viernes, 14 de mayo de 2021

Libro II. Episodio 92. ¡Y duele, vaya si duele!

   La relación de Julio y Amparo parece consolidarse sin mayores contratiempos. La chica de los Lavilla acepta de buena gana los medidos galanteos del droguero, y su familia parece sentirse predispuesta a admitirle en su seno cuando la relación se oficialice. Julio todavía no se ha planteado la formalización, que será la petición de mano de la joven, pues considera que es más prudente ir paso a paso. Se dice que si ha tardado treinta y tres años en animarse a abandonar la soltería, no es cuestión de cambiar de estado de prisa y corriendo.

   Amparo ha aceptado de buen grado la situación y no le mete prisas. El mañego pronto descubre que la joven, además de culta y distinguida, tiene otras muchas virtudes: es discreta, atenta y simpática. Cuando interviene en la conversación, que suelen acaparar sus hermanas, sus opiniones y explicaciones están trufados de mesura y sentido común, dando la impresión de ser mucho más madura de lo que se podría esperar a sus años. Cuando ambos participan en alguno de los juegos de mesa a los que los Lavilla son muy dados, Julio descubre otras facetas del carácter de la joven: no le agrada perder, aunque cuando ello ocurre no es de las que se pone grosera o antipática, pero algo si se enfurruña al igual que podría hacerlo una niña; en cambio, cuando gana lo celebra y ríe como una adolescente. Julio piensa que, al igual que le pasó con Julia, se encuentra ante una mujer con una personalidad de muchas facetas: puede ser una adulta cuando opina, una niña cuando pierde y una adolescente cuando gana. Tres en uno. ¡Qué complicadas son las mujeres!, piensa, aunque viviera un millón de años jamás llegaría a entenderlas.

   En una ciudad pequeña nada pasa desapercibido y pronto salta al palenque del cotilleo local la noticia de que Julio Carreño, el de la droguería nueva, ronda a una de las hijas del doctor Lavilla. En la trastienda del Bisojo, como no podía ser de otro modo, también se chismorrea sobre la inesperada relación de su competidor. Y dado que Julia vive con la madre del soltero de oro, son muchas las preguntas que le formulan.

   -Me jugaría el ajuar de mi abuela que el Carreño no va a casa de los Lavilla solamente por la cara bonita de Amparo. Me ha dicho gente bien informá que el doctor está forrao. Seguro que, con lo interesao que es el mañego, va buscando los cuartos –asegura Lupe.

   -Que los Lavilla tienen dinero no lo sabía, pero no creo que Julio vaya por su fortuna. Si fuese un cazadotes habría buscado a una heredera de alguna de las casas fuertes de la ciudad, que hay muchas y conocidas –replica Julia.

   -Yo repito lo que se cuenta por ahí. Y también se dice que ha dejao todas sus aventuras con mujeres casás –sigue contando Lupe-. Oye, y tú que vives con su madre, ¿qué dice doña Pilar?

   -Está encantada de que su hijo siente cabeza. Y lo veo natural, le he oído decir más de una vez que no querría morirse sin tener un nieto en brazos.

   -Entonces, ¿el cortejo va en serio?, ¿crees que cuajará?

   Julia se piensa la respuesta. Ha meditado mucho sobre el paso adelante que ha dado Julio, pero su intuición le dice que hay algo forzado en esa relación, como poco natural, como demasiado repensada. Y por eso su respuesta es la que es.

   -No lo creo, y no precisamente por ella. Amparo, por lo poco que sé de ella, da la impresión de ser una chica maja de verdad y supongo que tiene virtudes más que suficientes para hacer feliz a cualquier hombre, pero no sé si a un tipo tan complicado y con más conchas que un galápago como Julio, que además en el terreno sentimental no sabe lo que quiere. Y, como dice mi maestra, cuando uno no sabe dónde va termina donde no quiere. Por eso, en cuestión de mujeres Julio va dando palos de ciego.

