cuyo hueco está el retrete de fosa séptica. En la primera planta la habitación grande es la alcoba de padres y la pequeña la de Charito. De los dos cuartos de la segunda planta, en el grande duermen, en una cama de matrimonio, Pedrito y Zaca; el pequeño es el cuarto de los trastos y donde madre guarda, entre otros cachivaches, la artesa y dos sacos de harina con la que amasa pan, y a veces alguna coca, tres veces al mes –quizás esa es la causa de que la vivienda esté impregnada de un tenue olor a molienda-. En la parte superior está el terrado al aire libre, donde madre tiende las coladas y en la que padre tiene tres jaulas, hechas por él, para criar conejos.

   Entonces, se dice Zaca, ¿dónde podrán al crío cuándo crezca? Teme lo peor, que pongan una segunda cama en su habitación y serán tres para compartir alcoba, porque con Charito no lo van a poner, es una chica. ¿Cabrá una segunda cama? O peor, ¿podremos dormir tres en la misma cama?

   La tía Paca y los dos chicos matan media tarde jugando al parchís. El primogénito apenas disimula el aburrimiento.

   -Zaquita, ¿qué te pasa? Estás aquí, pero tu cabeza Dios sabe dónde la tienes.

   Pese a su habitual timidez, propia de un niño más bien apocado, Zaca se atreve a contar lo que le preocupa. Cuando acaba su explicación, la tía trata de confortarlo..

   -No tiene por qué ser necesariamente así. De momento, el niño dormirá en la cuna en el dormitorio de vuestros padres y luego Dio proveerá.

   -No creo que Dios tenga tiempo para ocuparse de esas cosas –se atreve a decir el chico, ante el escándalo de su tía.

   -¿Insolente, ateo! ¿Recuerdas el segundo mandamiento de la Ley de Dios? Pues cúmplelo tal cual. Ah, y cuando te confieses, di al señor cura que has pecado contra el segundo.

   -Tía –pregunta Pedrito-, ¿y al crío cómo le van a poner?

   -Posiblemente Joaquín, como vuestro abuelo materno. Aunque a lo mejor acabamos llamándole Chimo o Chimet.

   Zaca piensa que si deja el mando de la charla a su hermano la tía se va a aburrir –de hecho ya muestra signos de ello- y los devolverá a casa que debe seguir llena de gente, y a él no le gusta le gente, pues siempre están acosándote a preguntas. Por eso le gustan tanto los libros, porque no preguntan nada. Y decide dar un vuelco a la conversación pidiendo algo a la tía que sabe que le encanta. 

   -Tía, ¿Cómo se hicieron novios los padres?

   La pregunta parece haber dado en la diana del interés de la tía, pues el gesto de aburrimiento desaparece.

   -Cuando vuestro padre llegó al pueblo ya tenía treinta y tantos años, pero enseguida se convirtió en un soltero codiciado, pues al tener una paga segura era un buen partido y más de una moza y más de dos se le insinuaron. Ël se dejaba querer, pero en cuanto conoció a vuestra madre, que era joven y con buena planta, aquello cambió. Ya no tuvo ojos más que para ella.

   -Si le digo la verdad, tía, yo no imagino a padre en el papel de novio romántico –comenta Zaca-, porque es muy serio y poco amigo de chirigotas

   -De joven era más divertido y hasta apasionado. Os contaré algo: en una época del noviazgo hubo restricciones y vuestro padre tenía que cortar la luz, desde la Fábrica, a las doce de la noche. Entonces lo que hacía era apagar la luz y volverla a encender y esa era la forma de decirle buenas noches a vuestra madre. No me digáis que no es romántico. Bueno, creo que ya es hora de que volváis a casa. Pedrito, no te sueltes de la mano de tu hermano e id por la acera que por esta calle pasan muchos coches. Dadme un beso de despedida.

