martes, 23 de junio de 2020

Libro I. Episodio 44. ¿Cómo se lo tomará Julio?

   Las escasas posibilidades que tiene Pilar Lahoz de influir en los préstamos que otorga su patrón tienen la salvedad de que, en algunos casos, puede terciar cuando llegan los plazos del vencimiento o del pago de los intereses y el deudor tiene problemas. Es lo que ocurre hoy. El tío Elías el Bisojo, apodado así por su acusado estrabismo, ha acudido a ella para que interceda ante el Bronchales porque no puede hacer frente al pago del interés de un préstamo. El Bisojo es dueño de la única droguería de Plasencia, en la que vende una variada amalgama de productos de aplicación industrial o doméstica como disolventes, productos de limpieza, artículos parafarmacéuticos, esencias, pinturas, herramientas para el hogar y el campo; todo un popurrí de artículos.

   -Doña Pilar, he venido a verla porque Luis, el de la lechería, me ha soplao que o me echa una mano con el 

Bronchales o me va a enviar a sus matachines y voy a terminar con las piernas quebrás.

   -No será para tanto, señor Elías. Eso son cosas que se dicen, pero que no ocurren.

   -Señora Pilar, no sé si ocurren o no, pero es mejor no tentar al demonio.

   Y el afligido droguero le explica que su tienda, muy conocida en la ciudad, deja buenos cuartos, pero que tuvo

 que hacer frente a la enfermedad de su mujer y por ello le pidió un préstamo al usurero. Las ventas en la 

droguería, como suele pasar cíclicamente, han descendido y eso ha ocurrido en el peor momento, cuando 

debería pagar el primer plazo de intereses. En un par de meses, cuando llegue la época de la siembra, las ventas

repuntarán y estará en condiciones de afrontar el pago, pero ahora le resulta imposible. Necesita al menos dos

meses de mora.

   -No sabe cuánto lo siento, señor Elías, pero no puedo hacer nada. El señor Dimas es inflexible en la 

puntualidad de los vencimientos. Tendrá que buscar otra solución pues mi patrón no admite ningún tipo de 

componendas.

   -Doña Pilar, que Luis Campos me ha dicho que usté tiene mucha mano con el Bronchales y podría aplazar el 

pago. Sé que puede hacerme el favor, y yo soy de los que nunca olvidan los favores que se me hacen. Soy 

hombre agradecido y llegao el caso se lo demostraré.

   La señora Lahoz se queda pensando. Le ha caído bien el tío Elías y además le gusta hacer favores, nunca sabes 

a quién vas a necesitar, pero sabe lo duro que es su patrono en cuanto a la marcha del negocio. Le ha oído decir 

en más de una ocasión que en el negocio del préstamo como te arrugues una sola vez estás perdido, en cuanto 

se corre la voz de que eres blando todo el mundo quiere privilegios. La única salida que se le ocurre es una que 

le costará más dinero al apurado droguero, y para ello necesita más información sobre su negocio.

   -Me contó antes que las ventas han descendido, y ha añadido que suele ocurrir cíclicamente. ¿Por qué 

ocurren esas caídas, y por qué esos descensos son cíclicos? 

   -Le explico. Eso antes también pasaba, pero cuando era más joven y mi mujer tenía salud le ponía remedio. 

Cuando las ventas flojeaban aparejaba a Cachirulo, un percherón que tiraba de un carro repleto de artículos, y 

me iba vender el género por la mitad de los pueblos de la provincia. Y mi mujer se quedaba al frente de la tienda.

Pero desde que la pobre Filomena enfermó y yo comencé con los problemas de la artritis, ya no pudimos 

continuar haciéndolo. A Cachirulo, que lo quería como a un hijo, lo vendí y ahí comenzaron mis problemas, 

agravados últimamente por el estado de mi esposa. Pero ya le digo, el negocio sigue siendo bueno y en cuanto 

llegue la época de la sementera los ingresos se dispararán.

   -Bien, pues solo veo una solución, pero le adelanto que le costará algo más. La única manera de que el señor 

Dimas acepte aplazar el vencimiento de los intereses es negociar con él para que acepte el aplazamiento 

pagando un poco más de réditos por esos dos meses de mora. Si quiere, puedo tantearle -La sonriente cara del 

tío Elías lo dice todo. La aragonesa acaba de hacerse un nuevo amigo de los que no olvidan un favor pues, como 

ha dicho antes, el Bisojo es un hombre agradecido.