   Como si Julia fuera la Sibila, el paso de los meses parece irle dando la razón. Julio piensa que Amparo es estupenda, una mujer encantadora y que algún día será una magnífica esposa y seguramente una madre ejemplar. Entonces, ¿por qué no acaba de decidirse a dar el último paso, a comprometerse de verdad? ¿Por qué no es capaz de enamorarse de una joven que tiene tan buenas cualidades como Amparo? No solo es bonita y simpática, también es discreta y con gran sentido común. No se atreve a dar el paso de hablar con don Enrique para formalizar la situación y no sabe qué hacer. La joven le agrada, pero algo falla en la relación. No es culpa de ella, es él quien patina. Sus dudas, sus vacilaciones, su no saber qué hacer, un atardecer de diciembre se las resuelve de un plumazo la propia Amparo al quedarse solos tras despedirse de María Fernanda que hoy les ha hecho de carabina.

   -Creo, Julio, que no deberías volver a buscarme.

   -¿Y eso por qué? –pregunta un estupefacto Julio.

   -Me parece que no pasaremos de ser buenos amigos.

   -Las parejas necesitan tiempo para conocerse y para saber si pueden llegar a ser algo más que amigos –Julio está desconcertado de que sea la joven quien plantee la cuestión que él es incapaz de resolver.

   -Es posible, pero llevamos hablando unos meses y creo que ya nos conocemos lo suficiente. Me pareces muy majo y una gran persona, pero ni creo que yo sea la mujer que te conviene ni tú eres el hombre de mis sueños. Perdona que sea tan cruda, pero las cosas es mejor hablarlas sinceramente, ¿no te parece?

   -Por supuesto. Aunque tengo que confesarte que tus palabras me causan una gran sorpresa. No me las esperaba –A Julio que sea la joven quien ha tomado la decisión de cortar su incipiente romance no deja de incomodarle, su amor propio está tocado.

   -No quisiera que te molestaras. Tienes un montón de cualidades y seguro que serás capaz de hacer feliz a cualquier mujer, pero las cosas del cariño ya sabes como son.

   -Tú me gustas, Amparo.

   -Y tú a mí también, Julio, pero para casarse creo que eso no es suficiente. Hace falta mucho más y ni tú ni yo parece que estemos dispuestos a ello. Yo, te lo digo de corazón, no me veo capaz. Por eso creo que lo mejor es que quedemos como buenos amigos, pero nada más.

   Lo que Amparo no ha dicho a Julio es que días atrás mantuvo una charla con sus padres. Sus progenitores le preguntaron sobre sus sentimientos y cuando ella les contó las dudas que tenía sobre el cortejo, le aconsejaron que no era bueno seguir con una relación que no parecía conducir a ninguna parte. Llevan hablando varios meses y la gente ya murmura. Lo mejor es que lo dejen y cada uno por su lado. No van a faltarle buenos partidos.

   Desde que Amparo rompió la relación, Julio se siente tocado. No porque fuese la joven la que tomó la iniciativa, aunque su orgullo de macho se resintió, sino porque vuelve a sentirse muy solo. Sabe que si la hija de los Lavilla no lo hubiese hecho, al final habría sido él quien hubiese pegado la espantada. Le gustaba la muchacha, pero no le llenaba. Ahora es cuando entiende la expresión coloquial de dar palos de ciego, hasta el momento ha estado llevando a cabo acciones sin saber muy bien a donde le llevaban, titubeando, dudando, y sin un rumbo fijo. Y el resultado acaba siendo como lo ocurrido con Amparo, el fracaso sentimental.

   ¿Y dónde encontrar una mujer que le llene? ¿Y si la culpa no es de las mujeres sino suya? ¿Y si resulta que es tan raro o exigente o egoísta que no hay ninguna mujer capaz de colmar el vacío que siente dentro de sí? Interrogantes como esos se los plantea muy a menudo, y alguna que otra noche le han dado las mil y una sin poder pegar ojo a causa de tantas preguntas y tan pocas respuestas. Lo que sí sabe es la clase de mujer que le haría feliz. Hace algunos años hubiese comenzado la enumeración de cualidades deseando que fuera joven, guapa, que tuviera buen tipo, de esos que le alegran a uno las pajarillas al contemplarlo... A partir de su vigesimosexto cumpleaños matizó las prioridades. Ahora le gustaría encontrar una mujer que fuese simpática, ocurrente, que tuviese una cierta cultura, capaz de mantener una conversación más allá del último chismorreo, que le comprendiese, que estuviese preparada para poder ayudarle en el trabajo, que tuviese sentido del humor, que...

