viernes, 9 de abril de 2021

Libro II. Episodio 87. El merendero


   Es domingo y, como de costumbre, la maestra, su hijo y su pupila, hoy acompañados por Etelvina, han asistido a la santa misa, y ahora están tomando el aperitivo en la terraza de Las Vegas, aprovechando la agradable mañana primaveral. Julio ha comprado la prensa dominical y lee a las mujeres una noticia que muestra que el país se está modernizando poco a poco. La noticia es que a partir del uno de abril se establecen en España normas para regular la circulación de tranvías.

   -¿Y se puede saber qué utilidad tienen esos cacharros? –pregunta Etelvina que pasa de los inventos modernos.

   -Hablando de tranvías, recuerdo que, cuando estuve en la mili, en Palma se inauguró el primer servicio público de pasajeros a cargo de tranvías, a los que se llamaba jardineras, y que eran arrastrados por mulas en la única línea que había que iba de la Plaza de´n Coll a Porto Pi. En cambio, ahora los tranvías que transitan por las ciudades españolas son de tracción eléctrica.

   -Ese invento de la electricidad, ¿crees que tiene futuro, Julino? –vuelve a preguntar Etelvina.

   -No es que tenga futuro, es que ¡es el futuro! –enfatiza Julio-. Todas las capitales de provincia ya tienen alumbrado eléctrico. En Badajoz desde hace diez años y en Cáceres desde hace cuatro, y hasta en un pueblo tan chico como Hervás hay alumbrado eléctrico. Y según me han contado, hay conversaciones muy adelantadas entre el ayuntamiento y una empresa talaverana para instalarlo en la ciudad.

   -¿Es que no sirve el alumbrado de gas o petróleo? –pregunta Pilar.

   -No tiene punto de comparación, madre. No podéis imaginaros lo que es darle a un interruptor y que se haga la luz, es como un milagro. Creo que la electricidad es uno de los mayores inventos de la ciencia. Yo lo tengo pensado, en cuanto aquí la instalen voy a iluminar la tienda, incluidos los escaparates y la trastienda, con luz eléctrica. Ya lo he hablado con el señor Corominas, el ingeniero que ha dirigido la instalación del alumbrado público en Cáceres.

   Julia sigue la conversación sumamente atenta, le fascina el espíritu emprendedor que tiene Julio, sus ansias de mejorar y de modernizar el negocio. Todo lo contrario que su patrón. El Bisojo ni siquiera ha accedido a iluminar la tienda con lámparas de gas, todavía usan lámparas de mesa, alimentadas con petróleo y provistas de un tubo de cristal que resguarda la llama, los conocidos como quinqués. Piensa que ha de ser muy estimulante trabajar con un patrón abierto a todas las mejoras que la ciencia y la técnica inventan continuamente.

   Como la primavera ha llegado con ganas de quedarse y el día es espléndido, después de un mes de marzo pródigo en escarchas y madrugadas heladoras, por la tarde en vez de jugar la acostumbrada partida de parchís, Julio invita a la joven a dar un paseo por la zona del río y luego pueden recalar en alguno de los merenderos que allí abundan para tomarse un chocolate con churros. Julia, antes de contestar, mira de reojo a Pilar quien le hace un discreto gesto de asentimiento.

   -Por mí bien, pero doña Pilar y la señora Etelvina se quedarán sin poder jugar.

   -Huy, hija, por nosotras no te preocupes. Tenemos que ponernos al día de todas las novedades que hay en el pueblo –responde Etelvina.

   -Id y divertíos, que para eso sois jóvenes –la secunda Pilar-. Eso sí, a las nueve en casita que hay que acostarse temprano pues mañana hay que trabajar.

   A la entrada del merendero, del que salen sones musicales, está instalado un barquillero con su cesta llena de barquillos y una ruleta en la que los compradores pueden probar suerte.

   -Mira, Julio, un barquillero, con ellos me gastaba la mitad de las perras que padre me daba.

   -¿Por qué no vuelves a probar?, a ver si tienes suerte –dice Julio sacando unas monedas.

   -¿No te voy a parecer un poco infantil? –objeta Julia.

   -¡Qué va! Haremos una cosa, jugaremos una vez cada uno.

   -Pero cada cual paga sus jugadas –precisa la joven.

   -Como quieras, pero te pido que me dejes invitarte, al fin y al cabo la idea de venir ha sido mía, por tanto me toca el papel de anfitrión y no voy a dejar pagar a mi invitada.

   Julia tira primero y disfruta como una adolescente dando vueltas a la rueda que apunta a diferentes números. Van empatados a barquillos hasta que en la última tirada Julio cae en la casilla del clavo, con lo que pierde todo lo ganado.

   -¡Te he ganado, te he ganado! –exclama, alborozada, Julia.

   -Y además por goleada –apostilla Julio que no puede menos que sonreír ante el regocijo de la muchacha.

    En el merendero hay una orquestina que, con más entusiasmo que oído, está amenizando a los clientes tocando piezas que cuando son bailables llenan el irregular centro del local de parejas de baile agarrado, al que llaman así para diferenciarlo de los bailes populares en los que los bailarines prácticamente ni se rozan.

   -¿Qué te apetece tomar? –pregunta Julio.

