viernes, 3 de febrero de 2023

Libro III. Episodio 181. De prácticas

   El heredero y titular de la farmacia Guerrero, un fornido treintañero, se llama como su padre, Cristóbal. Julio le conoce muy superficialmente, pero no ha confraternizado con él pues el joven farmacéutico solamente se relaciona con los que forman parte de la élite ciudadana. Por eso el droguero no le pide directamente el favor de que acepte a su hija, piensa pedírselo a su madre, a la que ahora todo el mundo llama doña Isabel aunque no tenga título alguno, pero como es la madre del joven boticario ha ascendido de rango social. Tendrá que visitar a su antigua amiga.

   Mientras el verano transcurre rápido en Pinkety -lo que queda de ella pues la mayor parte la han vendido-, el tranquilo Jesús depara una sorpresa a la familia. La hace pública cuando los padres le preguntan la carrera que piensa estudiar en el próximo curso 29-30.

   -Lo tengo decidido, papás, quiero estudiar para vista de aduanas. Son los funcionarios aduaneros responsables de permitir el embarque de las mercancías sujetas a los impuestos arancelarios y de inspeccionar los cargamentos.

   -¿Vista de aduanas?, ¿y eso es una carrera? –pregunta Julio una vez repuesto del estupor.

   -Es una profesión en la que se ingresa por oposición. También se puede llegar a vista por promoción interna desde la categoría de auxiliar, pero se tarda muchos años. Yo quiero acceder a la escala de técnicos directamente y para eso tengo que aprobar la oposición –Jesús da las explicaciones con enorme aplomo, como si lo tuviera todo muy meditado.

   -Y la preparación de la oposición, ¿cómo y dónde se hace?

   -Estudiando el temario, lógicamente, y solo hay una academia en Madrid que prepara a los opositores presencialmente.

   -Entonces, ¿tendrías que irte a Madrid para preparar la oposición?

   -Naturalmente. Escribí a los de la academia y me han dicho que el temario me lo podrían mandar por correo, pero para conocer los temas a fondo, saber cómo hay que encarar la oposición y, sobre todo, preparar la prueba de los casos prácticos tendría que asistir a las clases presenciales.

   -En la familia no hay nadie que haya trabajado en asuntos aduaneros –Julio, al recordar sus años de contrabandista, piensa que más bien al contrario-, y supongo que tú tampoco sabes nada  de ese oficio, a pesar de ello ¿crees que puedes aprobar una oposición que a lo mejor es muy difícil? –a Julio lo que propone el cuarto de sus hijos no le convence ni poco ni mucho, posiblemente sea un oculto rechazo producto de su biografía.

   -Es cierto que la oposición es bastante dura, como la mayoría de oposiciones a funcionarios del estado, pero yo parto con cierta ventaja pues para opositar solo se exige tener el bachillerato elemental y yo soy bachiller superior. Lo que presupone que mi formación será superior a la de casi todos los demás opositores.

   -¿Y esas oposiciones cuándo se convocan?

   -Eso es lo más fastidioso, que no hay plazos fijos para convocarlas. A veces se convocan anualmente, pero hay otras temporadas en que tardan a lo mejor dos años o más en convocarlas.

   -¿Y tendrás que estar en Madrid hasta que las convoquen? –Julio está echando cuentas de lo que podría costarles mantener a su hijo en la capital dos o más años.

   -Claro. Yo lo que pensaba, si os parece bien, era irme a Madrid en septiembre a preparar la oposición hasta que se convoque. Y os prometo que trataré de aprobarla a la primera.

   Mientras se dilucida el futuro de Jesús, el padre comprueba que doña Isabel, viuda de Guerrero como gusta que la llamen, ya no es la juncal y apasionada Isabelina que frecuentó allá por los finales del siglo XIX. Se ha puesto rotundamente oronda y lleva más coloretes que un payaso de circo en un vano intento de enmascarar el paso de los años, aunque sus ojos todavía desprenden aquella chispa temperamental de cuando era treinta años más joven.

