viernes, 11 de septiembre de 2020

Libro II. Episodio 57. Una alumna deplorable

   La negociación entre el Bisojo y doña Pilar, por un nuevo salario para Julio, la llevan a cara de perro. A la réplica de uno le contradice prestamente el otro. Así, cuando el viejo droguero dice que buscará a alguien de fuera para sustituir a Julio, la maestra le expone los riesgos que ello puede conllevar.

   -Usted conoce a la gente de la ciudad mejor que yo, por tanto sabe que alguien de fuera siempre será visto como un forastero, y la gente recela comprarle a un desconocido –El Bisojo hace ademán de intervenir, pero la aragonesa le ataja-. Sí, sé lo que va a decir, que el chico también era un desconocido, pero ahora ya le conocen. Y además, todo el mundo sabe quién es su madre –Lo dice como si no fuera ella-. En cambio, si trae a un forastero, hasta que la gente se familiarice con él, perderá un chorro de clientes. Ah, y una cosa que no le he contado. El otro día me tropecé con doña Enriqueta, la señora del notario, y me contó que había ido a la tienda porque doña Herminia, la esposa del doctor Marchena, se la había recomendado, pues según ella le atendió un joven dependiente del que se deshizo en elogios por lo bien que la había tratado. Lo que quiere decir que el chico está consiguiendo algo de lo que usted no ha sido capaz: que las señoras de la buena sociedad compren productos en su tienda en vez de encargarlos a Cáceres.

   Da la impresión que el Bisojo, si no se ha rendido, sí ha bajado la guardia. Lo prueba su propuesta.

   -Y si lo dejamos en el ocho, ¿bastaría?

   -Sería mejor el once –contraoferta la maestra.

   -Llegaría hasta el nueve, y esa es mi última palabra.

   -Dejémoslo en el diez y medio –rebaja Pilar.

   -Ni pa usté ni pa mí, que sea el diez.

   Pilar no contraoferta, en vez de ello extiende su mano que el tío Elías se apresura a estrechar.

   -El chico se queda, pero a costa de que usté me haya sangrao como a un cochino por San Martín –se lamenta el Bisojo.

   -Con esas cifras creo que se quedará, pero para estar más seguros no estaría mal que también le diera el aguinaldo, una paguita extra de cuarenta duritos reforzaría su permanencia –remacha Pilar.

   -¡Mecagondié, señora, es usté más dura que el granito de Gredos! ¡Y eso que no sabía negociar, si llega a saber me deja como mi madre me trajo al mundo, en cueros!

   -Un último ruego. De esta conversación ni una palabra a Julio –Al fin ha dejado de citarle como el chico-. Mi hijo, como la mayoría de la gente joven, es orgulloso y podría sentarle mal que haya negociado a su espalda. Por eso lo mejor es que, cuando le lleve los balances, y antes de que diga una palabra, le cuente que como está satisfecho con su desempeño le va a subir la paga y la comisión. Y, aunque ahora no lo crea, le aseguro que ha hecho el mejor negocio de su vida. Palabra de aragonesa.

   -Si el chico vale la mitá que usté, no lo dudo.

   Al día siguiente, cuando Pilar llega a casa, cansada tras la sesión escolar vespertina y la atención al grupo de bachillerato, se encuentra con la sorpresa de que encima de la mesa hay una botella de sidra.

   -¿Y eso, es que hay algo que celebrar? –pregunta haciéndose la desentendida.

   -Hay mucho –contesta un sonriente Julio-. Siéntate, porque lo que te voy a contar es para no creérselo –Y le relata que, cuando ha ido a llevarle las cuentas al tío Elías, se ha encontrado con la sorpresa que menos podía esperar-. Me va a subir el sueldo, me aumenta la comisión hasta el diez y, para colmo, me ha dado cuarenta duros de aguinaldo. Todavía me estoy pellizcando para hacerme a la idea de que esto no es un sueño, sino realidad.

   -¡Pero bueno, hijo, dame un abrazo! –Exclama, alborozada, Pilar-. ¿Te acuerdas de lo que te he repetido tantas veces sobre que la paciencia acaba dando frutos dulces?, pues ya ves que es cierto. ¿Y te ha dicho el motivo del aumento? –La pregunta de Pilar tiene su aquel, es para constatar si el tío Elías le ha contado al chico su intervención.

   -Pues que está muy satisfecho con mi trabajo, que he logrado aumentar las ventas y que varias clientas le han hablado mucho y bien de como las trato.

