viernes, 12 de junio de 2020

Libro I. Episodio 41. ¿Turistas, y eso qué diablos es?


   El diálogo entre Carreño y Puig ha llegado a un conato de fricción por el poco tacto del mañego. Al darse cuenta de que al valenciano no le ha gustado la despectiva denominación que ha dado a los mallorquines, Julio se apresura a disculparse.
   -Ya sé que son mallorquines, Chimo. Si te ha molestado que les llame polacos lo retiro, pero generalmente es como les llamamos los peninsulares.
   -Bueno, no todos los peninsulares, y has de saber que entre ellos hay de todo: buenos, malos y ni fu ni fa. Sin ir más lejos, hay un chaval que estudia conmigo inglés, y que se llama Tomeu Rotger, que es un tío bien majo. En cambio, en el campamento me tocó un primero que se decía Crespí, y que también era mallorquín, que era tonto del culo. 
   -¿Qué nombre es ese de Tomeu?, nunca lo había oído.
   -Es una contracción de Bartomeu, que es como se dice Bartolomé en mallorquín. Supongo que eliminaron la primera sílaba y se quedó en Tomeu. Con ese chaval al principio no me llevaba muy bien y no le entendía demasiado porque es de un pueblo del interior, Alaró, y habla un mallorquín muy cerrado, pero ahora le entiendo perfectamente y nos llevamos estupendamente. Y otra cuestión sobre lo de las lenguas. En Morella hablamos un valenciano que se parece más al catalán que al valenciano de Valencia. Y el catalán y el mallorquín son como dos gotas de agua. Solo cambian algunas menudencias como el uso del artículo salado y palabras sueltas. En cuanto a los artículos denominados salats todo consiste que en lugar de decir él dicen es, so, si es el neutro y sa si es el femenino, o sos y ets para el masculino plural o ses para el femenino plural. Todo lo demás es igual o, al menos, muy parecido.
   -¡Hombre!, por fin he podido enterarme qué diablos es eso del artículo salado. Hace tiempo que le prometí a mi novia que se lo explicaría y hasta hoy. Me dijo Beltrán, mi compañero de la Secretaría, que me lo contaría, pero nunca me lo explicó.
   -Ya que mencionas a Beltrán, ándate con cuidado con él. Es un tipo de los que por delante te dice una cosa y por detrás otra. Es menos de fiar que un gitano.
   -Ya me he dado cuenta que es de los que tienen ni palabra mala ni acción buena. Le tomé la medida a los pocos días de estar en la oficina.
   Y así discurre lo que queda del domingo. Tal como quedaron, una tarde de la siguiente semana, previamente apalabrada, Chimo Puig aparece en la bisutería. Julio se lo presenta a Carbonero, a quien ya le ha hablado del morellano.
   -A sus órdenes, mi brigada –Puig se cuadra aunque va vestido de paisano.
   -Tranquilo, chaval, los saludos quedan para la casa grande. Me cuenta Carreño que te estás planteando quedarte en Mallorca cuando termines la mili. También me ha dicho que eres listo y trabajador. Son dos buenas cualidades para abrirse paso en la vida –y en un giro sorprendente, pregunta-. Por cierto, ¿sabes conducir los nuevos vehículos a motor?
   -No, mi brigada. Ni siquiera he visto uno, solo los conozco por las fotos de las revistas.
   -Yo vi los primeros hace unos meses en París. Aunque en Palma por ahora creo que solo hay uno de un inglés, pero los automóviles acabarán imponiéndose y saberlos conducir será una buena carta de presentación para lograr un trabajo bien remunerado. Te aconsejo, os aconsejo –rectifica mirando a Julio- que en cuanto se generalicen aprended a manejarlos. Sacaréis buen provecho de esa habilidad.
   -Muchas gracias, mi brigada, ya me había dicho el compañero Carreño que era hombre de buenos consejos. De verdad que se lo agradezco.
   -Siempre me ha gustado aconsejar a los jóvenes que tienen la cabeza bien dispuesta y con ganas de partirse el espinazo si hiciere falta. Veamos, ¿y tú por las tardes qué haces? –indaga Carbonero.
   -De provecho poca cosa. La mayoría de tardes recorrerme la ciudad barrio por barrio, pero poco más. No he tenido la suerte que ha tenido Carreño al encontrarle, mi brigada.