   -Para ti no pasan los años, Isabelina, sigues siendo tan guapa y cautivadora como cuando tenías dieciocho –Julio no ha querido excederse en sus elogios, no sea que se pase de rosca y la rolliza matrona se lo tome a mal.

   -Tú que me ves con buenos ojos, Julio, pero sigues mintiendo mal. De todos modos, se te agradece el piropo. Pa quien no pasan los años eres tú, la planta de buen mozo no la has perdido. Así que tu chica también es farmacéutica. Quien nos lo iba a decir que acabaríamos teniendo dos hijos boticarios, lo que es la vida. ¿Y cuándo terminó tu chica la carrera? ¿Este año? Claro, por eso tiene que hacer prácticas. El año pasao, uno de Don Benito que había acabao la carrera vino pa que mi Cristobalín le enseñara a despachar, pero se lo quitó de encima como si fuera un mosquito. Y una curiosidad, ¿por qué no se lo has pedido directamente a mi chico?, sé que te lo presentaron.

   -Como siempre, estás enterada de todo. Me lo presentó el doctor Lavilla, pero no hemos vuelto a tratarnos, por lo que me ha parecido más oportuno pedírtelo a ti, a quien sí conozco bien –La frase de doble sentido hace que Isabel esboce una salaz sonrisa.

   -Habrás visto que es un buen mozo, es algo más alto que tú y, aunque hay gente que dice que es la viva estampa de mi difunto marido a mí nunca me lo ha parecido, pero si lo dice la gente por algo será. En cuanto a lo de tu chica, pierde cuidao, se lo pediré y ya me encargo de que diga que sí.

   La conversación se interrumpe al entrar en el saloncito un hombre fornido que comienza a echar barriga, es bien parecido, luce un recortado bigote y lleva una bata blanca, por lo que Julio deduce que debe ser el mentado Cristobalín.

   -Perdón, mamá, no sabía que tenías visita.

   -Que oportuno eres hijo, no sé si recuerdas al señor Carreño, un viejo socio de tu padre, y precisamente estábamos hablando de ti.

   Ambos hombres se estrechan las manos. Julio mira con fijeza al boticario intentando desentrañar si tiene algún rasgo que se le asemeje. Tiene ojos parecidos a los míos, quizá la nariz también, pero no le veo más que apunte a que pueda ser hijo mío, piensa Julio.

   -¿Y qué decían de mí, si puede saberse?

   Isabel cuenta a su hijo el motivo de la visita de Julio y deja caer que, pese a lo muy ocupado que está, en recuerdo de los viejos tiempos no puede hacerle un feo a la hija de quien fue un querido socio de su padre.

   -Me habían hablado de una jovencita de la ciudad que estaba estudiando Farmacia en Madrid, ¿así que es su hija?, pues mi enhorabuena. Hay que ver cómo han cambiado los tiempos, cuando yo hice la carrera, y solo han pasado unos años de eso, en toda la facultad solamente estudiaban seis o siete mujeres y ahora creo que casi hay tantas como hombres. En cuanto a lo que me pide, y teniendo en cuenta que viene avalado por mi señora madre, estaré encantado de ser mentor de su hija. Y además sin peculio alguno. Lo digo porque a los que enseñan se les paga pero lo haré gratis et amore.

   Días después, Julio presenta a su hija a don Cristóbal –ese tratamiento, en el caso de los titulados, es de uso poco menos que obligado en sociedades provincianas como la placentina-, y les deja para que puedan dialogar tranquilamente. Al boticario, de entrada, le sorprende la desenvoltura y aplomo de la neófita. A Pilar ya le había informado su padre que Cristóbal es un hombre joven y soltero, aunque parece que esto último será por poco tiempo porque últimamente se le ha visto con una de las herederas de los Orellana, una de las familias con más pedigrí y fortuna de la ciudad. Tras los saludos protocolarios y el recuerdo de viejos profesores comunes, puesto que Cristóbal también estudió en la Facultad de Farmacia madrileña, el boticario le da a Pilar las primeras instrucciones que son todo un mini compendio de las diferencias entre las clases sociales de una ciudad pequeña.