   De pronto, un fogonazo de luz cegadora estalla en su mente. Conoce a una mujer así, y con más cualidades todavía. ¿Cómo ha sido tan ciego? ¿Es posible que a estas alturas no haya caído en ello? ¿Por qué seré tan estúpido? Tras dirigirse una retahíla de insultos se calma. Vuelve a pensar en ella. Es la mejor, perfecta, la mujer ideal... Y siente en sus entrañas como la eclosión de un germen que ya estaba allí y que de repente se despliega con una fuerza arrolladora llenándole por completo. De pronto descubre que si todavía no está enamorado debe de faltarle un suspiro, porque lo que es gustarle le gusta a rabiar. Y no solo eso, si hay una mujer por la que sienta un respeto y una admiración rayanos en la idolatría es ella. Es ella, repite una y otra vez... Hay una pega y muy grande: sabe que no le traga como hombre. Desconoce los motivos, pero se lo dejó hace tiempo muy claro: podrán ser compañeros, colaboradores y hasta amigos, últimamente lo son y de los buenos, pero como hombre no cuenta para ella. Seguramente sería con el último con el que se casaría. Parece condenado a estar tan cerca de la fuente en la que calmar su sed y no poder probar ni gota. Por un momento llega a cruzar por su cabeza la idea de hablarle de sus sentimientos, pero la rechaza, es una locura, si se lo cuenta lo único que conseguirá será perderla también como amiga. Por primera vez en su vida, percibe que los sentimientos imperan sobre la razón, y descubre asimismo que producen más dolor que goce. Tantos años esperando que su corazón latiera más aprisa ante la mera evocación de un nombre femenino y llegado el momento solo siente amargura, estar tan cerca de ella y al mismo tiempo tan lejos. Esboza una sonrisa tristona, amarga, melancólica… Nunca le había ocurrido lo de estar sediento, tener al lado una fuente de la que mana un agua fresca y límpida y no poder beber, nunca le había ocurrido. ¡Y duele, vaya si duele!

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 93. De perdidos, al río

 

viernes, 7 de mayo de 2021

Libro II. Episodio 91. Un paso adelante


   La mayor de las hermana Lavilla parece molesta porque la benjamina pretende plantear a Julio algo presuntamente relacionado con su vida, pero el mañego la anima a que lo haga.

   -Si me permitís…, os ruego que dejéis a Cristina que me pregunte lo que quiera. Si considero que la posible respuesta no es de recibo que la oigan los castos oídos de unas señoritas no responderé, pero para eso he de escuchar la pregunta. Cris, por favor…

   -Es un rumor que le han contado a mamá. Mejor dicho, no sabemos si es un rumor o un bulo como la Seo de grande, pero en fin… Se dice por ahí que tu madre quiere emparejarte con Julia Manzano, la pupila que vive con ella y que trabaja en la droguería vieja. Que quiere que os caséis, así podrás quitársela al señor Elías y llevártela contigo. Que es un buen arreglo, pues todos salís ganando: tu madre ganará una nuera, tú una esposa y la muchacha un marido. No es mal apaño.

   El rumor deja atónito a Julio, por lo que se da un tiempo para responder. Piensa que la imaginación de la gente a veces te sorprende con maquinaciones que pueden alejarse o no de la realidad, pero que muchas veces tienen un trasfondo de verdad. Antes de contestar fuerza un amago de carcajada como para dar a entender que se ha tomado el rumor a broma.