   El otoño de 1890 discurre plácidamente en las Baleares, pues su clima mediterráneo y marítimo hace que las 

temperaturas sean suaves durante casi todo el año. En Extremadura, aunque el clima también es mediterráneo y

marcado por la influencia oceánica, los otoños pueden ser muy variables y hay años de todo, hay veces que son 

fríos y secos, y otras veces suaves y lluviosos. Este año es de los últimos, las borrascas atlánticas que penetran en

la península ibérica por Portugal están llegando con regularidad a las resecas tierras extremeñas. Lo que ha 

hecho que la siembra de los cereales de invierno haya podido adelantarse y, como consecuencia, el tío Elías ha 

visto como se disparan las ventas de semillas, abonos, aperos y demás productos necesarios para la siembra. Un 

buen día de ese húmedo otoño, el Bisojo se presenta en casa de doña Pilar portando una cajita envuelta en papel

de seda.

   -Usted por aquí, tío Elías, ¿qué le trae de nuevas? –pregunta la maestra.

   -Señora Pilar, estoy aquí porque, como de bien nacido es ser agradecido, he querido venir en persona a darle las

gracias por la mano que me echó con su patrón –Y el droguero le cuenta que, aunque el usurero no le ha 

perdonado ni un céntimo del punto y medio de intereses que le subió por aceptar la mora del pago del rédito, 

debido al incremento de las ventas no ha necesitado cumplir con los dos meses de aplazamiento que Pilar había 

pactado con el prestamista y que le costó un imperio sacárselo. Luego le hace entrega de la cajita que contiene 

un lote de productos de belleza a lo que añade-. Y vuelvo a recordarle que soy un hombre agradecido.

   En Palma, Julio Carreño está como loco de contento porque lo que los guripas llaman jocosamente la Voz de 

Capitanía -rumores, bulos y noticias que circulan por la Almudaina- ha hecho correr la especie de que es posible 

que, con motivo de la próxima Navidad, se concedan permisos de hasta un mes a los soldados que lleven más de 

año y medio incorporados a filas, y no tengan falta alguna en su expediente militar. Ha intentado por todos los 

medios ratificar la veracidad del rumor, pero no lo ha conseguido. Su compañero de despacho, Beltrán, termina 

por aguar el vino de su esperanza.

   -No te creas nada, Carreño, ese bulo rueda todos los años cuando se acerca la Navidad.

   -Pero el año pasado no rodó, al menos a mí no me llegó.

   -Lo que yo te diga, es una patraña más grande que la catedral.

   Julio ha preguntado a su amigo Chimo Puig que, como trabaja en la estafeta, suele estar bien informado.

   -Algo de eso me han contado, pero a ciencia cierta no sé decirte que parte tiene el rumor de verdad y que parte

de bulo.

   -Cuando sepas algo, ¿me lo dirás?

   -Pierde cuidado. En cuanto me entere de algo, serás el primero en saberlo.

   A mediados de noviembre, el morellano le confirma que lo de las licencias de permisos por un mes es cierto, 

pero…únicamente serán concedidas a aquellos soldados que lleven, al menos, dos años de mili y ellos, pues 

ambos son de la misma quinta, solo llevan 19 meses. El mañego reniega de su mala suerte. Otra Navidad sin 

poder estar con su Consuelo. Que negra fortuna la suya. Piensa en si mantener viva la llama de la esperanza de su

novia pues le contó lo del rumor, pero en última instancia decide que es mejor contarle la verdad y que no se 

haga ilusiones de pasar juntos las fiestas navideñas. Este año Julio ha sido más precavido que el anterior y ha 

buscado con más tiempo un regalo de Reyes para Consuelo. A través de Puig se ha enterado de que en Sa Pobla, 

localidad del interior de la isla, confeccionan unas bonitas blusas realzadas con típicos bordados mallorquines. 

El valenciano, que ha incorporado esas prendas a los productos que vende a los turistas, le consigue una a buen 

precio. Aun así, el extremeño tiene que estar más de un mes comiendo en el cuartel de caballería y a base de 

bocadillos para poder ahorrar lo suficiente con lo que sufragar la historiada blusa.