   -Has dicho que íbamos a tomar chocolate –recuerda Julia-, y no me importaría mojar unas perrunillas en vez de churros.

   Es lo que encarga Julio al mozalbete que se ha acercado a la mesa, para luego formular una pregunta baladí, más que nada para retomar la conversación.

   -Como perrunillas desde niño, eran una de mis golosinas preferidas. Y lo que son las cosas, nunca me preocupé por saber que ingredientes llevan. ¿Tú lo sabes?

   -Claro. Se hacen con manteca, harina y azúcar como materias básicas, y según las comarcas les añaden otros ingredientes, huevos, ralladuras de limón o un poco de canela molida.

   -Hay que ver con lo joven que eres y la de cosas que sabes –la adula Julio.

   -No es para tanto y si sé algo es gracias a tu madre. No solamente me aficionó a la lectura sino que me inculcó el deseo de aprender. No se cansa de repetirme que el saber no ocupa lugar.

   Terminada la merienda, Julio se apercibe que a su acompañante se le van los pies al compás de la música.

   -¿Te gustaría bailar?, veo que sigues el ritmo –dice Julio señalando los pies de la joven.

   Julia se pone colorada cual tomate maduro, como si la hubiesen pillado en un renuncio.

   -No sé bailar, bueno el agarrado. Cuando era niña me apuntaba siempre al baile del cordón que es una danza tradicional de mi pueblo, pero en la que solo participan mujeres. También sé bailar la jota extremeña, que esa sí es en pareja pero sin agarrarse.

   -¿De verdad que nunca has bailado un agarrado, que ningún mozo te ha llevado entre los brazos? –reitera Julio que por momentos siente que se excita.

   -Nunca, pero tu madre me está enseñando a bailar el vals, dice que es el baile más romántico y elegante que existe.

   -Discúlpame un momento –pide Julio a quien se le acaba de ocurrir algo. Se acerca a la charanga, habla con el músico que lleva la batuta, le da un duro y le pide que la próxima pieza que toquen sea un vals. Cuando comienzan los cadenciosos compases del que se ha convertido en uno de los valses más populares, El Danubio Azul, Julio se levanta y dirigiéndose a la joven la interpela ceremoniosamente:

   -Señorita, ¿me haría el honor de concederme este baile?

   Julia, otra vez sofocada pero al tiempo radiante, balbucea:

   -Con mucho gusto, caballero.

   Cuando la jovencita siente la mano derecha del hombre enlazándola por la cintura y la izquierda cogiéndole su mano diestra se estremece. Desde que dejó de jugar en las eras de su pueblo cuando pasó de niña a mocita, es la primera vez que tiene a un hombre tan cerca. Julio huele un poco a sudor, también a agua de colonia y a otro olor que no sabe identificar. De pronto una vaharada de calor que la invade de abajo a arriba la pone más nerviosa de lo que ya está, tanto que se tropieza con los pies de su pareja.

   -Huy, perdona, pero ya te dije que no sé bailar.

   -No hay nada que perdonar, la culpa es mía por llevar un ritmo demasiado vivo. Bailaremos piano, piano y verás como no vuelves a tropezar. Y si lo haces, no pasa nada.

   A Julio sentir a la muchacha entre sus brazos le produce una impresión como irreal. No puede creer que aquella chiquilla, a la que enseñó algunas nociones de contabilidad, se haya convertido en la preciosa jovencita que trata de seguir el ritmo del vals. Se da cuenta de que Julia está bailando con los ojos cerrados, no sabe si es para no marearse o porque así sigue mejor la cadencia de la música. Aprovecha la ocasión de que la joven no puede observarle para deleitarse mirando fijamente su semblante. Tiene la frente amplia, la nariz recta y afilada, finos labios, blancos dientes y una barbilla que denota carácter. No puede verle los ojos, pero sabe que son de un meloso claro que cuando se excita brillan con una luz especial. No es una belleza, pero es evidente que tiene un encanto singular, algo que la hace atractiva y deseable. Pensar que es deseable provoca el despertar de la hombría del mañego. Instintivamente, se aparta un poco de la joven, por nada del mundo quisiera que se apercibiera, se moriría de vergüenza. En ese momento, Julia abre los ojos y ve la mirada del hombre clavada en su rostro.

Le sonríe y al hacerlo unos hoyuelos se forman en sus mejillas.

   -¿Por qué me miras así?

   -Porque eres como el cuadro de una virgen de Murillo. Uno no se cansa nunca de verlo.

   El rubor de la joven llega al paroxismo y para disimular pregunta:

   -¿Así es como conquistas a las mujeres, diciéndoles que se parecen a una virgen de Murillo?

   -No trato de conquistarte –Es decir esto y a Julia le cambia la cara y el rubor desaparece como por encanto. Julio, dándose cuenta que acaba de cometer una imperdonable falta de tacto, se apresura a enmendar su yerro-. No trato de conquistarte, no porque no seas una jovencita encantadora y a quien todos los solteros de la ciudad se pirrarían por hacerlo, sino porque eres mi invitada y no sería correcto que el anfitrión abusara de su hospitalidad.

   El galante y rimbombante párrafo no parece haber hecho mucha mella en Julia que continúa con el ceño fruncido.