   -No había caído en ello, Cristina, pero tienes razón, no es un mal apaño. Mejor dicho, lo sería si fuese verdad, pero lamentablemente para las cotillas que se lo han inventado el chisme es absolutamente falso.

   -Pero estarás de acuerdo conmigo –quien habla es María Fernanda, la tercera de las Lavilla- en que hay hechos que dan pie a un rumor como ese. Te pasas los domingos metido en casa con tu madre y esa muchacha y eso no parece muy normal para un hombre soltero y todavía joven.

   Lo del todavía joven le ha escocido a Julio, aunque María Fernanda ha cuidado las formas y le ha calificado así en vez de llamarle solterón.

   -Admito que muy normal no es, pero ¿hay algo mejor qué hacer los domingos?

   -No sé si mejor, pero sí es más del común asistir a los tés del círculo o a los bailes del casino –apunta María Fernanda.

   -Y también a las reuniones o meriendas que algunas familias organizan los domingos –apostilla Maricarmen-. Sin ir más lejos, nosotras daremos una merienda el próximo domingo al que hemos invitado a varios amigos. Tú puedes ser uno de ellos.

   Julio no se lo piensa un segundo.

   -Te tomo la palabra y os agradezco la invitación. ¿A qué hora?

   Durante el tiempo que han estado en el café, todas las Lavilla han intervenido en la charla menos Amparo que no ha abierto la boca. De vuelta a casa, Julio se pregunta si el silencio de la joven ha de interpretarlo como buena o mala señal; tras pensarlo no se ve capaz de discernirlo.

   Llega el domingo y Julio, como acostumbra, almuerza con Pilar y Julia, y hoy también con Etelvina. Tras la sobremesa se despide, aunque les cuenta el motivo de su marcha.

   -Las hermanas Lavilla me han invitado a una merienda que ofrecen esta tarde. No he querido desairarlas y he aceptado la invitación, sobre todo por ti, madre, dada tu amistad con don Enrique.

   -Me parece bien, hijo, es una distinguida familia.

   -Que te diviertas –le desea Julia.

   Al oír a la muchacha a Julio se le ocurre algo en lo que no había pensado.

   -¿Quieres venir?, han invitado a más amigos.

   -Pero a mí, no. Y no sería correcto que me presentara allí por las buenas. Además las conozco muy poco, solo que de vez en cuando entran en la tienda a comprar alguna crema o un perfume. En cualquier caso, gracias por la invitación.

   En casa de los Lavilla se ha reunido un buen puñado de gente joven entre los veinte y la treintena. Hay más varones que féminas por lo que éstas andan muy solicitadas. A la hora de la merienda entra la señora Lavilla seguida de dos doncellas que portan unas bandejas con canapés y medianoches. Julio aprovecha la aparición de la anfitriona para saludarla.

   -Doña Agustina, es un placer volverla a ver. Mi madre le envía saludos, así como para don Enrique.

   -Gracias por las flores, Julio, es todo un detalle por tu parte –y bajando la voz murmura-: Has sido el único que lo ha hecho, lo cual dice mucho de ti.

   Al parecer, la mayoría de los asistentes son habituales a reuniones como la de hoy y todos parecen conocerse. Al ser Julio un invitado inusual recibe más atenciones, especialmente por parte de algunas invitadas. Hay un par de jovencitas que lo han acaparado y no cesan de preguntarle hasta que Amparo viene a salvarle del acoso.

   -Chicas, chicas, no seáis pesadas y dejad en paz a Julio. Desde que ha llegado no le habéis dado ni un segundo de respiro. Por ahí hay unos caballeretes que os están esperando como agua de mayo.

   -Gracias, Amparo. Solo les ha faltado preguntarme que traje llevaba en mi primera comunión. ¡Qué manera de interrogarme!

   -Discúlpalas, pero debes entenderlas. Ten en cuenta que hace mucho que no venías y además no sé si sabes que, en ciertos ambientes, se te conoce como el soltero de oro, y también cuenta que tu fama de casanova te precede. Es natural que quieran averiguar de qué pie cojeas, y para eso lo mejor es preguntar.