   -Como lo hablé con tu padre, vendrás solo por las mañanas que es cuando hay más movimiento y si algún día falto tendrás que suplirme. Cuando tengas alguna duda me lo preguntas y, si estoy atendiendo o me he ido, pregunta a Graciano, que ha estado toda la vida con mi padre y es el mancebo que tiene mayor experiencia. A las demás dependientas no les hagas mucho caso. Ya les he dicho que se te han de dirigir como doña Pilar; hay que guardar las distancias pues si no terminan creyendo que todos somos iguales. Lo mismo pasa con la clientela, tú eres la farmacéutica y la mayoría de clientes son unos patanes que no saben ni firmar. Los tratas correctamente, pero sin familiaridades de ninguna clase. Ah, cuando alguien traiga la receta de una fórmula magistral o de un emplasto se la das a Graciano que es quien las prepara. Fíjate en como lo hace, pues como te he dicho lleva más de veinte años manejando el mortero. En cuanto a cómo has de vestir, trae una ropa cómoda pero con clase, nada de pantalones, faldas tubo o esas moderneces que os ponéis las chicas jóvenes. Encima de todo llevarás una bata blanca siempre impoluta, y no sería mala cosa que si lleva las iniciales de tu nombre al lado que ponga Lcda. Así la gente sabrá con quién trata. Y no se me ocurre qué más puedo decirte; será la primera vez que tengo a una colega de prácticas. Una tarde de estas, le diré a mi señora madre que te invite a merendar, así la conocerás. Por mi parte, nada más. ¿Tienes alguna pregunta? -Pilar tiene muchas aclaraciones que pedir, pero su instinto le dice que este no es el momento más adecuado, ya tendrá tiempo para formularlas. 

   Mientras Pilar comienza su andadura en la profesión, el uno de septiembre su hermano Álvaro inicia el tercer año de guardiamarina en el arsenal de La Carraca, en el que el Juan Sebastián de Elcano se halla en dique. La promoción de Álvaro ha de esperar que se terminen las reparaciones que están efectuando al buque-escuela para comenzar su último crucero de prácticas que en esta ocasión se realizará a lo largo y ancho del Atlántico. El dieciocho de septiembre el buque sale a pruebas de máquinas fondeando en Cádiz en la tarde del mismo día, y es cuando les avisan que en cuarenta y ocho horas partirán para las Canarias que será la primera etapa de la travesía. Álvaro pone un telegrama a su familia contándoles la nueva y, dado el corto plazo existente, les pide que en esta ocasión no vayan a despedirle, que él les lleva siempre en su pensamiento. Pese al ruego del joven, los Carreño se movilizan inmediatamente; estarán en Cádiz despidiendo a su hijo y hermano como lo hicieron el año anterior cuando partió para dar la vuelta al mundo.

   El pasado año Álvaro se sorprendió al ver a los suyos en los muelles gaditanos; en esta ocasión su sorpresa es mayor si cabe. El marino luce en sus bocamangas un delgado galón con su correspondiente coca que le identifica como alférez de fragata. Su empaque es espléndido y para sus padres y hermanos es el marino más guapo y con mejor planta de toda la Armada. Álvaro va abrazando y besando, uno a uno, a todos los miembros de la familia, incluida la oronda Paca que no ha querido perderse la despedida del que para ella no es más que Alvarito. Les promete que les volverá a enviar postales de todos los puertos en los que el Elcano fondee y les pide que no se preocupen si están muchos días sin tener noticias suyas porque esta vez estarán mucho tiempo navegando por el Atlántico sin tocar puerto.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, La segunda generación, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 182. El crac del 29

sábado, 28 de enero de 2023

Libro III. Episodio 180 Pilar, farmacéutica

    A Julia le parece que su hijo mayor se ha pasado pidiendo platos, pero el camarero echa una mano al joven guardiamarina.

   -Señora, deje que er muchacho se desfogue que vaya usté a saber cuántos días lleva er pobre sin llevarse a la boca estas golosinas.

   Como modo de agradecerle su intervención, la madre se interesa por su acento.

