viernes, 4 de junio de 2021

Libro II. Episodio 95. ¿Estás enamorada de otro?

 

   Julio parece que ha dicho todo lo que tenía pensado decir, aunque todavía le falta el remate.

   -Ahora, la pelota está en tu tejado. Te agradezco de corazón la paciencia que has tenido para aguantar el discurso que acabo de soltarte, pero tenía que hacerlo. No podía demorarlo ni un día más, era un sinvivir, por eso, me he dicho de perdidos, al río. Una vez que te lo he contado estoy más tranquilo. Bueno –y esboza una forzada sonrisa para quitarle gravedad a su exposición-, una tranquilidad relativa, la del encausado que espera que el juez lo absuelva o lo condene.

   Julia no sabe qué decir, lo que acaba de oír ha supuesto una inmensa sorpresa para ella. Había notado que Julio estaba últimamente como más cariñoso, más atento, con ganas de agradar, pero lo achacaba a que su grado de amistad había subido muchos enteros, desde que ambos comenzaron a planear juntos el Pacto de la Pilarica, pero aquello no se lo esperaba. Si ha de ser honesta consigo misma, ha de reconocer que la declaración le ha impactado, la sinceridad con la que ha hablado, la pasión contenida que se desprende de sus palabras, el desgarro y el dramatismo con el que ha terminado… Intuye que cuanto ha dicho Julio le ha salido directamente del corazón, aunque haya pretendido formularlo con una cierta asepsia. Ahora, como él dice, la pelota está en su tejado, el problema es que no sabe qué hacer con ella.

   Julio parece intuir lo que pasa por la cabeza de la joven. Presiente que la respuesta puede ser negativa y juega su última baza.

   -Julia, puesto a pedirte favores, hazme otro: no me contestes ahora, tómate un tiempo para pensarlo. Digamos que veinticuatro horas; no, mejor setenta y dos. En tres días no nos hablaremos ni nos veremos. Y mientras tanto te lo piensas, lo consultas con la almohada, y si lo crees oportuno lo hablas con quien quieras, con tu hermana, con tu confesor, con una amiga… ¿Estás de acuerdo? Bien, pues entonces, el fallo se aplaza y el encausado –y lo dice con una doliente sonrisa– queda a su disposición, señoría, hasta dentro de setenta y dos horas.

   Julia tiene mucho qué meditar. Desde el momento que dejó la trastienda, tras escuchar asombrada la inesperada declaración de Julio, no ha dejado de pensar en ella. No se le va de la cabeza, está como ida. Era lo último que podía esperar y, en casa doña Pilar, que está ayuna de la declaración de su hijo, ya le ha preguntado un par de veces si le pasa algo. Claro que le pasa, ha de tomar una decisión que quizá sea la más crucial de su vida. La situación la ha puesto tremendamente nerviosa. Trata de serenarse y de centrarse en la respuesta que ha de dar a su… ¿enamorado?, que rara le suena esa palabra aplicada a Julio. Es incapaz de pensar con claridad, el cóctel de sentimientos, de recuerdos, deseos y temores se mezclan y se agitan en su mente y lo que consigue es un molesto dolor de cabeza que la lleva a tomarse una tisana y acostarse. Lo consultará con la almohada como le recomendó Julio.

   A la mañana siguiente la neuralgia se le ha pasado, pero sigue sin saber qué partido tomar. ¿Unirse a un hombre del que no está enamorada?, ¿casarse para no terminar siendo una solterona?, ¿utilizar a este inesperado pretendiente para darle en la cabeza a su madre?, ¿dejar de ser la señorita Manzano, dicho con el retintín que tanto le molesta, para convertirse en la señora de Carreño?... Muchas de las preguntas que se formula le incomodan, pero los interrogantes se suceden uno tras otro; las que no aparecen por ningún lado son las respuestas. Con frecuencia queda tan absorta en sus pensamientos que apenas se da cuenta de cuanto ocurre a su alrededor. Afortunadamente, apenas media docena de clientes han entrado en la tienda porque la atención que les ha prestado ha sido deplorable. Doña Pilar vuelve a preguntarle si le ocurre algo, le dice que no; bueno, que tiene algo de migraña, pero nada más. Entre un torbellino de sentimientos y emociones encontradas, con una avalancha de ideas confusas y un rimero de preguntas sin respuestas, transcurre el primero de los tres días que Julio le dio de plazo. Acaba la jornada y, además de que no ha encontrado la solución al dilema, la realidad es que está todavía mucho más desorientada que el día anterior. Vuelve a tomarse una tisana porque nota los primeros síntomas de una previsible jaqueca y se acuesta sin saber qué partido tomar. 