   Julio no entra al trapo sobe su supuesta fama de donjuán, ese es un terreno resbaladizo y no quiere tener un tropezón en su visita a casa de los Lavilla. Sobre lo del soltero de oro sabe que, efectivamente, en algunos estamentos de la sociedad placentina se le llama así, de ahí su pregunta.

   -Así que el soltero de oro. ¿Tú también lo crees?

   La joven se encoge de hombros y por toda respuesta sonríe.

   -No eres muy parlanchina y eso, según opinan muchos, en una mujer es una gran virtud.

   Amparo vuelve a sonreír, pero ahora si contesta.

   -Papá, cuando se enfada con alguna de nosotras, suele decirnos aquello de: calladita estás más mona –y cambiando el sentido del diálogo pregunta-: ¿Te apetece un canapé o prefieres beber? He notado que no has podido acercarte al ambigú –En ese momento es cuando Julio valora la muy diferente formación que tienen las Lavilla respecto a la mayoría de jóvenes lugareñas. Usar la palabra ambigú tiene su aquel.

   -He almorzado con mi madre y últimamente le ha dado por preparar recetas regionales, lo que supone que voy bien servido hasta mañana. Tomaré una copa, ¿qué puedes ofrecerme?

   -Tenemos café, té, tisanas y de licores solo anisete y ponche.

   -El ponche es…

   -Con algo de ron y mucha agua, limón y azúcar. Mamá lo del alcohol lo lleva a rajatabla. Hablando de mamá, debes saber que te la has ganado. El ramo que le has enviado la ha epatado, no se lo esperaba y además has sido el único que ha tenido el detalle. Desde hoy pasas a ser uno de sus invitados preferidos –y como hablando para sí musita-. Vivir para ver.

   Tras la merienda, María Fernanda se ha puesto al piano y acompañada por el violín de Cristina se ha organizado un baile en el que, ante la general sorpresa, Julio ha podido exhibir sus dotes de bailarín. Ha tenido buen cuidado de bailar con todas las asistentes, pero ha sido Amparo con quien más se ha prodigado. Antes de irse, una de las amigas de las Lavilla, María Eugenia Quirós, le ha invitado a la reunión que el siguiente domingo va a celebrar en su casa. Julio acepta agradecido la invitación y cuando se despide de Amparo le susurra:

   -Espero tener el placer de volver a verte el domingo.

   La respuesta de Amparo es un tanto enigmática.

   -Si es un placer para ti, espero que también lo sea para mí.

   Al fin Julio se ha decidido y ha dado un paso adelante. Aunque no de manera oficial, pues todavía no ha pedido su mano, su cortejo con Amparo Lavilla se ha hecho real. La joven ha aceptado de buena gana que se vean más a menudo de lo que lo hacen los simples amigos. Han quedado en salir a pasear cuando el trabajo del mañego lo permita, por supuesto siempre acompañada por alguna de sus hermanas, y que Julio le dedique los domingos. El mañego ha ido con tiento y no ha dicho a la joven que la quiere, ni le ha pedido que sea su novia, pero sí que le gusta mucho y que desea conocerla mejor para que, si ella lo acepta, en unos meses puedan llegar a ser algo más que buenos amigos. A Amparo la declaración le ha parecido tan correcta como prudente y ha aceptado el cortejo del mañego. La nueva relación ha supuesto que Julio tenga que explicar a su madre y a Julia el importante cambio que va a sufrir su vida.

   -… y, como comprenderéis, no voy a poder continuar acompañándoos a misa de doce, ni pasar la tarde con vosotras. En cambio, alguna vez vendré a almorzar.

   -Vaya sorpresón, hijo. Sí que te lo tenías callado.

   -¿Acaso te parece mal, madre?

   -¡Quía, estoy contentísima! Ya era hora de que sentaras la cabeza, y Amparo me parece una chica encantadora y de muy buena familia. Y hablando de familia, ¿qué te han dicho don Enrique y su señora?, ¿les parece bien que cortejes a su hija?