   -La suerte hay que buscarla, y Carreño la encontró porque la buscó. Y tú puedes encontrarla hoy –y Carbonero vuelve a formular una pregunta fuera de contexto-. ¿Qué tal se te da montar en bicicleta?
   -Muy bien, mi brigada. No sé si sabe que estoy de cartero en la estafeta de Capitanía y como reparto correo fuera de la Almudaina uso para ello una de las bicis del servicio de mensajería, por lo que estoy entrenado en darle a los pedales.
   -Bueno, pues hoy es tu día de suerte, chaval, igual tengo trabajo para ti. De momento no es algo seguro, tengo que hablarlo con mis socios, pero es muy posible que si el asunto cuaja pueda darte faena al menos un par de días a la semana. Otra cosa: ¿tú hablas valenciano?
   -Por supuesto, mi brigada, en mi pueblo, Morella, todos lo hablamos.
   -Entonces, ¿entiendes y hablas bien el mallorquín?
   -Para serle sincero, mi brigada, entenderlo lo entiendo todo, en cuanto a hablarlo chapurreo una mezcla de valenciano y catalán pero me hago entender sin problema. Y además estoy estudiando inglés en un aula de esa lengua que ha organizado la Cámara de Comercio.
   -¡Pero bueno, este tío es una mina! ¿Dónde lo tenías escondido, Carreño? Chico, tú prometes. Pásate por aquí en tres días y seguiremos hablando.
   -A sus órdenes, mi brigada –Puig vuelve a cuadrarse y se despide de Carbonero.
   Aquel atardecer, cuando Julio sale de la tienda, Chimo le está esperando.
   -¡Coño, Carreño, te debo una! Ya podías haberme presentado al brigada cuando nos conocimos. ¿Sabes de qué puede ir esa faena de la que ha hablado?
   -No tengo ni idea, pero procuraré enterarme. Si no te hablé de Carbonero fue porque cuando salíamos antes no llegamos a hablar de lo que pensábamos hacer cuando acabáramos la mili. Y si mal no recuerdo, hablabas tú todo el rato explicándome las maravillas arquitectónicas de esta ciudad.
   -Tienes razón, Carreño –El valenciano es de los que siempre llama a Julio por su apellido-. Cuando cojo carrerilla contando una de mis aficiones no hay quien me pare. Vámonos a cenar, esta noche invito yo.
   Tres días después, como Carbonero le había indicado, Puig se presenta en la bisutería. Las dependientas le indican que pase a la trastienda que le espera el patrón. El brigada está dando instrucciones a Julio y le dice al morellano que enseguida está con él.
   -Mi brigada, ¿me paso a la tienda? –pregunta Julio pensando que quizá el patrono prefiere hablas a solas con Chimo.
   -No, sigue con lo tuyo. Vamos a ver, chaval,… ¿cómo me dijiste que te llamabas?
   -Joaquín Puig Miralles, mi brigada, aunque en mi pueblo todos me llaman Chimo.
   -Sí, eso es muy valenciano. Pues bien, Chimo, tengo trabajo para ti. En principio solo serán dos días a la semana… ¿Qué tal se te da lo de vender?
   -He trabajado de muchas cosas, mi brigada, pero tengo que ser sincero con usted…, nunca he hecho de vendedor.
   -Bueno, alguna vez tenía que ser la primera. A Carreño le pasaba igual y ahora está en camino de convertirse en un vendedor de primera. Verás… -Y Carbonero le explica que dos tardes a la semana, cogerá una bicicleta, que ha comprado exprofeso, y se irá al puerto a esperar la arribada de los vapores que hacen la travesía regular Barcelona-Palma y Valencia-Palma. Llevará una muestra de objetos de bisutería que tratará de vender a los pasajeros, con preferencia a las pasajeras y mejor si son extranjeras, que desembarquen de los buques. Antes de comenzar el trabajo tendrá que venir unos días a la tienda a que le dé unas cuantas lecciones sobre qué es la bisutería y sus técnicas de venta.