   -O sea, que te has ganado el aumento a pulso. No tengo palabras para expresarte lo orgullosa que me siento, hijo. Abre esa sidra que hay mucho por lo que brindar.

   Pilar, después de la sesión escolar de las tardes, se queda con el grupo de alumnos que estudian con ella el bachillerato. Su metodología es dudosamente pedagógica, pero al parecer es eficaz. Cada uno de los chicos debe aprenderse de memoria una lección del libro de texto recomendado por el profesor de cada asignatura del instituto de Cáceres, con el que en junio tendrán que examinarse por enseñanza libre. La maestra reúne en torno a ella a los alumnos del mismo curso y pide que cada uno recite la lección aprendida, e insta a los demás a que estén atentos y comparen lo que canta su condiscípulo con lo que cada uno sabe. Esta tarde tiene reunidos a los del ingreso y primero, son alumnos muy disciplinados y estudiosos salvo uno que es deplorable, Julia Manzano, pues habla de pena, apenas si estudia e incluso hay días que no recita la lección alegando excusas como la que manifiesta esta tarde.

   -¿Y que tripa se te ha roto hoy, Julia?, ¿por qué no has podido estudiar?

   -Seña maestra, no he tenío tiempo porque m´a tocao cuidar a los críos de mi hermana, pos la criá que tie pa cuidarlos se ha puesto malucha, y como ella ha de ocuparse de la tienda, m´a tocao quedarme con ellos.

   Puesto que es el enésimo pretexto que aduce la niña, Pilar opta por cortar por lo sano. Está hasta el moño de los subterfugios de la muchacha y piensa que no tiene ningún sentido continuar dándole clase a una niñata que, por lo que parece, no tiene voluntad ninguna de aprender.

   -Está bien, Julia. Luego te daré una nota para que se la des a tu madre –Pilar ya está redactando mentalmente lo que piensa decirle a la madre de la muchacha: Su hija es muy lista, pero no le gusta nada estudiar y eso no puedo arreglarlo, por lo que le aconsejo que no malgaste el dinero con ella. Va a indicar a la mozuela que puede retirarse, pero es más fuerte su pulsión docente y opta porque la chicuela, al menos hoy aprenda algo-. Julia, trae tu cuaderno. Vas a copiar veinte veces las frases que escribo –Y cogiendo la libreta redacta: No se dice tenío, sino tenido. Se dice para, no pa. Pos es incorrecto, lo correcto es pues. Tie está mal dicho, hay que decir tiene. No es tocao, sino tocado. Cuando la muchacha ve el montón de frases que debe copiar protesta ruidosamente.

   -¡No pue usté ponerme tantos deberes! Madre dice que usté está aquí pa enseñarnos, no pa hacernos trabajar como mulos.

   Pilar está en un tris de contestar como es debido a la insolente niña, pero se controla, no debe ponerse al mismo nivel de una cría de diez años.

   -Ve a tu pupitre, copia las frases que te he puesto en el cuaderno y, cuando termine con estos caballeretes, tú y yo vamos a charlar largo y tendido. Hala, a trabajar, y no como un mulo, sino como una persona responsable.

   Cuando casi al final de la tarde Pilar acaba con los demás alumnos, llama a la niña.

   -Julia, yo solo quiero tu bien, quiero que aprendas para que el día de mañana seas una mujer educada, culta e incluso que puedas estudiar una carrera si te apeteciera. Por eso, te ruego que seas sincera conmigo. Puedes decir lo que quieras que te prometo que no te voy a reñir. ¿Por qué no te gusta estudiar?

   La muchachita, cuyo semblante hosco revela su estado de ánimo, vacila. No sabe qué contestar, sí la verdad o largarle una trola a aquella marimandona de maestra.

   -Pos verá…, a mi lo de estudiar esos libracos, de los que no entiendo de la misa la mitá, me la repanchinfla –Pilar se dice que tendrá que buscar en el diccionario el verbo repanchinflar, si es que existe-. Si estoy aquí es porque mi hermana Consuelo, que es más cursi que un repollo con lazo, s´a empeñao en que tengo que hacer, al menos, el primer ciclo del bachillerato y aluego igual estudiar pa maestra o pa enfermera. Y s´a empeñao porque ella no pudo hacerlo, pos se murió mi padre y tuvo que echar una mano a madre. A mí donde me gusta estar es en el pueblo, jugando con las amigas y, si falta hace, ayudar algo a madre que siempre va mu aperreá. Lo de estudiar no me va na. Y pa decirle toa la verdá, mi madre tampoco está mucho por la labor, me refiero a lo de que estudie. Dice, y creo que tie razón, que ella nunca estudió más que lo de la escuela del pueblo y nunca le hizo falta saber na más, pero…

   -Dime, Julia, sin miedo alguno –la anima Pilar.