   -No sabía que los solterones hablarais igual que los solteros cuando van de conquista.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 88. ¿Cómo me mira Julio?

viernes, 2 de abril de 2021

Libro II. Episodio 86. ¿Por qué sigue soltero?


   Del diálogo con su hermana a Julia se le ha quedado en la mente una pregunta que Consuelo dejó sin contestar: ¿por qué sigue soltero? Aunque pensándolo bien se dice ¿y qué me importa que Julio esté soltero o casado? Pero se engaña, pues por la noche, antes de que el sueño cierre sus ojos, a veces la pregunta vuelve a rondar por su cabeza, ¿por qué sigue soltero? La tercera noche que eso ocurre, Julia se dice que es mejor salir de dudas. El problema es que no sabe quién le puede informar. Seguro que hay una persona que podría, doña Pilar, pero no ignora que si le pregunta corre el riesgo de que la maestra querrá saber el porqué, y no se conformará con cualquier respuesta, ¡pues menuda es su mentora! No es que tenga algo que ocultar, ni que tenga un interés especial en conocer la respuesta, pero siente curiosidad por conocer la causa de que Julio se haya convertido en un solterón. Descartada Pilar, ¿a quién preguntar entonces? Tendría que hacerlo a alguien que conociera lo suficientemente bien la vida del mañego como para saber el motivo. A fuerza de pensarlo un nombre acude a su mente: sí, podría ser ella, conoce a Julio desde que era un niño y ha seguido sus andanzas hasta verle convertido en un hombre.

   -Señora Etelvina, ¿cómo está?, pasaba por delante y me he dicho: voy a entrar un momento a ver como se encuentra pues el pasado domingo se quejó de que estaba algo pachucha.

   -Gracias, Julina, tú tan considerada como siempre. Que maja eres. Estoy algo mejor, pero los años comienzan a pesarme y los pequeños alifafes son una de las facturas que hay que pagar.

   La conversación discurre unos minutos por cauces triviales hasta que Julia, aprovechando que la comadrona le ha preguntado por Pilar, estima que es punto de plantear lo que quiere saber.

   -Hablando de Pilar, el otro día estuve charlando con mi hermana Consuelo y recordó los tiempos en los que fue novia de Julio y como acabó rompiendo el compromiso. Pero me quedé con la duda de si me lo contó todo. Por pura curiosidad le hice algunas preguntas, unas me las respondió, otras no. No sé si porque alguna respuesta le podía resultar incómoda o porque no quiso contestarme…

   Antes de que la muchacha pueda proseguir, Etelvina la interrumpe.

   -Tengo que decirte que tu hermana se portó muy mal con Julio. Él la quería con locura y creo que Consuelo le correspondía, por eso la ruptura nos dejó a todos de piedra. Tu hermana le prometió, nada menos que ante la patrona de vuestro pueblo, que le guardaría la ausencia, pero no mantuvo la promesa. En cuanto apareció su actual marido y le dijo cuatro cositas, la sacó a pasear y comenzó a divertirse, lo de guardar la ausencia se fue al cuerno y el pobre Julio se quedó más solo que un difunto. Una mujer de bien no debería hacer esas cochinadas.

   -Lo sé, y para que vea lo que es la vida, mi hermana me reconoció que no se comportó como debía y que luego se arrepintió, pero ya no pudo dar marcha atrás. Lo curioso es que Julio que, por lo que cuentan, tiene mucho éxito entre el mujerío pues planta y palabrería no le faltan, siga soltero a su edad, ¿por qué será? Supongo que todo es cuestión de que no ha encontrado una mujer que le pete.

   -La misma pregunta nos la hemos hecho Pilar y yo en muchas ocasiones. Y coincidimos en que tu hermana le rompió el corazón y le hizo tanto daño que desconfía de las mujeres. Y como no es cuestión de encontrar a una mujer cualquiera, posiblemente no se casará hasta que encuentre a una en la que pueda confiar.

   -¿Confiar, en qué sentido?

   -Como he dicho, antes de enamorarse deberá recuperar la confianza en las mujeres o, más bien dicho, en una mujer que le guste. El día que conozca a una moza, o mejor a una mujer hecha y derecha, que pueda depositar en ella su confianza, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de ella tenga, que pueda contarle sus secretos y sentimientos con la certeza de que los entiende y los respeta, ese día comenzará a enamorarse y si ella le corresponde, que es algo siempre incierto, dejará de ser un solterón. Algo que puede ocurrir o que no.

   Los comentarios de Etelvina dan pie a Julia para meditar lo complicado que puede llegar a ser la relación entre un hombre y una mujer. Y la receta que ha dado la comadrona no le parece mala, aunque no acaba de entenderla bien. Entonces, ¿primero confiar y luego enamorarse? Eso queda muy lejos de lo que siempre ha creído que debe ser el verdadero amor: un sentimiento hacia otra persona que nos atrae, nos completa y nos da fuerza para convivir y para superar los malos momentos. Y todavía más simple: te quiero porque te quiero, no hacen falta explicaciones ni darle vueltas. Un sentimiento puro, directo y arrollador. Es lo que quisiera sentir algún día, encontrar a un hombre que le acelerara el pulso simplemente con mirarle.

