En Plasencia, doña Pilar
sigue muy atareada con su pluriempleo. Últimamente, y por lo que le cuenta a
Julio en sus cartas, le ha dado por hacer planes de futuro. Piensa en el
establecimiento que su hijo podría montar cuando vuelva de la mili. Julio le ha
sugerido que localice cual sería el municipio más idóneo donde ubicarlo. El
azar, en forma de un accidente sufrido por el tío Bronchales, le ha deparado la
ocasión de conocer mejor otros pueblos y ciudades extremeñas. El usurero fue
atropellado por un carro, los mal pensados creen que aposta. Fuera adrede o no,
a resultas del atropello le tuvieron que escayolar una pierna y anda, malamente,
apoyado en una muleta. Debido a lo cual, y aprovechando los fines de semana y
festivos, ha tenido que acompañarle en algunos de sus viajes por los pueblos y
ciudades de la región; de ahí la maestra ha sacado el ranking de los municipios
extremeños con más habitantes que está encabezado por Badajoz, luego le siguen
Cáceres, Mérida, Plasencia, Don Benito, Almendralejo y Villanueva de la Serena.
Piensa que en todas esas ciudades, Julio se sentirá forastero y aislado pues no
conoce a nadie; hay una excepción, Plasencia. La ciudad del Jerte es el centro
neurálgico del norte de la provincia cacereña. El municipio placentino está
rodeado por poblaciones de seis comarcas: el valle del Jerte, La Vera,
Monfragüe, valle del Alagón, valle del Ambroz y Trasierra-Tierras de Granadilla,
de las que es su capital natural. La ciudad es sede episcopal y capital de
partido judicial, y al ser la urbe más poblada del norte de Extremadura acoge
diversos servicios tanto estatales como regionales, lo que incrementa el número
de visitantes que recibe. La economía del municipio se basa principalmente en
el sector servicios, pues en la ciudad hay numerosos establecimientos
comerciales. Por tanto, la localidad placentina por su emplazamiento, población
y tráfico mercantil es la más idónea para establecerse. Y además cree que el
chico no se sentirá forastero, ha estado muchas veces en ella y tiene amigos y
conocidos; a lo que hay que añadir un dato más importante, ahora también ella
vive en Plasencia.
Cuando Julio recibe la carta
de su madre en la que le cuenta su análisis sobre la posible localización de su
futuro, y todavía desconocido negocio, situándola en la ciudad que tiene como
lema Ut placeat Deo et hominibus (para agradar a Dios y a los hombres), no puede menos que
alegrarse de lo inteligente y sagaz que es su progenitora. En su respuesta le
dice que está de acuerdo con ella. Ya tiene un problema menos, el de dónde
establecerse, ahora falta por definir el qué, cuestión que no es moco de pavo,
pues sigue sin tener claro qué clase de negocio podría montar, aunque cada vez
se decanta más porque sea un establecimiento donde vender…, solo le falta
definir el qué.
El 29 de septiembre es la
festividad de San Rafael, Patrón de los Mutilados Militares. Con
tal motivo, el Capitán General ha invitado a todo el personal de la Almudaina a
un almuerzo extraordinario a celebrar en el comedor del cuartel de caballería.
Julio, que está en época de vacas flacas, piensa que si va se ahorrará una
comida. El almuerzo extraordinario consiste, para no perder la costumbre, en unas
paellas en las que sobresalen las gambas arroceras, algún que otro langostino y
abundantes mejillones. La comida discurre entre el natural bullicio de la gente
joven. El mañego no es de los que más come porque la paella sabe más a rancho
cotidiano que al genuino plato valenciano; así se lo confirma un levantino de
pro, su amigo Chimo Puig, que en un aparte le dice:
-Esto tiene de
paella valenciana lo que yo de obispo.
Otro motivo que ha
propiciado que Julio acuda a la celebración es que hoy está de cabo de guardia
en la compañía de servicios. Como un par de horas después del fin del almuerzo,
tiene que dar cuenta al sargento de guardia de la primera baja, un soldado que
sufre fuertes retortijones y una diarrea persistente. En las horas siguientes
hay un goteo de bajas que se ven incrementadas al atardecer. Los síntomas son
similares en todos los casos: diarrea, acidez gástrica, incontinencia, y en los
casos más graves sangrado, náuseas, vómitos y fuerte dolor abdominal. El
dormitorio de la compañía de destinos más parece un hospital que un habitáculo
para dormir. Antes de que anochezca, Julio presenta al sargento de guardia el
parte con la relación de bajas.
-A sus órdenes, mi
sargento, el parte de bajas; hasta el momento son 34 y aumentando. Solo falta
añadir una más, la mía –El mañego sufre idénticos síntomas que sus camaradas y
apenas se puede tener en pie.
En vista de que el
caso se ha convertido en una epidemia, todos los afectados son recluidos en el
dormitorio de la compañía y posteriormente ingresados en el hospital militar de
Palma, que hasta 1847 fue el monasterio de Santa Margarita. El diagnóstico fue bastante rápido: se trataba de un
severo proceso gastrointestinal producido por algún ingrediente tóxico de las
paellas del cuartel de caballería, puesto que todos los afectados habían comido
allí. Julio fue de los últimos en caer, pero quizá por eso su estado fue uno de
los más críticos, llegó a estar más de diez días sin probar nada sólido, siendo
nutrido e hidratado a través de un gotero. Como suele ocurrir, no todos los que
comieron las fatídicas paellas enfermaron, Chimo Puig fue uno de los que no se
contagió, y fue la segunda cara amiga que vio Julio cuando despertó del estado
semicomatoso en el que llegó a estar. Aunque el primer rostro que vio, muy
demacrado, fue el de uno de los hermanos Salinas.