   -La relación aún no es oficial y no lo será hasta que pida su mano, aunque de momento parecen complacidos. Don Enrique me ha dejado caer que hace mucho que suspira porque en la casa haya más pantalones que los suyos, y doña Agustina, a pesar de que es un tanto estirada, desde que le envíe un ramo de rosas el día que me invitaron me pone mejor cara. En cuanto a las hermanas parecen contentas, salvo la mayor que me da la impresión de que le ha cogido algo de pelusa a Amparo.

   A todo esto, Julia asiste al diálogo sin intervenir. Solo ha sido capaz de musitar felicidades, Julio. El nuevo estado de su amigo le ha pillado por sorpresa y no hace más que diseccionar lo que está contando. Le sorprende que no haya dicho una sola palabra sobre que esté enamorado de Amparo, que la quiere, que… ¿Así son las relaciones entre la gente mayor?, se pregunta, porque para ella tanto a Julio como a Amparo los encuadra en esa indefinida categoría de la gente mayor, de más de veintimuchos años. Unas relaciones tan frías, tan cerebrales, tan desapasionadas… No las quiero para mí, se dice. Cuando alguien me diga que desea cortejarme quiero que lo haga con el alma saliéndole por la boca. No así.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 92. ¡Y duele, vaya si duele!

viernes, 30 de abril de 2021

Libro II. Episodio 90. Quién no se arriesga, no cruza el río

   Al preguntar Julio a su amigo Pascual que indague sobre la solidez económica de los Lavilla, el empleado de la Caja de Ahorros se queja de que le formule tal petición.

   -Julio, esa clase de información no puedo facilitártela, es privada. Si se enteraran en la Caja de que ando divulgando los fondos de los clientes me darían una patada en el culo.

   -Ya lo sé, Pascual, pero para eso están los amigos. Por mí desde luego no se enterará nadie y sabré compensártelo. Y para que veas que no es una información que vaya a utilizar en términos mercantiles, te cuento… –Y Julio le explica que está interesado en Amparo Lavilla, pero que no quiere dar el paso de formalizar la relación hasta no saber a ciencia cierta donde se mete.

   -Hombre, eso es otra cosa. Dame tiempo y en unas dos semanas podré decirte algo al respecto, pero por descontado en el más estricto secreto, nadie debe saber que esa información te la he facilitado yo, ni tú has de divulgarla en absoluto. ¿De acuerdo?

   Julio sabe que su madre mantiene buena relación con el doctor Lavilla, aunque sea una amistad relativamente reciente. Por eso, cuando el nombre de Amparo surgió en sus cavilaciones, pensó en acudir a Pilar para que hiciera de embajadora de su propósito ante los Lavilla, pero sabiendo lo metomentodo que es su madre desistió. También él ha tratado a los Lavilla, incluso estuvo como invitado en su casa hace tiempo, pero como los años le han hecho cauto ha preferido que sea Pascual quien indague sobre la familia aragonesa. Un par de semanas después, Pascual, en contra del rumor que corre por la ciudad sobre la fortuna del doctor Lavilla, le resume en una castiza expresión lo que supondría emparejarse con una de sus hijas.

   -Si te ligas a una de las hijas de Lavilla darás todo un braguetazo.

   Julio quiere saber más detalles sobre la inesperada fortuna del médico e insiste para que su amigo le cuente cuanto sabe.

   -Lo de emparejarte con Amparo ya te lo he dicho, un braguetazo. El tío que se la calce, al igual que a cualquiera de sus hermanas, se llevará una mujer que algún día heredará un porrón de duros solamente en bienes raíces. Al parecer, a la familia de la madre no le queda un céntimo, pero la de don Enrique tiene fincas en el valle del Jalón y casas y solares en Zaragoza que cuando los herede supondrán un fortunón. Muy interesado te veo por la moza. No me digas que te ha hecho tilín.

   -Hombre, Pascual, no te voy a mentir. No es que se trate de un flechazo, pero sí que es cierto que la chica me atrae pues es maja y educada. A cualquiera le enorgullecería llevarla del bracete.