   Las visitas dominicales de Julio a casa de su madre se han convertido en algo habitual y, sin proponérselo de manera consciente, cada vez son más amplias y gratas. Ahora, los domingos también las acompaña a misa de doce, lo que hace que el mañego, que se había apartado de la práctica religiosa, retorne al seno de la Iglesia. Vuelve a confesar y comulgar lo que supone un conflicto moral con su vida licenciosa de aventuras extramaritales. El paso por el confesonario resulta ser una batalla entre la carne y la moral. Ha probado cambiar de confesor, pero los resultados son los mismos: para que le perdonen los pecados debe arrepentirse y guardar el sexto mandamiento. Acaba planteándose muy en serio que tendrá que dejar de frecuentar a su última conquista, Aurora, una esposa veinteañera casada con un sexagenario y con quien se acuesta una y en ocasiones hasta dos veces por semana. No le va a quedar otra para aplacar las exigencias de la carne que volver a las mancebías…, aunque eso también va contra el sexto, pero parece menos inmoral. Para romper la relación, sin que sea traumática pues Aurora también es cliente, le cuenta que le han venido con el soplo de que su marido comienza a sospechar de ellos y antes de que la sospecha se materialice no van a tener más remedio que dejar de verse. La infiel se lleva un gran disgusto pues se divertía mucho con el mañego, pero también siente alivio al cortar la relación porque había intuido que, en efecto, su esposo comenzaba a recelar de ella.

   El programa dominical de Julio, Pilar y Julia, comienza a hacerse rutinario porque apenas si cambia de uno a otro domingo. El trío, al que a veces acompaña Etelvina, va a misa de doce, luego toman un aperitivo en el café Las Vegas, el más moderno de la ciudad, y después comen en casa de Pilar. Julio insiste que sería más práctico comer fuera, así Pilar podría descansar, pero pocas veces lo consigue. Su madre es partidaria de que como en casa no se come en ninguna parte, y además le sirve de lección práctica a Julia, pues está empeñada en que aprenda a cocinar para cuando sea ama de casa.

   -Si su futuro marido gana lo suficiente podrán tener cocinera –objeta Julio.

   -Aunque así fuera, para mandar a la cocinera antes tendrá que saber lo que es una cocina. Y eso no se aprende en los libros, hay que aprenderlo en la práctica. Por otra parte, la vida da muchas vueltas y lo que le puede deparar el futuro no está escrito.

   Tras la sobremesa, en la que siguen hablando de todo, la pareja aprovecha la siesta que suele echarse la anfitriona para hablar de temas que aburren a Pilar, como de los libros que han leído, lo que cuenta la prensa o los últimos chismes que circulan por los mentideros. Luego juegan al parchís en el que Julia disfruta como una colegiala cuando mata la ficha de un rival o logra ganar la partida. Incluso la mayoría de noches, Pilar, ayudada por Julia, improvisa la cena. El resultado es que Julio termina pasando prácticamente todo el domingo con ambas mujeres, y eso le cambia su rutina dominical. Apenas si aparece por el casino, solo acude la noche de los sábados a una partida de monte en la que se cruzan apuestas que en ocasiones alcanzan cifras respetables. La antigua pasión por el juego de Julio tiene su válvula de escape en esas veladas en las que, como ocurre con los juegos de azar, hay noches que le salen redondas y otras en las que sale esquilmado.

   A quien no le hace ni pizca de gracia que su encargada pase los domingos con su competidor, pues así continúa considerando a Julio, es al Bisojo. Ese recelo lo alimenta Lupe, la anterior encargada, que siempre que tiene ocasión le calienta la cabeza insinuándole que Julia le está haciendo la cama.

   -El día menos pensao, señor Elías, se va a quedar compuesto y sin encargá porque la Julia va a terminar yéndose con el judas de Carreño.

   El Bisojo ya ha tenido algunos rifirrafes con Julia sobre su excesiva amistad con Julio, pero la joven ha sido expedita.

   -Mire, señor Elías, a ver si se lo dejo claro: dedico al negocio diez horas al día, seis días a la semana, y el único día que tengo libre me junto con quien me peta, me quedo en casa o salgo por ahí con quien me apetece. ¡Faltaría más! Soy su empleada, no su esclava. Y no vuelva a darme la lata con quejas como esa. Si no está contento conmigo, la solución la tiene en su mano: me da el finiquito y se busca otra encargada –La propia Julia se asombra de su osadía, hace tan solo unos meses no se hubiera atrevido a soltarle a su patrón semejante diatriba, en cambio ahora se siente tan segura y tiene tal aplomo que lo ha hecho sin darle mayor importancia.

   A Julio le bullen otros pensamientos aunque un tanto erráticos. Como quien no quiere la cosa, un día pregunta a Argimiro si trece años son mucha diferencia entre marido y esposa.

   -Depende de muchas cosas. De si la pareja se aviene, de si se quieren o lo suyo ha sido un arreglo familiar; en fin, de muchas cosas, incluso del destino porque ya conoces lo que dice el refrán: casamiento y mortaja del cielo bajan.

   No le vuelvo a preguntar a este badulaque, tendré que buscar a alguien con más seso, se dice Julio, decepcionado por la respuesta.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 87. El merendero

viernes, 26 de marzo de 2021

Libro II. Episodio 85. Es un vaso de agua clara

   Julia ha pensado valerse de que su hermana Consuelo la ha invitado a cenar y, cuando se queden solas, preguntarle sobre su relación con Julio. Una de sus preguntas es si él la quería.