   Se despierta, en el dormitorio hace frío que es lo propio en diciembre. Se queda en la cama pensando, ya han transcurrido más de veinticuatro horas y todavía no ha decidido qué va a responder. Algo tendré que hacer, se dice, aunque solo sea por lo caballeroso y sincero que ha sido merece una respuesta. Termina haciendo una de las cosas que le sugirió Julio: pidiendo la opinión al miembro de su familia más cercano, su hermana Consuelo. Va a verla y le plantea el dilema, le cuenta la declaración de Julio y cómo ha quedado en darle una respuesta. Consuelo le escucha, al principio con cierto asombro, luego  con suma atención pues presiente que su hermana puede estar jugándose su futuro.

   -Y la verdad, Consuelo, a estas alturas, y después de casi dos días calentándome los cascos, no sé qué contestarle. ¿Qué me aconsejas?

   - Verás, Julina –Consuelo trata de ganar tiempo para ordenar sus ideas porque la confesión le ha sorprendido y, pese a sus diferencias en los últimos tiempos, sigue profesando gran cariño a su hermana pequeña-, no es fácil aconsejar en estos casos, pero soy tu hermana mayor y tengo el deber y hasta el derecho de hacerlo. Voy a serte muy sincera –duda de si hablarle de su noviazgo con Julio, de lo que hizo bien y de lo que hizo mal, pero ello es un asunto de antaño y lo que ahora importa es el presente-. Conocía, y muy bien, al Julio de hace diez años, al de ahora le conozco poco, casi todo lo que ahora sé de él me lo has contado tú. Me has dicho que te parece buena persona y que tiene mucho porvenir, pero solo me has hablado de él como alguien con quien colaboras y que en los últimos tiempos has llegado a considerar un amigo.

   -Y así es, hermana. Nunca pensé en Julio más que como un borde al principio de nuestra relación y como un amigo después.

   -Ahora resulta que pretende ser algo más que eso. Y tú ¿qué quieres? Me lo has dicho antes, no lo sabes. En ningún momento has hablado de amor, deduzco que eso quiere decir que no estás enamorada de él. ¿Lo está él de ti?

   -Dice que sí y le creo. También sabe que no comparto sus sentimientos.

   -¿Te lo ha dicho así?

   -Como suena, hermana. Me dijo que está dispuesto a casarse conmigo a sabiendas de que no le quiero.

   -Mucho coraje hay que tener para eso, y debe de quererte mucho, Julina. Un hombre que demuestra ese valor es merecedor si no de tu cariño, sí de tu respeto.

   -Y lo tiene. Ya lo tenía antes, pero ahora mucho más.