   Desde la puerta de casa, Paca ve irse a sus sobrinos mientras piensa que parece mentira que el mayor, con solo nueve años, sea capaz de mantener una conversación como si fuese un adulto. Que listo es ese niño, se dice, lástima que no le vayan a dar estudios porque cabeza tiene. Le tengo que decir a Emilia que intente convencer a Rosario para que estudie aunque, como últimamente andan tan apretados, no sé si podrán enviarlo a Castellón para que haga, al menos, el bachillerato. Y en su otra lengua musita mentalmente una jaculatoria: Que ce soit ce que Dieu veut.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 4, de la novela <<El masover>>, titulado: Romanos y cartagineses

viernes, 17 de enero de 2025

Libro IV. Episodio 83. Los exámenes patrióticos

 

   Álvaro mira a su hermano Julián, lleva el uniforme que le identifica como miembro del Tren de transporte del Ejército republicano, está sucio y desgreñado, pero en general no tiene mal aspecto, aunque está bastante más delgado. El tío Luis corta las efusiones de sus sobrinos y saca la cartilla militar de Julián de cuando hizo el reglamentario servicio militar en el Parque y Centro de Abastecimiento de Material de Intendencia, que en previsión se han traído. Le enseña el documento al teniente Pérez Palomo al tiempo que le explica:

   -Como verá, esta cartilla identifica al soldado Julián Carreño Manzano y, a su vez, prueba que, cuando en su día hizo el servicio militar, trabajó de chófer en el Parque –y dirigiéndose a Julián le ordena-. Sobrino, recoge tus pertenencias que te vienes con nosotros.

   -Es que verá, mi teniente coronel… -el teniente no puede seguir porque Luis le corta.

   -¿Algún problema, teniente? –pregunta al tiempo que mira amenazadoramente al oficial.

   -No, mi teniente coronel, solo que hay que rellenar el formulario de la salida del campo de Julián.

   -¿Y a qué espera para ordenarlo? Le doy diez minutos, ya le dije que nos esperan en el gobierno militar de Alicante.

   Mientras el sargento rellena el correspondiente formulario de salida del campo, Julián se ha ido a recoger sus pertenencias que consisten en una manta y un macuto. Al tiempo que los dos Manzanos se despiden, ahora con más cordialidad, del jefe del campo.

   -Creo que se llama usted Agustín Pérez Palomo. Hablaré en el ministerio de usted, les diré que han hecho una buena elección al escogerle como jefe de este campo. Es usted un oficial de gran eficacia, en el tabor pueden estar orgullosos de contarle entre sus filas –hasta parece que Luis se ha humanizado, aunque en realidad todo es un paripé.

   En cuanto regresa Julián, el sargento le da el certificado de su salida del campo por no estar incurso en ninguno de los apartados que establece la Ley de responsabilidades políticas de febrero del 39. Tras los cual, el teniente, dirigiéndose al tío Luis, le dice:

   -Mi teniente coronel, ahora ya puede llevárselo bajo su personal responsabilidad. Ah, y otra cuestión: deberá estar localizable en los próximos meses por si la Auditoria ordena la práctica de alguna información previa. Que tengan un buen viaje y ya saben dónde me tienen.

   Durante el viaje de vuelta a Madrid, Julián les cuenta cómo fueron los últimos días de marzo cuando los ejércitos republicanos en tierras levantinas se desmoronaron como un castillo de naipes. La gente comenzó a desaparecer de sus unidades, especialmente los procedentes de la región levantina, aunque recuerda que un compañero, natural del municipio madrileño de Fuenlabrada, le anunció que se marchaba, y que cuando le dijo que había más de 400 kilómetros de Gandía, que era donde estaban, a su pueblo, le respondió:

   -Como si hay mil.

   En las paradas que hace el trío durante el trayecto, Luis y Álvaro se admiran de la voracidad con la que come Julián y de las cantidades que ingiere. Prueba del hambre atrasada que debe tener, por lo que, en vez de tres raciones, suelen pedir cuatro. Otra de las previsiones que tomó Álvaro, antes de partir a Albatera, fue llevarse uno de los trajes de paisano de su hermano para que no llamara la atención con su uniforme del Ejército republicano. Y en esas que llegan a Madrid. El recibimiento que la familia dispensa a su hermano es como si Julián, tras fallecer, hubiese resucitado. Aunque la alegría por su reaparición se ve apagada por la noticia que le dan: su madre ya no está con ellos. Pasados unos días, Julián habla de volver a trabajar, pero su padre le aconseja que no se precipite.

   -No tengas prisa, primero debes reponerte, amortiguar el hambre canina que todavía te obsesiona, volver a acostumbrarte a la vida civil y luego ya hablaremos de trabajo.

   Jesús, para animarle, le dice que en Callao ha visto un cartel publicitario anunciando: Alicante, la millor terreta del mon.