   -¿Qué si me quería? Con toda su alma. Para él también fui su primer amor y eso es algo que jamás se olvida.

   -Y si ambos estabais enamorados, ¿por qué rompisteis?

   Consuelo vacila, da la impresión que duda sobre qué contestar.

   -Yo era muy joven, tenía muchas ganas de perder de vista a nuestra madre, de divertirme, y él… –Aún no ha pronunciado el nombre de Julio, como si algo se lo impidiera- se fue a la mili y a mí me quedaban tres años de guardar su ausencia. ¿Sabes lo que eso supone? Estar tres años, que cuando tienes dieciocho te parecen tres siglos, guardando la ausencia que es como si fueras viuda sin haberte casado. No debes salir de paseo, no puedes asistir a un baile o ir a la feria, te pasas la mayor parte del tiempo en casa como si fueras una monja de clausura, ¡un horror!

   -¿Rompiste solo por qué te aburrías? –La pregunta va cargada de perplejidad.

   -Hubo más motivos. Madre quería que me casara con algún rico heredero y de hecho me buscó varios pretendientes de familias con posibles, a cual más palurdo. Julio –al fin ha dicho su nombre-, entonces no tenía donde caerse muerto. Ya puedes imaginarte que madre lo enfiló desde el primer día, decía que era un cabeza de chorlito y un muerto de hambre. No sé si te acuerdas de las peleas que teníamos. Recordarás, pues tú le abriste el portón, que una noche vino a hablar con madre que le sometió a un interrogatorio como si fuera un robaperas. A pesar de todo seguí con él, pero un día apareció Luis que no tenía nada que ver con los patanes que quería endilgarme madre… y todo cambió. Era amable, parecía encantador y me llenaba de atenciones; encima contaba con el beneplácito de madre…, y Julio estaba tan lejos y tardaría tanto en volver…, y toda esa mezcla de sensaciones y de hechos fue lo que terminó por decantar la balanza.

   -¿Alguna vez te has arrepentido?

   Consuelo al pronto no contesta, cuando lo hace su respuesta es ambigua.

   -Muchas veces me he preguntado si hice bien, pero… a lo hecho, pecho. Si hubiera sospechado lo que me aguardaba quizá no hubiera roto, pero nunca sabes cómo será el futuro. Porque ya ves la clase de vida que llevo: de casa a la tienda y de la tienda a casa. Luis –y baja la voz como si su marido pudiera oírla- de novio era un encanto, pero de marido sabes cómo es, más moro que un sultán -Y dando un giro a sus confesiones, se pone en plan de hermana mayor-. Que te sirva mi experiencia para que no te pase lo mismo. No te enamores de alguien que tenga que hacer la mili, lo de guardar la ausencia es insoportable. No te ennovies con quien no te guste a rabiar, hazlo con alguien que te haga feliz, que te respete, que te haga sentirte segura y querida. Y, sobre todo, no le hagas caso a madre pues te buscará alguien que tenga fanegas, ganaos y duros. Ninguna de esas cosas te hará feliz, te lo digo por experiencia.

   -¿Volviste a hablar con Julio después de la ruptura?

   -Nos hemos saludado de lejos pero nada más. A mí no me ha parecido apropiado hablarle y él no ha hecho gesto de acercarse.

   -¿Ha tenido otras novias?

   -De cuando estuvo en la mili no sé, pero de aquí creo que ninguna en plan formal. Ha salido con alguna que otra moza, pero nunca ha llegado a comprometerse. Lo que cuentan es que ha tenido y tiene muchos líos con mujeres casadas, hasta en alguna ocasión he oído referirse a él como un donjuán.

   -¿Sabes por qué sigue soltero?, igual es que sigue enamorado de ti.

   -Huy, no lo creo, han pasado diez años y eso es mucho tiempo. Supongo que no ha conocido a una mujer que le vaya, y como siempre encuentra algún pendón que le calienta la cama… Veo, Julina, que te interesas mucho, ¿acaso te hace tilín?

   Julia se ruboriza como una colegiala. No sabe por qué, pues no está interesada por Julio en el sentido que pregunta su hermana.

   -Naturalmente que estoy interesada por él, pero no en el sentido que crees. Hasta hace cuatro días era mi competidor y ahora es un aliado comercial. Cuanto más le conozca mejor podré comprenderlo y me resultará más fácil negociar con él. De ahí mi interés.

   -Bueno, tampoco sería tan raro que te atrajera. Sigue teniendo buena planta aunque últimamente se ha puesto algo fondón, es listo y sabe cómo tratar a una mujer, y encima es un buen partido. Aunque para ti es demasiado mayor, lo que necesita Julio es una mujer hecha y derecha y tú todavía eres un huevo a medio cocer.

   La última frase ha escocido a Julia que tiene la réplica en la punta de la lengua…, pero se contiene, piensa que no tiene ningún sentido pelearse con su hermana.

   A Julio le ocurre algo parecido que a Julia, se interesa por ella, por su pasado y sobre todo por su presente y quiere saber más. La única persona de confianza a la que puede preguntar sobre la adolescencia de la muchacha en Malpartida es su amigo Argimiro. Para justificarse le cuenta un pseudomotivo.