   -Si le dices que no, puede pasar que no vuelvas a tener otro pretendiente como éste. Como eres muy joven y tienes toda la vida por delante, no te van a faltar pretendientes, pero su declaración es algo a valorar. Conociéndote sé que eso ya lo has pensado. Te digo otra cosa con el corazón en la mano: no me gustaría que terminaras siendo una solterona. Por ley natural algún día te quedarás sola, ¿has pensado qué clase de vida llevarás? Eres inteligente y todas esas preguntas me imagino que te las has planteado mil veces, pero quiero que escuches lo que pienso sinceramente pues, a pesar de lo que puedas creer, te sigo queriendo. Si la vida de una mujer casada ya es dura, la de una solterona puede serlo aún mucho más. Esta sociedad no está preparada para mujeres sin pareja y las que, por las circunstancias que fueren, no llegan al altar son como una pieza de un rompecabezas que no encaja en ninguna parte. Ya sé, ya sé lo que vas a decir –se adelanta al ver que su hermana quiere hablar-, estar casada tampoco es una garantía de felicidad. Lo sé por experiencia, pero compartir, aunque no sea con el hombre ideal, es casi siempre menos penoso que vivir sola. Hay algo importante a lo que no te has referido en ningún momento. Dices que no estás enamorada de él, pero como hombre, ¿acaso te repugna que pueda tocarte?

   Julia no tiene que pensar la respuesta porque en el plano físico su relación con Julio ha sufrido un cambio radical.

   -No, Consuelo. Ni me repugna ni me da asco ni nada por el estilo. Ya te he dicho que es muy agradable y cuando estoy con él la verdad es que se me pasa el tiempo sin sentirlo.

   -O sea que todo estriba en que no estás enamorada, ¿no es así? Me encantaría que te casaras por amor, el problema es que esperando al príncipe azul puede suceder que nunca aparezca. Con Julio tienes algunas bazas que has de valorar. No te desagrada físicamente y eso es muy importante; las noches de invierno pueden hacerse muy largas con un hombre al lado que ni siquiera te atraiga como tal. También dices que te parece encantador y hasta divertido, eso supone que a su lado te encuentras a gusto. Y le calificas como un excelente amigo. Julina, te diré algo que quizá ignores: la mayoría de las esposas que conozco, tanto en nuestro pueblo como aquí, no pueden decir tanto de sus maridos. Solo con las virtudes que has enumerado creo que deberías aceptar su proposición.

   -¿Así de rotundo, hermana? -La joven se sorprende ante la categórica respuesta de Consuelo             - ¿Y no sería mejor que le diera largas? –pregunta.

   -En estos casos no valen las medias tintas, Julina. Él se ha portado como un caballero y tú debes de hacerlo como una dama. O aceptas su petición o no la aceptas, pero nada de marear la perdiz. Un hombre que te quiere y te respeta y que está empeñado en desposarte, pese a que sabe que no le amas, será muy capaz de terminar conquistando, si no tu amor, si tu consideración y estima. Respetaré cualquier decisión que tomes y me tendrás siempre a tu lado pero, insisto, mi opinión es que lo aceptes.

   -Pero es que no estoy enamorada de él.

   La réplica de Consuelo es contundente.

   -¿Estás enamorada de otro?

 

 PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 96. La penúltima bala

viernes, 28 de mayo de 2021

Libro II. Episodio 94. Una declaración atípica

   Julia, como le indicaba el mañego en su nota, entra por la puerta de atrás de la droguería por la que se accede directamente a la trastienda y donde Julio la está esperando. La joven se da cuenta de que el hombre parece tenso, aunque la recibe con una sonrisa.

   -Gracias por venir, Julia. Siéntate, por favor, tenemos que hablar.

   -Supongo que quieres comentarme algo sobre la campaña de Reyes. La verdad es que en la del año pasado las ventas no fueron gran cosa. ¿Se te ocurrió una nueva idea?

   -No se trata del negocio, Julia, lo que quiero hablar contigo es un asunto estrictamente personal –Por el momento Julio se encuentra asombrosamente tranquilo-. Te ruego que escuches lo que voy a decirte sin interrumpirme. Necesito decírtelo de un tirón, porque si me cortas, igual no sé cómo continuar.

   -Por Dios, Julio, que melodramático te pones. Cualquiera diría que vas a confesarme que fuiste tú quien mató a Cánovas –La joven emplea un tono levemente irónico para distender a Julio a quien ve estresado.

   -Sin bromas, por favor. Estoy hablando muy en serio. ¿Me prometes que no me interrumpirás?