   -… esos días de aprendizaje no te los voy a pagar, realmente debería de cobrarte por ello porque vas a aprender habilidades que nadie te va a enseñar, pero en fin… En cuánto crea que estás preparado te pondré al tajo. Otra cuestión, que las condiciones de trabajo hay que dejarlas muy claras desde el primer día, sino luego pasa lo que pasa. No te voy a dar un sueldo fijo como a Carreño, te daré un porcentaje sobre lo que vendas, exactamente el quince por ciento. Al principio, quizá no ganes mucho, pero en cuanto le cojas el tranquillo, y tú tienes cara de espabilado, te sacarás tus buenas pesetillas. ¿Estás de acuerdo? -Puig, que ha seguido con suma atención la explicación de Carbonero, en principio no contesta hasta que…
   -Mi brigada, no querría faltarle al respeto, pero… ¿el porcentaje podría ser del veinte?
   Carbonero, de momento queda sorprendido ante la interpelación del morellano y cuando habla es tras soltar una sonora carcajada.
   -¡Vaya con el Chimo dels collons! Carreño –dice dirigiéndose al mañego-, este amigo tuyo es cualquier cosa menos tímido –y volviéndose a Puig le contesta-. No, hijo, no. No te puedo dar el veinte, pero si con el tiempo llegas a vender una cierta cantidad, que ya determinaremos, podría subirte algún punto la comisión. Por ahora, la propuesta es de las de la coges o la dejas. ¿Qué respondes?
   -Que sí, mi brigada, y gracias por confiar en mí, le prometo que no le voy a defraudar. En cuanto a lo del veinte no se lo tome a mal, estaba obligado. Una oferta exige siempre una contraoferta.
   -Este compañero tuyo vale su peso en oro, Carreño. Creo que te puede enseñar mucho.
   Que su patrono y su amigo hayan cerrado el acuerdo supone una enorme alegría para Julio. De un plumazo va a tener un nuevo compañero de trabajo, que también es su amigo, y con quien podrá compartir las horas libres que puedan dejarles sus ocupaciones. Cuando termina la jornada de la tienda, y ambos soldados se despiden del que desde ahora es su patrono, lo primero que hacen es ir a celebrar el nuevo trabajo del morellano. Ha habido un aspecto de la propuesta de Carbonero que a Julio le ha llamado la atención y lo comenta con Puig.
   -Cuando el brigada te ha contado lo de vender, ha precisado que deberás hacerlo con preferencia a las mujeres y mejor si son extranjeras. ¿Y eso por qué?
   -Supongo que porque a esta isla cada día arriban más turistas extranjeras.
   -¿Turistas, y eso qué diablos es? –pregunta Julio que es la primera vez que oye semejante palabreja.

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
42. ¿Por qué Mallorca es tan conocida?

martes, 9 de junio de 2020

Libro I. Episodio 40. Aquí hay de todo, como en botica


   Julio vuelve a estar desubicado, se ha quedado sin nadie con quien compartir sus ratos libres. Ha roto con Dolors y tampoco cuenta con su paisano Agustín. Con los colegas de la Secretaría continua sin empatizar, más allá de salir a almorzar al quiosco de caballería. Le quedan los gemelos Salinas y poco más. Al tener más tiempo libre se dedica más a menudo a la lectura. Aunque el albaceteño Pintado, que es el soldado encargado de la biblioteca de Capitanía, le sigue cayendo gordo, se ha convertido en asiduo asistente a la biblioteca pues es la que tiene más a mano. Un buen día, al salir tras devolver unos libros se tropieza con el morellano Puig del que recuerda que prefiere que le llamen con la versión valenciana de Joaquín.
   -Hombre, Chimo, ¿qué tal te va?
   -Vaya, Julio Carreño Lahoz.
   -Que memorión, te acuerdas hasta de mi segundo apellido.
   -No se trata de memoria, recuerda que trabajo de cartero y tú eres de los que con más regularidad recibes cartas. Y por el tipo de letra deben ser de dos mujeres distintas. Aunque últimamente hay semanas que solo tienes una.
   -Pues sí, son de mi novia y mi madre. ¿Sigues buscando tratados de arquitectura y guías de la ciudad de Palma?
   -De la arquitectura me cansé y además por ahí no va mi futuro, pero del resto de la isla sigo buscando información. Y tú, ¿sigues con lo de la contabilidad?
   -Ahí sigo, pero ahora también busco técnicas de venta.
   -No creo que de eso encuentres nada aquí, pero conozco un sitio donde seguro que encontrarás, en la biblioteca de la Cámara de Comercio.
   -¿Y eso qué es?
   -Es una organización formada por empresarios, comerciantes y dueños de negocios, grandes o chicos, que se unen para que les vayan mejor sus negocios y elevar la productividad.