   -Yo creía que en Cádiz ceceaban –afirma Julia-, al menos eso es lo que me enseñó mi suegra, que en la costa cecean y en el interior sesean.

   -Sí, señora y así es. En la práctica totalidá de la provinsia de Cádis la gente cecea, exsepto en la siudá que es mayormente seseante –y dirigiéndose al guardiamarina pregunta- ¿Eso es to?

   -A ver léanos la comanda, por favor, que ya ni recuerdo lo que he pedido.

   El mozo echa mano de su bloc y lee:

   -M´a dicho que de entrantes van a tomar: pescaito frito, tortillitas de camarones, casón en adobo, mojama y huevas aliñás. Luego: urta a la roteña y caballa con piriñaca. Y pa rematar sangre en tomate. ¿Farta argo más?

   Álvaro suelta una carcajada y mirando sonriente a su madre le dice:

   -Tienes más razón que un santo, mamá, me he pasado cinco pueblos, pero un día es un día.

   En el almuerzo, la familia dispara fuego graneado preguntando al primogénito, hasta tal punto que el padre ha de imponer algunas reglas.

   -Chicos, vamos a volver tarumba a vuestro hermano si todos preguntamos a la vez. Como tiempo tendrá de contarnos su viaje por ese mundo de Dios, creo que se impone que le demos un respiro y que nos cuente lo que quiera.

   -Gracias, papá. Estoy haciendo memoria y voy a contestar a alguna de las muchas preguntas que me habéis formulado. Una es qué hacíamos los domingos. Había pocas variaciones respecto a los demás días, una era que en el desayuno había pan tostado que celebrábamos como si fuese la mejor ensaimada mallorquina. Por las tardes ponían cine, proyectado en una de las velas, con la curiosidad de que se veía por ambos lados. Se duplicaba así el aforo de ese cine improvisado al que acudía casi toda la dotación que no estuviera de guardia. También me habéis vuelto a preguntar sobre el papeo del que os cuento una curiosidad: cada día el comandante comía con un oficial y dos guardiamarinas, para ir conociéndonos; era un lujo pues las cámaras de la comandancia son una preciosidad. Había un cuadro de Juan Sebastián de Elcano y un cuartito especial muy marinero para fumar. Antes de la comida se ofrecía un aperitivo; el día que me tocó a mí fue un delicioso gambón con una salsa riquísima…-y Alvaro sigue desgranando sus recuerdos sobre la vida en el buque-escuela.

   -Otra pregunta que me habéis formulado era la referida a qué hacíamos en los puertos a los que llegábamos. Al llegar a un puerto, solíamos ir a toda vela haciendo ceñidas, que es navegar a vela contra el viento. También solían visitarnos personalidades locales. Recuerdo que en el puerto de La Valeta vino el presidente del gobierno de Malta, al que se le puso una escolta del barco formada por los cuatro guardiamarinas más altos y corpulentos. Generalmente, el país al que pertenecía el puerto en el que fondeábamos solía dar una fiesta de bienvenida a la que acudían autoridades, ministros, diplomáticos, etcétera. El lugar de la fiesta solía ser una embajada o similar y la comida era buenísima. Recuerdo que nuestros embajadores decían que la labor diplomática de esos días de estancia del Elcano equivalía a cinco años de trabajo de ellos, y que casi siempre se solucionaba algún problema que parecía imposible resolver. Por eso los puertos de destino se estudian detenidamente antes del viaje. Antes de irnos, y para corresponder, se daba una fiesta a bordo donde salían a relucir el jamón de Jabugo, la tortilla de patatas y las canciones típicas españolas interpretadas por la propia banda del Elcano que llevamos a bordo…, y ¿qué más me habéis preguntado?

   -¿Qué anécdota te pareció más graciosa? –formula Jesús.