  -Pos lo que le he dicho, que es Consuelo la que está emperrá en que estudie. Y también ha sio ella la que aconsejó a madre que me enviara con usté, pos dice que es mu buena maestra y… le he de confesar que yo creo que enseña mu bien, pero cuando abro uno de esos libracos que hizo comprar a madre y comienzo a leer, la mitá de las palabras no las entiendo y eso es como querer hacer gachas sin tener harina de almorta –Pilar no ha podido evitar esbozar una leve sonrisa por la alusión a las gachas, pero piensa que la muchacha, todavía una niña, ha construido ordenadamente su relato, bien que dándole unas patadas al diccionario que válgame Dios. Pese a todo, y más después de la charla, está convencida de que la chiquilla tiene potencial. El problema está en cómo saber entrarle, algo que evidentemente ella no ha sabido hacer hasta la fecha. Pilar, se dice, te ha faltado psicología. Como se ha abstraído, no acaba de entender lo que termina de preguntar la muchachita.

   -¿Qué dices?, no te he entendido.

   -Que si me da la nota pa mi madre.

   Pilar se lo piensa durante un minuto y opta por cambiar su modelo de actuación, y para que funcione necesita ganarse la confianza de la niña.

    -No te voy a dar ninguna nota. Vamos a hacer otra cosa. Para mañana no estudies nada, vienes a la hora de siempre y no es necesario que traigas ningún libro, basta con un cuaderno y un lápiz.

   -¿Y qué voy a hacer, copiar otra vez lo que usté me ponga en la libreta? –pregunta una recelosa Julia.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 58. ¿Me puede dar en la espalda?

 

sábado, 5 de septiembre de 2020

*** Post info. 15. Publicación del episodio 55. El descubrimiento de los márgenes

   Un amable seguidor del blog me alerta que falta por publicar el episodio 55 de la novela Los Carreño. Dicho episodio, titulado El descubrimiento de los márgenes, figuraba como colgado en mi máster del blog el 28.08.20, pero no me di cuenta de que estaba como borrador, por lo cual no se publicó para los lectores.

   Enmiendo ese error, pido disculpas, y hoy lo publico. Gracias a Jorge R.C. he podido rectificar la omisión. Vale.

Libro II. Episodio 55. El descubrimiento de los márgenes

   Los domingos son los días vacíos de Julio, no sabe qué hacer. Ha hecho algún amigo ocasional, pero no ha llegado a intimar con nadie. Un buen día se da cuenta que una de sus clientas, una moza sobre la veintena, frecuenta la tienda más de lo usual aunque no siempre compra, la mayor parte de las veces solo curiosea. Julio comienza a dar palique a la chica que le pone buena cara y hasta se ríe cuando le cuenta alguna anécdota chusca. Tras unos días de cháchara le pregunta si no le importa que vaya a verla al cerrar la tienda.

   -Pues venir, puedes, pero no creo que vayas a verme. Sirvo de criada en casa de don Práxedes, el registrador de la propiedá, y trabajo todo el día. Solo libro los domingos y algunas fiestas.

   La pareja queda en que se verán el domingo. Nico se llama la joven, Julio supone que debe ser el diminutivo de Nicolasa. El domingo, sobre las cuatro y algo, aparece la moza de punta en blanco. El mañego se maravilla de lo cambiada que está, aunque no se la ve tan desenvuelta, se corta fácilmente, por lo que Julio se inclina por ser él quien lleve el peso de la conversación. Como no sabe qué temas le pueden interesar, opta por contarle sucedidos de cuándo viajaba por los pueblos de la provincia. ¡Y acierta!, pues resulta que Nico es de Jarilla, un pueblecito situado en el Valle del río Ambroz, una de las rutas que recorría. En cuanto le dice que conoce su pueblo, un villorrio de poco más de cien vecinos, la joven parece recuperar el aplomo.