   -Sabrás que he llegado a un pacto con el Bisojo; bueno, en realidad con quien he pactado ha sido con tu paisana, Julia Manzano, que es la que lleva la tienda. De esa muchacha, a pesar de que vive con mi madre, no sé casi nada y me interesaría conocerla a fondo, pues de un medio socio, como no sepas cómo respira, te la puede jugar. Dada la amistad de tu mujer con la familia Manzano supongo que Carolina conocerá la vida y milagros de la chiquilla. Pregúntale que puede contarme de ella sobre su vida en el pueblo, especialmente a partir de que se hizo mocita.

   -¿Qué quieres saber exactamente?

   -Pues todo, qué hacía, que amistades tenía, si salía con chicos, que cosas le gustaban, que manías tenía…; en fin, como he dicho su vida y milagros mientras estuvo en el pueblo. Ah, y lo que hace y con quien va cuando vuelve por navidad y en verano. Cuanto más sepa mejor podré entenderla y me resultará más fácil negociar con ella –Sin saberlo, Julio ha dado las mismas razones que dio Julia para indagar sobre su vida.

   Unos días después Argimiro le cuenta que según su esposa, que la conoce desde niña, la vida de Julia en Malpartida es como un vaso de agua clara. Siempre fue una niña como las demás, quizá algo revoltosa, aplicada en la escuela y devota en la iglesia. Y de mozuela no se le conoce que haya tenido novio ni coqueteo con mozo alguno.

   -Entonces, ¿solo eso? –demanda Julio, que por una parte se siente defraudado y por otra aliviado de que la muchacha no tenga una historia tras ella.

   -Bueno, tú conociste a la señora Soledad, tenía a sus hijos en un puño. Y ya que cito a su madre, te contaré un rumor que también afecta a Julina. Dicen las chismosas que la Sole le dio permiso pa irse del pueblo porque estaba celosa de ella. Al parecer, el tío Timoteo, un viejo rico del pueblo, cortejaba a Soledad hasta que comenzó a fijarse demasiao en Julina. Carolina sospecha que eso lo aprovechó la muchacha, que es bastante ladina, pa presionar a su madre y marcharse de casa.

   -Gracias, Argimiro. Si te enteras de algo más ya me contarás.

   Resueltas las pesquisas de la vida de Julia en su pueblo, Julio piensa que la persona que mejor ha de conocer las andanzas de la muchacha en Plasencia debe ser su madre. También es consciente que preguntarle sobre las correrías de su pupila puede ser un arma de doble filo. Lo primero que querrá saber es el porqué de tales preguntas. Y a partir de ahí, los interrogantes se encadenarán. Por lo que opta por no preguntarle. ¿A quién hacerlo?, piensa en su amigo  Cándido pero lo desecha, mejor que sea una mujer. Repasa mentalmente la relación de clientas con quienes tiene mayor confianza… hasta que por asociación de ideas surge un nombre: es discreta y leal, aunque no es amiga suya pero sí su empleada. Le pedirá a Antonina, su dependienta, que haga indagaciones reservadas sobre la vida social de Julia en la ciudad. Utiliza el mismo pretexto que usó con Argimiro.

   -Antonina, sabes que he pactado con el Bisojo. Bueno, en realidad con quien lo he hecho ha sido con Julia, su encargada. De esa muchacha, a pesar de que vive con mi madre, no sé casi nada y me interesaría conocerla a fondo, pues de un medio socio, como no sepas cómo respira, te la puede jugar. De su biografía comercial lo sé todo, pero de su historia como persona sé muy poco. Quiero que, de manera discreta y sin que llegue a enterarse, preguntes por ahí sobre su vida y milagros: con quien sale, con quien entra, que clase de amigos y amigas tiene, en qué emplea sus ratos libres…, en fin todo lo que pueda ser relevante sobre su forma de ser. E insisto, todo ello hecho con la mayor reserva.

   Las indagaciones de Antonina no le llevan demasiado tiempo. A pesar de que Plasencia cuenta a principios del siglo veinte con algo más de ocho mil habitantes, no deja de ser un pueblo en el que todo el mundo se conoce. La investigación de Antonina ofrece un resultado similar al proporcionado por Argimiro. Por decirlo con las mismas palabras: la vida de Julia es un vaso de agua clara. No tiene muchas amigas pero si leales. La rondan varios mozos pero no parece que haya intimado con ninguno. Sus ratos de esparcimiento son contados pues tiene mucho trabajo. Tiene fama de ser buena persona, divertida e ingeniosa y muy religiosa. Puesto que el Bisojo le paga un buen sueldo como encargada con plenos poderes del negocio se la considera un buen partido en el entorno mesocrático de la ciudad. Y poco más. La información de su dependienta provoca en Julio el mismo efecto que la de Argimiro: decepción y alivio. Decepción por tan pocos resultados y alivio por ello.

   -Por lo que cuentas, veo que esa muchacha tiene una vida muy plana, por decirlo de algún modo, ¿no te parece?

   -Es posible, pero ya me dirás que clase de vida puede tener con la de horas que echa en la tienda –comenta con sorna Antonina.

   Al final Julio se queda con la expresión de Argimiro: Julia es un vaso de agua clara. ¡Ojalá nunca se enturbie!, musita.