-Pijo, creía que no volverías
a abrir los ojos.
-¿Dónde estoy? –pregunta
Julio con una voz apenas audible.
-Donde está o ha estado media
Capitanía, en el hospital militar.
Al oírle, el mañego recuerda
que presentó su propia baja al sargento de guardia, que lo metieron en uno de
los catres de la compañía de servicios… y ya no recuerda más.
-¿Cuántos días llevo aquí?
-Desde el maldito 29 de septiembre.
-¿Tú también estás enfermo?
-Sí, pero mañana me dan el
alta. A mi hermano se la dieron ayer.
-¿Y qué hemos tenido?
-Los médicos han dicho un
nombre de esos que manejan y que no entiende nadie. De mí para ti, que lo que
hemos tenido ha sido una cagalera del carajo.
-¿Y a
qué fue debida la cagalera? –El tono de voz de Julio poco a poco va
entonándose.
-Todavía
no lo saben, pero la Voz de Capitanía ha hecho correr el rumor de que la causa
fue una partida de mejillones en mal estado. Han abierto un expediente y dicen
que rodarán cabezas, pero al final echarán tierra al asunto y no pasará ni
pijo, como siempre. Eso sí, a nosotros nos han dejado bien jodidos. Hombre,
mira quien está aquí, el cartero valenciano. Te dejo con él.
Chimo
Puig saluda a su amigo y deja encima de la mesilla unos libros.
-Me
han dicho que te vas a poner bien y que en cuanto controles lo de ir al váter
te darán el alta. Te he traído unos libros y saludos de Carbonero y su gente.
Vinieron a verte, pero como estabas inconsciente no pudieron hablar contigo.
En
ese momento, Julio se da cuenta que de la Secretaría de Justicia no ha venido
nadie a verle, al menos hasta hoy. Y creía que eran sus amigos.
-Según Salinas hemos tenido una cagalera del carajo y, al
parecer, la causa fueron unos mejillones podridos
–comenta Julio.
-Es
posible. Los médicos dicen que habéis sufrido un proceso
gastrointestinal severo. O si lo prefieres, una infección de collons, pero que ya estáis fuera de
peligro. No todos habéis corrido la misma suerte. ¿Recuerdas al pelirrojo
catalán que trabajaba en la sección de cartografía?, pues la ha palmado. La
intoxicación le provocó una peritonitis aguda y no pudieron hacer nada por él,
murió en el quirófano. Pero tú, tranquilo, en tres o cuatro días te darán el
alta y estarás rebajado de servicio otro par de semanas más –y el morellano
agrega lo que sabe que será el mayor aliciente para ayudar a la recuperación
del mañego-. Y hasta se dice que es posible que a los afectados os den un
permiso especial. Por tanto, ponte bien cuanto antes que con algo de suerte la
próxima Navidad puedes pasarla en casa.
La
información de Puig, como se temía el propio morellano, no se confirmó y Julio
ha tenido que pasar la Navidad de 1891 lejos de su casa. En un momento dado
recuerda que durante los días que estuvo grogui apenas pensó en Consuelo, sin
embargo sí lo hizo de su madre y de los amigachos de los tiempos en que alijaba
por la Raya. El recuerdo le provoca
una sonrisa irónica y le hace pensar: creo que ya estoy en condiciones de
probar más pomelos.
Le ha
escrito a su madre contándole sus desventuras, pero que ya está bien aunque un
poco más delgado. Lo de un poco es un decir, se ha quedado en la piel y los
huesos, tanto que el primer día que salió del hospital, Chimo, que fue a
recogerle, le embromó.
-Macho, tienes las orejas tan transparentes que se puede ver a su
través.
Doña
Pilar se ha llevado un susto de muerte al saber de la enfermedad de su hijo,
aunque este no ha cargado las tintas sobre su dolencia. Como mujer práctica lo
que ha hecho es mandarle un cajón bien surtido de sabrosos productos de la
tierra, para que coma hasta hartarse y recupere peso y ganas de vivir. Incluso
ha metido en el paquete un par de botellas de vino enriquecido con quina
y dotado de supuestos efectos saludables y estimulantes del apetito. Será por
el vino, por las viandas caseras o por la sensación de que la mili está dando
sus últimas boqueadas, al menos para los de su quinta pues pronto cumplirán
tres años en el ejército, lo cierto es que Julio se ha puesto bien con bastante
rapidez, aunque le ha quedado una secuela: en cuanto prueba pescado, marisco o
cualquier otro producto del mar que esté un pelín pasado tiene tendencia a
sufrir procesos disentéricos, en general poco severos.
-No volveré a probar
mejillones en toda mi vida. Dios quiera que para el poco tiempo que me queda de
mili no vuelva a pasarme nada -implora Julio.
PD.- Hasta
el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
48. ¡Así habla un Carreño, hijo!