   -Pues si conoces mi pueblo, comprenderás porqué me vine a servir. Allí no hay ná que no sea partirte los riñones de tanto agacharte pa sacar de la tierra unas patatas y algo de cereal. Si encima eres la mayor de ocho hermanos, no te queda otra que buscarte los garbanzos fuera del pueblo y así tu madre tiene un plato menos que poner en la mesa.

   A Julio le sorprende que la chica, siendo de donde es e imaginando que su formación, en el supuesto de que tenga alguna, debe de ser muy elemental, habla razonablemente bien aunque se le escape algún modismo extremeño. Su curiosidad puede más que su discreción y le pregunta a qué es debido.

   -A mi señora, que es más buena que el pan. Se ha ocupado de mí desde que entré a servir con catorce años. De más chica me hacía leer un rato la mitad de los días. Cada vez que decía mal una palabra me corregía al momento -Metida en el campo de las confidencias, la joven le cuenta que su señora se gasta una pequeña fortuna en potingues para el rostro, las manos, las piernas…-. Se da crema en to el cuerpo y, como ni en las farmacias ni en tu droguería se venden las marcas que usa, las encarga a Cáceres y en ocasiones a Madrid -Esa información despierta el interés profesional del aprendiz de droguero.

   -Te voy a pedir un favor. Escribe en un papel las marcas de crema que usa tu señora y el primer día que vengas a la tienda me lo traes.

   Los jóvenes terminan la tarde en un merendero donde han tomado chocolate con churros y han jugado a la ruleta del barquillero. Nico ha disfrutado como una niña jugando. Lo que no puede la pareja es bailar porque este domingo no hay música. Julio se ha portado en todo momento como un caballero y no ha hecho nada que pudiera incomodar a la joven. Hacia el final, ha hecho un torpe intento de acariciarle una mano, lo que ha evitado la moza retirándola suavemente pero con firmeza. El mañego no ha vuelto a intentar ningún otro acercamiento, hecho que Nico parece apreciar pues se despide con su mejor sonrisa, y en cuanto Julio dice de verse el próximo domingo la respuesta de la joven no deja lugar a dudas.

   -A ver si tenemos suerte y podemos echar unos bailes.

   Al inicio de la nueva semana Julio atiende a unas compradoras de una categoría a la que no está acostumbrado. Han sido dos señoras muy emperifolladas, que han acudido a la droguería acompañadas de sus doncellas. Las damas han comprado artículos de belleza y han pagado religiosamente, sin regatear. Hasta ahí ha sido una venta normal, pero para el mañego ha resultado una experiencia frustrante porque no ha sabido cómo tratarlas. Se ha sentido cohibido, se ha cortado y ha hablado poco y mal. Cuando llega a casa para almorzar se lo cuenta a su madre.

   -… y lo cierto es que estuve apocado y sin saber qué decir. Como vendedor he debido parecerles un pasmado.

   -Por lo que cuentas, debes haber atendido a dos señoras de la alta burguesía placentina. Tendrás que acostumbrarte a tratar con esa clase de clientas porque al ser la única droguería que hay en la ciudad no será esta la última vez que las tendrás en la tienda.

   -Lo que me ha dejado mal cuerpo es que creía estar preparado para vender a toda clase de clientes, pero visto lo de hoy parece que no es así. ¿Puedes darme algún consejo al respecto?

   -Analicemos lo ocurrido –Doña Pilar se apresta a sacar su vena analítica-. Unas compradoras bien vestidas y acompañadas de sendas doncellas, eso significa que se trata de señoras de buena posición. A unas clientas así hay que tratarlas con el debido respeto, nada de tuteos, de usted y de señora. Y en cuanto te hagas con sus nombres, llámalas doña fulana y doña sotana aunque sean analfabetas. Nada de regateos, dices el precio por alto que sea y te mantienes en él. Si no tienes el artículo solicitado les dirás que tomas nota del mismo y que pedirás a tus proveedores que te lo remitan a vuelta de correo. Y cuando termines la venta, te adelantarás y les abrirás la puerta de la tienda en gesto atento, pero sin caer en el servilismo….Ah, y nunca te dirigirás a las doncellas, como si no existieran… Y no se me ocurren más cosas.

   -Madre, creo que te has pasado. Más que un dependiente les voy a parecer un lacayo.