   -Prometido –La curiosidad de Julia crece por momentos, ¿qué diablos me va a contar con un preámbulo tan misterioso?

   -No sé cómo empezar… Comenzaré haciendo algo de historia de nuestra relación. La primera vez que hablé contigo fue cuando apareciste en casa de mi madre al empezar el bachillerato, lo recuerdo como si fuese ahora, llevabas trenzas con unos lazos azules y encima del vestido una especie de delantal. A pesar de que eras una cría, tenías un encanto innegable, al menos a mí me lo pareció. La segunda vez fue un día que estabas regando las macetas de mi madre y yo te reñí porque en un descuido me salpicaste. Nunca te pregunté la opinión que te formaste de mí después de unos inicios tan poco amables por mi parte. También recuerdo el día que aprobaste el examen final del primer ciclo del bachillerato y la pequeña fiesta que montó mi madre para celebrarlo, estabas radiante como una estrella en un cielo de verano. Poco tiempo después, cuando te explicaba algunos rudimentos de contabilidad, tuvimos ocasión de charlar más a menudo, pero entonces para mí solo eras una alumna que me había encasquetado mi madre sin siquiera preguntarme si se me apetecía darte clases. Como ves, soy sincero hasta en lo que no me favorece. Hasta entonces a mí me parecías que solo eras una mocosa convertida en la alumna predilecta de mi madre, pero poco más. No comencé a considerarte una persona con entidad propia hasta que te fuiste a trabajar con el Bisojo. Tu contratación al principio me pareció una idea peregrina del que fue mi patrón, pero cuando comenzaste a remontar el negocio empecé a tomarte en cuenta. Y no te lo oculto, te cogí manía, y encima tenía que soportarte porque vivías en casa de mi madre… Perdona, se me ha secado la boca, tengo que beber, ¿quieres tomar algo?

   -No, gracias, estoy bien –Cuando Julio va por agua, la joven se pregunta: ¿y adónde querrá llegar este hombre con el preámbulo que me está endosando? Julia está todavía más intrigada y no es capaz de intuir por donde le puede salir el mañego.

   -Me había quedado seco. Continúo. Como te decía, en esa etapa te llegué a coger verdadera ojeriza que creció cuando convertiste la tienda del Bisojo en una competidora a tener en cuenta. Cada uno de tus éxitos comerciales para mí era como un navajazo en mi orgullo profesional. En ese período, a lo que creía saber de ti tuve que añadir que eras muy capaz y eficiente, pero también que podías ser borde, introvertida y hasta antipática. Esos calificativos tuve que borrarlos en cuanto comenzamos a dialogar más a menudo. Aprendí que, pese a tu insultante juventud, además de ser amable, extrovertida y simpática podías ser de una sensatez y mesura difíciles de encontrar en una jovencita de dieciocho años. Los mejores recuerdos que tengo de aquella época son las comidas en casa de mi madre, en las que muchas veces participaba Etelvina, y las largas charlas sobre cualquier tema que manteníamos a menudo. Para mí te habías convertido en una persona con la que mantener agradables diálogos sobre no importa qué, pero en mi mente seguías siendo la niña de las trenzas y el delantal poco favorecedor. Hasta que un día te invité al merendero del Rincón, ¿te acuerdas?, y esa tarde descubrí que de niña nada, que te habías convertido en una preciosa mujer con mayúsculas sin que hasta ese momento me hubiese dado cuenta. Bueno, y para no alargarme demasiado, que ya lo estoy haciendo, luego vino la época fascinante, al menos para mí, de nuestro acuerdo sobre el negocio y de lo inteligentemente que fuiste capaz de vendérselo al Bisojo. Recuerdo aquellas tardes inolvidables de las partidas de parchís y de cómo gritabas cuando matabas la ficha de un rival… -Julio hace una pausa pues ha de volver a beber; mientras Julia comienza a sospechar que el discurso puede acabar teniendo tintes personales, algo que no había previsto.