   -No sé si fue la más graciosa, pero si la más exótica: uno de los días que estuvimos fondeados en Ceylán se nos acercaron unos indios en canoas con los que hicimos trueques. Ellos nos cambiaron pieles de animales y frutos tropicales por tabaco rubio que lo apreciaban mucho. Y otra anécdota que os puedo contar es que en una ocasión se cayó un hombre al agua, la tripulación respondió con gran rapidez, se notaba que estaban entrenados. En cuanto se dio la voz de ¡hombre al agua!, el barco aflojó la velocidad y se echó un bote al agua para recoger al marinero caído. Recuerdo que lo devolvieron pálido como un limón.

   Tras pasar el día con su primogénito, los Carreño le dejan en la ENM y regresan a casa. La mayor parte de la familia tiene deberes pendientes, el más acuciante que los padres deben decidir es cómo saldar los créditos pendientes de amortizar de las Cajas de Ahorro. Después de pensarlo y repensarlo llegan a la conclusión de que solo les queda una opción para reunir el dinero suficiente con el que liquidar los empréstitos de las Cajas: vender Pinkety. Es una decisión dolorosa porque para ellos, y sobre todo para los chicos, Pinkety es mucho más que una finca pues es donde pasan gran parte del verano, donde los niños han descubierto la belleza de la naturaleza y donde algunos han dejado atrás la niñez. A los padres casi les preocupa más tener que contárselo a los hijos que desprenderse de la finca. Hasta que llegan a una componenda, más que nada pensando en los niños: no la venderán toda, segregarán la mayor parte de la finca, que venderán, y el resto, incluida la casa, la mantendrán. En cuanto ponen la finca en venta, inmediatamente surgen compradores; en Extremadura poseer tierras es un buen indicador de la fortuna de una familia, y ser propietario de una finca como Pinkety confiere reputación. La finca acaba vendiéndose por más dinero del que esperaban y, por fin, pueden saldar los préstamos que tiempo ha les concedieron las Cajas de Ahorro y Monte de Piedad de Badajoz, Cáceres y Plasencia. Un problema menos, ahora solo les resta liquidar el leonino préstamo de Adelina la Bronchales.

   En la tertulia del casino, a la que ahora Julio acude con menos frecuencia, en el mes de mayo solo se habla de dos exposiciones: la Iberoamericana de Sevilla, que se inauguró el día 9, y la Internacional de Barcelona que se inaugura el 20. Concurren al certamen la mayoría de países hispanoamericanos y también hay pabellones de algunas ciudades y regiones españolas. En la barcelonesa concurren una veintena de naciones europeas y expositores privados. La exposición está suponiendo un gran desarrollo urbanístico para la ciudad.

   A todo eso, Pilar ha vuelto a casa con la carrera terminada. Ha obtenido unas notas magníficas y ha sido una las mejores de su promoción.

   -Bueno, hija, ya eres boticaria, ¡qué orgullosos estamos de ti! –la felicita su madre.

   -No sé si sabes que eres la primera mujer de Plasencia que se licencia en Farmacia. Mis amigachos de la tertulia no paran de recordármelo –explica el padre.

   -Oye, hermana, ¿y cuándo nos pongamos malos nos curarás tú? –quiere saber Andrés.

   Cuando se quedan a solas con Pilar, los padres se meten en asuntos más serios.

   -Y ahora, hija, ¿qué piensas hacer con tu flamante título? –la interroga Julio.

   -Pues no lo tengo muy pensado. Como podéis suponer la salida más habitual de la carrera es abrir una oficina de farmacia, pero eso cuesta un dinero y sé que no está el horno de nuestra economía para grandes inversiones. De todas maneras, antes de ponerse a trabajar el profe de Galénica nos aconsejó que hiciéramos prácticas en una farmacia para ir cogiendo experiencia.

   -Y esas prácticas, ¿dónde podrías hacerlas? –pregunta Julia.

   -En cualquier botica. Me he movido y un compañero de Madrid, cuyo padre tiene una farmacia en la calle Galileo, me ha ofrecido que podría hacerlas con su padre –Realmente, Pilar ya lo ha organizado para así poder estar un año más en la capital.