   -¿Tú quieres vender o no? Si esa clase de compradoras creen que eres un patán posiblemente continuarán yendo a la droguería, pero porque es la única. Si un día se abre otra, no irán donde hay un empleado zafio. En cambio, si estiman que las tratas con respeto lo más seguro es que las fidelizarás como clientes. Y esa clase de compradoras son las que sabrán apreciar si vas bien trajeado o hecho un andrajoso -Julio queda pensativo. Sabe que su madre no da puntada sin hilo, que todo lo que dice o hace tiene algún objetivo, normalmente beneficioso para él.

   Comienza 1894 y Julio sigue al frente de la tienda, pues el Bisojo no solo no ha mejorado de su artritis, sino que además tiene un ataque de ciática en la zona lumbar que le lleva a mal traer. Al mañego le ha tocado hacer el balance de fin de año y el inventario de la mercancía existente. Por eso, y por vez primera, se ha tenido que poner en contacto con los diversos mayoristas que suministran el material. Lo que le ha servido para comprobar cuáles son los márgenes comerciales de la droguería. Al ver lo mucho que gana su patrón y lo poco que le sigue pagando se coge un cabreo monumental. Al llegar a casa cuenta a su madre lo que ha descubierto de los márgenes. Visto lo cual está más empeñado que nunca en volver a pedirle que le aumente el salario o que le suba la comisión.

   -… y si se niega o vuelve a darme largas lo voy a plantar. Que se haga cargo de la droguería con su artritis y su ciática, que mi menda no está dispuesto a que me pague una miseria con los márgenes con los que trabaja.

   -Vamos a ver, hijico. Te he dicho otras veces que un ultimátum suele servir poco con gente como el señor Elías. Por otro lado, no se deben de tomar decisiones, y más si son importantes, en momentos de enfado. Piensa fríamente. Si te despides, ¿qué harás, en qué trabajarás, dónde encontrarás un empleo como el que tienes? Te puede resultar duro oír esto, ¿pero dominas algún oficio, tienes una carrera, te has especializado en alguna actividad? Conoces la respuesta. Podrás decirme que hay muchos trabajos que no requieren saber un oficio, haber estudiado o estar especializado. Cierto, ¿pero qué clase de trabajos?, ¿bracero, peón de albañil, porquero, gañán…? No es imposible, pero sí muy complicado, que encuentres en Plasencia o en los pueblos de su entorno un trabajo como el que ahora tienes… -doña Pilar hace una pausa pues se ha acalorado, lo que aprovecha su hijo para protestar.

   -Madre, sabes que te respeto muchísimo, pero no estoy de acuerdo con alguna de las cosas que has dicho. Y si te soy sincero, he de añadir que algunas me han dolido. Es verdad que no tengo ningún oficio, pero sí tengo buenos conocimientos de contabilidad y una cultura general bastante aceptable. ¿Y qué me propones?, ¿lo mismo de siempre?, ¿qué me calle, que aguante carros y carretas? Me pides demasiado. Voy a cumplir veinticinco años y creo que es hora de que tome mis propias decisiones.

   -Como quieras, hijo. Es tu futuro el que está en juego, y es cierto que has de ser tú quien decida lo qué hacer, pero ándate con pies de plomo cuando hables con el señor Elías. ¿Cuándo piensas hacerlo?

   -En dos o tres días tendré finalizado el balance y el arqueo de la mercancía que hay que reponer.

   Y ahí acaba la discusión. Pilar teme que Julio, quizá por un orgullo mal entendido, pueda echar por la borda su porvenir. Porque la aragonesa tiene proyectos a largo plazo. Ha pensado que el tío Elías no tiene herederos ni, que ella sepa, familiares cercanos que pudieran hacerse cargo de la droguería si su enfermedad se hiciera crónica o tuviera que jubilarse. En esos casos, Julio sería el mejor situado para reemplazarle en el negocio. Podrían acordar un traspaso, un alquiler o, mejor aún, la venta de la tienda si el precio estuviera a su alcance, y para ello sabe que el señor Dimas le prestaría la cantidad necesaria a un interés más blando que el usual. Pero tal y como se ha puesto su hijo todos esos planes a largo plazo tienen un negro futuro. Tendré que hacer algo, se dice la aragonesa. Por si le faltaban preocupaciones, acaba de enterarse de que su hijo está saliendo los domingos con una moza, de la que solo sabe que sirve en casa de don Práxedes, el registrador de la propiedad, y que es de Jarilla.

   Dios quiera que lo de los márgenes no le nublen el juicio a Julio, musita.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 56. Entre pillos anda el juego