   -¿Por dónde iba? Ah, sí, de cuando aquellas sobremesas inolvidables… Luego me dio la ventolera de cortejar a Amparo Lavilla porque llegó un momento en que me pesaba demasiado la soltería. Aquella tontería de relación, y el tonto fui yo no ella, terminó en unos meses en cuanto Amparo descubrió que yo era un tipo demasiado cobarde para dar el paso definitivo. A todo eso ya sabía que tenías cualidades que ni siquiera imaginaba que tuvieses, sabía que eras tan inteligente como competente, enormemente eficaz y dotada de gran capacidad para pensar por tu cuenta. Hasta que un malhadado día, en aquel infortunado viaje a Cáceres, tuve la fatal ocurrencia de intentar propasarme. Tu rechazo fue tan agresivo, directo y contundente que no me dejaste lugar a dudas. Si quería conservar a la persona, que ya se había convertido en mi más eficaz colaboradora, debía de separar estrictamente lo que era el plano, llamémosle profesional, del personal. Seguirías siendo mi amiga y hasta mi colaboradora en los negocios, pero no querías saber nada de mí como hombre. Me lo dejaste muy claro. Te he de confesar que aquello me dejó tocado pues tuve que reconocer que me había portado como un patán al que una mujer tan humana y generosa como tú, a la que cualquier hombre estaría orgulloso de llevar a su lado, me había dado una lección imposible de olvidar…

  El semblante de la joven se ha ido endureciendo a medida que Julio ha ido desgranando su discurso, pero como le ha prometido no ha dicho una palabra. Escucha atentamente unas manifestaciones que le producen enorme estupor. ¿Pero por dónde va a salir este hombre y a qué viene todo esto?, se sigue preguntando.

   -No he terminado. Digamos que esto ha sido el prólogo… El sentimiento que te voy a confesar lo descubrí no hace mucho. Aquella persona, tan sencilla y compleja a la vez, que podía pasar, casi sin solución de continuidad, de ser un encanto de criatura a tornarse al instante en arisca y cargante… me había robado el corazón… Descubrí… que me había enamorado de ti…

   -¡¡No, no puede ser!! –Ante la rotunda negación de la joven, Julio le suplica.

   -Por favor, Julia, déjame continuar. Cuando termine será tu turno, pero no me cortes, te lo suplico. Seguramente ésta es la declaración de amor más atípica y torpe del mundo, pero no sé hacerlo mejor. Voy a serte más sincero todavía. Acabo de decirte que estoy enamorado de ti, aunque no estoy seguro al cien por cien de que sea así. No sé si lo que siento por ti es amor, admiración, respeto o, por decirlo, lisa y llanamente, que te deseo como no deseé jamás a ninguna mujer. Seguramente sea una mezcla de todo ello. Lo que sí tengo meridianamente claro es que los momentos más felices que pasé en los últimos tiempos son aquellos en los que estuve junto a ti. Hablaba antes de una declaración de amor, es mucho más. También es una petición mucho más profunda, aunque reconozco que muy atípica, pues no pretendo que seas un flirteo ocasional ni es mi intención hacerte perder el tiempo. Quiero pedirte…, te pido que seas mi mujer, que seas la compañera de mi vida, la amiga a quién confiar mis deseos y temores, la camarada en quien apoyarme cuando lleguen los días difíciles, la amante que sepa darme cariño y fuerza, la madre de nuestros hijos… Si lo piensas, coincidirás conmigo en que tenemos muchos puntos en común: ambos somos libres, tenemos edad, sobre todo yo, como para estar casados, aficiones similares, inquietudes compartidas, y en los últimos meses hemos descubierto que nos entendemos francamente bien y formamos un conjuntado y eficiente equipo. Lo que te puedo ofrecer ya lo sabes: dueño de una droguería que no es la mejor del mundo y poco más, pero con muchas ansias de progresar en todos los terrenos y más si te tuviera a mi lado. Me queda por decir lo más duro para mí, pero estoy decidido a no dejarme nada en el tintero. Una pareja es cosa de dos, los afectos también han de ser compartidos… y sé perfectamente que no compartes mis sentimientos… -Ante el conato de protesta de la joven vuelve a rogarle-: Te lo vuelvo a pedir, Julia, por favor, déjame continuar… Lo diré más claro: sé que no estás enamorada de mí. No sé si lo estás de otro, pero eso tampoco me importa demasiado. Rectifico, sí que me importa, ¿cómo no va a importarme? Lo que pretendo decir, y me estoy armando un lío, es que no tengo ningún temor de casarme contigo aún a sabiendas de que no me amas. Me conformaré con que me respetes como marido, me comprendas como compañero y me ayudes como amigo. No te voy a pedir más. En alguna parte leí que un matrimonio de amigos acaba siendo más firme que un matrimonio de amantes. Yo quiero ser tu amigo, tu marido y… algún día me gustaría ser tu amante… -Julio ha de hacer otra pausa porque tiene la boca absolutamente seca, los labios casi se le pegan al vocalizar y ha de beber otro sorbo de agua para poder continuar.