   -Si las prácticas se pueden hacer en cualquier botica entonces no es necesario que vayas a Madrid, conozco al titular de la farmacia Guerrero de la ciudad pues hace años fui socio de su padre en un negocio –Julio se guarda muy mucho de especificar de qué clase era el negocio-, y si se lo pido a buen seguro que no pondrá ninguna pega para que hagas las prácticas en su farmacia, que además es una de las de mayor clientela de la ciudad.

   Pilar trata de ocultar su contrariedad, adiós a su proyecto de quedarse un año más en Madrid disfrutando de total libertad, pero es consciente de que sus padres no están para muchos gastos, por lo que su respuesta no puede ser otra.

   -Estupendo, papá. De esa manera, puedo practicar por las mañanas y ayudar a mamá en la tienda por las tardes. De todas formas, quiero disfrutar del verano y hasta septiembre no pienso hacer nada.

   Lo que ha dicho Julio a su hija de que conoce al titular de la farmacia Guerrero es una verdad a medias. En los años de los negocios con el Hurón tuvo relación con don Cristóbal, el  boticario que le vendía medicamentos bajo mano, pero el viejo falleció y ahora regenta la farmacia su único hijo, y del que Julio nunca ha querido saber si es suyo o del finado farmacéutico, como en su día le insinuó la casquivana esposa de don Cristóbal. Ahora tiene que pensar en cómo conseguir que Pilar haga las prácticas. Desde que acabó el alijo de medicamentos a tierras lusas, la relación entre Julio y don Cristóbal se enfrió, aunque se siguieron saludando. Julio siempre evitó volver a poner los pies en la botica, no quería que Isabelina, la fogosa esposa del boticario, lo volviera a tener a tiro e intentara reanudar la relación extraconyugal que mantuvieron tiempo atrás. Pero de eso han pasado tres décadas y supone que Isabelina lo habrá olvidado.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, La segunda generación, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 181. De prácticas

viernes, 20 de enero de 2023

Libro III. Episodio 179. La vida en el buque-escuela

    En la tertulia muchos menos comentarios que el Pacto de Letrán despierta la noticia que cuenta Lavilla de que también en febrero España ha ratificado el convenio de Washington, de la Organización Internacional del Trabajo, que limita la jornada laboral a 8 horas diarias y 48 semanales. El único que se pone como un basilisco es don Eduardo, el terrateniente.

   -No hay que hacer ningún convenio para limitar la jornada laboral, de marcar el límite del trabajo diario ya se encarga el sol, desde que sale hasta que se pone.

   En tanto, el Elcano, tras atravesar el Índico, continúa cruzando el Pacífico. Las jornadas se suceden una tras otra con exasperante monotonía, aunque los guardiamarinas están tan ocupados que no tienen tiempo de aburrirse. Los que, como Álvaro, llevan un diario siempre encuentran un hueco para verter sus vivencias. Lo último que ha escrito el placentino es hablar de las maniobras que a diario se llevan a cabo en el buque.

   <<En cualquier momento pueden tocar a maniobra general, equivalente a zafarrancho de combate en un barco de guerra. La llamada suele ser para arriar las velas más altas como el juanete cuando el viento pasa de 30 de nudos (unos 55,5 quilómetros por hora). En esta maniobra subimos a las velas por la arraigada y los flechastes hasta llegar al arranque de cada verga (o palo horizontal del que cuelgan las velas cuadras) y de ahí nos desplegamos cada uno a su sitio. De abajo a arriba son: el trinquete, velacho bajo, velacho medio y juanete. Los más bajitos suben al juanete, con mayor peligro y riesgo, y los más altos se quedan en el trinquete, como es mi caso. Debajo de las vergas, hay un cabo (o cuerda), llamado quitamiedos, adecuado a las alturas mencionadas, pues en ellos hay que apoyar los pies, dejando la barriga en la verga y las manos libres para poder recoger las velas. Prosigue la maniobra con el canto de un cabo de maniobra: paño arriba, paño al medio, paño al centro, y así vamos recogiendo las velas cuadras del palo más a proa del buque. Estos cabos (graduación de suboficiales) de maniobra han cogido alguna que otra vez a un guardiamarina que ya se caía. Se mueven por los palos con una agilidad y soltura admirable y encima están muy fuertes; de alguno decimos que tienen brazos que parecen piernas>>. Y hasta ahí llega puesto que hay una noticia que es importante comentar y que da la vuelta al barco a la velocidad del rayo: al día siguiente arribarán a Estados Unidos. ¿Cómo los recibirán los yanquis?