   Nunca podría imaginar Julio que su Consuelo le está preparando un regalo navideño de lo más inesperado. A la 

mayor de los Manzano no se le ha quitado de la cabeza la frase que le espetó la pequeña Julia cuando con la 

insolencia propia de los niños le dijo: lo que estás haciendo con el mañego es una marraná. En la soledad de su 

habitación se dice que la descarada de su hermana chica tiene razón, su comportamiento con el pobre Julio es 

una guarrada. Y toma dos decisiones tajantes: aceptar a Luis Campos como pretendiente e incluso pedirle que 

fijen fecha para la boda. Y cuando el placentino se haya pronunciado en el sentido que presume, escribir a Julio 

contándole que lo suyo fue bonito mientras duró, pero que ya no puede seguir cumpliendo con lo de guardar la 

ausencia y, lamentándolo mucho, porque sabe que le va a doler como le duele a ella, ha decidido romper la 

palabra que le dio de esperarle hasta que le licenciaran. Y como lo piensa, lo hace. En el siguiente sábado, una de 

las primeras cosas que le dice a Luis es su ruptura con Julio, algo que no es del todo cierto porque al mañego 

todavía no le ha escrito contándoselo.

   -Luis, quiero que seas el primero en saberlo. He roto con Julio. Desde ayer ya no estoy ennoviada. Le sigo 

teniendo cariño porque conmigo siempre se portó bien, pero el cariño no es suficiente como pa estar toda una 

vida al lao de un hombre. Soy otra vez libre.

   Al placentino no le ha sorprendido la noticia, se la venía maliciando por la manera de comportarse de la joven.

 La ocasión la pintan calva, se dice, y sin pensarlo dos veces se tira al agua.

   -Me parece fenomenal que vuelvas a ser libre y aquí me tienes a mí pa que sigas tan libre, pero siendo al mismo

 tiempo mi prometida. Me enamoré de ti desde que te vi y nada me haría más feliz que me aceptaras como 

novio, ahora, y en unos meses como marido. Y te lo digo de todo corazón.

   ¿Cómo se lo tomará Julio?, se pregunta Consuelo una vez que le ha dado el sí al placentino.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio

45. Una carta escueta, directa y diáfana

viernes, 19 de junio de 2020

Libro I. Episodio 43. Lo que estás haciendo con el mañego es una marraná

   El verano de 1890 se está marchitando y todos los intentos de Julio de ligar con extranjeras se han saldado con un rotundo fracaso. Ha estado en varias playas de las cercanías de Palma donde ha encontrado extranjeras bañándose ataviadas con unos maillots que, como diría su santa madre, una española jamás se habría atrevido a ponerse. Se ha dado buenas raciones de vista y, en más de una ocasión, ha tenido erecciones que no ha tenido más remedio que mitigar manu militari, pero nada más. Todas sus tentativas de entablar conversación con alguna turista han fracasado, y ha terminado descubriendo el motivo: hay que saber algo más que las cuatro palabras que conoce de francés para lograr que las extranjeras acepten conversar. Cuando ha utilizado la lengua gala lo máximo que ha conseguido es alguna frase del estilo de je ne comprends pas ce qu´il dit. Y cuando las ha abordado echando mano del español las respuestas han sido más o menos las mismas: do you speak English?, sprechen sie deustsch?, parli italiano?, o frases en lenguas absolutamente desconocidas para el mañego.

   Las escapadas a las playas que ha hecho en compañía de Puig han tenido resultados similares. Las pocas palabras que conoce el valenciano de inglés tampoco les han servido para entablar una charla con las turistas más allá de un please do not disturb. Además, en las últimas semanas del verano, el morellano ha dejado de acompañar al mañego porque se ha zambullido de cabeza en el mundo de los negocios. Puig ha descubierto que, además de los vapores que cubren las rutas regulares de la península a Palma, hay otros buques, a los que llaman genéricamente cruceros, que con cierta regularidad atracan en el puerto y sus pasajeros se desparraman por Palma con unas ansias locas de ver una corrida de toros y comprar toda clase de recuerdos de Mallorca en particular y de España en general. Recuerdos a los que suelen llamar souvenirs. El de Morella, que se está revelando como un astuto vendedor, además de la bisutería se ha hecho con una colección de muñecas vestidas de andaluzas y gitanas, y de muñecos vestidos de toreros, majos y chulapos, de guardias civiles e incluso de bandoleros. Con toda esa quincalla está ganando mucho más que con la bisutería de Carbonero. Al morellano le resulta mucho más fructífero vender baratijas a los turistas que acompañar al mañego a ligar con alguna extranjera.