   Al oír una declaración tan atípica como impensable la expresión de estupor pintada en el semblante de Julia es más elocuente que mil palabras.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 95. ¿Estás enamorada de otro?

 

viernes, 21 de mayo de 2021

Libro II. Episodio 93. De perdidos, al río


   Desde que, de forma tan inesperada como súbita, Julio descubrió sus ignorados sentimientos, no es capaz de pensar en otra cosa que en lo que siente por Julia. Solamente con mencionar su nombre el pulso se le acelera y el corazón le late como si tuviese arritmia. Ha sido como una revelación, ¿cómo es posible que una mozuela, que conoce desde que era una cría y a la que ha tenido al lado los últimos años, se haya convertido de pronto en el amor de su vida? Siente que está mucho más enamorado de lo que lo estuvo de Consuelo. ¿Será mi sino acabar con una Manzano?, se pregunta medio en serio, medio en broma. Pero por encima de las hipotéticas similitudes, lo que siente por Julia se ha convertido en una especie de círculo vicioso: cuanto más piensa en ella más convencido está de que es la mujer de su vida, cuanto más se reafirma en sus sentimientos más insoportable le resulta vivir como si no los tuviese. Duerme mal, está inapetente y cumple penosamente con su trabajo. Cada vez que ve a Julia su existencia se convierte en un sinvivir, pues la relación con la joven se ha convertido en una especie de suplicio de Tántalo, tener al alcance de la mano lo que más desea y no poder conseguirlo. Y se siente más solo que nunca, no tiene a nadie con quien desahogarse, alguien a quien contar sus sentimientos, sus angustias… Está tentado de hablarlo con su madre pero se contiene, como sabe que quiere a Julia como a una hija no está seguro de que sea imparcial. Hasta que un buen día termina sincerándose con su amigo Pascual López. 

   - … y eso es lo que me pasa con Julia. Te juro que estoy desconcertado porque no sé qué hacer. Creo que por primera vez en mi vida no sé qué camino tomar.

   -Ahora me explico tu conducta de los últimos tiempos. Me daba en la nariz que algo te pasaba, pero nunca pude imaginar que fuese algo así. Lo que no acabo de entender es la actitud tan negativa que tienes, tu comportamiento no es propio de alguien como tú que filtra todas las acciones a través de la razón. No lo entiendo, la verdad.

   -Ahí reside el principal problema, que no estoy hablando de razones sino de sentimientos. Si experimentaras lo que siento, me comprenderías mejor. Y si conocieses a Julia tan bien como yo entenderías perfectamente el porqué de mi amargura. Me acepta como compañero, me acepta como amigo, pero no quiere saber nada de mí como hombre.

   -Vamos a ver, Julio, hay algo que no me cuadra. Dices que no quiere saber nada de ti, pero estáis juntos a menudo y pasas con ella todos los domingos. ¿Cómo se compadece eso con lo de que no quiere saber nada de ti?