   El 23 de febrero de 1929, el Elcano fondea en el puerto californiano de San Diego, la más importante base de la flota estadounidense en la costa del Pacífico, donde los guardiamarinas visitan la base de aviación y la estación naval. Cuatro días después el buque parte para el puerto panameño de Balboa, pero antes de adentrarse en el Canal de Panamá, el Elcano pone rumbo al mejicano puerto de Mazatlán, para reparar averías en el eje propulsor del motor auxiliar. La reparación de los desperfectos dura once días. La dotación del buque, por primera vez desde que partieron de Cádiz, puede hablar en castellano con los nativos. Son muchos los guardiamarinas que se sorprenden ante el hecho de que la burguesía local les trata con cierto desdén y les llaman, despectivamente, pinches gachupines. Con cierto asombro descubren que llamar gachupín a un español denota cierta animadversión y resentimiento hacia los oriundos de España establecidos en Méjico. La otra cara de esa moneda es que cuando han pasado los primeros días y han frecuentado el trato con los mismos mejicanos, muchos de ellos se enorgullecen de ser descendientes de españoles que se afincaron en tierra azteca. Sale a relucir que el papá de mi papá era asturiano, gallego, andaluz… Eso es lo que le cuenta Andrade a Pilar en una extensa carta que le escribe desde allí.

   Una vez reparada la avería, el buque-escuela retorna a Balboa el 21 de marzo para entrar en la tarde del primero de abril en el mencionado puerto, donde visitan el arsenal y los llevan a ver las esclusas de Miraflores que, con una extensión superior a 1,7 kilómetros y una altura de 25 metros, resultan abrumadoramente grandes. Como le cuenta Andrade a Pilar: cuando ves pasar sin dificultades a enormes petroleros del tamaño de un edificio de diez plantas a unos centímetros de distancia de los bordes, te sientes del tamaño de una hormiga. El trayecto a través de estas esclusas gemelas situadas en la entrada del Pacífico lo recorre el buque-escuela en 16 minutos. El paso del Canal es uno de los momentos más espectaculares de la travesía del Elcano. Inevitablemente, los guardiamarinas lo comparan con el Canal de Suez y todos están de acuerdo en que no hay color, ambos son cimeros ejemplos de ingeniería, pero el de Panamá lo supera todo.

   Tras atravesar el canal, el buque-escuela prosigue camino hacia Jamaica, fondeando en Kingston el 9 de abril. Al día siguiente el buque suelta amarras y se dirige a la costa este de Estados Unidos fondeando 9 días después en una de las ciudades míticas del mundo: Nueva York. Para desencanto de los guardiamarinas solo pueden ver los famosos rascacielos de lejos, pues a las 48 horas el Elcano pone rumbo a donde comenzó su travesía, Cádiz. En cuanto parten les informan que tienen por delante unos 13 días de navegación, siempre que el Atlántico siga con buena mar. Con tiempo por delante, Álvaro retoma su diario y, como cree que se ha excedido contando detalles, procura ser más breve.