   -La verdad es que resulta bastante mona, aunque no está ni la mitad de rica que la ahijada de tu señora madre. A esa sí que le haría yo un favor y un millón si hiciera falta…

   A Julio le molesta el calor que pone Pascual cuando habla de Julia y le interrumpe para reconducir el diálogo.

   -Bueno, pero ahora no estamos hablando del huevo a medio cocer de la ahijada de mi madre, sino de la hija de los Lavilla. ¿Qué más me cuentas de ella?

   -Pues poco más de lo que te he dicho, que es un buen partido y que yo sepa es plaza libre. ¿Ya le has dicho algo?

   -De momento no me he atrevido a decirle nada. Y con lo que acabas de contarme me fastidia que vaya a haber mal pensados que conozcan la fortuna del padre y crean que si me acerco es por interés.

   -No hagas ni puñetero caso de lo que diga la gente. Lo que has de hacer es abordarla sin que te importe el qué dirán.

   -¿Y tú crees que si me acerco a los padres les parecerá bien? –Julio cree conocer la respuesta a su pregunta, pero si va a lanzarse prefiere tener cuanta más información mejor.

   -¡Coño, Julio, no me vas a salir ahora tímido!

   -No es eso, Pascual, pero me da corte pensar que a sus padres no les parezca un buen partido para su hija y me rechacen. ¿Te imaginas lo bien que se lo iban a pasar algunos de los que se llaman amigos míos?, pues no se iban a cachondear ni nada. Ten en cuenta que para bien o para mal soy algo más que uno de los solteros de la ciudad.

   -En eso llevas razón, y puestas así las cosas, te puedo hacer un favor: ¿quieres que averigüe si a los padres de la chica les parecerá bien que la cortejes?

   -¿Y cómo vas a lograr que al final no se enteren todos? Si los padres dicen que no, el cachondeo será general y mi prestigio rodará por los suelos.

   -Hombre, seguro al cien por cien de que alguien no se vaya de la lengua nadie puede estarlo, pero los Lavilla, hasta donde sé, son discretos. Si no les parece bien que te acerques a su hija estoy convencido de que no irán por ahí contándolo. Y chico, al final ya sabes: quien no se arriesga, no cruza el río.

   -¿Y qué piensas hacer, hablar con los padres?

   -No tengo amistad con ellos como para eso y no sé si me harían caso. Si todo sale bien ya te diré quién va a hacer de embajador. Es alguien que está muy acostumbrado a guardar secretos y a trabajarse esta clase de encargos, por tanto es persona de toda confianza sea cual fuere el resultado final.

   Los argumentos de Pascual acaban convenciendo a Julio, pues ha desechado otras vías para explorar sus posibilidades de éxito. La embajada montada por su amigo es tan rápida como fructífera. Los padres de la joven han hecho saber al casamentero que si Julio va en plan serio y no para pasar el rato ellos no tienen nada que objetar, aunque la última palabra la tendrá su hija, será ella quien decida.

   -¿Qué te parece mi gestión? –se pavonea Pascual cuando termina de contarle el resultado de la misma.

   -Pues que has estado sembrado. ¿Y qué más te comentaron?

   -A mí, nada. Ya te expliqué que no iba a ser yo quien hablase con ellos.

   -Entonces, ¿quién ha hecho de embajador?

   -Quien menos puedes figurarte..., don José María Galán, el párroco de San Esteban.

   -Al párroco no le conozco pero si la iglesia, es la que está en la plazoleta del Rincón de San Esteban. ¿Y cómo has tenido la jeta de meter al cura en este fregado?

   -¿Y por qué no? Le encanta hacer de casamentero, como a casi todos los curas. Y así está garantizado el secreto de la gestión, independientemente de que al final la historia salga recta o torcida.

   -Oye, pero si han dicho que la última palabra la tendrá la chica, ¿cómo voy a saber si está o no dispuesta a que la corteje? –inquiere Julio dispuesto a exprimir a su amigo al máximo.