   -La explicación es bastante simple, Pascual. Todo lo que acabas de decir es cierto, pasamos juntos muchos ratos y hasta colabora conmigo en el negocio. La cuestión es que he descubierto que quiero algo más de ella y ahí es donde reside el problema. No tiene inconveniente alguno en que seamos amigos, pero no quiere oír hablar de que demos un paso más allá de la amistad.

   -¿Y cómo puedes estar seguro de ello, acaso se lo has preguntado? El encontronazo que tuvisteis ocurrió hace tiempo y, además, opino que no fue para tanto. ¿Has vuelto a comprobar si su reacción sigue siendo la misma que entonces? –pregunta Pascual en alusión a aquel desdichado viaje a Cáceres en el que Julio intentó propasarse con la muchacha.

   -No hace falta. Hay cosas que se ven palmariamente.

   -Perdona, pero sigo sin estar de acuerdo –discrepa Pascual-. La gente cambia. ¿Quién puede asegurarte que Julia no haya cambiado? En realidad lo ha hecho, me acabas de contar como al principio de vuestra relación te trataba con una indiferencia absoluta, en cambio ahora estáis a partir un piñón. Sí cambió de comportamiento y cambió su manera de tratarte, ¿por qué no han podido cambiar también sus sentimientos?

   -Lo dudo mucho. Y además, ¿cómo voy a saberlo?

   -¡Coño, pues preguntándoselo!

   Tras haber roto con Amparo, el primer domingo que Julio recoge a Pilar y Julia para ir a misa de doce e invitarlas luego a almorzar, les cuenta lo que ha ocurrido con la chica de los Lavilla, dándoles una versión edulcorada de lo que ha pasado: que ambos han comprendido que no acaban de decantarse sus sentimientos y que, por tanto, es un error continuar la relación. Que han quedado como buenos amigos, pero nada más.

   -Siento mucho lo que cuentas, hijo. Amparo es una muchacha encantadora, pero si no acababais de entenderos, habéis hecho bien en dejarlo. Es mejor no continuar antes de llegar a situaciones que puedan ser irreversibles –Pilar se muestra comprensiva con su hijo, aunque le duele la ruptura. Se había hecho a la idea de que por fin Julio había encontrado la mujer con la que sentar la cabeza.

   -Yo también lo siento –musita Julia, aunque no le extraña la ruptura. Desde el primer momento intuyó que aquella relación no tendría mucho recorrido, pues la veía demasiado cerebral y carente de sentimientos, al menos por parte de Julio.

   El mañego le agradece a Julia sus palabras, pero no cesa de lamentarse que, teniéndola tan cerca como ahora, esté tan lejos en lo que atañe a lo que siente por ella. De vez en cuando la mira furtivamente por si la pilla mirándole, pero la muchacha le sigue tratando con la misma amable indiferencia con la que lo hace habitualmente. Pese a ello, la obsesión de Julio por la joven continúa in crescendo. Su estado le lleva a recordar un poema de Santa Teresa de Jesús del que solo recuerda el primer verso: vivo sin vivir en mí…, pero que define perfectamente su situación. Acongojado, no cesa de repetirse lo que su amigo Pascual le aconsejó cuando le contó lo que le pasaba, pregúntaselo. La simiente de la duda crece con fuerza en la mente de Julio. ¿Será posible que Pascual tenga razón?, ¿qué puedo perder si le hablo?, ¿qué me rechace, qué se burle de mí?, ¿y qué importa? Más hundido de lo que estoy, imposible. Le da mil vueltas, lo analiza desde todos los ángulos posibles, sopesa pros y contras… Llega un momento en que siente que ha tocado fondo, no puede continuar así. Es un verdadero dislate, no lo que le está pasando, sino su manera de afrontarlo. ¡Él, que siempre presumió de racional!