   En Malpartida, Consuelo es ajena a todo el asunto del turismo porque en esas apartadas tierras los extranjeros brillan por su ausencia y ni siquiera la voz turista es conocida en esos pagos. Su problema radica en que está teniendo cada vez más dudas sobre su relación con Julio y además se aburre soberanamente. Cada vez más a menudo se pregunta si será capaz de esperarle hasta que acabe la mili, pues se va a plantar con veintidós años y soltera. A esa edad, la mayoría de las mozas del pueblo, todas sus amigas sin ir más allá, ya tienen su hogar y un marido en la cama. Como suele hacer, comenta sus dudas con su amiga Carolina.

   -Estoy hecha un lío, Carol, no sé qué hacer, si continuar con Julio o dejar lo nuestro. La separación se me está haciendo muy larga y eso que solo ha pasado algo más de un año desde que se fue. Empiezo a dudar si tendré fuerza de voluntad para aguantar. Encima lo de guardar la ausencia se me hace más pesado cada día que pasa.

   -Por eso te alivias con los paseos que das con el placentino –Carolina no ha podido resistir la tentación de darle un puyazo a su amiga.

   -Y menos mal que Luis me entretiene los fines de semana –Consuelo o no se ha enterado del aguijonazo de su amiga o no se da por aludida-, si no ¡vaya muermo! Llevaría una vida como la de una monja de clausura.

   -Pero sabrás que to el pueblo murmura, que si has cambiao al mañego por el placentino y que si ganas con el cambio porque va a poner una tienda y además su familia está forrá…

   -La gente que murmure cuanto quiera, ¿y sabes lo que te digo?, que vaya yo caliente y ríase la gente.

   -Entonces… ¿lo tuyo con el placentino va en serio? –quiere saber Carolina.

   Una indescifrable sonrisa es toda la respuesta de Consuelo. Días después del diálogo con Carolina, Consuelo charla con su tía María, que es con diferencia la más avispada de las hermanas Barrado.

   -¿Qué tal con Luis?, ¿te has enterao de que está en tratos con el tío Bronchales pa un préstamo?

   -Sí, tía, me lo ha contado de pe a pa. De hecho ya tiene concedido el préstamo y en unos días comenzarán las obras pa adecentar el local.

   -Ese mozo tiene iniciativa, no ha querio esperar a que sus padres se hagan viejos pa empezar los negocios por su cuenta. La moza que le cace se va a llevar un buen partido. To lo contrario de otro que yo me sé.

   Consuelo tampoco contesta a la indirecta de su tía. En realidad está empezando a cansarse de que todo el mundo alabe las virtudes del placentino y, en contraposición, pongan en cuarentena los méritos del mañego. La situación en la que está viviendo de tener dos pretendientes, uno que es su novio y que está a tropecientos quilómetros, y otro que pretende serlo y que está en el pueblo de al lado la tiene confundida. Aunque alusión a alusión, indirecta a indirecta y puyazo a puyazo la situación va revertiendo en contra del ausente y a favor del presente. Sorprendentemente, una muy directa referencia ha dicho estado de cosas, y que hace que el vaso de sus planteamientos se desborde, procede de quien menos podía esperar, de su hermana pequeña de siete años y que tiene el descaro propio de tantos niños.

   -Julina, hermanita, hazme un favor, ve a casa de Carolina a por la carta semanal de Julio.

   -Voy, Consuelín –la muchacha tras dar unos pasos se vuelve y pregunta a su hermana-. Si te digo una cosa, ¿no te vas a enfadar?

   -¿Y por qué me iba a enfadar?