   Pascual, como conocedor de las costumbres locales, le da la clave.

   -Lo que vas a hacer es lo siguiente: observa si cuando Amparo pasea con sus hermanas va en el centro de la pandilla, eso es señal de que no está interesada en que la aborden. En cambio, si se sitúa en uno de los extremos es que está dispuesta a que alguien se le ponga al lado.

   -¿Y si la abordo y me rechaza?

   -¡Te repito: quien no se arriesga, no cruza el río!

   El siguiente domingo Julio, tras almorzar con Pilar y Julia, se disculpa pues no va a poder pasar la tarde con ellas como acostumbra ya que tiene un compromiso previo. Ninguna de las dos le pregunta sobre el compromiso, ni Julio da más explicaciones. Lo que tiene pensado hacer esa tarde es poner en práctica el consejo que le dio Pascual, se acercará a los lugares donde suele pasear la juventud, localizará a Amparo Lavilla y comprobará si va en medio de sus hermanas o si se sitúa en un extremo. Aunque hace frío, se sienta en la terraza de un bar dispuesto a observar. A media tarde, las calles del centro comienzan a llenarse de jóvenes de ambos sexos que, casi siempre en grupos pequeños, deambulan de un sitio a otro sin que parezca que tengan un norte concreto. Los grupos femeninos son más ruidosos que los masculinos, parlotean, gesticulan y ríen sin ton ni son; cualquiera diría que andan exhibiéndose más que paseando. Los masculinos son más callados y con frecuencia se detienen para poder observar mejor las pandillas de mozuelas que pasan junto a ellos. Para desencanto de Julio casi todos los pandilleros son poco más que adolescentes, aunque recuerda que Pascual le explicó que los grupos de mayores de veintitantos son de los últimos en aparecer. Ya casi anochecido, comienzan a llegar pandas de jóvenes más talluditos. Una de ellas está formada por las cuatro hermanas Lavilla y… Amparo va en un extremo. No se lo piensa dos veces y aborda al cuarteto.

   -Las encantadoras hermanas Lavilla. ¿Vais a algún sitio concreto o simplemente paseáis?

   -El soltero de oro de Julio Carreño –responde la mayor con cierto retintín-. Es raro verte por aquí, ¿desde cuándo paseas como si fueras un mozalbete?

   -Iba de paso hacia el casino. Si no vais a ningún sitio, ¿me permitís invitaros a tomar algo? Mi madre no me perdonaría que me hubiese cruzado con vosotras y no os hubiera invitado.

   -Te lo permitimos si nos llevas a Las Vegas, comienza a caer relente –contesta Maricarmen que es la única que habla, las demás sonríen con gesto de complicidad, salvo Amparo a quien se la ve algo tensa.

   En el café de moda de la ciudad, las Lavilla ocupan una de las mesas de tal modo que Julio ha de sentarse junto a Amparo que poco a poco va distendiendo el semblante, aunque sigue siendo Maricarmen la que lleva la voz cantante. Charlan de todo un poco hasta que…

   -Julio, me perdonarás si soy indiscreta, pero corre por ahí un rumor que te atañe y que me gustaría preguntarte si es cierto… -Cristina, que es la que habla, no termina su frase ante la severa mirada de su hermana mayor.

   -Perdona a Cristina, Julio, pero se ve que nuestros padres, por aquello de ser la benjamina, la malcriaron. Te he dicho mil veces –prosigue dirigiéndose a Cristina- que no es de buena educación ir preguntando a la gente sobre sobre su vida.

   -¿Y cómo sabes que iba a preguntarle sobre su vida?, sabihonda –se burla Cristina.

   -Porque imagino lo que ibas a preguntarle.

   -¿Ahora también lees los pensamientos? –Cristina continúa igual de irónica.

   Julio sigue la escaramuza entre ambas hermanas, divertido y, a la vez, intrigado por lo que decide intervenir.

   -Cristina, ¿qué querías preguntarme?

  

    PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 91. Un paso adelante