   Tras muchas vueltas, se dice que de perdidos, al río, le va a contar cuáles son sus sentimientos. Una vez tomada la resolución, va tranquilizándose paulatinamente. Se lo va a decir, ¿cómo que decir?, ¡se va a declarar! La precisión que se hace vuelve a provocarle un montón de dudas, si le dice que la quiere eso significará una declaración de amor. ¿Cómo tendría que hacerla para tener más probabilidades de que salga bien?, ¿ponerse en plan romántico o soltárselo sin andarse por las ramas?, ¿qué va a decirle?, ¿qué está loco por ella, qué la adora, qué se ha dado cuenta de que es la mujer de su vida o le dice simplemente que la quiere y qué desea casarse con ella? Tras un interminable análisis desecha la versión romántica, no es un adolescente ni la relación que mantienen le invita a ponerse excesivamente empalagoso. También descarta una declaración a palo seco, probablemente eso heriría la sensibilidad de su amada… ¿su amada? Es la primera vez que se refiere a Julia con esa palabra, y no sabe por qué, pero se encuentra cómodo con ella. Tendrá que comenzar a usar más a menudo esa clase de vocabulario. Ya está, empleará el lenguaje que utiliza habitualmente con la joven, será él mismo. Ni romanticismo cursi ni lenguaje excesivamente aséptico. Le hablará como le dicte el corazón, aunque dado que no se fía excesivamente de su autodominio termina preparando su declaración cuidando hasta el último detalle. Y uno de los factores que sopesa es el lugar en el que se declarará. Va eliminando sitios hasta que se queda con un lugar en el que se siente cómodo pues le resulta familiar: la trastienda de su droguería. No lo piensa más y envía una nota a la muchacha. Julia: tengo que decirte algo muy importante. Por favor, después de que cierres esta tarde te espero en mi trastienda. Entra por detrás. Gracias y hasta luego.

   A Julia le extraña la nota, es la primera de tal cariz que recibe. Le sorprende la aparente urgencia y el lugar de la cita, pero lo que más suscita su curiosidad es el posible motivo: ¿qué querrá contarle Julio, por qué ha elegido la trastienda, y qué significa que le pida que entre por la puerta trasera? Ha notado que lleva unas semanas raro, al menos en lo que se refiere a su actitud con ella, tan pronto parece ausente como le invaden unas extrañas ganas de agasajarla y bailarle el agua. ¿Qué le pasará a este hombre?, se pregunta la muchacha, y no creo que sea nada del negocio, si lo fuera no me habría citado con tanta urgencia, se dice, pero para asegurarse pregunta a su compañera de la tienda.

   -Lupe, ¿tenemos algo pendiente con la tienda de Carreño? –En la droguería suele llamar a Julio por su apellido para dar impresión de distancia.

   -¿A mí qué me preguntas? Esos asuntos los llevas tú.

   -Lo sé, pero es por si se me hubiese pasado algo.

   -Que yo sepa, no.

   Bueno, se dice Julia, no se trata de algo del negocio, por tanto lo más práctico será dejarse de elucubraciones y coger el toro por los cuernos como diría un aficionado a la tauromaquia. Pero como le sigue pareciendo rara la cita y la única persona que quizá puede darle alguna pista es doña Pilar, decide salir antes del cierre y acercarse a su casa.

   -Lupe, acabo de recordar que tengo que hacer una gestión de última hora. Voy a salir. Cierra tú la tienda, por favor, y hasta mañana.

   Resulta que la maestra no está en casa y no sabe dónde encontrarla. Bueno, se dice, a ver qué me cuenta Julio. Ya de camino a la droguería nueva, como se la conoce en la ciudad, de pronto le viene a la mente que quizá otra persona que pueda darle algún indicio de lo que Julio pueda estar tramando sea Etelvina. Sin pensarlo dos veces se dirige al piso de la comadrona, pero tampoco está en casa. Julia suelta una carcajada, está riéndose de ella misma. Soy una tontaina, ¿a estas alturas voy a preocuparme por lo que me pueda decir Julio?

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 94. Una declaración atípica