   -¿Es el organismo que aprueba las leyes que afectan al comercio?
   -No, es una institución privada, no tiene nada que ver con el gobierno. Si quieres, un día quedamos y te llevo a visitarla.
   -Solo tengo libres los domingos.
   -Los domingos la Cámara está cerrada y la biblioteca también…, pero se me ocurre una idea. Al ser cartero salgo a menudo de Capitanía y nadie me controla demasiado. Si quieres puedo buscar libros sobre el asunto de las ventas en la biblioteca de la Cámara, te traigo los que me dejen sacar y cuando los hayas leído, por supuesto antes de que acabe el plazo del préstamo, me los das y los devuelvo.
   -¿Me harías ese favor?
   -Hombre, Carreño, si no nos ayudamos los cuatro gatos que en esta casa frecuentamos la biblioteca, ¿quién nos va a ayudar? Estoy seguro que, si se terciara, tú harías lo mismo por mí.
   Unos días después, Puig se presenta en la Secretaría con un paquete envuelto en papel de periódicos viejos.
   -¿Y Carreño?
   -No está, lo puedes encontrar en el quiosco de caballería.
   -Le dejo este paquete. Le decís que de parte de Puig, el de la estafeta. Que ya me pondré en contacto con él –El morellano echa un vistazo por la ventana que tiene más a mano y no se resiste a hacer un comentario-. Ahora comprendo porque en la casa apodan a vuestra oficina la Pajarera, esto es como un nido de pájaros, no por lo pequeño, sino por lo alto que está.
   En cuanto Julio llega al despacho, encima de su mesa encuentra el paquete que le ha dejado Chimo. Contiene tres libros sobre técnicas de ventas, uno editado en inglés, otro en francés y el tercero en español. El mañego no sabe ni jota de inglés, pero si estudió francés en el bachillerato, aunque su dominio de la lengua de Moliere deja mucho que desear. Al día siguiente, Julio coge el ejemplar en inglés y se va a la estafeta a charlar con su amigo morellano y por extensión valenciano.
   -Chimo, vengo a darte las gracias por los libros y te traigo el de inglés porque de esa lengua no tengo ni repajolera idea. Me quedo con los otros, aunque por lo que he ojeado del español me da la impresión de que está anticuado. En cualquier caso, te vuelvo a dar las gracias y como no sé cómo agradecerte el favor, si no tienes compromiso te invito a merendar el próximo domingo.
   -Hombre, Carreño, ya puedes imaginarte que no te he traído los libros para que me invites. Eso se hace por un amigo y nada más. Eres de los contados de Capitanía con el que se puede hablar de algo más que de titis, de toros y de cuando nos van a licenciar, solo por eso me considero amigo tuyo. Ah, y es una lástima que no sepas inglés porque según el bibliotecario de la Cámara es el mejor manual de los tres. Me ha explicado que lo ha escrito un yanqui y que en Estados Unidos están muy adelantados en técnicas de venta y en algo parecido que llaman márquetin.
   -Entonces tendré que aprender inglés.
   -Yo ya lo estudio, voy por las noches a unas clases organizadas por la Cámara que además son gratis.
   -¿También quieres aprender ventas?
   -¡Que va!, quiero aprender esa lengua porque me he dado cuenta de que en la isla hay muchos extranjeros –Respuesta que más tarde dará que pensar al extremeño.
   Entre bromas y veras discurre la charla. El mañego no recordaba lo extrovertido y ameno que puede llegar a ser el valenciano. Y quedan en que se verán el domingo. Llegada la domenica, como diría un italiano, se juntan ambos peninsulares y van dando un paseo por los alrededores del puerto hasta que se aburren de andar y se sientan en una terraza que está bastante animada. Piden una botella de tinto de la tierra y algo para picar. El camarero que les atiende les propone pinchos, algunos de los cuales les son desconocidos.
   -Hoy tenemos rebanaditas con crema de mejillones, coca de bacalao y coliflor, y creo que quedan croquetas de queso, ah y sardinas a la brasa.
   -A mí me gusta todo lo que ha mencionado menos la coliflor –confiesa Chimo.
   -Entonces, tráiganos una ración de cada menos de coca –encarga Julio.
   La conversación discurre por mil vericuetos hasta que recordando sus infancias terminan hablando de lo que querían ser de niños.