   -Bueno, pues te la digo. Lo que estás haciendo con el mañego es una marraná. Él allá sirviendo al Rey como está mandao y tú aquí engañándole con Luis. Y si eso no es una marraná que baje Dios y lo vea –y sin dar opción a que Consuelo pueda contestarle se marcha.

   En Plasencia, doña Pilar, como mujer práctica, sigue a lo suyo. El nuevo curso de 1890-91 presenta novedades, la principal es que su pluriempleo ha aumentado. Está persuadida de que su hijo necesitará una base económica lo más sólida posible, por ello multiplica su actividad para allegar más dinero, pues como maestra gana una miseria. Por eso ha solicitado y conseguido que el instituto de secundaria de Cáceres le otorgue la habilitación para impartir las asignaturas del primer ciclo de bachillerato, de los seis que dura dicha etapa, en régimen de enseñanza doméstica, situación que contempla el Plan de Estudios de Segunda Enseñanza de 1866. Ha comenzado a enseñar a futuros bachilleres, lo que da lugar a que un día se le presente Soledad Barrado en compañía de una chiquilla, a la que presenta como su hija pequeña.

   -Verá usté, había pensao mandarla al instituto de Cáceres pa que estudie el bachillerato, pero es mu pequeñina pa estar apartá de la familia, y además tendría que vivir en una pensión o en algún internao y no sé si lo soportaría. En cambio, si estudia aquí la tendremos, como el que dice, al lao de casa pues podría vivir en casa de una prima mía.

    Pilar trata a Soledad como si no supiera quien es y, por supuesto, no se le ha ocurrido preguntarle por Consuelo ni nada que suponga que está al tanto de la relación de la joven con su hijo. Lo que hace es interpelarla sobre la chiquilla.

   -¿Y qué edad tiene la niña?

   -Ocho va a cumplir, pero es mu espabilá. Pa mí que es la más lista de la familia.

   -Lo siento, pero para ingresar en la enseñanza secundaria se requiere tener cumplidos los diez años de edad y superar un examen.

   -A mí es que me habían dicho que si se estudia por libre se puede comenzar cuando se quiera.

   -Pues lo siento, pero le han informado mal. Tanto si el bachillerato se cursa en la enseñanza oficial, como si se hace en régimen de enseñanza doméstica, se requiere tener cumplidos los diez años de edad y superar un examen, como ya le he dicho.

   -Bueno, ya que estamos aquí, ¿me querría dar su parecer si la niña sirve pa estudiar?

   Doña Pilar le hace a la muchachita un ramillete de preguntas a las que contesta la niña con sinigual desparpajo e incluso cuando no sabe la respuesta correcta lo dice sin cortarse un pelo.

   -Sí, señora, la niña sirve para estudiar y si no se tuerce le adelanto que puede ser una excelente estudiante –Y ahí queda la posibilidad de que Julia Manzano sea alumna de Pilar Lahoz.

   En cuanto a los negocios del tío Bronchales crecen y crecen sin parar. Por ese motivo, la aragonesa se ha hecho más imprescindible si cabe para el usurero de Valencia de Alcántara, pues de dicho municipio es originario el prestamista que, en sus orígenes, se aprovechó de la proximidad de la villa a la frontera lusa para hacer sus primeros negocios prestando, tanto en pesetas como en escudos, a ambos lados de la Raya. Pilar está trabajando en el presente, pero con la vista puesta en el futuro para que, cuando su hijo termine la mili, pueda tener ahorrado el suficiente capital con vistas de que el chico pueda montar el negocio o el comercio que será la base y el sustento de su nueva vida. Y en ese hipotético futuro hay algo que tiene muy claro: debe tejer una red de amigos, conocidos y gente que le deba favores para que el día de mañana le puedan echar una mano si falta hiciese. Y el lugar que ocupa en el entramado prestatario del Bronchales le da ocasión para hacer favores y granjearse agradecimientos a gente que quizá algún día pueda devolvérselos. No puede cambiar ni el monto de los préstamos ni el interés que su patrón cobra por ellos, pero en cambio sí puede hacer algo cuando llegan los plazos del vencimiento del empréstito y el deudor tiene problemas para el pago de los intereses o la amortización del principal. Es una política que la aragonesa resume con el aforismo de quien no siembra no cosecha.

 

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio

44. ¿Cómo se lo tomará Julio