  

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 86. A vueltas con el sexto

 

viernes, 19 de marzo de 2021

Libro II. Episodio 84. ¿Él te quería?

 

   El Bisojo no ha tenido más remedio que aceptar el acuerdo pactado por su empleada, tuvo que hacerlo cuando Julia le amenazó que si no lo refrendaba le dejaría. Piensa que si tuviera menos años y mejor salud nunca lo hubiese aprobado, pero en las actuales circunstancias considera que es un mal menor. Es consciente de que sin la joven encargada su tienda se iría a pique en cuestión de poco tiempo. Y cuando algún amigo le pregunta que como ha transigido pactar con Carreño su respuesta suele ser la misma.

   -Pues porque más vale un mal pacto que una buena guerra –para a renglón seguido explicarse-. Y eso es lo que mantenía con el judas de Carreño, una jodida guerra comercial de la que estaba hasta los huevos.  

   El Pacto de la Pilarica, como en broma lo denominan los firmantes del mismo en clara alusión a su autora, comienza a producir efectos desde el día siguiente de su puesta en marcha. En el terreno mercantil supone el inicio de una época de paz en la guerra comercial que enfrentaba al viejo y al joven droguero. Cada uno se ha especializado en determinados sectores y se han acabado las temporadas de rebajas en las que llegaban a tirar los precios. El mayor beneficiado con el pacto ha sido Julio que partía de una situación privilegiada, pero al tío Elías tampoco le ha ido mal pues sus cifras de ventas, aunque más modestas, se han consolidado. Con el paso de las semanas la entente entre el mañego y la chinata se ha hecho más sólida y han logrado nuevas ventajas comerciales; una de ellas ha sido que, al unificar sus pedidos de compras y hacerlas en mayor cantidad, han conseguido de los proveedores mejores descuentos. Incluso han ido más lejos, cuando un cliente pide un determinado artículo que no tienen le indican que lo tendrá a su disposición en unas horas, entonces lo que hacen es pedirlo a la otra tienda repartiéndose la ganancia. Esta última práctica al Bisojo le sentó a cuerno quemado, pero ante la firme postura de Julia tuvo que callarse.

   -Señor Elías, en mi pueblo dicen que el que algo quiere algo le cuesta. Y si queremos mantener el pacto, que tan bien nos va, no tenemos más remedio que transigir en cuestiones como esta que además ha sido idea mía –Es lo que hace Julia continuamente, de cada una de las novedades que van incorporando al acuerdo afirma que se le ha ocurrido a ella, con lo que al Bisojo no le queda otra que asumirla.

    Las consecuencias comerciales no han sido las únicas del Pacto de la Pilarica. Otro efecto ha sido la buena relación que se está forjando entre los dos hacedores del acuerdo. Casi todos los domingos, Julio almuerza con su madre y Julia, y las sobremesas se alargan hasta mediada la tarde. Al principio hablaban casi exclusivamente del negocio, pero a medida que han ido pasando las fechas los temas de conversación han ido mutando, pues ahora charlan sobre cualquier cuestión, salvo una parcela en la que aún no se han atrevido a entrar: la vida personal. Y no lo hacen porque Julia de ese campo tiene poco que contar y Julio porque es consciente de que sus turbios lances amorosos no son los más adecuados para relatarlos a una jovencita que en asuntos de sexo está más verde que una novicia.

   Hay domingos en los que se les une una cuarta invitada a los almuerzos, Etelvina. Cuando forman un cuarteto suelen echar alguna partida al parchís, por lo que en más de una ocasión las sobremesas se alargan hasta el anochecer. Julia disfruta como una chiquilla con el juego, en el que pone la misma pasión e intensidad que en sus actividades mercantiles. Julio asiste complacido al ver el entusiasmo que las tres mujeres demuestran ante el tablero. Y más de una vez se ha preguntado: ¿qué dirían mis amigos si me vieran pasando los domingos con dos señoras que van para viejas y una jovencita que se emociona y grita como una quinceañera cuándo gana? Mejor que no lo sepan porque sería el hazmerreír del casino. Otra consecuencia del pacto es que ahora Julia sale menos a pasear que antes, está más atareada y tiene menos interés en flirtear con los mozos que la siguen rondando. En cuanto a Julio le ocurre algo parecido: asiste con menos frecuencia a la tertulia del casino, visita menos los burdeles y sus aventuras amorosas van declinando.

   La tercera en discordia en esas tardes dominicales, Pilar, está encantada de cómo se desarrollan los acontecimientos. En ocasiones toma parte de las charlas, pero frecuentemente deja solos a ambos jóvenes con el pretexto de que va a echar una cabezadita. Y es que, domingo a domingo, otro plan comienza a germinar en la fértil imaginación de la aragonesa: unir a sus dos seres más queridos, no ya en los negocios sino en los sentimientos. Cada vez es mayor su convencimiento de que Julia quizá sea la única mujer que conoce capaz de conseguir que el balarrasa de su hijo siente la cabeza. A mis años y estoy pensando convertirme en una celestina, se dice. A pesar de esa percepción no hace nada, ni piensa hacerlo, para que ambos jóvenes se enamoren, le da tiempo al tiempo y, eso sí, reza para que su deseo se haga realidad. A la única que ha hecho partícipe de su anhelo es a Etelvina, quién sí es partidaria de forzar la situación.