   -Yo lo tenía claro, de niño quería ser contrabandista. Y de mayor tener una cuadra de carros para transportar los alijos que pasara de la Raya –recuerda Julio, y como supone que el valenciano no sabe que es la Raya se lo explica-. En Extremadura llamamos así a la frontera con Portugal.
   -Pues yo quería ser muchas cosas: médico, boticario, maestro, veterinario, juez…, quería tener uno de esos trabajos porque eran los únicos oficios que había en el pueblo que para serlo había que estudiar. A mí es que desde crío me gustó mucho leer y se me daban bien los estudios, pero… -rememora con aire nostálgico Puig sin cerrar la frase.
   -Pero no pudiste estudiar –concluye la frase Julio.
   -De algún modo, si estudié. A los diez años me internaron en el seminario diocesano de Tortosa, que es el obispado al que pertenece Morella. Y allí permanecí hasta que tuve la primera erección. Ocurrirme eso y recordar que los curas no pueden casarse, aunque más de uno tenga sus apaños de extranjis, acabó con mi carrera sacerdotal. Luego, hasta que me tocó la mili, he hecho de todo un poco, he sido agricultor, peón albañil, buscador de setas, camarero y hasta he trabajado en la construcción de carreteras. En fin, en todo lo que se puede trabajar en un pueblo como el mío en el que las oportunidades de encontrar un buen empleo son contadas.
   Y de los recuerdos infantiles pasan a lo que aspiran en el futuro. Julio cuenta cuáles son sus planes: lo primero casarse con su novia de siempre, la que le envía una de las dos cartas semanales, y luego montar algún negocio, poner alguna tienda o establecer un comercio de todavía no sabe qué. Y tampoco tiene claro donde lo establecerá, piensa que quizá en Malpartida, donde vive su novia, o acaso en Plasencia que es la ciudad más importante de la comarca. Por eso está interesado en aprender todo lo posible sobre ventas. El dueño de la bisutería en la que trabaja le ha aconsejado que si se convierte en un buen vendedor podrá vender lo que sea y, por tanto, tener el negocio que quiera o pueda montar.
   -¡Eso sí que es suerte, tío, tener alguien que te dé consejos tan provechosos! –comenta Puig.
   -Vente una tarde a la tienda y te presento al dueño. A lo mejor puede darte algún consejo que te pueda servir –le ofrece el mañego, que de pronto recuerda algo sobre su patrono que no ha contado al morellano-. Ah, no sé si te lo había dicho, el amo de la tienda es brigada y trabaja en Capitanía. Igual lo conoces, el brigada Carbonero.
   -Claro que le conozco. Trabaja en la segunda bis de Estado Mayor, que está en vuestra misma ala pero al final de la zona sur. Ya me parecía a mí que era un tipo con caletre. Y volviendo al futuro te diré que te envidio, Carreño. Te envidio porque tienes muy claro a lo que aspiras cuando acabe esta puta mili. No es mi caso, todavía no tengo decidido qué voy a hacer. Aunque cada vez que pienso en el futuro barrunto que a lo mejor me quedo en Mallorca.
   -¿Quedarte aquí?, ¿y qué se te ha perdido en esta tierra?, ¿te has echado una polaca de novia o algo por el estilo?
   -No, no tengo novia y la pregunta que me hago es la contraria: ¿qué se me ha perdido en mi pueblo? Mi padre murió, mi madre se ha arrejuntado con uno que trabaja de peón caminero y viven en una caseta de Fomento al principio del puerto de Torre Miró. No tengo hermanos ni una novia que me espere. ¿Y tú sabes el frío que puede llegar a hacer en Morella y las nevadas que caen en invierno?, ten en cuenta que está a casi mil metros de altitud. En cambio aquí, las oportunidades de encontrar un buen empleo son muchas, la ciudad es muy cosmopolita y las playas y calas son tan numerosas como preciosas. Además, hace un tiempo primaveral la mayor parte del año.
   -¿Pero te vas a quedar aquí en medio de esta panda de polacos que hablan una lengua que ni Dios entiende?
   La mueca que hace Puig es suficientemente expresiva para que Carreño perciba que su comentario ha incomodado al morellano y su respuesta lo confirma.
   -Para empezar, no son polacos, son mallorquines, y para terminar aquí hay de todo, como en botica.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
41. ¿Turistas?, ¿y eso qué diablos es?