   -Eso díselo a uno que haya estado interno en Albatera y verás qué te contesta –responde, airado, Julián.

   La Ciudad Universitaria, que durante casi dos años fue campo de batalla en el asedio a Madrid, ha sido prácticamente destruida, por lo que Jesús, que va a reemprender los estudios de Farmacia, tiene que ir al caserón de San Bernardo a preguntar cuándo recomenzarán las clases. Lo que saca en limpio es que nadie tiene una idea precisa del reinicio, aunque lo más probable es que se realice en otoño. En esa visita, es cuando oye por primera vez la expresión exámenes patrióticos. Pregunta y le cuentan que se están preparando unos exámenes especiales para quienes hayan participado en la guerra, en el bando vencedor naturalmente. Sigue indagando y un conocido que trabaja en el pabellón de gobierno de la universidad Central le da más datos.

   -Se comenta que esos exámenes pueden ser un coladero. Bastará presentarse de uniforme a los exámenes, también parece que contará, además de ser excombatiente, ser alférez provisional, camisa vieja, excautivo y todas las situaciones relacionadas con Falange.

   Tras esta información, Jesús piensa en cómo aprovecharse de tales exámenes. El gran problema es que él no entra en ninguna de esas categorías. Piensa que si Álvaro no se hubiese vuelto a Palma le podría echar una mano, pero ahora no tiene a quién recurrir. Se lo comenta a Pilar que enseguida comprende la oportunidad que se le presenta a su hermano de licenciarse en Farmacia en un par de años y no en cuatro como le faltan.

   -¿Sabes qué?, se lo voy a comentar a Luis que en esas cuestiones se mueve como pez en el agua. Por lo pronto, ya tiene medio solucionada su situación personal para que no le imputen su condición de exsoldado de la república, y así poder reintegrarse a su plaza de notario.

   -¿Y cómo lo ha conseguido?

   -Ha sido decisiva la ayuda que le ha proporcionado don Nicolás Ferrero, un viejo notario de Madrid, que ha sido quien ha movido los hilos. A lo mejor te puede echar un capote.

   -¿Y crees que se prestará a ayudarme?

   -Hermano, Luis hará lo que yo le pida, además le caes bien, fuiste uno de los que no montó un pollo cuando papá se enfadó conmigo.

   Pilar cuenta a su novio la oportunidad que se le presenta a Jesús y lo bueno que sería para ellos que en la familia hubiese un segundo título de licenciado en Farmacia. Así, si en algún momento lo necesitaran, ella podría llevarse el suyo sin dejar tirada a la familia. Luis se pone al tajo e inmediatamente se tropieza con el obstáculo insalvable de que Jesús no ha participado en la guerra, solo hay una posible vía de salvación: si él ha conseguido convertirse en camisa vieja de la noche a la mañana, también puede lograrlo para Jesús.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 84. Los Carreño se ponen el mono de trabajo

 

martes, 14 de enero de 2025

2. El crío será futbolista

  

   El  padre del protagonista, el señor Zacarías Clavijo, es el encargado de la compañía que suministra electricidad al pueblo, o el llumero como también se le conoce. A sus 42 años, la primera impresión que ofrece es de reciedumbre porque, sin ser grueso, su corta estatura –alrededor de uno sesenta y poco- concuerda con un tórax ancho y una cabeza de patricio romano. Tiene la clásica calva de herradura, nariz ligeramente aguileña, ojos pequeños protegidos por gafas metálicas, boca generosa y barbilla recia. Como buen aragonés cumple con el tópico de ser tozudo, al menos esa es la fama que le precede. Es hombre de pocas aspiraciones y se conforma con la vida qué el destino le ha deparado. En el pueblo tiene fama de ser honrado y cumplidor. Puesto que ha trabajado en varios oficios, es habilidoso, no hay avería de un aparato o rotura de una instalación que se le resista. Fue precoz en el trabajo y tardío en el matrimonio. Es apolítico aunque afiliado a la UGT, ya que es el sindicato mayoritario de su empresa. Tampoco es muy religioso, aunque no falta ningún domingo a la misa cantada de doce, por aquello de dejarse ver. No es de aficiones muy acusadas, lo que más le gusta es departir con sus amigos y echar alguna partida de manilla, pues va al café un rato después de las comidas. En el pueblo es una de las personas más conocidas, ya que todos los meses entra en las casas con instalación eléctrica dos veces: una para la lectura del contador de la luz y otra para cobrar el recibo de la electricidad consumida. No es mal padre aunque, siguiendo la estela de la imperante cultura machista, la educación de su prole recae básicamente en su esposa. Zaca piensa de él que tiene la sensibilidad de un ladrillo.