   <<Las comidas se realizan en la cámara de guardiamarinas y, como del papeo ya he hablado lo paso por alto, solo reitero que el rancho suele ser bueno. En el crepúsculo vespertino, tomamos la situación del buque con ayuda de las estrellas. La comprobación de la posición y su anotación en la carta y en el cuaderno de bitácora son una rutina de todo navegante. Si navegas cerca de la costa, calcular la propia posición es muy sencillo: tenemos a la vista una serie de puntos de referencia sobre los que basarnos. En cambio, si estamos en una navegación de altura, como es nuestro caso, no queda más remedio que echar mano del sextante para preguntar al sol dónde estamos. Es sólo cuestión de unas cuantas sumas y restas, además de un poco de práctica con el sextante en la mano. Uno de los obstáculos es identificar las estrellas de las que medimos sus alturas con el sextante. Para ello el profe de navegación y responsable de la derrota (o rumbo a seguir) del buque nos echa una mano. Ni que decir tiene la alegría con que recibimos los atardeceres nublados, en los que al no verse las estrellas no se puede tomar la situación. Tras la toma de datos se pone la solución, latitud y longitud, realizada por el profesor para comprobar el posible error cometido por cada uno de nosotros. Si el error es grande, puedes ser “invitado” por el profesor a altas horas de la noche a buscar el mencionado error, cosa que por otro lado no es fácil de encontrar>>. Al llegar aquí, Álvaro, que nunca ha sido hombre al que le tire la pluma, se harta y decide darle al diario un estoconazo. <<Y así acaba un día cualquiera a bordo del Juan Sebastián de Elcano (que es su nombre oficial), sin que hasta la fecha se sepa de nadie que haya padecido insomnio>>.

   El buque arriba a Cádiz el 13 de mayo, amarrando en el arsenal de La Carraca. Ante la sorpresa de los guardiamarinas, en los muelles gaditanos hay tanta gente como cuando partieron. Y aguardando entre el gentío se encuentran familiares de los tripulantes del buque. Una de las familias que esperan anhelantes estrechar entre los brazos a su hijo son los Carreño. Salvo Pilar, que ha tenido que quedarse atendiendo la farmacia, están todos. A los guardiamarinas y a los cadetes de Infantería de Marina son los primeros a los que el comandante concede permiso para descender. Cada uno de los alumnos embarcados va desalojando la nave, haciendo el reglamentario saludo a la bandera antes de pisar la pasarela. A Álvaro no se le ve por ninguna parte, hasta que Eloísa grita:

   -¡Ahí, ahí está el tato!

   No esperan a que llegue hasta ellos, todos se abalanzan a abrazar al hijo y hermano. Julia no puede contener las lágrimas y el guardiamarina tiene que volver a estrecharla entre sus brazos y decirle una y otra vez:

   -No llores, mamá. Estoy bien, y hemos hecho un viaje fabuloso. Anda, límpiate esas lágrimas que si no pueden pensar que este es un momento triste, cuando es todo lo contrario.

   Mientras Álvaro conforta a su madre, Julio le observa con una mezcla de orgullo y satisfacción. Lo ve con más hechuras de hombre, como si los 245 días de navegación que ha hecho en el Elcano lo hayan madurado. A su vez, Eloísa susurra a sus hermanos:

  -¿Os habéis fijado en lo moreno que está el tato?

  -Es natural, en el barco le habrá dado mucho el sol –explica Julián que, en ausencia de Pilar, es el hermano de mayor edad.

   -Te vendrás con nosotros a casa, ¿no? –pregunta Julio a su hijo.

   -Ya me gustaría, pero tenemos que volver a la Escuela pues nos esperan los exámenes de mayo que encima son duros del carajo.

   -No digas palabrotas, hijo –Julia no ha podido reprimirse.

   -Bueno, hasta las 21:00 pm tengo licencia para estar con vosotros. Voy a despedirme de los amigos y mientras id pensando donde me lleváis a almorzar. Prefiero un sitio donde den buen pescado pues, aunque parezca un contrasentido, es de lo que menos hemos papeado en el barco.

   -Marido, ¿conoces un buen restorán especializado en pescado? –pregunta Julia.

   -No, pero tampoco creo que haga falta. Esta es la tierra del pescaito frito, encontraremos buen pescado allá donde vayamos.

   No tienen que ir demasiado lejos, en las cercanías del puerto hay una hilera de tascas, chiringuitos y restaurantes en cuyas cartas el pescado es el plato más repetido. Dejan que sea Álvaro el que haga la comanda. El joven se lía a pedir hasta que su madre, con una sonrisa por bandera para que no crea que le pone cortapisas, le sugiere:

   -Hijo, creo que por el momento es suficiente, aunque si te apetece algo más pídelo.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, La segunda generación, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 180. Pilar, farmacéutica