   -Pues que quieres que te diga, Pilar, yo si forzaría la mano para intentar unirlos. Lo de los matrimonios concertados por las familias es una costumbre muy arraigada y no suelen salir mal, sobre todo cuando la pareja llega a cierta edad. Cierto que Julia todavía es muy joven, pero lo que es a tu hijo se le puede pasar el arroz.

   -¿Crees que a mis años voy a hacer de celestina? Ni quiero, ni puedo, ni debo. Todo lo que debería hacer ya lo hago; mejor dicho, lo hacemos, ¿o tengo que recordarte quién me ayudó a conseguir el Pacto de la Pilarica como lo han bautizado los chicos? Además, ya conoces la máxima: casamiento y mortaja del cielo bajan.

   -Yo creo que lo que te pasa es que tienes miedo –replica Etelvina.

   -¿Miedo, de quién o de qué? –inquiere Pilar un tanto mosqueada.

   -De que si terminan emparejándose, tu hijo, por aquello de que la cabra siempre tira al monte, la engañe con la primera que se le ponga a tiro. Y con lo que tú quieres a esa chiquilla sufrirías mucho.

   -Mira, eso es de lo poquito que no me quita el sueño. Si de algo estoy segura es que a Julia no la van a engañar tan fácilmente, ni mi hijo ni el tipo más taimado de estos andurriales. Julia tiene el suficiente sentido común, la astucia y el coraje como para dejar las cosas bien claras desde el día de la boda. La mayoría de los hombres engañan a sus esposas porque no les han puesto los puntos sobre las íes desde el primer día. Y eso es algo que no le ocurrirá a nuestra Julia; podrá errar en otras muchas cuestiones pero no en esa. Al menos si sigue mis consejos.

   Mientras ambas amigas y conspiradoras disienten sobre si sería aconsejable o no empujar a los anteriormente rivales a que den un paso más allá y se conviertan en algo más que amigos, la pareja prosigue sus amistosas charlas, como la de esta tarde en que Julio está contando a su joven amiga anécdotas de su paso por el ejército y casi sin darse cuenta en un determinado momento se refiere a Dolors…

   -¿Quién es Dolors?

   -Ah,… es una chica mallorquina de la que fui amigo durante la mili.

   -¿Solo amigo? –pregunta con retranca Julia.

   -Solo amigo, ¿o es que un hombre no puede tener amigos que sean mujeres?

   -No lo sé, pero no debe ser fácil tener amigos del otro sexo, al menos es lo que pienso.

   -¿Tú no conoces chicos que sean amigos tuyos?

   Julia se lo piensa.

   -Creo que no. Conozco a chicos con los que simpatizo, charlo y bromeo con ellos, pero no los considero amigos, sino simples conocidos.

   -Eso es raro. Vamos a ver, bonita, ¿tú qué entiendes o cómo definirías la amistad?

   Por toda respuesta, Julia se levanta y se dirige al cuartito que Pilar usa como estudio. Retorna al momento con un gordo libro bastante manoseado.

   -El diccionario de la Real Academia Española –indica señalando el mamotreto-. Veamos cómo define la amistad –y lee-: Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. Eso es lo que entiendo por amigo, una persona por la que sientas ese afecto puro y desinteresado. Y me ratifico, no, no tengo amigos que sean hombres.

   A Julio le impacta la seguridad con la que la jovencita habla y lo claro que tiene las ideas aunque él no las comparta. Un ramalazo de algo que no sabe definir le sacude de la cabeza a los pies. Esta mocosa es una mujer de armas tomar, se dice. El tío que la acompañe al altar se llevará un bombón que además tiene una mente lúcida, pero que también le pondrá las peras a cuarto en cuanto intente desmadrarse un tanto así. No le arriendo las ganancias.

   Julia no ha olvidado su intención de preguntar a Consuelo por su relación con Julio. Una noche en que su hermana la ha invitado a cenar, en cuanto su cuñado las deja solas, pues acostumbra a acostarse pronto, aprovecha la ocasión para preguntarle.

   -¿Sabes que hemos llegado a un pacto con Julio Carreño para dejar de hacernos la competencia?

   -Ah, ¿sí?, ¿y eso para vosotros es bueno o malo?

   -Los pactos suelen hacerse para solventar situaciones espinosas, por lo que se supone que el acuerdo debe ser bueno para ambos. Hablando de Carreño –prefiere aludirle por el apellido como una manera de hablar de alguien sobre quien no tiene mayor interés-, creía que era un borde y un chulo, pero tratándole de cerca es más buena gente de lo que parece. Tú fuiste novia suya o, al menos, saliste con él una temporada. Todavía recuerdo las broncas que madre te echaba. Me pica la curiosidad, ¿por qué rompisteis?

   Consuelo vacila. Duda de si contarle a su hermana la verdad o divagar como forma de no decir nada. Al final opta por la sinceridad.

   -Fue el gran amor de mi vida –y está en un tris de añadir y el único, pero no lo hace-. Y a estas alturas no tengo muy claro por qué rompí, pues fui yo quien le dejó. Me he preguntado muchas veces si hice bien, pero…

   -¿Él te quería?

  

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 85. Es un vaso de agua clara