   En la cédula de la madre del muchacho, de nombre Rosario Alsina, pone de profesión sus labores; o sea, ama de casa. La impresión que da, a sus 35 años, es de una cierta fragilidad, pero es engañosa, pues resulta ser más dura de lo que parece. Debió de ser guapa en su juventud, pero la vida y la maternidad han dejado huellas en el rostro, no tanto en su figura que sigue siendo esbelta. Tiene el pelo negro como el azabache y la piel blanca. Un óvalo de cara armónico con unos rasgos regulares que le confieren una cierta aura de serenidad. Pequeña de estatura, pero armoniosa de medidas. Tiene buen carácter, aunque es algo melodramática, tendente a la fantasía y en ocasiones le gusta aparentar lo que no es. Siendo casi una niña la pérdida de su madre -debida a la epidemia de gripe mal llamada española- la marcó profundamente al tener que convivir con su madrastra que se ocupó más de sus propios hijos que de sus hijastros. En su juventud conoció el amor, pero a la hora de contraer matrimonio optó por la seguridad antes que por la pasión, lo que le llevó con el paso de los años a una cierta amargura. No es muy devota, aunque los domingos acude a la misa rezada de siete por aquello del qué dirán, y la semana que le toca tiene en casa a la Virgen del Rosario dentro de una capilla resguardada por un cristal, y ante la que enciende una lámparilla votiva durante toda la semana. Como ama de casa es del montón, insulsa en la cocina, pero competente repostera. Su gran afición es cantar pues, aunque tiene poca voz, cuenta con buen oído y canta las coplas y las canciones zarzueleras con buena entonación. Zaca es con quien mejor se entiende, pues les une el carácter fantasioso.

   El pueblo natal del protagonista, Torreblanca, radica en la provincia de Castellón. Lo de adjetivarse de La Plana resulta ser una broma pues, con excepción de la estrecha franja litoral, el resto del territorio provincial es muy abrupto, ya que las estribaciones del Sistema Ibérico forman las grandes comarcas del Maestrazgo al norte y la Sierra de Espadán al sur, convirtiendo la provincia en una de las más agrestes. Aunque con alturas no muy elevadas, salvo el monte Peñagolosa que, con sus algo más de mil ochocientos metros, es la cota provincial más elevada.

   La localidad, en la costa norte de la provincia aunque a tres kilómetros del mar, cuenta con tres mil y pico de almas, vive de y para la agricultura, tiene poca historia y menos futuro. En cuanto a su presente es de una modesta, pero hasta cierto punto segura, subsistencia puesto que, desde el ferrocarril Valencia-Barcelona -que atraviesa el término de sur a norte- hasta la turbera conocida como el Prat junto al mar, la mayoría de las fincas se riegan con agua de las norias esparcidas por el campo, por lo que la agricultura no sufre los rigores de la estacionalidad de las lluvias.

   A grandes rasgos ya conocen al protagonista, su familia y su entorno. Es hora de comenzar a contarles su vida.  

   Amanece en un ventoso día marceño. Zaca está soñando, aunque más que un sueño es una pesadilla, pues muestra su falta de coraje y su nula aptitud para la actividad física: en el partidillo que los alumnos de la escuela juegan durante el recreo, de rebote le llega la pelota y no sabe qué hacer con ella, si pasarla, regatear a un contrario o chutar a puerta; ante su indecisión, un compañero de equipo se la arrebata al tiempo que le grita:

    -¡Mía, lelo!

   Su sueño se trunca cuando una mano, suave pero firme, lo sacude.   

   -Despierta, dormilón.

   El chico se sienta en la cama aún adormilado, quien le ha despertado es su tía Paca la Francesa, lo que hace que se despabile del todo. ¿Qué hace la tía en casa tan de mañana?   

   -Ponte la ropa de los domingos –pide la tía, que ya está vistiendo a su hermano Pedrito con el que comparte cama.

   Al muchacho no le gusta ir vestido de domingo porque ha de ponerse el pantalón de golf –prenda que es la transición entre el pantalón corto y el largo y que solo usan los retoños de las familias de posibles o que aparentan serlo- por lo que, a veces, los demás chicos se le burlan. Además, los últimos zapatos de Segarra, que le compró madre para los festivos, son duros y le aprietan.

-Tía, hoy es miércoles y hay escuela, no es fiesta -protesta.

-Da igual, hoy es un día de fiesta para la familia.

    En cuanto ambos hermanos se han vestido, la tía les baja a la primera planta donde está el dormitorio de sus padres. La primera sorpresa que se llevan los chicos es que en la alcoba hay varias personas, encabezados por padre, que reciben a los chavales con semblante alegre. Son todos familiares menos uno, pero le conocen, es el médico con el que la familia tiene la iguala, don Eulogio. La tía les lleva al lado de madre, que está recostada en la cama y que, sonriente pero con semblante de fatiga, les enseña un bulto, envuelto en una sabanilla, que tiene en el regazo.

-Dadle un beso al nuevo hermanito –les insta.

    El más chico de los hermanos se queda mirando al recién nacido con cara de asombro. ¿Qué es eso de un hermanito?, ¿de dónde ha salido este crío?, ¿será el que me llamará Tete?, se pregunta.

   El primogénito está confuso, pues solo tiene una vaga idea de la concepción, ya que una vez que preguntó sobre ello a Elvira -la joven que ha ayudado en la casa durante el embarazo de madre- su respuesta fue críptica:

   -Los niños los hace Dios y los trae una cigüeña.

   No tuvo ninguna duda de lo de Dios, pues Él lo puede todo, como les explicó el vicario en las charlas preparatorias de la primera comunión, pero lo de la cigüeña le desconcertó, porque en Torreblanca esas aves no se conocen, solo las ha visto en libros.  

    Tras besar al bebé, madre les indica que se marchen.

-Iros con la tía Paca y ayudadla a atender a la gente que viene

a ver a vuestro hermano.

   En el pueblo existe la costumbre de que, cuando nace un niño, familiares y amigos suelen visitar a la parturienta para interesarse por su estado y el del recién nacido. A rebufo de lo cual, se suele agasajar a los visitantes con algunos dulces y una copita de anís dulce o de mistela. Zaca comprende ahora por qué madre estuvo elaborando pastelitos de boniato, almendraos y magdalenas; debía saber que la cigüeña vendría pronto.

   Durante buena parte de la mañana no ha cesado de llegar gente y, como solo vienen personas mayores, la tía Paca ha dado permiso a los niños para salir afuera a jugar. La calle se llama del Horno porque, al parecer, hace muchos años hubo uno y, aunque está en el centro del pueblo -entre la plaza Ramón y Cajal y la calle San Cristóbal-, es más bien una calleja que debe tener alrededor de cuarenta metros de largo y unos seis de ancho, y que en las fiestas patronales sirve de corro para los encierros. Cuenta con aceras, pero el espacio entre ambas es de tierra lo que la convierte en una cancha ideal para jugar.

   Los dos chicos han escrutado la calle por si hubiese algún otro muchacho con el que jugar. En la calleja viven más chicos: están los hermanos Monero –aunque su apellido es Franch- que son algo mayores que Zaca, Agustín el Meme y Visentico Vidal, de edades similares a la del primogénito, pero con los que se relacionan poco. Optan por jugar al gua. Juegan algunas partidas que las gana el pequeño porque el mayor, desde que vio a su nuevo hermano, no hace más que darle vueltas a una idea obsesiva y apenas presta atención al juego. Charito no juega, pues el gua no es juego para niñas; lo que ha hecho es ir a charlar con su amiga Fina la Mema que vive enfrente. De vez en cuando, uno de los chiquillos entra en casa para, a espaldas de su tía, sisar alguno de los dulces guardados en la fuente que hay en el comedor. De una de esas escapadas, vuelve Pedrito con una noticia sorprendente sobre el neonato.

   -¿Sabes qué?, Tete. El crío será futbolista.

   -¿De dónde sacas esa bobada?

   -De bobada, nada. Acaba de decir el tío Antonio que el crío ha nacido de penalti. O sea, que será futbolista de todas, todas. Vaya suerte.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 3, de la novela

<<El masover>>, titulado: Que ce soit ce que Dieu veut